SDisclaimer: Los personajes usados acá no me pertenecen.

Advertencias: Yaoi.

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Danza entre titanes

Por St. Yukiona

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Vorkúta II: El punto de peligro máximo.

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El punto de peligro máximo.

...es el punto de miedo mínimo.

Dios colocó las mejores cosas en la vida en el otro lado del terror en el otro lado de tu miedo máximo, están todas las mejores cosas de la vida.

3 años antes.

Cuando Yuuri azotó la puerta supo enseguida que tenía que hacer algo: gritar, llorar, bailar, tirar abajo todos los muebles, morder al gato o sencillamente pedir disculpas al moreno, hacer algo y hacerlo ya pues si no lo hacía la historia iba a acabar ahí, esos maravillosos que habían vivido y habían sobrevivido se irían, el anillo que lucía orgullosamente Yuuri en su dedo terminaría por abandonar su lugar si no se movía pero era incapaz de hacerlo y entonces sentía como todo se iba abajo: las noches en vela, los días en que habían tenido que lidiar con la crisis de sus propias existencia y la incertidumbre de primerizos que no tienen más que su propio instinto para sobrevivir, esa ansiedad que crecía en las madrugadas y se afianzaba tras cada ataque, todo eso acabaría por desaparecer, extinguirse así como la vida de esas millones personas que morían tras cada ataque de Kaiju, él era uno de ellos vestido en la piel humana y estaba matando a Yuuri.

Todo iba a acabar ahí y el cuerpo se le estremecía de solo pensarlo: los huesos le crujían y los músculos se destejían, ni hablar de lo que ocurría con el espíritu y el alma. Yuuri se iba y él se quedaba ahí con pies de plomo aferrándose a la nada porque la nada ere ese todo que no le sabía decir qué más hacer.

El instinto le indicaba que Yuuri estaba en peligro, que debía de actuar de forma rápida, de forma peligrosa de ser posible. Lo necesitaba y a él le estaba costando lo innombrable mantenerse de pie ¿El orgullo podía más que el propio instinto natural de todo hombre enamorado? Al parecer sí, y él se odiaba porque fuera de esa manera. Pero aunque quería moverse esa pierna coja le impedía movilizarse. ¿Qué futuro le esperaba a Yuuri a lado de un cojo?

Sintió rabia y furia correrle y corroerle cada una de las venas por donde la sangre envenenada transitaba violentamente. Viktor siempre había sido un hombre temperamental toda su vida, incluso más allá de esas veces en que parecía todo sonrisas frente a la cámara pero ahora sencillamente se había topado con su propio límite, había supurado más allá de la materia negra con que estaba hecho su propio ego. Aspirando oxígeno y convirtiéndolo en hiel. ¿Era por su edad? ¿Por su condición como cojo? ¿Por su maldito mal carácter? ¿Por su impaciencia por hacer las cosas? ¿Por qué había encontrado a Yuuri con otro hombre hablando a solas y Yuuri con gesto lloroso? Sin duda eran celos, de esos feroces que rebanan y no dejan sencillamente nada a su paso. Destruyen y llevan abajo todo lo que durante meses, años habían tardado en construir. ¿No se supone que él estaba ahí para soportar esa tristeza e incertidumbre que sentía? ¿Por qué Yuuri buscaba a alguien más que no era él?

Trato de hablar contigo y siempre terminas gritándome, le dijo Yuuri con voz suave, lo trato, de verdad Viktor pero... no puedo, me duele demasiado... varias lagrimas se derramaron sobre el rostro pálido del piloto. Sé que tienes miedo, yo también lo tengo pero... y ahí fue cuando Viktor lo empujó contra esa misma pared que veía y tirado a un costado uno de los marcos con sus fotografías de bodas.

Sus manos se hicieron puños furiosos que apretados no dejaban ir ese enojo, porque aunque sabía que estaba mal, no podía evitar pensar que todo eso era una maldita mentira. Le creía a Yuuri, porque por dios, él seguía ahí aún cuando todos se habían ido, pero un espectro oscuro y malo se apoderaba de él cada tanto evitando que hiciera algo más que lamentarse y empujar a Yuuri hacia ese vacío lejos de él.

Viktor pateó una mesita que salió volando contra la pared y como respuesta hubo un grito enardecido que cimbró a Yuuri en la otra habitación donde había creado su barricada. Yuuri sollozante con manos en cada sien, apretaba fuerte para así aminorar el dolor que se le revolvía ensañado en las entraña, el lazo entre ambos era terriblemente honesto y podía sentir con claridad esa angustia y desesperación que Viktor proyectaba con cada arranque de ira. Arranques iracundos que cada vez iban en aumento de intensidad, Chris le había dicho a Yuuri que era mejor que se alejaran el uno del otro pues, aunque era Viktor su mejor amigo, temía por la salud de Yuuri, por su salud e integridad; no era la primera vez que Viktor le lanzaba cosas pero quizás era la primera vez que Viktor dudaba de él y ponía en tela de juicio su fidelidad, las crueles y descarnadas palabras que había pronunciado el ruso jamás se le iban a borrar al japones: "Pues si no quieres estar conmigo puedes estar con cualquiera, no me importa realmente"

Yuuri era consciente de que esas palabras habían sido hechas por el odio, envidia y celos, por la desesperación y frustración que cualquier persona en la condición de Viktor (sin un miembro y con la muerte de un hermano a cuestas) podría sentir pero aún así le seguían destazando desde adentro, le hacía recordar lo patético que podía ser, lo inservible que su cuerpo funcionaba, lo estúpido y ridículo que parecía evidenciando su inseguridad a lado de alguien como Viktor que seguro de sí mismo podía tener un porte envidiable digno de cualquier portadas de las revistas sociales que los fotografiaban de infraganti, o en los noticieros cuando hacían reportajes suyos. Un pequeño ente incapaz de ayudarlo cuando se supone la pareja era para estar en las buenas y en las malas, en la salud y en la enfermedad, o al menos eso había rezado frente al cura que les había unido en santo matrimonio pero ahora... ahora se daba cuenta que no era así, él no era para Viktor lo que era viceversa.

Siempre sería pequeño, siempre sería insignificante, sin importar que fuese un apasionado piloto jaeger que defendía con valentía la vida humana, la gente se preguntaba constantemente cómo alguien como él había logrado tener al gran Viktor Nikiforov.

Patético e insignificante hombrecito.

Si Viktor se quedaba callado podía escuchar nítidamente el llanto que intentaba ser sofocado de Yuuri. Estuvo a punto de volver a explotar pero estaba seguro que así como él escuchaba a Yuuri, Yuuri lo escuchaba a él y terminaría asustándolo si se exaltaba más por lo cual sólo se sentó.

Se daba cuenta Viktor, que la rabia no era en contra de Yuuri, sino en contra de sí mismo.

Amansó las violentas mareas que se sacudían dentro de él, y amerizó de forma forzosa los airados sentimientos que se habían alzado altos cuando escuchó las lágrimas hacer surcos en las redondas mejillas del japonés, era claro que Yuuri estaba gimiendo de dolor. Él sólo sabía hacer llorar a Yuuri, y celos corrían desbocados por todos lados. Con cualquier otro hombre seguramente Yuuri no estaría así, con cualquiera, Yuuri sería feliz, con cualquiera, Yuuri sólo sabría de amor y colores rosas.

¿Para eso había robado a Yuuri para hacerlo suyo?

Para teñirlo de gris y hacerlo sentir así de infeliz? Jaló los cabellos albinos de su cabeza y tiró del autocontrol. Contó hasta el veinte en kazajo y tuvo la intensión de llamar a Chris para que le explicara otra vez qué es lo que se hacía en ese tipo de casos, ayudarlo a pensar fríamente, pero fue la enorme sonrisa de Katsuki que le saludaba desde la pantalla de bloqueo de su celular el que le detuvo.

Era encantador e idílico, Viktor no era el único que lo pensaba así pero sí el que sabía de antemano que no sólo era en apariencia, por dentro, pasando las capaz de inseguridad y llanto, había un remoto paraíso lleno de palabras suaves y una extraña devoción a un dios lejano; Viktor sabía sobre todas las estrellas que Yuuri contaba por las noches, sobre las formas que Yuuri solía dibujar en el marco de sus libretas de anotaciones y las añoranzas que ciertas canciones viejas le daban angustia melancólica en su corazón, no por recuerdos de amores pasados sino ante el pensamiento que esas canciones habrían sido cantadas por amantes que seguramente ahora no lo eran más. Tan compasivo, Yuuri era la persona más amable que Viktor jamás habría conocido y era quizás lo que más le desesperaba al ruso: saberse desconocido por sentimientos tan puros y nobles.

Sentirse nublado ante la pureza, incapaz de mantenerla integra: como una caja de vidrio entregada a las manos de un leñador que sólo sabía hacer caer las maravillas que dios había dejado sobre tierra fértil. Para Nikiforov, Yuuri le sabía perfecto, porque él más que cualquier otra persona lo había probado. En todas sus formas: Roto físicamente (cuando los pulmones se le llenaban de flores y parecía querer expulsarlas en una frenética tos después de algún exhaustivo entrenamiento), roto emocionalmente (cuando la cabeza se le llenaba de peces que no hacían más que llenarle los pensamientos de burbujas que hacían con sus bocas en una perfecta "o"), construido desde sus cimientos (a base de besos y palabras suaves que él mismo se había encargado de azuzarle al oído), encantador de serpientes (que le llenaba al ruso de a poco cada uno de los espacios vacíos, ahí donde cabría la duda, él no deja espacio para nada más, ni siquiera para que Yuri pensará en otra cosa que no fuera Yuuri). Todas esas facetas que él conocía y adoraba como un pagado a un dios único e irrepetible para él.

Y escucharlo así como estaba: sollozante y hermoso (seguía siendo una maravilla sádica la que sentía Viktor el pensar que Yuuri se rompía de esa manera porque lo amaba), era un gancho que se le hundía en el cerebro y halaba hacia los límites, hacia el abismo. Le estaba llevando al infierno que hacía palidecer los más fríos inviernos en las estepas rusas. Tirando de él, y no logrando hacer nada más que permitirse arrastrar. Bajar las manos y dejar de tensar la comisura de los labios, ocultando así los colmillos afilados. No tenía caso empalar la actitud rebelde y aplastante cuando el que lloraba era Yuuri. Su Yuuri.

En esos años había aprendido tantas cosas: en saber cuando había perdido ante la sonrisa de los diez mil diamantes, en saber cuando debía poner bandera blanca y cruzar el umbral de la puerta. Porque aunque al principio había dado terror el hecho de soltar inseguridades y no atacar solo por el hecho de atacar, ahora que tocaba la puerta con firmeza y un sincero perdón en sus labios sabía de antemano que la felicidad le abriría la puerta lleno de llanto y sollozos, sería su turno de remedar lo que hubiera roto.

—No lo quise decir de esa forma —o al menos eso es lo que quiso decir porque parado frente a la puerta donde Yuuri llora el puño se quedó a mitad del camino, recogiéndolo contra sí y tomando su bastón para caminar a la salida.

Viktor no giró la mirada para ver atrás. Eso era uno de tantos final, uno donde no se atrevía a pasar el umbral del punto de peligro máximo.

Presente.

—¿Te sientes mejor? —pregunta Viktor mirando como Yuuri se acomoda las botas militares. El equipaje de ambos espera a un lado de la puerta de la pequeña cabaña que han compartido las últimas semanas.

Yuuri mira con un deje de añoranza la cama donde deshicieron sus propios demonios y construyeron frágiles castillos. Se pregunta si al cruzar la puerta de ese lugar podrán volver a idealizar un futuro o si los te amo entre cortados y ahogados en sollozante gemidos se quedan guardados en esa caballa.

—Sí —responde Yuuri con una sonrisa suave.

—Oye —murmura el albino y el moreno alza la mirada. Los ojos avellana del piloto más joven se clavan en la mano que le ofrece el mayor y no sabe qué hacer con ella, así que la toma, sus ojos se clavan en los de Viktor que lo atrae para abrazarlo. Hunde su rostro en la perfecta curvatura del cuello del menor y aspira. Huele a invierno y cálido abrigo, le gusta ese aroma—. Lo lamento...

Yuuri se queda silencioso sin saber cómo reaccionar.

—Esta vez... de verdad, lo voy a intentar... aunque tenga que arrastrarme metafórica y literalmente... lo segundo me sale muy bien —agrega para restarle seriedad al asunto porque se muere de los nervios y no suelta a Yuuri para que no le vea la cara de estúpido que está poniendo, un estúpido asustado.

Yuuri no sabe qué hacer con esas disculpas, con esa promesa: Ya se acostaron, ya se besaron, ya se acariciaron. ¿Eran necesarias esas palabras? Y los labios son trémulos mientras que sus manos primero laxas suben lentamente por los costados ajenos. Se aferran al abrigo ajeno y lo estruja contra él.

—Nunca tuviste que disculparte... no eras tú el que hablaba en ese momento —no tienen que citar el peor episodio de su vida marital (el único) como para saber de qué están hablando en colectivo. Sin embargo Yuuri entierra también su rostro contra el hombro del menor, quiere soportar el llanto, no quiere que lo veía así patético—. Pero... esperé que tocarás... que tocarás esa puerta...

—De verdad... lo...

—No, Viktor... no te preocupes... está bien —cuando se aleja le sonríe, roto, y es la sonrisa más triste que le conoce a Yuuri pero aún así le regresa la sonrisa con melancolía y ambos se ríen bajito porque no saben por dónde comenzar a recoger su desastre aunque sus maletas están hechas en la puerta esperando por ser cargadas.

—Lo que pasó aq-

—Lo que pasó aquí no podemos negar lo que pasó, ni mucho menos decir que no te amo, porque nunca lo he dejado de hacer, Viktor pero... —mira hacia la puerta—. A estas alturas no sé si voy a morir, o si viviré cien años... yo debo de arreglar un montón de mierda antes de poder hacer cualquier cosa.

—¿Es por Yuri?

—¿Qué? —Yuuri se recarga de la mesa cruzándose de brazos estudiando el rostro del ruso que parece tan serio como si le estuviera dando un diagnostico de enfermedad en fase terminal—. Oh por dios —ríe Yuuri—. ¿De verdad estás celoso de Yuri Plisetsky? ¿Piensas que yo... —suelta una carcajada cantarina—. No seas estúpido, Yuri es encantador pero es un niño —señala—. Es más como un hermano melindroso con el que debo de lidiar o un hermano... no sé, me asusta la mayor parte del tiempo con su actitud de: Te voy a patear el trasero, porque sé que sí lo haría pero... —desvía la mirada un momento—. No te miento que si tuviera menos edad o Yuri tuviera más edad y no estuviera casado con un tonto expiloto... quizás Yuri y yo... —mueve la cabeza dándole a entender que algo hubiera ocurrido ya—, pero... no, Viktor, si no eres tú —baja la mirada algunos segundos, sus labios se tuercen, se alzan y miran fijamente a los ojos polares—. Si no eres tú... no es nadie —sentencia de forma segura.

Viktor siente que la vida le regresa y que aunque le falte ya una pierna, bien le pueden cortar la otra, las manos y hasta los brazos, él estaría conforme y feliz. La respuesta de Yuuri Katsuki lo ha dejado conforme y feliz.

No es difícil distinguir el ruido del auto romper contra la nieve y posteriormente el pitido. Yuuri se flexiona para recoger su propia maleta y ayuda a Viktor con la suya, antes de salir Viktor le acomoda el abrigo de lana y ambos salen caminando juntos no sin antes cerrar perfectamente la cabaña, Viktor duda que un día regresen pero de igual forma la asegura y susurra un: Regresamos, en ruso como parte de esa antigua tradición que tenía con su familia.

En el auto Otabek Altin espera a ambos usando un abrigo grueso de lana y piel, se baja para ayudar a Yuuri a meter el equipaje en la parte trasera y el mismo Yuuri se sube al asiento de atrás después de hacer un saludo militar. Viktor al del frente porque hay más espacio para que pueda estirar su pierna.

—¿Qué tal está la base? —pregunta Yuuri acomodándose la bufanda. Hace un frío de los diez mil demonios pero ni siquiera chista. Ha sufrido peores inclemencias aunque Vorkúta y su helada de temporada no es algo que se deba tomar a la ligera.

—Está, que es lo importante, señor —responde Otabek manejando con diligencia y cuidado—. Iremos hasta el aeropuerto y el viaje se realizará en avioneta, cuando estemos en el interior usaremos el helicóptero —comenta el kazajo.

—Eso suena a muchas horas de vuelo —inquiere Viktor jocoso pero Otabek ni siquiera se atreve a sonreír, cuando entra en su papel en función a sus obligaciones es un hombre bastante serio.

—¿Y Yuri? —interroga el moreno.

El semblante le cambia brevemente al kazajo y Viktor rueda los ojos como si la sola mención del mocoso rubio le enfadara.

—Inquieto, quería venir pero la Mariscal Babicheva se lo ha prohibido —comenta Otabek en un tono más relajado.

—Típico de Yuri —sonríe Katsuki.

—¿Usted se encuentra mejor, Mayor?

—Mucho mejor —responde con seguridad.

—Menos mal... los ataques han sido más constante... estamos por perder las costas de China y el este de Rusia, los últimos enfrentamientos han dejado muchas bajas... estamos a nada de volvernos una resistencia más que defensores.

El panorama luce devastador y Yuuri suspira.

—Haremos lo que tengamos que hacer Otabek: Luchar hasta el final, sin rendirnos.

Porque había llegado el momento de traspasar ese punto de peligro máximo, donde la inflexión del miedo dejaba de tener importancia. Darlo todo y darlo hasta el final esperando y creyendo en obtener el mejor resultado. Dios no los iba a abandonar, así como ni un sólo piloto iba a abandonar a la humanidad.

Y no sólo la humanidad. Si iba a volverse héroe y tomarse todo riesgo, era el momento de dar el pasó más peligroso, ese donde no había retorno ni segundas oportunidades. Katsuki contiene un segundo la respiración, su mirada observa la imagen blanca y azul de la estepa fría que Rusia le regala.

— Viktor — murmura Yuuri y el albino observa al moreno por el espejo que hay en la visera que protege al copiloto del sol, sus miradas se unen y Yuuri tiene esa mirada decidida, pétrea, férrea, dura, la que debe tener un hombre que se enfrenta a su destino y todos los pilotos tienen delante de la batalla, la mirada que Viktor cree perdida en sí pero pronto se contagia porque Yuuri parece envuelto en convicción—. Si sobrevivo a mi siguiente misión... vamos a casarnos otra vez.

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¡Nos leemos pronto!

¡Gracias por leer!

St. Yukiona.

Que los ama de pulmón, páncreas y todo lo demás.