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SI NO ME QUIERES, LIBERAME

-Es muy guapo.

Mairi estaba recogiendo el cabello de Candy en un elaborado moño mientras hablaban. Había acudido a ayudarla a prepararase para la cena porque sabía que ella ni se molestaría en hacerlo.

-¿Quién? - fingió no entenderla.

Se había sentido tan avergonzada por haberlo besado de aquel modo y al mismo tiempo tan extasiada por las sensaciones que le produjo el contacto con sus labios, que se dedicó a evitarlo el resto del día.

-Albert, tonta - elevó los ojos al techo - ¿De quién iba a hablar sino?

Contuvo una sonrisa al pensar en que su hermana era muy inteligente para algunas cosas pero demasiado ingenua para otras. Era fácil engañarla y por eso se alegraba de que estuviese prometida a Jimmy. Era un hombre directo y sincero. Sin artificios. Justo lo que su hermana necesitaba.

-Supongo que sí - intentó sonar despreocupada.

-Le gustas.

-¿Y a quién no? - bromeó - Soy irresistible.

-Vamos, Candy - la miró con fastidio - Hablo en serio.

-Yo también.

Cuando le guiñó un ojo, las carcajadas de ambas no se hicieron esperar.

-Eres imposible, Candy.

-Y tú eres la mejor hermana del mundo - cambió de tema - Mira que guapa me has dejado.

-Tú eres guapa sin necesidad de bonitos peinados - le sonrió.

-Claro - se burló - Por eso has decidido venir a peinarme.

-He venido porque te quiero y me gusta verte más bella de lo que ya eres.

-¿Desde cuando te preocupa mi aspecto? - alzó una ceja.

-Te debo mucho - bajó el rostro cohibida.

-No hace falta que me pagues con la misma moneda, si esa es tu intención, Mai - rió - Además, no me debes nada. Jimmy y tú estabais destinados. Mamá también lo vio.

-Quiero que seas tan feliz como yo.

-Soy feliz - se levantó, incómoda con aquella conversación - Bajemos. Estarán esperándonos.

Al llegar al salón, los ojos de Candy se posaron directamente en Albert. Ni siquiera había tenido que buscarlo, era como si se sintiese irremediablemente atraída hacia él. El recuerdo del beso la obligó a apartar la mirada pero el sofoco continuó torturándola por un tiempo más.

Como cabía esperar, María la había vuelto a sentar junto a él y se sintió derrotada. Sus intentos por mantenerse lejos de él, no habían servido de nada, una vez más. Todo por una madre que no entendía que Albert sólo buscaba una aventura con ella. No se comprometería a más y si su madre no dejaba de entrometerse, acabaría arrojándola a sus brazos. No podría luchar eternamente contra la tentación que suponía para ella.

-Quiero pensar que no te he visto en todo el día porque te estabas preparando para impresionarme - le susurró Albert en cuanto tomaron asiento, acariciando con su aliento su cuello.

-No te hagas ilusiones - trató de ignorar el escalofrío que la había recorrido por entero - Mi vida no gira en torno a ti.

-La mía lo hace en torno a ti desde que te conocí - respondió él, sorprendiéndola.

Candy lo miró buscando algún rastro de burla pero no lo halló. Su corazón comenzó a latir desenfrenado y tuvo que apartar el rostro, incapaz de sostenerle la mirada por más tiempo. Aquel hombre lograba desarmarla.

-No está nada bien jugar con los sentimientos de los demás - le dijo sin mirarlo - Si no te conociese ya, podría llegar a creerte. ¿Qué harías después con una mujer enamorada?

-Al parecer no me conoces lo suficiente o sabrías que no estoy jugando.

-Ambos sabemos lo que te interesa de mí - lo enfrentó - No finjamos que puede haber más.

Albert iba a replicar pero Wallace se sentó en la silla libre al otro lado de Candy y los interrumpió.

-Esta noche me he ganado un lugar privilegiado en la mesa del jefe - le guiñó un ojo a Candy y ella le sonrió.

-¿Y por qué?

-Por matar al jabalí.

-Mientras otros salvábamos vidas - rumió Albert por lo bajo.

Candy lo ignoró. La llegada de Wallace le había proporcionado la excusa perfecta para no continuar la conversación con él. Estaba segura de que había estado a punto de darle la razón en cuanto a su suposición. Y no quería oírlo. Una cosa era pensarlo y otra muy distinta confirmarlo.

Decidió ignorarlo el resto de la cena y centrarse en Wallace, pero fue perfectamente consciente de cada uno de sus movimientos. Y no le pasó desapercibido que estaba bebiendo mucho.

-Acabarás emborrachándote - le advirtió en algún momento de la noche, incapaz de contenerse.

-Como si te importase, querida - le dijo con enfado, vaciando después su copa, sin dejar de mirarla.

Candy lo ignoró de nuevo y cuando Wallace le pidió un baile, aceptó de buen grado. Aunque sólo fuese para alejarse de Albert y de sus intensas miradas. Había logrado ponerla nerviosa.

-¿Qué le has hecho? - Mairi se acercó a ella y parecía disgustada.

-¿A quién?

-A Albert. Nada más terminar la cena, se ha ido hecho una furia. Creo que incluso he visto salir humo de sus orejas - mantenía las manos en las caderas, gesto que ambas habían heredado de su madre.

-No seas exagerada, Mai - sus ojos la traicionaron buscando la salida - Además, ¿por qué crees que yo le he hecho algo? Se habrá ido porque le dio la gana.

-Lo ignoraste toda la noche - la acusó - Os estuve observando.

-No quiero hablar más de él - se defendió - Dejad todos de entrometeros en mi vida.

Salió del salón disgustada. No sabía si por la acusación de su hermana en sí o por lo culpable que se sentía de que tuviese razón. Lo había ignorado, cierto, pero sólo intentaba protegerse de lo que le hacía sentir. Por primera vez en su vida podía imaginar un futuro junto a un hombre y eso la aterraba. Sobre todo porque Albert no parecía querer lo mismo que ella.

-¿Ya te has cansado de él? - la voz de Albert en las sombras la sobresaltó.

Había decidido retirarse a su alcoba, de todas formas ya no podría disfrutar de la velada. No tenía previsto encontrarse con él y su corazón se aceleró, no sólo por el susto.

-¿Qué haces ahí escondido?

-¿Esconderme? - sonrió con amargura.

-¿Estás ebrio? No respondas, es evidente que sí. Con todo lo que has bebido en la cena, no me extraña.

-Me sorprende que te hayas dado cuenta - dio un paso hacia ella - Parecías muy ocupada con el pelirrojo.

-Se llama Wallace.

-No me interesa su nombre - escupió las palabras.

-Deberías acostarte, Albert - se giró hacia la puerta de su alcoba para dar por finalizada la conversación - Estás borracho.

-Si no me quieres, libérame, Candy - le rogó.

Notó su aliento en la nuca y su cuerpo pegado a su espalda. Las manos de Albert sujetaban con firmeza sus brazos, sin llegar a lastimarla. Se le cortó la respiración al sentirlo.

-Porque no puedo dejar de pensar en ti - continuó - No sé qué me haces pero no me gusta si no me correspondes.

-Tú buscas mi cuerpo - habló ella - Y yo no estoy dispuesta a entregártelo si el corazón no va con él.

-Entonces entrégame ambos - la giró - porque eso es lo que quiero.

-Estás borracho - sus palabras sonaban débiles - No sabes lo que dices.

-Soy perfectamente consciente de lo que digo, Candy - su boca estaba a escasos centímetros de los suyos.

-¿Cómo puedo estar segura de que no mientes sólo para llevarme a la cama? - susurró, plenamente consciente de lo que su proximidad le estaba haciendo a su cuerpo.

-No tomaré tu cuerpo, si tu corazón no lo acompaña - usó sus mismas palabras.

-¿Me entregarías tu corazón?

-Ya es tuyo, Candy - le dijo con voz ronca antes de besarla.

CONTINUARA