Disclaimmer: Hey Arnold no me pertenece...
Gracias Nimia, por escribir, qué bueno que te ha surgido la intriga, espero que disfrutes el capítulo de hoy. Es un recuerdo de Miriam. XD Espero poder leer tu opinión al respecto. ¡Saludos!
Los rayos de sol se colaban por su ventana abierta, y la corriente de aire mecía en un vaivén sus cortinajes de flores violetas. La habitación tenía todo lo que los aposentos comunes de una adolescente, tendría… pósters de sus grupos musicales favoritos, un tocador y un baúl blanco al pie de cama que hacía de veces de taburete cuando la dueña del cuarto quería escribir en su diario.
La voz de su madre llamándola hizo eco en toda la planta baja.
-¡Miriam! ¡El desayuno está listo!- la rubia de cabello lacio se removió debajo de sus cobijas. No quería abandonar la comodidad de su cama ni la calidez que le proporcionaba, hasta que escuchó a su madre recordarle que ese era su primer día en la escuela técnica.
Se levantó emocionada.
Su primer día como estudiante de cosmetología. ¡Eso sería maravilloso!
Tenía la sonrisa más grande que alguien hubiera visto en el rostro de Miriam Soucie…
Se duchó, y esmeró en su arreglo personal. Con su nuevo vestido a cuadros y su gabardina para las lluvias de principios de otoño, bajó las escaleras de su casa sin dejar que la enorme sonrisa desapareciera.
-¡Cuidado Mirra! Si sonríes más, te quedarás así- se burló su hermano mayor. Dimitri Soucie, llamado por familia y amigos 'Didi' de forma cariñosa, apodó a su hermana a los seis años, cuando les explicaban la historia de los tres reyes magos y una inocente Miriam preguntó lo que era la mirra, "Nadie lo sabe" les respondió su padre, "Como tú" agregó Didi, que solía decir que Miriam no se veía como una niña o como un niño, era más bien un algo. El sobrenombre se le había quedado, y su padre y hermano la llamaban así en público, generándole mucha vergüenza.
-Mi nombre es Miriam, no Mirra- protestó, aunque sabía que sería en vano, llevaba diciéndole esa misma frase cada día desde que tenían seis y tres años.
-Ni se les ocurra empezar el día con una pelea- le riñó su madre desde la cocina, a lo que ambos rubios se enseñaron la lengua y dándose la espalda, se dirigieron a sus destinos, ella a la cocina y él al baño. Era tarea de Miriam servir el desayuno, algo así como una mecánica tácita que llevaba realizando desde hace una década… su madre cocinaba el desayuno, Didi ponía la mesa y ella servía. Miriam decoraba los platos divinamente, si tan solo pudiera cocinar tan bien como decoraba.
Su padre se iba a trabajar en la fábrica de telas desde muy temprano.
Desayunó los waffles que había preparado su madre y terminando, tomó sus cosas y salió con rumbo al primer día del resto de su vida.
Sólo que… la escuela técnica no fue como se lo imaginaba…
Al llegar, se sintió un poco abrumada, no era para nada como su preparatoria cerca de casa. Ahí, todos se aglomeraban y el bullicio de las múltiples conversaciones que tenían lugar era opresor.
Intentó mimetizarse con la multitud, pero eran tantos alumnos, que el mismo mar de gente terminó por empujarla al suelo, tirando consigo a la chica a su derecha.
-¡Fíjate por dónde caminas maldita miope!- le gritó una joven de cabello oscuro y ojos pardos con el rostro en forma de corazón. Miriam sintió ganas de llorar cuando se dio cuenta de que sus medias se habían roto y que tenía sendas raspadas en ambas rodillas y en las palmas de sus manos -¡Te estoy hablando! A parte de ciega, sorda- le volvió a increpar la chica a la que tiró por accidente, que ya se había puesto de pie y le miraba desde el largo de su estatura –No sé por qué pierdo mi tiempo contigo- se quejó bufando y con su bolso de tira cruzada se volteó y se marchó, dejándola detrás, sintiéndose miserable. Había arruinado su ropa nueva, esa que con tanto sacrificio le compró su mamá, esas medias que le obsequió diciéndole que la harían ver como toda una mujercita. Y sin poder evitarlo, una lágrima rodó por su mejilla… todo le salía mal, siempre le salía mal.
-Oye, ¿Piensas quedarte en el suelo todo el día?- la hosca voz provenía de un chico que la miraba con el ceño fruncido. Miriam parpadeó confundida, al observar su alrededor terminó dándose cuenta de que la multitud había desaparecido y sólo quedaban muy pocos rezagados, como el chico que la miraba como si lo hubiera ofendido gravemente.
-Lo-lo siento- no sabía por qué se disculpaba con ese extraño, pero intentó apresurarse en ponerse de pie. La avergonzó el insistente escrutinio bajo el cual la sometió el individuo, hasta que, con el mismo tono de brusquedad con el que le habló anteriormente, se dirigió a ella de nuevo.
-Sígueme. Vamos a la enfermería- y como si lo estuvieran obligando a hacerlo, entró a la escuela con la rubia trotando tras él para alcanzarle.
-Soy Miriam. Miriam Soucie… ¿Cómo te llamas?- una vez estando sentada en la enfermería, siendo atendida por la encargada, creyó que el chico se iría, pero había permanecido en silencio recargado contra una pared, el ceño profundamente fruncido y los brazos cruzados, su pose parecía gritar que preferiría estar en cualquier otro sitio antes que aquel, por eso a la rubia le sorprendió cuando se ofreció a acompañarla a su salón una vez que la enfermera terminó de curarle , aunque eso de ofrecerse era un eufemismo, porque le había dicho secamente que le dijera a dónde se dirigía y sin decirle otra cosa tomó su bolso escolar y se encaminó a donde ella le había indicado.
-Bob Pataki- respondió luego de unos segundos de silencio, parecía que le hubiese costado soltarle su nombre, y añadió un gruñido molesto al final. "¿Qué clase de persona gruñe así?" se preguntó a sí misma Miriam. Al llegar al aula, Bob le dio su bolso y se giró para irse, deteniéndose unos pasos después para decirle, de nuevo en tono de orden –No vuelvas a llorar- sin girarse a verla, siguió su camino, dejando a una rubia muy confundida detrás.
Y su día sólo empeoró. Resultó que la chica de cabello oscuro era Penélope Sanders, la prometida de Rex Smythe-Higgins II, y en sus propias palabras, ahora se dedicaría a hacerle la vida imposible en la escuela.
Desanimada por su traspié en el inicio de sus estudios como cosmetóloga, salió de la escuela técnica con la cabeza gacha y los hombros caídos… Su ánimo no era para nada el mismo que esa mañana, y sentía cierta aprehensión que al llegar a casa su madre se diera cuenta.
-¡Oye tú!- gritó alguien a sus espaldas. Miriam, distraída como iba, se detuvo a mitad de la calle que cruzaba y se giró a ver quién le hablaba, sin darse cuenta que venía el autobús escolar. Sólo sintió un tirón y terminó en el suelo sobre el cuerpo de quien la había llamado -¡¿De qué te sirven los anteojos?!- al reaccionar, se dio cuenta que el malhumorado chico de la mañana era quien evitó que fuera golpeada por un vehículo y de paso, amortiguó su caída. Se puso de pie lo más rápido que pudo y le extendió la mano, ofreciéndole ayuda para que él se pusiera de pie. El castaño aventó su brazo y se paró solo, refunfuñando por lo bajo.
-Pareces un viejo amargado- cuando se dio cuenta que en lugar de pensarlo lo dijo en voz alta, se cubrió la boca con ambas manos.
-Bueno… tú cruzaste la calle sin ver a ambos lados antes- le respondió con ese tono hosco que parecía ser normal cuando se dirigía a ella.
-Sí… gracias- tímidamente desvió su mirada, apenada por haber sido impertinente con la persona que de cierta forma le había evitado un accidente muy grave –por cierto, soy Miriam Soucie- se presentó con él, una vez más, al darse cuenta que al llamarla sólo le dijo 'tú'.
-Sé quién eres, niña llorona- la rubia hizo un puchero ante la manera en la que se refirió a ella.
-Entonces dime Miriam, y no 'Oye, tú' o 'niña llorona'- ¿Era tan difícil para los demás decir su nombre?
-Bien- y se encogió de hombros. Tomó el bolso de la chica, justo como hizo en la mañana, y se lo echó al hombro, comenzando a caminar – ¿Vienes o qué?- le preguntó dejándole ver sólo su perfil, y sin detenerse en ningún momento. Miriam reaccionó y como si estuviera viviendo un deja vu, trotó para alcanzarlo. Pareciéndole ridícula la situación, ¿Para qué le preguntaba si iría con él? Obviamente tendría que seguirlo, había tomado su bolso. Y si estaba fastidiado por su presencia, ¿Por qué la buscaba e insistía en pasar tiempo con ella?
-Entonces… Bob… ¿Qué estudias en la escuela técnica?- terminaron entrando en una fuente de sodas frente al parque cerca de su casa. No sabía si era la intención original del chico ir a ese sitio o había sido una decisión espontánea cuando ella comentó el calor que estaba haciendo ese día.
-Electricidad- y no pareció tener ganas de añadir otra cosa.
-Vaya… parece una carrera muy interesante, ¿También fue hoy tu primer día?- y el castaño volvió a gruñir.
-Estoy en último año- eso sorprendió a Miriam, no pensó en que el chico fuera mayor, en realidad, no había pensado en él, ni siquiera le puso atención en los dos encuentros que tuvieron ese día.
-Eres mayor que yo tres años- comentó por decir algo, pero Bob no le respondió nada.
Terminaron sus sodas con helados flotantes en silencio. Extrañamente, Miriam se sentía menos decaída, y creía que podía llegar a casa sin preocupar a su madre. Como si le hubiera leído el pensamiento, el chico se puso de pie, pagó y salió del establecimiento, seguido por la rubia.
-Te llevo a casa- fue todo lo que le dijo. Cuando llegaron a la esquina, la rubia vio el auto convertible estacionado afuera de la casa de su familia y se frenó en seco.
-Ah, gracias por acompañarme- y le arrebató su bolso, alejándose corriendo mientras ondeaba el brazo en el aire, despidiéndose del extraño castaño de ceño fruncido que se había quedado inmóvil -¡Nos vemos mañana!- y giró el rostro para concentrarse en su camino. En cuestión de segundos estaba enfrente del automóvil, el cristal de la ventana del conductor descendió, revelando a un joven pelinegro con lentes oscuros y atractiva sonrisa, que la miró bajando un poco los anteojos de sol.
-Hola, Soucie- y la sonrisa de lado que le dedicó le flaqueó las piernas –estaré una semana en la ciudad, pensé en divertirnos juntos… pero has tardado, ¿Pasó algo? Tus medias están rotas- Miriam se sorprendió al darse cuenta que lo había olvidado.
-¡Saldré en unos minutos! Sólo tengo que asearme, ¿está bien, Jesús?- y el aludido le guiñó un ojo.
-No demores, primor. Estoy ansioso por estar contigo- Miriam saltó emocionada un par de veces y se apresuró a entrar en su casa, le costó tragarse el chillido que había intentado salir de su garganta y corrió a su baño para adecentar un poco su aspecto. Jesús Franco Mota de Larrea era el unigénito del dueño de la fábrica donde trabajaba su padre. Era dueño de más fábricas, claro. Un hombre con mucho dinero. Y conoció a Jesús en una de las actividades familiares que solía organizar la fábrica. Para ella, fue amor a primera vista. Y cuando él se acercó a hablarle, para Miriam no hubo vuelta atrás. Vivía por y para él. Llevaban un par de años juntos, pero él le insistió que permaneciera en secreto. Le dijo que no quería que fuera absorbida por su mundo y corrompida o mortificada… pero pudo no haberle dado ninguna razón, porque Miriam lo habría hecho de todas formas.
Ese día la llevó a un mirador. Siempre la llevaba a un sitio diferente. Siempre la sorprendía con un gesto romántico.
Aquella noche, a la rubia le resultó especialmente difícil detener los besos y las caricias antes de que dejaran de ser sólo eso. Miriam estaba enamorada, y claro que quería hacer el amor con Jesús, ya tenía 19 años, era la única en su grupo de amigas que continuaba sin haber experimentado lo que era el acto amatorio.
La semana que su novio estuvo en Hillwood fue casi surreal. Todas las mañanas, desayunaba envuelta en la cómoda rutina de su hogar, y al salir veía a Bob Pataki plantado en la acera de su casa, tomaba su bolso sin decir nada y caminaba hacia la escuela técnica. La dejaba frente a su aula, entregándole el bolso y se perdía en el pasillo sin intercambiar más palabras. Descubrió que era un chico irascible y callado, y seguía sin entender por qué esperaba puntual afuera de su salón a la hora en que terminaban sus clases para volver a quitarle el bolso y caminar hasta la esquina de su casa, donde Miriam lo detuvo el primer día, darle el bolso y girarse sin despedirse. Durante las clases, Penélope Sanders cumplía fielmente a su palabra de hacerle la vida imposible. Pero ver el auto convertible de Jesús aparcado fuera de su casa y pasar toda la tarde con él, lo compensaba.
El día en que se iría para iniciar sus estudios en la universidad, ahora que lo pensaba él nunca le dijo en qué universidad había ingresado, el pelinegro le llevó el ramo de flores más grande que nunca antes la rubia hubiese visto.
Le abrió la puerta para subir al auto, y volvieron a visitar el mirador.
El corazón de Miriam martillaba en sus oídos. El joven Mota hablaba con un tono aterciopelado que le daba escalofríos, y le hacía sentir que algo más estaba por suceder.
-Estás inusualmente callada, Soucie- le dijo finalmente el pelinegro. Estaban sentados sobre una manta bajo la copa de un frondoso árbol, cuyo tronco creaba una especie de cuchilla con el auto de Jesús que ocultaba de ojos curiosos a la pareja. El atardecer se sucedía tras ellos, mientras él tomaba delicadamente un mechón de su cabello corto y lo colocaba tras su oreja, rozando deliberadamente la línea de su cuello antes de alejar su mano.
-Quizás es porque me entristece saber que te irás- y en parte era cierto. Un dolor sordo había empezado a consumirla a medida que se acercaba la fecha de su partida.
-Entonces… dame algo para recordarte- respondió con voz grave y terminó de unir sus labios como tantas otras veces había hecho. Miriam sintió ese beso tan distinto. Le supo a un amargo adiós, pero también a un dulce placer que ella se moría por obtener de él.
Pronto, ninguno de los dos pudo dejar sus manos quietas. Miriam acariciaba la espalda de su novio mientras él acariciaba con sus dedos su mejilla y deslizaba su otra mano de forma ascendente, desde su rodilla hasta llegar a sus muslos, por debajo de su falda. La rubia tuvo un momento de lucidez en el que quiso detener todo, pero tener al pelinegro susurrándole al oído cuánto la deseaba, cuánto la quería, cuánto la amaba… terminó por fulminar ese único rayo de sentido común que había iluminado su mente.
No se dio cuenta en qué momento le quitó la camisa al chico. Cuando él le bajó las medias hasta los tobillos lo recordaba con dolorosa claridad.
Les faltó tiempo para recorrerse, les faltaban manos para abarcarse, y les hicieron falta labios para besarse. Miriam temblaba bajo el tacto de Jesús. Los músculos del chico se contraían ahí donde ella lo sentía.
Su blusa no tardó en desaparecer de la ecuación, sentía la piel ardiéndole, así que no le importó, la fría brisa del anochecer era un alivio para la incandescencia que albergaba dentro de sí.
Titubeante, el joven Mota rodeó sus pechos, dejando de besarla para mirarla interrogante, como pidiendo un mudo permiso de hacer a placer. Completamente roja, sólo bastó que la rubia asintiera para que volvieran a crear esa burbuja de pasión en la que habían estado sumidos. Raudo, Jesús pasó de darle atenciones con sus manos a utilizar su lengua y dientes para dibujar y desdibujar sus pechos, sobre la tela del sostén. Miriam no podía hilar un solo pensamiento coherente, y terminó quitándose la prenda interior ella misma. Sólo quería sentirlo… a él… piel contra piel.
Jesús lamió su cuello mientras ella se aferraba a su espalda y no dejaba de soltar suspiros de placer mientras se dejaba hacer, tendida sobre la manta. Su última barrera de ropa interior le hizo compañía al sostén. Su falda estaba enrollada en su cintura. Jesús se alejó de su cuerpo unos segundos para terminar de quitarse el pantalón y su propia prenda interior.
No hubo vuelta atrás después de eso. Esa noche, en aquel mirador, Miriam y Jesús Franco hicieron el amor.
Al día siguiente, era domingo. Y parecía una mañana tan común como tantas otras antes de esa. Miriam no dejaba de verse en el espejo. Se veía exactamente igual. Pero no se sentía así. Había dejado de ser virgen. El pensamiento la hizo enrojecer.
¿Cómo era posible que todo lo demás fuera igual? ¿Cómo era posible que ella se viera igual?
Su madre le habló para desayunar. Su hermano la incordió llamándola Mirra. Su padre, que al ser domingo su único día libre, leía el periódico a la mesa desayunando junto a su esposa e hijos, seguía igual de serio y taciturno.
Algo sí que fue diferente.
No era normal que mientras Miriam lavara los platos del desayuno en la cocina, tocaran a la puerta de la casa Soucie. Los domingos no se recibían visitas, porque la señora Soucie dejó muy claro que los domingos eran para ir a la iglesia.
Su padre le pidió que abriera.
La rubia casi se fue de espaldas cuando encontró a Bob, con una camisa y pantalón de vestir, luciendo como cualquier otro chico de su congregación lucía los domingos. Excepto por su eterno ceño fruncido.
-¿Qué haces aquí? Los domingos no podemos recibir visitas, vamos a la iglesia- y se puso más nerviosa al escuchar pasos tras ella, acercándose a la puerta.
-¿Quién es, Mirra?- preguntó su hermano, provocándole que una gota de sudor frío le recorriera la espalda -¿Es tu amigo?- le preguntó al ver al castaño, que lucía una expresión de profundo fastidio.
-Es Bob Pataki- respondió ella, como si eso explicara todo. Por la expresión de Didi, supo que no explicaba nada –Es un compañero de la escuela técnica- Dimitri ya estaba vestido para la misa, probablemente su padre estuviera terminando su arreglo personal, y su madre estuviera por salir de la ducha. Ella ni siquiera había empezado a alistarse y al ver la hora en el reloj de pared de la sala, sintió angustia de ser responsable de retrasar a su familia -¿Quieres ir con nosotros a la iglesia?- Bob la miró con el ceño aún más fruncido, y Miriam pensó "Qué rayos, lo tomaré como un sí" jalándolo de la muñeca para que terminara de entrar y cerrando la puerta.
-Mirra, ¿Avisaste que un amigo tuyo nos acompañaría?- Didi disfrutaba mucho de molestarla, y no dejaría pasar la oportunidad.
-¿Qué? Ah… no… ahora mismo les digo- y pidiéndole a Bob que esperara en la sala, subió al baño de la segunda planta, para avisarle a su madre -¡Mamá! Ha llegado un amigo, quiere ir con nosotros a la iglesia- la amortiguada voz de su madre le llegó con una respuesta confusa -¡Me lo tomaré como un sí!- le gritó antes de apresurarse a su habitación y tomar todo lo necesario para bañarse y vestirse. Luego como un bólido, bajó a la planta baja para usar el baño que ahí estaba disponible, pasando en su carrera por la estancia desde donde escuchó a su hermano contándole a Bob de la vez en que ella se había caído en el charco de lodo de los cerdos en la granja de su tía por intentar cruzarlo en triciclo. Sopeso la posibilidad de regresar a callar a Dimitri, pero realmente se le había hecho tarde, así que no le dio más importancia.
Aquel fue el preciso momento en que Miriam dejó atrás los recuerdos de la noche anterior.
Fue la misa más extraña en la que había estado, no precisamente por el sermón del padre, era más bien que su madre estuvo todo el tiempo girando la cabeza de un lado a otro para dedicar amables sonrisas a todos los feligreses que se giraban a mirar sorprendidos a la familia Soucie, que por años había acudido con sus cuatro miembros a esa capilla y ahora era acompañada por un joven muy enojado y callado como tumba. Sumándose a ese hecho, su padre no dejaba de fulminar con la mirada a Bob, que no se daba por aludido, y Didi tenía problemas con disimular su ataque de risa al ver la vena en la sien de su padre crecer y crecer.
No importó cuántas veces le dijo la rubia que Bob era sólo un amigo, el señor Soucie no le creyó.
Y si se le había cruzado la idea a Miriam por la cabeza de que terminando la reunión, Bob se iría a casa, estuvo muy equivocada. El chico siguió a la familia Soucie de regreso a la calle Álamos, y como si lo hubieran invitado, se quedó con ellos a comer… y después a cenar. Se fue hasta que el señor Soucie no lo soportó más y terminó por echarlo.
Miriam salió con él a la acera a despedirlo, sintiéndose más confundida de lo que nunca antes había estado.
-La iglesia me gustó- habló Bob, una vez estuvieron solos –también tu familia- la rubia lo miró sorprendida, ¿Qué significaba eso? –Nos vemos mañana- y se alejó calle abajo como si nada extraordinario hubiese sucedido ese día.
Al final del primer mes de clases, Miriam tenía una migraña.
Bob iba por ella a su casa y la acompañaba de regreso de la escuela todos los días, las últimas ocasiones, su madre lo invitaba a merendar con ellos, luego los fines de semana, volvía a aparecer en su pórtico. Los sábados esperaba sentado en un escalón a que la rubia saliera y con un movimiento de cabeza le indicaba que lo siguiera, solían ir a la heladería o a la fuente de sodas, pero a veces, y sin explicación, Bob la llevaba al muelle y se sentaba en silencio a contemplar el mar. No hablaba mucho, sólo lo necesario y a veces ni siquiera eso, pero Miriam se acostumbró rápido a eso y no le molestaba, su compañía era agradable y ella podía hablar y hablar sobre sus planes a futuro y sobre cuánto detestaba a Penélope Sanders, y anécdotas sobre sus amistades, evitando deliberadamente mencionar a Jesús, después de todo, era un secreto ¿no?
Pero el estoicismo de su nuevo amigo no era la causa de su migraña, era su padre, que desde que Bob los visitaba y se les pegaba los domingos para ir con ellos a la iglesia y quedarse todo el día en casa con los Soucie, se le metió en la cabeza que era su novio.
Nadie lo convenció de lo contrario.
Iniciando el segundo mes de clases, le llegó una carta de su novio. Estaba tan emocionada que entró corriendo a casa y se encerró en su habitación. Le contaba cómo fue que pasó su primer mes de clases universitarias, le contó que estaba matriculado en la licenciatura de administración de empresas a petición de su padre, y que el campus era enorme. Le dijo que no tenía que vivir en los dormitorios de la escuela porque le habían regalado un departamento en la ciudad y que con su convertible llegaba fácilmente a la universidad. Miriam bajó la carta desanimada. Jesús omitía escribir el nombre de su universidad o la ciudad en la que se hallaba… eso le parecía muy extraño.
Intentó recuperar sus ánimos y responderle. Se preguntó si debería hablarle sobre Bob… pero decidió que lo mejor sería que no.
Llevó su carta con mucho cuidado a la oficina de correos aquel fin de semana. El castaño no se le separó ni un momento, con brazos cruzados y gesto adusto.
-Creo que a tu novio no le gusta acompañarte pequeña- el señor de la oficina de correos parecía divertido al señalar ese hecho, Bob a su lado frunció más el entrecejo.
-No es mi novio- respondió ella afable y al terminar sus pendientes, salieron de las oficinas y pusieron marcha a la fuente de sodas.
-¿Por qué no lo soy?- la pregunta la tomó desprevenida. Habían andado un par de calles en silencio y la rubia no entendió lo que su amigo decía.
-¿Qué es lo que no eres?- y él se detuvo, girándose a verla, con un brillo de determinación en la mirada.
-Tu novio- Miriam casi se atraganta con su propia saliva, comenzó a toser, y sólo podía pensar en que su madre, si la viera, la reprendería por su comportamiento impropio para una dama –Oye ¿Estás bien?- esa fue la primera vez que lo escuchó preocupado y que en su rostro, en lugar de un ceño fruncido había un gesto intranquilo.
-Sí… eeh… no fue nada- y se enderezó, completamente roja, ¿A qué venía su pregunta? ¿Sería posible que ella le gustara? Lo escuchó gruñir y se golpeó mentalmente, claro que ella no le gustaba, cómo podría gustarle. Y antes de que pudiera responder su pregunta, Bob ya caminaba hacia la fuente de sodas, la conversación previa a su ataque de tos, olvidada.
Si pena ni gloria, otro mes terminó. Ese día era Halloween. En su familia no lo celebraban, por lo que ella iba con ropa normal, acompañando a la versión bizarra de Frankenstein de Bob Pataki. Pidieron dulces toda la noche, ella sólo caminando a su lado, sin quejarse de que fueran un poco grandes para eso. Su nariz parecía haber desarrollado súper poderes, podía percibirlos todos y diferenciarlos.
Cuando finalmente volvieron a la casa de los Soucie, Miriam se dejó caer en el sillón de la sala. No se sentía bien, tantos olores en la calle le habían terminado por revolverle el estómago. Bob se sentó en el suelo, debajo del sillón de la sala, a lado de ella. Sin mediar palabra, rebuscó en su saco, y sacando un paquete, se lo tendió a la chica.
-Come- se limitó a decir. Miriam tomó lo que le ofrecía y al abrirlo se encontró mullidos dulces blancos con forma de pequeños cilindros.
-¿Bombones?- no se esperaba que le diera precisamente un paquete de esos, sus favoritos eran los chocolates con menta, y el castaño lo sabía.
-Quitan las náuseas- sorprendida de que supiera cómo estaba sintiéndose, se llevó uno a la boca. Normalmente le parecían demasiado empalagosos, pero en esa ocasión eso no lo molestaba.
Cuando llegaba mediados de noviembre, otra carta de Jesús apareció en el buzón de los Soucie, y aunque le había hecho mucha ilusión, pronto descubrió que sólo traía malas noticias. Al parecer, durante las vacaciones de invierno, viajaría a Aspen, Colorado para esquiar con su familia y no podría visitarla. Aquello deprimió las siguientes semanas a Miriam.
-Hija, estás subiendo de peso. Es extraño tomando en cuenta el bicho que has pescado porque te he escuchado vomitando en las mañanas- comentó la señora Soucie, el domingo previo al inicio de las vacaciones de invierno, en presencia de Didi y Bob.
Ese comentario sólo deprimió más a la rubia. El colmo era que la próxima vez que viera a Jesús fuera una vaca obesa.
-Toma- el martes, Bob le tendió una bolsa de farmacia. Miriam creyó que sería medicina para las náuseas y le agradeció, hasta que revisó el contenido. Era una prueba de embarazo. Se puso lívida.
-¿Qué significa esto?- le preguntó sintiéndose profundamente ofendida.
-Hazla- fue lo único que le respondió Bob, ése día no la esperó, se marchó en cuanto dijo esa palabra y la dejó sola.
Miriam no podía parar de llorar desconsolada en el suelo del baño del segundo piso.
Embarazada.
Estaba embarazada.
La prueba había resultado positivo.
Sus padres iban a odiarla… harían tantas preguntas, ¿Qué les diría? ¿Qué le diría a Jesús?
No pudo evitar vomitar de nuevo en el inodoro. Su vida acababa de arruinarse por completo.
-Necesito que me lleves a Aspen, Colorado- Bob la miró sorprendido. La rubia vestía ropa más holgada y él se imaginó que la prueba probablemente dio positivo, pero no entendía lo que la llevó a que ese miércoles, ella de pronto le pidiera algo así.
-Está bien- no hizo preguntas, sus motivos debía tener. Y en lugar de que visitaran el lago congelado como planearon, Bob la llevó en la camioneta de su padre a donde ella quería ir.
Llegar no fue el problema. El problema era encontrar a la familia Mota de Larrea.
Visitaron la montaña y las tiendas de regalo, entraron y salieron de restaurantes, y cuando estuvieron finalmente en el lobby del hotel Roaring Fork, Miriam estuvo segura de que su vida se había arruinado por completo.
Al centro del vestíbulo de gran tamaño, Jesús estaba besando a otra pelinegra. La aferraba de la cintura y tenía su lengua hundida en su boca. Sintió la imperiosa necesidad de vomitar, y a falta de algo más, Bob le pasó el florero de la estancia. El revuelo atrajo la atención del joven Mota de Larrea que al acercarse con su novia Carmen a sus espaldas, se sorprendió de ver a la rubia chica con la que salía cuando estaba en Hillwood.
-¿Miriam?- la rubia alzó la mirada, verlo hizo que tuviera otra arcada y se viera en la necesidad de vaciar el contenido de su estómago de nuevo –Por Dios ¿Estás bien?- parecía genuinamente preocupado y Miriam sintió que la abandonaba su fuerza para poder decirle la verdad de la situación.
-Se marea en los viajes en auto- Bob lucía enfadado, y mucho, y ni siquiera Miriam era capaz de saber si realmente estaba molesto o si era la manera usual en la que se comportaba.
-Oh, ya veo- el pelinegro observó al castaño con suspicacia, ¿Quién era ese monigote y qué hacía ahí con Miriam?
-¿Amigos tuyos, amor?- preguntó Carmen, la rubia se encogió en sí misma al escucharla usar ese apelativo para dirigirse a su novio.
-Sí, amor. Ellos son Miriam Soucie y…- Bob sólo elevó una ceja, se negaba a facilitarle las cosas a ese tipo -… y su amigo, sí- Carmen sonrió con amabilidad.
-Encantada. Soy Carmen López, prometida de Jesús- si no fuera porque tenía las entrañas vacías, probablemente, Miriam hubiera vomitado de nuevo.
-¿Se casarán?- preguntó la rubia, trémula y pálida.
-Sí. En ocho meses… él planeó este viaje con nuestras familias para proponérseme, ¿no es romántico?- chilló emocionada la pelinegra.
-Nos vamos- dijo autoritario el castaño y se giró, andando a la salida.
-Tu novio es de pocas palabras, ¿eh?- le dijo Carmen a Miriam en tono cómplice, la rubia apenas registró lo que le dijeron.
-Te he dicho que son amigos, amor- corrigió con ternura el pelinegro.
Miriam no lo soportó más y se giró hacia la salida, trotando para salir de ese asfixiante sitio, aferrada al florero lleno de sus jugos gástricos. Finalmente, el aire helado de la montaña invernal golpeó su rostro, permitiéndole respirar con mayor libertad. Aliviada de poder llenar de aire fresco sus pulmones.
-Creo que está de más que te aclare que terminamos ¿Cierto?- escuchó la voz de Jesús a sus espaldas, pero se negó a voltear, empezó a caminar como autómata hasta alcanzar a Bob.
Ambos seguían en la camioneta aparcada frente a la acera de la casa Soucie. Habían vuelto de su aventura de carretera sin decir palabra alguna. Hasta que Miriam finalmente soltó un largo suspiro.
-Será mejor que hable con mis padres y deje de postergar esto- se lamentó la rubia. No esperaba que Bob agregara nada, pero hubiera sido lindo que lo hiciera. Miriam bajó del vehículo, y entró a su casa con un aura derrotista rodeándola. Su familia estaba sentada en la sala, su madre bordaba, su padre leía el periódico, y Didi estaba sentado en el suelo, frente a la mesa de centro, terminando el balance de cuentas para la gasolinera en la que trabajaba como contador.
-Mamá- las tres cabezas rubias se levantaron de sus actividades y se concentraron en ella –Estoy embarazada- tiempo después se arrepentiría de haberlo soltado así, pero en su actual situación emocional no pudo hacerlo de otra forma, sólo quería que la pesadilla se acabara.
-¡¿Embarazada?! ¡¿Cómo es posible?!- exclamó su madre, dejando caer su bordado al suelo.
-¡Mirra!- fue lo único que pudo decir Didi, con mucho dolor impregnado en su voz.
-¡¿Quién maldita sea es el padre?!- exigió saber el señor Soucie.
-Yo- y Miriam casi se desmaya al girarse para encontrar a Bob Pataki de pie en el dintel de la puerta y una férrea determinación en el rostro.
Y aunque lo hizo para ayudar, aquello salió horriblemente mal. Sus padres la corrieron de la casa, la llamaron vergüenza, pecadora, fornicadora, le arrojaron sus cosas a la chimenea y la desconocieron como su hija, le dijeron que jamás querían verla de nuevo y menos a Bob, y Didi sólo evitó mirarla a la cara. Así, en una noche, Miriam se vio sin techo, sin comida, sin familia y sin dinero.
-Hablo en serio- la rubia no podía parar su llanto, no quería escuchar lo que Bob quisiera decirle, se quería morir, ¿Qué haría ahora? –Quiero casarme contigo. Yo seré el padre- Miriam lo miró con los ojos abiertos de par en par y la mandíbula desencajada.
-¿Cómo puedes querer eso?- le preguntó incrédula.
-Porque te quiero a ti- y la respuesta bastó para que la rubia llorara con mayor desesperación, aquello era muy injusto, para él, para ella, para sus padres.
Y sin saber qué más hacer… Miriam aceptó casarse con Bob. Dejó de ser una Soucie como sus padres lo quisieron, y se convirtió orgullosamente en una Pataki.
Jesús siempre dijo que si tuviera una hija le encantaría llamarla como su madre. Por eso cuando nació finalmente su bebé, ella la nombró Olga… Olga Pataki. Y ella era hermosa… rubia y de ojos negros. Preciosos ojos negros. Los mismos ojos que Jesús… aunque eran similares a los de Bob.
Bob Pataki terminó su carrera técnica como electricista y estuvo trabajando algunos años reparando y vendiendo electrodomésticos. Aunque Miriam no sabía nada de Bob cuando eran amigos, en cuanto aceptó ser su esposa, por fin conoció a Nancy, la madre de Bob. Resultaba que era madre soltera y trabajaba dos turnos como recepcionista en un hotel en Hillwood. A Bob no le gustaba quedarse solo en casa. Por eso disfrutaba estar con su rubia familia, aunque esos días se terminaron muy pronto.
Miriam se dio de baja en la escuela técnica y decidió dedicarse en cuerpo y alma a la casa Pataki, que estaba en una de las mejores zonas de Hillwood, resultó que el padre de Bob se las había heredado al fallecer. Ella cuidaba a su hija y se encargaba del oficio en casa, y eso la hacía muy feliz. Bob era muy difícil en sus mejores días. Irascible, nada comunicativo y cerrado en sí mismo. Discutían frecuentemente, la mayoría de las veces porque ella no cocinaba nada bien. Pero había buenos momentos que la hacían creer que el resto valía la pena.
Lástima que su tiempo de vida doméstica se terminó muy pronto. Esa felicidad fue efímera. Extrañaba mortalmente a su familia, y un día, una carta maldita apareció en su buzón. Dimitri se había asegurado de que la recibiera, porque había llegado primero a la casa Soucie.
Nunca debió abrirla.
Nunca debió leerla.
Nunca debió hacer lo que en ella le pedían.
