Capítulo 28.
Los fans de ambas escuadras comenzaban lentamente a retirarse del estadio una vez que el partido entre Japón e Italia hubo finalizado; sin embargo, en las tribunas un par de hombres permanecían en sus asientos con expresión de clara preocupación, siendo ellos un hombre de edad ya mayor, con cabellos claros aunque canosos y ojos azules, y el otro era un joven de cabello negro y ojos cafés. Ambos habían mirado con mucha ansiedad cómo se había desarrollado el final del encuentro y lo que había sucedido a continuación en el campo de juego.
- ¡No puedo esperar más!.- exclamó el hombre de edad mayor, levantándose de su asiento-. Tengo que saber cómo se encuentra.- agregó, comenzando a subir las escaleras para ir hacia a los vestidores.
- Espera, por favor.- pidió el joven-. Sabes perfectamente bien que no podrás llegar hasta donde él se encuentra sin que alguien te ayude; tengo una idea que podría sernos de utilidad.
Acto seguido, el joven de cabello obscuro tomó su celular, escribiendo rápidamente un mensaje de texto que envió una vez que lo finalizó.
- Espero que lo pueda leer pronto.- comentó el joven, levantándose de su asiento para ir detrás del hombre mayor.
Gino se encontraba nuevamente en la enfermería del estadio, un lugar que el portero comenzaba a conocer demasiado bien al grado de que empezaba en verdad a odiarlo; nuevamente se hallaba sentado sobre esa ya tan familiar camilla mientras el Dr. Lucchetti, asistido por Erika, se preparaba para realizarle los respectivos exámenes tanto físicos como de Rayos X y ultrasonido que sus brazos requerían para poder conocer el estado actual de sus lesiones.
Hernández cerró los ojos y respiró profundamente, en un intento de contener la oleada de dolor que sentía atravesarle hasta los huesos, sentía que su brazo derecho estaba tan adolorido y sensible que el sólo roce de la venda al ser desatada le ocasionaba un terrible sufrimiento que le nublaba la visión y cada movimiento que el galeno le pedía que hiciera para realizar el examen físico era una gran tortura para él, su brazo se encontraba tan débil que estaba al límite de sus fuerzas y sentía además que su mente y su cuerpo estaban completamente exhaustos.
- Duele mucho.- comentó Gino, en un susurro.
- ¿Qué tan grave es?.- preguntó Santoro con preocupación en su voz, una vez que terminó la revisión por parte del médico.
Lucchetti lo miró con semblante sombrío antes de hablar.
- El desgarro que Gino tiene en su mano izquierda empeoró un poco, pero a pesar de que incrementó la lesión aún se sigue conservando como un esguince de grado dos.- comenzó a explicar el médico, para luego suspirar con pesar-. Sin embargo, lo peor está, como la vez anterior, en su brazo derecho; como me temía, la fuerza del impacto recibido en la mano durante el último tiro terminó fracturando el hueso cúbito en su región proximal y luxando a su vez el radio, por lo que es necesario hacerle una reducción de la fractura en este instante para que la lesión no se agrave aún más.- agregó.
Gino miró a Erika en búsqueda de respuestas más claras pues no entendía bien lo que el galeno decía.
- Terminaste por fracturarte uno de los huesos del antebrazo.- le comentó la pasante, después de soltar un gran suspiro al escuchar las palabras de su jefe-. El otro hueso que se encuentra unido a éste se movió de su posición debido al golpe y la fractura, aquí puedes sentirlo.- le comentó la pasante, rozándole ligeramente la zona a lo que Gino experimentó una gran dolor, emitiendo un quejido a causa de ello-. Y ahora necesitamos poner ese hueso en su lugar.
- Hagámoslo entonces.- comentó Gino, con una expresión de gran dolor y suspirando resignado al comprender la situación.
- Esto va a doler mucho.- le advirtió Lucchetti, con una expresión de empatía hacía el joven-. Por lo que te voy a administrar un anestésico local para bloquear los nervios e insensibilizar un poco la zona y también te daré un sedante para que estés más relajado pero no dormido pues te necesito atento durante el procedimiento.
- Entendido.- se forzó a responder Hernández, asintiendo con la cabeza-. Lo que sea necesario hacer.- agregó, con un hilo de sudor recorriendo su sien.
El médico procedió a inyectarle tanto la anestesia como el sedante, dejándolo descansar un momento sobre la camilla para que los medicamentos comenzaran a hacer efecto antes de poder reducirle la fractura, y mientras el galeno conversaba con el entrenador Santoro, Erika aprovechó el tiempo para acercarse al portero, acariciando su cabello y limpiándole el sudor de la frente.
- Lo siento.- comentó Gino, en un susurro-. Sé que te estoy preocupando de más y que no debí hacerlo….- el joven se detuvo para esperar a que una punzada de dolor se calmara-. Pero no podía quedarme por más tiempo sin hacer nada, necesitaba entrar a jugar.- completó.
- Ya luego hablaré contigo al respecto.- le respondió Erika, bastante molesta pero sin separarse de su lado-. Ya hasta pareces japonés siendo tan kamikaze.- le rezongó.
Por respuesta, Gino sólo le esbozó una débil sonrisa.
Una vez que pasó el tiempo necesario, el médico se dispuso a realizar el procedimiento; Gino se sentó frente al galeno y colocó su brazo en un ángulo de noventa grados, mientras que el doctor tomó el adolorido antebrazo del joven con una de sus manos y con la otra tomó su brazo muy cerca del codo, para con un fuerte tirón jalar el antebrazo hacia él y después empujarlo hacia el portero y que así la cabeza del hueso radial encajara nuevamente en la articulación del codo en la posición correcta. Con este movimiento, Hernández no pudo evitar dejar escapar un gran grito de dolor al tiempo en que se acomodaban los huesos.
Por su parte, Erika tenía una clara idea de cuánto debía dolerle este procedimiento al portero y no podía hacer nada más que mirar atentamente la situación; por más que su instinto le pedía que saltara a detener a su jefe para no generarle más sufrimiento al joven, ella sabía bien que ésa era la manera correcta de realizar la reducción de la fractura, no quedándole más remedio que morderse el labio inferior para no protestar. Una vez que Lucchetti terminó, éste tuvo que realizarle nuevamente una radiografía a Gino para verificar que tanto la cabeza del hueso radial estuviera en su sitio como que la fractura del hueso cúbito estuviera alineada adecuadamente.
- ¡Listo!.- comentó Lucchetti, una vez que se aseguró al ver la placa que ambos huesos se encontraban correctamente en su lugar -. Inmovilizaremos ese brazo y espero que no se te ocurra hacer nada loco en estas semanas para que la lesión por fin pueda sanar.- le reprendió, con mirada seria.
- No lo haré.- comentó Gino, con voz cansada.
- Esperemos no tener que llegar a la necesidad de la cirugía.- continuó diciendo el Dr. Luccetti, una vez que finalizó de colocarle los vendajes y el brazo estuvo correctamente inmovilizado de nuevo con el cabestrillo-. Estaremos al pendiente de cómo evolucionas en estos días y llegando a Italia el médico de tu equipo seguramente analizará las opciones, decidiendo si es o no necesario llegar a ese extremo.
- Esperemos que no sea necesario.- respondió Hernández, preocupado.
- Bien, descansa un poco.- agregó el galeno, con voz amable-. Necesitamos que pase un poco el efecto de los medicamentos antes de que te puedas ir.
Gino se recostó sobre la camilla; los medicamentos aunados al ejercicio del partido comenzaban a adormecerlo por lo que la idea de recostarse un rato a esperar que le autorizaran irse le había resultado sumamente tentadora. Lucchetti estaba seguro de que en cuanto pasara el efecto de los medicamente seguramente Hernández terminaría con el brazo muy adolorido e hinchado por lo que consideró necesario recetarle de nuevo los fármacos fuertes antes prescritos y mucho, mucho reposo.
Luego de que todo el estrés del procedimiento pasó, Erika notó que tenía un mensaje de texto, el cual la extrañó mucho pues no se podía imaginar de quién podría provenir, pero su sorpresa fue mayor al leerlo y ver de lo que se trataba. La pasante entonces se acercó a su jefe, al cual le comentó algo en voz baja para luego de que éste asintiera ella saliera de la enfermería. Después de algunos minutos, la joven finalmente regresó y se acercó al portero.
- ¿Gino?.- le habló la joven, poniéndole una mano en el hombro y moviéndolo suavemente para despertarlo, a lo que el joven abrió uno de sus ojos para verla confundido.- Perdón que te despierte pero hay alguien que quisiera verte y que está muy preocupado por ti.
- ¿A mí?.- preguntó él, sorprendido con esas palabras-. ¿Quién?.- preguntó curioso, al tiempo en que con esfuerzo y con la ayuda de la joven se incorporaba para sentarse.
Justo en ese instante, la puerta de la enfermería se abrió y entraron a la habitación los dos hombres que habían estado hablando en las tribunas.
- ¿Qué están haciendo ustedes dos aquí?.- inquirió Gino, realmente sorprendido al verlos.
Los dos hombres no eran otros más que Niccolo De Angelis, abuelo de Gino y Gianluigi Carigniani, su hermano, quienes habían viajado desde Italia el día anterior para ver el último partido de la selección italiana y, sobre todo, para apoyar al portero. Ambos querían sorprender a Hernández al final del encuentro, pero cuando vieron la manera tan dramática en cómo había finalizado éste, se habían preocupado mucho por el estado de salud del portero, razón por la cual Gianluigi le había pedido ayuda a Erika para poder pasar la seguridad del estadio y así llegar hasta la enfermería en donde podrían saber de una buena vez cómo estaba el joven; una vez que el médico recibió a los familiares de Hernández y les explicó cómo estaba la situación, el Dr. Lucchetti consideró que sería buena idea darle un poco de privacidad a la familia por lo que se disculpó con los presentes, saliendo de la enfermería al lado del entrenador Santoro.
- Creo que será mejor que yo también me vaya.- comentó Erika, algo apenada-. Para que puedan platicar a gusto.
- ¿Por qué? Sabes que tú eres como de la familia.- comentó Nicco, sonriéndole con cariño-. ¡Hasta que por fin te vuelvo a ver! ¡No moriré sin saber qué pasó con ustedes dos!
- ¡Abuelo!.- exclamó Gino, molesto y avergonzado, por lo metiche que estaba siendo su abuelo en ese instante-. No comiences.
- Está bien, ya no diré nada.- comentó Nicco, mirando a su nieto-. Por ahora.- agregó, con una ligera sonrisa-. Sé que no es momento para molestarte, debes estar tranquilo y descansar.
Luego de algunos minutos de plática en los que Gino le aseguró a su familia que se encontraba bien, Erika volvió a insistir en que debía dejarlos solos y les comentó que más tarde los vería pues debía ir en busca de sus pertenencias que había dejado tiradas en la zona de la banca; por su parte, Gianluigi comentó que la acompañaría y que dejaría a Nicco con Gino para que conversaran con tranquilidad.
- ¿No quieres quedarte con él?.- preguntó Erika, una vez que salieron de la enfermería.
- Sí.- respondió al instante Gianluigi-. Pero creo que será mejor que en este momento esté con Nicco y ya después le veré, ahora estoy más tranquilo pues sé que está bien.
En cuanto Gino estuvo a solas con su abuelo, el joven se sinceró.
- Lo siento, Nicco, nuevamente ridiculicé a Italia.- comenzó diciendo Gino, con la cabeza gacha.
- Todo lo contrario hijo, levanta tu frente en alto porque todos están muy orgullosos de ti.- comentó el anciano, tomando el rostro de su nieto para que lo alzara-. Y también lo están de tu amigo, ambos demostraron lo que es tener pasión, diste un gran partido y me hiciste sentir tan orgulloso.
- ¡Pero si sólo fueron 15 minutos!.- respondió Gino, algo apenado por las palabras de su abuelo-. Al final perdimos.
- Sí, pero en esos quince minutos demostraste lo buen jugador que eres.- le respondió Nicco con una gran expresión de orgullo-. Tu compañero y tú levantaron la moral del equipo y consiguieron que todos se sintieran orgullosos de su esfuerzo, incluso los que gritaban cosas en su contra terminaron aplaudiéndoles su coraje y valor, te has convertido en un gran hombre, tu madre estaría muy orgullosa de ti, al igual que yo lo estoy.
Gino se conmovió mucho por las palabras de su abuelo pues su objetivo no había sido ser un Kamikaze, como lo había sugerido Erika, o que todos le creyeran un héroe por su coraje y valor, él sólo había deseado terminar ese encuentro con orgullo y dignidad, jugando como se suponía que se debía hacer siempre para no terminar avergonzándose después, sintiéndose culpable por lo que pudo ser y no fue.
- Gracias, Nicco.- respondió Hernández, con una sonrisa afectuosa-. Siempre es bueno saber que se tiene el apoyo de ustedes por muy mal que las cosas estén.
- ¡Siempre lo tendrás!.- comentó el anciano, tomando a Gino por los hombros-. Somos tu familia y siempre estaremos a tu lado.
Nicco entonces abrazó a su nieto con fuerza intentando no lastimarlo más de lo que ya estaba, pensando que por muy grande que Gino estuviera y que se convirtiera en un adulto, para él siempre sería su niño.
- Y más te vale que ahora que has vuelto a ver a Erika, no la dejes ir de nuevo.- le dijo de pronto el abuelo, una vez que se separaron-. Porque si no, yo mismo te voy a romper el otro brazo.- comentó bromeando y con una sonrisa divertida.
- ¡Nicco!.- exclamó Gino, avergonzado.
- ¿Qué? ¿Crees acaso que no sé lo que sientes por ella?.- se burló el anciano-. ¡Por dios, Gino! Eres igualito a tu madre, que todo se les nota en sus expresiones.
El portero agachó la cabeza muy apenado, en verdad que había ocasiones en las que su abuelo se pasaba de la raya.
Gianluigi caminaba por los ahora vacíos pasillos del estadio, había acompañado a Erika hasta la zona del campo de juego en busca de sus pertenencias, pero al llegar al lugar, la joven miró con cierta preocupación que sus cosas ya no se hallaban ahí, por lo que la pasante había comentado que iría en busca de sus compañeros esperando que, ya fuera Alessio o Fabio, alguien le hubieran hecho el favor de recogerlas de la banca y las tuviera en su poder, despidiéndose del italiano por el momento. El joven había decidido volver a la enfermería para ver a Gino, razón por la cual se encontraba caminando de regreso, pero al dar la última vuelta que lo conduciría a la puerta de la enfermería se encontró con que Salvatore se hallaba parado a las afueras de ésta, sin animarse a tocar o a entrar. Gigi, al verlo, reconoció al instante al otro joven que había entrado al partido al lado de Gino y quien también había salido lesionado en el encuentro, corroborándolo al ver al venda que cubría su pierna izquierda.
- ¡Hola!.- comentó de pronto Gianluigi al acercarse del jugador italiano, haciendo que éste saltara del susto pues no esperaba encontrar a nadie por ahí-. Tú debes ser el otro jugador, el defensa, ¿cierto?.- comentó el joven, al tiempo en que llegaba a su lado, bajo la atenta mirada del líbero.
Por su parte Salvatore lo observaba muy desconcertado, pues no tenía ni idea de quién era, pero al parecer este tipo si sabía bien quién era él.
- ¿Y tú eres?.- preguntó Salvatore, a la defensiva.
- ¡Oh, perdón! Deja que me presente.- comentó el otro joven, con una sonrisa divertida-. Yo soy Gianluigi, hermano de Gino.- comentó tranquilamente, señalando hacia el interior-. ¿Has venido a ver cómo está?
Salvatore se avergonzó de inmediato al verse descubierto pues era cierto que estaba ahí para saber la condición de su compañero; él realmente se había quedado muy preocupado cuando vio la expresión de sufrimiento que su capitán había tenido al concluir el encuentro y, una vez que fue atendido de su propia lesión, estuvo dudando en si debería o no acudir a averiguar qué había sucedido con él. Gentile desvió la mirada para que su interlocutor no se percatara de las expresiones que podrían generar sus pensamientos.
- Ven, entremos a verlo.- comentó Gianluigi al no ver respuesta por parte del joven.
- No, no es necesario.- le respondió Salvatore, negando con la cabeza y decidido a irse de ahí-. Creo que mejor me voy a cambiar.
- Por cierto.- comentó de pronto Gianluigi, deteniendo al jugador-. Déjame decirte que lo hiciste muy bien el día de hoy, tienes un gran talento para el soccer, verás que a la próxima podrás vencer a ese chico japonés sin ninguna dificultad.
El líbero se quedó muy sorprendió por las palabras de apoyo que le profesaba este personaje desconocido para él hasta ahora.
- El próximo torneo ustedes serán quienes obtengan la victoria.- continuó diciendo Gigi-. Ya lograron un subcampeonato el año pasado, el que sigue seguro serán campeones.
Gentile no supo qué contestar pues por primera vez alguien le estaba diciendo que estaba haciendo bien al jugar futbol y eso hizo que en su interior naciera un sentimiento de orgullo desconocido para él.
Erika caminaba por el pasillo inmersa en sus pensamientos, una parte de ella estaba sumamente preocupada por Gino y su estado de salud, pero otra parte se encontraba molesta con él. Sí, estaba muy molesta y se preguntaba: ¿por qué carajos Gino había tenido que entrar a jugar? Pero al momento ella obtuvo su respuesta: amaba a Gino tan cual era y no sólo por su atractivo físico, lo amaba con todas sus características, virtudes y defectos, por lo que no podía enojarse con él por haber sido precisamente eso, él mismo.
Al verle jugar en el campo de juego no pudo negar que era algo que en verdad le fascinaba conocer, esa faceta que tenía como jugador que pocas veces ella había tenido la oportunidad de presenciar de tan cerca, y que en este torneo pudo apreciar en primera fila, admirando tantas cosas sobre él; le gustaba tanto que fuera tan serio y responsable no sólo en los partidos sino también en los entrenamientos, siendo un excelente capitán para su equipo, apoyándolos incondicionalmente a pesar de sus lesiones para que ellos mejoraran y para que dieron su máximo esfuerzo, él se entregaba en cuerpo y alma al equipo y a ella le fascinó el ser testigo de ello.
Como persona Erika lo conocía muy bien desde hacía tiempo, sabía cómo era su personalidad, sencillo pero muy extrovertido, con una habilidad innata para hacer amigos y llevarse bien con todos, incluso con gente como Salvatore Gentile, al cual pocos podían tolerar; Gino era un gran conversador, con una admirable soltura a la hora de hablar y que siempre tenía algo inteligente que decir cuando se hablaba con él, era muy culto e inteligente con una agilidad no sólo física sino también mental y esa capacidad de no permitir que los demás le sacaran de quicio tan fácilmente que a varios de los que ella conocía les fallaba, además de ser un excelente consejero que sabía escuchar a los demás sin juzgarlos jamás. Erika suspiró, resignada pues no podía seguir enojada por más que lo quisiera.
En ese instante del otro lado del pasillo miró a alguien que la hizo salir de sus pensamientos, Genzo Wakabayashi caminaba hacia donde ella estaba y al verla le sonrió con su característica media sonrisa.
- ¡Genzo, hola!.- comentó la pasante a su amigo, al tenerlo frente a ella.
- ¿Qué andas haciendo por acá?.- preguntó Wakabayashi-. Pensé que estarías en la enfermería.- agregó.
- Lo estaba, solo que salí a buscar mis pertenencias que dejé olvidadas en la banca.- le explicó Shanks.
- Ya veo. ¿Y cómo está Hernández?.- preguntó el japonés, con cierta preocupación.
- Sus lesiones empeoraron considerablemente.- respondió Erika, con preocupación pero también con el ceño fruncido-. El entrenador no debió de haber permitido que entrara, él no debió de haber jugado por mucho que lo deseara.- se quejó amargamente.
- Debo decir que en este caso estoy del lado de Hernández.- comentó el portero nipón-. Sé perfectamente bien lo que pasaba en ese momento por su mente y lo que sentía al respecto, en su lugar yo también hubiera hecho lo mismo, no puedes simplemente sentarte a ver cómo tu equipo se desmorona frente a tus ojos.
- Sabía que estarías de su lado.- suspiró Erika, decaída, pero dándole una sonrisa divertida a su amigo-. Ustedes dos se parece más de lo que puedes imaginar.
- Quiero creer que eso es un cumplido.- sonrió a su vez Wakabayashi.
- Créeme, lo es.- comentó, divertida, la joven.
- Por cierto.- comentó Genzo, con más seriedad-. Ahora que estuve con Lily, ella me comentó que la Peque le acababa de enviar un mensaje diciéndole que Alemania y Schneider perdieron contra Suecia en un sorprendente resultado de cinco goles a tres.
- ¿En serio?.- preguntó Erika, sorprendida al escuchar la noticia y sin poder creérselo.
- Ese Stefan Levin es alguien a tomar en consideración.- comentó Wakabayashi muy serio y apretando instintivamente el puño de la maño que el sueco le había lesionado.
- Sí lo sabrás tú, ¿verdad?.- comentó Shanks, al ver el movimiento de su amigo-. ¿Y tú cómo estás?.- preguntó, haciendo referencia a las lesiones que el japonés también tenía.
- Mis manos están mejor.- comentó el japonés, con seguridad-. Y para el siguiente partido de cuartos de final, sin lugar a dudas estaré en la portería, vengaré la humillación que Levin me hizo durante el partido de la Bundesliga.- agregó, con mirada desafiante.
- Sí, definitivamente ése eres tú.- sonrió Erika-. Sólo ten mucho cuidado, que ya hay demasiadas lesiones en este torneo.
La pasante entonces se disculpó y se despidió de su amigo para continuar con su camino, explicándole que ella deseaba terminar con sus pendientes lo más pronto posible para así poder regresar a la enfermería. Ambos jóvenes quedaron en volverse a ver antes de que los italianos tuvieran que regresar a casa.
- ¿Erika?.- le llamó Genzo cuando ella ya se iba, haciendo que ésta se volviera.
- ¿Qué sucede?.- preguntó curiosa.
- Dile a Hernández que cuando ambos nos recuperemos de nuestras lesiones, tendremos un verdadero encuentro para determinar quién es el mejor portero no sólo de Europa sino del Mundo.- comentó Genzo, con su característica media sonrisa, llena de seguridad.
- Claro, se lo diré.- respondió Erika, sonriéndole-. Él estará más que encantado con la idea.
Así pues, la joven se alejó por el pasillo, apresurándose a terminar todo lo que tenía por hacer.
Mucho rato después, Gino salía finalmente de los vestidores del equipo italiano, mirando a su alrededor en busca de algo o de alguien en particular, por lo que Erika, quien se encontraba esperándolo afuera de los camerinos, saltó a su encuentro. Una vez que la pasante había terminado con sus deberes, ella regresó a la enfermería justo al tiempo en que el Dr. Lucchetti le autorizaba al joven a retirarse, por lo que lo había acompañado hasta los vestidores para que el portero se pudiera duchar y se cambiara, comentándole que le esperaría a las afueras del mismo por si necesitaba algo.
Y ahora que él finalmente se encontraba listo y frente a ella, Erika le miró con detenimiento, se veía realmente pálido, llevando fuertes vendajes en sus brazos, con la férula que sostenía su mano izquierda y el cabestrillo que le inmovilizaba su brazo derecho.
- ¿Cómo estás?.- preguntó ella, con preocupación.
- Tal vez en algún momento los medicamentos funcionen y el dolor se vaya.- comentó Gino, sincerándose-. Pasó lo que tenía que pasar.- comentó él, encogiéndose de hombros-. Pero no me arrepiento de haber entrado a jugar.
- Eso lo sé.-suspiró la joven y luego lo abrazó con fuerza.
- Lo siento, te he preocupado mucho.- comentó él, escondiendo su rostro en el hombro de ella y rodeando su cintura con la mano izquierda.
- Sólo no hagas que me tenga que acostumbrar a esto, por favor.- respondió ella, acariciando el cabello de él.
Gino por respuesta sólo sonrió, feliz.
El autobús del equipo italiano esperaba a que los últimos integrantes de la selección por fin subieran para finalmente partir del estadio con rumbo al hotel en Tokio. De los últimos jóvenes en subir habían sido Gino y Erika, quienes luego de abordar el autobús se sentaron juntos, siendo Hernández quién se hallaba al lado de la ventanilla y Shanks había quedado al lado del pasillo, pues ella le había sugerido que de esa manera no le molestarían los demás al pasar, situación que él terminó aceptando pues aún estaba muy sensible al menor roce.
Por más que Nicco y Gianluigi le habían pedido a Gino que regresara a Tokio con ellos, comentando que estaría mucho más cómodo en el automóvil que habían rentado que en el autobús, él se había negado rotundamente, alegando que aún seguía en la concentración de su equipo por lo que no podía irse por su propia cuenta y que debía permanecer con sus compañeros hasta su llegada a Italia. Erika al final les había dicho que estaría con él por lo que no tenían de que preocuparse y Gianluigi terminó convenciendo a Nicco de que todo estaría bien y que los verían en el hotel de todos modo.
- Me siento sumamente cansado.- comentó Hernández, volviendo a sentirse adormilado-. Siento como si en vez de estar en un partido de soccer, hubiera participado en un maratón y me hubieran atropellado en el camino.
- Pues no estás lejos de eso.- respondió Shanks, frunciendo el ceño, para luego suavizar su expresión-. Intenta descansar un poco, duérmete y yo te despierto en cuanto estemos en el hotel.
- Creo que si lo haré.- comentó el portero, recargándose sobre el respaldo de su asiento.
Erika tomó entonces su chamarra para acomodársela junto a la ventana y que él estuviera más cómodo; poco tiempo después de comenzar a andar el autobús, Gino ya se encontraba profundamente dormido, teniendo a pesar de todo una expresión de paz y serenidad. Salvatore que había estado algunos asientos atrás se movió en ese momento de lugar y se sentó del otro lado del pasillo.
- ¿Se encuentra bien?.- le preguntó Salvatore a Erika, señalando a Gino.
- Sí, creo que sólo cayó finalmente rendido.- respondió la pasante, mirando al portero y luego al líbero para continuar-. El Dr. Luccetti le administró un relajante y junto con el sobreesfuerzo del partido creo que al final todo lo terminó noqueando.- explicó.
- Ya veo.- comentó Gentile, bajando la mirada para buscae el valor para continuar.
- Lo siento.- comentó él, después de una pausa.
- ¿Y eso por qué?.- preguntó Erika, sorprendida.
- Por ser el causante directo de que se le agravaran las lesiones.- respondió él, suspirando y dudando en cómo continuar-. El entrenador me comentó que están mucho peor que antes.
Erika miró los vendajes que Gino tenía en sus manos y suspiró.
- Es cierto que sus lesiones empeoraron.- comenzó a decir la pasante-. Pero eso no ha sido tu culpa, en todo caso sería la de él o si tenemos que culpar a alguien más sería en todo caso la culpa de Aoi, quien fue el que realizó el tiro, sin importarle para nada la seguridad de su amigo.- comentó ella, a lo que Salvatore sonrió divertido.
"¡Qué diría Gino si escuchara a Erika hablar así de Aoi!", pensó Salvatore.
- Creo que, muy al contrario, fuiste tú quien logró que Gino volviera a recuperar ese espíritu de lucha que amenazaba por extinguirse con tantos inconvenientes.- continuó diciéndole la joven-. Debo confesar que Gino no se equivocó.- finalizó.
- ¿Eh?.- cuestionó Gentile, sin comprender y enarcando las cejas, asombrado-. ¿A qué te refieres con eso?
- Creo que, después de todo, sí existe una buena persona dentro de ti.- le respondió ella, sonriéndole sinceramente-. Trata de sacar esa personalidad más a menudo, ¿quieres que comencemos de nuevo?.- agregó, extendiéndole la mano.
- Me parece buena idea.- respondió él, aceptando la mano de ella.
Gentile se sentía muerto de cansancio pues la adrenalina que había tenido en este encuentro había sido enorme, sentía como si hubiera estado jugando una serie de varios partidos consecutivos en lugar de sólo haber jugado unos cuantos minutos y eso era debido a todas las emociones que había experimentado en tan corto tiempo, por lo que echó la cabeza sobre el respaldo de su asiento y cerró los ojos, en un intento de dormirse también.
"Después de todo, esto no ha acabado tan mal", pensó el líbero, con una ligera sonrisa.
Mucho rato después, cuando finalmente la noche había caído, el equipo italiano se encontraba reunido para cenar en el restaurante del hotel; los jóvenes conversaban mucho más animados sobre los acontecimientos que habían sucedido ese día y en el centro del grupo se encontraba Gino, quien tranquilamente conversaba con los demás.
- Hubiese deseado que las cosas fueran diferentes.- comentó Gino, sonriendo con tristeza-. Pero en verdad, chicos, muchas gracias por todo, me hicieron sentir tan orgulloso.- comentó, a lo que los demás le devolvieron la sonrisa.
- Ya habrá otros torneos en donde podremos ganar.- comentó Valentino, animándolo.
- Así es.- comentó Marco, a su vez -. Y entonces seremos invencibles.
En ese instante, Valentino sacó de uno de los bolsillos de su chamarra la banda de capitán y la colocó sobre la mesa, en frente de todos. Gino miró la banda con sorpresa y luego contempló del mismo modo al mediocampista.
- Esto te pertenece.- comentó Valentino, señalando la banda pero mirando a su capitán.- Puede ser que a estas alturas ya no parezca ser nada importante, pero queremos que sepas que para nosotros tú eres el único y verdadero capitán de Italia, y ni una lesión ni si te encuentras o no en el campo con nosotros hará que eso cambie.
Gino vio entonces uno a uno a sus compañeros, quienes le asentían al tiempo en que los miraba, confirmándole las palabras que el mediocampista le había dado; incluso Salvatore le asintió con una expresión sincera que le dijo sin palabras que él pensaba igual. El portero se conmovió tanto por las palabras de su segundo como por las muestras de apoyo de los demás y sonrió agradecido, tomando la banda entre sus dedos y la acarició suavemente; para él, esta simple acción había significado mucho más de lo que cualquiera pudiera imaginarse ya que en verdad había llegado a considerarse indigno de portar el brazalete.
- Chicos, muchas gracias.- comentó Gino, bajando un poco la mirada para que no le vieran.
La conversación se reanudó en el grupo y en una oportunidad en que nadie más prestaba atención Gino se acercó a Salvatore.
- Salvo, sólo quiero agradecerte.- comenzó a decir el portero.
- ¿Por qué?.- cuestionó Salvatore, extrañado-. ¿Por casi matarte de nuevo? ¿O por lograr que tus lesiones empeoraran aún más, viendo que eso sí era posible?.- agregó, señalando el cabestrillo que inmovilizaba su brazo en ese momento.
- ¿Lo dices por esto?.- respondió Gino, sonriendo y señalando con un gesto de cabeza su brazo-. ¡Vamos! Si es la nueva moda en Milán, ¿qué acaso no lo sabías?.- bromeó el portero, encogiéndose de hombros, para luego hacer una pausa-. Ya en serio, Salvo.- continuó con un tono más formal-. Hace rato, en el partido, yo estaba a punto de darme por vencido y fue gracias a ti y a tu intervención que no lo hice, el volver al campo de juego, aunque sea por esos escasos minutos me hizo ser de nuevo el mismo de siempre, por eso quiero agradecerte, por no permitir que me diera por vencido.- le comentó Hernández, extendiéndole su mano izquierda.
Gentile sonrió sinceramente y le apoyó la mano en el hombro para no lesionarle más la mano.
- Al contrario.- respondió Salvatore, claramente apenado-. Quien tendría que agradecer algo sería yo… Gracias por enseñarme lo que es ser parte de algo, de un equipo, y lo que es tener amigos.- comentó, con una voz casi inaudible.
Erika, quien se encontraba compartiendo mesa con Gianluigi, miraba desde la distancia a Gino conversar con Salvatore.
- Al final creo que estuvo de más mi presencia aquí.- sonrió Gianluigi, al ver a su hermano-. Debí saber que tú podrías ayudarlo.
- No.- negó Erika, sonriéndole a su amigo-. No fui yo quien en verdad le ayudó, sino Gentile, esto era algo que ambos tenían que superar y yo sólo fui mera espectadora.
Erika había quedado muy impresionada por el cambio que el defensor había efectuado en los últimos días, quién diría que ese líbero arrogante, desinteresado y que sólo se preocupaba por sí mismo se volvería parte del equipo y aprendería lo que es ser un verdadero amigo.
