Muchas gracias por todo el apoyo que esta recibiendo este triste intento de historia.

Como siempre los personajes no me pertenecen yo solo los ocupo sin fines de lucro.

Capítulo XVII. Premoniciones Pt. 2

Si no estuvieran teniendo una conversación seria, Azrael se estuviera riendo de la expresión de Anna.

El desconcierto hizo que la mandíbula de la cobriza cayera, y sus ojos se abrieron hasta el punto que le hizo pensar que en cualquier momento se le podrían salir de las cuencas.

- Eso... No. - las palabras se rehusaron a salir de su boca, sintiendo como su corazón con cada latido pareciera ser el último por el dolor que sentía.

- Solo son los hechos. - dijo Azrael, pues aunque quisiera darle palabras de aliento, no podía darle falsas esperanzas.

- Ella es fuerte. - dijo con tanta firmeza que cualquier persona le creiria sin problemas.

La mirada del Alfa veían con atención cada movimiento que hacía su cachorra, como se levantaba y comenzaba a caminar por su oficina como si de pronto se encontrará enjaulada en ella.

- Debe haber otra explicación. - dijo entre gruñidos, sin molestarse en pensar por qué de pronto se sentía tan enojada. - Es fuerte, a soportado mucho, los estúpidos genes no tienen nada que ver.

Las palabras de Anna le hicieron volver a pensar en la situación, pues el simplemente dijo la primera conclusión a la que había llegado, sin embargo el ver la desesperación en ella le hizo recapacitar y ver las circunstancias en las que se estaba desarrollando toda la situación.

Si bien, eso es lo que había sucedido con la mayoría de las omegas que llegaron a su manada, no significaba que era una ley, ahora Elsa era descendiente de su hermana y de un Alfa de la rama secundaria, por lo que las palabras de Anna ciertamente tenían más peso del que seguramente está pensaba, ahora el había tenido más de una pareja a lo largo de su vida, nunca al mismo tiempo, pero sabía que sólo los alfas de las manadas llegaban a hacerlo, pues los mismos instintos de las omegas les llamaban a estar junto a ellos o ellas, pero Anna ni siquiera había dado una señal de querer luchar verdaderamente contra el, solo pequeños encuentros más juguetones que otra cosa, pero hasta el momento pareciera que no tenía el mínimo interés en querer su lugar, aunque posiblemente...

De pronto un olor dulce llegó a él, apenas lo captó, vio como Anna se detuvo en seco y apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando está trató de salir de la oficina, pues se levanto de un salto y trato de saltar sobre su escritorio para poder detenerla, pero solo logró tumbar su escritorio de madera, apenas logrando abrazar a la alfa evitando que saliera.

La cobriza se retorcía en los brazos de Azrael tratando de liberarse, aquel olor la llamaba, era como si aquel calor que solía haber dentro suyo desde que Elsa llegó a su vida, de pronto se hacía insoportable, no sabía para qué pero necesitaba estar cerca de ella, todo su ser se lo exigía.

Elsa no podía siquiera recordar si alguna vez había visto a su madre tan relajada, parecía una persona completamente diferente, incluso un poco más joven.

Despues de que Anna se disculpo para retirarse, ella y las otras dos omegas comenzaron a platicar acompañadas con una taza de té.

Cuando vivía junto a su padre, el silencio siempre reinaba, no era muy diferente a estar encarcelada, pues cualquier cosa que pudiera decir le trairia consecuencias, por ello simplemente tanto ella como su madre preferían abstenerse de hablar aún entre ellas, incluso cuando permanecían solas, el estar en aquella casa era suficiente para no querer pronunciar palabra alguna.

Ahora el hablar con tanta calma, el estar tranquila era un alivio a su ser, ambas no habían estado ahí por más de dos días, pero ello no les impidió el sentir esa calma.

No creía que hubiera algo que pudiera arruinar el momento.

Sin embargo, de pronto un malestar nació en la parte baja de su vientre.

Si visión se hizo borrosa, su respiración comenzaba a ser pesada, como si con cada inhalación, en vez de arie, fuego llegará a sus pulmones.

Iduna de inmediato noto el cambio de su cochorra, como todo su rostro se pintaba de carmín, y pequeños quejidos salían de su boca mientras se sostenía su vientre.

Con pasos presurosos se acerco a ella, cuando sus brazos la envolvieron sintió como toda su piel ardía.

- Dioses... - la exclamación llamo la atención de Minerva, que solo necesito una mirada para saber que estaba sucediendo.

Ella también se levanto para ayudar a la platinada que parecía esforzarse al máximo por ver a cualquiera de las dos.

El celo era casi insoportable, ahora se sorprendió de lo rápido que pareció presentarse en la joven, pero no tenía tiempo de pensar en ello, cuando escucho un ruido sordo de algo pesado cayendo al suelo a un par de habitaciones de distancia.

Podía sentir su cuerpo hervir, cada paso que le hicieron dar era tortuoso, y mientras sentía su conciencia desvanecerse un único pensamiento llenaba su mente...

- Anna...

La matriarca de la manada Månen se las arregló para cargar a Elsa a su habitación, notando el nido que había hecho la platinada con las cobijas, apenas logró dejarla sobre la cama, la vio acurrucarse haciéndose un ovillo, repitiendo el nombre de su nieta entre quejidos.

Pero al no saber cómo reaccionaría Anna, no tuvo más remedio que salir para encerrar a Iduna y a Elsa dentro de la habitación.

Apenas el sonido de la puerta de acero hizo eco en la casa, Minerva escucho la carrera que estaba llevando a cabo su nieta, y esta no tardo en aparecer frente a ella, pero pareciera no le presto la mínima atención, como si estuviera en un trance.

Y sin decir una palabra, Anna se sentó en contra de la puerta. Como si esperara a que en cualquier momento se abriera.

Minerva suspiro, serian un par de días bastante largos.

Bajo las escaleras para tomar un vaso de agua, pero apenas entro a la cocina noto como Azrael estaba cerca del lavabo limpiándose una herida en su brazo, que pintaba la agua que caía sobre de ella con su sangre.

- ¿Que sucedió? - pregunto, aunque podía imaginarse que había sucedido.

- Me mordió para que la dejara libre.

Minerva se acerco, y pudo ver como el pedazo de carne apenas permanecía unido al brazo.

- ¿No te golpeo?

- No la deje hacerlo.

La omega tomo un botiquín que había en la cocina para emergencias y situaciones parecidas.

Rocío la herida con un antimicotico, y comenzó a suturarla, podía notar como con cada punto el brazo de Azrael comenzaba a temblar por el trauma.

- ¿No tienes ese presentimiento como que algo va a suceder? - Dijo Minerva al terminar con su tarea.

- Todo el tiempo suceden cosas, solamente que en este momento puede que nos toque a nosotros.

La calle fuera de la casa de la pequeña manada estaba desierta, solo un Mercedes-Benz circulaba por ella.

La mujer dentro de el, vio la mansión con cierto desdén cuando el automóvil se estacionó fuera de ella.

El chofer le abrió la puerta y le tendió la mano para ayudarla a salir. - ¿Gusta que la acompañe?

La mirada de Elizabeth seguia fija en la puerta del lugar, y sin responder la pregunta que le fue hecha avanzó hasta llegar a la casa.

Sabiendo lo innecesario que era, no toco el timbre de la puerta, y como supuso apenas unos segundos después esta fue abierta.

Debía decir que en realidad estaba impresionada, incluso sintió su ser estremecerse ante la presencia de su hermano, pues era como ver un reflejo de su padre.

Tuvo que inclinar su cabeza hacia arriba para poder verlo a los ojos, aquellos orbes negros como el mas profundo de los abismos la analizaban. Ciertamente cuando tomo la decisión de ir a ese hogar, tenía unas cuantas expectativas, dentro suyo quería ver por lo menos un fantasma de aquellas miradas que solía recibir de el, pues recordaba que cuando apenas era un niño, el hombre frente suyo solía verla casi con adoración, ahora recibía esa fría mirada que su padre solía darle.

- Es un gusto verte, booboo. - Dijo con una sonrisa como si su corazón no le estuviera matando del dolor.

- Me encantaría decir lo mismo, pero no es el caso. - Después de mas de un siglo de haber tomado diferentes caminos, Azrael no podía sentir cariño por su hermana.

- ¿Me dejas pasar? - dijo viendo hacia dentro del hogar, pero Azrael no se movió.

- No, dime a que viniste.

Por un momento el alfa vio el dolor deformar las facciones de Elizabeth, y ello estuvo a punto de hacerlo recapacitar su actitud, pero antes que todo, debía ver por sus niñas que permanecían detrás suyo.

- No quiero hacer esto... ellas no son nada tuyo. - sus labios dejaron salir aquellas palabras con solemnidad, como si estas fueran un gran discurso. - Solo las quiero de vuelta, no quiero que mueras.

Y lejos de lograr su objetivo, Azrael sintió como la sangre comenzó a gotear de su herida recién ganada, su corazón latía con fuerza.

- No me importa morir... y aun sobre mi cadáver no volverás a tocarlas.

Elizabeth agacho la mirada, negando, se tuvo que tragar el nudo que oprimía su garganta para poder hablar.

- Entonces lo haz decidido... - Dijo, esperando que en cualquier momento Azrael cambiara de opinión, pero el silencio fue su única respuesta. - Mañana será, al alba será tu muerte.

- Nos veremos en la montaña norte.

La omega dio un último vistazo a su hermano, juraba que sentía sus ojos arder pese a que habían pasado décadas desde que había llorado, pero terminó por retirarse.

El resto de la tarde paso rápido, como si el mismo tiempo quisiera hacerle ver al hombre que se le terminaba, Minerva veía con preocupación a Azrael, sin embargo no dijo nada.

Con la llegada de la noche, Azrael no pudo dormir pese a tener a su lado a Minerva, veía sus facciones relajadas, y la idea remota de perder cruzó su mente, que pasaría con ella si llegara a suceder, Anna podría tomar su lugar, pero faltaban un par de años según su pensamiento.

Se levanto de la cama, se sorprendió de no ver a Anna recargada en la puerta de la habitación de Elsa, pero lo dejo pasar teniendo más cosas en su mente.

Camino por su hogar, el que lo había albergado por décadas, en el vio crecer a su hijo, a su nieta, y a la nieta de ella.

Camino hasta llegar a un pequeño taller en su jardín.

El foco en el techo le ayudó a ver, no tenía mucho tiempo, por lo que comenzó de inmediato con su tarea.

Tomo un par de lingotes de hierro y los colocó en un recipiente que colocó en un horno para fundirlos.

En una pequeña cama de arena hizo el molde de lo que necesitaba, nunca pensó que llegaría el día en que utilizaría ello, pero supuso que solo había sido cuestión de tiempo.

La arena fue tomando forma de una mandíbula, todos los dientes eran colmillos, e hizo los moldes de garras, tan grandes como sus uñas.

Termino por tomar el hierro fundido y lo vertió en los moldes.

Espero unos momentos a que se enfriara para quitarles imperfecciones, darles forma y filo.

Ciertamente no era un trabajo perfecto, pero servía para su propósito.

Ahora comenzaba la parte difícil.

Una costumbre entre algunos alfas, era exteriorizar su animal, usando utensilios parecidos a los que acababa de hacer.

Tomo unas pinzas y colocó delante suyo un espejo.

Con su mano izquierda abrió lo más que pudo su boca, y con la derecha tomo las pinzas, el frío metal entro recorriendo con extrema paciencia cada uno de los dientes, hasta que llegó a su último molar, los dientes de metal tomaron lo más que pudieron de la muela, y de un solo golpe lo extrajo de raíz.

El nervio quedó colgando del agujero sangrante, el diente cayó al suelo, el dolor era insoportable, pero sabía que era necesario.

Con cada diente que caía, la encía más se abrirá, podía ver los huesos de su mandíbula, la carne que llego a cubrir sus dientes estaba deformada dándole las más horrible de las escenas, apenas y pudo mantenerse consiente durante su tortura auto infligida, la sangre caía de sus labios cual cascada, manchado sus manos.

Sus manos temblaban, el dolor le hizo temblar cada parte de su ser, pero aún faltaba la peor parte.

Tomando la dentadura de hierro, la incrustó en los huesos que solían sostener sus dientes, el tronar hizo eco en la habitación, pero era necesario para poder asegurar lo más posible el futuro de los suyos.

Las mismas pinzas con las que arrancó sus dientes, le ayudaron a tomar sus uñas y tirar de ellas para desprenderlas de sus manos.

En ese momento agradecía no tener tanta sensibilidad, pero cuando el hierro se hundió en su piel, y termino tocándole el hueso, sintió a todo su ser gritar de dolor, cada soplido de aire era un verdadero calvario, pero lo había conseguido.

Minerva notando la ausencia de Azrael, emprendió su búsqueda.

No tardó mucho en notar la luz del taller encendida, un mal presentimiento le hizo caminar a prisa, pero nunca espero encontrar la escena que presenció.

La sangre cubría todo el lugar, como si está hubiera sido la escena de un crimen, y ahí parado lo vio.

Su boca aun sangrante e hinchada le dio una leve sonrisa, mostrando unos colmillos repletos de sangre.