Nota: Hola a todos! Sé que ha pasado mucho tiempo desde la última actualización de la Partida; lamento la demora. El primer capítulo de este fic se subió el 4 de marzo de 2016. Claramente, ya no soy la misma persona que escribía en esa época; todo lo que tenía planeado para la Partida ha cambiado unas 50 veces (el final, los diálogos, las escenas, los personajes, etc.). No me sentía conforme con el final que tanto planeé, y de nuevo lo cambié. Sin embargo, por fin estoy satisfecha.
Este es el penúltimo capítulo de la Partida. Oficialmente habrá uno más y un epílogo.
Quiero agradecer a todos los que han seguido escribiendo para preguntar por esta historia e incluso por mí. Sé que este es el fanfic más leído y comentado en la sección de HP en español para la pareja de Harry y Hermione. Conseguí superar a TlalGalaxia y su increíble "Sin Daños a Terceros", a JulietaPotter con "Polvo de Cuerno de Unicornio", a Kry21 con "Yo finjo, tú finges ¿Quién finge?", a Wordenwood con "Proyecto Bebé" y a Francis HHr con "Una Hermosa y Gran Mentira".
Esto es un logro a nivel personal porque yo era fan de estos autores. Crecí leyendo fanfics Harmony. Esperaba las actualizaciones de cada una de esas historias. Tenía alertas y aún así revisaba la página web para confirmar. Soñaba despierta con esos fics mientras asistía a la secundaria. Y más de 10 años después, escribí La Partida del Maestro de la Muerte.
Prometí poner el punto final en cada una de mis historias, y lo sigo cumpliendo. Me duele que este fic haya tenido que esperar tanto, pero más vale tarde que nunca. Como lectora asidua de fics, sé que no damos la esperanza por perdida para que nuestra historia favorita finalice.
He releído la Partida como 800 veces. En cada ocasión encuentro más y más errores de redacción, typos, congruencia, etc. Algún día regresaré a cada capítulo para mejorar esos detalles. Por ahora me parece más urgente dar a conocer cómo termina la aventura de Hermione Jane Marie Berkley Granger. ¿Vencerá a la Muerte? ¿Hará entrar en razón a Harry? ¿Se casará con Scor? ¡Oops, sin spoilers!
Estamos a 12 de marzo de 2020, cuatro años después de la publicación del primer capítulo. Comienza el final.
La Partida del Maestro de la Muerte
III
Lessa Dragonlady
Dedicado a: FaoHHr
"El Cierre Final"
Nos aparezco en casa de mis padres justo cuando el alba rompe sobre nosotros. Mi mano sigue bien sujeta en el brazo de Ilhan, aunque es por una cuestión más de apoyo emocional que por seguridad al transportarnos de esta manera.
—¿Estás bien? —le pregunto sin moverme del pequeño jardín.
Ilhan respira profundo —Estoy asustado. ¿Tú?
—También.
Mucho.
Entramos a la casa. Todo está en silencio. Dirijo a Ilhan a la cocina donde toma asiento mientras yo pongo la tetera sobre el fuego. Abro las alacenas, buscando las galletas preferidas de mi madre.
—¿Por qué estamos aquí? —susurra mi esposo.
—Tengo un mal presentimiento. Quiero ver a mi familia.
Escucho pasos descender por la escalera. Es Cormac, con varita en mano, revisando quién entró a la casa; aún trae la pijama puesta.
—¿Abbie? —dice, adormilado— ¿Qué haces aquí? Son las… —revisa su reloj de pulso— ¡Cinco de la mañana!
—Algo sucedió —explico a mi cuñado—. El Alquimista Insurgente volvió a atacar. Desmanteló a la C.I.M.
Los ojos brillantes del ex Auror se abren en pánico —¿Potter ya lo está resolviendo?
—Harry no hace milagros.
—Tú no lo conoces tanto como yo. Fui a la escuela con él. Potter es capaz de cualquier cosa que se te ocurra, ¿ok?
Sirvo dos tazas de té —Claramente, opinamos distinto.
Lo cual no es nuevo entre Cormac y yo.
—¿Qué tiene que ver el ataque del Alquimista con el hecho de que estés aquí? —me mira sospechoso— ¿Es por Granger?
—Granger–Berkley —corrijo—. No. Sólo quiero ver a mi familia. ¿Te molesta o qué?
Ilhan sorbe ruidosamente su té. Eso me hace sonreír. Siempre tiene esos detalles ridículos cuando comienzo a enfadarme de verdad.
—Sólo me parece raro que vengas a mi casa…
—¡Es mí casa! Tú sólo vives a cuestas de mis padres, ¡vaya Auror que resultaste!
—Tengo trabajo, ¿ok?
—Ya. Ser modelo poco recurrente de Madam Malkin debe dejar mucho dinero.
—También modelo productos de Quidditch, ¿ok?
—¡Okaaaay! —lo imito con voz aguda.
Cormac frunce el ceño.
Ilhan vuelve a sorber ruidosamente.
—¿Abbie? —pregunta mi hermana, entrando a la cocina. Está despeinada y en pijama— ¡Oh, hola, Ilhan!
Intercambio una mirada con Cormac. Decidimos no informar al resto de la familia sobre el ataque del Alquimista. Saludo a Allegra, abrazándola con cariño y emoción, antes de comenzar a hacer el desayuno. Mi hermana me ayuda, platicando sin parar sobre su ascenso reciente como Gerente Comercial; parece muy feliz.
Poco a poco, el sol va deshaciendo lo que quedaba de la madrugada. El día se abre fresco y luminoso a través de las ventanas de la cocina, creando colores cristalinos. Ilhan se encarga de contar todos los detalles de la boda de Victoire y Ted, provocando risas descontroladas en Cormac y Allegra. Cuando describió el beso entre Harry y Hermione, mi hermana se sonrojó, suspirando; Cormac, en cambio, soltó un chiflido de apreciación.
—Treinta y un años —dijo el Gryffindor, recordando algo de su época en Hogwarts—. Potter sí que sabe hacer esperar al amor de su vida.
Allegra se detuvo de colocar los platos en la mesa, con la mirada brillante —Es tan romántico que por fin estén juntos. Es una verdadera historia de amor.
—¿Tú conociste a Hermione cuando era Granger, Cormac?
La pregunta de Ilhan saca un tosido incómodo del ex Auror.
—Yo tuve una cita con ella, si pueden creerlo. Claro, sólo me utilizó. También me lanzó un maleficio durante las pruebas para el equipo de Gryffindor. Desde entonces era una bruja temible. Potter no habría sobrevivido su primer año en Hogwarts sin ella. Estaban destinados.
Allegra suelta una carcajada —¿Te lanzó un maleficio?
Cormac hizo su clásico gesto de ricachón idiota y terco —Prefiero no hablar de eso, ¿ok?
—¡Okaaaay! —replicamos entre risas Allegra y yo.
Nos interrumpe el escándalo de alguien bajando por las escaleras a toda velocidad.
—Creí escuchar a tía Abbie… ¡Sí!
Me lanzo contra el dulce niño de diez años que es mi sobrino. Beso su cabello lacio negro, apreciando cuánto creció desde que lo vi por última vez.
—¿Cómo estás, Connor?
—Emocionado, ¡sé que me llegará mi carta de Hogwarts!
—Hasta tu cumpleaños —le recuerdo, intentando no hacer obvia mi preocupación. Connor, a pesar de tener un padre mago y una tía bruja, no ha demostrado habilidad mágica alguna, ni siquiera un brote accidental durante su infancia. Puede no ser un mago. Nunca recibirá su carta de Hogwarts.
Cormac pasó un brazo por los hombros de su hijo —Claro que llegará tu carta. Serás un Gryffindor como tu padre.
—¿Por qué no vas a despertar a los abuelos, Connor? —le pido, cambiando el tema— Así desayunamos todos juntos.
Mi sobrino sale disparado hacia las escaleras. Allegra le grita que se ponga zapatos antes de regresar.
Minutos después, los Owen y McLaggen disfrutamos de un desayuno familiar, lleno de calma y cariño. Incluso yo tengo estima por Cormac, aunque no lo admiro como hombre, sé que es un buen esposo y padre; además, se hizo responsable de Allegra en cuanto la embarazó hace diez años, cuando se suponía que estaba cuidándome. Merlín…
—¡Mi carta de Hogwarts! —grita Connor, brincando sobre su silla.
Miro hacia la ventana que señala. Alcanzo a distinguir una lechuza volando en esta dirección. Siento mi pecho apretarse. Ilhan toma mi mano, debajo de la mesa.
—Hoy no cumples once años —le recuerda Allegra a su hijo—. Debe ser una carta para Cormac.
Mi padre no puede evitar soltar su clásico chiste —Seguro se trata de alguna marca de Quidditch que necesita modelos para su línea de lencería.
Cormac se sonroja de inmediato —Eso ocurrió una vez, ¿ok?
—¡Son dos lechuzas! —dice Connor, asomado por la ventana.
Reconozco el emblema del Ministerio de Magia colgado en el cuello de ambas lechuzas. Cormac toma la carta que está dirigida a su nombre, mientras yo hago lo mismo con la mía.
Estimada Bruja Abigail Owen,
En nombre del Alto Ministerio de Magia y su más prioritaria misión de mantener el secreto de la magia a salvo, así como por cuestiones de seguridad sobre los ciudadanos mágicos, el Wizengamot ha decidido unirse al llamamiento de la Confederación Internacional de Magos para iniciar el Cierre Final. Todos los detalles se adjuntan en el manual anexo. Favor de responder esta notificación firmando el último pergamino, donde se da por enterada y satisfecha de la maniobra que nuestro gobierno ha decidido por el Bien Mayor. Los Inefables del Milenio ejecutarán el Cierre Final a partir de hoy a mediodía, para dar amplia oportunidad de despedidas significativas.
Atentamente,
Departamento de Cooperación Mágica Internacional, Organismo Internacional de Normas de Instrucción Mágica, Oficina Internacional de Ley Mágica y la Confederación Internacional de Magos, Sede Británica
—¿Y? ¿De qué van las cartas? —dice Allegra, quizás un poco nerviosa por la cara de su esposo.
Abro el manual anexo. En realidad es un panfleto ilustrado sobre "los muggles peligrosos" y el protocolo para desmemorizarlos. Hay un listado que engloba las razones por las que es urgente que los magos y brujas abandonemos a nuestros familiares muggles.
—¿Sabías sobre esto? —dice Cormac, mirándome.
—Me enteré hace poco, pero no pensé que lo harían efectivo.
—¿Qué está pasando? —chista Allegra— Déjame ver esa carta.
Le paso mi propia carta a mis padres para que la lean. Mientras, pienso en lo que esto significa. Dice que al mediodía los Inefables comenzarán a desmemorizar. Ni siquiera nos dieron un día de gracia para decidir qué hacer.
Esto es resultado del ataque del Alquimista Insurgente. Hermione y Harry regresaron al Ministerio para revisar la situación. Scorpius fue escoltado, junto con las otras víctimas, hacia San Mungo. Sabía que el gobierno reaccionaría mal, pero que ejecute el Cierre Final es…
—No entiendo —dice Allegra, temblando—. ¿Qué nos harán? ¿Qué se supone que ocurrirá? ¿Y Connor? ¿Él también…?
—Por Dios —dice mi padre, leyendo el panfleto—, ¿por qué nos dibujan como animales? ¿En serio planean borrar nuestra memoria?
—Faltan cinco horas para que los Inefables vengan —dice Cormac—. Nos da tiempo para escapar.
—¿A dónde? —replica Allegra, demostrando su astucia en los peores momentos— Esta maldita carta está firmada por organizaciones internacionales. ¿En qué país estaremos a salvo?
Mis padres tienen otra cosa en la mente.
—No podemos dejar la casa así nada más. Es lo único que tenemos.
—¿De dónde sacaremos el dinero para los boletos de avión? ¿Y para hospedarnos durante quién sabe cuánto tiempo hasta que consigamos empleo?
—Nuestras jubilaciones sólo aplican en el Reino Unido.
Allegra tomó a Connor, abrazándolo con terror.
Papá vio eso y concluyó lo obvio —Debemos vender lo que podamos. Empeñarlo, si es necesario. Con eso alcanzará para que ustedes tres puedan escapar y vivir algún tiempo sin preocupaciones.
Cormac sostuvo a mi hermana, negando —No pienso dejarlos atrás, suegros. Somos una familia.
Perfecto. Mi cuñado tenía que demostrar su vena Gryffindor justo hoy.
—Nadie escapará —digo con firmeza, interrumpiendo los planes desesperados. Me miran sorprendidos—. Este es nuestro país. Esta es nuestra casa. Nuestra familia. No dejaré que el gobierno haga con nosotros lo que se le antoje.
—¿Vamos a rebelarnos? —la voz aguda de Cormac me habría dado risa en cualquier otra situación, pero me llena de orgullo que haya utilizado el plural en esa oración.
Ilhan vuelve a apretar mi mano.
—Sí.
—Necesitaremos más personas de nuestro lado —dice Cormac, disimulando su propio temblor al abrazar con más fuerza a su familia—. El Wizengamot tomará medidas extremas contra cualquier movimiento civil en su contra.
—Estoy segura de que todos los hijos de muggles estarán con nosotros.
—Abbie —la voz de mi cuñado se vuelve muy seria—, será un alivio enorme si Granger nos apoya. Así tendremos daremos sustento a nuestra… revolución. ¿Ok?
Eso me hace reaccionar.
—¡Oh, los Granger! Ellos no recibirán las noticias, porque Hermione no está con ellos.
Cormac saca su varita —Entonces vamos a ponerlos al día.
. . .
A veces la magia es más horrible en su forma silenciosa y pulcra, que cuando explota con toda su capacidad de malevolencia.
Siento la mano de Harry deslizarse en la mía, en una muestra de apoyo que ni siquiera porque viene de él me es suficiente.
Las ondas eléctricas, residuos de alquimia brutal, golpean mi rostro como pequeñas olas de un océano demónico. El aire es tóxico. Se percibe el paso de una muerte insólita.
No hay nada.
Donde antes existía un laboratorio enorme, lleno de magos y brujas extraordinarios, queda un vacío únicamente sostenido por los hechizos de expansión que colocó la C.I.M.
—Acordonamos la zona —dice Francis a mi lado—. Nadie puede ingresar sin autorización.
—¿Cómo pasó esto? —pregunta Harry, apretando un poco más mi mano cuando otro pequeño sollozo se me escapa.
Estoy intentando no llorar. Debo ser más fuerte que esto, se lo debo a mis colegas.
Mi hermano disimula no verme a punto del colapso —Nadie sabe. Un Inefable, Gibbons, vino a revisar el laboratorio, después del ataque al resto del Ministerio. Le pareció extraño que nadie de aquí se reportara, a pesar de la orden directa del Ministro Jackson. Gibbons declaró que, al llegar al laboratorio, encontró este… vacío.
El grito de Thomas, saliendo del elevador, nos distrae por un segundo.
—¡Hermione! ¿Dónde rayos estabas? ¡Era tu responsabilidad este lugar! Tengo a todos los Aurores que aún pueden operar resolviendo este ataque.
Llega conmigo. Está agitado, con la gabardina arrugada y sin su sombrero de gángster. Mira mis lágrimas mientras sigue hablando.
—¿Dónde estabas? ¡Deja de llorar! ¡¿Dónde mierda estabas?!
Está a punto de agarrarme de los hombros cuando Harry se lo impide. Francis también saca la varita.
—No se enojen con él —digo algo por fin—. Está intentando protegerme.
—¿De qué hablas? —pregunta Francis.
Thomas empuja a Harry y atrapa uno de mis brazos. Está temblando.
—¿Dónde estabas?
—En casa de los Weasley. Hay muchísimos testigos. No fui yo, Parson.
—¿Crees que mi hermana sería capaz de esto?
—No —responde el Capitán de Aurores—, pero sí es la única aquí que tiene las habilidades para llevarlo a cabo.
Su fuerza en mi brazo incrementa. Me mira desesperado, sabiendo la única conclusión razonable. Fue alguien dentro del Ministerio. No quiere aceptarlo: va en contra de todo lo que él defiende.
—No fui yo —repito para hacerlo aceptar la realidad.
Thomas me suelta, nervioso. Mira hacia El vacío, cuya atmósfera chispeante es alienígena incluso para un mago —Anthon Tremblay quiere hablar con ustedes dos. Ahora.
Harry acaricia la zona roja de mi brazo, donde Thomas me agarró. Está molesto.
—Vamos.
Estoy por seguirlo, pero regreso para abrazar a mi hermano. Suelto un terrible sollozo cuando siento que me responde el abrazo.
—Por favor, Francis. Por favor, cuídate. No podré seguir si algo te pasa.
—Estaré bien, hermanita.
—¡No! Es obvio lo que va a ocurrir. Tras este ataque a toda la C.I.M., lo lógico será activar el Cierre Final. Por favor, no te involucres. Ve a la granja. Protege a mamá, a Mike y Prim. ¡Por favor!
Francis parece angustiado. Me aprieta un poco más contra su pecho antes de dejarme ir.
—Somos adultos, Hermione. Debemos vivir como mejor nos parezca. Para mí, quedarme al Cierre Final es la única manera de ayudar a nuestra familia. ¿Te imaginas una vida sin magia? ¿O esto? —señala El vacío— No. Permaneceré aquí.
Asiento, a pesar del miedo que no me hace dejar de temblar —Te veré cuando termine todo esto, cuando… haya capturado al Alquimista Insurgente. Y te seguiré amando. Después podremos hablar y perdonarnos.
—"No hagas nada irreversible".
El lema de los Inefables.
No me atrevo a ver de nuevo los ojos azules de mi hermano, camino derecho al elevador. Mientras se cierran las puertas, la magia alquímica se va diluyendo. Comprendo que no volveré a pisar este sitio, donde mis colegas murieron; donde creamos el Rebound, el primer nanorobot mágico aprobado por la C.I.M., con el que pensamos que cambiaríamos el rumbo de la ciencia y la magia. Ya no existe ninguno de los brillantes magos y brujas que trabajó conmigo en ese laboratorio. ¿Por qué ellos fueron eliminados de este mundo? ¿Qué peligro significaban para el Alquimista Insurgente, que ni siquiera sus cuerpos quiso mantener?
. . .
Anthon Tremblay, Director del Departamento de Seguridad Mágica, nos espera en su oficina con el té recién servido. La preocupación en su rostro acentúa sus 93 años años de edad. El hecho de que se pinte de negro la barba trenzada siempre le ha dado un toque rudo, quizá para contrarrestar un poco su aire de "abuelo".
Desde hace varios años, Tremblay ha sido una especie de profesor muy preciado para mí. Me cautivó que se negara a ser Ministro, cuando tuvo la oportunidad, y prefiriera mantener su puesto en el DSM; siempre busca la rectitud y el cumplimiento de la ley, no cabe duda que por eso Parson también lo idolatra.
—Harry, Hermione. Tomen asiento. Me doy cuenta que no he tenido el gusto de hablar con ustedes, al mismo tiempo, desde que inició el caso. Pero somos personas ocupadas… —pareció recordar algo—. Hermione, lamento lo sucedido en el laboratorio. Lo único que me reconforta es que tú no estuvieras ahí.
—No comparto el sentimiento —alcanzo a decir con la voz temblando.
¿Qué habrán sentido mis colegas, al saber que ninguno sobreviviría… excepto yo? ¿Se habrán dado cuenta de lo que ocurría, antes de que El vacío llegara por ellos?
Harry y Tremblay se ponen a discutir la situación. Hay nuevos squibs en todo el Ministerio, personas de todas las nacionalidades que perdieron su magia. Los Aurores están tratando de ir por las víctimas para tenerlas en un solo lugar. El mismo protocolo que se usó con Felicity y los bebés, hace semanas.
Porque es el mismo ataque, pero a mayor escala. Es como se lo expliqué a Harry: los experimentos requieren cierto ritmo, cierto número de repeticiones antes de aceptarlos como leyes.
—¿Cuántos trabajadores hay en la C.I.M.? —interrumpo la discusión.
Tremblay acerca un pergamino a sus ojos cansados —Ochocientos sesenta y tres.
—Entonces debe haber ochocientos sesenta y tres bebés muggles con magia. Los magos y brujas que fueron atacados tienen los días contados. La historia se repetirá. Los veremos morir en forma de luces…
—Me temo que es peor —dice Tremblay—. La última vez, fue un bebé muggle por víctima. Ahora, son quince bebés por víctima.
Harry deja con un poca delicadeza la taza de té en el escritorio —¿Qué pretende el Alquimista Insurgente?
—No lo sabemos, pero hay que tomar medidas —comenta Tremblay, sirviendo más té—. Jackson mandó a iniciar el Cierre Final. Necesitamos que todos los Aurores sigan las órdenes de los Inefables del Milenio. Por suerte, ustedes están exentos, podrán continuar con el caso. Deben partir, tenemos una nueva pista sobre el Alquimista.
Harry agarra la carpeta que le ofrece Anton.
—¿Shanghai? —susurra, leyendo los informes.
—Deben partir hoy mismo.
Lo miro alarmada —¿Qué sucederá con las víctimas que quedaron sin magia? Sé que el laboratorio del Ministerio desapareció, pero yo puedo quedarme a intentar ayudarlos. No tiene sentido que vaya con Harry.
Anthon se recarga en su silla, respirando profundo —¿No te parece sospechoso que el laboratorio haya sido atacado de esa forma? Me temo que el Alquimista Insurgente tenga algo en tu contra, Hermione. Algo personal. Estaré más tranquilo de saber que no te separarás de Harry. Además, tienes una buena cabeza para resolver problemas. Confío que serás más útil en el campo que encerrada intentando resolver algo inútil.
—¿Inútil? ¡Es la vida de ochocientas sesenta y tres personas!
—Ese número es irrelevante. No dejes que tus emociones te ganen. Si permitimos que el Alquimista Insurgente continúe libre, las víctimas aumentarán exponencialmente. Lo sabes.
Harry tampoco parece satisfecho —Tremblay, con todo respeto, creo que es un error…
—¿Dejarás a la Hechicera Granger–Berkley sin protección, entonces?
—¡No necesito protección! Harry, dile… ¡No, Harry! ¡Quita esa cara!
—Yo también creo que el Alquimista Insurgente tiene algo personal en tu contra. Mejor permanece conmigo, por favor.
Los observo frustrada —No tiene fundamento lo que dicen.
Harry levanta una ceja —Te atacó en Italia, ¿o ya lo olvidaste? Joder, tu laboratorio desapareció. Tus colegas murieron. ¿Qué más necesitas? ¿Una carta de su puño y letra explicando que te quiere muerta?
—Cuida tu tono conmigo, Potter.
—Vendrás conmigo, como dijo Tremblay.
El Director asiente —A partir de este momento, se reportarán sólo conmigo. Su prioridad es encontrar y detener al Alquimista Insurgente. Lo quiero vivo o muerto, ¿entendido? Pueden retirarse.
Al cerrar la puerta de Tremblay miro con reproche a Harry. Espero a que un par de Aurores se alejen.
—No hagas esto —chisto, intentando disimular que no quiero gritarle a la mitad del DSM.
—¿Qué?
Harry mira a cualquier lado menos a mi cara.
—Tratarme como a una indefensa mujercita que sueña con su salvador. Soy un demonio con la varita, te lo recuerdo.
Eso por fin consigue que me mire.
—¿Viste lo que hizo el Alquimista Insurgente? No usó un simple evanesco en tu laboratorio, y lo sabes. Estoy seguro que él deseaba acabar contigo. Por suerte, estabas en la boda.
—Es curioso, el Alquimista no había cometido errores.
—Prácticamente te tuve que sacar arrastrando del laboratorio para que llegaras a la boda. Si yo no hubiera ido por ti….
¿Habría muerto junto a mis colegas? ¿Ese era el plan del Alquimista Insurgente? Apenas ayer descubrí que La C.I.M. estaba involucrada con el laboratorio original de Daeknu, pero ahora esa organización es la principal afectada. No tiene sentido.
—La mejor manera de ayudar es atrapando al Alquimista Insurgente —comenta Harry, usando un tono conciliatorio—. Sé que debes estar preocupada por… Scorpius Malfoy.
Sus ojos verdes brillan bajo las farolas atenuadas del DSM. Aún trae puesto el traje de gala que usó en la boda de Ted. En medio de este caos, de este dolor, el amor que siento por Harry me devuelve el ritmo natural de los latidos de mi corazón. Gracias, quiero decirle, por el simple hecho de que existes.
—Vamos a las chimeneas. Te acompañaré a tu casa y de ahí partiremos.
Asiento.
El atrio del Ministerio es un verdadero caos: cientos de magos van y vienen para comenzar el Cierre Final o traer a las víctimas del Alquimista, así como a los bebés con sus familias muggles. Algunos Aurores nos reconocen al pasar. Nos saludan, respetuosos.
Las filas para entrar a las chimeneas son más largas de lo normal, pero pronto nos largamos de ahí.
. . .
En mi casa, reviso el plato de croquetas de Crookshanks: lleno. Una vez más dejó su comida. Las reemplazo por otras más frescas y relleno su plato de agua. Me cambio el vestido blanco por un atuendo más apropiado para viajar. Mientras, repaso en mi mente los datos que tengo del Alquimista Insurgente. Siento que algo se me escapa, algo obvio.
Amarro mi cabello con magia, me pongo la cazadora negra y las botas. ¿Qué puede haber de interesante en Shanghai? No es un sitio de alta carga alquímica. Odio tener que salir del país en este momento. Scorpius me necesita.
¿Estoy cometiendo un error?
Siento mi espejo vibrar en el bolsillo de mi pantalón. Reviso quién es y respondo.
Abbie aparece en el reflejo. Tiene lágrimas contenidas.
—¿Qué sucedió? ¿Estás bien?
Ella niega —Me llegó una carta del Ministerio. Implementarán el Cierre Final.
—Me informaron de eso hace un par de horas.
—¿Qué haremos?
Me encoge el corazón escucharla hablar en plural.
—Debo ir a Shanghai. La lógica es que si atrapamos al Alquimista Insurgente, nos ayudará a resolver todo.
—Así que nuestra única esperanza es que ese loco quiera ayudarnos después de que ustedes terminen con sus planes.
Me siento en el suelo, recordando que no he dormido en varios días —Si lo dices así no tiene sentido.
—Herm… Te necesito. Deja que Harry salve al mundo. Yo te necesito.
—¿A qué te refieres?
—No estoy de acuerdo con el Cierre Final. En la carta del Ministerio explican que borrarán las memorias de cada familiar no mágico de magos y brujas que estén dentro del Estatuto del Secreto. Quedaré sin familia. Peor aún: mis padres podrían sufrir un shock irreversible. Son muy mayores para esto. ¿Cuánto de su memoria tendrán que eliminar para que me olviden? ¿Cuánto dejará el mundo de tener sentido para ellos? No lo voy a permitir. Hermione… voy a rebelarme contra el Ministerio.
Siento un vacío en el pecho.
—Abbie… sé que suena mal, pero tardarán semanas en organizar el Cierre Final. Quizá puedo capturar antes al Alquimista Insurgente…
—Según la carta, el Cierre Final se llevará a cabo hoy mismo. Faltan cinco horas.
—¡No puede ser!
Mi grito alerta a Harry, quien se asoma por la ventana. Le hago un gesto, pidiéndole privacidad. Él asiente.
—Tengo que ir por papá y mamá Granger —le digo a Abbie, aterrada—. Ellos…
—Están aquí. Cormac y yo los trajimos a casa de mis padres.
—Oh, Abbie.
Me dan ganas de abrazarla y nunca dejarla ir. Claro que mi mejor amiga pensó en mis padres, y ya los puso a salvo antes de siquiera preguntarme.
Si quedaba alguna duda, esto me hace tomar la decisión. Abbie me ha acompañado a todas mis locuras, ha arriesgado su vida por mí, ha creído en mis decisiones cuando nadie más lo hizo. Está pidiéndome el mismo nivel de confianza y apoyo.
—Primero hablaremos con el Ministro, ¿de acuerdo? —respondo. Eso hace sonreír a Abbie—. Si no cambia de parecer… haremos la revolución.
—Te veré en el Ministerio en diez minutos.
—Ahí estaré.
Abbie no necesita darme las gracias o algo así de superficial. Sabe que esto es lo que nos une, y que es imposible que alguna vez falle.
Desactivo el espejo. No puedo creer que mi vida se siga complicando de esta manera.
. . .
La veo saltar por la ventana, lista para irnos. Trae el cabello hecho un desastre, sobre su cabeza. Sus pantalones de mezclilla claros contrastan con las botas negras y la chamarra de piel que usa.
Me calma un poco verla sin aquel vestido blanco.
—¿Qué sucede? —pregunto cuando sus ojos mieles se dirigen hacia el cielo en pleno amanecer. Su lenguaje corporal es diferente, ya no está temblando, no hay arrepentimiento. La llena una extraña certeza.
—Tienes que salvar al mundo, Harry.
—Espero que este caso no sea de peligro mundial.
Hermione se lame los labios —Lo es. Creo saber qué planea el Alquimista Insurgente.
Eso me sorprende —¿En serio? ¿Qué?
—Quiere que los magos mueran, a cambio usará sus vidas para que todos los bebés del planeta obtengan magia. De esa manera, la siguiente generación será compuesta sólo por magos y brujas. En setenta años, aproximadamente, ya no habrán muggles en el mundo. ¿Puedes imaginar eso? Todos tendrán magia.
Me recargo en la barda que rodea la azotea del edificio —Pero matará a cientos de miles de inocentes para lograrlo.
—Hace rato Thomas Tremblay dijo que hay cifras aceptables para sacrificar, a comparación de una mayoría beneficiada.
—No estuve de acuerdo con él. Mi interés se centró en saber que estarías conmigo, segura…
—No iré contigo. Me quedaré a impedir el Cierre Final. Debes irte sin mí.
De pronto tengo frío.
—Hermione, sé que fui muy claro contigo en que no hay futuro para nuestra… relación, pero no confundas eso con la percepción de que estaré tranquilo si algo malo te sucede. No podría...
—Entonces atrapa al Alquimista Insurgente. Eso te corresponde. Por otro lado, mi responsabilidad está aquí. No permitiré que abusen de nuevo de los hijos de muggles.
—Ir en contra del Cierre Final implica ir en contra del Ministerio. ¿Piensas volverte una enemiga del Estado? Eso es Alta Traición.
—Lo que el gobierno está haciendo es traición humana. Los hijos de muggles no somos menos, ¡nuestras familias no son menos! Para evitar algo así fue que fundé la AMMTEC, ¿no lo entiendes? Sueño con un mundo equitativo, donde cualquier persona pueda usar magia libremente. El Cierre Final es lo opuesto. Debo impedirlo.
Señalo la ironía —El Alquimista Insurgente y tú tienen el mismo sueño.
—Sí. Pero yo jamás usaría vidas humanas para conseguir lo que quiero.
Me acerco a su cuerpo, recordando la única noche que compartimos de manera íntima. Quiero abrazarla, pero por alguna razón me parece un mal momento para hacerlo.
Hermione cambia el gesto de su cara, de pronto tomando una decisión —Hace tres meses, Thomas Parson vino por mí, bajo órdenes de la C.I.M., para involucrarme en el caso del Alquimista Insurgente. Antes de ese momento, tenía bajo control mi vida. Mi única preocupación era determinar cuándo cumpliría mi promesa con Scorpius.
A estas alturas, con todo lo que hemos vivido, me atrevo a preguntar —¿Qué promesa?
—¿Recuerdas cuando te besé, en Hogwarts? Fue la misma tarde en la que Scor me propuso matrimonio.
—No olvidaría algo así.
Ni el beso, ni la propuesta.
—Ese día, Scor me dijo: "Te regalo el anillo. Te propongo matrimonio hoy… para que aceptes cuando estés lista. Sé que podemos ser felices. Sé que lo que sentimos es real. Acepta mi propuesta cuando decidas que ser mi esposa es algo que deseas más que el amor de Potter". Así que guardé el anillo. Esa es la promesa entre nosotros: esperar sin remordimientos hasta el día en que yo decida dejarte atrás. Él ha tenido varias novias. Yo tuve a Wyatt. Sabemos que sólo son transitorios, porque lo que nos une es más poderoso que eso.
Hermione sonríe llena de amor al pensar en el rubio. Luego suelta un suspiro y vuelve a mirarme, decidida.
—Por eso te besé aquel día en Hogwarts. Necesitaba arriesgarme. Quería probar mi suerte. Quizá tú también me amabas… Cuando me rechazaste, creí que no lo podría olvidar jamás. Pensé: "Sería perfectamente feliz con Scor". Decidí esperar algunos años. Dicen que el tiempo y la distancia matan cualquier amor, ¿no? Estaba en ese proceso cuando Thomas Parson vino a mi casa por órdenes de la C.I.M.
Me siento como si este fuera el momento más ridículo de mi vida. Aquí está la bruja que amo, explicándome cómo destruí su corazón y su proyecto de ser feliz con otro hombre.
—Lamento haber arruinado tus planes…
Ella me empuja con fuerza. Está llorando.
—¿Eres incapaz de entenderlo? ¡Pasé años sin ti, sin una miserable señal de que tal vez yo te gustaba! ¡Y aún así, a la primera oportunidad que se me presentó de tenerte en mi vida, me entregué sin dudarlo!
Me muestra su mano extendida: el anillo de diamantes está ahí. El que le dio Scorpius Malfoy.
—Los tres somos adultos, Harry. Sólo de mí depende mi felicidad. Scorpius deberá hacerse cargo de la suya. Y tú no eres excepción.
Cierra su mano, apretando el anillo. Luego lo lanzó por la cornisa de la azotea. El brillo de los diamantes desaparece en la oscuridad y la calle de Londres.
—Ya no guardaré ese anillo. ¡Ya no mantendré esa promesa! Estoy cansada de esperar. ¡No te daré más tiempo para tomar valor! No tengo tiempo. Quiero entregar mi vida a mejorar el mundo, no a seguir esperándote. Aquí estoy. He elegido ser tuya durante años. ¡Te amo! ¿Comprendes eso? ¡Te amo! ¡Te amo! ¡Te amo, maldita sea! Pero no puedo seguir amándote si huyes a Hogwarts, si prefieres ser infeliz, si eliges dejar de luchar por ti y por tu felicidad. Ese no es el hombre que quiero amar. Necesito un hombre que se quede a mi lado, que todos los días decida ir a salvar al mundo, iniciar una revolución que termine con el abuso a las personas, ir en contra de lo preestablecido para mejorar nuestra sociedad. Aspiro amar a alguien así. ¿Puedes serlo? Sino, está bien. No te lo voy a exigir ni suplicar.
Siento sorpresa, indignación, molestia, decepción. Con ella. Conmigo.
¿En serio es más joven que yo? Abro la boca para hablar, pero ella me silencia con un hechizo.
—No he terminado. Quiero aclarar otra cosa. Me deshice del anillo de Scorpius, porque tampoco deseo que esa sea la razón por la que regrese con él. No quiero que nada que nos recuerde a ti quede entre él y yo, si he de continuar mi vida a su lado. Pero de nuevo, lo repito por última vez, ¡te amo y quiero estar contigo! Sólo decídete de una vez. Piensa en esto. Piensa en qué clase de vida quieres tener. Vete, captura al Alquimista Insurgente, salva al mundo. Yo haré lo mío. Y cuando todo acabe, esperaré la respuesta de tu parte. Si incluso me dices que no quieres estar conmigo, pero buscarás tu felicidad, me daré por satisfecha. Por lo menos así sabré que amé a un hombre capaz de tomar las riendas de su propia vida. Suerte, Harry.
Desaparece.
Me quedo solo.
. . .
Minutos después nos encontramos en la antesala de la oficina del Ministro de Magia. El caos continúa tras el ataque a la C.I.M. Abbie fue detenida cuatro veces antes de que llegáramos aquí; de no ser por el renombre que tengo, no nos habrían dejado avanzar.
Le pedimos a la secretaria del Ministro, madam Jacinta, quien lleva más de 80 años en el puesto, que anuncie nuestra visita.
—¡Hermione! ¡Qué gusto verte en mi oficina! —dice Daniel, como siempre coqueto e intempestivo ante mi presencia. Parece que el ataque y el Cierre no lo tienen ni tantito preocupado—. Eres mi primera visita del día. Prácticamente acabo de llegar.
Su sonrisa no flaquea al ver a Abbie conmigo. Perfecto político.
—¿A qué debo tu visita, mi adorada Hechicera? —pregunta sin soltar mi mano. Me conduce a lo largo de su oficina, directo al pequeño bar— Pensé que estarías con Potter. Tremblay me informó que irían tras el Alquimista Insurgente.
—Vine por razones muy poderosas.
Él me mira un segundo antes de girarse hacia mi mejor amiga —¿Qué te tiene tan preocupada, Abbie? Es obvio que Hermione te trajo por algo —dice Daniel, mostrando su absurda capacidad de memorizar a todas las personas importantes de mi vida.
Los dejo conversar un rato mientras intento no reflejar lo herida y furiosa que estoy con Daniel por todo el drama del Cierre Final. Siempre supe que este hombre, tan atractivo e inteligente, era la peor opción amorosa que se me presentó en esta vida: un político. Su interés jamás quedará por debajo del de otros, ni siquiera de mí, la mujer que lleva diciendo años que ama. ¿Cómo me pudo traicionar de esta forma? Ocultando información sobre los planes del Ministerio para romper relación con el mundo muggle. ¡Honestamente!
—¿Verdad, Hermione? —dice Abbie en un tono que conozco demasiado bien.
Pongo una sonrisa en mi cara y respondo —¡Claro que sí!
—Debió ser una boda hermosa. Quizá me inviten la próxima vez —comenta Daniel.
—No habrá muchas bodas en el futuro cercano —respondo, dispuesta dirigir la conversación hacia el tema que realmente importa—. El Cierre Final es un escenario muy perturbador para cualquier romance, ¿no crees?
Daniel hace un sonido de victoria. Se sienta frente a nosotras, acomodándose como un rey opulento.
—No fue mi decisión, sino del Wizengamot.
—Eres el Ministro de Magia, aún puedes detener el Cierre.
—Por supuesto. Traigo la corbata que te gusta, Hermione, ¿ya lo notaste?
—¿Disculpa?
—Hace un par de años me dijiste que combinaba con mis ojos.
—Oh.
—Sabía que vendrías a primera hora para hablar conmigo. Te conozco. ¿Qué te parece si vamos a un lugar más… privado a discutir esto?
Los políticos serían no buenos Alquimistas: abusan del intercambio no equivalente, siempre a su favor.
—Estoy demasiado ocupada para estos intentos de coqueteo.
—Me han dicho que sí tienes tiempo para estos "intentos"… con Harry Potter.
—¿Me estás espiando, Daniel? —mi tono es muy poco amigable.
Él pone su mejor sonrisa —Los rumores, ya sabes, llegan más rápido que cualquier otra información.
—Lo sé. Lo sé. El otro día escuché un rumor: el Ministro chantajeó a su empleada para una cita. Oh, espera, aún no es un rumor.
—¿Y qué tal el rumor sobre la Hechicera Granger–Berkley pidiendo favores personales al Ministro de Magia?
—Debería ser de tu interés, como líder de nuestra comunidad. No algo personal.
—Podría convertirse de mi entero interés si decides por fin ser mi pareja. Sabes que tiene sentido. Contigo de mi brazo, podré frenar el Cierre Final en unas cuantas horas.
Abbie se levanta de su silla, furiosa —¡Déjalo, Hermione! ¡No voy a dejar que este idiota te extorsione!
Daniel la mira con lástima —Cuida tu estúpida boca, Owen. Insultar al Ministro puede considerarse traición, en especial cuando lo acusas de algo tan abominable.
Pongo la punta de mi varita en el cuello de Daniel —Tú cuida tu boca. Estás hablando con mi hermana.
—¿En serio? ¿Me vas a atacar aquí, en mi propia oficina, en el Ministerio?
Veo sus hermosos ojos aceitunados dilatarse por el esfuerzo de no mostrar su temor. Daniel siempre me ha tenido miedo cuando tengo la varita apuntando a alguien. No cabe duda: todos los políticos son iguales.
—¿Por qué haces esto, Daniel? Es obvio que si me extorsionas nunca te daré una oportunidad real de ser alguien especial en mi vida.
—También es obvio que intentarlo por las buenas no dio resultado. Esta es mi última oportunidad.
—¿No te importa que esté contigo deshonestamente? ¿No te importa que no te ame?
—No. Entiéndelo, Hermione. Vales tu peso en oro. La trágica reencarnación de la heroína Hermione Jane Granger. Ahora: la Directora de la AMMTEC, líder del caso más importante de la década, genio, Hechicera, Ingeniera "Magatrónica". Contigo en mi brazo, seré reelegido, por lo menos, tres campañas más. Y esa es la razón por la que te amo y deseo tanto. No necesito que me ames de regreso.
—¡Es "mecatrónica", Daniel! ¡Por Merlín!
Me levanto, harta de todo.
Él acomoda mejor su corbata, disimulando su incomodidad —¿Te niegas, entonces? ¿Dejarás que el Cierre Final continúe?
Abbie responde por mí:
—Claro que nos negamos. ¡Das asco, Jackson!
Daniel no deja de mirarme —¿Segura, Hermione? ¿Cuál es el plan? ¿Ir en contra del Ministerio? ¿Rebelarte? ¿Podrás en riesgo a tu mejor amiga, cuando tienes la oportunidad de arreglarlo sin conflictos?
—¡Hay algo que se llama dignidad, Daniel Jackson! Y vale la pena morir por ella, en vez de entregarla a una rata como tú…
—A ti te irá bien. Cuando los Aurores deshagan tu pequeña revolución, que sin duda planeas, tú serás exonerada. No puedo decir lo mismo por Owen. Ella incluso podría recibir el beso.
—¡Daniel, te voy a…
—¿Me llamó, Ministro? —pregunta madam Jacinta, entrando en la oficina. Daniel debió convocarla de alguna forma, sin que nos diéramos cuenta.
—Sólo tu presencia, madam Jacinta. Por favor, toma asiento —pide Daniel.
Con eso limita cualquier acción que hubiera tomado en su contra. No puedo hacer nada frente a madam Jacinta… no iba hacerlo, ni siquiera sin testigos. No soy como él.
—En realidad —dice Daniel, como si hubiera recordado algo—, podrías agendar una cita para hoy en la noche, madam Jacinta.
—Claro, Ministro —responde la anciana bruja, sacando una pluma de halcón.
—Con la Hechicera Granger–Berkley, en el Salón Diamante.
Madam Jacinta me echa una mirada sorprendida. Ese Salón es para la élite de la sociedad mágica… cuando tienen citas.
De pronto, la corbata de Daniel se prende en llamas. Es tan poderoso el fuego que ni siquiera quedan cenizas. Madam Jacinta brinca en su silla.
Abbie se acerca preocupada a Daniel —Oh, Ministro, ¿está bien? Debe controlar mejor su magia. No cabe duda que usted es asombroso.
Daniel la mira atónito; no abre la boca. Madam Jacinta guarda la pluma.
—¿No habrá reunión en la noche, entonces? —pregunta la secretaria.
—No —responde Abbie antes de tomar mi mano y salir de la oficina.
Entramos a uno de los elevadores, aún en silencio. Por un instante siento un viejo mareo: un recuerdo de Hermione Jane Granger. A estas alturas, creería que ya desbloqueé todos, pero la realidad es muy diferente.
El recuerdo es pequeño, solitario, de aquellos momentos que Granger caminaba sola por los pasillos de Hogwarts, quizá de camino a la biblioteca. Me veo tan joven y desesperada, agitando el terrible cabello castaño que me heredó mi padre.
Logro desfragmentar los pensamientos que me abrumaban en 1994:
...¿Por qué son así? ¡Qué ridículo! Tan abusivos… Harry es menor de edad… Puede morir… ¿Por qué tiene que participar? Y el Ministro no hizo algo por ayudarlo. Sólo actúa a su conveniencia... Cuando crezca, seré Ministra, y voy a cambiar este sistema anticuado que permite a un mago de catorce años de edad competir en uno de los torneos más peligrosos...
Más de veinticinco años después, todo sigue igual.
—Si no hubiera muerto, me habría dedicado a la política —le digo a Abbie. Algunas personas del elevador me miran, reconociéndome y comprendiendo el significado de mis palabras—. Quería ser Ministra de Magia. Tenía esta idea estúpida de que el sistema podía ser reformado.
—Yo confiaría en alguien como tú en la silla ministerial —responde mi mejor amiga.
Niego con la cabeza —Esa opción ya no es realista. Por lo tanto, sólo queda una alternativa.
Abbie toma mi mano. Está temblando.
—La revolución.
. . .
Cada minuto se vuelve una carrera por organizar el golpe. La casa de los Owen se transforma en el punto de encuentro para todos aquellos que desean participar. En un par de horas, el barrio muggle se llena de magos y brujas dispuestos a morir con tal de mantener a sus familias en sus vidas.
—Necesitamos contactos dentro del Ministerio —dice Abbie, revisando el plan en la mesa de su cocina—. No quiero arriesgar a toda esta gente sin tener aunque sea un poco de inteligencia sobre el gobierno.
—Imposible. Los que están aquí ya no tendrán posibilidades de acercarse al Ministerio sin ser aprehendidos —dice Ted, luciendo su anillo de matrimonio con orgullo.
Victoire, a su lado y con su mejor outfit de revolucionaria, sonríe —¡Es tan emocionante que nuestra luna de miel sea derrocar al Ministerio!
—Ojalá Scor estuviera aquí —susurro, pensando en nuestro amigo que está en cuarentena en San Mungo. No lo podremos ver de nuevo, a menos que ganemos.
Allegra entra a la cocina, cargando una charola vacía —Haré más limonada para todos los invitados. ¿Ustedes necesitan algo?
—Los "invitados" son revolucionarios —dice Cormac, a su lado—. Por Merlín, nunca pensé que así terminaría mi vida: luchando junto a Granger contra el gobierno mágico.
—Granger–Berkley —corregimos todos.
—El Ministerio tiene de su lado a los Inefables del Milenio, y a los Aurores de otros países que también pondrán en práctica el Cierre Final —explica Susan, llegando.
—¡Sue! —me echo a sus brazos, emocionada— ¿Pelearás de nuestro lado?
—¿En serio lo dudaste? Tardé porque estaba recopilando información del DSM. Necesito hablar contigo, Hermione.
—Primero dinos todo lo que sepas…
George y Padma también llegaron. El pelirrojo habló.
—Yo les daré la información. Ve a hablar con Sue, es urgente.
Abrazo a mis amigos, conmovida por su apoyo.
Allegra nos conduce a una de las habitaciones de la casa, dándonos privacidad. Susan se sienta en la cama, dejando su bastón a un lado.
—¿Qué sucede?
—Creo que debemos ser claras con esto. Los Inefables del Milenio están dirigiendo la seguridad del Ministerio. Francis, tu hermano, está con ellos. ¿Podrás pelear en su contra? No me respondas. No hay tiempo. Debes saber algo más. Thomas Parson está en San Mungo; no creo que sobreviva.
—¿Tommy? ¿Qué ocurrió?
—No lo sabemos. Fue atacado dentro del Ministerio. Hay algo turbio, Hermione. Tenemos un traidor en la C.I.M., eso es obvio. Mi teoría es que Thomas averiguó de quién se trata.
—Por eso lo sacaron del camino.
—¿No te parece extraño que el Cierre Final y el ataque del Alquimista Insurgente sucedan el mismo día?
—Me parece improbable que no haya relación entre ambos. Estoy de acuerdo.
Susan pasa un largo mechón rubio detrás de su oreja —Me preocupa más el hecho de que Harry esté fuera del país.
—Su misión es atrapar al Alquimista Insurgente.
La Auror hace un gesto de sospecha —Para mí, es una trampa. Tener a nuestro héroe nacional en jodido Shanghai no me sienta bien. Si tan sólo supiéramos quién es el Alquimista Insurgente.
—Ya tenemos esa información. La tiene Parson.
—Que está en coma en San Mungo.
—Yo podría cambiar eso.
—¿También estudiaste medicina muggle o eres una sanadora? —Sue gira los ojos— Nunca dejas de sorprenderme.
—No. Ninguna. Pero igual creo poder ayudar a Thomas.
—En todo caso, hazlo ya. Presiento que debemos resolver eso antes del Cierre Final.
—Pero no puedo dejar a Abbie sola…
Susan se levanta, ofendida —Tu joven amiga no está sola, Granger. Tiene a un batallón mágico dispuesto a seguirla contra el Ministerio. Tiene a tus mejores amigos cuidando su espalda. Eso me incluye a mí, por supuesto. Ve con Thomas.
—¿Qué quieres decir con eso? ¿Piensas participar en el golpe, de manera activa?
—Sí. No dejaré que Abigail Owen resulte lastimada. Es lo mínimo que te debo.
—Sue, tú no me debes nada.
—Te equivocas —con un movimiento, se quita la capa de viaje, dejando al descubierto su uniforme escarlata de Auror—. Hace veinticinco años te vi morir en el Gran Comedor. No pude ayudarte, a pesar de que gracias a ti Harry ganó. Pasé los siguientes años inspirada en tu memoria, ¡me convertí en Auror porque anhelaba ser alguien digno de luchar a tu lado! Cuando supe que renaciste… Oh, Herm, la Muerte no sólo te dio una segunda oportunidad a ti. Yo también resulté beneficiada, igual que el resto de las personas que están hoy reunidas aquí. Sé cuánto amas a Abbie. Te juro que la protegeré con mi vida.
Siento lágrimas bajar por mi cara. ¿En qué momento conseguí amigas tan increíbles?
—Entonces no dejaré que vayas con una rodilla lastimada —respondo, antes de romper mi secreto—. Soy una Alquimista, Sue. Puedo curar tu lesión.
Espero valiente la reacción de furia y traición de Susan. Ella es una Auror, ella sabe todo lo que sucedió con Daeknu y ahora con el Alquimista Insurgente. No debe ser fácil escucharme decir que yo también puedo usar la alquimia.
Sin embargo, el rostro firme y hermoso de Sue se extiende en una sonrisa llena de pasión.
—¿Qué esperas, Granger, un abrazo? Cura mi rodilla. Luego, salva al mundo.
. . .
—Promete que regresarás —dice mamá Granger, temblorosa.
—Lo juro. No volverán a separarnos.
Beso las manos de mi madre. Sus lindos ojos grises brillan de orgullo y amor. Sé que lo único que la impide suplicar que no me vaya es el hecho de que ella me educó para siempre hacer lo correcto.
—Tú también, Abbie —dice abrazando a mi mejor amiga—. Cuídate, por favor.
—Claro que sí, señora Granger.
Reviso que todas las protecciones estén perfectas. Hay magia de más de trescientas personas en la casa de los Owen, donde todas las familias de hijos de muggles esperarán pacientes por el desenlace de este día.
Allegra también me abraza. Luego Ilhan, el pequeño Connor y mi padre. Todos me dicen "hasta luego". Despedirnos de forma definitiva parece estar prohibido.
—Si algo sale mal, usen los trasladores —les recuerdo—. Irán directo a Suiza. El gobierno prometió protegerlos.
Salimos de la casa. Los magos y brujas están listos para luchar por la libertad de tener una familia no mágica. Distingo muchos rostros conocidos entre la multitud: Auror Darren, la profesora McGonagall, Neville, Wyatt, Danielle Anaheim, Dirk Cresswell, Justin Finch-Fletchley y Dennis Creevey. También hay compañeros del Ministerio, vecinos de St. Otterpot, ex compañeros de Hogwarts (ambas vidas), e incluso algunos muggles con armas de fuego.
Este día será histórico y sangriento. Sonrío al pensar que quizá por fin todos olviden la Batalla de Hogwarts.
Mi corazón da un brinco al reconocer al rubio entre la gente.
—¡Michael!
Él se gira, sonriente, a verme —¡Nutria!
Nos abrazamos, temblando.
—¿Qué haces aquí?
—Pelear por la mitad de mi familia, obviamente. Los Granger son importantes.
Una voz femenina lo interrumpe —También quiere patear el trasero de Francis.
—¡Prim! —abrazo a mi cuñada— No puedo creer que vinieran los dos.
—¿Por qué no? Somos familia —me dice.
—Pero tu embarazo…
—Quiero traer a este Berkley a un mundo más justo.
Michael la abrazó por la cintura, feliz —No la convencerás de cambiar de parecer. Créeme.
—Por favor, sean cuidadosos. Los Inefables del Milenio están muy capacitados.
—Seguiremos el plan que diseñaron Abbie y Auror Bones. Estaremos bien.
Prim toma mi mano —¿Ya viste quién más vino?
Me giro hacia donde señala. Suelto un sollozo al reconocer a mamá Berkley.
—¿Tú también?
—Durante la última gran batalla no pude ayudar porque estaba pariendo —dice entre risas—. Esta vez, nada me detendrá. Además, Cameron seguirá siendo tu madre favorita si no ayudo.
—Oh, no tengo mamá favorita…
—No importa —sonríe solidaria—. Ambas somos tus madres. Cada una debe apoyarte como pueda. Así que, aquí estoy.
—Gracias, mamá. Esto significa todo para mí.
—Lo sabemos —dice Michael—. Y también amamos a Abbie. No había forma de que nos quedáramos en St. Otterpot.
—Hermione —llama Wyatt a mi derecha—, ¿es verdad que tú no vendrás a la batalla?
Lo miro con decisión —Así es. Tengo otra responsabilidad. Gracias por venir.
Wyatt asiente —Siempre estaré de tu lado, sin importar lo que haya pasado entre nosotros.
—¡Es momento de partir! —anunció Susan con un hechizo amplificador de voz.
Me despido una vez más de mi familia, mirándolos ir a los lugares asignados.
—Toma esto —dice Ted, llegando a mi lado—. Espero que te sirva para entrar en San Mungo.
La capa de invisibilidad de Harry.
—Cuídate, Ted. Sabes que no soportaré si algo malo te sucede. ¡Y cuida de Vi!
—Claro que sí. Intenta regresar viva en esta ocasión, ¿vale?
—¿Por qué? Siempre puedo reencarnar de nuevo, ¿no?
Ted me da un empujón amigable en el hombro —No es gracioso. Te necesito. Eres mi madrina, después de todo.
Suelto una carcajada —¿Eso cuándo se decidió?
—Cuando tuviste sexo con mi padrino, el día de mi despedida de soltero.
—¡Oh, Abbie te contó!
—No hay secretos entre nosotros.
—Hubiera preferido que jamás supieras cuándo fue que Harry y yo… eso.
Ted asiente —Pero ahora que es oficial, pues nada. Sobrevive, madrina.
—No sé si me gusta este nuevo rol en tu vida.
—Sí, suena raro. Aunque el sentimiento es el mismo: debes regresar con vida.
—Lo haré.
Me besa la frente y se marcha con el resto de la gente.
Antes de desaparecer, miro directo los ojos de Abbie. No tuvimos tiempo ni ganas de despedirnos, simplemente es algo que sobra entre nosotras. En especial, porque sabemos que no hay otra posibilidad más que vernos vivas al final de este día. Ninguna perdonará a la otra si no es así.
Nos sonreímos una última vez. Luego desaparezco.
. . .
Sé que tenemos el tiempo encima, que no me debería desviar, pero es imposible que siga de largo si Scorpius está frente a mí.
Entro en la habitación privada de San Mungo, a pesar del sobrecupo en el hospital, pero vamos, los Malfoy siempre obtienen lo mejor de lo mejor. Cierro la puerta y echo un encantamiento para que nadie pueda interrumpirnos.
Scor abre los ojos, alarmado —¿Quién es?
—Yo.
Antes de que la capa de invisibilidad caiga, él ya está sonriendo. Reconoció mi voz sin dudarlo.
—Hey, Berkley. Sabía que no resistirías estar tanto tiempo lejos de mí.
—Qué va. Sólo tengo que revivir a un compañero de trabajo, cazar al Alquimista Insurgente, detener su plan maligno, y regresar antes del anochecer para ver a mi mejor amiga derrocar al Ministerio.
Scor se encoge de hombros —Un día normal en tu vida, al parecer.
Me siento a su lado —¿Cómo estás?
—Bien. Fuera de que mi varita no reacciona por más que lo intento, no me siento diferente. Papá es quien me preocupa. Creo que casi se desmaya al saber que me robaron mi magia.
Intento ignorar el hecho de que ni por un momento me preocupé por Draco Malfoy.
—Todo saldrá bien. Hoy mismo tendrás tu magia de regreso.
—Confío en ti.
Agarro su mano. Él entrelaza nuestros dedos.
—Tiré por la cornisa de mi edificio nuestro anillo de compromiso.
Scor alza las cejas —Vaya… —toca su pecho— Sí, sigue latiendo. Eso dolió, Berkley. ¿Quiere decir que Potter por fin se decidió?
—No. Quiere decir que yo decidí avanzar. Si Harry no quiere estar a mi lado, lo lamentaré el resto de mi vida, pero buscaré mi felicidad.
—¿Yo soy tu felicidad?
—Ambos sabemos la respuesta. Sin embargo, falta por conocer la respuesta de Harry.
—Injusto. Me siento como segunda opción.
—Prefiero ser honesta.
—Lo sé.
Quedamos en silencio. Lentamente, Scor suelta mi mano.
—Ese anillo valía millones, ¿sabes?
Sonrío —Sí. También sé que era de tu tatara–abuela Malfoy. Jamás usaré algo de esa loca purista.
—Ya. Te compraré otro, entonces… si Harry falla de nuevo.
—Bien.
—Pero… —parece dolido de pronunciar lo siguiente— Él no es de los que comete el mismo error dos veces.
—¿Realmente lo crees?
—Sí.
—Tengo miedo de que esto arruine todo entre nosotros.
Scor puso una mano en mi mentón, viéndome con amor.
—No existe algo en el mundo que nos separe, Hermione. Ni siquiera si mañana mismo vas y te casas con Potter. Tú y yo… estábamos destinados a encontrarnos.
—¿En serio no me odiarás si algún día… de forma milagrosa… algo ocurre entre Harry y yo?
—¿Cómo podría odiar tu felicidad? ¿Tú me odiarías si un día dejo de… amarte?
—¡Claro que no! Quiero decir… ¿siempre me amarás de alguna forma, verdad? Yo sé que lo que siento por ti será real hasta que me muera.
Scor frunce los labios perfectos —No hablemos de tu muerte. Es un tema recurrente.
—Pero es verdad. Siempre te amaré.
—Yo también. Sólo el tiempo dirá de qué forma. Confía en nosotros.
Eso es lo más sencillo que me han pedido hoy.
Me levanto, deslizando la capa de invisibilidad en mis hombros —Debo irme.
—Vuelve con vida.
—No eres el primero en pedirme eso.
—Entonces cumple esa promesa a todos los que te estaremos esperando.
Me inclino para besarlo. Scor suspira antes de perderme de vista.
Al salir de su cuarto, alcanzo a ver a Draco Malfoy. Está llorando en silencio. No resisto la tentación y susurro al pasar a su lado: te juro que Scor estará bien. El rubio da un brinco, mirando en cada dirección del pasillo. Entrecierra los ojos grises, cerca de donde estoy parada.
—Más te vale, Granger.
Sonrío. Algunas cosas no cambian.
. . .
Thomas está mucho peor de lo que esperaba. En su cama de San Mungo parece que va a desaparecer debajo de los parches con pócimas y hechizos de coagulación. A su lado, Bobby llora sentado en una silla, abrazando la capa roja del uniforme de su esposo.
Cierro la puerta y uso magia para impedir que alguien entre. Bobby se levanta de la silla, extendiendo su enorme cuerpo y aguzando los ojos verdes cristalinos. Es un tipo imponente.
—Tranquilo, vengo a ayudar.
Me quito la capa. Bobby deshace el gesto amenazante, y me sonríe con alivio.
—Herm, sabía que vendrías.
—Quiero dejar en claro que hubiera venido aunque Thomas no tuviera información crucial para atrapar al Alquimista Insurgente. Pero siendo así, lo primero que le preguntaré, cuando él reaccione, será sobre eso, ¿de acuerdo?
—Claro. Tommy preferiría usar lo que le queda de vida si eso significa atrapar al chico malo de la historia. Aún así, me da gusto que estés aquí. Ya lo salvaste de la muerte una vez, sabía que no permitirías que él muriera.
Abrazo a Bobby, sintiendo el calor de sus músculos —Gracias por confiar en mí.
—¿Quieres que espere afuera?
—No. Prefiero que permanezcas aquí. Conoces a Thomas, intentará esposarme y llevarme a Azkaban en cuanto despierte.
—Oh, cariño, ahora sí no le quedará duda de que eres una Alquimista.
Lo miro sorprendida —¿Tú lo sabías?
—Claro. Thomas no me oculta nada. Él te adora.
—Yo también a él, aunque a veces me dan ganas de —hago un gesto con las manos, como si lo asfixiara. Bobby sonríe, recuperando un poco de su bello rostro—. Maldito Parson.
—Él siempre dice lo mismo: Maldita Granger–Berkley. Son como hermanos.
Intento no verme tan ofendida. Camino hacia la cama, contando las heridas. Quien sea que haya atacado a Thomas debe ser increíble con la varita para haberlo dejado así; era obvio que lo quería matar. Mi querido amigo se defendió hasta el último momento. Sin duda, sus reflejos de licántropo jugaron a su favor.
—Debe haber un intercambio equivalente —le explico a Bobby—. No tengo tiempo para disminuir sus heridas con magia normal y luego usar alquimia para que sobreviva. Necesito tu ayuda.
—Lo que sea.
Lo miro aprensiva —Hace unas horas hice algo como lo que te voy a pedir. Curé la rodilla de una amiga, y a cambio…
Levanté mi pantalón para que pudiera ver. Mi rodilla izquierda estaba hinchada y enrojecida.
—Entregué fragmentos de mi rótula para curar la de ella.
Bobby no tardó en comprender —Usarás parte de mi cuerpo para curar a Tommy. Oh, cariño, él no te lo perdonará.
—Lo sé.
Me sonríe, decidido —Sólo quería aclarar eso. Bien, hagámoslo.
—San Mungo reaccionará muy mal al sentir mi transmutación. Cuando seas interrogado, declara que yo te obligué.
—Eso es falso, tú…
—Si no serás mi cómplice. Thomas tendrá que encerrarte.
—Oh, ya veo. Pero igual es injusto.
—Bobby…
—¡Bien, bien!
Preparo la habitación, mi magia y el cuerpo de Bobby. Sé que Thomas me odiará al saber que puse a su esposo en esta situación, pero no hay alternativa. No si queremos salvar su vida, y sé que Bobby y yo estamos dispuestos a enfrentar las consecuencias.
La transmutación inicia. Escucho a lo lejos, por debajo de los gritos de dolor de Bobby, la alarma en el hospital. En poco tiempo habrá un escuadrón de Aurores intentando entrar.
Thomas abre los ojos, confundido y adolorido. Bobby cae en la silla, exhausto.
—¿Qué…?
—Parson, soy Hermione —le digo, lo más clara posible—. ¿Quién te atacó?
—¿Cómo? —dice con la voz ronca. Cierra los ojos— Duele.
—¡Concéntrate! ¿Quién es el Alquimista Insurgente?
—¿Bobby?
—Aquí estoy —dice el otro hombre, disimulando su malestar—. Responde, Tommy. ¿Quién te hizo esto?
—El Alquimista.
Casi giro los ojos —Sí, pero ¿quién es?
—Tú… tú lo hiciste de nuevo —me mira traicionado— ¡Alquimista!
Bobby me quita del camino, pegando su frente a la de Thomas —Escúchame, Auror insufrible, esposo mío, responde la maldita pregunta de Hermione. Vas a ayudarla porque ella nos ayudó a seguir juntos. ¿Quién es el Alquimista Insurgente?
—¿Nos ayudó? ¿Te hizo algo? ¡Granger–Berkley!
Me recargo en la pared, recuperando aliento después de la transmutación. En serio Parson es admirablemente terco.
—¡Thomas! ¡Responde!
El grito de Bobby nos sorprende. Es el hombre más calmado del mundo.
Parson se sonroja, por fin apenado —Anthon Tremblay.
—¿Qué? No —chisto, pensando en el legendario Auror—. Hablé con él esta mañana. Me pidió seguir en el caso. Me dijo que fuera con Harry a Shanghai.
Thomas me mira condescendiente —¿Sacar a la única Alquimista y al Elegido del Reino Unido el mismo día que lleva a cabo su plan? ¡Qué idiota!
—Veo que te sientes mejor —replico, empujando una de sus piernas. Thomas aulla de dolor.
Los gritos de los Aurores, afuera del cuarto, me alertan que el tiempo se terminó.
Thomas se levanta un poco de la cama, mirándome —Debe haber una razón muy específica por la que se quería deshacer de ti, Hermione. Descubre qué es y atrápalo.
—Lo haré.
—¡E intenta no morir, con una mierda!
—¡Tú tampoco, maldito Parson!
Me pongo la capa justo cuando los Aurores entran. Desaparezco.
. . .
Me encuentro en mi cuarto en Londres. No pensé en otro lugar para sentarme a ponderar. Reviso el reloj: faltan quince minutos para que el golpe de Abbie contra el Ministerio comience. Programo la alarma, debo concentrarme diez minutos en intentar resolver esto. Cierro los ojos, pensando.
¿Por qué Anthon Tremblay? Tenía sentido. Él tuvo acceso a la celda en el castillo de Allakh–Yun, donde Daeknu guardó toda su información. Es un tipo inteligente, de gran astucia. Es viejo, tiene una larga formación como Auror. Siempre me protegió. ¿O no? Parece que se quiso deshacer de mí desde que comenzó su papel como el Alquimista Insurgente. ¿Quieres probar tu suerte contra mí? Me preguntó en Italia. Luego se encargó, sistemáticamente, de demostrarme que no puedo ganarle. Sin embargo, Parson tiene razón: si yo no represento un peligro para Tremblay, ¿por qué intentó sacarme del país?
Me levanto hacia mi laboratorio. Reviso los mapas que pude extraer de la investigación de Harry. Debe existir una conexión entre Daeknu y Tremblay. Es obvio que su inspiración nació el día del Alumbramiento.
Puse en un mapamundi, con tachuelas amarillas, los puntos que utilizó Daeknu para abrir las puertas universales. No me parece que Tremblay haya copiado la estrategia. Con tachuelas rojas, fui haciendo un camino en las zonas que tuvieron actividad alquímica desde que iniciaron los ataques. El lago en el Congo y la zona marítima en Mogadiscio las conocí personalmente, pero Harry anotó otros lugares: Ecuador, Lesoto, Chad, Azores e Islandia. La mayoría son sitios en África. No entiendo la relación entre ellos, ni reconozco un patrón que los una. Observo un rato el mapa. Casi todos están cerca del mar o tienen un lago.
—Eso debe ser.
Busco en mi archivo un mapamundi de ríos, lagos y mares. Agradezco ser una insufrible sabelotodo porque tener este mapa a la mano bien podría salvar al mundo. Lo contrasto con las tachuelas rojas. Siento un escalofrío recorrer mi espalda: hecho de tachuelas amarillas, cruzando el mapa entero, un ojo gigantesco cubre al mundo, cuyo centro es Azores. Tremblay está usando el movimiento natural de las mareas y los ríos para canalizar el poder de su alquimia. Una transmutación de este nivel le costará la vida.
Empujo los mapas fuera del escritorio. Ignoro el escándalo mientras pongo en el centro un reloj negro de plástico barato. La herramienta que Tremblay ha utilizado para robar la magia de sus víctimas. Sólo debo resolver esto. Si comprendo cómo transmuta la magia hacia cuerpos muggles, podré descifrar cómo revertir su plan.
Mi alarma suena. Pasaron los diez minutos.
Me resigno a que no terminaré a tiempo con Tremblay para regresar a luchar junto a Abbie. Ella tendrá que detener el Cierre Final por su cuenta.
—Lo lamento —susurro.
Vuelvo a concentrarme. Esto es igual de importante.
Piensa, Hermione, ¡piensa!
Tremblay asesinó a mis colegas del laboratorio. Algo debieron descubrir, o estaban por hacerlo. La respuesta debe estar en el plan de trabajo de ese día: se programaron 94 pruebas en los relojes. Recuerdo bien cada una de ellas y sus pequeñas diferencias. Yo agregué la última prueba a la lista, antes de irme a la boda de Ted: realizar un intercambio equivalente con el reloj puesto.
Por Merlín, ¿me atreveré a realizar el experimento a solas, por mi cuenta?
Mis compañeros fueron sacrificados por acercarse demasiado a la verdad. Les debo confirmar si estaban en lo correcto.
—La ciencia siempre implica un riesgo.
Me pongo el reloj. Decido hacer una transmutación básica. Pongo un matraz con agua en el escritorio, dibujo el pentagrama, respiro profundo. Uso alquimia.
Un dolor agudo me ciega por completo. En mi muñeca, el reloj me roba la misma cantidad de energía vital que ocupé de poder alquímico en la transmutación. Caigo al piso, mareada. Me aterra pensar lo que hubiera sucedido si el intercambio equivalente hubiera sido superior.
Eso es.
El reloj no almacena la energía, como fue mi hipótesis original. El reloj redirige el desgaste de energía. En este caso, en vez de dejarme usar la energía de la tierra para concretar la transmutación, me obligó a usar la energía de mi vida.
¿Qué clase de loco pensaría algo como esto? ¿Con qué propósito? En la alquimia, cualquier sacrificio humano como pago del intercambio es altamente valioso. El poder que se crea usando una vida humana es el más alto.
Lo suficiente para mover la magia de un ser a otro.
Felicity murió, convertida en luces, porque su cuerpo y su energía vital fueron el pago para que su propia magia se moviera al cuerpo de un bebé. Tremblay la utilizó como una batería humana para sus planes.
Un sollozo se me escapa cuando comprendo esto. Felicity regresó en forma de espíritu, me advirtió que la Muerte tiene una deuda conmigo. Que aún puedo salvarla. Es porque su alma se utilizó como pago. Ella quiere ser libre, no pertenecer a un intercambio alquímico.
—Tremblay, juré que te haría pagar por lo que le hiciste a Felicity, pero esto es demasiado. Haz jugado con lo más sagrado. ¡No te lo perdonaré!
Soy la única capaz de comprender la alquimia de Tremblay, por lo menos lo suficiente para revertir su transmutación. Estoy segura que él planeó dar su vida a cambio para encender la mecha del intercambio equivalente a escala mundial. Eso quiere decir que para cambiar el polo de su transmutación, debo dar el mismo pago. Mi vida.
Pero hoy prometí muchas veces regresar viva. Y no pienso romper el corazón de mis seres queridos por culpa de Anthon Tremblay.
Las palabras de Felicity ahora tienen un significado muy tentador. Es momento de cobrar una deuda que tengo pendiente.
Nota: Nos leemos pronto para el capítulo final: "La Maestra de la Muerte".
