Cap. XXXVIII: "Al César lo del César"
– Esto tiene que ser una broma – murmuró Rachel por lo bajo, recargada contra la barra y manifestando su enojo mientras leía un papel. Habían regresado a su departamento y, entre las cosas desagradables que encontró, una de las primeras fue lo que sostenía entre su mano y luego de haberlo tomado debajo de la puerta –
– ¿Qué sucede? – preguntó Quinn apareciendo tras salir del baño, con una bata blanca y secando su cabello con una pequeña toalla del mismo color –
– Es la cuenta de la luz ¡una fortuna! Debo pagar una fortuna por un servicio que no usé porque estuvimos en el rancho ¿puedes creerlo? –
– Debes no. Debemos. También vivo aquí y debo aportar en lo que necesites – Rachel sacudió apenas la cabeza –
– Ese no es el punto, Quinn – le dijo con seguridad; a pesar de que le había parecido encantadora la preocupación de su novia por repartir gastos – nos ausentamos muchos días e igual debo abonar una suma de dinero como si hubiese estado aquí ¡alumbrada todo el tiempo con una lámpara en la cara! Es ilógico –
– Te entiendo, Rach pero no vamos a lograr nada enojándonos –
– Claro que no pero mañana mismo iré a las oficinas de atención al cliente y estaré plantada hasta que me den una explicación –
– ¿Y crees que te la darán? – cuestionó la rubia, camino al pequeño balcón para exponer la toalla en el tendedero – ¿o alguna solución? –
– No lo sé – suspiró ella, intentando calmarse – pero eso espero –
– ¿Y por qué debes hacerlo? En el rancho no debemos pagar nada –
– Porque si no lo hago no tendremos luz, ni energía ni agua para ducharnos. Ah y el gobierno sería una miseria – agregó con sarcasmo –
– Eso lo sé pero quiero decir… ¿quién nos ordena a pagarlo? – inquirió con inocencia –
– ¿Quién? – reiteró retóricamente al arrojar la dichosa boleta por la que llevaba protestando minutos y perdiéndose en la cocina– el país donde vivimos ¿y sabes quiénes tienen la culpa? – La rubia frunció el ceño, confundida y viéndola quitar algo de la alta alacena – los romanos. Ellos inventaron todo esto –
– Oh…no lo sabía –
– ¡Y Jesús lo permitió! –
– ¿Jesús? –
– Ese – respondió Rachel apuntando un cuadro sobre el marco de una puerta – "Darle al César lo que es del César y a Dios lo que es Dios" – chistó con burla – Y lo del César eran los impuestos –
– Oh– repitió Quinn al arrastrar la silla y luego ocuparla. La morena preparaba algo de espalda a ella y no sabía si acercarse era buena idea – ¿sigues enojada? – Rachel infló su pecho y retuvo el aire, antes de soltarlo con pesadez y dejar pasar unos segundos. Miró de reojo a su novia e intento sonreírle –
– No, mi amor–
– Genial ¿y qué preparas? –
– Solo licúo un poco de frutas ¿vas a querer? –
– Por supuesto –
– Solo aguarda que me tomará un…un tiempo –
– Hablando de tiempo ¿puedes contarme un poco más de esa frase del César? Es antigua ¿cierto? –
– Muy. Incluso si Jesús hubiese existido, los impuestos ya se pagaban desde tiempo atrás –
– Mi madre cree en él. Lleva con ella siempre una cadena de plata y con un dije de la cruz –
– Mis padres también. Solo digo que, tal vez, al no haber una prueba fehaciente de su paso por la tierra, no estoy obligada a creer en él como ellos lo hacen – le aclaró. El gesto pensativo de Quinn se mezcló con el sonido del electrodoméstico y en el aire pareció apagarse todo por unos minutos –
– ¿Tienes algún libro que luego pueda leer sobre eso? –
– Ah…no lo sé – contestó sinceramente. La biblioteca de su departamento era algo grande y no recordaba algunos títulos que podrían guardar entre los cientos que tenía – puedo ayudarte a buscar uno más tarde –
– ¿Y quién era César? –
– El emperador, Julio César, era algo así como nuestro presidente actualmente– le contó, extendiéndole finalmente el vaso con la bebida – Al parecer ya había quiénes se quejaban de los impuestos en aquel tiempo y hasta les parecía ilegal pagarlos –
– ¿De cuánto tiempo atrás estamos hablando? –
– Miles de años –
– En ese entonces no existía la luz eléctrica ¿cierto? – Rachel asintió – ¿y qué se le daba al pueblo a cambio de los impuestos? –
– No lo sé. No todos los impuestos son servicios a cambio, Quinn. A veces adquirimos algo y debemos pagar para conservarlo – le explicó, tratando de convencerse a sí misma que aquello tuviese lógica –
– O sea que había que darle al César lo que él quería y solo porque él lo quería ¿o estoy equivocada? – ella apretó sus labios, para no dibujar un gesto divertido frente a aquellas teorías de su novia que no le sonaban para nada descabelladas –
– Creo que no. Por eso se utiliza esa frase cuando queremos algo y creemos que debemos tenerlo porque nos pertenece –
– Uhm… ¿y a Dios qué se supone que hay que darle? –
– Pues…creo que la frase divide lo terrenal de lo divino. Así que a Dios, si existiese, le debe corresponder algo que no veamos que le estamos ofreciendo. Nuestros valores, por ejemplo – explicó por lo bajo y con la voz ronca, aquella que se le presentaba cuando hablaba con incertidumbre –
– ¿Por qué pones en duda su existencia? –
– Porque tampoco puedo asegurar que exista. Nadie puede hacerlo. Por lo que prefiero creer en alguien que si pueda ver…y tocar – agregó con seguridad en la última palabra –
– Pero lo nombras cada vez que hacemos el amor. Gritas por Dios en las noches –
– ¡Quinn! – Enrojeció ella al instante – no hablo de ese Dios –
– Dijiste que no debía haber vergüenza entre nosotras – le dijo la rubia, estirándose hasta ella para rodearle el rostro con las dos manos– También creo en ti. Y en todo lo que podamos hacer juntas –susurró, regresando al tema serio del que hablaban– creo que es más divino lo que tenemos, que cualquier cosa que pueda llegar a leer en algunos de tus libros –
– Tony es la mejor prueba de eso –
– Absolutamente – aseguró con rapidez – ¿sabes lo que pediría si fuese ese tal César un momento? – Apenas un sonido de dudas salió disparado de la garganta de Rachel–
– ¿Uhm? –
– Libertad – respondió la rubia, regresando contra el respaldar de su silla –
– ¿Libertad? Quinn, tú serías la dueña de todo si fueses el César un momento. No necesitarías libertad –
– No hablo de la mía. Libertad para los demás – la morena se silenció unos segundos y, tras la media sonrisa insegura de su novia, ensanchó la de ella y abandonó su lugar –
– Creo que eso iría contra las leyes regidas por el mismo emperador de aquellos tiempos – le aclaró con dulzura, deteniéndose tras la rubia y rodeándole por sobre su pecho – pero, no cabe duda que naciste en el momento adecuado –
– Esa libertad, Rachel – murmuró la rubia mientras la morena le llenaba la mejilla de besos – me la has dado tú –
– No te he dado nada de eso –
– Pues yo creo que sí –
–Tú naciste con esa libertad –le explicó, acariciándole de manera fantasmal el contorno de su rostro – solo que antes te privabas de ella, quizá –
– ¿Crees que la he utilizado mal? – ella se silenció un segundo –
– No lo sé – dudó, deteniendo toda acción y pensándolo realmente – Creo que la libertad se nos ha dado para utilizarla de la manera que creamos conveniente. A veces, se la utiliza muy mal; dañamos a los demás y nos dañamos a nosotros mismos. Y otras veces…simplemente la vamos descubriendo y creando en ella según nuestra voluntad –
– ¿Entonces? –
– Entonces, mi amor…no creo que hayas hecho algo malo por lo que debas arrepentirte –
– ¿Ni siquiera la forma en la que nos conocimos? – Rachel sonrió de medio lado, entendido aún el nudo que a ambas se le presentaba en el pecho al recordar tales momentos –
– ¿Sabes qué creo qué es lo mejor de la libertad? – la rubia tragó saliva con disimulo – una vez remediado el problema, podemos hacer como si nunca existió. Casi olvidarlo –
– ¿Y por qué no podemos olvidarlo? Olvidarlo del todo –
– Porque somos humanos, Quinn y no máquinas que simplemente nos quitan un chip cual memoria y ya, asunto solucionado. Y los humanos poseemos sentimientos y memoria por igual –
– Entonces de qué me sirve la libertad si no puedo borrar lo que quiero –
– Creo que estás mal interpretando las cosas, mi amor – le aclaró, dejándole un último beso sonoro antes de ponerse de pie – acompáñame –
Cuando Quinn dejó su silla, ella le tomó le mano y la guió hasta su cuarto, la habitación que compartían ahora también con Tony. Adentro, juntas, se detuvieron a un lado de la cuna, donde el pequeño dormía con total placer abrazado a su corderito de felpa.
– ¿A ti te gustaría borrarlo? – cuestionó la morena, con un poco de culpa en su voz. La rubia la miró de inmediato, incrédula ante lo que acababa de oír –
– ¿Qué? –
– Tú quieres libertad para eliminar ciertos momentos de tu vida ¿no era eso lo que decías?
– Sí, Rach pero…–
– Si quieres borrar las cosas malas debes entender que algunas buenas también desaparecerán. Si pretendías eliminar la forma en que la llegué a ti, nuestro hijo en consecuencia desaparecerá también ¿O cómo crees que lo hubiésemos tenido? –
La amplitud del cuarto pareció achicarse. La respiración de Quinn subir con bestialidad y bajar en peor tono. Ella, en cambio, le invadió el espacio personal y le dejo una mano sobre su hombro.
– No sé si es el ejemplo que necesitaba, Rach –
– Ha sido tan solo eso, Quinn, un ejemplo ¿Ahora entiendes que no es necesario llevar la libertad más allá de lo que ya tenemos? Te daré otro ejemplo – agregó con rapidez, caminando hasta la puerta y tomando el picaporte. La rubia la miró expectante – Estás volviendo todo el tiempo del pasado al presente…entonces, el tiempo será algo así como este cuarto. Estás constantemente abriendo la puerta – continuó al realizar la acción con la abertura – puerta para volver al pasado que ya debes cerrar – le pidió al realizar tal acto– Si la abrimos aún más – siguió cada palabra con cada acción – nos iremos muy al futuro. Y no sabemos qué demonios es eso al final –
– Quedémonos aquí – susurró la rubia al comprender porque ellas no salían de la habitación aún –
– Exacto. Este es el presente y es lo que tenemos. Olvida ya la puerta – le pidió. Quinn la miró un momento: allí estaba mitad la mujer que ella amaba y mitad la psicóloga que ya la ayudó a, paradójicamente, salir al exterior y abandonar aquella caja de cartón que era su rancho. Así como la morena le había asegurado minutos atrás que ella había nacido en el tiempo correcto; Quinn confirmó que aquellas palabras podrían utilizarse para ambas en realidad –
– Bueno he de admitir que este ejemplo me agradó más – Rachel se echó a reír e, inevitablemente, el pequeño Tony a sollozar mientras despertaba – yo me encargo – le dijo, estirándose a tomar al niño para que continuara su siesta bajo su cuello, contra su regazo –
– Iré a preparar el almuerzo – le dijo al arrojarle un beso sobre el aire –
– De acuerdo…Rach– la llamó cuando la vio desaparecer. La morena asomó la cabeza – Cierra la puerta.
Era la primera vez que tenia todo aquello encima.
Había concurrido a cenas, eventos importantes que el padre de Rachel las obligaban a ir, había incluso celebrado su propio cumpleaños con gente a su alrededor. Pero aquello era algo completamente nuevo.
Música alta, al punto en que solo entendía lo que su novia le decía solo si se acercaba a su oído; tragos en manos, alcohol en la copa de Rachel aunque siempre agua en la suya y oscuridad. Estaban en un amplio salón antiguo donde apenas algunas luces de colores iluminaban y brillaban en torno a ellos. Lo demás, era casi imperceptible para sus ojos.
– ¿Te estás divirtiendo? – y aquel labial color rojo que Rachel había optado por usar esa noche, era lo que su sentido visual no podía soltar de su radar. Quinn alzó los hombros, dubitativa –
– ¿Cómo me divierto aquí? – cuestionó estirándose para hablarle contra la oreja –
– Tomas algo…escuchas la música y luego…hay que bailar – respondió la morena, con algo de obviedad y tono juguetón también –
Después de todo, por algo la invitación en la tarjeta aclaraba que era la fiesta de bodas.
Kristen, su compañera de trabajo en la agencia fotográfica de Blaine, había contraído matrimonio con Roger, su prometido desde hacía años. Por lo que, sin ningún tipo de aviso previo, Quinn una mañana recibió en sus propias manos la postal con la hora indicada para que ella y Rachel fueran parte de los presentes de la fiesta.
Tan solo un día le había bastado a su novia luego combinar sus atuendos. Un traje negro en su totalidad para ella: un body negro de encaje, con la elegancia adicional gracias al pantalón y los zapatos de tacón. Le había llevado más de dos semanas aprenderlos a usar pero, finalmente, allí estaba; cual estrella de cine desplazándose con glamur en la alfombra sin ningún tipo de miedo al caminar.
Sobre sus hombros, debía estar aquel saco holgado pero lo llevaba Rachel, para esconder sin sentido el vestido negro que portaba.
Sus cabellos sueltos se acariciaban cuando se acercaban al oído de la otra para hablar y sus manos se perdían en los cuellos desnudos, totalmente accesibles para que sus dedos tocaran tras soltarse palabra.
Su perfume ingresaba por la nariz de Rachel y el temblor de su muñeca así se lo exponía. Para ella, en cambio, las uñas oscuras y brillantes que le había tardado toda la tarde a su novia en esculpir, hacían volar su imaginación cuando se clavaban en su nuca y se desplazaban luego, arañando sin dolor el perfil de su cuello.
– ¿Ves? No es muy difícil – y vaya que Rachel lo hacia ver extremadamente fácil: la forma en que bailaba, en la que se desplazaba en ese pequeño espacio que las incluía a las dos y le sonreía, seductora mientras alrededor nadie se percataba de las situaciones ajenas.
En una jugada maestra, la música cambió y el ambiente se puso más denso.
La morena volteó y, a sus espaldas, danzó sin vergüenza su cadera; tan lenta y segura que a ella la obligó a permanecer estática. De un rápido movimiento, Rachel alejó el abrigo y el momento se volvió tentador.
Dejó su copa sobre la mesa más próxima y se acercó. Pero nada cambió. Su novia era la que seguía bailando totalmente gustosa y Quinn rígida, disfrutando en silencio de aquellos movimientos ahora contra ella.
Le dejó una mano en la cadera y sonrió, cuando nada se detuvo y, por el contrario, todo parecía acelerarse a cada segundo un poco más.
– ¿No te moleste que me la lleve un segundo, verdad? – De repente su oportunidad se vio frustrada, cuando Kristen las interrumpió algo emocionada y preguntó por Quinn –
– Claro que no – le sonrió Rachel y, en un acto caballero, le entregó a su novia para que ambas compañeras se alejaran a bailar juntas –
Mientras sus manos se unían a las de la recién casada y todos posaban sus ojos en ella, la rubia sintió la mirada de su novia a lo lejos; con una sonrisa y esperando por ver con qué los sorprenderían.
– ¿La estas pasando bien? – Le preguntó Kristen – mira que es muy importante para mí que tú seas una de las personas que se lleve el mejor recuerdo de la noche –
– Has preparado una velada muy linda, Kris. De verdad que todo ha salido de maravilla –
– Y eso que recién todo está comenzando. Aún falta muchas cosas que disfrutar…y algunas personas para que conozcas –
– Oh, Kristen, no sé si deba hacer eso. Soy solo tu compañera de trabajo –
– ¡Oye! – le golpeó la chica el hombro amistosamente – creí que ya éramos amigas – Quinn enrojeció de inmediato. Aquel concepto era nuevo en su atípica vida y no sabía que ya podía comenzar a incorporarlo a su cotidianeidad – además, la persona que quiero presentarte es alguien que invité luego de que aceptaras venir. Está aquí por ti, Quinn –
La rubia la miró con algo de dudas. La seriedad como complicidad se colaron en el tono de su amiga y ella no entendía que tan considerable era en realidad el asunto.
– ¿De qué estás hablando? –
– No vayas a mirar buscándolo ¿de acuerdo? Luego te lo presento….es Leonard Rossi, llegó a la ciudad ayer y…– Quinn ni siquiera continuó escuchándola; sus pensamientos se perdieron en la posibilidad de conocer a aquella reminiscencia italiana. Leonard era el jefe de áreas capitales de las mayores casas fotográficas de cada país y el dueño absoluto de una cadena en su Italia natal. Era la persona más conocida en el ambiente de trabajo a pesar de que en realidad la mayoría solo lo oía a través de un teléfono un par de horas a la semana.
Le fue inevitable desobedecer a la recién casada y le dio un vistazo a su alrededor: allí estaba, en un rincón con trago en mano y observándolas tras la copa. A su lado, una muchacha lo imitaba, sostenida de su brazo y sonriéndoles.
– Vino con su hija, cursé la carrera en la misma universidad que ella. Seguirá los pasos de él; no tengo dudas – la trajo de vuelta al presente Kristen–
– ¿Y qué hace aquí? ¿Estará en la exposición? –
– Además pero habrá recorte en la casa central. Pretende llevarse un nuevo equipo. Si Blaine no estuviese durmiéndose en los laureles, este hombre compraría su estudio –
– Pero entonces así dejaría ser de él. Y Blaine ama su trabajo–
– Todos amamos nuestros trabajos, Quinn hasta que nos relacionamos con nombres importantes. Y el nombre más importante en nuestra área es Leonard Rossi. Le he dicho que trabajaste conmigo en la exposición –
– ¿Qué? – ella exclamó con alta voz– eso no es verdad. Trabajaste duro y sola en el proyecto ¿por qué haz hecho eso? –
– ¿Crees que él estaría aquí por un nombre jamás escuchado antes? –
– Pero Kris…–
– Si él te lleva, como agradecimiento me llevas contigo –
– ¿Llevarme a dónde? – su amiga rió por sus segundos despistes –
– ¿Es que no me has prestado atención? –
– ¡Vamos a comer pastel! – se escuchó de repente a Roger, el reciente marido y todos gritaron emocionados – pero antes…mi hermosa esposa arrojará el ramo –
Cual cámara lenta de una escena dramática, Quinn se hizo a un lado y Kristen le dedicó una ultima sonrisa, antes de tomar la punta de su vestido y correr hacia la mesa.
Tomó el ramo de flores, unas delicadas rosas blancas y las mujeres se acomodaron tras ella. La rubia rodeó el tumulto, evitando el momento y se acercó a su lugar para tomar su saco.
Mientras se lo colocaba, le pareció raro que Rachel caminara con total naturalidad hacia ella, despreocupada por el acontecimiento que debía involucrarla a ella también:
– ¿No vas a empujarte con las demás por el ramo? – le preguntó cuando la tuvo en frente –
– No por ahora. Sabes por qué lo hacen ¿verdad? – antes de que pudiera contestar, el griterío femenino por quién había tomado las flores le hizo comprender la razón – bueno, ella es la siguiente –
– Eso quiere decir que tú no querías ser la siguiente – Rachel la miró de lado, intentando comprender si le cuestionaba con seriedad o, como la Quinn que apenas conoció, todo se trataba de una broma –
– No quise decir eso – aseguró pasando a su lado. Quinn siguió su andar al instante y abandonaron el salón; perdiéndose ambas en un verde y frondoso jardín – creo que esto de lanzar el ramo y quien lo atrape deba casarse se trata solo de cultura. No significa nada más allá de eso –
– Quizá. Pero por un momento imaginé aguardando tu tiempo para saltar y tomarlo – le dijo contra su oído. Rachel volteó a verla y frunció el ceño, riendo luego algo infantil –
– Tenemos un hijo, mi amor– masculló al estirar su brazo y acariciarle el rostro – No sé si el casamiento es lo próximo que sigue o si en realidad faltan años para eso… pero siento que no lo necesitamos –
– Bueno no estaba hablando de nosotras. Puedes casarte con alguien más, si quieres – bromeó y se echaron a reír al instante.
Mientras oía la melodía de su diversión, Quinn la observó y, tras un corto debate mental, la abrazó sin aviso y la apretó contra ella.
Cuán afortunada se sentía de poder ser la persona que era ahora; agradecida internamente a su novia y demostrándolo sin vergüenza, sin miedo y con toda la valentía que Rachel estaba recordándole tenia dentro de sí; que solo debía amigarse con sus virtudes y reflotar la Quinn encerrada en la jaula que solo quería volar.
Cerraron los ojos y le dijo algo por lo bajo, cuando a lo lejos la romántica composición de un piano comenzó a oírse, signo de que cortarían y repartirían el pastel para los presentes.
– Una de tus enciclopedias decía que los antiguos emperadores tenían muchas mujeres – comenzó ella – vivían con cientos de ellas y rodeados de ellas todo el tiempo ¿Con qué sentido? – la morena se separó apenas y la miró confusa, sin comprender por qué comenzaba ese discurso – Por Dios, Rachel es hermoso despertar contigo, abrazarte a la noche y verte a la tarde tomar tu taza de café mientras alimentas a Tony con toda devoción –
– Mi amor…–
– Sí, sé que vas a decirme que ellas eran sus esclavas – se anticipó a la corrección de la morena – entiendo que ellas no hubiesen querido estar allí. Pero estoy hablando de por qué ellos las adquirían ¿Es que no existía el amor en aquel tiempo? Mira a Kristen y a Roger – continuó al alejarse y señalar dentro del salón – se aman. Y mira todas las parejas que bailan juntos ahora. Se aman también y quizás más. Míranos a nosotras –
– Quinn, mi amor, entiendo tu punto – intentó calmar Rachel la aceleración en las palabras de ella – pero… ¿por qué estás relacionándolo todo? –
– Lo siento…simplemente me acordé de aquello y traté de comprender. Pero no creo poder hacerlo –
– No te preocupes – la tranquilizó su novia, caminando hacia ella para cortar la distancia – creo que muchas cosas no tienen lógica; lo mejor es no pretender que podemos con todo. Solo deja esas cosas donde…– Rachel se detuvo y detuvo sus palabras, cuando Quinn se arrodilló, casi al borde del jardín y abrió apenas los brazos –
– Lo único que entiendo es que en aquel tiempo no sabían lo afortunado que se podía ser con una persona al lado– comenzó ella– De verdad. Un solo lazo que tuviera todo lo que buscaban en veinte personas más. Dormir y despertar con una sola persona. Estar lejos por la razón que sea y luego reencontrarse, solo las mismas dos personas. Besar, tocar y soñar a la misma persona, Rachel. Extrañarla cuando no está y extrañarla más cuando está pero la entretiene algo más. Llorar por miedo a perderla y llorar más cuando ya está todo perdido…eso es…un final triste y final que no quiero para nosotras. No voy a pedirte casamiento, puedes respirar tranquila –
– No estoy nerviosa ni tengo miedo… ¿por qué no vas a pedírmelo? – Quinn sonrió de medio lado –
– ¿Te quieres casar conmigo? –
Lectoras que aun estén acá, muchas gracias, ya está cerca el final. No salgan de sus casas, cumplan la cuarentena así todo esto se termina más rápido. Saludos!
Ni Glee ni sus personajes me pertenecen
