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UN DESAYUNO INTENSO

Candy bajó a desayunar al día siguiente decidida a olvidar que probablemente el único hombre que la había afectado y afectaría de una forma tan visceral, sólo deseaba su cuerpo. Si no se lo hubiese dejado tan claro días antes, tal vez habría hecho algo al respecto. Pero no se rebajaría de ese modo, ella no era de las que rogaban.

Al entrar en el salón esperaba encontrarse sola, era temprano, pero se detuvo en cuanto vio a su madre hablando con Albert. Ella mantenía una mano apoyada en su brazo mientras parecía hacerle alguna confidencia. Conocía aquella actitud de su madre y no auguraba nada bueno. Imposible, pensó. Pero sus alarmas saltaron y decidió separarlos inmediatamente.

-Buenos días - dijo al llegar junto a ellos.

-Buenos días, cielo - su madre liberó el brazo de Albert y le sonrió, sin rastro de culpabilidad en el rostro. Tal vez se lo había imaginado todo - Le hablaba a Albert de lo hermoso que es Inveraray. Le he sugerido que nos haga una visita, si alguna vez va a ver a su familia.

-Inveraray no queda de camino, mamá - sus temores se redoblaron - Tendría que desviarse demasiado de su ruta.

-Después de la forma tan vehemente en que vuestra madre me ha descrito vuestro hogar, estaré encantado de desviarme lo que haga falta para descubrir en persona lo que Inveraray puede ofrecerme - Albert le mostró su odiosa sonrisa socarrona y Candy entrecerró los ojos al percibir el doble sentido de sus palabras.

-No hay mucho que Inveraray pueda ofreceros, me temo.

-Eso tendré que decidirlo yo, ¿no creéis?

-Mamá, ¿puedo hablar contigo a solas? - lo ignoró, mirando a su madre.

-Claro - se levantó - ¿Nos disculpáis, Albert?

-Por supuesto.

-Es un hombre encantador - le dijo a Candy en cuanto estuvieron lo suficientemente alejadas de todos.

-¿Qué estás haciendo, mamá?

-No te entiendo.

-¿Por qué lo has invitado a Inveraray? - sus manos descansaban en sus caderas y cuando su madre alzó las cejas, las bajó. Había sonado demasiado amenazante - Quiero decir... ni siquiera lo conoces.

-Sé lo suficiente como para hacerlo.

-¿Y qué sabes, exactamente? - fue su turno para levantar una ceja.

-Que proviene de un clan poderoso y que una relación con los Ardley nos beneficiaría - le dijo - Y que está soltero.

-Mamá - le advirtió - No lo hagas.

-Sigues necesitando un esposo, Candy. Y has rechazado a todos los hombres casaderos de los clanes vecinos - María cruzó los brazos

- Tendré que ampliar mi búsqueda del hombre adecuado para ti.

-Pues él no lo es - mintió. Como una maldita bellaca.

-Por supuesto que lo es - cuando Candy achinó los ojos, María sonrió - Tan adecuado como lo eran los demás.

-¿Me estás ocultando algo, mamá?

-Desayunemos, Candy - la condujo hasta la mesa, ignorando su pregunta.

-Mamá - insistió.

-Deja de ver conspiraciones en todas partes, Candy. Y aprovecha las oportunidades que se te brindan.

Candy bufó con muy poca elegancia y María rió. Cuando alcanzaron la mesa, antes de que ella pudiese siquiera preverlo, empujó a su hija discretamente en el banco hasta dejarla junto a Albert.

-No seas terca - le susurró al oído antes de sentarse con su esposo.

Candy descruzó los brazos cuando Albert la miró con diversión. Debía tener el aspecto de una niña pequeña encaprichada y no quería escuchar sus burlas, porque estaba segura de que las habría. Tomó un par de panecillos blancos y comió. Tal vez con demasiado entusiamo porque Albert rió bajito. Sólo ella pudo oírlo.

-¿Qué? - le espetó.

-Nada - la diversión no había abandonado sus ojos.

-Vamos, dilo. Estás deseándolo - lo azuzó.

-Si te digo lo que deseo - le susurró - probablemente me golpearás. Y tú no quieres hacer eso delante de todos, ¿verdad?

Candy abrió los ojos y la boca al mismo tiempo de un modo que a él le pareció adorable. Toda una contradicción, viniendo de ella porque había aprendido que de adorable tenía poco. Sonrió cuando la vio apretar la mandíbula y mirar al frente segundos después, tratando de disimular lo que sus palabras le habían provocado. Albert estaba eufórico no obstante, pues había obtenido lo que deseaba, molestarla. Le gustaba provocarla. Le divertía saberse el dueño de aquel fuego en sus ojos cuando la enfurecía. Ansiaba sentir su mirada airada y ver cómo trataba de controlarse antes de explotar. Siempre lograba su objetivo con ella, era tan fácil de instigar.

En ningún momento había deseado tenerla de un modo más permanente en su vida. Era simplemente diversión lo que buscaba en sus encuentros. Pero algo cambió el día que intentó huir por la ventana. Se había sentido tan furioso al verla exponerse de ese modo al peligro que no pensó en que izarla podría ser tanto o más peligroso que dejarla llegar al suelo.

Simplemente lo hizo. Cuando la vio empuñando el cuchillo reaccionó a la amenaza como el guerrero que era pero jamás contó con encontrarse en la cama con ella debajo. Todo su cuerpo ardió en deseo al sentir el tacto de la suave piel de su muslo. Se asustó de su reacción. Por primera vez en su vida, sintió verdadero pánico y se alejó de ella.

Pero no pudo olvidar su encuentro. Cuanto más lo intentaba, más atraído se sentía por ella. Admitir que la deseaba sólo fue el siguiente paso. Y cuando lo hizo, se sintió mejor. Entonces decidió iniciar un nuevo juego con ella. Sabía lo peligroso que podía resultar pero no podía mantenerse lejos de Candy. Cuando se besaron en las almenas supo que algo había cambiado de nuevo entre ellos y aunque en su momento se había sentido aliviado de que los hubieran interrumpido, ahora no podía dejar de pensar en que habría deseado llegar más lejos.

Y eso lo preocupaba y lo frustraba a partes iguales. Después de una noche en vela y ansioso por saber qué estaba pasando entre ellos, se prometió a sí mismo que averiguaría por qué aquella terca e insoportable mujer le atraía tanto, por qué le hacía sentirse tan deseoso de sus atenciones a pesar de su mal carácter y sobre todo, por qué ella trataba de fingir que no le afectaba de igual modo.

Había pensado que le faltaría tiempo, puesto que los días de Candy en Skye estaban contados, pero la invitación de su madre le brindaba una oportunidad que no tenía intención de desaprovechar. Si tenía que ir hasta la mismísima sede de los White por Candy, lo haría. Todo fuese por averiguar qué le estaba pasando con ella. En cuanto lo descubriese, podría regresar a su vida anterior y olvidarse de ella de una vez por todas.

-Más te valdría recordar que sé manejar un arma - la oyó murmurar con la mandíbula todavía apretada - No te conviene acercarte demasiado a mí.

-Tal vez deba recordarte cómo acabó nuestra última escaramuza con los cuchillos - sonrió al comprobar cómo apretaba los puños, destrozando sus panecillos - Pobre pan.

-Imagina que es tu cabeza - lo miró con aquel fuego en los ojos que tanto le gustaba.

-Controla tus emociones, Candy - la provocó de nuevo - O voy a creer que estás deseando que te bese de nuevo.

Se habría reído si aquello no llamase demasiado la atención de los demás. Por el momento, quería disfrutar él solo de la irritable mujer a su lado.

-Más quisieras - musitó ella.

-Desde luego que sí. ¿Acaso lo dudas?

-No sé que juego te traes entre manos, Albert - lo miró de nuevo - pero te recuerdo que no soy una muchacha cualquiera.

-Eso lo tengo muy presente, querida - la interrumpió.

-Jugar conmigo puede acarrearte consecuencias no deseadas - continuó como si él no hubiese dicho nada - Deberías tenerlo en cuenta antes de que sea demasiado tarde para echarse atrás.

-Tal vez no quiera echarme atrás - era un juego peligroso pero lo estaba disfrutando.

-Ya - bufó - Y yo seré la próxima reina de Escocia.

-¿Tan extraño te parecería que estuviese interesado en ti? - la genuina curiosidad había hecho aquella pregunta.

-Claro que no - la ironía teñía sus palabras - Está claro que te interesa una parte de mi cuerpo. El problema es que no es la parte adecuada para mí. Así que mantente alejado o atente a las consecuencias.

Cuando la vio salir del salón, Albert frunció el ceño. ¿La parte adecuada para ella? ¿Le había estado hablando de amor?

Imposible. Candy no parecía la clase de mujer que sueña con que un hombre la enamore. Era demasiado práctica para eso. ¿O no?

CONTINUARA