Capítulo 11

"Los patos siempre parecen flotar en calma en la superficie, pero por debajo del agua patalean de forma histérica para mantenerse a flote."

~x~

Dallan Adler estornudó. Una y otra vez. Después maldijo y se agazapó al lado de un carrito minero y esperó pacientemente a que ni viniera nadie. Unos minutos, unos diez o quince, para estar seguros veinte.

Cuando sus tobillos comenzaron a acalambrarse, Dallan salió de su escondite y con sus manos encontró el camino que estaba buscando dentro de las minas de carbón del Distrito Doce. Ahí, después de tres giros a la derecha, dos a la izquierda, llegar a la protuberancia con la cabeza de un perro, girar a la derecha otra vez hasta escuchar un riachuelo subterráneo que nadie sabe dónde está pero todos pueden escuchar, y otras dos vueltas a la izquierda más, encuentra lo que vino a buscar. Un nido de escarabajos.

Dallan no los puede ver porque todo está demasiado oscuro, pero los puede sentir en sus pies. Saca un frasquito que contiene un pedacito insignificante del queso más oloroso que pudo encontrar y lo abre. De inmediato los insectos comienzan a entrar al frasco, Dallan lo cierra cuando siente que ya tiene suficientes y sale de la mina unos minutos después.

La luz del sol y los señalamientos de la ruta de evacuación de emergencia que son de color verde fosforescente lo guían de vuelta.

Los agentes de paz que cuidan la entrada lo saludan con la familiaridad de siempre. Dallan no es minero, es mensajero. En teoría se pasea por aquí y por allá llevando mensajes importantes entre los jefes de los escuadrones, el Alcalde, los agentes de paz y otras personas importantes, pero para Dallan que no sabe leer porque dejó la escuela para ayudar a su madre desde los trece, su verdadero trabajo ha sido siempre conseguir cosas extrañas para gente extraña.

Precisamente como los escarabajos que lleva guardados en su bolsa, que también está llena de recados. Antes de volver a las minas, o ir al palacio de justicia, Dallan Adler pasa por detrás de la panadería y toca dos veces en la puerta trasera. Una señora sale y lo mira con mala cara, no le gusta que los niños con pintas de desnutridos y mendigos sean vistos por ahí, pero conoce a Dallan y le pone diez sesterces en la mano, tomando el frasquito de escarabajos y cerrando la puerta con rapidez.

Una vez le preguntó a la señora que para qué los usaba. Ella se limitó a decir que eran colorante natural. Dallan no sabía lo que era eso, así que se encogió de hombros y fue a casa con su dinero. Ahora, cada semana, baja a las minas y le lleva un frasquito.

Concluido su servicio, se dirige al palacio de Justicia e intenta limpiar su cara con su manga en vano. Ha estado en las minas toda la mañana, así que el hollín no saldrá de la mayoría de los lugares de su piel, ni siquiera con agua. Dallan toca la enorme puerta y un agente recibe las notas, le da una moneda y cierra la puerta.

Para Dallan esa es la interacción humana normal. Tocas, te abren la puerta, toman lo que necesitan de ti y la cierran una vez más. Hoy es mejor, porque casi nunca le dan monedas, hoy es día de Cosecha, así que supone que todos están más dadivosos que de costumbre.

Vuelve sobre sus pasos un momento. Detrás de las casas de la zona de los mercaderes hay un insípido bosque dentro del área de la malla eléctrica. Lo llaman bosque porque no tienen otra palabra mejor, pero en realidad es un enorme árbol rodeado de pequeñas versiones similares de él. Juntos no llegan ni a quince ejemplares, pero es un lugar popular entre la gente del pueblo. Después de los Juegos, cuando el peligro ha pasado, las familias acomodadas del Distrito se reúnen a comer un pan entre todos con algo de carne que hayan conseguido. Desde la Veta se pueden ver los vestidos color pastel de las niñas y las camisas blancas de los niños, relucientes al sol, sin manchas de carbón.

Hoy, sin embargo está desierto, todos se preparan para la Cosecha. Dallan sabe que su madre estará parada en la puerta de su casita en la Veta, esperando con los labios mordidos a su pequeño hijo. Ella, Irupe, es la menor de cinco hermanos, todos viven en el mismo lugar, aunque los separan delgados muros de madera. Irupe es la única madre soltera de su núcleo, y Dallan su único hijo. Ambos son los más consentidos de la familia, por eso Dallan ha desarrollado un intenso sentido agudo de lealtad a su no tan pequeña familia.

Quiere volver a casa para no preocupar a su madre, pero ésta entrega podría suponer suficiente dinero para comprar medio pollo.

Dallan cruza su bolsa por detrás de su espalda y sube al árbol con cuidado. Aún no es suficientemente alto para subir sin esfuerzo, por lo que tiene que levantarse con nada más que sus brazos un par de veces, pronto le arden y punzan. Nadie dijo que comer pollo fuera fácil.

Cuando está en una de las ramas más altas, abrazado de ella y con el pecho contra la corteza, comienza a buscar lo que vino a traer. Era una especie de hongo que crecía en lo alto de éstos árboles. Según el señor que se lo compraba, ayudaba con los dolores provocados por la artritis, y también era un medio eficaz para escapar de la realidad.

A Dallan le gustaba cómo sonaba eso de escapar de la realidad, pero le daba miedo probar aquél hongo. Era de un color morado brillante y tenía un olor como a tierra mojada. Su madre le había enseñado que las cosas en la naturaleza que tuvieran colores extraños, probablemente eran creados por el Capitolio. Dallan y su familia no confiaban mucho en las cosas hechas por el Capitolio.

Sin una navaja, tarda muchísimo, pero no quiere arriesgarse a que le sorprendan con un arma. Puede que los agentes del Doce se estén volviendo relajados y dóciles, eso no quiere decir que pasen todo por alto, en especial a un niñito de catorce años con un acero afilado.

Mientras extrae con cuidado un par de ejemplares y los mete en otro frasquito, Dallan escucha pasos bajo él, guarda el frasco en su mochila y se aprieta aún más contra la rama, agradecido de estar cubierto de hollín para camuflarse.

— ¿Estás seguro? —era la voz del Alcalde, sostenía una papeleta que Dallan le había entregado unos minutos antes. El chico en el árbol no supo exactamente lo que la otra persona contestó, porque lo hizo con un movimiento de cabeza. Lo único que podía ver era un casco de minero color anaranjado, el de los oficiales—. Hablaré con mi bizcocho. Puede que no nos afecte a nosotros aquí, pero el mensaje seguro va a resonar en casas más grandes —dijo el Alcalde. Dallan se preguntó durante unos segundos qué casa sería más grande que la del Alcalde.

Ambos hombres se marcharon poco después, discutiendo sobre los planes mineros del siguiente mes, como si el inicio de la conversación nunca hubiera pasado. Dallan bajó del árbol con sus hongos y corrió a casa. Ya era tardísimo, eran las once, casi era la hora de la cosecha.

Pasó corriendo por los almacenes de carbón y por el Quemador, un lugar oscuro entre los lugares oscuros al que no quería meterse. Era muy bueno recolectando materiales inusuales para el público correcto, pero no quería meterse en problemas con la gente que había en ese lugar. Sus primos decían que todos estaban un poco locos, aunque el estofado que llevaban de ahí no estaba nada mal. Quizás cuando fuera mayor.

Una vez avistadas las primeras casas de la Veta, Dallan entra por la ventana de una de las más antiguas. A su dueño no le gusta que toquen su puerta, nadie sabe por qué.

— ¡Señor Lacy! ¡Señor Lacy! —gritó Dallan. Era probable que el anciano siguiera durmiendo, pero lo sorprendió parado en la cocina bebiendo un té color morado hongo.

— ¡Ah, Dallan! Justo a tiempo —el Sr. Lacy le mostró su enorme sonrisa desdentada—. Toma, toma. El boticario me ha dado un adelanto para la próxima entrega. No sabe quién se sube a los árboles por él, pero sabe que tiene que ser pequeño para que no lo vean, y pensó que hoy sería un buen día para que un pequeño tuviera dinero —el viejo le entrega casi veinte sesterceres. Dallan no se sorprende demasiado, tanto al Sr. Lacy como al boticario les encantan aquellos hongos. De hecho, piensa que el viejo se quedó con el resto y que ya va siendo hora de que le venda al boticario en persona, pero otra vez su cerebro piensa "cuando sea más grande".

Aún no quiere tener una reputación peligrosa. Hasta ahora sólo es el chico raro que puede conseguir cosas raras y quiere seguir así al menos hasta los diecisiete, cuando según su madre tenga el último estirón. Entonces tendrá que encontrar a niños más pequeños para que le ayuden y podrá tener un puesto en el lugar que le asusta.

— ¡Muchas gracias, hasta luego! —dice Dallan dejando el frasquito y corriendo hacia la carnicería, quizás con sus treinta monedas pueda comprar algunas piezas ya rostizadas. Aunque no sean muchas.

El carnicero toma su dinero y le da una bolsa llena de pescuecitos, un par de alitas y una pechuga. Es la más grande que Dallan ha visto y le agradece profundamente. Definitivamente, hoy en el Distrito todos están muy sentimentales. Todos creen que los chicos que vayan al Capitolio volverán en cajas de madera, por eso los consienten hoy todo lo que puedan.

Cuando Dallan llega a casa, su madre no está esperando en la puerta, está intentando preparar comida decente en la cocina. Tiene un pan medio duro que remoja en un caldo, el caldo a su vez no es más que agua con sal y algo de cebollines. Dallan la mira con ternura. Irupe tiene treinta años, eso quiere decir que tenía dieciséis cuando se convirtió en su madre, desde entonces se cuidan entre ellos, y aunque tengan al resto de la familia, siempre han sido una unidad.

Irupe se voltea al oler el pollo, Dallan menea la bolsa de pescuecitos y la vierte en una lata que a veces utilizan como plato.

Si estuvieran sus tías en la mesa, le dirían que no se chupara los dedos, y que no se limpiara la grasa en los pantalones, pero su madre era igual que él, así que no le decía nada. Una vez terminados los pescuecitos en un acto de glotona rebeldía contra la familia, Dallan y su madre tocan la puerta de sus tíos. Todos se reúnen en la mesa a comer el pollo rostizado, el caldo de cebollines y una enorme jarra de agua de jamaica que a su prima Cobble le costó dos semanas de trabajo en las minas.

— ¿De dónde sacaste esto? —le preguntó su tío chupando sus dedos con expresión gustosa.

— El carnicero me los dio —contestó Dallan encogiendo los hombros. A veces, su madre le contaba que en la familia se preocupaban mucho por él, no querían pensar que era un ladrón, pero no se explicaban de dónde sacaba dinero para cosas como éstas. Una vez llegó con zapatos nuevos y su tía casi lo lleva con los agentes de paz porque no quiso decir de dónde los obtuvo.

Aquella vez, Dallan había ido a recoger la bolsa de mensajes que llegaban del Capitolio en un tren con el grano de tesela cada cierto tiempo. La bolsa era nueva, Dallan no sabía por qué, pero lo que importaba era que estaba hecha de un tipo de cuero tan suave que dolía despegarse de él. Dallan se la vendió al zapatero, y a cambio consiguió zapatos nuevos, no de ése material claro, pero al menos éstos no tenían agujeros ni le apretaban los pies.

Nadie más en la mesa dijo nada. Ésto no eran unos zapatos o cortinas para la cocina, ésto era comida. Deliciosa comida, su madre le guiñó un ojo contenta.

No sabía si su madre le creía o no, él quería que le creyera, era la única persona a la que le había contado todo lo que hacía para conseguir dinero.

La mayoría de los habitantes de la Veta eran igual de recelosos con las cosas buenas que les pasaban. No siempre podían contar con que volvieran a pasar cosas buenas, es más, podían contar con todo lo contrario. El siguiente invierno sería más crudo, habría menos comida, más explosiones en las minas, o más niños muertos. Ya sea por hambre, descuido, o por los Juegos del Hambre.

Con la camisa azul cielo heredada de uno de sus primos, un pantalón oscuro y el cabello relamido hacia atrás con sabia de árbol, Dallan se unió a su familia para la caminata a la plaza. La mayoría de sus primos seguían en edad de Cosecha, Dallan los había escuchado llorar en la noche a través de las paredes de madera. Él no lloraba a menudo, estaba muy ocupado para llorar, pero la noche de la Cosecha era una de ésas noches en las que casi lo hacía.

Con abrazos, cachetes mojados y revolturas de cabello, Dallan y sus primos se formaron en las filas de los niños y niñas que podrían ser los siguientes tributos. El Alcalde se levantó y dio su discurso con una fiereza inusual, habló de lo mucho que el Distrito Doce aportaba a Panem, y de lo mucho que estaba orgulloso de los hombres y mujeres trabajadores del Doce. Inusual, pero encantador.

— Encantador —coincidió la escolta sonriendo al alcalde—. Verdaderamente encantador, y ahora, es momento de pasar de lo encantador a lo emocionante —dice con un gesto de la mano abarcando a la audiencia—. ¿Quién tiene ganas de ser el elegido de éste año? —Dallan luchaba para encontrar una pregunta más retórica que aquella, pero no pudo. El Distrito no parecía nada impresionado—. Muy bien. Empecemos con las señoritas... y la elegida es... Dallan Adler —Dallan estaba confundido, la última vez que revisó no era una chica. Uno de sus primos, de su edad comenzó a reír y llorar al mismo tiempo. Estaba pasando, había sido cosechado, y de la peor manera.

Las cámaras seguían buscando a una chica llamada Dallan Adler entre la multitud, la escolta estaba parada con una sonrisa en la cara sin notar la conmoción. Dallan no sabía si subir o no al escenario. Quizás si existía una Dallan Adler mujer.

Pasaron muchos minutos. Nadie sabía lo que estaba pasando excepto quizás Dallan y su familia y conocidos, que intercambiaban miradas ansiosas. Después de una eternidad, un agente le comunicó a la escolta que no existía ninguna chica con aquél nombre, pero había un muchacho. La escolta miró ambas urnas y pestañeó un par de veces confundida. La derecha era la de las niñas, siempre lo había sido. ¿Qué estaba pasando?

— ¿Dije la elegida? —preguntó componiendo una sonrisa—. Quise decir el elegido, claro. Hay que cambiar un poco las cosas ¿no? —dijo en el micrófono volteando a todos lados—. Muy bien... el señorito Dallan Adler, ¡un paso al frente por favor!

Dallan no tuvo más remedio que caminar por el pasillo enojado. Estaba enojado porque había sido cosechado, estaba enojado porque su cosecha había sido un desastre, y sobretodo estaba enojado porque no podría crecer para probar el té de hongos morados.

— ¿Cómo estás Dallan? —preguntó la escolta. De cerca se podía ver el sudor que corría por su frente, justo bajo su peluca. Sus ojos eran como los de un animalito en peligro.

— Enojado —contestó él. La escolta soltó una risita nerviosa.

— ¿Por qué, querido? —preguntó.

— ¿Cómo te sentirías tú si fueras a morir? —contestó él. La escolta volvió a reír, dos decibeles más alto. El sudor le corría por la frente ahora y estaba roja. Cuando habló, su voz era tan chillona que a Dallan casi le da pena.

— Yo me sentiría orgullosa de ser la parte más importante de los Juegos. ¿Me puedes decir, con honestidad que no estás ni un poquito emocionado? —preguntó apretando su brazo con fuerza. Como pidiendo que contestara algo sensato.

— Quizá un poco —dijo Dallan con un hilo de voz inseguro. La escolta lo soltó de inmediato y abrió los brazos al público.

— ¡Ahí lo tienen, un tributo MUY emocionado! ¡Aplausos! ¡APLAUSOS! —gritó, su actitud estaba rozando la desesperación y el Distrito le dio un aplauso apagado como recompensa.

Dallan seguía enojado, ¿por qué no podía todo ser más normal? Él sólo quería crecer.

~x~

Me costó una vida y la mitad de la otra escribir éste capítulo, pero por fin estamos aquí, casi a la mitad.

Por cierto, he estado intentando no escribir con cambios de tiempo repentinos. Avísenme si no funciona xD