NOTA: Mis disculpas por la demora en la actualización, pero la vida real tiene formas de interponerse en el camino.

A Paloma, mil gracias por tan precioso review. A los demás, espero que sigan ahí y gracias por seguir conmigo en este viaje.

A todos, cuídense mucho, ustedes y los suyos. Ahora más que nunca.


La despertaron dos golpecitos moderadamente discretos en su puerta y luego un cantarín buenos días, demasiado agudo, al que siguieron los pasos rápidos de su madre descorriendo las cortinas, dejando que la claridad de la gris mañana inundara la habitación. Lizzy hubiera querido darse la vuelta y seguir durmiendo, pero sabía que con su madre en la habitación, tal cosa era imposible. Además, tenía mil cosas que hacer. Entre ellas, averiguar qué hacer con cierto vecino de ojos del color del mar embravecido.

—Lizzy querida, tengo grandísimas noticias —le dijo la señora Bennet, las manos sobre el pecho y un brillo de indisimulada emoción en los ojos. Lizzy reprimió la sonrisa que amenazaba con escapársele, porque al menos estaba en su mano fingir que desconocía las tales nuevas y concederle así a su madre el privilegio de ser la primera persona en decírselo. Y sí, pareciera que la señora Bennet ardía en deseos de contárselo—. ¡El señor Bingley regresó anoche! —exclamó, y acto seguido se llevó la mano a la boca, no sea que lo hubiera dicho demasiado alto y fuera a despertar a Tommy, que dormía en la misma habitación. El pequeño se removió en su sueño, pero afortunadamente no despertó. Así que su abuela bajó el tono, mas no el entusiasmo—. Y Jane, si vieras lo hermosa que estaba. El favorecedor rubor que lucía hacía juego con el del señor Bingley. Aunque a él, desde que es varón, no le favorecía tanto, como es natural… —suspiró e hizo una pausa, como esperando alguna confirmación por parte de Lizzy. Esta, obviamente, expresó su conformidad con un movimiento de cabeza—. Bailaron tres bailes, ¡tres! —volvió a exclamar, pero efectivamente en un tono bastante comedido—, no más, por supuesto —se apresuró a agregar—, por aquello del decoro. Pero él nunca desatendió a tu hermana. —Claro que no, pensó Lizzy, prácticamente todo Hertfordshire sabía dónde yacían sus intereses. Y luego, su madre dejó caer los hombros, abandonando la postura recta, y los brazos cayeron laxos a sus costados. Cruzó entonces la habitación, desplomándose sin gracia en la cama a su lado—. Oh, Lizzy, quiera el cielo que estos dos jóvenes hallen el camino el uno al otro... —dijo con desacostumbrada melancolía.

—Mamá… —susurró Lizzy, tomando su mano y apretándola con suavidad.

—Mi corazón de madre ya no está para estos sobresaltos, querida mía —le dijo, mientras se esforzaba por sonreír. Después, tan solo suspiró y le dio unas palmaditas cariñosas sobre la misma mano que su hija le había brindado—. Solo quiero verlas felices. No puedo pedir nada más. —Y ni siquiera a Lizzy, recién despertada, pudo escapársele ese eco de llanto apenas sometido en la voz.

—¿Y las niñas? —preguntó ella, buscando un cambio de tema. No le gustaba verla así. Esa mujer, rendida, resignada, no parecía su madre en absoluto, siempre toda energía y pobres nervios. Incluso en sus horas más negras, siempre había en ella el grito exagerado, la efusión sin mesura de las emociones, pero nunca esto…, tan…, tan otra.

—Las niñas, muy bien —le respondió. Y efectivamente, algo del habitual brillo volvió a sus ojos—. La señorita Georgiana departió afablemente con otras jóvenes del pueblo y tu hermana Kitty fue su vivo reflejo en maneras y comportamiento —le dijo con orgullo. Por supuesto, a la señora Bennet no se le pasaba por la cabeza que tiempo atrás, ella misma había alentado la conducta opuesta en sus hijas menores—. Y he de añadir, aquí, en petit comité, que la señora Annesley despertó la admiración de más de un hacendado —le susurró, como haciéndole una confidencia. Sí, definitivamente nada como un buen chisme para devolver el brillo a sus ojos.

—¿Y Mary?

—¡Mary! —exclamó una vez más—. ¿Creerías posible que el señor Darcy la invitó a bailar? ¿Creerías posible que bailó con las tres? ¡Las tres! —La señora Bennet hacía ímprobos esfuerzos por no despertar a su nieto—. Apenas puedo recordarlo en Netherfield, donde no bailó más que con la señorita Bingley y contigo. ¡Las tres! —repitió—. De verdad, no sé qué pasa por la cabeza de ese caballero…

—Si te sirve de consuelo, yo tampoco, mamá —contestó Lizzy—, yo tampoco. —Su madre, por supuesto, no advirtió nada remarcable ni extraordinario en tal respuesta, por más que precisamente el señor Darcy frecuentaba Longbourn, en calidad de amigo de la familia. A Lizzy, por su parte, le sirvió de nervioso recordatorio de que nada volvería a ser igual entre los dos.

—Aunque el coronel también bailó con las tres —añadió su madre, más un pensamiento en voz alta que otra cosa, ajena a la inquietud de su hija—, así que supongo que sería alguna clase de cortesía familiar hacia nosotras…

—¿Tú crees? —preguntó Lizzy a su vez. Era mucho más fácil dejar que su madre pergeñara razones que no 'iluminarla' con la verdad.

—No lo sé. Y tampoco me importa demasiado —le dijo, encogiéndose de hombros—, mientras siga siendo un caballero con las de esta casa —añadió, y Lizzy juraría que su madre aún le guardaba cierto resquemor por aquella ofensa infligida a su segunda hija en su primera noche en Hertfordshire. Él, al que le debían el techo sobre sus cabezas. Él, al que le debían que la honra del apellido Bennet no estuviera hundido en el fango de la vergüenza—. Bueno, pues tu hermana Mary muy bien —prosiguió. Y aquí hizo una pausa, deliberadamente larga—. Incluso el joven Jacob le pidió un baile.

—¿De veras? —preguntó Lizzy, enarcando una ceja.

—Oh, sí —respondió su madre, sin más. Lizzy, la miró con los ojos entrecerrrados, suspicaz.

—¿Por qué no estás tan escandalizada con esto como hace tan solo un año lo hubieras estado?

—¿Quién sabe? Una madre puede soñar… —Y entonces su cara se iluminó con una sonrisa de niña traviesa, que por un instante le robó edad a sus años, y Lizzy pudo vislumbrar la muchacha que una vez fue—. ¿Y tú que haces aún en la cama? Es muy inusual en ti, jovencita. Normalmente te levantas con las alondras.

—He tenido mala noche —respondió ella tan solo.

—¿Mala noche? —Lizzy rehúye su mirada para evitar tener que darle explicaciones, pero la mano fresca de su madre sobre su frente le hace abrir los ojos—. No pareces tener fiebre —dijo, dejando que la mano bajara blandamente hasta la mejilla de su hija en una desacostumbrada caricia—. ¿Le pido a Betsy que te traiga una infusión?

—No, mamá, no es necesario —le respondió—. Enseguida bajo a desayunar.

—No tardes, querida —le dijo, levantándose de la cama—. Tienes que ver cuán radiante luce Jane esta mañana.

De camino a la puerta, la señora Bennet le roba una mirada preñada de nostalgia a las viejas paredes. Lizzy sabe que ha de ser difícil para ella, incluso ahora, entrar en esta habitación que compartió tantos años con su esposo y que ya no es la suya.

Un poco después, mientras Betsy le ata los cordones del vestido a la espalda, Lizzy evita mirarse en el espejo. Obligada a enfrentarse con sus pensamientos —de los que no puede huir—, sabe que tendrá las mejillas encendidas y los ojos nublados. No, no durmió bien. Por supuesto que no durmió bien.

Porque cada vez que cerraba los ojos, lo sentía a él. La firmeza de sus manos, el calor de su cuerpo contra el suyo, su aroma a limpio y la suavidad de su boca. Todo. Lo sentía todo. Y todo a la vez.

Pero lo que la desconcertaba completamente era la intensidad de la respuesta de su propio cuerpo. Estaba segura de que sus sentimientos tenían parte importante en aquella vorágine de sensaciones, por supuesto. Su marido jamás había suscitado en ella algo parecido–

Pero antes de que terminara ese hilo de pensamiento, volvieron a llamar a su habitación y Hill asomó por la puerta entreabierta.

—Señora, el señor Darcy está abajo y pide verla.