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NO VOY A DEJARTE IR
Candy estaba tan nerviosa que decidió ir al lago, a su rincón favorito, para tratar de serenarse. Aquel lugar era su santuario y siempre encontraba paz en él.
Albert estaba hablando con sus padres en ese momento y aunque deseaba estar a su lado, él le había pedido que lo dejase ir solo.
¿Temiendo, tal vez, la reacción de su padre? Dudaba de que su madre no lo hubiese puesto al tanto de sus intenciones, desde que decidió que Albert podía ser un esposo perfecto para ella. A estas alturas no debería sorprenderle que le pidiese su mano. Aunque, para ser sincera, ella era la primera a la que le costaba creerlo.
Después de su declaración, habían pasado la noche en la misma cama pero sin llegar más lejos de unos cuantos besos. Calientes y pasionales besos, eso sí, que le habían dejado con ganas de descubrir qué más podía ofrecerle Albert, pero éste había sido tajante con el asunto. Tomaría su cuerpo una vez casados.
-Me conformo con tener tu corazón de momento - le había dicho.
Suspiró al recordarlo. Jamás habría imaginado que Albert pudiese llegar a ser tan tierno. Había conocido su parte guerrera y provocadora. Aquella que tanto la había desquiciado y enfurecido pero que, en el fondo, la había conquistado también. Sin su lado sinvergüenza, Albert no habría llamado su atención. Es que se parecían en muchos aspectos y eso los unía más. Aunque tenía la sensación de que no todo sería miel y flores en su relación. En el fuerte carácter también eran iguales y eso crearía fricciones entre ellos.
Habían pasado la noche hablando también, entre beso y beso, conociéndose un poco más. Eran muchas las cosas que ignoraban el uno del otro pero estaban deseando subsanarlo. Ya habían empezado, en realidad. Le gustó saber que Albert no tenía intención de regresar a Foulis. Quedarse en Duntulm con Anthony le parecía un sueño. No sólo estaría a dos cortos días de su familia, sino que también tendría cerca a sus primos de Dunvegan.
Cerró los ojos, recostada en la roca, disfrutando del calor del sol sobre su piel y la vida le pareció maravillosa. Le sorprendía pensar en cómo podían llegar a cambiar las cosas en tan sólo unas horas.
Cuando su corazón recuperó el ritmo pausado que solía tener, decidió que era hora de regresar. Había dejado recado de donde iba a estar pero no quería preocupar a nadie alargando su ausencia. Además, estaba deseando reunirse con Albert y saber cómo le había ido con sus padres.
Como en cada ocasión en que se alejaba del castillo, sintió que la estaban observando. Recorrió con la mirada los alrededores del lago pero no vio nada sospechoso. Llevó su mano a la espalda, allí donde llevaba el puñal oculto, cuando la sensación se hizo más acuciante.
Por su mente cruzó el recuerdo de aquella ocasión en que su madre y su tía habían sido emboscadas por uno de los anteriores lairds de los Campbell en ese mismo lago. Se tensó al escuchar un ruido en la espesura del bosque y recordó también que allí mismo habían capturado al tío de Alistair, por el que llevaba su nombre.
Frunció el ceño al pensar en ello. El lago era un lugar hermoso pero demasiado perfecto para las emboscadas.
-Deja de pensar en eso, Candy - se reprendió en voz alta.
-Ahora comprendo por qué has aceptado ser mi esposa después de asegurar que me odiabas. Hablar sola es indicio de locura.
-Dios, Albert - se llevó la mano al pecho - Me has asustado.
-No tanto como tú a mí - se burló.
-¿Qué haces aquí? - decidió que era mejor ignorar sus bromas.
-¿Prefieres que me vaya? - se giró, fingiendo irse.
-No - lo retuvo - Pero ya iba de camino al castillo.
-No podía esperar tanto para verte - la abrazó - Me tienes hechizado, suspirando por ti.
-¿Qué te han dicho? - se mordió el labio, de repente nerviosa.
-Que me vaya por donde he venido.
-¿Qué? - se separó de él para colocar sus manos en las caderas - ¿No se les habrá ocurrido hacer semejante estupidez?
-Me encanta cuando te enfadas - rió, incapaz de contenerse más - Ven a aquí, querida. Tenemos que celebrar que serás mía muy pronto.
-Ya soy tuya, Albert - lo abrazó.
-No hasta que pasemos por el altar - la besó.
-Y eso es algo que no pasará - una voz sonó tras ellos, sobresaltándolos.
Albert colocó a Candy a sus espaldas para protegerla y sintió sus manos apoyadas en los hombros. La tensión en su agarre le indicó que ella conocía a aquel hombre y no confiaba en él.
-Es realmente difícil encontrarte sola, Candy. Creí que esta era mi oportunidad pero - chasqueó la lengua - tuvo que aparecer él.
-¿Qué hacéis aquí, Neall? ¿Qué queréis?
-Ya sabes lo que quiero, hermosa. Lo que me pertenece.
Albert sintió la rabia crecer en Candy a medida que hablaban y se preparó para actuar si era preciso. No le resultaría complicado dominar a un hombre solo.
-Creí haberos dejado claro que no me interesa nada que me ofrezcáis.
-No te estoy ofreciendo nada, Candy. Sólo vengo a reclamarte para mí.
Esa fue la señal que Albert necesitó para reaccionar. Llevó su mano a la espada, daba gracias por haberla llevado con él, y la desenvainó.
-Yo de ti, no haría eso.
A una señal suya, aparecieron de la nada cuatro hombres más.
Albert sujetó a Candy por la cintura para mantenerla cerca. No se rendiría sin pelear.
-Ya basta, Neall - dijo Candy - Esto es una locura. Alguien podría salir herido.
-Él, claro - señaló a Albert con la cabeza - Si quieres evitarlo, será mejor que vengas conmigo.
-No - Albert apretó su agarre.
-Me iré con vos si prometéis no hacerle daño a él.
-No lo tocaré - dijo tendiéndole una mano.
-No, Candy - Albert trató de detenerla - No voy a dejarte ir.
-Y yo no voy a permitir que te pase nada malo, Albert - tomó su rostro con las manos y lo besó antes de susurrar - Vive hoy, lucha mañana.
-No - repitió él aferrándose a ella.
-Por favor, Albert - le rogó, soltándose.
-Ahora - Neall se dirigió a Albert una vez Candy estuvo en su poder - Suelta la espada.
Albert dudó. No quería perder la ventaja que tenía porque cuatro hombres para él no eran nada. Y supo que Neall era consciente de ello, por eso lo quería desarmado. Cuando Neall sujetó a Candy por la nuca y colocó un cuchillo en su garganta, soltó la espada sin dudar.
Neall miró a sus hombres y uno de ellos alejó la espada de Albert sin necesidad de una orden expresa. Después, con una sonrisa ladina, Neall regresó su mirada a él.
-Matadlo - ordenó.
-No - gritó Candy, intentando liberarse - Lo prometisteis.
-Te dije que yo no lo tocaría y no voy a hacerlo.
Candy vio con consternación cómo los cuatro hombres rodeaban a Albert para acorralarlo. Él se defendió pero sin la espada, todo era en vano. No tardaron en sujetarlos entre dos mientras los otros se turnaban para golpearlo.
-Detén esto, Neall - rogó Candy impotente.
Con cada golpe, la rabia se acumulaba en ella hasta que la hizo explotar. Apartó de un golpe la mano de Neall que sostenía el puñal contra su cuello y se giró bruscamente para escapar de su agarre. Lo había cogido desprevenido y logró llegar a la espada de Albert antes de que él reaccionase.
Atacó a los hombres que golpeaba a Albert y éstos lo soltaron para defenderse. Tal vez cuatro hombres contra ella eran demasiados pero no se rendiría. Después de todo era una White y habían osado golpear al hombre que amaba.
CONTINUARA
Las mujeres enamoradas se embrutecen.. toda una guerrera y no darles lucha? Se rinde asi de facil por protegerlo a el? Mmmm... creo que hizo lo contrario.. pobre de mi rubio.
