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Capitulo 31
—¡Despierta, dormilona!
Cuando Candy oyó la voz de su hermana Karen, se despertó sobresaltada.
Ésta estaba junto a Iolanda, a los pies de la cama, y ambas la miraban con gesto divertido. Sin decir nada, Candy observó que la luz se filtraba por la ventana y se levantó. Al ver que estaba desnuda, rápidamente se tapó con el tartán que había sobre las sábanas y, al hacerlo, Karen se llevó las manos a la boca y, emocionada, murmuró:
—Hermana, veo que has cumplido con el deber de complacer a tu marido.
Sin entender a qué se refería, miró hacia donde miraban ellas y al ver sangre en las sábanas, se puso roja como un tomate y, mientras se ponía el camisón, musitó:
—Oh, Karen… no seas curiosa.
Pero su hermana quería saber, e insistió:
—¿Te ha dolido mucho?
Sin decir nada, Iolanda quitó las sábanas de un tirón y salió de la habitación. Ese gesto tan rápido y serio llamó la atención de las dos hermanas, que se miraron, y Karen la interrogó:
—¿Qué le ocurre?
Encogiéndose de hombros, Candy contestó sorprendida:
—No lo sé.
Cuando fue a dar un paso, sintió un extraño dolor entre las piernas, pero antes de poder decir nada, Karen la cogió de la mano y, sentándose sobre el lecho, preguntó con curiosidad:
—¿Albert ha sido bueno y amable contigo?
Al recordar lo ocurrido, Candy sonrió y su hermana exclamó aliviada:
—Oh, Dios mío, qué feliz me hace saberlo.
—Pero si no te he dicho nada —se mofó Candy.
Karen soltó una carcajada y contestó:
—No ha hecho falta. Tu sonrisa y tu mirada han hablado por sí mismas.
Candy rió. Su hermana era increíble. Pero al recordar sus circunstancias, murmuró:
—Siento mucho lo que tú tuviste que pasar con Neall. Vivir ese momento con un hombre como él no debió de ser fácil ni agradable.
La expresión de Karen cambió. Recordar aquello era lo que menos le apetecía y los ojos se le anegaron de lágrimas. Negó con la cabeza y, acercándose a su hermana, dijo:
—Fue terrible, no te lo voy a negar.
—Lo siento tanto… —insistió Candy.
—Y yo. Pero por tener a mi pequeño John lo repetiría mil veces—susurró su hermana, secándose los ojos y esbozando una sonrisa. Y luego añadió—: Escucha, Candy, nosotras no nos hemos de quedar ancladas en el pasado, como le ocurrió a papá. Yo, particularmente, he decidido mirar al frente, seguir viviendo, y te diré que anoche Jesse me hizo saber lo bonito que es compartir lecho con el ser amado.
Incrédula por la osadía que demostraba, Candy soltó una carcajada, mientras su hermana añadía:
—Fue tierno…
—¡Karen!
—Cariñoso, delicado…
—¡Karen! —exclamó Candy.
—Me dijo cosas bonitas, me mimó y…
—¡Oh, Dios mío, Karen! ¿Estás hablando en serio?
—Sí.
—Pero… pero ¿y tu prudencia y pudor?
Su hermana sonrió y, sin un ápice de decoro, musitó:
—Le deseaba, me deseaba y ocurrió lo que tenía que ocurrir. Y me alegra saber que la unión de dos cuerpos es algo placentero e indoloro si lo haces con la persona adecuada.
Ambas rieron a carcajadas, cuando de pronto la puerta se abrió y Albert, mirándolas, preguntó:
—¿De qué se ríen las dos hermanas?
Candy, al verlo, se murió de vergüenza. Tras lo ocurrido la noche anterior, todo había cambiado entre ellos. Recordar la intimidad que habían compartido, cómo la tocaba, cómo la había chupado, cómo la poseyó mirándola a los ojos, la hizo ponerse roja.
Albert, al verla, decidió ser caballeroso y galante ante Karen. Así que se acercó a su esposa, la agarró por la cintura y, tras darle un fugaz beso en los labios, la saludó:
—Buenos días, mi cielo.
Candy lo miró confusa, mientras Karen sonreía de felicidad y, encantada por lo que veía, susurró:
—Al final va a tener razón George cuando dice que estáis hechos el uno para el otro.
—¡Karen! —exclamó Candy al escucharla.
Horrorizada por lo que su hermana había dicho, cuando la realidad era totalmente distinta, intentó zafarse del brazo de él, pero Albert seguía sujetándola por la cintura y dijo:
—Esperemos que George no se equivoque.
Queriendo dejarlos solos, Karen se dirigió hacia la puerta y, antes de salir y cerrar, comentó con una pícara sonrisa:
—No tardéis en bajar. Jesse y yo partiremos hoy para Glasgow y me gustaría despedirme de vosotros.
Cuando la puerta se cerró, él la soltó y, alejándose de ella, preguntó:
—¿Has dormido bien?
—Sí.
—¿Estás bien tras lo de anoche?
La cara le comenzó a arder al entender a lo que se refería y, como pudo, respondió:
—Sí.
—¿Te encuentras dolorida?
Al ver sus mejillas encendidas y que ella dirigía la mirada hacia el techo, Albert, divertido, comentó:
—Comienzo a conocerte. Cuando algo te incomoda, miras el techo, ¿verdad?
Candy soltó una carcajada. Además de galante, observador. Lo miró y sonrió al verlo sonreír. Pero sin saber qué más decir, desvió la vista. No sabía si tenía que besarlo de nuevo o no.
¿Qué esperaba él tras lo ocurrido la noche anterior?
Albert, al entender su confusión tan parecida a la de él, se acercó a ella y, cogiéndole la mano, fue a hablar cuando alguien llamó a la puerta.
—Adelante —dijo él.
Iolanda apareció en el umbral y, mirando a Albert, anunció:
—Señor, acaba de llegar una misiva para usted.
Sorprendido, él asintió y, tras mirar a Candy, que le sonrió, se encaminó hacia la puerta y desapareció. Una vez se quedaron solas las dos, ella suspiró y, mirando a Iolanda, preguntó:
—¿Qué ocurre?
La joven contestó rápidamente:
—No lo sé.
Cuando Candy bajó al salón, Albert estaba hablando con Archie, Jesse y Jimmy. Candy esperó con paciencia junto a Karen, hasta que Albert, al volverse y verla se acercó a ella y le comunicó:
—He de partir inmediatamente.
Candy fue a decir algo, cuando Jesse, que se acercó tras él lo tranquilizó:
—No te preocupes, Albert, Candy nos acompañará a Glasgow.
Ella miró a Albert, que, al leer sus preguntas en su mirada, la cogió del brazo y, separándola del grupo para tener intimidad, le explicó:
—En la misiva me dicen que hay varios heridos en Dunrobin tras una cruel escaramuza y quizá uno de ellos pueda ser mi hermano Athony. He de partir y ver si está allí, por mi madre. Se lo debo a ella y, en cierto modo, a él. Acompañarás a Jesse a Glasgow y George, sus hijos y Iolanda irán contigo. Esperaréis allí a que yo regrese y después partiremos para Kildrummy.
Sin apartar la vista de la de él, Candy murmuró:
—Albert… recuerda que no tienes obligación de…
Poniéndole un dedo en los labios para que no continuara, contestó:
—Lo ocurrido esta noche ha sido maravilloso y, si tú quieres, anhelo repetirlo otra vez.
—Eres un descarado, Ardley —replicó ella sonriendo.
Albert sonrió y, acercándose, cuchicheó en su oído:
—Tengo una preciosa, aunque a veces torpe, maestra.
Candy soltó una carcajada que a él le llegó al corazón. Y tras mirarla unos instantes para recordar aquel gesto y aquella sonrisa que lo tenía hechizado, murmuró:
—Eres mi mujer y regresaré a buscarte.
Un escalofrío recorrió a Candy, que dejó de sonreír. Aquella separación tan inesperada no era lo que ella deseaba, pero no dispuesta a dejar ver su tristeza, convino:
—De acuerdo, Albert.
Con delicadeza, él le acarició la cara. Sin duda, aquella pequeña le estaba ocasionando un desconcierto total, pero aún no sabía por qué. Recomponiéndose tras aquella íntima charla, Albert se dio la vuelta y, acercándose a sus hombres, dijo:
—Vamos. Debemos partir.
Iolanda miró a Archie, que, sin acercarse a ella, antes de salir por la gran puerta le sonrió. El corazón de la joven aleteó, pero acercándose a Candy, que aún miraba a Albert, preguntó:
—¿Regresarán?
—Eso ha dicho Albert.
Junto a su hermana Karen y los que estaban en el salón, Candy se acercó hasta la puerta para despedirlos. No podía apartar su mirada de Albert. Hablaba con varios hombres mientras sujetaba las riendas de su caballo, que no paraba de moverse nervioso.
—Cuánto me ilusiona que vengas a Glasgow, hermanita. Allí podremos estar unos días juntas hasta que Albert regrese—comentó Karen.
Candy asintió, mientras su respiración se aceleraba por instantes. Albert se marchaba, se alejaba de ella y, sin responderle a su hermana, se acercó hasta donde él estaba. Cuando se dio la vuelta y chocó con ella, preguntó:
—¿Qué ocurre?
—No pensarás marcharte sin besarme —dijo ella.
El rostro de él se iluminó y, rodeándole la cintura con un brazo, la atrajo hacia él y, sobre su boca, murmuró:
—Eres una descarada, Candy Ardley.
—Tengo un estupendo y creído maestro.
Con cara de pilluelo, la alzó en sus brazos, acercó su boca a la de ella y la besó. Enloquecido por aquellas nuevas y bonitas sensaciones que Candy le hacía sentir, con descaro, la devoró ante todos, mientras sus guerreros Ardley los vitoreaban encantados.
Cuando finalizó aquel ardoroso beso, Albert, sin soltarla, esbozó una sonrisa y murmuró:
—He de partir, pero regresaré a buscarte.
Candy sonrió y él, con ella aún en brazos, la llevó hasta donde estaban Karen, Jesse, George y los demás y, tras soltarla, dijo, sin dejar de mirarla:
—Hasta mi vuelta… mi cielo.
Y dicho esto, tras mirar a George y Jesse y éstos asentir para que se marchara tranquilo, montó en su caballo y, tras dar la orden con la mano, salió del castillo de Caerlaverock sin percatarse de que Candy se llevaba la mano a la boca y le lanzaba un beso que nadie recogió.
CONTINUARA
