.

Capitulo 33

Tras una noche en la que se bañaron juntos, Candy le rasuró aquellas barbas y Albert fue el hombre más tierno, amoroso e insaciable del mundo; ella abrió los ojos por la mañana y lo vio despierto a su lado.

—Buenos días —la saludó él.

Desperezándose sin ningún tipo de pudor, ella sonrió y dijo:

—Buenos días, cariño.

Al oírla, Albert sonrió también y pensó decirle algo por el uso de aquella palabra edulcorada, pero consciente de que le gustaba más de lo que quería reconocer, preguntó abrazándola:

—¿Has dormido bien?

Encantada por aquel despertar tan cariñoso, Candy asintió, y cuando sintió que la mano de él se deslizaba por su vientre desnudo y seguía bajando, soltó un jadeo. Albert se rió al oírla y, acercándole la boca al oído, susurró:

—Tu sabor es delicioso.

Eso hizo que a ella le ardieran las mejillas.

—Y tus jadeos mientras me deleito con tu dulce cuerpo, maravillosos.

Todavía recordaba cuando él, la noche anterior, la besó en su intimidad y la convenció para que se relajara y lo dejara hacer. Aquello era totalmente pecaminoso, pero el placer que sintió fue tan colosal que ya estaba dispuesta a repetirlo.

Albert, divertido al verla, tras buscar sus labios y besarla, la miró y le ordenó:

—Cierra los ojos.

Segura de que pensaba hacer lo que segundos antes ella estaba deseando, musitó:

—Me avergüenza lo que me pides.

—¿Te avergüenza cerrar los ojos? —se mofó él.

Sonriendo, ella fue a hablar, cuando Albert insistió:

—Cierra los ojos.

Excitada, finalmente lo hizo. Temblaba, estaba nerviosa. Y de pronto sintió que él le cogía la mano y, tras ponerle algo en el dedo, exclamó:

—¡Ya puedes abrirlos, malpensada!

Candy se miró el dedo y al ver un anillo con una piedra verde del mismo color del brazalete de su madre, susurró:

—Es precioso…

—No podía permitir que mi preciosa mujer no tuviera anillo de boda —contestó él, besándole la mano—. En Inverness había mercado y lo vi, vi que tenía el mismo color verde de tus ojos y supe que este anillo estaba hecho para ti.

Candy lo miró encantada y exclamó:

—Gracias… gracias, Albert.

Besándola, él sonrió y murmuró:

—Sé que pensabas que te haría otra cosa cuando te he pedido que cerraras los ojos, ¿decepcionada?

Candy le dio con una almohada en la cabeza. Durante un rato, ambos jugaron sobre la cama mientras se besaban y provocaban, y cuando terminaron de hacer el amor de nuevo, Albert dijo:

—Debemos ir a Caerlaverock.

Ella lo miró con el rostro arrebolado y Albert añadió:

—Antes de regresar a Kildrummy, debemos hablar con los hombres que se encargarán de la restauración del castillo.

Pasmada, Candy preguntó:

—¿Lo dices en serio?

Con una encantadora sonrisa, Albert contestó:

—El hogar de tus padres volverá a tener el esplendor de antaño y sólo tú los puedes asesorar. Es mi regalo de boda. ¿Te parece bien?

Aquello era más de lo que nunca podría haber imaginado y, emocionada, lo abrazó y afirmó:

—Eres lo mejor que me ha pasado, aunque cuentes los días que faltan para que finalice nuestro enlace.

—Trescientos veintinueve —susurró Albert antes de besarla.

Ese mismo día se pusieron de camino para regresar a Caerlaverock. Jesse y Karen los acompañaron. Al llegar a las inmediaciones del lugar, la tristeza se apoderó de Candy. Ver su bonito bosque negro y quemado no era agradable, pero más se desesperó al ver el castillo.

Tras haber estado en el de Glasgow durante esas tres semanas, y entender lo que era vivir con ciertas comodidades, al entrar en Caerlaverock y ver su deplorable estado, pensó cómo había podido vivir toda su vida allí.

Pero al reencontrarse con su vieja cama, su vieja manta y la desconchada bañera de su padre, sonrió y supo que aquél era su hogar.

Pocos días después llegaron unos hombres. Eran rudos, barbudos y fuertes y Albert habló con ellos. Jesse se ofreció a colaborar en los gastos que todo aquello conllevara, pero Albert se negó. Era el regalo de boda para su esposa y él se encargaría de todo.

Tras hablar con los hombres, Albert llamó a Candy y ésta les fue diciendo lo que quería que hicieran con el lugar. Ellos asentían a todo lo que les decía y, cuando acabó, Candy preguntó:

—¿Se acordarán de todo lo que les he dicho?

Uno de ellos se señaló la cabeza con el dedo y, con una encantadora sonrisa, contestó:

—Señora Ardley, tengo muy buena memoria.

Ella sonrió y Albert, agarrándola de la cintura, dijo:

—Confía en ellos y en mí, ¿vale, Candy?

Ésta asintió y, tras recibir un beso que le supo a gloria, se agarró a su cintura y no se soltó.

Después de una noche en la que de nuevo el guapísimo Albert Ardley disfrutó de los placeres de la carne con su mujer, a la mañana siguiente, cuando Candy bajó al salón, lo vio hablando con Archie y Jimmy y preguntó:

—¿Ocurre algo?

Albert le enseñó una carta.

—¿Sabes leer?

Arqueando las cejas, Angela gruñó molesta:

—¿Tú qué crees?

Divertido por su reacción, y al ver que Karen los observaba, con la misiva en las manos, respondió:

—No lo sé… mi cielo. Apenas sé nada de ti.

Él tenía razón y, en honor de Karen, que los miraba con atención, repuso:

—Sé leer, cariño, ¿y tú?

Archie y Jimmy sonrieron. Sin lugar a dudas, aquella pequeña pecosa no era de las que se callaban.

—Por supuesto que sí, preciosa mía —convino Albert sin perder el humor—. Toma, lee.

Con curiosidad, Candy cogió el papel que le entregaba, lo leyó y miró a Iolanda. Después miró a Karen y resopló. Finalmente, dobló la carta y, entregándosela a Albert, que no le había quitado ojo, dijo:

—No puedo ir.

Iolanda se abanicó con la mano y Archie, que la observaba, se dio cuenta de que ella también sabía leer. Eso lo sorprendió.

—¿Por qué no puedes ir? —le preguntó Albert.

Consciente de que todos la miraban, con una falsa sonrisa, Candy contestó:

—Porque no tengo nada elegante y bonito que ponerme para asistir a esa fiesta de los clanes en el castillo de Stirling, y Iolanda tampoco. ¿Te parece buena excusa?

Albert fue a contestar, cuando Iolanda preguntó con un hilo de voz:

—¿Stirling?

Candy asintió.

—Sí. En la misiva se convoca a todos los lairds a su fiesta anual de dentro de tres semanas y…

—Y tú, este año, como mi mujer, me acompañarás —intervino Albert, que añadió—: Me gustan esas fiestas.

—Habrá bonitas mujeres —musitó Jimmy.

—Muy bonitas —lo secundó Archie, ante la mirada de Iolanda.

Candy negó con la cabeza y protestó:

—Albert, ¿acaso no has escuchado lo que he dicho?

—Cariño mío —se mofó él—, compraremos un bonito vestido para cada una. No te angusties por eso.

—No es eso, Albert. Un bonito vestido no lo arregla todo —replicó ella.

—¿Ah, no? —preguntó él divertido, pensando que a muchas mujeres que conocía un bonito vestido les alegraba la vida.

—Piensa, por el amor de Dios. —Y, bajando la voz para que Karen no pudiera oírla, añadió—: ¿No has pensado que allí puede estar Eliza Sinclair? ¿No crees que será embarazoso para ambas encontrarnos allí?

—Buena observación —afirmó Archie—. Todos los años asiste con su clan y sin duda allí estará.

—Será bastante incómodo, ¿no crees? —susurró Candy.

—Hablaré con ella —la tranquilizó Albert—. Conozco a Eliza y, aunque al principio la situación la enfade, no creará ningún problema. Ella es una dama, además de bonita, tranquila, y se lo tomará con serenidad.

Sus palabras molestaron a Candy, que gruñó:

—¡¿En serio?! —Y al ver que él asentía, de nuevo murmuró—: Eso me sorprende, porque yo, como mujer, si siento algo por mi prometido y otra mujer me lo arrebata, te aseguro que no me lo tomaría con gracia y serenidad.

—No todas sois iguales —se mofó Albert.

—Gracias a Dios —masculló ella en respuesta.

Durante unos minutos, Archie, Jimmy y Albert siguieron hablando sobre aquello, sin importarles que Candy los escuchara, y, finalmente, Albert dispuso:

—Iremos todos juntos a ese baile de clanes y lo pasaremos bien.

—Trescientos veinticinco —siseó Candy.

Él, al oírla, esbozó una sonrisa, y, acercándose a ella, cuchicheó:

—Yo hablaré con Eliza. No te preocupes.

Candy se desesperó. Ya odiaba a la Sinclair sin conocerla y no dudaba que aquella joven la odiaría a ella, pero consciente de que a pesar de lo que sintiera por Albert, debía cumplir el trato, calló.

—Yo… yo… no iré —anunció entonces Iolanda.

Al sentir que tenía una aliada, Candy se apuntó:

—Me sumo a Iolanda. Ninguna de las dos iremos.

Albert, que a cabezota no lo ganaba nadie, adoptó una expresión más seria y, sin dejarse achicar, afirmó:

—Ambas iréis. Digáis lo que digáis.

—No… no puede ser —murmuró Iolanda acalorada.

Archie se acercó a ella y, sonriendo, la calmó:

—Tranquila, te compraremos también un bonito vestido.

La joven se retiró de su lado y, con gesto de desagrado, replicó:

—No necesito nada de nadie y menos de ti.

Instantes después, los dos se enzarzaron en una discusión ante los ojos de todos y Candy le preguntó a su marido:

—¿No vas a hacer nada?

—Es Iolanda quien ha comenzado —contestó Albert.

—Si Archie no hubiera abierto la boca…

—Sólo ha dicho que le compraremos un vestido.

—¿Y por qué tiene que decir eso? ¿Acaso se lo va a comprar él?

Albert cerró los ojos. Cuando le rebatía las cosas con tanto ímpetu lo desesperaba y, tras reprimir sus ganas de gritar, repuso:

—Candy, ¿por qué te empeñas en desesperarme?

—¿Yo te desespero?

—Continuamente.

Encantada, sonrió sarcástica y, levantando la voz, dijo:

—Iolanda, Archie, ¡se acabó la discusión! —Y señalando a Albert con el dedo, añadió—: Me niego a ir a ese baile y te lo diré una y mil veces aunque te desespere.

—Niégate todo lo que quieras, pero vendrás una y mil veces—afirmó él, molesto por aquel tono de voz—. Y no se hable más.

—Pero por el amor de Dios —insistió Candy ofuscada—. A los White nunca nos han invitado a esa fiesta y…

—Te equivocas, hermana —le cortó Karen, acercándose—. Cada año hemos recibido la invitación, pero padre, según llegaba, la quemaba en el hogar. Con nuestra precaria situación, no podíamos pensar en asistir a fiestas. Y haz el favor de no hablarle así a tu marido, eso no es bonito ni decoroso.

Candy la miró boquiabierta. Su padre nunca le había hablado de aquello y, cuando fue a responder, Jesse Leagan dijo:

—Nosotros partimos para Glasgow. He de arreglar allí varios asuntos que requieren mi presencia, vosotros ¿qué vais a hacer?

Tras mirar a Candy, Albert respondió:

—Partiremos al alba, si es que dejamos de discutir algún día.

El corazón de Candy empezó a latir con fuerza al oírlo. Pronto se marcharía de lo que ella consideraba su hogar, rumbo a un futuro incierto, pero no dijo nada, sólo se dejó abrazar por su hermana Karen y le devolvió el abrazo.

Tras despedirse ellas dos, Jesse se acercó a ella y, abrazándola también, le murmuró al oído:

—Gracias por todo, cuñada. Y, tranquila, Albert Ardley es un buen hombre, pero no olvides que en Glasgow también está tu hogar.

—Cuida a Karen o te juro que te buscaré y…

—Conmigo sabes que estará bien cuidada. Porque lo sabes, ¿verdad?

Candy asintió con una sonrisa y Albert preguntó:

—¿Os veremos en la fiesta de clanes?

Jesse, tras mirar a Karen con deleite, negó con la cabeza.

—El año que viene, seguro, amigo mío. Éste tengo cosas más importantes que hacer.

Candy, al ver la felicidad de su hermana, sonrió. Sin lugar a dudas, Jesse era su amor. Cogida de su brazo, salió hasta el portón principal del castillo. Allí los esperaban los hombres de Jesse. Éste montó en su caballo y, tendiéndole a Karen la mano, la levantó hasta sentarla ante él.

Las dos hermanas se miraron. Karen, que era la que se marchaba, le lanzó un beso con la mano y Candy, emocionada, lo cogió y se lo llevó al corazón y viceversa. Cuando la comitiva salió del castillo, Candy se volvió para entrar, pero Albert, cogiéndola del brazo, le preguntó:

—¿Siempre os despedís con esos gestos?

Ella asintió.

—Era algo que hacían mis padres y cuando mamá murió, papá lo comenzó a hacer con nosotras; siempre que alguna se marchaba, nos despedíamos así.

Albert asintió y dijo:

—Partimos al alba hacia ese baile.

—No, yo no iré.

Él le levantó el mentón y replicó:

—Irás, cariño… claro que irás.

CONTINUARA