Lujuria sentía al ver ese cuerpo níveo que se contorneaba sensualmente al sacarse las prendas que llevaba puestas. Él estaba sentado en un sillón cercano, tomando un vaso de whisky viendo toda esa acción.

Empezó con la chaqueta azul militar que debía portar, dejando al descubierto su perfecto cuerpo, cuidado y esculpido por dioses. Con aquella prenda no se podía ver la hermosa figura de la teniente. "Ilusos quienes pensaran que la rubia era fea" Tragó duro al ver como se iba desabrochando aquel masculino pantalón.

-Por ello prefiero las minifaldas-ella le sonrió sensual y prosiguió con la tarea. Uno a uno los botones fueron cediendo ante sus dedos. Pronto los pantalones ya no estaban en su campo de visión, estaban perdidos por el suelo de esa habitación. Pudo ver esas largas piernas blancas e inmaculadas. "Hoy es rojo" pudo ver la ropa interior en todo su esplendor, pequeña y delgada que separaba la intimidad de la chica de su vista.

Tortuosamente se fue sacando aquella playera negra que portaba. Lento fue tirando hacia arriba, dejando al descubierto sus perfectos y redondos pechos. Tiró esa playera al fondo de la habitación. El coronel tomó un trago de su whisky y con un gesto de su mano, le indicó que se acercara. La rubia obedeció y terminó al frente del hombre

Mustang se quitó el guante que siempre portaban sus manos, dejándola desnuda. Alargó su brazo y tocó despacio y suavemente aquella extensión de piel que se le mostraba ante él. Eso hizo estremecer a la teniente y hacerla sonrojar. Primero trazó un camino en sus caderas y estómago, tocando los finos huesos que se asomaban, después fue bajando por la suavidad de esos muslos. Se paró del asiento y fue tocando aquellas clavículas que denotaban lo delegada que era su chica. Aspiró aquel aroma embriagante que desprendía el cuerpo femenino, sonrió de medio lado y con su otra mano atrapó el mentón de la joven depositando un beso en su mejilla, luego otro y otro hasta llegar a su boca.

Aquellos suaves labios color pétalo de rosa se movían al son de los de él, con esas lenguas suaves que se tocaban, hacían correr oleadas de placer y electricidad por sus espinas dorsales. Él se fue desprendiendo de su propio uniforme, a medida que el beso avanzaba y se convertía en más candente y fogoso.

Con el pecho descubierto, pudo sentir los delicados dedos de ella, contorneándole los músculos y tocando todo a su paso. Por supuesto que él no era suave como ella, pero Riza siempre decía que le gustaba tocarlo y palparlo y quien era el para negarle aquel deseo suyo. Sus cuerpos se apretaron en un cálido abrazo, sintiendo en su tórax los senos de esa mujer. No dudó en tocarlos y apretarlos con una mano, aún tenía puesto el sostén por lo que se apuró en quitar aquella prenda que solo molestaba.

Pudo observar como aquellos pechos se liberaban de su prisión. Embelesado bajo su cabeza hasta ellos y empezó a repartir lamidas y pequeñas mordidas en ellos. Se empezaron a escuchar los primeros gemidos de la noche, con esa dulce voz que portaba la rubia. Él se detenía especialmente en los botones rosados de ella, que él sabía que era un punto sensible. El cuerpo femenino daba pequeños espasmos de placer, por aquellas caricias. Riza detuvo toda acción y lo llevó hacia su cama. Allí depositó a Roy y ella se colocó encima de él. Lo beso y con una mano bajó hasta la entrepierna del hombre. Torturándole un rato, lo tocó por encima de la ropa interior que portaba, dando pequeños toques con sus dedos, hasta que se decidió meter su mano y agarrar aquel miembro. Empezó a mover su mano de arriba y abajo. El coronel, no se iba a quedar atrás por lo que él también la empezó a masturbar, en movimientos circulares como tanto le gustaba.

Ya no aguantando más se pusieron en posición y el tomo sus caderas, hundiéndose en aquella mujer, sintiendo como un gran placer lo embargaba y lo envolvía. Ella lo aceptó receptiva, puesto que no era la primera vez que hacían el amor. Su cuerpo se había acostumbrado a aquellas caricias, a aquel cuerpo ajeno que le hacía sentir tanto placer que ella pensaba que en cualquier momento iba a morir y despertar en un paraíso.

Las estocadas no tardaron en aparecer. Primero lento, saliendo todo y entrando tortuosamente hasta que ni Mustang pudo aguantar aquel ritmo. La velocidad y el ritmo fueron subiendo. Cambiaban de posición constantemente. Algunas ella tomaba las riendas, colocándose arriba de él, cabalgándolo. Otros él tenía el total control, posicionándose arriba de ella.

El tiempo avanzaba y sintieron como el orgasmo los azotaba. Ya los dos en la cama y abrazados, Roy pensaba que jamás había sentido este tipo de lujuria hacia alguien. Si bien, había tenido uno que otro encuentro o relación ninguna lo había llenado como lo llena Riza. Ninguna lo había entendido, como ella lo entendía y por sobre todo y más importante. Nadie lo amaba como ella lo amaba. Sabía que la teniente lo seguiría al mismísimo infierno y viceversa. Él también la amaba y daría todo por ella.

La abrazó y se apoyó en el pecho de ella, respirando aquel aroma tan embelesarte y adictivo. No podría vivir sin la rubia ahora que había probado su cuerpo y sus besos.

Fin