Capítulo 37

Cinco años.

Habían pasado cinco años desde la última vez que ambos se habían visto. Y el último recuerdo que Mina tenía de él era verlo apuntándole con una pistola en la cabeza.

Doflamingo esperó con ansias y una sonrisa a que ella se abalanzara sobre él, llena de furia y odio.

Pero nada de eso sucedió.

Mina se le quedó mirando fijamente, en completo silencio. Parecía verdaderamente sorprendida de verlo.

Doflamingo no supo reaccionar a aquella situación tampoco. Esperaba únicamente odio y desprecio. Hasta esperaba algún comentario malicioso o sarcástico. Pero no ocurrió nada.

Tras un minuto en completo silencio, ella por fin abrió la boca.

-Mjosgard está muerto.

-¿Mjosgard? - recordó a su primo. Aquel idiota bajito y rechoncho al que no veía desde que tenía 10 años. Le daba absolutamente igual. ¿Por qué ella sacaría el tema? - ¿Es eso lo primero que vas a decirme después de 5 años?

-Lo siento - contestó ella con su característico tono monótono.

Mina se acomodó contra la pared y miró al techo.

-Han sido... unos años complicados...

Doflamingo estaba completamente desubicado por primera vez en mucho tiempo ¿Qué diablos significaba aquella conversación sin sentido alguno? Quería verla furiosa, quería verla llena de odio...

-La última vez que nos vimos intenté matarte.

Ella lo miró, todavía sin alguna emoción visible en su rostro.

-Pero no lo hiciste.

Otra vez lo había dejado sin palabras. ¿Qué diablos le pasaba a ella?

-Vamos Mina, puedes hacerlo mejor - Doflamingo lanzó una carcajada, pero sonó vacía - ¿Acaso no me odias? ¿No tienes ganas de cortar mi cabeza y exponerla en la entrada y gritarle al mundo que Doflamingo finalmente está muerto? ¿No quieres ser igual que Law?

-¿Por qué diablos iba yo a hacer algo así? Creo que ya he visto suficientes cabezas por hoy... - intentó bromear, aunque seguía dolida por aquello.

-¡Joder Mina! ¿¡Por qué cojones eres así!? - finalmente saltó, solo ella y el mocoso de pelo negro con ojos dorados podían alterarlo de aquella manera - ¿¡Por qué no haces nada!?

-Doffy - contestó ella, ahora con una expresión cansada - ¿Exactamente qué quieres de mi?

El rubio se quedó de piedra. ¿Qué quería decir con eso? ¿Por qué realmente sentía que no había odio en eso ojos de pez muerto suyos? ¿Por qué no reaccionaba como aquel enano maleducado de ojos dorados?

-Maté a tu padre.

-Lo sé.

-Te secuestré y te envié a la guerra para mi propio beneficio.

-Lo sé.

-Dejé que Trébol y los demás abusaran de ti.

-Doffy - se volvió a acomodar, con indiferencia por aquella conversación - No me importa que sigamos con esta conversación durante todo el tiempo que quieras, pero realmente no creo que me den mucho más tiempo ¿Así que podemos llegar ya a la conclusión?

-Creo que no soy yo el que actúa de forma extraña ¿No crees?

Ella soltó una pequeña carcajada, lo cuál dejó a Doffy a cuadros. Jamás la había escuchado reír.

-Has aprendido a actuar como un ser humano normal ¿Te lo enseñó el dragón del Ejército Revolucionario mientras pregonábais paz y amor por el mundo?

-Incluso ahí continué trabajando como sicario. Mismo trabajo, diferente jefe. Aunque debo admitir que la diferencia de objetivos era bastante notable.

-Tal vez te gusta matar - sonrió con una mueca, intentando forzar alguna reacción más divertida que aquella indiferencia.

-Quién sabe, honestamente es algo que he aprendido a no pensar demasiado.

Su tono era igual, pero al mismo tiempo diferente. Hablaba con la misma voz monótona que hace cinco años, pero había cierta humanidad en ella que antes no existía. O tal vez, mejor dicho, cansancio.

Doflamingo miró a su sobrina. Su pelo era bastante más largo y se lo había recogido en una coleta baja. Llevaba un poco de maquillaje en los ojos de color negro, que se le había corrido por completo, pero por algún motivo tampoco se le veía mal.

Había crecido bastante, probablemente llegaba a medir 190 cm, aunque para provenir de su familia era todavía de corta estatura, ya que el propio Doflamingo superaba los 3 metros. Y llevaba una camisa blanca poco ajustada, con un corsé marrón y pantalones con botas por la rodilla. Se veía definitivamente como una adulta.

De todos modos, su mirada había cambiado también. Ahora se veía mucho más madura. Se notaba que, a pesar de su corta edad, había visto suficientes horrores como para vivir 3 vidas más. Se notaba cansada. Muy cansada.

Tras un tiempo en silencio, Doflamingo se rindió y comenzó una conversación.

-Entonces Mjosgard ha muerto... ¿Lo conociste?

-Sí.

-¿Seguía siendo el mismo idiota repelente de siempre?

-No, había cambiado. Supongo que aprendió del abuelo Homing.

El hombre suspiró.

-Otro idiota que cae en la misma estupidez y muere. ¿Por qué ninguno de vosotros aprendéis?

Ella no contestó. Él suspiró.

-Somos una familia de casos perdidos. Patético - se quitó las gafas para rascarse la cara con más comodidad, dejando ver sus ojos por completo.

Mina volteó la cara. Vio esos ojos morados iguales a los suyos y recordó el pasado. Él únicamente se quitaba las gafas cuando dormía a solas o cuando estaba en privado con ella, fuera de esas dos circunstancia, las gafas jamás abandonarían su rostro.

Lo miró a la cara.

-Sólo quedamos tú y yo.

-Siempre hemos sido solo tú y yo - contestó sin darle demasiada importancia.

Ella sonrió. Doflamingo se sorprendió de eso.

-Es cierto. En el fondo siempre hemos sido sólo tú y yo.

Él la miró confundido y ligeramente nervioso.

-¿Y qué opinas de eso?

-Nunca me disgustó.

El rubio frunció el ceño.

-¿Qué diablos es lo que ocurre dentro de esa cabecita tuya? Sabes, Law me detestó por matar a Roci, y ni siquiera era su padre. No le hice ni la mitad de lo que te hice a ti y aún así se las apañó para meterme en esta mierda de lugar. ¿Por qué tú eres así?

-Porque es diferente. No te odio Doffy. Nunca lo hice y nunca lo haré.

-Y no entiendo por qué no.

Ahora que lo pensaba ¿Por qué quería que ella lo odiara? ¿Por qué le importaba tanto todo aquello?

-¿De verdad no te puedes hacer una idea de cómo me siento respecto a ti?

Él no contestó.

Ella sonrió de nuevo. Recordaba todos y cada uno de los días que pasó a su lado, tanto los buenos como los malos.

Recordaba que durante todos sus cumpleaños, Doflamingo le regalaba una rosa. Nunca se olvidó de ello.

Recordaba todas las noches que durmió cómodamente en su compañía, y como él echaba a cualquier mujer que estuviese con él siempre que ella entraba. Recordaba que siempre la escuchaba y ponía su opinión por encima del resto y como mandaba a callar a cualquiera que le dirigiese una mala palabra si él estaba presente.

Recordaba cada caricia en la cabeza y palabras de halago siempre que hacía algo bien, e incluso cuando estaban a solas y no hacía nada para merecerlo. Las veces que él accedió a jugar con ella mientras nadie miraba o que cada vez que volvía del campo de batalla o de un entrenamiento, mandaba a traerle decenas de dulces, sus favoritos.

Donquixote Doflamingo tenía miles de defectos y era un hombre terrible e incorregible, pero siempre la cuidó a su manera. Siempre le prestó atención y no la hizo sentir como un desperdicio abandonado.

Y con el paso del tiempo, ella empezó a verlo como a una figura paterna, aunque probablemente jamás lo diría en alto. Veía ese hombre como su padre.

-Supongo que es mejor así - apoyó la cabeza contra la pared y cerró los ojos - Fui estúpida y cometí un error, por eso estoy aquí.

-Eso es raro en ti, si tienes algo bueno es que sueles mantener siempre la calma.

-Pagué muy caro ese error y por ello le cortaron la cabeza a Mjosgard y la empalaron delante de mis ojos.

Doflamingo reconocía que esa había sido una muerte desagradable. Parecía además que su sobrina y su primo habían congeniado bastante. La veía dolida. Y eso, por algún motivo, le dolía a él también.

-Sé muy bien que planean torturarme y ejecutarme por alta traición hacia el Gobierno Mundial. Y sé que nadie vendrá a rescatarme porque así lo deseé yo en su momento. Así que supongo que aquí se acaba todo para mi.

-Pagas por las estupideces que hiciste sin pensar.

-Supongo que tienes razón - sonrió de nuevo - Mi vida ha sido corta, pero he cometido muchos errores, y he hecho daño a mucha gente.

Lo miró fijamente.

-Lo siento.

Él no sabía como reaccionar a esto. ¿Estaba loca?

-¿Me estás pidiendo perdón? ¿A la persona que intentó ejecutarte? Has perdido la cabeza.

-Nunca quise traicionarte. Pero me cansé de vivir enjaulada - suspiró y cerró los ojos - He pasado estos últimos 5 años de mi vida intentando encontrar un motivo para continuar viviendo. He buscado sin parar un motivo para aferrarme a vivir y no sentirme culpable por ello.

-¿Y vivir para mi no era suficiente?

-Quiero ser libre Doffy. Siempre lo he querido. Quiero tener la opción de elegir, aunque al final regresase al mismo lugar. Quiero saber que estoy ahí porque pude elegir... Quería pensar que mi vida había tenido un significado, por mínimo que fuese.

-¿Y lo encontraste?

Ella sonrió con tristeza.

-No lo sé.

Doflamingo pensó en las palabras de su sobrina.

-Sengoku vino hace un tiempo por aquí. Preguntó por ti.

-¿Ah sí?

-Pensaban que yo sabía dónde estabas.

-¿Y qué le contestaste?

Él se rió.

-Que dejara de perder el tiempo conmigo.

Observó que ella no preguntó más.

-¿No quieres ver a tu "abuelo" o a tu madre? La gente normal no suele aferrarse a quien intentó matarlos.

-Hace años que renuncié a eso. Que mi padre los escogiera a ellos no significa que yo tenga que hacerlo. Al menos creo que puedo decidir eso.

-¿Incluso si ellos te buscaron pero yo se lo impidiera?

Ella permaneció unos segundos en silencio.

-¿De verdad no lo entiendes?

Doflamingo continuaba confundido. Ella no era como Roci. Su hermano era legible, era como un libro abierto. Pero Mina no. No importaba lo mucho que hablara con ella, era como si un muro inquebrantable rodeara sus pensamientos constantemente.

-Siempre te he visto sólo a ti - su mirada era algo nuevo para él. Era algo parecido al anhelo, aunque no creía que fuese verdad - No a mi padre ni a mi madre. Tampoco al abuelo Sengoku. Sólo a ti.

-Nunca he tratado de ser un remplazo de ellos para ti, niña - la cabeza le daba vueltas ¿Por qué no podía parar de hacerlo un lío? ¿Por qué no podía dejar de decir esas estupideces que lo confundían y le hacían sentir extraño?

-Pero lo intentaste, aunque fuese sin darte cuenta. Y eso fue suficiente para mi.

Doflamingo la miró con los ojos abiertos y trató de decirle algo, pero justo en ese momento, unas gritos muy altos resonaron por todo el lugar.

-¿ERES IMBÉCIL O QUÉ TE PASA? - unas voces extrañas se escucharon en el exterior de la celda - DE TODAS LAS PUTAS CELDAS VAS Y LA METES A ESA ¡HAZME EL FAVOR Y MÉTELA EN OTRA! ¡YA!

Un hombre asustado entró y agarró las cadenas de Mina con fuerza, arrastrándola con violencia hacia el exterior.

-No te atrevas a tocarla con esas manos, escoria - amenazó Doflamingo con furia notable.

El hombre enseguida se erizó y aflojó las cadenas, permitiendo que Mina se levantase y comenzara a caminar sin oponer resistencia. Antes de salir por la puerta, Mina se giró para ver por última vez a aquel hombre.

Al primer hombre que había amado como familia en su vida.

-Si nos vemos en otra vida, espero que esta vez ambos lo hagamos mejor.

La última vez que la vio, Mina le dedicó una sonrisa triste.

La puerta se cerró y Doflamingo se dejó caer.

¿Qué diablos había pasado? ¿Por qué sentía ese agujero en su corazón?

Mentira. Recordó que una vez se sintió igual.

Cuando vio el cadáver de su madre postrado en aquella cama llena de basura y ratas. Y también cuando atravesó el pecho de Roci con las balas de su pistola.

Doflamingo era un hombre complicado. Adoraba el poder por encima de todas las cosas. Adoraba los placeres que le podía ofrecer la vida y disfrutaba de manera genuina del sufrimiento ajeno. Y no, no se arrepentía de ninguna de las acciones que había cometido en su vida. Pero cuando hablaba de ella, las cosas cambiaban.

Sí, Donquixote Doflamingo era muchas cosas. Pero si había algo que era sagrado para él, una única maldita cosa en ese mundo asqueroso y despreciable, era su familia.

Era ella.

Esa niña que, aunque no quería verlo, había cuidado y amado como a su propia hija.

Y sólo ella tenía la capacidad de hacerlo sentir así.


Cuando vio a aquella niña de cabello pálido y ojos morados, sentada y rodeada entre las llamas, lo supo enseguida.

Al mirarla a los ojos pudo ver que claramente era la hija del imbécil de su hermano. La misma cara, el mismo pelo desordenado y la misma expresión penosa y lastimosa.

No podía soportarlo. No permitiría que esa cría se convirtiese en el mismo desperdicio de ser humano que su tonto hermano.

Los años pasaron y la niña continuó a su lado.

Nunca pudo dormir bien por las noches a menos que se emborrachara, por lo que en la mesilla de noche de su cuarto siempre reposaría una botella del licor que fuese de preferencia, normalmente vino.

Su complexión le hacía casi inmune a las drogas o sedantes. Las pesadillas lo perseguían desde que era tan sólo un niño y jamás se pudo deshacer de ellas.

Hasta que esa niña apareció.

Las noches que la cría insistía en dormir con él resultaron ser las mejores y más tranquilas. Durante un par de horas podía tener la mente en blanco completamente, sin tormentos ni malos recuerdos.

Aquello, que comenzó como un capricho puntual, acabó haciéndose rutina. Ver la cara de esa niña le hacía definitivamente sentirse mejor.

Sin darse cuenta, acabó pasando jornadas enteras con ella. Durante las comidas ordenó que se sentara permanentemente a su lado y durante las noches ambos permanecían juntos. Él no se había dado cuenta, pero sus actos provocaron que el resto de la Donquixote Family desarrollara celos hacia la pequeña, ocasionándole más de un momento complicado.

Sorprendentemente, la niña resultó ser útil, o al menos mucho más que el idiota de su hermano pequeño. La inteligencia de la que su hermano menor carecía, a su hija le sobraba. Y si algo bueno heredó de él, fue esa monstruosa fuerza física poco coherente con el cuerpo de una niña de cinco años.

Odiaba sus propios ojos, pero comenzó a apreciar los de aquella niña. Nunca fue expresiva, pero la encontraba encantadora a su manera. Y con el tiempo, se percató que las pocas sonrisas que mostraba únicamente eran para él.

Eso lo volvió codicioso. Sentir que era algo exclusivo para él lo hizo querer monopolizarlo.

-No necesitas amigos, me tienes a mi - le solía repetir cuando la veía interactuar con otros niños.

-¡Vale! - asentía la niña con alegría a pesar del verdadero significado tras esas palabras. Doflamingo pensaba que la niña parecía un perro, siempre meneando su cola al ver a su amo. Y eso lo hacía sentir satisfecho.

Pero era inevitable. Comenzó a crecer.

-Conocerá a alguien y se irá. Te abandonará Doffy - solían repetirle Trébol y Diamante - Si quieres que se quede debes asegurarte de que nadie más la quiera.

Y así lo hizo. Acabó siendo convencido para enviarla a la guerra. Pero cuando regresó, algo la cambió, pero no le importó porque Diamante tuvo razón, dejó de interactuar con los demás por completo. Ahora sólo sonreiría para él.

Pero la sonrisa que más atesoraba dejó de aparecer en su rostro. Ella simplemente dejó de hacerlo para todos. Y aquello lo enfureció, porque ahora era igual que el resto.

Y más años pasaron. Más batallas, más poder, más rencor... más odio.

Lo que fue lo más preciado para él dejó de serlo, o al menos dejó de tener el significado que tenía antes.

Al verla recordaba a su hermano, y eso lo enfurecía y lo confundía. ¿Quería matarla o mantenerla a su lado?

A veces se paraba a su lado mientras dormía, pensando en si debía hacer que dejara de respirar. Pero al final siempre la dejaba vivir un día más.

Aquel día la llevó a Marijoa por su título, pero jamás imaginó lo que ocurrió. Cuando la vio entre aquellos escombros, convertida en una bola de carne quemada y sangre coagulada, sintió arcadas. Sintió algo muy confuso dentro de él. Entró en pánico y amenazó a los doctores con sus vidas si no conseguían mantenerla con vida.

Lo que pensó que había desaparecido, volvió a él. O más bien nunca desapareció, simplemente estaba escondido.

Permaneció días enteros a su lado, temiendo que nunca despertara. Que lo último que viese de ella era sangre y olor a tiras de carne quemada le aterraba. Pero ella finalmente despertó.

Y ella siguió cambiando hasta el punto que él no la pudo reconocer. Su cabeza se llenó de estupideces sin sentido. Las mismas tonterías que su padre y su hermano decían. Las mismas tonterías por las que murieron por sus propias manos.

No iba a permitir que ella también muriera por esas estúpidas ideas. Ella no podía abandonarlo también, era todo lo que realmente tenía. Doflamingo sabía que Trébol sólo buscaba sacarle el máximo provecho, y que el resto de la Donquixote Family no eran más que perros fieles que obedecían órdenes ciegas. Sabía que lo admiraban por su fuerza y poder.

Esa niña era distinta. Las sonrisas que le regalaba eran sinceras ¿Ese aprecio que sentía por ella era por compartir la misma sangre? No pudo evitar malcriarla desde el principio. Frenó sus acciones enviándola a la guerra, porque temía encariñarse demasiado con ella.

Pero ella hizo lo mismo que ellos. Lo traicionó por las mismas putas ideas que esos dos. Las mismas palabras, los mismos pensamientos ¿Por qué eran incapaces de vivir como él les decía que lo hiciesen?

Si esos tres lo hubiesen seguido incondicionalmente él los habría protegido hasta el fin de sus días. Lo habría dado todo por ellos sin dudarlo ¿Por qué debían ser igual de idiotas? ¿Acaso era algo hereditario y que desgraciadamente él no había heredado?

Apuntó su arma a su cabeza. La misma historia que con su padre y su hermano. Puso el dedo sobre el gatillo.

Pero fue incapaz de disparar.

Esa maldita cría lo había envenenado, lo había vuelto loco. ¿Si no, por qué dudaba tanto?

La dejó inconsciente y la abandonó en Green Ball, deseando de manera genuina no volver a verla nunca más. Tal vez así esa ansiedad e inquietud desaparecerían de su interior.

Y durante muchos años fue así. Pensó que la había olvidado por completo.

Pero ahí estaba de nuevo. El mismo color de cabello, los mismos ojos, la misma mirada muerta... las mismas estúpidas ideas...

Ver que había crecido tanto le hizo sentir de nuevo algo extraño. Sintió envidia de aquellos que pudieron verlo ¿Por qué diablos seguía pensando así?

Esperó recibir odio, pero la maldita cría no dijo nada de eso, sólo palabras que lo enfurecieron y lo confundieron. Justo como en el pasado.

¿Qué diablos quería más de él? Solo ella lo ponía así.

¿Y encima osaba largarse tras esas palabras?

Dice que, a pesar de todo, siempre lo ha querido ¿Y se marcha sin más? ¿Deja implícito un sentimiento de padre-hija y se marcha para ser ejecutada por una panda da idiotas? Sentía que solo él tenía el derecho de quitar la vida de esa mocosa. Solo él.

Era detestable.

Patética.

Lo enfurecía.

La odiaba.

La quería.

Se arrepentía del día que decidió llevarla con él y no venderla a la casa de subastas.

Sí, porque tal vez entonces no sentiría ese dolor. El dolor de un padre que perdía a la hija que había criado.