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LA CACERIA

María había decidido organizar varias actividades para mantener entretenido a su invitado. Entre ellas, una cacería que, además de ayudar a la integración de Albert entre los hombres de Robert, si tenían suerte, abastecería las despensas del castillo. Algo que no vendría mal porque también pensaba dar una cena en su honor.

-Te estás tomando demasiadas molestias por alguien que no lo merece - le dijo Candy mientras le ayudaba con los preparativos de la cacería.

-Ha venido hasta aquí por ti - la miró con diversión cuando la vio torcer el gesto - Es lo menos que puedo hacer por él.

-No está aquí por mí.

-Desde luego por mí no es, cielo - la sostuvo de las manos para que le prestase toda su atención - Te quiero mucho, Candy, pero a veces eres tan terca que me dan ganas de estrangularte.

-Vaya, que profundo, mamá - ironizó.

-¿Por qué no eres capaz de ver que Albert está interesado en ti? Realmente interesado, hija.

-No soy yo quien le interesa, mamá.

-El amor a veces se disfraza de deseo por ignorancia - le soltó las manos y continuó con el trabajo.

-¿Qué diablos significa eso, mamá? - la miró confundida.

-Esa lengua, Candy.

-Explícate, mamá.

-Si quieres ir a la cacería - cambió de tema deliveradamente - será mejor que hables ahora con tu padre. Está en el salón.

Como había supuesto, Candy dejó de insistir y corrió en busca de su padre. Ni siquiera le preguntó cómo sabía donde estaba, como habría hecho en otra ocasión. Participar en la cacería era lo suficientemente excitante como para olvidarse del resto.

-Permanecerás todo el tiempo en la retaguardia - le dijo Robert cuando le pidió permiso.

-¿Me dejas ir? - lo miró estupefacta. Había esperado algo de resistencia por su parte y ahora no podía dejar de mirarlo con la boca abierta por el asombro.

-Siempre que hagas lo que te diga - le recordó.

-¿Por qué me dejas ir? - entrecerró los ojos estudiándolo.

-¿Quieres o no quieres ir, Candy? - le preguntó alzando las cejas.

-Claro que quiero.

-Pues ve a prepararte. Nos vamos ya.

Candy corrió hasta su alcoba y se vistió con uno de sus trajes de hombre, de los que usaba cuando entrenaba con las armas. Nunca antes había participado en una cacería porque para cuando tuvo edad suficiente para hacerlo, también la tenía para casarse y su padre empezó a prohibirle realizar cualquier actividad que tuviese algo que ver con las armas.

Ahora su padre le había dado permiso y, aunque le intrigaba saber el por qué, prefirió disfrutar del momento. Tal vez no pudiese volver a hacerlo en su vida.

-¿Lista? - su padre la miró de arriba a abajo pero no dijo nada más.

Sabía que no le gustaba que usara pantalones pero a ella siempre le habían parecido cómodos. No entendía porqué una prenda así debía ser exclusiva de los hombres, mientras las mujeres debían compartir la falda con ellos. Al menos con los highlanders.

-Ansiosa - respondió.

-Mantente detrás - la avisó - Esto no será como cazar conejos.

-Lo sé, papá. Haré lo que me pidas.

-Eso sería toda una novedad, hermanita - Tom los había estado escuchando y no perdió la ocasión para burlarse de ella.

-Tú te callas - lo amenazó con un dedo.

-Fiera - rió él enlazando el brazo de su hermana en el suyo para acercarse a los caballos - Te ayudo a montar.

-No necesito ayuda - lo apartó de un manotazo y subió sola.

Tom rió pero no dijo nada más. Montó también y esperó a que su padre diese la señal para partir. Cuando comenzaron a cabalgar hacia el bosque, se colocó junto a su hermana.

-Esto es cosa de mamá - le susurró a Candy.

-¿Qué?

-Mamá convenció a papá para que te dejase participar - la miró por un momento antes de continuar - No sé qué planea pero deberías estar atenta.

-Creo que sé que es lo que pretende conseguir - musita, sin hablar realmente con nadie. Luego fija su mirada en la de su hermano - Se va a llevar una gran decepción.

-Mamá es lista.

-Yo también - rió - Después de todo soy su hija.

-Me encantará ver eso, hermanita - rió antes de dejarla sola para reunirse con sus amigos.

Candy observó de soslayo a Albert, segura de que no se había perdido detalle alguno de su conversación, aunque desde donde estaba, no habría podido escuchar nada. Lo vio acercarse pero nunca llegó a hablar con él porque uno de los hombres de su padre se interpuso en su camino, sin siquiera saberlo.

-Hola, Candy - le sonrió.

-Hola, Wallace.

Wallace era unos cuatro años mayor que ella pero siempre se habían llevado bien de pequeños. Ahora, sobre todo desde que su padre le había prohibido entrenar más, se trataban con cordialidad pero la confianza no era la misma.

-Tu padre me ha pedido que te acompañe durante la cacería.

-Querrás decir que me vigiles - rió ella.

Wallace sonrió si llegar a confirmarlo. Pero tampoco lo negó.

Cabalgaron en silencio hasta llegar al punto donde daría comienzo la cacería. Todos sabían qué hacer salvo Candy pero Wallace se lo fue explicando a medida que lo requería.

Estaba tan emocionada, que desterró al fondo de su mente aquella desconcertante sensación de que la vigilaban cada vez que salía del castillo. Porque incluso ahora, rodeada de hombres, sentía que unos ojos se le clavaban en la nuca.

No tardó en disfrutar de la experiencia que estaba viviendo, nada ni nadie le arruinaría el día. Corría a la par de Wallace, pero siempre manteniéndose a cierta distancia de la cabeza del grupo. Sabía que era una forma de protegerla, después de todo Tom había dicho que la idea de que participase en la cacería había sido de su madre.

Oyeron los gruñidos de los jabalís incluso antes de verlos. Consciente de que uno de aquellos animales podía partirla en dos con sus colmillos, se mantuvo a una distancia prudente de ellos, esta vez por iniciativa propia. No tenía miedo, no se trataba de eso, sino de que estaba entendiendo que ciertas cosas podían superar sus habilidades. Y tampoco tenía nada que ver con su condición de mujer. Fuera como fuese, no se acercó al lugar donde se desenvolvía la batalla por la supervivencia del más fuerte. O el más listo.

-Cuidado.

Oyó la advertencia pero todo sucedió con tanta rapidez, que no supo lo que había pasado hasta que se encontró en el suelo, aplastada por el peso de un hombre.

-¿Estás bien, Candy? - la preocupación teñía su voz.

Candy lo miró con atención para descubrir que se trataba de Albert. Y de que acababa de apartarla del camino de huida de un enorme jabalí herido.

-Me has salvado la vida - acertó a decir.

-Eso parece.

Sin llegar a pensar en lo que hacía y antes de que alguien pudiese descubrirlos, lo besó agradecida.

CONTUNUARA