Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, pero la historia es completamente mía. Está PROHIBIDA su copia, ya sea parcial o total. Di NO al plagio. CONTIENE ESCENAS SEXUALES +18.


Recomiendo: Cover Me – Lyves

Capítulo 32:

Avalancha

Parte II

"Luchando por tu agua

Tu agua me levantó

(…) Tu amor sangra cuando intentas ser mío

Cúbreme con amor

Oh, átame, átame…"

Sentía la bilis en la garganta de solo imaginarme su existencia en mi vida.

La primera vez que Charlie habló de él sentí que se me desprendía el alma del cuerpo, ahora era indescriptible el miedo que me generaba su cercanía. No quería volver a tenerlo cerca.

—Bella, mi amor —susurró Edward, acercando sus labios a mi sien.

Él no entendía nada de lo que ocurría, pero se veía asustado por mi expresión. Y a medida que veía lo que salía de sus ojos, entendí que en realidad jamás le conté lo que sucedió la primera vez, cuando me amenazaron a la salida de la universidad. Lo olvidé por completo, porque aquella vez sucedieron demasiadas cosas y se me nubló la cabeza.

¿Habrá sido Dimitri? ¿Podía ser cierto que ese maldito imbécil me había encontrado?

—Bella, dime qué ocurre —insistió mi Bestia, haciendo que me sentara.

Me negué.

—Edward, tengo miedo —afirmé, tocando su pecho.

Frunció el ceño.

—¿Por qué? ¿Qué pasa?

Miró a todos los demás y los despachó de manera arbitraria. Nadie protestó.

—Es… —Suspiré y me pasé las manos por la cara—. Ese coche… del que hablaban todos… Tiene un dragón, ¿no?

—Sí…

—Dimitri tenía un coche así, todos los que usaba tenían el distintivo, así nadie se acercaba por problemas —conté de manera rápida—. Dimitri… Puede que él…

—Tranquila, nena, despacio.

Estaba temblando.

—Hace unas semanas, cuando los Whitlock me quitaron la casa, antes de aquello tuve un encuentro con alguien que me amenazó.

—¿Qué? Bella, ¿por qué no me dijiste?

—Lo olvidé, con todo lo que pasó lo dejé en el pasado. —Suspiré—. Me amenazaron, me… Ya no lo recuerdo bien, pero… temo que haya sido Dimitri.

Tragó y miró hacia el horizonte, como si pensara qué hacer.

—¿Por qué tendría que ser él? Mi amor, no estés asustada, ese maldito no va a venir, no lo hará, está lejos —afirmó, buscando tranquilizarme.

Cuando me abrazó, yo cerré mis ojos y respiré hondo.

—¿Estás seguro? Es que… tengo tanto miedo de volver a verlo.

—Jamás, recuérdalo bien, jamás permitiría que se acerque a mi chica —me susurró al oído—. Y si se aproxima, sea como sea, me tienes a mí, quien te defenderá cuando tú no puedas hacerlo, nunca lo olvides.

—Pero yo no quiero exponerte, Edward, de verdad, no quiero.

Sonrió y me acarició el rostro.

—Puedo ser una verdadera bestia si te tocan, nena, no por nada es el apodo que tú me diste, ¿no lo crees?

Me reí para soltar el nerviosismo.

—Siempre estaré para ti, mi amor, siempre —repitió—. Y no pensemos que ese malnacido está rodeándonos, no tienes de qué preocuparte, me tienes a mí y a todos los míos. Ahora… solo resta encontrar a ese hijo de perra de Royce, porque tocó a la chica de uno de los nuestros… y a mi gran amigo… Y eso no lo tolero.

Me estaba agarrando de su camiseta mientras lo miraba a los ojos, viendo cuán amplio era su torso y luego sus brazos, fuertes y musculosos para sostenerme cuando temiera caerme, siempre ahí, para mí, y yo para él.

—Soy la mujer más afortunada de este mundo —mascullé, juntando mi nariz con sus labios. Él besó la punta y sonrió, tranquilizándome y dándome una paz tan dulce que no hice más que relajar cada músculo de mi cuerpo.

—Ahora tenemos que ver a Emmett —me recordó, agarrándome con fuerza desde la cintura.

Noté cuánto le costaba asimilar la idea. Ellos eran excelentes amigos, y a mí no se me olvidó jamás que fue él quien se encargó de darle valor para seguir luchando por su libertad. Entonces recordé a Rose, a una de mis mejores amigas, la misma que cuando supo que estaba embarazada lo primero que hizo fue preguntarme "¿necesitas ayuda? Porque lo que necesites yo te lo daré, ¿de acuerdo?". ¿Cómo podía yo olvidar cada gesto que había tenido conmigo? Adoraba a Rose, la adoraba y de solo imaginar el terror que debía estar pasando ahora hacía que se me apretara el corazón. Además, estaba esperando a su bebé, ¡no era cualquier cosa! Dios, era inevitable seguir poniéndome en su lugar, por lo que instintivamente llevé mis manos a mi vientre, recordando a mi Puntito.

Cuando fue momento de entrar a la sala de hospitalización, Edward tomó aire y afrontó la idea de ver a su gran amigo en la camilla, tal como yo, que en cuanto lo vi ahí, casi inerte, completamente golpeado, jadeé.

—Dios, Emmett, amigo —susurró mi Bestia, caminando hacia él.

Yo toqué su espalda, instándolo a seguir. Edward se sentó a su lado y enseguida bajó la cabeza, ahogado en la agonía de verlo herido de pies a cabeza. Era un hombre fraterno y entregado a sus amigos, como un can guardián de los suyos. Cuando uno de la manada estaba herido él, como un buen líder, estaba ahí, sufriendo en carne propia lo que los suyos estaban pasando.

—Vas a salir de esta, amigo, te lo prometo. Tú me sacaste de la mierda en la que estaba metido, te devolveré la mano, comenzando por cuidar de tu chica, ¿de acuerdo? Te lo prometo, por nuestra amistad.

Lo vi pasarse el puño por la nariz para no llorar y se levantó, para dirigirse a mí. Yo solo lo abracé y le permití la sensibilidad, sabía que la necesitaba, tanto como yo con todo lo que estaba pasando.

.

Edward se mantuvo cabizbajo durante todo el trayecto a casa. En parte, porque ver a alguien que quieres y apoyas así, de por sí generaba sensaciones negativas, como la tristeza y la impotencia, pero a ratos sentía que él se ponía en su lugar. Emmett estaba prisionero de los golpes, sin poder defender a su Fresita, a quien Royce quizá qué le estaba haciendo…

Toqué mi barriga una vez más, asimilando las sensaciones de empatizar con mi mejor amiga. Solo le pedía a Dios que nada malo le ocurriese y que pronto la sacaran de ahí, me angustiaba de solo pensar que su hijito estuviese en peligro junto a su mamá.

—¿Qué ocurre, preciosa? ¿Te duele? —preguntó, acercándose a mí.

Estábamos a solas en casa. Agatha y Fred estaban en casa con mi madre, disfrutando del fin de semana.

—No, tranquilo —respondí.

—¿Segura? ¿Puntito está bien? —Me tomó las mejillas para que lo mirara.

Sonreí con suavidad.

—Sí. Creo que eres un Papá Bestia muy preocupado. No pasa nada.

Se rio.

—Debes entenderme. Es primera vez que tengo un hijo con toda la felicidad a cuestas —susurró, juntando su frente con la mía.

Suspiré y cerré mis ojos.

—Nada más pensaba en Rose. Tengo miedo, no quiero que le pase nada, ni a ella ni a su bebé.

Me besó la frente.

—Eso no ocurrirá. Los policías los encontrarán, debemos tener esa fe. Además… la banda y yo estaremos recorriendo la ciudad, el imbécil no puede salir del estado ni de la ciudad, debemos estar tranquilos.

Asentí.

Ya era tarde y mientras Edward se daba una ducha, los pequeños llegaron junto a mamá, quien prometió llevárselos para los días festivos que se acercaban en su nueva escuela, pues Phil les enseñaría a pescar. Me daba mucho gusto, porque ella era feliz con él y se notaba que se esmeraba en hacerle sentir bien con sus nietos, incluso cuando mi pequeña haya llegado más tarde que Fred.

—¿Me extrañaron? —pregunté, abrazándolos.

—Mucho —respondió Fred—. Pero lo pasamos muy bien. Phil mañana quiere que lo acompañemos a ver a los conejitos cerca del bosque. Iremos con la abuela, para que no te preocupes —aseguró.

Me reí.

—Siempre con la abuela y donde sus ojos los vean, ¿de acuerdo?

—¡De acuerdo! —dijeron al unísono.

—¿Cómo está? —Agatha tocó mi barriga y luego pegó su orejita a ella, como si quisiera escucharla.

Le acaricié los cabellos a los dos.

—Muy bien. Supongo que debe estarse preguntando quiénes son esos dos pequeños que hablan sin parar. Debe estar entusiasta por querer jugar con ustedes.

Los dos me miraron con los ojos muy brillantes.

—No le dijimos nada a la abuela —aseguró mi hijo, tapándose los labios luego.

Suspiré.

—Pronto podremos, ¿bien? De momento es un secreto que tienen con mamá y papá, el único, recuérdenlo.

Antes de seguir con nuestra conversación, Edward llegó a nuestro encuentro, corriendo para tomarlos en sus brazos. Al instante se abrazaron a su cuello y le regaron besos por el rostro, sacándome un suspiro.

Cerca de la noche, yo estaba muy agotada y solo quería cambiarme de ropa, así que Edward fue a dormirlos mientras yo me disponía a meterme a la cama. Cuando terminé por sacarme el pantalón, quedando solo en tanga, Edward apareció. Me rodeó la cintura y puso sus manos en mi vientre, juntándome a él.

—¿Puntito sigue robándote energías? —inquirió, besándome el hombro.

Me reí a carcajadas.

—Bastante. Creo que está calcado a ti.

Sentí cómo sonrió.

—Vamos a la cama.

Edward se acomodó a un lado, abriéndome los edredones y yo me cobijé con él, sintiendo cómo me tapaba y me abrazaba. Nos miramos unos segundos a los ojos y luego acabamos besándonos, esta vez con lentitud y completa armonía.

—Prométeme algo, nena —dijo de pronto.

Asentí.

—Nunca calles algo que te haga sospechar, ¿bien? No me perdonaría que algo te pase, menos ahora, que no solo existes tú, sino que guardas a nuestro pequeño contigo —murmuró, para luego tragar de forma compleja.

Suspiré.

—No lo haré, te lo prometo.

Me besó la frente.

—Te amo.

—Y yo a ti.

.

Precioso y Preciosa corrían con la lengua afuera por el parque, cuidando de Agatha y Fred, que luego de varios intentos, al fin habían salido a jugar con los demás allá afuera, en el parque. Yo estaba un poco nerviosa, porque sabía lo mucho que había costado que, en especial mi hijo, tomara confianza en abrirse a los demás de su edad, tomando en cuenta todo lo que costaba adaptarse al exterior y a la sociedad, incluso cuando los demás eran solo niños.

Edward estaba haciendo algo para comer, pero en cuanto tuvo la oportunidad, lo sentí rozándome las nalgas.

Mi risa fue instantánea.

—Deja ya de mirar a la ventana, ven conmigo —ronroneó.

Eché la cabeza hacia atrás, disfrutando de cómo sus manos encajaban tan bien con mi culo.

—Tengo que estarlos mirando. Sabes cómo son los demonios del barrio.

—Sí, lo sé, y sé que ayer apenas y dormimos bien con la preocupación de nuestros amigos —susurró, besándome el cuello—. Pero contigo siento que todo desaparece, no me culpes.

Caí rendida a sus caricias, en especial a cómo sentía algo duro contra mí. Me di la vuelta, viéndolo con la camisa de mangas dobladas, mostrándome sus fuertes brazos y sus tatuajes, usando además un delantal para no mancharse mientras cocinaba. Me lo quise devorar al instante, sintiéndome dichosa de que este hombre estuviese completamente dispuesto a complacerme como yo lo estaba para él.

Íbamos a besarnos, sabiendo que teníamos poco tiempo, pero cuando ya comenzaba a disfrutar del calor, sentimos cómo abrían la puerta de par en par, con los perros ladrando de forma desesperada. Al girarme a comprobar qué pasaba, vi a Fred cubierto de barro desde la cara hasta los pies, como si hubiera hundido la cabeza en la tierra. Lloraba de vergüenza, mientras Agatha lo tomaba de la mano, haciendo un puchero, uno de desesperación y llana impotencia, como si estuviera aburrida de los abusos. Edward y yo nos separamos, corriendo hacia ellos para preguntar qué había pasado, pero Fred lo único que hizo fue abrazar a papá, quien lo tomó en sus brazos mientras él ocultaba su rostro en su cuello, llorando de forma lenta y cansada.

—Mamá —gimió Agatha—, fueron ellos otra vez. No quisieron que jugáramos en el parque, querían patear a Precioso y a Preciosa —se lamentaba, agarrándome de la blusa.

Arqueé las cejas y miré a Edward, que estaba rojo de furia.

—¿Qué te hicieron? —bramó, explotando.

—Me empujaron y me hundieron en la tierra —sollozó Fred—. Yo solo quería jugar, ¿por qué no puedo jugar? ¿Por qué no me dejan en paz?

Me puse una mano en el pecho, desesperada al ver su angustia. ¿Por qué teniendo solo siete años tenía que pasar por esto? ¡Eran niños, carajo!

—Le decían cosas feas a Agatha y yo no quiero que le digan eso. Solo les pedí que se callaran, porque es mi hermana y solo quiero que la respeten como tú dices, papá, pero luego de eso solo se dedicaron a seguir molestándonos hasta que me empujaron.

Apreté las manos con fuerza, con esa impotencia que solo una madre podía sentir. Había traído a Fred al mundo contra los pronósticos más mierderos que pude enfrentar, comenzando porque el imbécil de Dimitri por poco nos mata cuando aún ni siquiera respiraba fuera de mí. Luego de eso lo tuve que ver enfrentarse teniendo horas a un respirador, a situaciones invasivas, al dolor, a la lucha por sobrevivir y a la incertidumbre respecto a no poder tenerlo conmigo más de unos cuantos días. Luché, lloré y sudé cada minuto por hacerlo feliz, enfrentando al mundo entero para decirle al mismo destino que iba a ser un pequeño normal, ¿todo eso para que los malditos diablos que llamaban niños, hijos de padres de mierda, hicieran esto? ¿Todo para que unos malditos insufribles incapaces de educar correctamente a sus engendros con tal de sociabilizar como seres humanos normales, respetando al prójimo, le hicieran sentir que no había espacio en este mundo para que él fuera feliz como yo dispuse? ¿Quién mierda se creían? ¿Cómo osaban a tratar así a mi hijo?

—¿Dónde están? —espetó Edward, bajándolo mientras apretaba la mandíbula—. Díganme, dónde están.

Yo no se lo impedí, dejé que saliera su brutalidad porque yo también iba a sacarla.

Pero antes de poder avanzar más de dos metros desde la puerta de casa al parque, vi que venían unos furiosos padres hacia nosotros, con los dos imbéciles que tenían por hijos (bastante más crecidos que los nuestros), con parte de sus pantalones rotos por mordidas.

—¿Ustedes son los dueños de esos malditos perros? —preguntó el tipo.

—Sí, ¿tienes algún problema? —bramó mi Bestia.

—Mordieron a mis hijos, tarado —respondió la mujer, agresiva como una fierecilla—. ¿Cómo pueden permitir que esos dos animales estén sueltos?

—Digo lo mismo de tus hijos —afirmé.

—Hey, ¿cómo los has llamado? —dijo el tipo, acercándose a mí.

—Acércate un poco más y te vuelo los dientes de un solo puñetazo, baboso —dijo Edward, tomándolo desde la camiseta—. Tus engendros han insultado a mi hija y luego golpearon a mi hijo. Lo que mereces es que te los quiten por no saber criarlos, hijo de puta. —Lo sacudió—. Aprende a respetar a los demás, maldito estúpido, no sabes lo que su madre ha tenido que luchar porque mi pequeño sea feliz, ¡y tú vienes con tus dos taraditos a enseñarles que está bien destruirle la felicidad al otro solo porque es diferente! ¿Quién demonios te crees? Y lo peor es que vienes aquí, a pedir que mis perros no defiendan a sus mejores amigos, después de que ellos vieron lo que tus dos animales hicieron con mis hijos. ¡No me hagas reír! —exclamó con fuerza—. Vuelve a pedirme explicaciones y te vuelo el culo a patadas. ¡Tendrán que sacarte mis botas en urgencias, te lo prometo, hijo de puta! Y enséñales que todos los niños merecen respeto, así se vistan con tutú y peluca, o tengan algo diferente al resto, o yo mismo te hundiré la cabeza en un libro para que entiendas la importancia de ello… o bien te haré tragar las hojas a punta de bofetadas. ¿Me entendiste?

Lo empujó de vuelta a la salida de la casa y tanto él como su manada de imbéciles no pudieron decir más, por lo que quisieron usar los golpes. Cuando Edward iba a responder sin miramientos, interponiéndose delante de mí, Fred se puso a llorar de forma más intensa, tomando a papá desde la camisa, tirando de ella.

—No lo hagas. Quiero ir a casa, papá —suplicó.

Edward se detuvo y envió a los demás afuera, hasta que cerró y lo tomó en sus brazos para calmarlo.

—Tranquilo, ya no pasará nada —susurró él, acariciándole la espalda.

Yo abracé a Agatha mientras miraba a mi hijo, sintiendo en carne propia lo que él vivía, solo que yo tenía veintipocos y estaba en la universidad, mucho más consciente de la mierda humana. Rememorar a Tanya fue como una patada en el estómago, como si viera reflejado a esos padres y a sus hijos en ella. Lloré tal como Fred, aun cuando era una joven, lloré y supliqué que acabaran sus abusos y su deseo de hacerme daño, pero no se terminaba y aquel escenario parecía infinito. No quería que mi hijo viviera con esos recuerdos, era tanto el dolor de saber que iba a repetirse todo eso en el pequeño que luché por traer al mundo que… no podía quedarme en paz con la idea.

Tanya Denali… Sus recuerdos carcomían y hace años no era capaz de decir su nombre porque la odiaba tanto que no tenía adjetivos para callar cada espacio de mi rencor hacia ella. Cuando todo explotó y me quitó a mi mejor amigo, yo…

Fui hasta Fred y lo abracé, dándole el calor de mamá. Él sorbió por la nariz y me apretó el cuello con fuerza.

—Estoy aquí, papá también —susurré.

Edward tragó desde su posición y miró hacia el suelo, como si de pronto sintiera algo que le carcomía la cabeza. Nos miramos unos segundos y él acabó frunciendo el ceño, como si estuviera contemplándome desde dentro.

—¿Por qué la gente hace eso, papá? —preguntó Agatha mientras se limpiaba las lágrimas—. Fred no le hace daño a nadie, nosotros solo queremos jugar.

Su papá tragó y le acarició el cabello mientras se agachaba para conseguir su altura.

—A veces los demás cometemos errores. Ellos no saben lo que podemos hacer con las palabras y los gestos —le aclaró—. Quizá… algún día se arrepientan, así como yo me he arrepentido de algunas cosas que hice con… gente que no lo merecía.

Nos quedamos contemplando a los ojos otra vez, porque a medida que decía esas palabras, sentía que estaba refiriéndose a algo que hizo por esa mujer, aquella que trajo a Agatha al mundo.

¿Qué hizo? ¿Con quién? ¿Por qué parecía tan arrepentido?

—Mami, solo quiero ser feliz —murmuró Fred, buscándome.

Mi barbilla tembló.

—¿No lo eres?

Suspiró.

—Solo cuando estoy con mi familia.

Edward se puso rojo de furia y se levantó, como si una nueva idea le cruzara la cabeza.

—¿Saben qué? Les voy a enseñar a defenderse —declaró, suavizando su gesto cuando se dirigía a ellos.

—¿Cómo, papi? —inquirió Fred, mirándolo a los ojos.

Agatha se acercó y lo abrazó de forma calurosa.

—Papi sabe mucho de eso, ¡hagámoslo juntos!

Yo suspiré y miré a Edward a los ojos, quien enseguida bajó los hombros y se acercó a mí.

—Prometo que solo será para que se defiendan de esos niños abusivos. Es lo que necesitan para que dejen de hacer sentir mal al resto —afirmó, acariciándome el rostro.

—Hazlo. No quiero que sigan pasando a llevar a Fred, y aunque en la escuela ya recibieron parte de su merecido, la gente en la calle sigue siendo egoísta y violenta.

Suspiró y me dio un beso cálido mientras pasaba sus dedos por mi vientre, recordándome que ya no solo teníamos dos, sino tres.

—Bien, ¿quién quiere aprender a defenderse? —preguntó Edward.

—¡Yo! —exclamó Fred mientras se limpiaba las lágrimas bajo los ojos.

Mi Bestia se arrodilló delante de él y lo abrazó al mismo tiempo que le bajaba la camiseta luego de comprobar que su ostomía estuviera bien. Yo los miré, contemplando un amor que, si bien no compartía lazo sanguíneo, compartía un amor genuino que traspasaba cualquier límite que quisieran imponer, uno que a mí me tranquilizaba, porque a Fred lo amaban a pesar de todo.

.

Estaba tan dormilona. A eso de las siete de la tarde siempre acababa dándome una profunda siesta que, a veces, no terminaba hasta en la mañana. Sin embargo, esta vez no fue un despertar de descanso, sino uno en el que apenas pude respirar.

Había tenido una pesadilla, una que al parecer había hecho su aparición debido a lo que había pasado con Fred. Con la mirada en el techo, escuchando el sonido de Edward haciéndole la cena a los pequeños, intenté recordar las escenas erráticas de las que fui testigo en el mundo onírico y casi sin darme cuenta sentí que el corazón se me salió por la boca.

"—Linda peluca —destacó él, mientras yo intentaba mirar debido a la borrachera.

Me reí.

¿Tú crees? Es natural —bromeé, tocándome la melena rosa.

Me mostró su copa, demostrándome su borrachera, tal como la mía.

Tenía ojos verdes."

Fruncí el ceño. Qué raro sueño. Todo se mezclaba.

"Vi cómo tenían a Gregory, mi mejor amigo, amenazándolo entre tres. Él estaba usando su peluca, siendo feliz, ¿por qué tenían que hacerle daño? Tanya reía mientras tres lo empujaban en un círculo, destrozando su ropa de lentejuelas. Greg pedía que lo dejaran en paz y nadie lo escuchaba.

Hey, ¡déjenlo ya! —espeté, metiéndome para defenderlo.

Tanya me vio entrometerme y enseguida vino hacia mí, levantando una ceja, pero yo no me amedrenté.

¿Qué paso, Putita? ¿Quieres defender a tu amigo el marica?

Déjame en paz… ¡Greg!

Tanya me impidió avanzar, mirándome de manera amenazante.

Que te acuestes con el mafioso que te expone para que bailes como las putas no hará que me asuste, Isabella, lo sabes bien.

No me expone…

Se rio, interrumpiéndome.

¿Él sabe que estás en una fiesta de la facultad? ¿Eh?

Me callé. No, no lo sabía, y si se enteraba iba a golpearme."

Eran recuerdos vagos, porque esa noche bebí mucho. La última vez que supe lo que recordaba era eso y al día siguiente solo desperté desnuda en la cama de alguien que no conocía y que solo recordaba muy vagamente…

Me pasé las manos por la cara ante cómo algunos recuerdos se volvían a aparecer en mi mente.

Cuatro semanas desde ese encuentro, yo quedé embarazada, semanas desde que engañé a Dimitri con un desconocido… Pero era de Dimitri, porque… yo vi el condón, yo…

Fruncí el ceño.

Ya pasaban de los siete años, ¿por qué ahora pensaba tantas imbecilidades?

—¿Mami? —preguntó Fred, entrando a la habitación.

—Hola, cariño.

Se subió a la cama, comprobando que estuviera bien.

Le acaricié los cabellos y me lo acerqué un momento. Hace tanto tiempo que no nos quedábamos tan juntos, como antes, cuando solo éramos él y yo.

—¿Vas a cenar, mami? Papá hizo una comida muuuuuuy rica. Nos hará chuparnos los bigotes.

Me reí.

—¿Quién te enseñó esa frase? ¿Eh?

—Papá —respondió entre risas.

Suspiré.

Fred llamaba papá a Edward con tanto orgullo que me llenaba el corazón de muchas emociones.

Cuando supe que estaba embarazada, imploré al cielo que no sacara nada de Dimitri. Cuando fue el momento de conocerlo y con el paso de los años, él jamás mostró característica alguna que lo asemejara a ese demente.

Aquel pensamiento me llevó a ese sueño, ese en el que recordé a ese hombre con el que acabé en la cama. Apenas rememoraba su rostro, solo era difuso, como si tuviera un velo sobre su cara.

No, qué estupidez estaba pensando. ¿Por qué ahora se me metían esas cosas en la cabeza?

—Oye, ¿te sientes mejor? —le pregunté, viéndolo acomodarse en mi pecho.

Asintió y suspiró.

—Papi estuvo hablando conmigo.

—¿Y eso te ayudó?

—Mucho. Quiero ser como él, aunque papá Jasper se enoje.

Fruncí el ceño.

—¿Por qué lo dices?

—Porque la última vez te trató muy mal, mami, y creo que es por mí.

—No. No digas eso.

—Tú eres libre de sentir lo que tú creas correcto, y lo que tú consideras correcto es seguir el ejemplo de Edward, ¿no es así?

—Sí —respondió—. Quiero ser un héroe, mamá, un hombre fuerte y… y… ¡grande! ¡Y divertido! Para cuidarte, mami.

Sonreí y le besé los cabellos.

—Te amo, mamá.

—Y yo te amo a ti, cariño.

Fuimos al comedor unidos de la mano. Edward estaba tomándole el cabello a Agatha para que no se ensuciara al comer, pero cuando nos vio vino enseguida hacia mí, queriendo comprobar que estuviera bien.

—Solo fue una siesta. Tener un bebé dentro consume muchas energías, eso deberías saberlo —afirmé con una sonrisilla, juntando mi nariz con la suya.

—Lo siento, es que me perdí de muchas cosas, tú sabes por qué —susurró.

—Ahora puedes vivirlo conmigo.

—Y eso me encanta.

Nos reímos.

—Bueno, espero que tengas ganas de comer algo bueno para esta cena. ¿Qué dicen, pequeños? ¿Está bueno?

—¡Mucho!

—Entonces sí, quiero —respondí.

.

La banda estaba en la sala, hablando de lo que había estado pasando con la policía y nuestros amigos. La situación era tal que preferí enviar a Agatha y a Fred con mi madre antes de tiempo, no quería que escucharan; ambos conocían a Rose y a Emmett e iban a preocuparse, en especial mi hijo por mi amiga, pues era su madrina.

—Lo de Emmett no puede quedar en nada. La policía ha buscado por cielo, mar y tierra ¿y ellos no aparecen? —bramó Jacob—. Es el colmo, ese tipo de mierda no puede quedar libre de polvo, ¡tiene que sentir nuestros puños!

—Tranquilo, Jake —dijo Jonas—. Todos estamos aquejados por su situación, pero debemos actuar con cautela. —Miró a Edward, quien estaba en silencio, pensando.

Yo pensaba en Rose con angustia. Ya habían sido tres días sin saber de ella y me daba terror de que algo le estuviera haciendo… o ya le hubiese hecho. Royce era un tipo peligroso e impredecible, y desde que hablaron de ese dragón, temí mucho más respecto a sus nexos.

En aquel momento, Edward recibió una llamada. Al momento de ver a la pantalla, su quijada se tensó.

—Hola —saludó, alzando una ceja. Tomó mi mano y entrelazó sus dedos con los míos, llevándosela a los labios—. Sí, tendremos consideración. Dime dónde lo vieron.

Todos soltaron un leve jadeo, mientras que yo me quedé muda.

—Perfecto. Los demás irán a hacer el recorrido —bramó—. Encontraremos a ese hijo de perra. —Cuando cortó, miró a todos, deteniéndose en mí—. Vieron el coche de Royce por la interestatal cercana al barrio. Debemos hacer la ronda.

Todos se levantaron de sus asientos y se prepararon para salir, instados por el líder. Yo me levanté también, mirando a la ventana, e inevitablemente pensé en mi amiga… y en su hijo.

¿Cómo no ponerme en su lugar?

Sentía que en mi barriga podía tocarlo, lo que era ridículo porque pasaba de las cuatro semanas, solo era un pequeñito ser vivo logrando sobrevivir en mi interior.

—Todo estará bien —me susurró al oído, pasando sus manos por donde se encontraba nuestro pequeño.

Me giré a contemplarlo.

—No quiero que vayas —le comenté—. Quédate conmigo.

—Emmett está grave. —Tragó—. Tengo que encontrar a ese imbécil.

Arqueé las cejas.

—¿Has tenido alguna noticia de Rose? Yo no puedo comunicarme con ella.

Negó, muy preocupado.

—Jonas y los míos fueron tras el bastardo. Rosalie debió escapar, no me cabe duda de ello.

Tragué, muy angustiada por lo que había pasado con Emmett. Me partía el corazón, pues lo único que había hecho había sido defender a la mujer que amaba, tal como Edward lo habría hecho conmigo. De solo pensar que alguien le hiciera ese daño, sentía un miedo irreconocible en mis venas. Era imposible no ponerme en el lugar de mi mejor amiga y del chico que también me defendió cuanto pudo.

—Hey, estará bien, Emmett… —Cerró los ojos un segundo—. Emmett saldrá de esto. Te juro que encontraré al maldito que le hizo esta mierda y lo trituraré como no te imaginas.

—No te ensucies las manos.

—Te amenazó y eso es suficiente —susurró, acariciándome el vientre con lentitud.

Arqueé las cejas y lo abracé.

—Dime que estarás bien y que solo lo asustarás. No quiero que te ocurra algo. Ese tipo es malo y yo quiero que mi Puntito esté con papá hasta que sea muy grandecito, como tú —añadí, poniendo mis palmas en su pecho.

Edward rozó su nariz con la mía, sacándome una sonrisa.

—Solo tardaré diez minutos. Debo prever que toda la manzana se encuentre a salvo por si aparece ese imbécil. Te juro que no tardaré. —Me besó la frente y luego los labios, tan pegados a los míos que dejé escapar un gemido—. Recuerda que te amo. Y no solo a ti, sino a nuestro pequeñito.

—Nuestro Puntito —recordé, sintiendo la alegría de saber que nos esperaba nuestro retoño que apenas llevaba un mes existiendo—. Te amo, Edward.

Tomó mi mano, besó mis nudillos y nuestro anillo de compromiso y se marchó con la chaqueta de cuero calzándosela de manera ruda y decidida. Al cerrar la puerta me dediqué a mirar mi reflejo en el espejo, contemplando mis mejillas ruborizadas y el brillo intenso de llevar vida en mi interior. Era algo que no recordaba, porque había pasado mucho tiempo desde la última vez.

Iba a tomar algo de leche para calmar un poco la incertidumbre del tiempo sin Edward, pero tocaron a mi puerta de manera enloquecida. Yo me asusté y fui a mirar por el visor, tomando un cuchillo entre mis manos, y cuando vi que se trataba de Rose, con un hilillo de sangre en la comisura, no tardé ningún segundo en abrir la puerta para meterla en mi casa.

—¡Bella! —gimió con el llanto desgarrado—. Él estaba buscándome. ¡Necesito esconderme! ¿Edward está aquí? —preguntó, temblando.

Tragué.

—Ha ido a cuidar la cuadra con los demás. Supe lo de Emmett —dije, tomando sus manos para hacer que bebiera un poco de agua—. Por Dios, te ha golpeado.

Ella gimió y se llevó una manita a la barriga.

—Sí. A Emmett… Él… —Arrugó los ojos—. Quiso defenderme, Bella, ahora no sé cómo soportar esto. Quiero verlo, pero Royce está hecho un loco, va a matarme.

Sentí mucha angustia. Sabía cuánto significaban los golpes de un hombre que en algún momento fue importante para ti.

—¿Tu hijo está bien? —pregunté, muy nerviosa.

—Sí, está, no alcanzó a golpearme ahí.

Rose crispó su rostro y se puso a llorar con más intensidad.

—Tengo tanto miedo de que me encuentre o que Emmett empeore, Bella.

La abracé y dejé que escondiera su rostro en mi pecho, calmándola.

—No ocurrirá nada, te lo aseguro, y Emmett estará muy bien, lo prometo.

Mientras Rose buscaba calmarse, los perros comenzaron a ladrar hacia una dirección, muy nerviosos. No tuve tiempo de percatarme de lo que sucedía, no hasta que Royce estuvo dentro de la casa y apareció por la cocina. Miraba a Rose mientras sostenía una barra de metal en la mano, como si hubiera agarrado lo primero que haya encontrado con tal de hacer daño.

—Bella —gimió ella, escondiéndose detrás de mí.

Tragué y caminé hacia atrás, manteniendo a Rose a salvo.

—Por favor, Royce, no hagamos esto más difícil, ¿sí? La policía te encontrará y buscará la manera de apresarte y ya has hecho suficiente, no destruyas tu vida —pedí, mirándolo con quietud.

—Ella ya la destruyó acostándose con otro hombre, ¿no crees? —inquirió el maldito, apretando la barra de metal entre sus manos.

—Royce, por favor, no me hagas daño —suplicó Rose.

Él caminó rápidamente hacia nosotras y yo me mantuve delante de ella, pero me quitó de encima, empujándome hasta hacerme caer. Royce levantó la barra, dispuesto a golpearla y ella le gritó.

—¡No, por favor, Royce! —insistió, temblando—. Estoy embarazada.

El rostro de él se descompuso y yo me levanté rápidamente.

—Embarazada de ese imbécil —susurró con los dientes apretados—. Eres una puta.

Elevó la barra, dispuesta a azotarla contra quien fue su esposa y yo me interpuse sin pensarlo, aterrada de que fuera a matarla delante de mis ojos.

—¡Déjala en paz! —Lo empujé con todas mis fuerzas, moviéndolo muy poco.

Era mucho más grande que yo.

—Deja a Rose, por favor, déjala ya, no le hagas más daño —le pedí con el pecho apretado—, ya no más, Royce, déjala en paz. ¡Está esperando un bebé!

Royce no me tomó en cuenta y me volvió a empujar, dispuesto a matar, si era posible, a Rosalie. Cuando vi que iba a azotar la barra en su cabeza, yo lo arañé, sacándole un grito de dolor.

—¡Maldita zorra! —espetó, tomándome con fuerza de los cabellos y lanzándome al suelo—. Eso es lo que querías, ¿no? ¡Tú también eres una puta como Rosalie!

Levantó la barra de metal y la vi caer en mi espalda, quitándome el aliento. Lancé un grito de dolor y volví a sentir la barra contra mí, viendo sus ojos desquiciados delante de los míos. Yo me tomé el vientre, paralizada ante la idea de que le hiciera daño a mi bebé.

Y entonces cerré mis ojos, recibiendo otro golpe y otro… Sentí que perdía la noción de la realidad.

—¡Royce, no le hagas daño, por favor! —escuché que suplicaba mi mejor amiga.

Sentí que todo se volvió negro.

Edward POV

Miré por última vez hacia la casa, recordándome por quiénes debía volver sano y salvo. Antes de subirme a la motocicleta, me puse a contemplar las fotografías que llevaba siempre conmigo, fotografías en las que estaba ella y los pequeños. Nadie tenía idea del efecto que provocaba en mí. Pero cuando vi el rostro sonriente de Fred, sentí los recuerdos de lo sucedido hace unos días y el odio que sentí ante lo que habían hecho. Era inevitable, sacaba lo peor de mí cuando le hacían daño a mi familia. Sin embargo, y a medida que me subía para encender la máquina, sentía el desgarro de algunos recuerdos vacíos de un pasado que no quería traer de vuelta, porque en Fred veía… a quien alguna vez dañé.

Me puse el casco e hice sonar la motocicleta, dispuesto a avanzar, aunque mi cabeza siguiera dando giros en direcciones que quería evitar.

A veces, quería culpar a Tanya por hacerme preso de sus manipulaciones, pero era un hombre adulto que sabía lo que hacía, aunque ella tuviera dominio gracias a su victimización y a su forma sutil de decirme que, si no aceptaba sus chantajes, acabaría haciéndose daño. Las imágenes de varias noches en las que tuve que ser su guardaespaldas mientras jodía al resto no me ponía bien, en especial cuando le gustaba hostigar a un chico del que tenía recuerdos muy vagos, pero que una última noche supe que debía entrometerme y no lo hice. ¿Cómo defenderme? No tenía excusas, solo… estaba borracho y angustiado de estar cerca de ella, de esa mujer que usaba todo su poder (y del que nadie sospechaba), para hacerme partícipe de cosas de las que no quería ser parte.

Sí, aquella noche, una noche brumosa en medio de una fiesta. Yo borracho, apenas consciente. Habría sido una noche de mierda de no haber conocido a aquella chica con peluca. No recordaba bien su rostro, pero me gustó en cuanto la vi. Claro, ahora solo era parte del pasado, amaba a Bella, pero esa aventura nocturna en la fiesta de Tanya fue un rayo de luz en años de mierda.

Nunca supe más de su paradero, al menos no hasta que me levanté con resaca y la vi boca de lado, durmiendo con la peluca aún en su cabeza, luego de la noche que compartimos.

Sí, fue un pequeño rayo de luz. Solo me habría gustado saber su nombre.

—Ten todo el perímetro custodiado. Mis hijos no volverán a casa hasta pasado mañana, no los quiero cerca —ordené, mirando a la banda, que hacía ruido con sus motocicletas, rodeándome.

—¿Quiere que saque el bate, jefe? —preguntó Vladimir, uno de mis cabezas en la banda que Jonas y yo solíamos liderar.

Por un instante me pregunté si eso era lo que quería Bella y la respuesta era clara: por supuesto que no. Lo que menos quería era decepcionarla con mi pasado, ese que luchaba por dejar atrás, pero si de algo estaba seguro era de que prefería mil veces hacerlo antes que hacerle pasar por el peligro que significaba ese imbécil suelto. No era en vano todas las amenazas que le hizo llegar a mi chica, y con ella nadie se metía.

Nadie.

—Sácalo —volví a ordenar, calzándome el abrigo de cuero.

Todos movieron la cabeza de manera positiva y se fueron en sus motocicletas, preparándose para golpear a quien fuera si era necesario.

Con mi familia nadie se entrometía, menos ese bastardo.

Yo mismo me subí a mi motocicleta y antes de ir con rapidez de vuelta a casa, vi que Jonas me hizo un gesto con la cabeza, el mismo que hacíamos antaño.

—Vamos —dije, moviendo la palanca y haciendo un ruido ensordecedor.

Bajé el visor de mi casco y con la cabeza puesta en el frente di la carrera junto a los demás, sabiendo que debía tener los ojos en cada parte de mi alrededor. Ese maldito ya le había hecho daño a uno de mis mejores amigos, no iba a permitir que lo hiciera con mi chica.

Llegando al barrio, noté que algo iba mal. La puerta estaba forzada, o al menos habían hecho el intento. Afuera había un coche negro que no reconocí, por lo que le pedí a los demás que tuvieran cuidado mientras el corazón me latía deprisa. Pero, sin darme espacio para pensar más, vi que de la máquina bajaban tres tipos, los que enseguida llamé a reducir. Podían estar armados.

—¡Lárguense de aquí! —espeté, sin tenerles miedo.

En realidad, temía que le hubieran hecho daño a mi chica.

Miré rápidamente hacia la casa, sabiendo que algo estaba mal, muy mal. La sangre abandonó mi cuerpo, aterrado de que alguien se haya metido ahí y…

Con la misma rapidez en la que llegamos, mis colegas los redujeron con sus motocicletas, sin darles espacio para sacar el arma. Antes de que siquiera pudiera voltear a casa y meterme ahí, aterrado de causar que quien estuviera adentro pudiera hacer algo más con la mujer que amaba, escuché un grito ensordecedor viniendo desde adentro mientras sentía el lamento de los perros. Corrí alarmado, apretando el bate junto a mí, pero antes de que siquiera pudiera encontrarlo de frente, vi que Royce se llevaba a Rosalie, apretándola desde el cuello.

—¡Rose! —exclamé, queriendo ayudarla.

Ella sollozaba, mientras Royce la apuntaba con una barra de metal, amenazándome a mí con hacerle daño. Si daba un paso al frente, de verdad iba a hacerlo, por lo que me frené, levantando las manos para que supiera que no iba a actuar con tal de que la dejara sana y salva. Sin embargo, cuando daba un paso al costado, viendo que mis colegas se acercaban, el maldito hijo de perra sacó un arma, dispuesto a usarla sin contratiempos contra quien fuera que se atreviera a impedir sus planes, planes que no me atrevía a adivinar de qué iban.

—Si supieras quién sabe de ti, maldito imbécil —espetó, atrapando a Rose del cuello y huyendo con ella en el mismo coche.

—¡Rose! —grité, corriendo para alcanzarla.

No pude hacerlo, se la habían llevado.

—¡Síganlo, carajo! —gruñí, mirando a los demás.

Todos se subieron a la motocicleta, excepto Jonas, que se quedó escoltando la entrada con el ceño fruncido.

—Bella —susurré, mirando a mi alrededor.

Ella estaba adentro, ella…

—¡Bella! ¡Mi amor! —gemí, subiendo las escaleras del porche y metiéndome en casa, mirando rincón a rincón, buscándola.

No estaba ahí, esperándome, no de pie, no con una sonrisa, no… La encontré en el suelo, sangrando, golpeada y con sus ojos cerrados mientras se sostenía el vientre con una inerte mano sobre su cuerpo.

—¡Bella! —grité, agachándome rápidamente para sostenerla entre mis brazos.

No respondía. Mi nena estaba entre mis brazos, completamente inerte. Sentía que me partía en dos.

—Bella —acabé gimiendo otra vez, tocando sus mejillas.

Su rostro estaba ensangrentado. No podía expresar lo que sucedía en mi interior al verla así.

—Mierda, ese hijo de puta… —decía Jonas, entrando a la casa—. Él…

—Debo llevarla al hospital —susurré, temblando—. ¡Saca el coche!

Jonas asintió mientras tragaba, corriendo puertas afuera.

Sostuve a Bella entre mis brazos, abrazándola con cuidado, y salí a gran velocidad. Jonas estaba al volante y yo me metí atrás, sosteniéndola junto a mí.

—¡Ve rápido al hospital, la puta madre! ¡Qué esperas! —vociferé, tomando su rostro mientras la miraba, moviendo mis manos de manera desacompasada y compulsa, aterrado—. Bella, nena… Respóndeme.

Sentí que Jonas manejaba a gran velocidad hacia el hospital, pero yo solo la miraba a ella mientras sentía que moría en vida. Verla de esta manera me amarraba a la locura, su rostro dulce había perdido aquel dejo debido a los golpes, los que Royce propinó con furia… los que…

—Nena, por favor no me asustes —supliqué, pasando mi pulgar por sus labios con suavidad—. No me asustes…

Junté mi frente con la suya, sollozando de manera sórdida, angustiado de tal forma que me paralizaba.

Bajé mi mirada por su cuerpo, viendo cómo la había dejado, cómo…

Apreté mis puños, gruñendo como un animal. Estaba hecha pedazos, la sangre llenaba mis manos y… y…

—¡Jonas! ¡Rápido! —supliqué, tocando su vientre—. Está embarazada, Jonas, está embarazada —repetía.

Vi su mirada detrás del espejo retrovisor, comprendiendo todo, abriendo sus ojos de par en par.

—¡Ya llegamos! —exclamó y salió del coche, abriéndome la puerta.

La tomé entre mis brazos y la llevé con rapidez hacia la zona de urgencias, mirando hacia todos los rincones mientras respiraba de forma agitada.

—¡Por favor! —supliqué—. ¡Necesito ayuda!

Vi cómo dos enfermeras se acercaban y uno de ellos llamaba a la camilla. Cuando la trajeron, me hicieron ponerla ahí mientras veía cómo intentaban acomodarla con cuidado.

—Por favor, señor —me pedían, pero yo tomaba su mano. No quería dejarla.

—¡Hagan algo ya! —vociferé con la voz quebrada y los ojos llenos de lágrimas—. Está embarazada… Mi chica está embarazada…

Mi voz se perdió mientras veía cómo todos aumentaban esa velocidad, sabiendo que ya podía ser demasiado tarde.

—Tenemos que llevárnosla, por favor, señor, déjenos hacer nuestro trabajo —dijo la profesional.

—No puedo dejarla… No puedo.

—Hey, amigo, vamos —pidió Jonas, tomándome la muñeca.

Me solté y corrí hacia ella, pero fui impedido de tomar su mano porque me cerraron la puerta en la cara. Lo último que pude hacer fue pegar mi frente a ella, sintiendo que el corazón se me destrozaba y que luego el fuego me crecía desde dentro, dispuesto a explotar.

Iba a matarlo, de verdad iba a matarlo. Le había hecho daño al amor de mi vida, con mi hijo luchando por su vida junto a su madre. Le había hecho daño y yo iba a matarlo…


Buenas noches, les traigo un nuevo capítulo de esta historia, o más bien, la parte II. Esta vez trae intentas revelaciones entre líneas, ¿pueden entender a qué se refiere Edward? ¿A qué se refiere Bella? Algo los conecta, ¿qué? ¿Quién es la chica de peluca? ¿Quién fue Greg y por qué podría conectarlo a la Bestia? Tanya también hizo una aparición, y su camino en el pasado comenzará a hacerlo con más frecuencia. ¿Qué opinan de lo que pasó con Fred? Es algo lamentable y que muchos pequeños deben soportar porque, a los ojos de los demás, son diferentes y deben ser juzgados. Y bueno, el final es intenso, mucho, pueden pasar mil cosas a la vez, ¿qué creen que ocurra? La Bestia está desatada y es cosa de tiempo para que Botas Rojas vuelva a atacar, porque sabemos que con los que Edward ama nadie se mete. ¿Bella estará bien? ¿O algo más ocurrirá? ¡Cuéntenme qué les ha parecido! Ya saben cómo me gusta leerlas

Agradezco los comentarios de Pam Malfoy Black, Isabelfromnowon, Diana2GT, Coni, lauritacullenswan, Milacaceres11039, freedom2604, Brenda Cullenn, LizMaratzza, cavendano13, CeCiegarcia, Claurebel, PanchiiM, Mayraargo25, Twilightsecretlove, Belli swan dwyer, Gladys Nilda, Elmi, GabySS501, morales13roxy, patymdn, SeguidoradeChile, angryc, Bell Cullen Hall, BreezeCullenSwan, Rero96, bbluelilas, PatyMC, twilightter, valentinadelafuente, Chiqui Covet, caritofornasier, DanitLuna, Liz Vidal, LicetSalvatore, Josi, lindys ortiz, viridianaconticruz, rosycanul10, Ilucena928, Liliana Macias, lupitaduarte584, Mela Masen, VeroPB97, Mime Herondale, Ana karina, rjnavajas, Tata XOXO, Valeeecu, bellaliz, Yoliki, Tereyasha Mooz, ariyasy, Car Cullen Stewart Pattinson, AnabellaCS, Kamile PattzCullen, Fernanda21, NarMaVeg, Joa Castillo, krisr0405, saraipineda44, debynoe12, keyra100, Valevalverde57, Noriitha, alejandra1987, ELIZABETH, maricarmen92, barbya95, Alejandra, piligm, Kriss, damaris14, CazaDragones, Lore562, Diana, Dominic Muoz Leiva, carlita16, claribelcabrera585, Meemii Cullen, jupy, Tina Lightwood, natuchis2011b, MariaL8, Valentina Paez, selenne88, Nat Cullen, Melina, Fernanda javiera, Cullenland, miop, Gabi, Stella mio, jhanulita, LuAnka, Heineken, Jocelyn, Sandoval Violeta, Pancardo, Abigail, Bitah, Vanina Iliana, Vaneaguilar, Elena Twilighters Robsecionada, Robaddict18, VeroG, calia19, Srita Cullen brandon, Roxy Cullen Masen, isbella cullen's swan, Flor Santana, JMMA, Smedina, seelie lune, Adriu, Jeli, somas, beakis, nydiac10, BellaNympha, Leah De Call, LoreVab, Pameva, Nelly McCarthy, Johanna22, Gis Cullen, FlorVillu, Fallen Dark Angel 07, Techu, Iza, morenita88, Berenice BV, sheep0294, Kika, Lizdayanna, Lulu, Kelly, Mar91, kathlenayala, Titi, Chelsea, Lola, Ceci Machin, Reva4, Yoli, Luz, Duniis, glow0718, sool21, YessyVL13, MaleCullen, Fernanda21, kaja0507, Luisa huiniguir, Yesenia Tovar, almacullenmasen, paz15, Santa, AndreaSL, Idalia Cova, cary, Angelus285, amedina6887, EniCullenMasen, Elizabeth Marie Cullen, Jade HSos, Ella Rose McCarty, monik, Alimrobsten, camilitha cullen, Beth, Maca Ugarte Diaz, Taa, Hanna D. L, danielascars, Miriam oyarce, florcitacullen1, Shikara65, Salveelatun, esme575, bealnum, Sarin y Guest, espero volver a leerlas nuevamente por aquí, cada gracias que ustedes me dan es invaluable, sobre todo cuando a veces sentimos frustración y no queremos más, gracias por instarme y hacer que esto valga la pena, se los agradezco de todo corazón

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