La oficina de análisis se hallaría en penumbras si no fuera por la luz de las pantallas, y el silencio sería casi espeluznante si no fuera por el suave ronroneo de la refrigeración de las computadoras. Toda la división uno se encontraba inmersa en los lugares donde fueron encontradas las víctimas, observando fijamente los datos en las pantallas. Por un lado, se encontraba el cuerpo desmembrado del político Ryoji Hashida, y por el otro, el de una joven cuya identidad seguía siendo un misterio para ellos. La ciudad volvía a estremecerse una vez más, las noticias eran nuevamente censuradas para proteger el nivel de estrés de los ciudadanos. Pero sabían que se trataban de medidas transitorias y de corto plazo, puesto que el mejor antídoto era encontrar al responsable.
-Ningún registro. Absolutamente nada. Puede que sea una inmigrante ilegal o una adolescente que no fue incluida en el censo.
La analista Karanomori se giró en su silla, encendiéndose un cigarrillo. Una de sus manos tanteaba sobre el escritorio, gesto poco usual que representaba impotencia. Su cabello rubio y ondulado caía sobre su rostro y se lo acomodó para que no siguiera molestando sus ojos. Como era habitual, tenía los labios pintados de un rojo carmesí y aquel día se la veía más cansada que de costumbre. Las enormes ojeras que llevaba bajo sus ojos marrones, eran la clara evidencia de que no había dormido lo suficiente. Todos los analistas tenían el mismo aspecto demacrado, y vivían a base de café.
-Al igual que el político, fue convertida en un espécimen humano. Sin duda tienen que estar relacionados de alguna forma -pensó Sasayama en voz alta.
Tanto el ejecutor como la analista se encontraban fumando amenamente, y pronto la habitación se redujo a una extensa nube de tabaco. Kougami se hallaba de pie detrás de ambos con una mano apoyada en su cintura, mientras que con la otra apartaba el olor. El otro inspector, Ginoza, parecía no ser afectado y se mantenía firme con los brazos cruzados, siendo el que más vueltas le daba al asunto. Tenía la mirada fulminante que siempre exponía cuando estaba concentrado y no quería que lo interrumpiesen.
-Espécimen humano. Más claro imposible -repitió Masaoka con una irónica sonrisa.
La ingeniera señaló a Sasayama con su cigarrillo y se volvió hacia la pantalla, acordándose de algo. Sus manos bailaron sobre el teclado a una velocidad ininteligible, como si de repente, todo el sueño se hubiera esfumado para ser reemplazado por un entusiasmo insaciable. Los resultados de las autopsias se desplegaron en la pantalla y Karanomori situó ambos perfiles en el frente, uno al lado del otro, con los datos de cada víctima debajo para que pudieran compararlos. Durante un largo rato todos los presentes se mantuvieron en silencio, tratando de llegar a una conclusión.
-¡Voilà! -exclamó Karanomori en un francés seductor-. Luego de realizar las autopsias, comprobé que efectivamente ambos cuerpos fueron erosionados por el mismo químico. Y eso sólo puede significar que los dos asesinatos tienen detrás al mismo culpable.
Sasayama dio unos pasos hacia adelante, acercándose a Karanomori hasta colocarse justo detrás de ella, y se inclinó unos centímetros para observar la pantalla con sumo detenimiento. Por una fracción de segundo, sus labios se entreabrieron en una expresión atontada y casi se le cae el cigarrillo de la boca.
-Shion, ¿podrías mostrar las imágenes de los lugares en que fueron hallados los cadáveres? -pidió el ejecutor.
La analista accedió y escribió unas instrucciones en la terminal, requiriendo tan sólo unos segundos para enseñar la información, que se agolpó tras una breve transición minimalista. Kougami se acercó un poco más, soportando el olor a cigarrillo, para tratar de ver con los mismos ojos que el ejecutor. Tenían un punto de vista diferente respecto a la ley, y por ello eran capaces de comprender a los criminales. A pesar de que Ginoza se lo había advertido como amigo más que como compañero de trabajo, no podía evitar sentir una excesiva curiosidad cada vez que tenían un caso semejante. Estaba caminando sobre fuego, y las llamas avivaban su entusiasmo. La expresión de Sasayama cambió y de pronto pareció molestarse, o incluso indignarse.
-No parecen simples homicidios, fueron cortados en pedazos y luego exhibidos tales obras de arte, como si el asesino estuviera diciendo…
-Obtienes lo que mereces –apuntó Kougami.
El ejecutor tenía la mirada de un lunático y todos lo observaron con cautela, sin responder. El único que se vio interesado en sus palabras, además de Karanomori, fue el inspector Kougami. Una imperceptible sonrisa se dibujó en su rostro, apartando la seriedad que hacía de su mirada una vista intimidante y hasta agresiva para quienes no lo conocían. Ginoza, por su parte, tan sólo se cruzó de brazos, denotando la misma indiferencia que compartía con los ejecutores. Parecía burlarse en silencio de la inacabable creatividad de Sasayama, como si estuviera constantemente protegiéndose de no acabar con el mismo coeficiente de criminalidad.
Sasayama le dedicó una mirada silenciosa al inspector y sostuvo el cigarrillo con sus dedos, completamente inmóvil, hasta tirar una calada de humo en su dirección. Kougami llegó a esbozar una leve sonrisa, aunque se inclinó hacia atrás para intentar echar el olor con la mano. Ginoza le lanzó una mirada acusadora, temiendo que su compañero se metiera demasiado en la mente de los ejecutores. Cada vez que se hallaba con Sasayama, Kougami parecía quedarse inmerso en la forma y los motivos por los cuales un criminal acababa cometiendo un delito, y quería siempre disfrutar jugando al gato y al ratón.
Tenía la sensación de que algún día tendría problemas por ello, pero estaba dispuesto a llevarlo por el camino correcto. Masaoka, quien había estado en silencio durante todo el rato sentado en el sofá, se llevó una mano a su mentón y la acarició con una mirada pensativa, sin dejar de estudiar las imágenes. Las arrugas en su frente se intensificaron como si estuviera tratando de resolver un complejo rompecabezas.
-La plastinación no es un procedimiento sencillo -interrumpió Ginoza acomodándose los lentes sobre su nariz-. Se necesitan amplios conocimientos sobre farmacología y química. El hombre que buscamos debe ser experto en alguno de estos campos.
Karanomori tanteaba con sus dedos sobre el escritorio de manera impaciente, en búsqueda de una respuesta que pudiera servirle al equipo. No sabía realmente cómo empezar la búsqueda, porque no tenían nada. Ninguna pista. Se veía incapaz de filtrar a las personas para encontrar al culpable. El último que había visto a Ryoji Hashida era, aparentemente, un profesor de la Academia Ousou, pero había realizado una exhaustiva búsqueda sin hallar a nadie que comparta ese perfil. Ginoza se encontraba con el ceño fruncido, tratando de hallarle una razón de ser al caso. Sasayama, por su parte, contemplaba perdidamente las dos imágenes que había en la pantalla, pertenecientes a los perfiles de ambas víctimas, como si de esa forma lograra inspirarse.
-Será como buscar una aguja en un pajar -se rascó la cabeza Masaoka.
Cuando las estudiantes entraban a la sala de informática de la academia, guardaban silencio o susurraban entre ellas al ver a Yashiro inmersa en ambos asesinatos. La víctima del segundo homicidio se trataba de una adolescente, pero en realidad se desconocía su verdadera identidad. Había sido hallada en un parque público por un estudiante que fotografiaba los terrenos, y el estado de su cuerpo era bastante similar al del político Ryoji Hashida. Sin embargo, esa vez la plastinación no volvía a tomar importancia en los hambrientos medios de comunicación. Los periodistas hablaban del clima u otros temas irrelevantes. Todo estaba demasiado tranquilo, pero Yashiro no dio su brazo a torcer.
Las estudiantes pasaban por su lado descubriendo que no cesaba en su lucha por encontrarle un sentido a lo que veía. Leía sobre la plastinación y se ponía constantemente al tanto de la investigación. Nunca la habían visto tan concentrada y solemne, y pronto los susurros se fueron esparciendo por toda la academia. En la sala se encontraban tan sólo algunas estudiantes realizando trabajos o chateando, y como el silencio era absoluto pudo continuar con la mayor tranquilidad. Sin embargo, no podía encontrar en ninguna parte imágenes acerca de los cuerpos involucrados, era como si se hubiera impuesto una total censura.
En su pantalla, había una imagen que mostraba a un muchacho de no más de treinta años de edad, con el cabello castaño y corto, vestido de traje negro. Debajo, en una tipografía más pequeña, decía Mitsuru Sasayama. No podía dejar de observarlo, una y otra vez. Una punzada de vacío invadió su pecho, pero poco a poco fue reemplazada por odio. Sus manos temblaron ligeramente sobre la superficie de la mesa, y cuando reparó en su comportamiento comenzó a cerrar todas las ventanas en su pantalla. Por un momento sintió las miradas confusas de las pocas estudiantes presentes, pero hizo caso omiso e inhaló aire profundamente.
-Hola, Yashiro -espetó una voz a sus espaldas-. Parece que has estado bastante ocupada.
Las palabras se afianzaron a su mente como cuchillas y se dio la vuelta encontrando, de ese modo, al rostro de Izumi Hisakawa. Durante unos eternos segundos se quedó boquiabierta, atontada por la presencia que menos habría esperado. Luego, lentamente, dibujó una sonrisa cordial y la sorpresa se disipó tan rápido como había surgido. Izumi dedicó alrededor una breve mirada y entonces se apoyó de espaldas en el escritorio adyacente, a unos centímetros de ella, con los brazos cruzados y una mirada indescifrable. Estaba mascando chicle, aunque pasaba desapercibida de la forma en que sólo ella era experta.
-Dentro de estas paredes estamos desconectados del mundo exterior. La torre NONA puede estar incendiándose y yo aquí sin saber nada -respondió Yashiro extendiendo una de sus manos.
El rostro de Izumi se iluminó con una tenue sonrisa, hasta que no pudo resistir mucho más y soltó una sonora carcajada, mientras perdía la mirada en el techo por unos instantes como si realmente estuviera imaginando la escena en su mente. Una estudiante que se encontraba más lejos levantó la mirada y siseó para que se callara, aunque Izumi hizo un gesto de menor importancia con una de sus manos. Cuando se volvió a Yashiro, su expresión de pronto se transformó hasta denotar la mayor de las paranoias.
-No deberías usar la biblioteca para investigar estas cosas. Sería mejor tu habitación.
-¿Por qué? ¿el Gran Hermano nos observa? -preguntó Yashiro medio en broma.
Izumi rodeó los ojos mientras negaba con la cabeza. Hizo un pequeño globo con el chicle, pero lo deshizo al oír el sonido de la puerta al abrirse. Una profesora entró para preguntar algo, y cuando se volvió por donde había venido, retornando el característico silencio de la sala, observó a Yashiro inclinándose levemente.
-Estarías incitando a la violencia. A mí me suspendieron hace tiempo por hacer lo mismo, sólo que en vez de ser discreta como en tu caso le mostré lo que encontré a las demás. O sea, elevé un poco el nivel de estrés, pero lo suficiente como para preocupar a la dirección. No me arrepiento, de todas formas. Hoy en día hasta un byte de información vale la pena -confesó Izumi en un tono extraño y reflexivo-. Espero que hayas encontrado lo que buscabas.
Yashiro se inclinó hacia atrás bajando la mirada. Sus dedos tantearon dubitativos sobre los apoyabrazos. No podía dejar de pensar en sus palabras, aquellas tan reveladoras y sorprendentes. Por el simple hecho de elegir ver la realidad podía tener problemas si afectaba a los que la rodeaban. ¿En qué momento se había llegado a tales extremos? A Yashiro realmente le preocupaba que a futuro comenzasen a prohibirse libros u obras cuyo contenido podría elevarles el estrés. Sin embargo, arqueó una ceja al darse cuenta de que estaba sucediendo. Siempre había ocurrido, para ser más precisos.
Las escuelas se concebían como herramientas que los convertían en ciudadanos, adaptándolos a las reglas y a las costumbres de la comunidad, y eso significaba, a su vez, que los alejarían de todos aquellos elementos que fuesen considerados subversivos, así como antiguamente en algunos países se prohibía la impresión de Mein Kampf. Desde las escuelas estatales, donde los programas de estudio eran planificados por el ministerio correspondiente y no podía cambiarse, a menos que el profesor fuera un poco pícaro y original, e incluso también las privadas, como en el caso de la Academia Ousou, cuya dirección temía perder a sus estudiantes si se ponía en peligro el nivel de estrés.
-Más o menos -admitió Yashiro con una voz decepcionada-. Todos los programas de noticias parecen tener prohibido hablar de estos asesinatos, y lo poco que llegaron a mencionar fue contradictorio.
Izumi soltó una fugaz carcajada, separándose del escritorio para mirar directamente a la pantalla de Yashiro, mientras buscaba algo en su mochila.
-A los programas de noticias no les importa la realidad. Sólo quieren mantenerte al borde del asiento, disfrutando su espectáculo. Aquí estás. Creo que puedo darte una mano.
Izumi sacó un disco portátil de color negro y lo conectó a la computadora sin si quiera pedirle permiso a Yashiro, aunque a esta no le molestó en absoluto y se hizo a un lado para darle espacio. Medio minuto después se encontraba utilizando un sistema operativo diferente y personalizado a su gusto, que Yashiro desconocía por completo. Para ella, era español básico. Siempre se había considerado una abuela con la tecnología y algo que apreciaba de Izumi era que no se burlaba de ello. Simplemente no le interesaba. Era consciente de que cada persona tenía sus propios talentos e intereses. Yashiro estuvo a punto de preguntar llena de curiosidad qué era lo que estaba en pantalla, cuando su respuesta se adelantó.
-No pueden censurarlo todo. Aquí -Izumi pulsó un botón y la información comenzó a agolparse en la pantalla-. Oh… ni siquiera necesitas buscarlo. Parece que estos asesinatos se volvieron muy populares en la red. Hasta hay foros de debate… lo bueno de este tipo de sitios es que encuentras múltiples opiniones. Mira este tipo de acá… dice que ese holograma en vez de atraer gente las va a espantar, porque nadie va a querer ir a comer al restaurante con semejante vista…
Izumi rio ante el comentario del foro, sin percatarse de que a su compañera no le dio ni cinco de gracia. Sin embargo, cuando Izumi la miró de reojo fue apagando su sonrisa lentamente, hasta que carraspeó para endurecer su expresión. Yashiro negó con la cabeza mientras que Izumi se guardó el disco de nuevo en su mochila, guiñándole un ojo.
-De nada. Ah, y cuando termines dale un reinicio así el sistema… así vuelve a ser todo como antes. No necesitas borrar historial ni nada.
Yashiro asintió con un evidente respeto y amplió una honesta sonrisa en sus labios, que la detuvo unos instantes impidiendo su marcha.
-Déjame adivinar -extendió sus manos Yashiro-. Vas a seguir ingeniería.
La sonrisa de Izumi fue suficiente declaración, a pesar de que no especificó la rama que le interesaba y simplemente salió de la sala sin decir más. Yashiro pensaba que tendría un exitoso futuro, aunque sospechaba que podría tener problemas con su tono si seguía visitando tan a menudo aquellos sitios turbios de divulgación y debates, donde había usuarios que hasta aprobaban ciertos crímenes que se daban en la sociedad, considerándolos necesarios. La red era extremadamente amplia, como un universo donde cada estrella podía brillar con la intensidad que se le antojara.
Sus dedos interactuaron con el teclado y pronto la información que buscaba se desplegó en la pantalla. La imagen tomada por el estudiante en el parque apareció de manera instantánea. Había cientos, quizá miles de comentarios al respecto, pero Yashiro se limitó a contemplar la figura expuesta, la forma en que su piel había sido cortada y reorganizada. Entrecerró los ojos al advertir que la piel de sus muslos parecía una falda sobre sus caderas. Un extraño frío acarició su espalda cual abrazo de muerte, y por unos segundos cerró los ojos. La creatividad humana no tenía límites. Aquello era tan morboso que no sabía qué nombre ponerle, ni siquiera era capaz de imaginarse a sí misma en ese lugar, frente al cadáver.
Sus ojos se abrieron de golpe, centrándose de repente en el rostro de la joven. Algo en ella le llamaba la atención de una manera casi enfermiza. Sentía que su corazón latía descontroladamente y sus pensamientos fluían hacia ninguna parte, atropellándola con recuerdos que le resultaban indiferentes, y a la vez, extrañamente cercanos. El rostro de Toma emergió desde lo recóndito de su mente, con aquella sonrisa despreocupada de la vida que tanto lo caracterizaba. Se veía entonces a sí misma en un apartamento que no le pertenecía, sosteniendo en sus manos un cuadro que tenía sus años pero que, no obstante, estaba en perfecto estado. El único cuadro que había en un apartamento solitario.
-Es mi hermana -se alzó la voz de Toma.
Yashiro lo conocía. A pesar de que sonaba suave había una molestia implícita en sus ojos, los cuales brillaban de una manera sombría. No dudó en volver a dejar el cuadro sobre el armario con delicadeza, sintiéndose de pronto como si fuera una intrusa. Toma se apoyó de lado en el mueble con un brazo sobre la madera y contempló perdidamente la vieja fotografía, en la que se encontraba él rodeando con su brazo a la chica, siendo un poco más alto que ella. Debía tener entre diez y quince años, mientras que la niña parecía ser mucho menor. Eran tan similares en aspecto que Yashiro comprobó al instante que eran gemelos. Una honesta curiosidad inundó su mente y Toma pareció intuirlo, puesto que dibujó una media sonrisa.
-Murió hace mucho tiempo -prosiguió él entrecerrando los ojos, que ante la mirada preocupada de Yashiro extendió uno de sus brazos en su dirección, haciendo gesto de espera-. Ahórrate las palabras… sé que no lo sientes. No tienes por qué compadecerte de alguien que ni siquiera conoces.
Yashiro se quedó con los labios entreabiertos. A veces la perspicacia de Toma le resultaba de lo más inquietante, y esa no era la excepción.
-No iba a compadecerme de ella, sino de ti. El difunto ser querido ya no puede sentir dolor alguno, pero se lo transmite a los que lo rodean.
Toma dirigió su atención hacia ella, y se fundió en sus ojos durante casi un minuto entero, elevándola en el aire y trayéndola de vuelta al suelo con un profundo suspiro. Una comprensión que le llenó el alma, y que cuando retornó al último recordatorio que tenía de su hermana, su mirada pareció volver a alejarse de ella, como si dejara de ser él mismo para mostrar, en cambio, un nuevo horizonte.
-No te preocupes. Te aseguro, Yashiro… que su muerte no me transmitió nada en absoluto.
Yashiro frunció el ceño ante sus palabras, pero en especial, por el tono gélido utilizado. A pesar de que tenía una excesiva curiosidad por saber más sobre su pasado, optó por no preguntar al respecto. Nunca había visto a Toma tan ido, como si de repente la vida para él hubiera dejado de tener el menor sentido y se encontrara allí de pie sin saber qué hacer en realidad. Sin embargo, Yashiro sabía que era plenamente consciente de sí mismo y de lo que lo rodeaba, y aquello era lo que más la confundía. Su voz parecía albergar todo tipo de clandestinidad y secretos, y a pesar de que deseaba conocerlos, una parte de ella se rehusaba, como si por primera vez desconfiara de su presencia.
Toma se volvió un eco en su mente, el cual poco a poco comenzó a alejarse cada vez más hasta finalmente esfumarse por completo. Su cabeza daba vueltas y sintió un mareo invadir su cuerpo, como una corriente arrasando todo a su paso. Cuando volvió a abrir los ojos, encontró la pantalla frente a ella y la imagen de la joven en su centro. No pudo evitar estremecerse al ver los ojos marrones mirándola fijamente, idénticos a los de Toma, al igual que toda la forma de su rostro y el color de su cabello. Yashiro se levantó de un salto y, recordando las instrucciones de Izumi, reinició la computadora. La pantalla volvió a ser normal como antes, y algo en su interior la incitó a salir de allí.
No faltaba mucho para que las clases acabaran y se dirigió a uno de los salones de arte, quedándose afuera para esperar a que las estudiantes salieran. Cuando lo hicieron, muchas la saludaron y le preguntaron cómo se encontraba, qué estaba haciendo, a lo que ella simplemente respondió con una sonrisa que tenía que preguntar algo por un trabajo que le había quedado pendiente. Una vez se hubieron marchado todas, Yashiro entró con una seriedad renovada, cerrando la puerta y sorprendiendo al único que se encontraba presente.
El profesor de arte estaba guardando un libro en su mochila, y al percatarse de la recién llegada se irguió completamente con airado interés. Este estudió sus facciones, el cansancio que se permitía enseñar en su presencia. Cada vez dormía menos y lo pudo entrever cuando caminó hacia la ventana, con los ojos bien abiertos, como niña que no deja de hacer preguntas a sus padres sobre todo lo que veía. En aquellos momentos, parecía contenerse para evitar lanzar todo tipo de interrogantes.
-No puedes conciliar el sueño si te dedicas a pensar constantemente en lo que te atormenta -declaró Makishima en un tono ligeramente divertido.
Yashiro abría y cerraba sus párpados con una intensidad inusual. Parecía ser espectadora de penosas imágenes que sólo se desplegaban frente a ella. La conversación que había mantenido con Toma seguía tan vívida, que por un momento se sintió apartada de su entorno.
-Ambas cosas, sueño y realidad, son lo que me atormenta -llegó a farfullar Yashiro.
Ninguno de los dos habló por un largo rato. Makishima tenía la gentileza de guardar silencio cuando la situación lo requería y Yashiro lo agradecía mentalmente. No sabía qué estaba haciendo allí, pero de cierta forma platicar con él lograba calmar sus pensamientos.
-¿Se debe a tu reciente interés por el Caso de los Especímenes? -indagó él con cierta astucia.
Los ojos de Yashiro brillaron como la luna al observar en las noches. Parecía estar buscando las palabras indicadas o analizando si podía enseñárselas. Tardó casi una eternidad en contestar, y cuando lo hizo, por primera vez denotó una profunda indignación, como si no fuera capaz de creer en sus propias palabras, o en realidad no deseara hacerlo.
-La segunda víctima… la chica… es ella… la hermana de Toma -masculló Yashiro, buscando las palabras apropiadas-. Sé que él la mató… así como al político Ryoji Hashida.
Si Makishima estaba sorprendido, era excelente ocultando las emociones. Estaba culpando de homicidio a una persona que trabajaba en esa misma academia y él ni siquiera parecía advertir lo grave de la situación. Incluso sabiendo que se trataba de un profesor con el que mantenía una estrecha relación. Escuchó sus lentos pasos, sintió la forma atenta en que la observaba. Se hallaba a unos metros de distancia y como era usual se mantenía sereno, con la cabeza ligeramente inclinada hacia un lado.
-¿Lo has denunciado? -quiso saber él, en un tono lúgubre y directo.
Yashiro se giró a medias, frunciendo el ceño. No le conmocionaba la simple idea de que Kozaburo Toma estuviera detrás de los asesinatos. Carecía de un interés personal a lo que podría pasarle, tan sólo deseaba saber cómo había actuado ella ante dicho descubrimiento. No le sorprendería que, en realidad, hubiera sabido siempre la verdad. Yashiro intercambió una mirada y por fin negó con la cabeza. La oscuridad que había azotado el rostro del muchacho, se disolvió por completo para dar paso a la más pura curiosidad.
-¿Por qué no?
Yashiro tragó saliva. Toma no podía ser juzgado por el Sistema Sibyl. Siempre lo había intuido, pero finalmente lo aceptaba como un hecho. Podía percibir a ese tipo de individuo porque eran distintos que los demás, tenían algo que los separaba de la sociedad. Una forma de pensar y de comportarse, que por más inmoral que se considerara acababa siendo incompatible con los estándares del Sistema Sibyl. Yashiro siempre llegó a distinguir a la persona que se hallaba oculta debajo, pero no reconocía sus colores o aromas, le resultaba inaccesible.
Cuando descubrió a Rikako Oryo conversando con él, no pudo evitar preocuparse. Kozaburo Toma era inestable y, por ende, impredecible. Era de esas personas con las que convenía no enemistarse, porque en cuanto se las molestaba, abrazaban las emociones desde lo profundo de su ser. Y cuando lo hacían, ya no se podía razonar con ellos. Presentía que Rikako se estaba dejando guiar por la estrella equivocada, y perdería el camino de vuelta a casa si caminaba demasiado. Yashiro tenía que enviarle una señal para que, de ese modo, volviera atrás. Pero conocía a Rikako y era consciente de que nunca la vería. Al igual que Toma, una vez que comenzaba algo no cesaba hasta completarlo.
-Me preocupa Rikako Oryo -sentenció Yashiro con lentitud.
El muchacho volvió a caminar hacia un lado, dando unos pasos suaves que hicieron eco no sólo en el salón, sino en la mente de Yashiro. Cuando por fin detuvo su andar, ladeó la cabeza hacia ella con suma perspicacia. Yashiro intuyó sus palabras como propias, pero no pudo evitar sentir un vuelco desde lo profundo de su corazón.
-Cada uno es responsable de sus propios actos, Yashiro.
La joven volvió a perder la mirada en el patio. Sus puños se cerraron por una fracción de segundo, lo suficiente para que el otro llegara a percibirlo. Sentía que su corazón comenzaba a palpitar más rápido, y el silencio de la estancia le hizo escuchar el sonido de su propia respiración. En esos momentos ya no se veía capaz de sostenerle la mirada. Pues apenas el ámbar de sus ojos se conectaba con ella, una corriente fugaz de hielo e ira la invadía. Siempre lo había sabido, quizá incluso desde antes de que comenzara. Se preguntaba quién o qué había avivado las llamas. Y cuando se dio la vuelta para clavarle la mirada sus ojos denotaron, por primera vez, una frialdad ensordecedora.
-Tiene curiosidad por saber cómo terminará todo, ¿no es cierto? -se atrevió a preguntar ella.
A pesar de que en aquellas instancias todo en Yashiro emanaba rencor, su voz fue suave y pausada, como si en su fuero interno fuera consciente de que no podía detener lo que estaba fuera de su alcance. El muchacho curvó sus labios en una sonrisa pícara y se acercó a ella, metiendo las manos en los bolsillos de su pantalón. Sólo entonces, Yashiro se dio cuenta de lo poco que lo conocía en realidad. Y esa misma incertidumbre parecía divertirlo incluso más, como si se regocijara en el hecho de que la tenía en sus manos.
-¿Tú no?
Yashiro se removió en su lugar como si el suelo quemara. Un estremecimiento nubló toda su mente, dejándola en la nada misma. La tibia sangre volvía a estar presente. El dominador entraba en escena una vez más, y el rostro de Rikako se interponía como una luz blanca intermitente. Yashiro cerró los ojos con fuerza como si su vida dependiera de ello y se volvió hacia la ventana. Makishima, en cambio, se situó junto a ella hasta quedar unos centímetros a sus espaldas. Cuando Yashiro se atrevió a romper el silencio, su voz sonó dubitativa y melancólica.
-Si algo llegara a pasarle…
A pesar de que no pudo terminar la frase, Makishima adivinó lo que estaba cruzando por su mente y se adelantó, con un tono rígido y autoritario que la estremeció de pies a cabeza.
-Rikako será la responsable. ¿Acaso la obligaste a que tomara ese camino? ¿le susurraste al oído que de lo contrario la matarías?
Y sabía que tenía razón. Rikako Oryo había emprendido vuelo por voluntad propia, aunque por el momento tan sólo estaba aprendiendo de quienes ya sabían volar. Se preguntaba a dónde quería llegar, si en realidad se había establecido un destino o tan sólo absorbía de los demás. Antes habría estado entusiasmada, pero ahora empezaba a inquietarle su viaje. Las palabras de Makishima eran como dagas que se clavaban en su espalda, y suspiró profundo.
-Aun así, no podría verla desaparecer -confesó ella, tragando saliva mientras abría y cerraba los párpados-. No se lo permitiré esta vez…
Yashiro apretó los puños con tanta fuerza, que tardó unos segundos en percatarse de que temblaban ligeramente. Se hallaba sumida en las aguas más primitivas y corrosivas del ser humano, tanto en cuerpo como en mente, y Makishima parecía querer avivar su corriente. Lo que no llegaba a descubrir, sin embargo, era la razón. Se negaba a creer que se trataba de mera curiosidad. Makishima frunció el ceño, quedándose sin palabras. Yashiro había mostrado una parte de ella que no solía enseñar en público, sin ser apenas consciente. La estudiante que no se inmiscuía emocionalmente con los demás, estaba ahora desgarrándose por dentro, siendo vulnerable.
-Somos los únicos que podemos protegerla -susurró cerca de su oído-. No debes decirle a nadie, Yashiro.
Mientras que inclinaba la cabeza para observarla profundamente a los ojos, Yashiro tenía la mirada perdida en el cielo, aunque no observara nada en absoluto. Era consciente de que lo necesitaba, podía intuir que sus poderes e influencias se expandían incluso fuera de la academia, pero tenía la sensación de que sus intereses se concentraban en otra cosa, no se relacionaban en absoluto con el bienestar de Rikako, y tampoco con el de ella. Carecía de lealtades, y el problema de ese tipo de individuo radicaba en su compleja impredecibilidad.
Las palabras de Makishima sonaron demasiado lejanas, y tan sólo llegó a responder con un asentimiento de cabeza. Entonces, inesperadamente, sintió el tacto suave de una mano en su hombro. Al principio, un estremecimiento recorrió toda su espina dorsal dejándola sin aire. Pero, de a poco, su cuerpo comenzó a adaptarse a aquel simple gesto, hasta que se relajó por completo, como si un gran peso hubiese sido quitado de su alma.
