¡Hola! ¿Qué tal lleváis esto de la cuarentena en vuestros países? Yo vivo en España y llevamos ya casi una semana en casa. Espero que estéis todos bien.
Bueno, debo avisar que este capítulo (y los siguientes) van a ser tristes y con violencia gráfica.
Así ya ya sabéis chicos, avisados estáis.
Gracias por leer, se os quiere 3
Capítulo 35
La guerra. ¿Cuántas veces la había visto de cerca?
Era casi como una relación destructiva. Por más que intentara alejarse de ella, al final siempre acababa involucrada.
Había crecido, y además no era la primera vez que había luchado en una, pero sentía que su mente era como una vasija que se estaba llenando demasiado ¿Cuándo se acabaría derramando el agua de dentro? ¿Cuánto más tardaría en romperse por completo?
Aunque esto era diferente. Esta era la primera vez que no luchaba en el nombre de nadie, si no en el suyo propio. Lo hacía porque quería, no porque alguien se lo había ordenado. Luchaba por un bien mayor, no para traer la desgracia.
No importaba a cuántos Almirantes de la Marina se enfrentase, nada la iba a parar esta vez.
Y no le importaba en lo absoluto su propia muerte, estaba preparada para la oscuridad absoluta en cualquier momento.
Recordó el día que se unió al Ejército Revolucionario
- Hace 4 años -
-Has hecho el juramento de lealtad hacia la causa revolucionaria - dijo Dragón - Te considero, desde el día de hoy, una de los nuestros. A partir de este momento el Ejército Revolucionario es tu familia y tu hogar. Somos tu razón de vivir y tu motivo de muerte ¿Entiendes qué significa todo esto?
-Sí.
-¿Y qué significa?
-Que a partir de hoy he renunciado a mi vida entera -por algún motivo, pensó en Doflamingo- Aunque tampoco es que tuviese mucho para empezar...
Dragon la miró con una mirada de entre pena y seriedad.
-¿Sabes por qué es mejor que renuncies a todo?
-Sí
-No, no lo sabes - la hizo sentarse a su lado - Yo... hubo un tiempo que era alguien normal. Tenía una vida normal, un trabajo del que mi padre estaba orgulloso, conocí a una mujer... -miró a su alrededor, asegurándose que nadie los escuchara - E incluso tuve un hijo. Creo que debe de tener cerca de tu edad...
Mina lo miró con confusión.
-Pero cuando empecé con todo esto... Comprendí que ponía en peligro a todas las personas que amaba. Si el Gobierno sabía algo sobre aquellas personas vinculadas a mi, les iba a esperar el peor infierno - la miró - ¿Qué crees que es lo más doloroso que te podría pasar?
Ella lo pensó durante un instante.
-Que te quemen vivo, creo que la muerte es bastante dolorosa. O también que te abran en canal y te saquen las tripas mientras aún estás consciente. Eso también sería bastante agonizante...
Dragon sonrió con tristeza. "¿Qué clase de vida ha tenido que llevar hasta ahora para decir algo así?" pensó hacia sus adentros.
-No - negó con la cabeza - El dolor más grande que jamás podrás experimentar no es el físico - Se tocó con suavidad el pecho con el dedo - Si no el del corazón.
-No lo entiendo.
-¿Qué es peor que te hagan daño a ti? Creo que ya lo sabes. Que le hagan daño a quien más quieres. El dolor que uno siente al ver el sufrimiento de los que ama es la peor tortura que se puede experimentar. Te puedes recuperar de una quemadura, de una herida de bala, de un corte, de una intoxicación... pero jamás del daño que le hagan a tu corazón.
Mina pudo comprenderlo hasta cierto punto. Recordó el dolor que sintió en el pecho cuando vio a aquellos niños sufrir y morir de una forma tan horrible. Sus muertes seguían acompañándola todas las noches.
-Espero que recuerdes mis palabras. No te encariñes con nadie y abandona tu capacidad de amar. Créeme, será mejor y más fácil así.
Cuando Dragon se fue, Sabo y los otros dos entraron a la sala con ella.
-¡Ya eres una de los nuestros! - dijo Kaito con emoción - A partir de ahora trátanos como tus hermanos mayores jeje.
-No digas estupideces - le reprimió Kota, pero en el fondo tampoco le hizo mala cara a ella.
-¡Es estupendo tener a alguien más en el equipo! - dijo Sabo - Sé que no nos conocemos mucho, pero a partir ahora eres parte de esta pequeña familia. Espero que nos aceptes - sonrió.
Mina no comprendía aquella hermandad. Había pertenecido a un ejército durante casi 10 años de su vida, pero nunca hubo ningún tipo de compañerismo o amabilidad entre los soldados. Eran máquinas que servían por un propósito ¿Por qué esos chicos actuaban de esa manera?
-¿Te gusta el ramen? - le preguntó Sabo mientras le colocaba un brazo en el hombro - ¡Es mi comida favorita! ¿Cuál es la tuya?
Mientras aquel chico rubio la atosigaba a preguntas, el de atrás le contaba chistes malos y el otro lo reprendía, un sentimiento de calidez surgió dentro de ella. ¿Qué era ese sentimiento? Jamás en su vida había sentido esa cercanía hacia una persona... Era mentira, sí que lo sintió una vez, pero esto era diferente.
-¿Estás sonriendo? - preguntó con diversión Sabo - ¡Pensé que no eras capaz!
-No, no lo hago - contestó ella con su típico rostro apático.
-Eres bastante adorable cuando sonríes ¡Deberías hacerlo más!
-¿De qué estás hablando? - preguntó ella con desagrado.
Los demás se rieron.
Pero era cierto, aquello no era tan desagradable.
Tal vez podría acostumbrarse a ello.
Habían pasado mil penurias juntos.
El hambre y el dolor los había unido. La confianza que se había forjado era un lazo indestructible. Ellos lo eran todo para ella y jamás dudaría de sus palabras ni un segundo. Si alguno de ellos le dijese que se pegara un tiro entre los ojos lo haría sin pestañear.
Nakamas.
Esa palabra tenía un especial significado para ella. Habían sido solo 5 años de su vida. Pero aquella relación con ellos era como si se conocieran desde el nacimiento.
Ver a sus nakamas luchar a su lado, llorar en su hombro... sentir su sangre en sus manos...
Miró a su jefe. El hombre al que más admiraba en el mundo. La única persona a la que reconocía como superior a ella y a la que le había dado el honor de darle órdenes.
Mina podía ser una máquina de matar. Podía ser un antiguo soldado y todo lo que quisieran, pero ella no se doblegaba ante nadie.
Ella podía haber sido muchas cosas, pero ante todo era de la realeza. Doflamingo no la crió como esclava, y eso se lo enseñó desde el primer día. Nadie, ni siquiera la Donquixote Family tenía permitido ordenarle lo más mínimo a Mina, y eso fueron órdenes explícitas del propio Doflamingo.
Mina podía ser apática e inexpresiva, pero tenía un orgullo indestructible que tan sólo poseía la gente educada para mandar.
La única persona en su vida que ella había reconocido había sido su tío Doflamingo.
O eso pensaba ella.
Conocer a Dragon era como un torbellino. Te arrastra con él y te da vueltas hasta marearte. Sus palabras te absorben y te desconciertan. Fue el único hombre al que ella realmente respetaba en el mundo. Sólo permitía que él le diese órdenes, ni siquiera Sabo a pesar de ser el segundo al mando.
Todos luchaban a su lado. Codo con codo. Miradas cómplices, movimientos calculados y sincronizados a la perfección.
Nada podía salir mal.
Y si lo hacía, entonces no le importaba, porque si moría, lo había hecho a su lado. Y era imposible no sentir orgullo de morir luchando por lo que crees al lado de las personas que más aprecias en el mundo.
O eso pensaba.
-Te veo muy tranquila ¿No es así? - escuchó de pronto decir a un hombre alto y con una capa blanca. Su rostro estaba tapado con una máscara. Era el CP0.
-Esta pelea la habéis perdido - decretó finalmente Sabo - Marijoa ha caído, y dentro de poco el Gobierno Mundial entero.
-¿Eso crees? - preguntó con sorna.
-Algo va mal - presintió Kaito.
-Definitivamente, demasiada confianza - dijo Kota.
-Tú, la del pelo rosa - continuó hablando el hombre - Tú eres la princesa perdida del reino de Dressrosa ¿Verdad? Eres el engendro de esa bestia incontrolable.
Se referían a Doflamingo. No era su padre, pero por algún motivo tampoco lo negó.
-Nos la has colado a base de bien ¿verdad?. Viniste a Marijoa y ascendiste como un Tenryubito, pero fuiste una traidora desde el minuto 0 que pisaste esta tierra - no sonaba enfadado, lo cual era aún más siniestro - Te sientes orgullosa de todo esto ¿No es así? Gracias a ti los esclavos están liberados y la tierra sagrada hecha un infierno.
-Si pretendes intimidarme, hace falta mucho más - contestó ella con una mueca siniestra - ¿Crees que vas a hacerme temblar?
-¿Hacer temblar a una Donquixote? Jamás - dijo el hombre con sarcasmo - Sois la peste de los 20 Fundadores. Desde la primera generación no hacéis más que traer problemas. Homing y sus estúpidos discursos de igualdad. Fue el primer traidor en bajar del cielo, pensó que su vida sería estupenda como aldeano, pero acabó siendo asesinado por su propio hijo.
Mina conocía la historia de su abuelo, pero, por algún motivo, la forma en la que lo contaba empezaba a ponerla de mal humor.
-Homing fue un idiota, pero Doflamingo aún más. Esa bestia sanguinaria le cortó la cabeza a su propio padre y nos la trajo hasta aquí pensando que lo perdonaríamos y lo dejaríamos volver - soltó una carcajada - Fue bastante desagradable tener que presenciar tal escena.
-Cállate - no sabía por qué había dicho eso.
-Pensó que podía convertirse en pirata y amenazarnos con soltar a los cuatro vientos el tesoro real de Marijoa. Creyó que podía chantajear al Gobierno Mundial y jugar a ser Dios - sonrió - Pero en verdad nunca tuvo el control de la situación. Al final esos dos piratas nos facilitaron el trabajo, pero es cuestión de tiempo que uno de nuestros asesinos consiga deshacerse de él.
-He dicho que te calles.
-Mina... - Sabo empezaba a preocuparse. Ella nunca había reaccionado así.
-Si lo mata, lo decapitará. Tal vez esta vez deberías tú traer su cabeza y así seguir con las tradiciones familiares ¿No crees?
-HE DICHO QUE CIERRES LA BOCA
Mina fue corriendo con la espada en la mano, dispuesta a silenciar de una vez por todas a aquel imbécil.
-¡MINA PARA!
De pronto, se frenó en seco.
Sabo y los otros dos se quedaron en silencio.
Mina se quedó paralizada.
Dos hombres habían aparecido detrás del agente del CP0. Y llevaban a Mjosgard encadenado.
-Mina, no - intentó decir Mjosgard, pero los dos agentes que sostenían sus cadenas le pegaron.
-Vaya ¿Te has calmado? - preguntó con humor el hombre de blanco - Tú has resultado ser bastante problemática. Eres como un dragón. Tu sangre parece estar hecha de acero y fuego. Ahora que lo pienso ¿No era algo así el lema de tu casa real? Bueno, da igual.
-Déjalo.
-¿Hm? Bueno, tú eres un dragón, y no se te puede domar - miró al otro Donquixote - Pero no todos los cachorros de la misma camada son igual de fuertes.
Un escalofrío le subió por la espalda. Estaba tan centrada en la batalla que se le había olvidado por completo proteger a Mjosgard. Iba a pagar ese error muy caro.
-Y bueno, la asamblea internacional te acusa de alta traición, de eso debes estar de acuerdo. Pero reconozco que eres intocable - Agarró al otro de la barbilla - Pero éste de aquí es igual de culpable ahora que lo pienso. Él sabía todo lo que rondaba por tu retorcida mente. Y te ayudó a abrir las puertas, así que... También es un traidor ¿No lo ves igual que yo?
-Él no sabía nada de esto. No lo involucres.
-¿Me tomas por imbécil? - soltó una carcajada - Pareces muy lista, hermosa ¿De verdad piensas que no hay consecuencias por tus actos?
-Esto es entre vosotros y nosotros - interrumpió Sabo - Deja en paz a los inocentes.
-¿Inocentes? - sonrió - Esta personita de aquí es un Tenryubito ¿Acaso no son ellos parte de vuestro exterminio, revolucionarios?
Los hombres arrastraron a Mjosgard hasta un patíbulo.
-¡Dejadlo! - la pelirrosa empezó a caminar hacia ellos
-¡Mina! ¡Si vas te capturarán! - la frenó el rubio - Si vas te capturarán ¡Eso es lo que quieren!
-¿Sabes como se paga la pena de traición, guapa? - Sacó su arma y caminó hacia Mjosgard.
-¡Aléjate! - forcejeó e intentó liberarse de los brazos de su nakama.
-La pena por alta traición - se quitó la mascara. Mina pudo ver la sonrisa más escalofriante y despiadada que había presenciado en su vida - Se paga...¡CON DECAPITACIÓN!
Sabo intentó quemarlo con fuego, Kaito intentó disparar y Kota intentó también llegar, pero ninguno lo consiguió.
Mina se deshizo de su compañero a pesar de que sabía que intentaba frenarla de cometer una estupidez. Corrió con la mayor desesperación que había sentido nunca.
-Mina - Mjosgard la miró a los ojos - Nada de esto es tu culpa ¿Me escuchas? Yo he sido el idiota entrometido que no ha sido más que una molestia para ti ¿Vale? - su voz temblaba, intentaba hacerla sentir mejor - Mina, eres mi familia y durante estos últimos días te has convertido en la persona más importante para mi ¿¡Me escuchas!?
El hombre levantó el hacha afilada.
-Mina, estoy orgulloso de ti. De que hayas sido la única Donquixote dispuesta a cambiar las cosas. De ser la única flor entre todo este campo podrido.
Ambos se miraron a los ojos.
Mjosgard pudo ver la cara de total horror y desesperación de su amada sobrina. De su familia.
"Vamos, no quiero que esa sea la última expresión que vea de tu rostro" pensó para sus adentros.
-Hey, Mina - sonrió sabiendo que era su última vez - Sonríe para mi - sus lágrimas cayeron por su rostro, pero no permitió que su sonrisa se marchara incluso siendo consciente de su inminente muerte - Te quiero pequeña.
"No debes tener ningún lazo con nadie ¿Sabes por qué?" recordó las palabras de Dragon.
El hacha cayó de golpe y un chorro de sangre inundó el patíbulo.
En el momento en el que su cabeza tocó el suelo, Mina sintió un ardor tan intenso como las llamas del fuego en sus ojos.
Por primera vez en su vida, las lágrimas brotaron de sus ojos hasta no poder ver con claridad.
Su pecho ardía. Dolía. Jamás había sentido un dolor así, un dolor de esa magnitud. Era como si le hubiesen arrancado el corazón y le hubiesen clavado mil puñales.
Su grito se escuchó por toda la tierra en llamas de Marijoa.
Descubrió al instante el verdadero significado de las palabras de Dragon.
Ese era el verdadero dolor.
