SHIKURO: UN CUENTO DE HADAS EN EL CARIBE

Por Inuma Asahi De

Traducido por Inuhanya

Disclaimer: La escritora no posee ninguno de los personajes creados por Rumiko Takahashi pero todos los demás desearían que sí. Todos los personajes originales o conceptos son de la autora Inuma Asahi De (a excepción de las figuras históricas).

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Capítulo Treinta y uno:

Su Poder; Su Motín

Inuyasha sintió su corazón acelerarse en su pecho, sentía las gotas de transpiración caer desde su nariz al suelo, sentía su estómago revolverse con inminentes náuseas, sentía el cosquilleo de energía demoníaca desvanecerse dentro de él como si fuera la noche de luna nueva, sentía sus pupilas contraerse mientras el mundo rodeándolo era cubierto con luz—una inconfundible y resplandeciente luminosidad—tan brillante como un sol que colgaba en el cielo.

Llenó la cubierta, resaltando el rostro de cada pasmado tripulante que estaba apostado ahí, mostrando el asombro, el total estupor que llenaba sus rostros mientras dejaban caer las sogas que sostenían, mientras perdían sus agarres en la velas que debían amansar, mientras permanecían incapaces de moverse, congelados en sus puestos, inútiles por el shock.

"No es posible." Murmuró uno aferrándose al aparejo, sus ojos miraban a la joven en la cubierta del timón, la joven que había levantado su mano e iluminado su mundo. Alrededor de él, los otros aparejadores estuvieron de acuerdo, sus cabezas asintieron arriba y abajo, sus quijadas flojas y abiertas por su propia incredulidad.

"Asombroso," susurraron entre ellos, humanos o demonios por igual, nunca habiendo visto un poder como este, una magia así de extraordinaria.

"Increíble." Un hombre en la cubierta principal bajo ellos estuvo de acuerdo, su agarre se aflojó en la soga que había estado asegurando, permitiéndole a la vela principal agitarse salvajemente en el viento antinatural que ahora rodeaba el barco y a su tripulación o más precisamente rodeándola a ella, acompañado por un brillo etéreo que parecía envolverla como si fuera una espada.

Ese viento revoloteaba en su cabello, tocando cada rizo como si estuviera vivo, una mano de una criatura invisible que acariciaba gentilmente los caprichosos rizos con sus amorosas caricias. Se movía sobre su ropa, tirando del suelto material de su camisa haciéndolo ondear revelando la suave piel de un estómago plano y el envés de sus jóvenes senos fuertemente envueltos, ambos extrañamente iluminados por el suave brillo rosa que acompañaba todo su cuerpo, creando una imagen casi celestial, un ángel a punto de volar.

Encerraba cada rasgo, desde sus pies descalzos hasta la punta de su nariz, rodeándola con un tono de suave carmesí que parecía brotar a través de ella como si agua brotara de un río, intensificándose mientras viajaba por su mano levantada hacia sus dedos, un brillo de energía. Se hacía más y más oscura entre más se acercaba a esos dedos, fortaleciéndose en magnitud hasta que fue de un profundo rojo sangre, descansando en la palma de su suave mano, tornándose más y más brillante con cada segundo pasante, tornándose más y más poderosa con cada momento, incrementándose en calibre entre más la sostenía sobre su cabeza.

Lentamente, instintivamente, Inuyasha comenzó a alejarse de ella, sus ojos aun pegados en la joven pero el demonio en él lo empujaba, ordenándole distanciarse. Reconoció el poder, lo reconoció por lo que era así como por lo que podría hacerle al demonio dentro de él. Podría matarlo, podría destruirlo, sacarlo del cuerpo de Inuyasha hasta que no fuera más que un humano normal y eso no era algo que estuviera dispuesto a permitir, no era algo que el demonio dentro de él dejaría pasar.

Aun así, no podría aceptarlo, no podía huir de ella, nunca le daría la espalda—había una parte de él que no tenía miedo de las aterradoras posibilidades de purificación—una parte de él que simplemente no le importaba o tal vez se preocupaba más por su bienestar que por el propio. Lo empujaba al fondo de su psique, lo llamaba, gritando y arañando, peleando con el demonio dentro de él.

"Corre!" Gruñó el demonio, gritó, rabió, el temor a la purificación le permitieron tomar el control de su mente momentáneamente, obligándolo a retroceder otro paso de Kagome.

Inuyasha cerró sus ojos, respirando fuertemente, clavando sus botas en el suelo rehusándose a retroceder de nuevo. "No." Le dijo al demonio apretando más sus ojos, su cabeza comenzaba a punzar mientras la sangre de su padre corría por sus venas.

El demonio gruñó en respuesta, una pelea fluía rampante dentro de él, una batalla por la dominación. "La mujer matará!" Rugió el demonio dentro de él, discutiendo, empujando, tratando de dominar su cuerpo para poder alejarse. "Si no nos vamos, moriremos."

"No me importa!" Le dijo firmemente, acallando la voz, ignorándola mientras abría sus ojos, su cuerpo comenzaba a temblar mientras la resplandeciente bola de energía en su mano comenzaba a emitir un calor ardoroso. Podía sentirlo irradiando de la órbita, como si fuera el sol elevándose en el horizonte, calentando la tierra y regresándola a la vida después de la frialdad de la noche.

Sus ojos fueron forzados a cerrarse cuando la órbita de luz pareció explotar, duplicando su brillo desde su lugar en su mano, tan brillante que ningún hombre en la tripulación pudo mirarla directamente por más tiempo, todos ellos cegados por la intensa vivacidad de la iluminación en su palma. La tripulación cayó de rodillas, manos sucias cubrían sus rostros mientras gritaban y gruñían, los demonios de la tripulación sentían como si estuvieran siendo quemados por la luz pura que emanaba de ella.

Las orejas de Inuyasha se retorcían casi violentamente en su cabeza mientras escuchaba gritar a su tripulación rogándole actuar. Apretó sus dientes odiando el sonido de los hombres gritando, las llamas de la energía de purificación los azotaba como llamas, golpeando a su paso cualquier cosa que no fuera pura, atacándolo a pesar de su posición como amigo o enemigo.

"Mierda," maldijo él tratando de mirarla, tratando de verla entre la cegadora luz pero era muy brillante, muy enérgica, muy poderosa y concentrada para que sus ojos pudieran ver. Gruñó bajo en su garganta, sus instintos diciéndole correr, el demonio en él gruñía viciosamente mientras le decía alzar vuelo, mientras lo incentivaba a dejarla. "No!" Le gritó forzándose a mirar a la joven de pie a pocos pies de él en el timón.

La blanca intensidad de la luz lo cegó otra vez, haciéndolo hacer una mueca y jadear mientras sus pupilas se contraían al punto más pequeño en el que hubiesen estado, un dolor agudo atravesó sus retinas mientras todo su cuerpo se estremecía antes de hundirse en el suelo. Se sentía como si se fuera a desmayar, la energía era demasiada de soportar para su lado demonio. Respirando fuertemente, abrió sus ojos a la mitad, obligándose a mirar a su tripulación bajo él, no se movían, los humanos del miedo y los demonios del dolor.

"Está matándolos." Reconoció horrorizado mientras se inclinaba más, el dolor se disparaba por su cuerpo haciéndolo hacer una mueca, un poco de su cabello cayó sobre su hombro en el proceso, captando su atención.

Se sentó derecho olvidándose del dolor, su mano agarró los mechones anormalmente coloreados, aún eran plateados pero se estaban tornando más y más oscuros a cada minuto, pareciendo más grises que demoníacos. En pánico, alcanzó sobre su cabeza, sintiendo sus orejas, aún estaban ahí, retorciéndose cuando hizo contacto con ellas. Tragó, su corazón palpitaba en su pecho y se forzó a mirarla a pesar del dolor y la ardiente sensación que la luz le ocasionaba a sus ojos.

"Ella está purificándome." Se estremeció, la primera señal de que la sangre de demonio estaba comenzando a retraerse totalmente y el humano estaba dominando, sabía que no tenía mucho tiempo.

Respirando forzadamente miró alrededor, tratando de resolver qué hacer, si se acercaba más ella lo purificaría pero—era su obligación con su tripulación protegerlos y en el momento, necesitaban protección. Como si estuviera en cámara lenta, asimiló la vista de sus tripulantes demonios retorciéndose de dolor mientras la luz los buscaba, tocándolos, purificando sus pieles, sus cabellos, sus ojos, huesos, corazones y almas. Observó mientras caían, sus cuerpos convulsionaban mientras el demonio dentro de ellos era desterrado. Su respiración se atascó cuando notó el vapor púrpura elevándose del pecho de un demonio mapache mientras caía al suelo, la luz sobre él succionaba el alma del demonio.

Pronto, supo el Capitán, ese hombre no sería nada sino huesos.

Inuyasha alcanzó por él aunque estuviera lejos, sus ojos vieron la falta de sus propias garras—llevó su mano hacia el frente de su rostro, estudiando las uñas humanas que nunca se había acostumbrado a ver. Sabía que su transformación era inminente tan inminente como la muerte de ese hombre.

"Yo—," Sus pensamientos se hicieron lentos. "Tengo," se sentía mareado, su piel estremecida. "Que-e," Comenzó a quemar. "Detener—," Sintió el dolor de sus orejas moviéndose en su cabeza, sus ojos abiertos con miedo. "Kagome!" Gritó su nombre incapaz de pensar en algo más, de otra manera. "Kagome!" Gritó, el nombre saliendo de su garganta, arrojado al aire. Apretó sus ojos cayéndose, apoyándose con sus manos y rodillas.

"Inu—," Un velado susurro. "Ya-sha—."

Sus ojos se abrieron de golpe, su cabeza se levantó también, podría haber jurado que escuchó su nombre.

La luz blanca en su mano se tornó más brillante mientras la miraba, bañando el barco en una luz de día antinatural que quemaba su carne. Siseó de la fuerza, haciendo una mueca de dolor mientras se giraba jadeando del esfuerzo que le tomó levantarse contra la terrible y pura energía. Jadeó, zumbó, los hombres alrededor imitaban el patético ruido. Levantándose sobre pies temblorosos, abrió sus ojos, solo pudieron llegar a la mitad pero fue suficiente para verla, suficiente para ver que ella no solo había iluminado todo su barco sino que también había iluminado toda la desembocadura del río Mississippi, fundiéndola en una luz diurna sobrenatural.

Miró alrededor asombrado, la incredulidad brotaba de él, saturando su mente tan intensamente que olvidó todo su dolor. Sus manos se desplomaron a sus costados, sus ojos buscaban por las aguas rodeándolo, un brillo en la distancia, la agitación de una bandera lejana los captó, haciéndolo girarse, jadear en horror. Y mientras lo hacía se dio cuenta de algo mucho más aterrador que sus hombres muriendo, incluso más aterrador que su secreto siendo expuesto.

Kagome había iluminado el mundo y le mostraba al Trueno donde estaban exactamente.

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En la cubierta de El Trueno, Naraku permanecía observando la extraña y pequeña luz que pasó de un pequeño titileo a ser un sol. Su mentón se desplomó mientras la antinatural aparición llenaba el mar rodeándolo, disparándose en el cielo. Iluminó las velas negras y una bandera que podría haber reconocido incluso en el infierno. Un perro demonio y blanco como la nieve, furiosos ojos rojos y pupilas azules en un fondo plateado, largos colmillos parecían brillar con el material.

"El Shikuro." Susurró él, su respiración se atascó en su garganta mientras se llenaba de una revoltosa cantidad de excitación. Una baja carcajada se formó en su pecho, llenándolo, consumiéndolo. Se hizo más fuerte en su garganta mientras daba un tembloroso paso hacia el costado de El Trueno, ambas manos sujetaban fuertemente la baranda mientras sus ojos miraban el expuesto barco con tal asombro que pensó podría llorar. "Cómo?" Susurró para sí entre pequeños ataques de risa profunda y aterradora. "Cómo llegué a ser tan afortunado?"

Sujetaba tan fuerte las barandas en sus manos que la madera comenzó a agrietarse bajo sus garras negras. La sonrisa en su rostro alcanzó proporciones maníacas mientras todo su cuerpo temblaba con incontrolable felicidad. Apretó sus dientes para controlar su respiración y sus carcajadas antes de sacar la lengua de su boca para humedecer sus labios lentamente. Sus agudos ojos negros parecían reflejar la luz al otro lado del agua, mostrando la verdadera profundidad de su malvada mente.

"Es perfecto." Se dijo. "Absolutamente perfecto." Siseó, antes de girarse de la vista, sus ojos aterrizaron en la habitación de Hiten antes de regresar gradualmente a la habitación de su padre y el Sr. Dresmont, el padre de su prometida. Frunció, su mente corría mientras estudiaba esa puerta. Tras ella yacía su más grande reto, lo único que verdaderamente podría arruinar todo, lo único que podría detenerlo antes de comenzar.

"Padre." Pensó, todo rastro de que hubiese estado sonriendo lentamente se desvaneció de su rostro. Sabía que su padre iría tras el Shikuro, y eso estaba bien, sabía que también le entregaría la cabeza de Inuyasha al Capitán Hiten y eso también estaba bien. No le importaba quién matara al perro en tanto como el perro fuera puesto a dormir pero—

Naraku frunció sus ojos, su puño se apretó a su costado mientras miraba la puerta, su mirada lo poderosa suficiente que la madera hubiese estallado en llamas.

"Cómo obtengo el fragmento," mordió su labio. "Sin que preguntes?" Era un problema, seguramente su padre querría saber por qué de repente había desarrollado tal interés en la joyería.

Aun, incluso más desalentador que posiblemente no obtener el fragmento de la joya era la posibilidad de no ser capaz de continuar el viaje. Si Inuyasha moría ahora entonces su padre no tendría razón para continuar con él. Querría regresar a Port Royal. Naraku hizo una mueca, no podía dejar que eso pasara pero no había manera de decir si Inuyasha era una amenaza para su recolección de la joya o no. Si Inuyasha ya sabía de la joya entonces posiblemente podría comenzar a recolectarla y Naraku no necesitaba la competencia.

Naraku se giró para mirar el barco que aún era tan brillante como el día. "Qué si sabe de su poder?" Se preguntó. "Los buscará, ya habrá visto a la anciana?" Naraku frunció profundamente. "No puedo arriesgarlo, tengo que matar a Inuyasha ahora pero si lo mato volveré a mi problema original, qué hay con mi padre?" Naraku exhaló lentamente. "Tendré que matar—," No terminó la idea y eso lo sorprendió más que nada.

Naraku parpadeó, "Me he vuelto suave?" Se preguntó, "Inconscientemente pienso que lo extrañaré?"

Una profunda carcajada salió de su garganta mientras llevaba una mano para cubrir sus ojos. "Tonterías," se dijo mirando entre sus dedos, no tenía amor por ese hombre, después de todo, hacía mucho tiempo que su padre vivía por su utilidad. Tenía a Hiten como subordinado, tenía al Trueno por barco, de qué uso era su padre, no había nada más que el transporte hasta este punto.

Naraku frunció sus ojos tornándose serio mientras lo golpeaba la situación, oscuras rajas se formaban mientras miraba la puerta de su padre, no podía dejarlo interferir. Inhaló profundamente por su nariz, luego exhaló fuerte por su boca. "Cuando el momento llegue debe morir." Se dijo pasando su lengua por sus encías, un hábito nervioso desarrollado durante mucho tiempo de su temprana adolescencia.

"No tengo elección." Resopló mientras las palabras dejaban sus labios, un sonido ambiguo. "Padre!" Gritó cambiando de personaje instantáneamente, volviendo a un rol que interpretaba sólo cuando era conveniente. "Padre, Sr. Hiten, problemas!" Gritó mientras corría hacia la campana que colgaba al lado de la puerta del Capitán Hiten, agarrando la cuerda la sacudió fuertemente, la tripulación alrededor instantáneamente volvió a la vida, gruñendo por la bebida y el sueño.

"Qué demonios estás haciendo, muchacho!" Gritó uno de los hombres haciendo que Naraku hiciera una mueca mientras soltaba la campana, tratando lo mejor de contenerse de rasgar la garganta del hombre.

"Sé paciente, déjalo pasar sobre ti, será más dulce cuando lo derrotes." Naraku sonrió para sí antes de regresar a su actuación. "No lo ve, señor?" Le preguntó al ayudante de cubierta mientras se acercaba, los ojos del hombre destellaban con furia por haber sido despertado. "Un barco, está iluminado!"

"Un barco?" Repitió el hombre mientras se giraba en la dirección que el joven Naraku había señalado. "Demonios." Susurró, sus ojos enormes ante la vista. "Un barco! Un barco! Capitán, hay un barco allá!" Corrió a la puerta de Hiten golpeándola firmemente. "Capitán!" Gritó de nuevo mientras sus ojos se desviaban de la puerta hacia el barco en la distancia iluminado como si estuviese en llamas.

La puerta de la habitación del Sr. Morgan se abrió de repente, el hombre se veía tan presentable como siempre, su peluca en posición y sus ropas prístinas a pesar del hecho de que probablemente había caído en un profundo sueño. "Qué está pasando aquí?" Su voz se hinchó, autoritaria y controlada, Naraku no se inmutó.

"Un barco, padre." Le dijo al hombre mientras sus ojos se desviaban hacia la puerta de Hiten que ahora también se abrió de golpe, el Capitán del barco El Trueno se veía menos presentable que la Autoridad Portuaria de Port Royal.

"Un barco." Repitió Henry Morgan, sus ojos aterrizaron en la resplandeciente vista del barco en la desembocadura del río. "Mi palabra." Susurró justo mientras el Capitán Hiten llegaba a su lado.

"Ese es—," Hiten comenzó a decir pero las palabras se atascaron en su boca, solo para ser retomadas por el Sr. Morgan a su lado.

"El Shikuro." El hombre prácticamente espetó el nombre, todo su cuerpo parecía pararse más erguido de lo normal mientras una sonrisa igualando la de su hijo explotaba en su rostro. "Hombres, las velas!" Gritó sin pensar, los piratas y sus propios hombres obedecieron a pesar de la jerarquía, todos ellos sabiendo la importancia del barco, estaban listos para perseguirlo.

A su lado, Hiten miraba enfurecido ante la temeraria demostración de autoridad en su barco pero antes de poder comentar o incluso intentar reprimir al padre de Naraku, Naraku mismo llamó su atención.

El hombre más joven lo miró, sus ojos fruncidos, sus labios en una apretada línea, sus fosas nasales llameando mientras exhalaban bruscamente, sus pupilas dilatadas, tornándose más negras mientras miraba al Capitán directamente a las retinas. Hiten sintió sus palmas comenzar a sudar mientras los vellos en su nuca se erizaban—se dio la vuelta y se alejó, subiendo rápidamente los escalones hacia la cubierta del timón, sus botas desatadas casi lo hacen tropezar más de una vez mientras seguía su camino—sabía mejor que decir una palabra.

Naraku sonrió mientras Hiten corría, un lento siseo se formó en su garganta mientras observaba a su padre seguir al otro hombre, gritar órdenes, mandar en piratas y caballeros por igual. Perezosamente, se alejó de la vista, sus agudos ojos negros miraban el mar, viendo el espectáculo del barco mientras brillaba, un faro diciéndole exactamente a dónde ir.

"No podrías haber hecho esto más—fácil, verdad, Capitán Inuyasha?" Preguntó, sus palabras flotaban en el aire, sordas para la tripulación rodeándolo quienes estaban muy ocupados preparando el barco como para tomarse el tiempo de escuchar las palabras de un muchacho.

El sonido de las velas cayendo en su lugar golpeó sus oídos. Azotaban descontroladas en el viento, el ruido le recordaba a casa, a sus camareras, a sus sábanas limpias mientras las doblaba una mucama, colocándolas en su lugar con cada preciso pliegue mientras hacia su cama. El sonido de hombres gritando órdenes mutuamente, diciéndose qué hacer le recordaba a algo más; algo que aún tenía que pasar pero que algún día pasaría. Sus ojos se desviaron del barco que descansaba en la desembocadura del Mississippi para mirar a su padre quien estaba en el timón, alto y autoritario, severo y enojado.

"Pronto, padre." Gruñó apretando sus dientes y cerrando sus manos en puños. "Sólo espera—" Espetó mientras sentía el barco comenzar a moverse, lanzándose en la noche, hombres apostados alrededor dando órdenes, recibiendo órdenes, revisando por problemas antes de animarse, preparándose para entrar en batalla. "Seré el hombre que dé órdenes y tú—," la sonrisa regresó, la carcajada regresó, y los ojos se tornaron aún más oscuros. "Estarás muerto."

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Inuyasha observaba mientras El Trueno volvía a la vida, mientras sus velas caían en su lugar, mientras el viento nocturno las golpeaba poniendo en marcha en barco. Habían sido descubiertos.

Rápidamente, se giró hacia Kagome, tratando desesperadamente de resolver qué demonios iba a hacer. Ella había dicho que haría invisible el barco pero eso no estaba pasando. Eran más visibles que nunca, habrían tenido una mejor opción si Kagome no hubiese hecho nada! Necesitaban moverse, necesitaban salir a mar abierto pero su barco estaba parado. La tripulación demonio no podía moverse, demonios, él no podía moverse!

Apretó sus dientes, cerrando sus puños a sus costados, tenía que detenerla, si la detenía entonces al menos tendrían una oportunidad: primeramente, porque no serían tan visibles y segundo, porque serían capaces de escapar. No tenía otra opción; esto había durado suficiente. Adolorido, se obligó a acercarse a ella, dando un tembloroso paso antes de levantar su mano para alcanzarla, su cabello se tornaba más y más oscuro entre más se acercaba, el dolor se intensificaba mientras su sangre demonio comenzaba a hervir, evaporándose en sus venas, con cada paso que daba.

Gruñó mientras su carne comenzaba a crisparse, sus ojos dirigiéndose hacia donde el dolor se generaba. Se abrieron sorprendidos cuando vio la piel en su brazo. Estaba comenzando a derretirse, como si fuera oro en una cuña. De nuevo cayó de rodillas, la incredulidad que sintió en su mente inmovilizó el resto de su cuerpo.

No había nada que pudiera hacer, absolutamente nada, si se acercaba más, se terminaba, no sería capaz de moverse por el dolor de su sangre demonio al ser purificada. Su cuello se giró hacia Kagome mientras llevaba su brazo hacia su pecho, acunando el ardiente apéndice. "Qué hago?" Susurró en voz alta.

"Otou-san!"

Se giró viendo a Miroku inafectado por la energía purificadora, no había sangre demonio en sus venas que destruir. "Qué está pasando?" Llamó al Capitán, manos en frente de su rostro para bloquear la deslumbrante luz.

"No lo sé." Le gritó Inuyasha, desviándose de su hijo, mirando a la joven sabiendo que había dicho una mentira. En ese momento se dio cuenta que sus acciones no eran sin sentido sólo eran inexpertas, "Shoheki." La palabra cayó de sus labios, largo tiempo inutilizada. "Miko, shoheki."

Una barrera, una barrera de miko, Kagome estaba construyendo su poder, preparándose para hacer una barrera que no sólo disfrazaría su persona sino que disfrazaría todo el barco. No había manera de decir cuánto tiempo le tomaría hacerlo. Solo lo había visto una vez, una barrera hecha para esta proporción y esa había sido hecha por Kikyo. Le había tomado casi veinte minutos reunir el poder apropiado y Kagome solo llevaba cinco minutos al menos. No había manera, no había manera de que pudiera hacerlo a tiempo para detener al Trueno de conocer su posición. Lamió sus labios, sería mucho más sabio a este punto que detuviera su intento para ellos tratar de huir pero podría llegarle, sería capaz de escuchar su súplica?

La esfera en su mano envió otra llama de poder antes de poder intentarlo. Escuchó gritos en el barco, sintió las lágrimas formarse en sus ojos por el dolor y aun, se obligó a hablar, tenía que escuchar sus palabras.

"Kagome." Susurró incapaz de gritar, su mente borrosa mientras se obligaba a gatear más cerca para que pudiera escuchar. "Por favor, ti-i-e-nes que," sintió su cuerpo comenzar a desplomarse mientras comenzaba a perder la conciencia, esa última llama más poderosa que las de antes. "Parar." Terminó, dejándola escapar de sus labios tan lentamente que casi no se da cuenta que había sido capaz de hablar.

Con ese ruego, el resplandor desapareció, la sensación de náuseas y mareos menguó y frunció sus ojos, confundido. Miró su cabello sobre su hombro, de nuevo estaba normal, miró sus manos en el suelo, la imagen de afiladas garras encontró su mirada, levantó su mano y tocó sus orejas en su cabeza, se movieron en respuesta. La transformación se había detenido y aparentemente reversado.

Deliberadamente, la miró, observando mientras su cuerpo ahora ligeramente brillante se giró hacia él con un progreso antinatural casi irreal, como si no se hubiese movido pero de hecho, hubiese sido girada por una mano invisible. La mano sobre su cabeza descendió mientras se movía, la esfera de luz ahora extrañamente inactiva se movió con ella hacia su pecho donde la acunó en ambas manos, abrazándola como una madre abrazaría a un hijo.

Bajó la mirada, sus ojos encapirotados por largas pestañas para que no pudiera verlos. Quería verlos, una parte de él tenía que verlos, algo lo obligó porque tenía que saber si sus palabras le habían llegado, realmente a ella. "Kagome." Susurró esperando que mirara.

Y lo hizo.

Parpadeó, tragó saliva, se levantó sobre sus temblorosos pies al mismo tiempo que sus ojos salían a la vista. Eran diferentes esta vez, diferentes de la vez en que lo había mirado en el bote de Manten o la vez en el bar de Kaede. Estaban abiertos, no estaban escondidos o perdidos, no se habían ido, no se veía dormida o borrosa, no se veía confundida o como si se hubiese perdido en ella misma.

No, se veía completamente diferente a esas veces anteriores. Se veía viva, se veía despierta, se veía alerta, se veía consciente. Ahí en sus ojos estaba Kagome, podía verla, verla toda ahí, sus pensamientos, sus sentimientos, su conocimiento en barcos, su amor por Shakespeare, sus sonrisas, sus frunces, su amabilidad, su amor, todo eso aún estaba ahí en esos tranquilos ojos grises. Kagome Dresmont estaba en control, él la había alcanzado.

"Tú," su boca se abrió de repente para hablar pero a diferencia de sus ojos, la voz que salió de ella sonó doble como si estuviera hablando cada palabra dos veces con dos voces diferentes, la suya y otra que no reconoció. "Tienes algo por qué vivir, Capitán Inuyasha?"

Su boca se abrió levemente, sus palabras lo sorprendieron hasta la médula. Parpadeó rápidamente mientras su respiración se entrecortaba en su garganta, mientras su corazón se detenía en seco en su pecho. "Yo—," Se encontró repitiendo las palabras, mirándola mientras sacudía su cabeza lentamente, mostrándole lo confundido que lo había dejado. "Tengo algo por qué vivir?"

Ella asintió una vez, sus ojos parecieron brillar con vida, así como una tranquila calma gris, en contraste con la enfurecida tormenta de verano a la que estaba acostumbrado. "Nunca respondiste mi pregunta." Le dijo, su voz aun en eco de sí misma.

Alrededor, la tripulación guardó silencio, la luz que ahora estaba contenida por los dedos de Kagome no estaba atacándolos ni cegándolos, dejándolos libre para ver la escena frente a ellos. Todos observaban estupefactos, sus cuerpos temblaban con incredulidad mientras lentamente se curaban parte de sus quemaduras. Susurros de confusión, susurros de miedo, y susurros de completo y total shock atravesaban las masas.

Qué estaba pasando, se preguntaban? Por qué la joven le hizo al Capitán su propia pregunta, la pregunta que el Capitán les había hecho a todos, a uno por uno? De dónde sacó esa luz, por qué quemaba a los demonios cuando entraba en contacto con ellos, cómo podía soportar sostenerla cuando era tan brillante que había cegado al resto? Qué demonios estaba pasando aquí?

Inuyasha cayó de rodillas haciendo que los susurros se detuvieran instantáneamente, la tripulación observaba con temor mientras su Capitán caía al suelo, el hombre que había resistido miles de peleas, el hombre que ni el mar podría matar, el hombre que los lideraba, el hombre que los mantenía vivos, el hombre que significaba más para ellos que cualquier otro hombre en todo el mundo—ese gran hombre había caído de rodillas en frente de una jovencita.

"Otou-san?" Susurró Miroku casi silencioso desde su lugar a unos pies, su apariencia tan sorprendida como la de los otros tripulantes, esta vez su llamado fue ignorado.

"Sí?" Presionó Kagome mientras acariciaba la bola de energía como si fuera una mascota.

Inuyasha miraba el piso lánguidamente, sus ojos abiertos, la pregunta lo atrapó completamente fuera de guardia. No era como si esta fuera la primera vez que le hubiese preguntado, no lo era. Se lo había preguntado antes, cuando él le había preguntado primero pero entonces no había tenido una respuesta para ella, para nadie. Después de todo, en ese entonces él aún había—aún deseaba nunca haber nacido. Su corazón se apretó en su pecho ante la idea pero sabía mejor que nadie que eso era verdad. Pero ahora—ahora eso había cambiado, verdad?

Cerró sus ojos fuertemente. Sí, todo había cambiado, había cambiado al momento en que sus ojos habían encontrado los suyos, cambió al momento en que esa hermosa tormenta gris había entrado en su vida. Sabía que eso era verdad, aun si sintiera miedo de admitirlo, sabía que era un hecho. Kagome no sólo había cambiado su respuesta, le había dado una. En sólo un mes le había dado una respuesta a su propia pregunta, una respuesta en la que nunca había sido capaz de pensar antes de ella.

Levantó su cabeza, la miró, su mentón en una línea firme mientras la veía observándolo. Sintió la sonrisa formarse en su rostro, sintió sus orejas moverse en su cabeza escuchando como radares por algún cambio en su ritmo cardíaco. Inhaló profundamente, el olor a flores y a mar asaltó su nariz, una maravillosa invasión.

"Kagome." El nombre entró en su mente mientras sus ojos se cerraban. Tenía algo por qué vivir, tenía algo extraordinariamente grande por qué vivir, algo justo aquí frente a él, algo más espectacular que cualquier cosa que hubiese pensado tener, que le hubiesen dado o deseado.

Vivía por la oportunidad, la plegaria, la esperanza que estaba ante él. Vivía por el aroma que lo rodeaba, la vista que lo obsesionaba, la voz que lo relajaba, el sabor que lo deleitaba, el contacto que no le temía, y el olor que lo consolaba—él vivía por eso—la oportunidad por eso—por ella.

Su sonrisa se tornó una sonrisa ladeada mientras miraba profundo en sus ojos, el dorado de sus irises encontraron el gris de los suyos, dos frentes de diferentes tormentas conectándose, creando un tifón de emociones en su despertar. Quería decirle, quería agarrarla, besarla, amarla pero ahora no era el momento, ahora era el momento para pelear, el momento para que ella fuera tan poderosa como sabía que era.

Así que le dio la única respuesta que consideró apropiada dadas las circunstancias, la suya. "Tú?"

Ella sonrió, un gesto tan gentil cruzó sus labios que Inuyasha pensó podría haber muerto y ahora estaba en el cielo. "Sí."

Todo su comportamiento cambió cuando habló, luego se dio la vuelta como si nunca hubiese dicho una palabra. Miró hacia El Trueno, sabiendo donde estaba, sabiendo a donde apuntaba la flecha roja sin necesitar ojos de demonios para ver en el tono negro. Lentamente sus manos se levantaron sobre su cabeza, ambas sostenían la esfera de energía en tándem, encerrándola protectoramente entre sus pequeños dedos blancos hasta que la bola de energía estuvo directamente sobre ella. "Haznos desaparecer." Susurró, su voz velada como el viento que la rodeaba.

Sus dedos se separaron entonces, alejándose de la bola de energía tan rápido que Inuyasha pensó por un momento que la había quemado. Pero no, nunca podría quemar un ser tan completamente puro como ella.

Y con un rápido movimiento, la energía explotó desde la punta de sus dedos, se liberó, inundó el barco con una luz blanca que flotaba sobre sus cabezas, creando un domo de cándida radiación que alcanzó todo hasta la punta del mástil más alto antes de caer en cascada para cubrir los costados hacia las aguas del océano, un velo de energía blanca que los cubrió como una mortaja funeraria.

"Santa mierda." Gritó uno de los tripulantes desde su lugar al otro lado del barco, sus palabras hablaron por todos quienes observaban el demente fenómeno.

Miroku cayó hacia atrás, aterrizando en su trasero, su rostro contraído nerviosamente y sus ojos tan abiertos como platillos, nunca había visto nada como esto en su vida, nunca había experimentado nada como esto en su vida. Era increíble, era incomprensible, era—imposible. Sus manos temblaban, todo su cuerpo temblaba como una hoja en otoño, parpadeó rápidamente, tragó y finalmente se convenció de desviar su atención de ella para mirar al Capitán quien no parecía perturbado del todo, casi se veía impresionado. "Otou-san?"

"Sí?" Inuyasha se giró para mirarlo, su expresión casi serena, calmada y compuesta.

Miroku frunció sus ojos, la expresión no le ayudaba a mantener su calma. "Aa—," Tartamudeó mientras ondeaba una mano hacia Kagome. "Qué demonios?"

"Miko," dijo Inuyasha simplemente mientras se giraba para mirarla. "Este es el poder de una Miko."

Miroku levantó una ceja pero no se veía convencido. "Una gigante luz cegadora?"

Inuyasha sólo asintió, no diciendo nada más mientras sus ojos se enfocaban en ella. Ella lo había hecho, había completado la barrera, una barrera que disfrazaría completamente el barco de todos los ojos, incluso los dioses. "Sugoi." Murmuró para sí regresando a su lengua nativa en su asombro. "Kagome wa subarashiidesu."

No podía creer lo que estaba viendo, el poder que Kagome había desplegado era increíble. No debería ser capaz de hacerlo, no debería tener la habilidad. Era joven, inexperta, demonios, no sabía qué era una Miko hasta hace unas horas. Entonces cómo—cómo fue que desplegó un control y fuerza tan asombrosos? Fue como con Manten de nuevo, lo había desintegrado completamente sin el conocimiento de su mitad espiritual.

"Es una natural." Concluyó ladeando su cabeza, analizándola, analizando la barrera. "Me pregunto por cuánto tiempo podrá mantenerlo?" Musitó en voz alta mirando alrededor antes de paralizarse, sus palabras asentándose. "Cuánto tiempo podrá mantenerlo!" Declaró otra vez, su voz llena de pánico en vez de interrogación. "Tenemos que movernos." Llamó sobre su hombro a Miroku mientras corría hacia el timón, agarrándolo fuertemente en sus manos.

Miroku parpadeó desde su lugar aún en el suelo, su mente no procesó el requerimiento inmediatamente mientras continuaba mirando a Kagome. "Qu—?"

"Levanta tu trasero Miroku y haz andar este barco!" gritó Inuyasha, su fuerte voz efectivamente sacó no solo a Miroku de su aturdimiento sino al resto de la tripulación. "Myoga!"

"Sí, señor!" El maestre aparejador respondió sin pausa, a diferencia del resto de la tripulación, Kagome era poco misterio para él.

"Eleva esas velas, quiero que nos saquen de aquí en cinco minutos!"

"Myoga lo hará, señor!" respondió Myoga rápidamente antes de escalar la vela principal, gritando órdenes a los hombres rodeándolo sin caer.

Inuyasha asintió complacido, su adrenalina bombeaba por sus venas, volviendo su mente a la vida. "Si Kagome puede mantenerla lo suficiente," se dijo apretando fuertemente el timón en sus manos, sus ojos brillaban de la luz de la luna observando a Kagome en frente de él, mirándola mientras mantenía la barrera en posición. "Podremos alejarnos inadvertidos e ilesos."

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Las manos de Naraku trituraron la baranda bajo sus dedos cuando el Shikuro de repente se oscureció en la distancia, la luz se desvaneció, desapareciendo en nada. "No." Susurró para sí, sus oscuros ojos se abrieron mientras sus manos comenzaron a temblar.

"Capitán, la luz desapareció!"

Giró de golpe su cabeza hacia la cubierta del timón observando mientras el hombre en el timón apuntaba en la distancia, su otra mano en el timón.

"Qué demonios?" Gruñó el Capitán Hiten desde su lugar al lado del Sr. Morgan antes de caminar hacia el timón, sus ojos se entrecerraron en la oscuridad, buscando el barco al que habían estado acercándose. "Charles!" Gritó hacia arriba, sus ojos dirigidos al nido de cuervo. "Qué ves?"

Los ojos de Naraku se desviaron hacia arriba buscando al hombre sobre su cabeza, pudo distinguir su silueta entre las incontables sogas y linos. "Será mejor que puedas verlos." Murmuró tan bajo que posiblemente nadie podría haberlo escuchado.

"Nada, señor." Respondió el hombre, su voz tan confundida como todos los demás en el barco.

Naraku cerró su puño más fuerte en respuesta, rabia brotaba de él.

"Una silueta?" Presionó Hiten, su voz severa, enojada—temerosa, haciendo que Naraku sonriera a pesar de su creciente desesperación.

"No, señor," gritó Charles. "Es como si se hubiera desvanecido."

Hiten mordió su labio, pánico se acumulaba en su corazón mientras miraba a Naraku rápidamente. Los dos hicieron contacto visual, Naraku transmitía su rabia y órdenes a través de sus ojos mortales haciendo que Hiten pasara saliva antes de mirar a Charles sobre él. "Estás usando el catalejo?"

"Sí señor, nada." Respondió el hombre, su voz casi sonaba apologética, el sonido se ajustaba.

"Mierda." Pensó Naraku para sí mientras se giraba para mirar el mar, sus ojos buscaban y buscaban, buscando alguna señal del barco que se había desvanecido de la nada. El sonido de la voz de su padre fue lo único que detuvo su investigación.

"A dónde podrían haber ido?" Siseó el Sr. Morgan, sus ojos escaneaban el mar alrededor. "Los barcos no desaparecen." Espetó estrellando una mano en la baranda de la cubierta del timón. A su lado, el Sr. Dresmont saltó pero no dijo nada, sus ojos también estaban enfocados en el lugar donde había estado el Shikuro pero ahora aparentemente se había ido sin rastro.

"Tal vez era una barco fantasma, Capitán," sugirió tranquilamente el hombre del timón pero lo fuerte suficiente para que los demonios en el rango escucharan. "Estamos cerca al triángulo, señor."

Susurros llenaron la cubierta ante la sugerencia, los hombres supersticiosos entre la multitud afectados por el inconsciente comentario. Naraku levantó una ceja ante la sugerencia pero inmediatamente frunció enfermo por las tonterías supersticiosas. "Idiotas," pensó mientras se giraba para mirar a Hiten, esperando captar los ojos del hombre para poder darle más órdenes. Sin embargo, antes de poder, el barco irrumpió en aterradores alaridos.

"Es un barco fantasma." Gritó un hombre desde los aparejos, su voz fuerte en la noche.

"Sí, un barco del triángulo." Aceptó otro hombre cercano.

"Tal vez el Shikuro se hundió." Gritó un hombre quien permanecía en su puesto al lado de un cañón. "Y están—"

"Están—están espantándonos!" Lo interrumpió el mono de la pólvora a su lado.

"Cállense!" Gritó Naraku enfermo de la estupidez rodeándolo, desde su lugar en la cubierta, sus pupilas se dilataron completamente mientras miraba el vacío mar, el lugar donde el barco había estado momentos antes. "No era un fantasma ni alguna maldita leyenda de las profundidades." Su cabeza se giró de golpe, mientras inhalaba rápidos respiros, sus ojos salvajes con rabia. "Estaba ahí!" Señaló. "Justo ahí!"

"Naraku?" Su padre lo reprimió firmemente, su severo rostro en un apretado gesto. "Estoy de acuerdo en que esas supersticiones son tontas e irracionales pero no cuentan para el hecho de que el barco no está ahí para los ojos o un catalejo."

Naraku resopló y apretó sus dientes fuertemente, "No es el momento correcto." Se dijo mientras apretaba un puño a su lado, sintiéndose estúpido por su arranque.

Satisfecho de que su hijo guardara silencio, Henry Morgan se giró hacia Hiten, sus ojos firmes. "Qué piensas, debemos presionar?"

Hiten se encogió, sus ojos buscaban por el mar antes de mirar a Naraku. El joven no hizo contacto visual, tragó, qué debía decir—qué podría decir que asegurara que viviría mañana? "Sí." Votó él, esperando que el joven estuviera complacido con su respuesta. "Debemos ir al punto donde se desvanecieron, podríamos averiguar algo una vez que lleguemos ahí."

El Sr. Morgan asintió firmemente, de acuerdo con la decisión. "Podría ser algo tan simple como el truco de un demonio."

Naraku sacudió su cabeza rápidamente, sus dientes estaban apretados tan fuerte que podía sentir uno de ellos astillarse de la presión pero aún guardaba silencio. Ahora no era el momento correcto, sabría cuando fuera el momento y ahora no lo era.

"De todos modos," continuó el Sr. Morgan despreocupado. "Ahora no deberíamos molestarnos en ir a New Orleans. No es útil para nosotros si ya se fueron."

La cabeza de Naraku se levantó de golpe, su mentón se aflojó mientras miraba horrorizado a su padre. Tenían que ir a New Orleans porque ahí era donde estaba la anciana, quien sabía más de la joya, su poder, y más importantemente, cómo encontrarla. Rápidamente, se precipitó hacia las escaleras de la cubierta del timón, subiendo dos escalones a la vez. "Padre!" Llamó rodeando la cima, atravesando la cubierta rápidamente solo para llegar a pararse en frente del hombre. "Debemos ir a New Orleans." Declaró franco.

Su padre se dio la vuelta, su expresión levemente sorprendida. "Por qué dirías eso, hijo?"

Pensando rápidamente, Naraku respondió fácil. "Pudieron haberle mencionado a alguien en New Orleans a dónde iban, si podemos encontrarlo nos ahorrará tiempo."

"Naraku," murmuró su padre sacudiendo su cabeza. "Hay muchas personas en New Orleans, si le dijeron a alguien será imposible para nosotros encontrarlo." Razonó fácilmente. "Sería una pérdida de tiempo."

"No estoy de acuerdo." Gruñó Naraku, su voz apretada.

Hiten tragó saliva alejándose de padre e hijo, sabía mejor que quedarse muy cerca, sabía mejor que acercarse demasiado a Naraku en un momento como este. Los otros demonios de la tripulación parecieron sentirlo también, todos ellos retrocedieron lentamente mientras se intensificaba la conversación.

"El tiempo es la esencia." Respondió finalmente Henry, sus ojos miraban los de Naraku intensamente, una sensación de inestabilidad lo golpeaba entre más miraba a su hijo.

La piel se le puso de gallina, el vello en su nuca y sus brazos comenzó a erizarse, cada instinto en su cuerpo le decía que algo estaba mal, que algo era desesperadamente peligroso. Con frecuencia, había sentido esta sensación durante la corta vida de su hijo pero nunca así de intensa y nunca así en esta extensión. Incómodamente, retrocedió, sus ojos nunca dejaron a su hijo quien estaba mirándolo con una mirada que podría matar.

"Naraku," comenzó él, esperando que su voz no sonara muy tímida. "No has olvidado que la Srta. Dresmont está en ese barco?" Su voz temblaba a pesar de sí mismo. "No deseas recuperarla ilesa?"

Naraku gruñó ante el nombre, su temperamento encendido. "No escuchaste." Dijo él, "Verdad?"

"Qué quieres decir?"

"Vamos a ir a New Orleans." Le dijo Naraku en vez de ofrecer una explicación mientras se giraba hacia Hiten preparándose para darle la orden al demonio inferior.

Su padre lo detuvo. "Pero qué hay de tu prometida?"

Naraku rió, el sonido profundo y penetrante, gutural y enfermo. Su juventud más que nada hizo que las palabras dejaran su boca mientras miraba a su padre sobre su hombro. "Esa bruja puede morir para lo que me importa."

Los ojos de Henry Morgan se abrieron, su expresión una de incredulidad. "Naraku?" Susurró mientras sus rígidas manos (que hasta este punto habían estado juntas en su espalda) cayeron flácidas a sus costados.

"Me escuchaste padre." Le dijo Naraku apretadamente mientras se levantaba erguido, alcanzando el mentón de su padre. "Iremos a New Orleans pero no para preguntar por ella, tengo un asunto más importante que atender."

"Pero—," Intervino el Sr. Dresmont desde su lugar detrás del Sr. Morgan. "Qué hay de mi Kagome?"

"Cállate anciano." Gruñó Naraku, sus cortos colmillos se asomaron mientras espetaba en dirección del padre de Kagome. "No siento preocupación por ella o por ti." Avanzó, la rabia y las hormonas de un cuerpo adolescente lo dominaban, no podía pelearlo, no podía controlarlo, la rabia, el odio propio. Cómo podía dejar escapar el Shikuro, los fragmentos que descansaban en él? Tenía que desquitarse con alguien, tenía que culpar a alguien.

"Naraku, esto es absurdo." Su padre se interpuso entre los dos hombres, colocando una mano en el pecho de Naraku deteniendo su avance hacia el Sr. Dresmont. "Deja esta niñería en este momento!"

"Niñería?" Naraku espetó la palabra como si hubiese dejado un mal sabor en su boca. "Eso es todo lo que soy para ti, verdad? Sólo un niño."

Henry Morgan sintió acelerarse su corazón en su pecho mientras las palabras dejaban la boca del hijo más joven. Había un veneno en ellos que nunca había experimentado de ningún hombre, de ningún demonio en su vida. Lo asustaba, absolutamente lo aterrorizaba más que nada que hubiese experimentado a la fecha. Dejó caer su mano del pecho de Naraku, sus ojos miraban al joven que había criado, mirándolo como si lo viera por primera vez. No se veía como un niño pequeño, tampoco como un adolescente—incluso no se veía como un hombre.

Se veía como algo mucho peor y un millón de veces más terrorífico; se veía como un dictador, como un demente, como un hombre que hubiese matado y probara sangre, bebiéndola literalmente del cuello de su enemigo hasta que estuviese lleno. Su cabello estaba salvaje, de un negro tan diferente a los rizos bronceados de su padre, sus ojos de un opaco vacío, ninguna emoción estaba presente en ellos, su rostro falto de razón, falto de esperanza o felicidad, blanco y pálido como un hombre que nunca hubiese visto el sol. Se veía casi enfermo de cierta forma, trastornado y traicionero.

Este no era el niño que había criado, este no era su hijo, este no era Naraku, este—esto era pura maldad.

"No tienes nada que decir, padre?" Preguntó Naraku mientras alcanzaba para agarrar el brazo del hombre, sus dedos apretaban fuertemente el bíceps, triturando el delicado hueso que yacía dentro.

"Ah!" Gritó Henry Morgan haciendo que algunos de los tripulantes a bordo avanzaran hacia ellos, armas desenfundadas.

"Hiten!" Ordenó Naraku, su voz llena de vil promesa por si desobedecía.

"Armas." Respondió Hiten automáticamente haciendo que cada pirata en el barco retractara sus armas apuntándoles a la armada rodeándolos.

Henry Morgan miró alrededor con pánico mientras asimilaba la vista de todos sus oficiales arrinconados, armas en sus espaldas, en sus cabezas, en sus cuellos, incluso el Sr. Dresmont era cohibido con un cuchillo justo bajo su mentón mientras temblaba con terror. "No hagas esto." Se escuchó hablar, las palabras dejaron la boca de Henry Morgan sin su conocimiento o consentimiento mientras miraba a su hijo.

"Por qué no, padre?" Preguntó el joven airadamente soltando el brazo de su padre, una sonrisa se formó en su rostro. "Siempre he sido una decepción, verdad?" Lamió sus labios mientras retrocedía un paso, sus manos cruzadas detrás de su espalda, fuera de la vista de su padre pero justo en la de Hiten quien discretamente obedeció la tácita orden, su temor a Naraku suficiente para hacerlo actuar sin cuestionar.

"No sé de qué estás hablando, Naraku." Respondió Henry, su voz llena de miedo como sus ojos.

"Pero yo sí." Respondió Naraku. "Siempre fui el hijo inútil, eso es lo que le dices a todos, verdad?" Naraku sonrió mientras los ojos de su padre se abrían. "Oh, escuché, padre—casarlo con una humana, esa es la única manera en que tendrá una compañera—eso fue lo que les dijiste, verdad padre?"

"Naraku—." Henry trató pero no tuvo éxito.

"No interrumpas!" Gritó Naraku, su temperamento explotó. "Nunca has escuchado así que escucharás ahora."

Los hombres en la tripulación hicieron una mueca con temor, humanos y demonios por igual, mientras una sustancia negra comenzaba a brotar del cuerpo de Naraku, como una plaga. Los ojos de Henry Morgan se abrieron mientras observaba el líquido púrpura volviendo negra la madera de la cubierta, como si estuviera envenenando las tablas ya muertas.

"Siempre fui el hijo que odiabas, que no querías." Continuó Naraku, sus manos aun escondidas de vista. "Nunca me perdonaste por la muerte de mi madre, verdad?" Sonrió complacido con la mirada de horror en la cara de su padre. "La maté con mi nacimiento. Como un infante, maté a mi propia madre?" Naraku rió ligeramente ante la noción, el sonido de un gatillo la única indicación de adonde estaba llevándolo sus pensamientos. "Supongo que si he matado a un padre, no puede ser difícil matar dos."

Henry Morgan comenzó a alcanzar por su arma, su mano apenas tocó la punta de la empuñadura antes de que el eco de un disparo cubriera los oídos de todos los presentes. Su mano instantáneamente detuvo su paso, congelado mientras alarma se mostraba claramente en su rostro. Cautelosamente, cambió su destino, moviéndola desde su pistola hacia su pecho, donde ya podía sentir la sangre comenzando a brotar. Lentamente, miró su torso, la vista de sangre, de piel ennegrecida en su estómago lo saludó.

Naraku sonrió, sus ojos asimilaban la vista de su pálida piel y ojos temerosos. "Qué divertido." Murmuró atrayendo los ojos de toda la tripulación y su padre hacia él. "Esta es la única vez que verdaderamente te ves patético para mí."

Henry Morgan parpadeó sus lágrimas, si eran de dolor, temor a la muerte, o confusión por su hijo siempre permanecería desconocido. "Por qué?" Susurró mientras sentía la sangre y la bilis subiendo por su garganta. "Soy tu padre."

"No más."

Las lágrimas desbordaron los ojos de la comadreja mientras sus temblorosas manos se desplomaban pero sus pupilas se elevaban, se elevaban para mirar a su hijo. Asimiló la vista del joven que había conocido alguna vez, del arma expertamente apuntada a su corazón, los ojos negros que lo habían apuntado mirándolos tan indiferentes como si hubiese matado un venado para cenar. Observó mientras este hombre desconocido levantaba su pulgar para cargar la pistola una vez más, el mecanismo se movió como si estuviera en cámara lenta para liberar el fatal disparo.

"Ahora, estás muerto."

El disparo resonó y Henry Morgan cayó, esas fatídicas palabras fueron su última recolección del mundo viviente.

Fin del Capítulo

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Traducciones:

Sugoi: Asombroso.

Kagome wa subarashiidesu: Kagome es asombrosa.

Notas:

El arma de Naraku en este Capitán es un Revolver Colt por la descripción. Técnicamente, esta arma no fue patentada hasta 1836 lo que significa que Naraku no debería estar usando una desde que la época es a finales de los 1700. Por lo tanto, el uso de un revolver es más una fantasía que realidad, llámenlo otra libertad creativa de la autora si quieren.

Las armas de fuego en los 1700 – habían armas en la época capaces de múltiples disparos, aunque con frecuencia fallaban y usaban piedra. Para disparar una el tirador tenía que rotar manualmente el cañón antes de fijarlo en su lugar, las armas modernas se mueven solas. James Puckle fue el primer hombre en patentar esa arma en 1718, aunque asemeja un arma moderna sobre un revolver moderno. Fue nombrada arma portátil o de 'defensa.'