Capítulo 10
"La noche es un cuervo sigiloso, envolviendo nuestros ojos con sus negras alas."
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Garth sopla en sus manos para calentarlas en vano, son las cuatro de la mañana. Los seis chicos que se encuentran en la estación de trenes del Distrito Once son una unidad que se mueve al mismo tiempo a todos lados para conservar el calor. Son como una torpe compañía de baile, alguien se sienta y todos se sientan a unos centímetros, alguien se mueve y todos se mueven hacia esa persona, continúan su baile durante otra media hora. Un tren silba en la distancia, lo que significa que sólo tienen que cargar los alimentos y podrán ir a casa.
Garth sueña con su catre al lado de la chimenea, con sus otros tres hermanos roncando y su madre hirviendo té. Así los encontrará cuando vuelva.
El tren se detiene frente a ellos y bajan tres agentes de paz que les dan el acceso. Garth y los demás bajan las enormes cajas con el sello del capitolio y las llenan de naranjas, mangos, sandías, pepinos, limones y demás frutas y verduras frescas. Es una labor dura y difícil, pero Garth prefiere el turno de la noche, porque no puede lidiar con el calor de la tarde, el sudor de su frente y el dolor de sus músculos al mismo tiempo.
Su sudor se seca en la fría noche y lo hace temblar, entonces no siente tanto el esfuerzo en sus bíceps de cargar cajas y cajas y cajas en el tren del Capitolio. Vagamente piensa en que hoy es la Cosecha, y por eso necesitan más comida que de costumbre. Habrá celebraciones durante todo el día, recapitulaciones, fiestas de apuestas, un sinfín de eventos que no puede ni imaginarse.
Garth sella una pequeña caja de fresas y la sube al tren, otra y otra más, sin despegar los ojos de su trabajo, pero observando a los Agentes de Paz.
El trabajador de la hortaliza le había dicho que alcanzaba para doce cajas de fresas, pero que la última tanda de fresas había crecido después de que llegaran los oficiales del Capitolio a calcular la cosecha, entonces, sólo había reportado diez. Ésto quería decir que si mandaban once, podrían quedarse con una. Al Capitolio le gustaba que produjeran más de lo esperado, de hecho, era una regla no escrita que sabían que iban a producir más de lo esperado, pero no podían estar seguros de cuánto más.
Ahí entraba Garth, sellaba la caja, la subía al tren, y cuando nadie veía, la metía bajo el tren. Justo entre las vías.
El movimiento dura dos segundos, dos segundos en los que ponía en peligro su cuello, pero valía la pena. Como a las seis de la mañana, el tren pitó, zumbó y se marchó traqueteando hacia el Capitolio. La caja de fresas perfectamente conservada, con un poco de polvo en la tapa. Garth la abre en aquél mismo instante y con ayuda de sus compañeros la destruye, esparciendo los pedazos alrededor de las vías. Algún otro tren, quizás el de los tributos, pasaría y haría astillas lo que quedase.
Se reparten las fresas, Garth guarda unas cuantas para el dueño de la hortaliza y se dirige a casa, silbando alguna tonada que había aprendido en los plantaciones de plátano, cuando trabajaba ahí.
Garth había tenido muchos, muchos trabajos, pero procuraba no destacar en ninguno, al menos no de la manera en la que otros querían destacar. Para Garth los trabajos eran formas de mantenerlo a él y a sus hermanos con vida, más allá de lo que le pagaran, se trataba de lo que pudiera conseguir, y destacar no era la manera de conseguir cosas en su distrito.
Además destacar de manera positiva o de manera negativa no era lo suyo, lo suyo era ser parte del grupo, de la manada. Garth era bueno con las manadas porque sabía escuchar, no tenía el ego suficiente para querer ser el centro de las conversaciones, por eso, cuando decidía opinar, la gente solía escucharle. También ayudaba que Garth había aprendido desde muy pequeño a darle a las personas por su lado.
Era el cuarto de cinco hermanos, todos varones. El menor era obviamente el consentido. Con apenas doce años, todos sus hermanos habían tomado teselas, todos menos Glover, éste año era su primer año y sólo tendría una papeleta ahí dentro. Después estaba él, con las sobras de sus hermanos mayores, y ahora, con las sobras del menor también.
Había tenido que aprender a defenderse, pero no con los puños. Los puños no le servían de nada contra la gente más grande que él. Aprendió a defenderse con acciones.
Aprendió primero a escuchar, a saber cosas. Después aprendió a usar esas cosas que sabía para su beneficio. Después aprendió a ser parte de esas cosas que las personas ocultaban, si era parte de las cosas, podía usar las cosas a su favor desde dos ángulos. Le gustaba decir que sabía cosas y que sabía hacer cosas.
Porque decir que chantajeaba a la gente con secretos y que era uno de los mejores ladrones del distrito no sonaba tan bien.
La única novia que había tenido Garth en su vida, una hermosa morena de ojos verdes, jornalera de los campos de frutos, le había dicho que era un oportunista sin remedio, y que sería capaz de vender a su madre por una uva. Terminaron porque a ella le cortaron un dedo por sustraer un par de naranjas, y a Garth, el agente de paz lo dejó ir con una advertencia y un guiño del ojo.
Aquél comentario había herido sus sensibilidades. Garth no creía que fuera una mala persona, tampoco creía que su aprovechamiento de las circunstancias fuera algo malo. Peligroso, sí, malo, no tanto. Y a su madre, a su madre nadie le tocaría un pelo o se las vería con él y todos sus hermanos. Todavía se ponía mal cada que pensaba en ella, aunque era probable que ella se pusiera peor.
Garth camina a casa pensando en que después de la Cosecha tendrá que encontrar un buen momento para abandonar la huerta de tomates en la que trabaja los fines de semana. Otros trabajadores están planeando un gran golpe de robo de tomates en el que Garth no tiene intenciones de participar. Demasiado arriesgado, y la recompensa sólo serán unos kilos de tomate. Claro que unos kilos de tomate pueden hacer la diferencia durante el invierno, pero todavía es verano, todavía pueden entre todas su familia juntar algo, si lo llevan a la horca por traición, entonces sí que pasarán un mal invierno.
Antes de llegar con sus padres, Garth toca a la puerta de su hermano mayor, el único que ya no vive con ellos. Él acaba de salir a trabajar, pero abre su esposa, otra hermosa morena de ojos verdes con los dedos completos. Ella tiene dieciocho, su hermano, veintiuno.
— Hola, te traje algo —dice Garth mostrando un puñado de fresas—. Para hoy.
La chica las toma y cierra la puerta. Garth suspira y toca de nuevo. La puerta se abre unos centímetros.
— Gracias. Vete —le dice su cuñada.
— Oh, vamos. Tú deberías darme un regalo a mí también, ya que yo también estoy en peligro de ser cosechado —la puerta no cede—. Amber por favor, un poco de civilidad.
— De acuerdo —contesta ella dejándole pasar, mirando a ambos lados de la calle por si alguien más los mira también—. Un poco de civilidad, no mucha civilidad —le dice con las manos en la cintura. Garth sonríe, acordándose del beso. Amber frunce los labios, acordándose también—. Deja de pensar tonterías —le advierte. Garth levanta las manos en señal de desarme.
— Relájate, sólo vine a traer las fresas y a tomar una taza de té —dijo Garth. Se sentó en la mesa y esperó a que Amber pusiera una taza frente a él, ella lo hizo con tanta fuerza que se derramó un poco del líquido.
— Necesitas aprender a dejarme en paz —le dijo tomando asiento frente a él, que no dijo nada. Bebió su té muy despacio, sin despegar la vista de ella que se removió incómoda en su asiento—. Oye, por cierto —su tono cambió de inmediato, Amber era una cotilla sin remedio y tenía muy buenos chismes. Éste era su tono de chismes. Cada que llegaba Garth, le daba besos o chismes. Hoy estaba en uno de esos días en los que quería respetar a su esposo, por lo que le daría chismes—. ¿Recuerdas a la señora Robins? ¿La mamá de la panadera? Pues a su nieta, osea a la hija de la panadera, la corrieron de su casa. ¡Imagínate!
— ¿Por qué la corrieron? —preguntó Garth amablemente.
— Porque está embarazada —dijo Amber en un susurro—. Y no quiere decir quién es el padre. Su madre le dijo que podía volver con un anillo, o no volver nunca.
Garth arqueó una ceja, siguió bebiendo y escuchando, pasada una media hora le dio las gracias y se marchó. Cuando llegó a casa, su madre hervía té, sus hermanos roncaban en sus catres, su padre se había ido a trabajar. Justo como lo imaginaba.
— Buenos días amor —saludó su madre con un beso—. ¿Quieres té o vas a dormir?
— No gracias, ya tuve suficiente té. Creo que iré a descansar. Tengo un par de horas antes de la Cosecha —su madre finge que no escucha la última parte y continúa zurciendo los pantalones de sus hijos, para que estén listos. Garth toca su catre y como víctima de un hechizo, cae rendido.
Despierta porque el pequeño Glover grita a Glason que le devuelva su corbata. La corbata es nueva, sus padres la compraron para la primera Cosecha de Glover, pero Glason no quiere dejar pasar la oportunidad de molestar a su hermano. Garth, todavía un poco dormido, decide no tomar un lado en ésta batalla en particular. Casi siempre está con Glason, porque es el de mayor estatura desde que Gavin se marchó, a pesar de ser el segundo en edad.
El primero es Glutton, que se encuentra en la mesa comiendo una especie de puré de trigo de tesela que preparó su madre. Sabe asqueroso, pero con un poco de queso y fresas no está mal. Garth le da las fresas a su madre quien parte algunas cuidadosamente en decenas de cachitos pequeños y las pone en sus platos. Las demás las guarda celosamente en un pañuelo, dentro de una caja, bajo el mueble de la ropa.
Mientras mamá no está, Garth se dirige a Glutton.
— Me enteré de que Renni va a tener un bebé —comenta casualmente. Glutton se atraganta con el trigo.
— ¿Cómo sabes? —pregunta tosiendo con fuerza.
— Por favor, todo el mundo lo sabe. Ayer la corrieron de la panadería —comenta Garth.
— ¿La corrieron? —pregunta preocupado su hermano y se pasa una mano por el cabello—. ¿Y dónde está ahora?
— No lo sé —dice Garth llenando su boca de puré con fresas—. ¿Quieres que lo averigue?
— No. No —contesta Glutton. Sus ojos posados en la puerta, parece a punto de salir corriendo—. Ya lo haré yo.
— ¿Qué le dirás a mamá? —pregunta divertido a su hermano.
— Todavía nada, quizás después de la Cosecha, cuando todos estemos a salvo —contesta.
Su madre vuelve a la cocina, sus hermanos han dejado de pelear. Todos comen en silencio. Garth también se pregunta dónde podría estar Renni, y por qué no se había venido a parar a la puerta del padre de su feto.
— Muy bien, los pantalones están en la sala, las camisas en el tendedero de afuera. Papá nos alcanza en la plaza y Gavin irá con su esposa, es la última cosecha de Amber, que Snow la bendiga. ¿Cuáles son las instrucciones si alguien sale cosechado? —pregunta al fin. Es una tradición que inició papá y que a mamá no le gustaba, pero ambos eran gente práctica, y había muchas probabilidades de que alguno de sus hijos fuera a los Juegos.
— Subir al escenario, sonreír. Si sube un hermano no llorar, aplaudir. Durante los Juegos siempre lucir perfectos y felices —dicen los cuatro a coro. Un escalofrío le recorre el cuerpo a Garth.
La familia camina junta hacia la plaza. Su padre los saluda con un movimiento fluido y los abraza antes de que partan a las filas correspondientes. Su madre les da besos en la frente y les pide que sean fuertes. Les dice que los ama. Garth vuelve a sentir un escalofrío.
Una vez con los de su edad, los de dieciséis, Garth se encuentra con Thom, un chico que trabajaba con él en los plátanos. Thom le da un par de nueces en secreto y Garth las guarda en su bolsillo. ¡Nueces! Hace años que no come nueces, le sonríe a Thom.
Era uno de sus favoritos, aprendió mucho de Thom y le gusta pensar que Thom aprendió de él. Le da una palmada en el hombro, recordando viejos tiempos. El Alcalde comienza con su discurso.
Garth siente movimiento detrás de él y se voltea. Bread Cromwell le sonríe y lo saluda con un hola, moviendo los labios sin emitir sonido. Garth devuelve el gesto. Bread le pasa una guayaba y Garth le da una de las nueces de Thom. Ambos están satisfechos con la transacción. El alcalde sigue hablando.
El tercero en pasarle fruta durante la cosecha es Kale.
— La manda Doris —le dice en un susurro, y pone una bolsita de arándanos secos en su mano. Garth decide que él sí merece una fresa, es más, dos.
La red de ladrones del Distrito Once es el orgullo de Garth. No puede decir que la ha organizado solo, o que la ha inventado. Es algo que ha existido desde que existe el Distrito. El motivo de su orgullo es que está conectado, realmente puede sentir el respeto y la admiración que le tienen. El mismo que él siente por esos granujas.
El discurso termina.
Sextia, la enorme y gorda escolta del Distrito Once camina al escenario con su característico vaivén. La gente se queda muda. No sólo es enojo, es humillación. Nadie en el Distrito podría verse así jamás. ¿Cuánto tendría que comer alguien para tener aquellas dimensiones? Todos la odian, y ella lo sabe.
— Bienvenidos a los Juegos, Distrito Once. Éste año estoy más emocionada que de costumbre porque ustedes, muchachos, han batido el récord de natalidad de éste año. ¡Felicidades! Pronto tendremos más caritas hermosas en nuestras filas. ¡Hay tanto de dónde escoger! —primero se dirige al público que como siempre, reacciona con silencio, el último comentario se lo dice al Alcalde con una cálida sonrisa. El Alcalde devuelve una sonora carcajada. Ambos juegan bien aquél papel—. Muy bien mis criaturitas hermosas, es hora de elegir a los afortunados de éste año... primero las damas... Moira Benedict.
Una chica con un vestido que claramente ha visto mejores días, y que le queda enorme, camina hacia el escenario con un andar tan extraño y una mirada tan perdida que Garth intuye que es una de las chicas del Centro de Renovación de Heidi, la esposa del Alcalde quien se pasa las dos semanas anteriores a la Cosecha encarcelando a los callejeros. Garth aplaude con entusiasmo. Ella parece fuerte, y seguro ha vivido mucho. Ella puede.
— ¡De acuerdo! ¿Algo que quieras decirle al público? —pregunta Sextia.
— Adiós —dice ella. Garth niega con la cabeza. Quizás no puede.
— Muy bien, ahí la tienen. Moira Benedict damas y caballeros. Ahora los chicos... ¡Garth Garvan! —Garth no puede ocultar la sorpresa, tampoco puede ocultar la tristeza. Ambas expresiones se mezclan y le miran desde las pantallas del escenario. Entonces las palabras que su madre le hace repetir resuenan en su cerebro.
Subir al escenario.
Sonreír.
No llorar.
Lucir perfecto y feliz.
— ¡Pero qué grande y fuerte! —lo alaba Sextia, tocando su bícep con las manos. Sus uñas se clavan en su piel, pero no dice nada. Sigue sonriendo.
— Más grande y más fuerte que muchos —dice, pensando que eso suena bien. Sextia sonríe encantada y pide un aplauso.
Garth ve a sus hermanos, aplauden, a sus padres, aplauden. Su familia tiene un plan, él debe tener un plan. Siempre ha luchado contracorriente, le gustan los lujos y las comodidades, le gustan las fresas y los arándanos. Si gana, podrá tener todo eso y más.
Si gana.
