Disclaimer: El Universo Cinematográfico de Marvel Cómics no es de mi propiedad, tan solo me adjudico la creación de los personajes desconocidos y la alteración de la trama vista en las películas.
SUNSET
Capítulo 10:
No One Like You
Sus amistades se lo tomaron más o menos como había esperado, con una mezcla entre asombro y curiosidad. Existían ciertas especulaciones con respecto a quién sería el padre, pero en la mansión Xavier nadie tenía el valor suficiente para preguntárselo. Aurora intentaba transmitir, sin decir nada, que en alguna parte había un hombre del que ninguno de ellos sabía nada y que todo estaba bien.
—Qué sorpresa nos has dado, hermana. Nadie habría afirmado hace unos meses que Aurora María Stark tendría un bebé.
—Aún asimilo la noticia, en realidad. Este hermoso bebé crece a un ritmo increíble. Nacerá antes de darnos cuenta.
—Tiene todo el cariño del mundo. Estamos organizándole una fiesta maravillosa. Remy se ha dado la tarea de coordinar las bebidas, y como le teme a tus constantes cambios de humor, ha accedido a limitar el alcohol. Toda una hazaña, si consideras su nada secreta adicción al Macallan. Jubilee decora la mansión con artículos de fiesta, con todo un escuadrón de asistentes tras ella. En cuanto a nuestros invitados, se muestran felices. No todos ellos, obviamente. El asesino del trasero sensual está tan devastado como nuestro Robert. Resulta tremendamente incómodo cenar con ellos. Luchaban entre sí cuando te encontrabas con el hechicero atractivo, el de la manta carmesí que sabe jugar a las cartas. Supongo que se trataba de alguna clase de conducta machista, como los lobos al marcar su territorio mediante la orina. Logan debió calmarles un par de veces, y con calmarles me refiero a patearles el culo. Incluso el Capitán América debió intervenir, cuando Bobby realmente comenzó a tomarse las cosas en serio. Todo estuvo cubierto de hielo durante una semana.
Aurora frotó su rostro. Había estado en Nueva York muchas veces y conocía a muchas personas en la ciudad, pero echaba de menos los aspectos más familiares de su antigua existencia. Echaba de menos su habitación, en el segundo piso de la vieja mansión; echaba de menos el cariño de Esme, las tretas de Gambito y los consejos de Charles. La mansión, a diferencia del ático de la Quinta Avenida, tenía encanto, era ruidosa, y estaba llena de música y de voces.
—¿Ambos estuvieron luchando entre sí como dos cavernícolas?
—No les sirvió de mucho, obviamente. Tendrás un bebé de otro hombre—entonces Kitty le lanzó una mirada de indignación—. Tienes todo un harén de hombres sensuales luchando por ti, y no te interesa en lo más mínimo. Es realmente frustrante.
—No necesito un harén de hombres sensuales.
—Evidentemente, nada más necesitas a un hombre. A tu amado misterioso.
—No le necesito. Este bebé tiene una madre que actuará en su nombre todas las veces que resulten necesarias.
Rogue le acarició el vientre hinchado con las manos bien cubiertas.
—No estás sola. Estaremos a tu disposición para ayudarte en lo que necesites. No lo olvides.
Aurora le echó un vistazo a su hermana Esme.
—¿Dónde se ha metido mamá?
—Se ha marchado a no sé dónde con Visión.
—¿Se ha marchado con Vis? Es una idea realmente terrible. Vis aún necesita entender las conductas humanas más básicas; ha estado husmeando en los asuntos de los demás. Lleva la Gema de la Mente en su cabeza, como si un androide altamente avanzado no fuera suficiente incentivo para un maldito como Jason. Pueden atacarles, donde quiera que hayan ido.
—Nuestra madre puede manejar lo que sea. Al asumir su forma de diamante, nadie puede lastimarle. Sucede exactamente lo mismo con el androide hecho de vibranio. Nada más cálmate, Aurora. En nombre de tu bebé.
Iba a convertirse en madre. La idea misma era difícil de asimilar, como lo era también la extraña camaradería entre la Reina Blanca y su atento Visión. Todo en aquella situación era difícil de asimilar. Desde el momento mismo en que había determinado el embarazo, su mundo había sufrido un vuelco paradigmático. Pues debía tomar cada decisión teniendo en cuenta el bienestar de su hijo. Antes se estaba planteando la idea de trasladarse a Londres, mudarse con Ikaris a la enorme residencia de South Kensington y fiscalizar de vez en cuando las actividades en el Sanctum Sanctorum, pero el embarazo lo hacía inviable. Al menos durante el futuro más inmediato tendría que quedarse cerca de sus amistades, sabiendo que tanto el bebé como ella iban a necesitarlos.
—Realmente espero que tu amante misterioso se trate de un hombre increíblemente sensual. Con un trasero de ensueño y unos brazos bien definidos. De lo contrario, estaría seriamente decepcionada.
—Un hombre sensual. Nada menos, Aurora Stark.
Kitty estuvo de acuerdo con las afirmaciones de Jubilee. Estaban emocionadas, incapaces de centrarse en algo que no fuera la gran noticia. No podían soportar la idea de contenerla ni un momento más.
—Indudablemente lo es—entonces Aurora acarició su vientre hinchado. La necesidad de evitar que su bebé creciera con una excluida social como madre era como una monstruosa llamada de atención. Porque la soledad golpeaba como una bofetada en pleno rostro. Tener a alguien con quien charlar, o con quien ir a comer, resultaba invaluable—. Me alegro de haber vuelto. Siento como que puedo volver a respirar.
—Eso es bueno.
—Haremos lo que haga falta. ¿Tienes en este momento alguno de tus extraños antojos de embarazada?
—En realidad, desearía un poco de Explosión de Aurora.
Rogue inmediatamente se encontró caminando hacia la cocina.
—Aún no puedo creer que Ben & Jerry's creara tu propio sabor de helado.
—No es realmente una hazaña. Todos los miembros de los Vengadores tienen un sabor exclusivo de Ben & Jerry's. El mío nada más es un tradicional helado de crema cubierto con salsa de moras.
—Todos se convirtieron en celebridades de culto. A ningún ciudadano promedio parece interesarle la vigencia de los Acuerdos de Sokovia. Prefieren las actividades de los Vengadores en lugar de confiar en las autoridades de las Naciones Unidas. Nada más debes recordar a ese hombre vestido de araña, el recluta misterioso de Alemania: saltó sobre ti como si conociera a su enamoramiento de toda la vida.
—Se trata de un adolescente llamado Peter. Cayó sobre mí cuando luchaba contra el idiota de T'Challa. Ororo me autorizó a lanzarle un camión, entonces. Como en ese momento estaba embarazada, alguien más debía encargarse de su marido.
—Todos en este mundo vieron cómo enterraba la nariz en tus tetas. Robert estaba colérico, al verlo todo en un vídeo de YouTube. Yo no le recriminé nada, en cambio. Tus tetas se veían realmente increíbles en ese atuendo. Deberías utilizarle más a menudo.
—Uno de los tantos diseños de mi madre, en realidad. Ha creado muchos atuendos reveladores en estos años. ¿No has visto su traje blanco?
—Tiene bastante sentido. No solía imaginarte con un escote tan revelador. Pero realmente te favorece. Te favorece bastante.
—Lo tomaré como un cumplido.
—Definitivamente lo es. Has cambiado mucho desde la batalla de Alemania. Retomaste el color natural de tu cabello y te embarazaste de un misterioso hombre sensual. Nada más diferente de tu anterior vida.
—Muéstrate—entonces Aurora le echó un vistazo a su hermana Esme. No le daba miedo el bebé. Le daba miedo fallarle. Le daba miedo hacer algo que estropeara a esa criatura diminuta, perfecta e indefensa. En nombre de su bienestar asesinaría a los Celestiales, a las inútiles creaciones de Eternidad. Porque ella era la Fuerza Fénix, uno de los tres jueces de la Corte Cósmica y la manifestación de toda la energía psiónica del Multiverso—. Admite tu fuerza.
—Exactamente. Poder femenino en todo el sentido.
—Eres la heroína más poderosa. Todos en este mundo lo saben. Lo saben en todos los mundos.
—Me recuerda una cosa. Encontré todo esto en la base de datos de SWORD, la organización no tan secreta que pretende continuar las actividades de SHIELD— entonces Aurora les enseñó las fotografías que había reunido a través del brazalete en su muñeca—. Archivos de todos nosotros. De nuestras habilidades, de nuestras misiones hasta remontarse a la Crisis de los Misiles de Cuba. Deducciones basadas en testigos, pero aún así una amenaza contra nuestro anonimato. Además tienen vídeos de individuos que han demostrado capacidades sobrehumanas. Una humana llamada Carol lo comenzó todo, al caer en este mundo después de absorber la energía del Teseracto. Fue secuestrada por extraterrestres del Imperio Kree y usada como un arma durante su guerra con el Imperio Skrull.
—¿Una humana absolutamente normal?
—Extrañamente, sí.
—Debió morir. Un ser humano nunca habría sido capaz de contener tal cantidad de energía cósmica.
—Tienes toda la razón. Carol Danvers debió morir al entrar en contacto con el Teseracto. Cráneo Rojo, el fundador de HYDRA, fue modificado por una versión mucho menos elaborada del suero de Steve y aún así fue lanzado a los límites de la existencia celestial durante la Segunda Guerra Mundial.
—Qué manera más extraña de obtener poderes.
Jubilee examinó el vídeo de Carol Danvers.
—¿Qué importancia tiene?
—El incidente contribuyó al nacimiento de los Vengadores.
—Individuos con habilidades sobrehumanas han operado en este mundo durante miles de años. Los Vengadores nada más dieron a conocer públicamente sus actividades, durante la batalla de Nueva York.
—Exacto. No es nada realmente extraordinario. Amenazas mucho más grandes se encuentran en este mundo, ocultas en las sombras, e individuos como Carol Danvers no pueden enfrentarles, aún con todas sus habilidades.
—Necesitas calmarte, Aurora. Nadie lastimará a mi sobrino, mientras ambos se encuentren en el instituto. Cuidaremos de ustedes.
—No se trata de una absurda fabricación de mi cerebro. Se trata de su bienestar. De su futuro.
—Su futuro será extraordinario, contigo como su madre.
Esme le acarició el vientre hinchado, cuando el bebé dio una patada dura y resentida.
—Últimamente ha estado moviéndose mucho.
—Reconoce a sus hermosas tías, a diferencia de T'Chaka. Ororo no le ha traído desde la sublevación en Wakanda. Un verdadero crimen.
—Desde la revelación de T'Challa, ha cambiado la realidad en Wakanda. El príncipe debe permanecer en su país, junto con toda la familia real, porque las tribus necesitan sentir la unidad de sus gobernantes. Sobretodo tratándose del heredero directo al trono, un niño nacido de una diosa africana.
—Cierto. Ororo siempre ha sido adorada como una diosa en África; su hijo no será menos.
—Si resulta ser un mutante, porque todas las plantas de Hierba Corazón fueron destruidas por N'Jadaka.
—No exactamente. Restauré el jardín durante mi estancia en Wakanda, como una forma de enseñarle a Shuri. Desde entonces, Pantera Rosa me debe un favor.
—Debe resultarle doloroso.
—Shuri solía fastidiarme bastante, durante mi estancia en Wakanda. Incluso tuvimos una discusión sobre los sables de luz utilizados en la Guerra de las Galaxias. De acuerdo con ella, nunca podrán construirse porque su tecnología se basa en la ciencia ficción.
—¿Construiste un sable de luz funcional?
Varios, en realidad. Entre ellos el sable de Kylo Ren, con los tres emisores en la empuñadura, y un sable de doble hoja capaz de plegarse sobre sí mismo para convertirse en una sola arma.
—Desearía uno. Amarillo, obviamente.
—No sabes cómo utilizar un sable.
—Aprenderé.
—No se trata de un juguete. Es un arma capaz de cortar el vibranio limpiamente. Podrías cercenarte un brazo de un momento a otro.
—No utilizar un sable de luz completamente funcional es un crimen. Deberías darle uno al asesino del trasero sensual, ahora que ha recuperado su brazo.
—No creo que un sable de luz sea de su agrado. Prefiere el rifle de asalto de largo alcance.
—Le recibirá de todas formas.
La embarazada tomó un bocado, cuando Rogue regresó de la cocina con un envase de Explosión de Aurora.
—No merece recibir falsas esperanzas. Ha sufrido tanto como lo ha hecho nuestro Logan. ¿Se ha adaptado bien a la vida en el Instituto Xavier?
—Se ha convertido en el asistente de Remy, como también lo ha hecho el Capitán América. Le enseñan a luchar a nuestros estudiantes, a través de sus característicos estilos de combate. Sam se ha convertido en el maestro de vuelo, mientras que la Viuda Negra enseña infiltración en sus ratos libres. El profesor les ofreció quedarse indefinidamente, Aurora.
—Nos necesitan tanto como nosotros les necesitamos a ellos.
Kitty asintió de inmediato.
—Hemos estado monitoreando las actividades de Ross. El idiota ha reclutado criminales con habilidades sobrehumanas, con el fin de convertirles en una versión mucho más dócil de los Vengadores. Un error monumental. Nunca logrará controlarles del todo.
—No exactamente. Ha convertido el suero del Guardián Rojo en un instrumento de control mental. Seguramente su intención es convertir a su nuevo escuadrón de criminales en esclavos del gobierno de Estados Unidos. Colaborando con Jason, además.
Mente Maestra era uno de los criminales más viles del mundo. Implicado en contrabando, tráfico de mutantes y todo tipo de asesinatos; con secuaces esparcidos por todos los continentes. Coleccionaba tanto como inventaba nuevas atrocidades y su base de operaciones constituía un cubil de incomparable decadencia.
—¿Quién es el Guardián Rojo?
—Era la versión soviética de Steve: un individuo modificado a través de un suero creado durante la Guerra Fría. Era, además, amigo de Natasha. Murió recientemente, al enfrentar a un individuo conocido como Taskmaster en una de las instalaciones de la Habitación Roja. Ross se hizo con su sangre y ordenó no comunicarle la decisión a nadie. Jason le secundó porque esperaba utilizarle egoístamente, como lo ha hecho siempre.
—¿Ross colabora con el Círculo Interno? ¿Acaso lo sabe la Reina Blanca?
—Ella conoce todas las actividades del Círculo Interno. Les abandonó al enterarse de su embarazo pero nunca se mantuvo al margen de tal vida. Lo saben bien.
Aunque su madre era conocida como la Reina Blanca del Círculo Interno, no formaba parte de la organización desde su enfrentamiento con Jason. Actuaba de forma clandestina, con la fortuna que había obtenido de sus abuelos al ser nombrada heredera de todos los bienes de la familia Frost. Se había olvidado además de sus lamentables hermanos: la insidiosa Adrienne, el inestable Christian y la oscura Cordelia, al casarse de un momento a otro con el heredero de la familia Stark. Se habían conocido en el restaurante de un hotel de cinco estrellas y no habían tardado en casarse, pues Tony había quedado prendado de la exuberante Emma. Y aunque ella no lo admitiera, Aurora sabía que le había amado sinceramente, como también lo había hecho Tony.
—Jason es todo un degenerado. Intentó matarte cuando estabas en el vientre materno, y ahora intenta seducirte. No tiene vergüenza.
—Intentará acabar con mi bebé, como intentó matarme a mí. Sé que colabora con Ross para tener acceso a información clasificada de la CIA.
—¿Acaso ha establecido una alianza con Lorna?
Rogue desvió la mirada.
—Nunca en la vida. Una princesa mutante, hija del poderoso Magneto, nunca se aliaría con semejante gentuza.
—¿Han hablado los celos, estimada Rogue?
—¡Nunca!
—Nunca digas nunca. Nadie habría imaginado que Aurora tendría un bebé. Mírala ahora, tan grande como una ballena.
Aurora se detuvo antes de tomar un bocado de helado.
—¿Tanto he engordado?
—Con el ritmo de crecimiento de tu bebé, necesitas consumir más comida de lo normal.
Esme le acarició el vientre, mientras Jubilee discutía con Rogue.
—Estando Aurora embarazada, seguramente acabarás casada con Remy. Ahórranos el dramatismo y disfruta del buen sexo.
Aurora abrió los ojos de golpe y recorrió con la mirada el iluminado interior de la habitación.
Había dormido hasta tarde. Nunca dormía hasta tan tarde.
Al sentarse en la cama, la sábana le cayó sobre el vientre hinchado y el fresco aire le rozó la piel desnuda. Una alarma sonó en su cabeza cuando comprendió que se había saltado toda su rutina vespertina. No se había pasado el hilo dental, ni se había cepillado los dientes, ni se había duchado ni puesto el cómodo atuendo de maternidad. Llevaba un delicado camisón de seda carmesí que resaltaba sus hinchados senos, al más puro estilo de Emma.
—Buenos días.
Esme le cedió una taza de chocolate caliente.
—¿No deberías estar dando una clase?
—El profesor se ha encargado de ello.
—Son tus estudiantes. No deberías abandonarles de esa forma.
—Te has embarazado de un semental extraterrestre; en cualquier momento, darás a luz. Necesitamos monitorear tu evolución para evitarle un infarto a Hank.
—¿Hank atenderá el nacimiento de mi bebé?
—¿Quién más? Es el único individuo con conocimientos médicos que además es de confianza.
—¿Qué sucede con Stephen?
—¿Realmente deseas enseñarle tu vagina dilatada al Hechicero Supremo? Hank te conoce desde niña y no está secretamente enamorado de ti.
—¿Stephen? Solía acostarse con una doctora de Nueva York.
Esme entornó los ojos.
—De todas formas, no le enseñarás tu vagina al hechicero sensual. Todo se transformaría en una situación terriblemente incómoda. Hank atenderá el nacimiento de mi sobrino. Todos lo hemos acordado.
—Comunícate con él cuando todo comience. Le necesito conmigo.
—¿Ya no le odias?
—Nunca lo hice. Nada más dudaba de sus sentimientos, de su capacidad para olvidarse de sí mismo. Me demostró que, aún manteniendo un alto grado de soberbia, es capaz de enfocarse en la protección de este mundo.
—Visión me habló de los cuidados, de las noches en vela. No es mi intención fastidiarte, como lo hace Jubilee al mencionar los sentimientos de Thor, nada más intento decirte que actúa como un hombre enamorado. Ten cuidado, Aurora.
Llevaba toda la mañana sintiendo un ligero dolor en la parte baja de la espalda, y se llevó una mano a la zona para intentar calmarlo. Pensando que seguramente se debía al colchón y a la noche inquieta que había pasado, tomó un sorbo de chocolate caliente.
—¿Por qué todos los hombres terminan enamorándose de mí?
—No ha sido el primero en amarte y no será el último.
—Pues nada más desearía el amor de un hombre.
Aurora decidió que estaba siendo demasiado dramática, y al sentir de nuevo el dolor, se levantó y empezó a pasearse por la habitación mientras se frotaba la base de la espalda.
—¿Tanto amas a Ikaris?
—Nunca creí amar de tal forma. Podía mirarle durante horas, después de haber hecho el amor toda la noche.
—¿Toda la noche?
—No deseábamos detenernos nunca. Podía sentir todo en su mente, tan vívido como en un sueño. Éramos tan similares, Esme.
—¿Te habrías casado con él?
—Nos saltamos el matrimonio y aterrizamos directamente en la fase de los bebés. No creo que importe demasiado, ahora que ya nada existe entre nosotros.
—¿Qué sucedió exactamente? ¿Se marchó al conocer la noticia de tu embarazo?
—Le abandoné en Hawai, realmente.
—¿Le abandonaste en Hawai? ¿Estaban en la villa de nuestra madre cuando sucedió?
—En realidad, estaba dando una vuelta con Ikaris. Comencé a sentirme mal y regresé a la cabaña para vomitar. Uní todos los síntomas, cuando me encontraba arrodillada en el baño. Y como no deseaba ocultarle nada, mucho menos un asunto tan importante, le revelé todo cuando llegó a mi lado. Entonces Ikaris pensó, durante un momento, que debía abortar a nuestro bebé.
—Le abandonaste sin más.
Cruzó la habitación para acabarse el chocolate caliente, y se dio cuenta de que nunca le había dolido tanto, ni siquiera después de un día entero de entrenamiento en Themyscira. El dolor era constante y profundo, y empezó a estirarse y a encogerse una y otra vez. Se impacientó e intentó ignorarlo, pensar en palomitas y en té caliente, pero todo fue en vano.
Entonces tuvo la primera contracción.
No fue la ligera advertencia que mencionaban los libros, sino un dolor agudo y prolongado. Como la tomó desprevenida, no tuvo tiempo de emplear una técnica de respiración para soportarla, así que se tensó y luchó contra el dolor, y se desplomó contra los cojines cuando remitió.
Su frente se cubrió de sudor mientras intentaba convencerse de que era imposible que estuviera de parto. Era demasiado pronto. Seguramente se trataba de una falsa alarma, causada por los nervios y por la emoción que le producía el recuerdo de Ikaris.
—Me parece que no voy a poder cumplir con lo que acordaron—consiguió decir Aurora. Al ver el mismo terror que ella sentía reflejado en el rostro de Esme, intentó esbozar una sonrisa tranquilizadora—. El niño ha decidido adelantarse.
Esme le pasó la mano sobre el abdomen, y notó que se tensaba. Había estado leyendo los libros sobre parto y cuidado de bebés, y aunque en su momento se había dicho que sólo era para pasar el rato, algo muy dentro le había llevado a intentar entender por lo que estaba pasando. A lo mejor había sido el instinto lo que había hecho que asimilara los consejos, los detalles y las instrucciones, pero al verla sufriendo se olvidó de todo.
—Tranquila. Aguanta un poco, voy a llamar a Hank.
—Cada vez son más frecuentes, no queda mucho tiempo—susurró Aurora. Aunque se mordió los labios, no pudo evitar que se le escapara un sollozo—. No puedo perder a mi bebé.
—Al bebé no le va a pasar nada, y a ti tampoco. Grita todo lo que quieras, haz que el techo se venga abajo con tus alaridos.
—No voy a traerlo al mundo en medio de gritos—Aurora soltó un jadeo, y apretó con fuerza la mano de su hermana. Había llamado a todo el mundo a través de un frenético alarido mental—. No puedo…
Aurora se desconectó de todo, cuando Kurt arribó a la habitación y le cargó en sus brazos de forma frenética. Ni siquiera notó cuando le cambiaron el camisón y le acostaron en una de las camas esterilizadas de la enfermería.
Se estremeció con cada contracción que sacudió su cuerpo. El tiempo parecía ralentizarse mientras sufría, y acelerarse cuando descansaba. Hank iba de un lado para otro, colocándole bien las almohadas, secándole el rostro y arrodillándose a sus pies para comprobar el progreso del parto.
Jamás se habría imaginado que el parto podía ser tan duro para una mujer. Sabía que estaba exhausta, pero aun así conseguía superar el dolor una y otra vez, y parecía recargar las fuerzas de alguna forma en los breves momentos de respiro entre contracciones. El dolor parecía sacudirla de forma implacable con una dureza terrorífica, y con su propia bata empapada de sudor, Hank soltó un juramento en silencio mientras le animaba a que respirara, a que jadeara, a que se concentrara. Todas sus ambiciones, sus alegrías y sus penas se desvanecieron, y sólo existía aquella habitación, aquel momento y aquel bebé.
Aurora creyó que se iría debilitando con el cuerpo tan castigado por la nueva vida que luchaba por nacer, pero conforme fueron pasando los minutos, pareció llenarse de energía renovada. Con expresión fiera y valerosa, se echó hacia delante y se preparó para lo que estaba por llegar.
—¿Has pensado en un nombre?
—No realmente. Algunas noches, intentaba imaginarme su apariencia, y…
—Aguanta. Respira, hermanita, respira.
—No puedo, tengo que empujar.
—Aún no, aún no. Dentro de poco—desde su posición, Esme le acarició la cabellera. Utilizaba un atuendo esterilizado de color celeste, mientras que un gorro le ocultaba el corto cabello rubio—. Aurora, jadea.
—Necesito…
—¿Qué necesitas?
Ella intentó mantener la concentración, consciente de que si recordaba los momentos más bellos de su vida y sacaba fuerza de ellos, conseguiría salir adelante.
—Necesito a mi Ikaris.
—¡Oh! —sollozó Esme débilmente—. Ikaris no está.
En medio de unas sensaciones increíblemente violentas, oía cómo discutían sus amistades fuera de la habitación. Todos se encontraban allí; incluso Stephen, que aguardaba tímidamente en un rincón, con un osito en las manos.
—Necesito a Ikaris. No puedo aguantar mucho más.
—No está, hermanita. No está.
Aurora entonces sollozó en los brazos de Esme. Sus miradas volvieron a encontrarse, la de ella cargada de dolor, de desolación. Lo único que verdaderamente deseaba era la presencia de su hermoso Ikaris.
—¿Qué sucede?
Ella sintió de inmediato el abismal descenso de la temperatura. Bobby comenzó una discusión en el corredor, cuando la Reina Blanca apareció en las instalaciones subterráneas. Se había iniciado un verdadero enfrentamiento, porque rápidamente todos sus amigos se habían involucrado. Bobby, tan suave como una nube, realmente debía de haberse molestado. Había cuidado de ella durante el embarazo, y por ello había contemplado su tristeza de primera mano. Emma, a raíz de algún motivo, había despertado su furia.
Aurora entonces soltó un alarido. Las tres dimensiones se curvaban sobre sí mismas en nombre de la negrura del infinito, una distancia sólo mensurable por las miríadas de centelleantes estrellas que se precipitaban en la distancia. Extendiéndose hacia los límites. Hasta el mismísimo abismo.
—Aquí estoy, mi amor.
—¿Ikaris?
Allí estaba, tan hermoso como le recordaba. Utilizaba una camiseta de color azul oscuro mientras le sostenía la espalda para acercarle a él. Al notar el insistente movimiento de su hermana, Esme le soltó la mano y le permitió abrazar de lleno a su semental extraterrestre.
—Sigue con lo tuyo, Hank. Iré a ver como está Robert.
Abandonó la habitación de forma silenciosa, mientras Aurora se olvidaba de todo lo sucedido al rodearse de Ikaris.
—Lo siento tanto.
—Ya no… me interesa. Ya no.
—Veo la cabeza—dijo Hank con voz maravillada, al volver a mirarle—. Puedo verla. Empuja en la próxima.
Mareada, Aurora empujó con todas sus fuerzas, y al oír un largo y profundo gemido gutural, no se dio cuenta de que había salido de su propia boca. Ikaris le estrechó suavemente, y ella empezó a jadear de nuevo.
—Es tan pequeño…
—Aún tienes que empujar para que salgan los hombros—con la frente cubierta de sudor, Hank colocó la mano bajo la cabeza del niño y se inclinó hacia delante—. Venga, Aurora, vamos a verle de pies a cabeza.
Ella enterró la cabeza en los brazos de su amado, y entonces dio a luz. Por encima de su propia respiración jadeante, oyó el primer llanto del bebé.
—Es un niño—Hank sostuvo a la nueva vida que se retorcía en sus manos—. Un hermoso niño.
Aurora sonrió cuando el dolor fue olvidado al instante. Era tan hermoso. Pesaba tres kilos y medía cincuenta centímetros, y tenía además un poco de cabello castaño en la cabeza. No podía apartar los ojos de él.
—Un niño, un niño.
—Con unos buenos pulmones, cinco dedos en cada mano y cinco en cada pie —Ikaris le agarró de la mano, y se la apretó con fuerza. Aurora tenía la piel casi traslúcida a causa de la fatiga, y sus ojos resplandecían con un brillo triunfal—. Es perfecto.
Con los dedos entrelazados, sonrieron mientras la habitación se llenaba con el ensordecedor llanto del recién nacido.
Aurora no podía descansar. Era incapaz de cerrar los ojos. El niño, que apenas tenía unas horas de vida, estaba acurrucado en sus brazos, y aunque estaba durmiendo, trazó su rostro diminuto con un dedo.
—No desaparecerá.
Ella levantó la mirada hacia la puerta y sonrió.
—Ya lo sé—extendió la mano hacia Ikaris para indicarle que se acercara, y cuando él se sentó en el borde de la cama, le enseñó el rostro de su bebé—. Sé que debes de estar muy cansado, pero me gustaría que te quedaras un rato.
—Tú has hecho todo el trabajo.
—Eso no es verdad. No lo habría conseguido sin ti.
—Claro que sí, yo sólo te he dado ánimos.
—No—Aurora tomó asiento en la cama, procurando no molestar a su bebé—. Eres tan responsable por esta nueva vida como yo. Sé lo que dijiste sobre lo de poner tu nombre en la partida de nacimiento y sobre lo de casarte conmigo, pero quiero que sepas que es mucho más que eso.
—¿De verdad?
—Claro que sí—Aurora le puso al niño en los brazos, en un gesto más elocuente que las palabras—. Tenemos un hijo juntos.
El bebé siguió durmiendo tranquilamente, acurrucado entre ellos.
Sin saber qué decir, Ikaris sostuvo una mano diminuta y le vio cerrarse alrededor de uno de sus dedos.
—¿No tiene hambre?
—Cuando la tenga nos lo hará saber.
—¿Qué me dices del nombre?
—Su nombre es Iker—Aurora acarició el suave cabello del bebé, al notar el mechón blanco en su frente—. Pues no tiene ni un día de nacido y ya se parece a ti. Nada más mírale.
Aurora no había tardado en enamorarse, si bien fue un proceso paulatino, una caída sin golpes ni arañazos. En su opinión, había sido como deslizarse lentamente por un túnel forrado con seda para llegar a unos brazos que la aguardaban.
Le había enviado rosas blancas y habían cenado en diversos restaurantes iluminados por la parpadeante luz de las velas. Habían sostenido conversaciones interminables sobre arte y literatura e intercambiado en silencio miradas que expresaban mucho más que mil palabras. Habían paseado por el jardín a la luz de la luna y realizado largos recorridos en coche siguiendo la costa.
Ikaris le besó suavemente.
—Sé lo que quiero.
—Yo también.
Tal como Aurora sabía que ocurriría, Ikaris le sostuvo una mano con delicadeza. Su rostro era tan apuesto en medio de esa luz delicada y onírica que se le encogió el corazón cuando sacó del bolsillo una cajita de terciopelo negro y la abrió.
—¿Te casarías conmigo, Aurora?
Ella examinó el hermoso anillo de oro blanco con diminutas cuncitas enmarcando una enorme cuncita cortada en forma de lágrima.
—Claro que sí.
Aurora sonrió cuando Ikaris le colocó el anillo en el dedo anular. Iker bostezó de una manera absolutamente adorable antes de alcanzar la camiseta de su padre y mantenerle allí, a su lado. Sabía que podía considerarse afortunada de estar tan segura de sus sentimientos, de su futuro y del hombre con quien los compartiría.
—Deberías descansar.
—También tú.
Ikaris besó la mano del risueño bebé. Les amaba sobre todas las cosas, y por ello Aurora se había olvidado de todo lo que había sucedido en Hawai. Resultaba extremadamente seductor apuntarle con el dedo y culparle de todo, pero ella también debía admitir que tenía algo de culpa. No le había dado tiempo de explicarse porque se había marchado antes de ello.
—No le agrado a tus amigos.
—Quédate conmigo entonces.
—Acabas de dar a luz. Necesitas reunir fuerzas.
—Esta cama es lo suficientemente grande—Aurora sonrió cuando el cinturón de Ikaris salió volando. Como tenía en brazos a un hermoso bebé, debía utilizar sus habilidades telekinésicas sin recurrir a sus manos, lo cual no representaba ningún desafío—. Los tres podemos compartirla.
Ikaris le envió un vistazo realmente sensual antes de desabrocharse los pantalones y quitarse los zapatos. Nada más en bóxers, se metió en la cama y le estrechó contra su pecho.
—Te amo, como nunca he amado a nadie. Porque no existe nadie como tú.
Aurora le besó suavemente, ese instante único y deslumbrador de su vida.
—Yo también. Yo también.
Lucy: Te lo agradezco mucho, Lucy.
