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Capitulo 36

Esa noche, cuando acamparon, Albert ordenó montar un par de tiendas. Una para Candy y otra para Iolanda. Tras la cena, durante la cual, extrañamente, las dos mujeres estuvieron más calladas de lo habitual, se fueron cada una a su tienda.

Albert observó cómo su pequeña se marchaba. Sabía que no estaba bien, intuía la pena que llevaba en su interior, pero decidió no acercarse a ella. Si lo hacía, terminaría haciéndole el amor.

Archie, al ver a Iolanda encaminarse hacia la tienda, se acercó a ella, y, a pesar de que la joven no le hablaba, dijo:

—Que descanses.

Ella asintió sin mirarlo ni responder y siguió adelante.

Candy, al verlos, cogió una piedra y se la tiró a Archie para llamar su atención. Al notar el golpe en la pierna, el highlander miró y ella le indicó con el dedo que se acercara.

—Creo que lo mejor será que la dejes tranquila.

—Pero ¿por qué, santo Dios? ¿Alguien me puede explicar qué he hecho? —preguntó descolocado.

Candy, tras cruzar una mirada con Albert, que la observaba cerca del fuego, bajó la voz y, antes de darse la vuelta y marcharse, le contó bajito:

—Te oyó hablar con Jimmy algunas cosas no muy agradables. Y tengo que decirte que no conozco bien a Iolanda, pero dudo que sea ninguna mujerzuela, como tú insinuaste.

Él se quedó con la boca abierta. Al fin lo entendía todo. Al fin comprendía por qué la dulce y encantadora Iolanda lo rehuía constantemente y discutía con él. Recordó lo que le había dicho a Jimmy para evitar que éste se mofara de él y maldijo para sus adentros.

¿Cómo podía ser tan bocazas?

Molesto consigo mismo, miró la pequeña tienda donde estaba Iolanda. Deseaba entrar para aclarar todo, pero sabía que no debía invadir su intimidad. Ofuscado, caminó hacia su manta y se tumbó. Era lo mejor.

Albert, que había visto a Candy hablar con él, se acercó y, al ver su cejo fruncido, le dio un golpe en el hombro para que se incorporara e inquirió:

—¿Qué te ha dicho mi mujer?

Al preguntárselo, el propio Albert se sorprendió. ¿Había dicho su mujer? ¿Desde cuándo era tan posesivo?

Archie, sentándose de mala gana, se rascó la cabeza y contestó:

—Ahora ya sé por qué Iolanda no me habla y está enfadada conmigo. —Al ver cómo Albert lo miraba, prosiguió—: Me oyó hablar con Jimmy de ella. Él me preguntó si me gustaba y yo dije que no era la clase de mujer que… bueno, la descalifiqué. ¡Soy un bruto!

Albert soltó una carcajada. Era la primera vez que veía a su amigo tan descolocado por lo que una mujer pudiera pensar de él y, poniéndole una mano en el hombro, preguntó:

—¿Y por qué dijiste eso si no lo sientes?

Él, negando con la cabeza, respondió:

—No lo sé. Hablaba con Jimmy y, bueno… ya sabes cómo somos los hombres a veces.

—¿Unos bocazas? —apuntó, sintiéndose así él mismo.

—Exacto, unos bocazas —convino Archie.

Ambos miraron el fuego en silencio. Sin duda, a veces se comportaban como auténticos cenutrios y aquélla era una de esas veces.

—¿Te gusta Iolanda?

Sin necesidad de pensarlo, Archie afirmó:

—Sí, tanto como a ti tu mujer. —Y al ver cómo lo miraba Albert, añadió—: Amigo, son muchos años juntos, e igual que sé que no te gustan los días extremadamente calurosos y que prefieres el frío, sé cuándo te gusta una mujer —Albert sonrió y Archie prosiguió—: Reconozco que esa pequeña morena de cara redondita y sonrisa encantadora me pone nervioso cuando estoy cerca de ella y más cuando la pierdo de vista. Aún no sé por qué dije esa tontería ante Jimmy. Sin duda Iolanda me gusta, y mucho.

Albert sonrió. Era lo mismo que le ocurría a él con Candy y le aconsejó:

—Deberías hablar con ella.

—No sé cuándo —se mofó él—. No me deja acercarme a ella y, si lo intento, me abrirá la cabeza con lo primero que pille.

—Lo dudo.

—Pues no lo dudes —replicó Archie—. Esa pequeñaja es de armas tomar.

—Entonces, ¿la temes? ¿Le tienes miedo?

—No… no digas tonterías. Es sólo que Iolanda me desconcierta.

Ambos rieron y Albert insistió:

—Si tanto te atrae y si crees que ella es especial para ti, sigue intentándolo.

Archie asintió. Sin duda lo haría.

Durante un rato, charlaron de todo un poco y cuando Archie vio que Albert se acomodaba con su manta junto al fuego, preguntó:

—¿No vas a dormir con tu mujer?

—No.

—¿Por qué? ¿La temes?

Divertido, Albert se tumbó en la manta y respondió:

—Estar con ella hace que baje mis defensas, y consigue convencerme de cosas de las que luego me arrepiento y…

—Un momento —lo cortó Archie—. Estás aquí diciéndome que hable con Iolanda a pesar de que me pueda abrir la cabeza y tú… Y tú ¿qué? —Albert resopló y el otro añadió—: Te conozco. Llevamos juntos muchos años y sé que esa mujercita de pelo rubio te atraía como Candy y como Hada. Y ahora, mírate. Estás casado con ambas ¿y te alejas?

—Es difícil de explicar, Archie —musitó él.

—Nunca has reculado, ni ante fieros guerreros, ni ante campañas difíciles —dijo su amigo, mirando las estrellas—, ¿acaso ante esa mujer lo vas a hacer?

—No digas tonterías —replicó Albert y, mirándolo, se burló—: ¿Desde cuándo eres tan cultivado en el amor?

—Desde que una jovencita de carácter endiablado, en vez de agasajarme, me tira todo lo que encuentra a la cabeza —contestó Archie divertido y de nuevo ambos rieron—. Creo que sabemos mucho de campañas o aceros, pero poco de cortejo, amor y sentimientos, ¿no crees?

Albert asintió y al ver que no contestaba, Archie añadió:

—Convéncete, esa mujer no cabe duda de que te dará dolores de cabeza, pero te gusta más de lo que tú mismo crees.

—Pero ¿qué estás diciendo?

—La verdad, Albert. Digo lo que creo, como siempre he hecho en cualquiera de las cosas de las que hemos hablado durante años. Y lo que creo en este instante es que, aunque yo esté encantado de que duermas a mi lado, deberías levantarte e ir a dormir con ella. Todos te están observando y si quieres que acepten a Candy como su señora, tienes de hacerles ver que primero es tuya para que también ellos la sientan de su propiedad y sean capaces de morir por ella como mueren por ti.

Él cerró los ojos. Sabía que lo que le decía su amigo era verdad, pero estar al lado de Candy era demasiado tentador, y más tras lo ocurrido la noche anterior. Miró a ambos lados y se fijó en las miradas de los guerreros. Era cierto, lo estaban observando. Por ello, finalmente, se levantó y dijo:

—Al alba retomaremos el camino. Que descanses.

—Y tú también, maridito —se mofó el otro.

—¡Archie! —gruñó Albert.

Éste sonrió y se tapó con su manta, mientras su amigo se encaminaba hacia la tienda donde pernoctaba su esposa.

Cuando entró en ella, se oyó un clamor general. Sus hombres estaban contentos. Candy estaba despierta, con uno de sus camisones viejos. Al verlo aparecer, lo miró sorprendida y él preguntó:

—¿No duermes?

Ella negó con la cabeza.

—No estoy acostumbrada a dormir en el suelo. Es duro, frío y…

Acercándose, Albert extendió unas mantas en el suelo, se sentó a su lado y dijo:

—Ven aquí. Yo te daré calor.

Sorprendida por que se quisiera acercar, murmuró:

—No.

—Ven.

—He dicho que no —insistió ella.

Albert la miró tensando la mandíbula y Candy aclaró:

—No quiero acercarme a ti.

—¿Por qué?

—¿Quieres saber la verdad? —repuso ella, suspirando.

—Siempre.

Tocándose la trenza que se había hecho, dijo, mientras movía el brazo con disimulo con la intención de que se le bajara el tirante del hombro derecho:

—Estoy molesta contigo. Anoche, tras el momento apasionado que tuvimos en mi habitación, y en el que quedó claro que ninguno de los dos siente nada por el otro —mintió—, creía que te quedarías junto a mí, pero casi huiste. Y ahora, no… definitivamente, no quiero acercarme a ti.

Tenía razón. Tenía toda la razón del mundo.

—Escucha, Candy… —empezó.

—No, no te voy a escuchar. Quiero que te calles, te acuestes y me dejes tranquila y en paz.

—¿Me estás dando una orden? —preguntó molesto.

Con un gracioso mohín, ella asintió y, con un dulce parpadeo, replicó:

—Puedes tomártelo como quieras, siempre y cuando no me toques.

—¿Que no te toque?

—¡Exacto! —respondió, mientras, ¡por fin!, el tirante del camisón se le escurría con el efecto que ella deseaba y el hombro tentador le quedaba al aire.

Albert, incapaz de no mirar aquella piel suave y atrayente, tosió y dijo:

—¿Y si quiero tocarte ahora porque te encuentro preciosa e irresistible?

Candy sonrió, se rascó con coquetería el cuello, aún amoratado, y en tono sensual, susurró:

—Quizá te diga que no.

Al ver la curvatura de sus labios, Albert intuyó que ya se la había ganado y, con caballerosidad, murmuró con voz íntima:

—Ese «quizá» puedo convertirlo en un «sí».

Acercándose como él hacía, Candy contestó:

—No sé…

El humor de Albert cambió. Su mujer se le estaba ofreciendo con sensualidad, pero cuando fue a tocarla, ella le golpeó la mano y, subiéndose con decisión el tirante del camisón, siseó:

—Como verás, tengo un excelente profesor y aprendo rápido a seducir. Y cuando digo «no», ¡es «no»!

Atónito por cómo había jugado con él, tentándolo, Albert maldijo y, sin ganas de discutir, la cogió y, tras acostarla a su lado sobre las mantas, la inmovilizó y ordenó:

—Ahora, duerme.

—¡Suéltame!

—Candy… baja la voz.

—Bajaré la voz cuando me sueltes —gruñó ella.

Sin hacerle caso, en un tono bajo de voz, Albert contestó:

—Puedes gritar cuanto quieras, pero te aviso que, si lo haces, gritaré yo también.

Incrédula, siseó:

—¿Me estás retando, Ardley?

Con una angelical sonrisa, llena de diversión al haberse encontrado con Hada, él afirmó:

—Tanto como tú a mí, señora Ardley.

—White.

La sonrisa desapareció del rostro de Albert al oír aquello y, consciente de que había empezado ella, Candy puso los ojos en blanco y cedió:

—Vale… de acuerdo… Ardley. Perdona.

Sin soltarla, Albert esperó a que dijera algo más, y se sorprendió cuando ella no lo hizo. Cuando vio que se relajaba, dijo:

—Descansa. Mañana nos espera un día duro.

Candy estuvo un buen rato sin moverse y sin hablar, hasta que notó el calor que irradiaba el cuerpo de él y poco a poco se fue sumergiendo en un dulce sueño que la alejaba de las pesadillas. Era agradable sentir su protección.

Por su parte, Albert tampoco se movió y disfrutó de ese íntimo momento. Sabía que si se movía, sería para hacerla suya de nuevo. Olió su pelo con deleite y maldijo una y mil veces las marcas de su cuello. Pensar en Neall intentando estrangularla le revolvía el estómago y le daban ganas de volverlo a matar.

Cuando le pareció que Candy estaba totalmente dormida, se atrevió a observar su rostro a apenas un palmo. Sonrió al ver las pequeñas pecas traviesas que tenía en las mejillas e, incapaz de reprimir sus impulsos, acercó los labios y se las besó. Candy se movió dormida y se acurrucó con gusto contra él. Eso lo hizo sonreír y, disfrutando de aquella dulce intimidad, se relajó y se durmió.

CONTINUARA