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Capitulo 34

Después de un día en el que habló mil veces con los hombres que iban a restaurar Caerlaverock, Candy entró por la noche en su aposento y no se sorprendió al ver a Albert allí.

Estaba de pie frente al hogar y al verla llegar, sonrió y preguntó:

—¿Ya tienes preparado todo lo que quieras llevar?

Encogiéndose de hombros, ella miró a su alrededor.

—Como ves, por no tener, no tengo ni ajuar. Y los bonitos vestidos que Karen me prestó, los dejé en Glasgow. No quiero nada que no sea mío.

Con una candorosa sonrisa, Albert respondió:

—Te prometo que en Edimburgo o Stirling compraremos todo lo que necesites…

—No quiero que gastes dinero en mí. Ya me compraste el anillo y luego están los gastos de Caerlaverock y…

—Ahora eres mi mujer y he de cuidar de ti durante trescientos veinticuatro días.

Asombrada al oírlo, Candy lo miró y dijo:

—¿Piensas llevar la cuenta al día?

Albert, moviéndose con soltura por la habitación, contestó:

—Sí. —Y, deseoso de saber más, preguntó—: Ahora que estamos a solas, cuéntame a qué se debe esa reticencia tuya a asistir a la fiesta de clanes.

—Ya te lo he dicho. Supongo que Eliza estará allí y no será un momento cómodo para mí.

—Y yo te he dicho que hablaré con ella y la apaciguaré.

Abrumada, Candy se desesperó.

—Imagino sus reprochadoras miradas. Y… y… yo allí estaré sola y…

—Yo te cuidaré. No estarás sola.

—¿Estarás conmigo en todo momento? —preguntó, anhelando que así fuera.

—Siempre que pueda.

—Entonces no será en todo momento.

—Tengo asuntos que tratar allí, Candy —le explicó él—. No podré estar todo el rato pendiente de ti, como ningún hombre estará en todo momento pendiente de su mujer, lo entiendes, ¿verdad?

Ella se sentó en la cama y, con gesto derrotado, musitó:

—Estoy aterrorizada.

—¡¿Por qué?! —replicó Albert acercándose—. Conmigo no has de temer a nada. No permitiré que nadie te haga daño.

Con una candorosa mirada, Candy sonrió y afirmó:

—No es esa clase de miedo.

—Entonces, ¿a qué te refieres?

Ella, retirándose con coquetería el pelo de la cara, respondió:

—Nunca he ido a una fiesta de ésas. Sólo he asistido a las que hemos dado en Caerlaverock o en casa de mi amiga Anny, con los Murray. Como ha dicho Karen, por nuestra situación, nunca aceptábamos invitaciones y, bueno… yo…

—No te preocupes, te aseguro que lo pasarás bien —dijo él, sentándose a su lado—. Allí estaremos Archie, Jimmy, Iolanda, mis amigos, yo y todo mi clan. Nunca estarás sola, siempre habrá alguien a tu lado y, además, me consta que te gusta bailar y que lo haces muy bien. Habrá música y podrás danzar todo lo que quieras.

—¿Contigo? —inquirió esperanzada.

Albert lo pensó y, recordando los anteriores años y las experiencias vividas en aquel encuentro de clanes con otras mujeres, contestó:

—A veces conmigo y, cuando yo no esté, ya se verá.

Esa respuesta a ella no le gustó e insistió:

—¿Y qué harás tú cuando no estés conmigo?

Albert, levantándose rápidamente de la cama, le espetó:

—Hay cosas que es mejor no hablarlas, Candy. —Y al ver que ella iba a decir algo, añadió—: Recuerda nuestro trato, nada de reproches ni de obligaciones.

Ella quiso gritar, enfadarse. Lo que él le hacía imaginar sin decírselo no le hacía la menor gracia, pero calló. Era lo mejor y, tras un lastimero suspiro que a Albert le dolió, dijo:

—Lo máximo que me he alejado de mi hogar ha sido hasta la abadía, para acompañar a Patty. Nunca he salido de mis tierras o de las de los Murray y ahora tengo que cruzar Escocia para llegar a tu hogar, pasando por esa dichosa fiesta de los clanes. Albert, siempre he vivido en el mismo lugar y con la misma gente, y pensar en que todo eso se ha acabado y he de comenzar una nueva vida es complicado y difícil para mí. Por eso tengo miedo.

Conmovido por sus palabras, le cogió de la mano y la acercó a él con actitud protectora.

—No has de temer nada, mi cielo —dijo.

Esas palabras tan íntimas, tan cariñosas, le pusieron el vello de punta y, con el corazón aleteando, musitó con una seductora sonrisa:

—Ahora no está mi hermana delante y me has llamado «mi cielo».

Al darse cuenta, Albert se sorprendió. ¿Qué hacía diciendo aquello? E, intentando quitar importancia al asunto, respondió:

—Soy atento con las mujeres.

—Dijiste que tú no decías palabras dulzonas —le recordó.

Ante su buena memoria, él sonrió y dijo:

—De vez en cuando, las utilizo para agradar. Tú misma me dijiste que querías que te llamara mi…

—Ni se te ocurra decirlo. Ahora no —bufó ella, separándose.

Deseó tirarle un leño de madera a la cabeza, por bruto e insensible. ¿Cómo podía ser tan presuntuoso e idiota?

Sin la menor duda, a pesar de que en otros momentos así se lo hiciera creer, Albert no sentía la misma atracción enloquecida que sentía ella. Candy suspiró. Debía quitarse de la cabeza las tontas suposiciones que en ocasiones hacía cuando él le sonreía. Su boda no había sido por amor. Su marido no estaba enamorado de ella, aunque la pasión que le demostraba en la cama fuera exquisita.

Albert, al ver su gesto contrariado, imaginó lo que pensaba y eso en cierto modo le dolió. Intuía que le estaba haciendo daño e, incapaz de no preguntar, le planteó:

—Candy… ¿no te estarás enamorando de mí?

A ella se le erizó el vello del cuerpo. Asustada por que aquel bruto pudiera ver sus sentimientos con tanta facilidad, se encogió de hombros y, con un gesto de lo más despectivo, arrugó la nariz y exclamó:

—¡No, por Dios! Una cosa es que me parezcas un hombre guapo, aunque engreído, con el que disfruto en la cama y otra es que me enamore de ti como una tonta. —Y, soltando una carcajada de lo más convincente, añadió—: Tranquilo, Ardley, no eres tan irresistible. —E intentando salir rápidamente de aquel atolladero, dijo—: Por cierto, quería preguntarte una cosa, ¿puedo?

—Siempre. Ya lo sabes —respondió él descolocado.

—Es en referencia a los hombres y a los momentos íntimos—susurró—. Si mal no recuerdo, dijiste que os gusta que se ensalcen vuestras virtudes varoniles, ¿verdad? —Albert la miró sin entender adónde quería ir a parar y ella prosiguió sin mirarlo—: Disculpa mi indecorosa pregunta, pero en los trescientos veinticuatro días que quedan, he de aprender todo lo que pueda, para, una vez sola, saber manejarme.

A cada instante más molesto por sus descaradas palabras, la agarró del brazo y siseó:

—Tú no necesitas saber ciertas cosas.

—¿Por qué?

—Porque eres mi mujer.

—Pero dejaré de serlo dentro de tresc…

Sin soltarla del brazo, él espetó cortándola:

—Eres mi mujer y me niego a pensar en… en… ¡Por el amor de Dios, Candy!

Encantada de haberle dado a probar su propia medicina, se soltó y dijo:

—Recuerda, Albert, nada de reproches ni de obligaciones. Ambos aceptamos el trato, ¿no?

Se miraron… Se desafiaron…

Un calor abrasador se apoderó de sus cuerpos y, finalmente, Candy dio un salto, le rodeó con las piernas la cintura y lo besó con locura. Albert la agarró y la atrajo hacia él. Sus lenguas se encontraron y la pasión del momento los hizo olvidarse de lo ocurrido. Cuando acabó aquel tórrido beso y ella se apartó murmuró:

—Deseaba besarte.

Atontado por lo que acababa de sentir, él respondió:

—Bésame siempre que quieras.

—¿Tú lo harás también?

—Sí.

—¿Siempre que quieras?

Albert la miró y afirmó, sin soltarla de entre sus brazos:

—Siempre que quiera.

Mimosa y con ganas de él, le dio un beso en la nariz. El corazón de Albert se desbocó.

¿Cómo podía ser que un simple beso en la nariz lo excitara tanto?

Consciente del magnetismo que emanaba de ella, Candy sonrió. Era nueva en el arte de la pasión, pero había pillado bien los conceptos básicos para ser deseada y volver loco al que la abrazaba.

Como Albert le había dicho, había que hacerle ver al otro cuánto te gustaba y cuánto lo deseabas, para que se volviera loco y te deseara totalmente. Y, por supuesto, había que dejarse las vergüenzas y las inhibiciones para otro momento, para sentir una verdadera entrega y pasión.

—Desde el instante en que te vi en el bosque, mareado y herido, me llamaste la atención.

—¿Ah, sí? —preguntó Albert divertido.

Candy lo admitió y él dijo:

—Encontrar a Hada también llamó mi atención, lo sabes, ¿verdad?

Ella asintió con la cabeza, sonriendo.

—Osada… eres muy descarada, señora Ardley —Candy soltó una carcajada y él murmuró—: Recuerdo que cantaste algo de un…

Del bosque encantado,

un hada te ha salvado

y en un momento inesperado

un beso te ha robado.

Esta vez fue Albert quien, cogiéndola de la nuca, la besó introduciendo la lengua en su boca y haciéndole el amor con ella con auténtica pasión, mientras sus respiraciones agitadas resonaban en la habitación.

Albert la dejó en la cama, pero Candy no lo soltó. Con movimientos precisos, él se desabrochó el pantalón y desgarrándole las viejas calzas que llevaba, se introdujo en su sexo con urgencia.

El contacto los hizo gritar enloquecidos. Albert la miró y ella, con un jadeo que le hizo saber que todo estaba bien, elevó las caderas para introducirlo más y entonces fue él quien jadeó.

Incapaces de parar, de desnudarse y de darse tiempo, ambos continuaron con sus respectivos ataques. Albert la poseía y Candy lo poseía a él. Así estuvieron hasta que ambos, felices, complacidos y al unísono, soltaron un increíble grito de placer y se dejaron llevar por la pasión.

Con su peso encima, lo abrazó. No le importaba que la aplastara, sólo le importaba estar cerca de él. Quería enamorarlo, deseaba que se enamorara de ella, y lo iba a intentar con todas sus fuerzas.

Permanecieron abrazados un instante más, hasta que Albert, levantándose, se limpió y se subió los pantalones. Anulado totalmente por el influjo de ella, no pudo decir nada. Hada o Candy eran la misma persona y ambas le gustaban. Lo que no entendía era qué le estaba ocurriendo a él.

La miró con deleite y la admiró. La sentía poderosa y dueña de su cuerpo, y cuando ella se levantó, la atrajo hacia él y la volvió a besar con posesión. Encantada por aquel gesto tan arrebatador, Csndy se dejó hacer. Quería tenerlo para ella. Lo deseaba. Lo anhelaba.

Albert, confuso, la apretó contra su cuerpo, deseoso de fundirse con ella. No le cabía la menor duda de que aquella pequeña rubia estaba trastornando su vida de una manera que no acertaba a entender, cuando de pronto la oyó preguntar:

—¿Tienes cosquillas?

Antes de que pudiera responder, ella le apretó la cintura y Albert soltó una carcajada. Inmediatamente, fue él quien la cogió por la cintura y comenzó a mover los dedos en busca de sus cosquillas hasta hacerla retorcerse de risa.

Durante un buen rato, ambos jugaron sobre la cama hasta que, de pronto, Albert se dio cuenta de que estaba cayendo bajo un influjo hasta entonces desconocido para él, e, incapaz de continuar con el juego, la alejó y, mirándola a los ojos, comentó:

—Esta noche será mejor que duerma con mis hombres.

—¿Por qué? —preguntó decepcionada.

Albert pensó qué decirle y al final decidió ser sincero.

—Mira, Candy, la pasión que me demuestras me gusta, pero no quiero ataduras ni problemas.

—Pero si no te he reprochado nada, y ni siquiera te he llamado «cariño» —se quejó la joven.

Ella tenía razón. ¿Qué estaba diciendo?

—Descansa. Al alba vendré a buscarte.

Desconcertada por su cambio de actitud, fue a cogerle de nuevo de la mano para atraer su atención, pero Albert, mirándola serio, dijo:

—No, Candy, no quiero quedarme contigo.

Al comprender sus palabras, ella retiró la mano, mientras él se daba la vuelta, abría la puerta y se marchaba.

Sentándose en el alféizar de su ventana, Candy miró al horizonte y suspiró, mientras Albert maldecía en el pasillo y se daba cabezazos contra la pared.

CONTINUARA