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Capitulo 38
Iolanda se apaciguó.
Haber podido hablar y desahogarse con Candy le vino muy bien, y también pudo comprobar lo amable y galante que era Jimmy con ella, sin saber que conocía su secreto.
Archie, al ver aquella amabilidad en el muchacho, se extrañó, pero al entender, tras una breve charla, que Iolanda no era para él más que una joven que le caía bien, se tranquilizó.
Por su parte, Albert y Candy tan pronto se adoraban como se odiaban. Ninguno dejaba ver sus verdaderos sentimientos y, aunque durante el día se sonreían ante los guerreros, cuando se encontraban en la tienda al anochecer todo era diferente. Unas noches se amaban con pasión y otras no se acercaban el uno al otro. Eso los desconcertaba a los dos cada día que pasaba más y más.
Una tarde, al pasar junto a una pequeña casa de piedra con techo de paja, oyeron un agónico grito de dolor.
Otro grito hizo que Candy se parara y le preguntara a un hombre que los observaba junto a una niña:
—¿Qué ha sido eso?
El hombre, con cara de no fiarse de aquellos highlanders, respondió:
—Mi mujer está de parto.
Se oyó un nuevo grito desgarrador y Iolanda dijo:
—¿Alguien está atendiendo a tu mujer?
Él negó con la cabeza y Candy explicó:
—Uno de nuestros guerreros es médico. Él podría…
—Mi mujer no necesita a nadie —la cortó el hombre—. Es su cuarto parto.
Iolanda miró a la niña, que parecía asustada, y, sonriéndole, le preguntó:
—¿Dónde están tus hermanitos?
La niña señaló hacia unos árboles y, al mirar y ver unas cruces clavadas en el suelo, Iolanda, incrédula, le dijo al hombre:
—¿Pretendes que tu mujer acabe ahí junto a tus hijos?
Él se desmoronó y Candy, bajándose del caballo, informó a Albert, que se acercaba en ese instante:
—La mujer de este hombre está pariendo sola. Por sus gritos, creo que necesita ayuda.
En ese momento se volvió a oír un desgarrador grito y Albert inquirió:
—¿Cuánto tiempo lleva de parto?
El hombre respondió desesperado:
—Desde ayer por la tarde. Mandé llamar a la partera, pero al parecer tiene trabajo y no ha podido venir.
Iolanda, mientras tanto, había llamado a Patrick, el médico, y cuando éste se acercó y se identificó, el hombre dijo rápidamente:
—No permitiré que otro hombre que no sea yo vea a mi mujer en este momento.
—Soy médico. Puedo ayudarla —le explicó Patrick.
Tras varias negativas, Archie, que esperaba aún montado en su caballo, después de mirar a Albert, ordenó a los guerreros desmontar y descansar. Así lo hicieron.
La niña, que estaba junto a su padre, miró a Albert, y él, agachándose ante ella, preguntó:
—¿Cómo te llamas?
La cría, tras mirar a su padre, respondió:
—Caley.
Con una bonita sonrisa, Albert se sentó en el escalón de la entrada de la casa y, señalando a Iolanda y Candy, comentó:
—Anímate, Caley, mi mujer, Candy, y Iolanda van a ayudar a tu mamá. —Luego, mirándolas, añadió decidido—: Entrad y ved qué podéis hacer.
Sin tiempo que perder, ellas entraron en la casa. Vieron que era humilde, pero estaba limpia, y Candy agarrando a Iolanda del brazo, murmuró nerviosa:
—Nunca he atendido en un parto, ¿y tú?
La joven negó con la cabeza.
—Yo tampoco.
—Oh, Dios mío, ¡necesitamos a Patrick!
Iolanda asintió, pero sin pararse, dijo:
—Sin duda, pero a esta pobre mujer, nuestra ayuda también le vendrá bien.
Cuando abrieron la puerta de la habitación, se encontraron con algo que no esperaban: la parturienta, empapada de sudor, tenía las piernas llenas de sangre. Iolanda se quedó paralizada y Candy, sin pensar en nada, se acercó a ella y dijo:
—Ella es Iolanda y yo soy Candy, hemos venido a ayudarte.
La mujer dio un nuevo grito y se retorció en la cama.
Las dos jóvenes se miraron y Iolanda susurró:
—Voy por agua fresca para ella y pondré un poco al fuego. También hablaré con Patrick. Él nos dirá lo que debemos hacer.
Una vez salió de la habitación, Candy cogió la mano de la mujer y, cuando su rostro se relajó, preguntó:
—¿Cómo te llamas?
—Ebrel, me llamo Ebrel.
Retirando las sábanas ensangrentadas y mojadas que tenía entre las piernas, ella afirmó con seguridad:
—Muy bien, Ebrel. A partir de ahora todo saldrá bien.
Sin descanso, Candy y Iolanda la atendieron siguiendo las instrucciones de Patrick, que esperaba en el exterior. Le secaron el sudor que le corría por las sienes, le retiraron el pelo empapado de la cara, le dieron agua fresca para que se hidratara y unas infusiones que el médico les indicó.
Pero el tiempo pasaba y el bebé no nacía. Ebrel sufría dolores terribles y ellas no sabían qué hacer. Agobiada y bloqueada, Candy salió de la habitación y se encontró con Albert y el marido de Ebrel. La pequeña Caley dormía en un camastro y, cuando los hombres la miraron, dijo en voz baja:
—Ebrel morirá si no deja entrar a nuestro médico.
El hombre, incómodo, masculló:
—Ella no lo permitirá. Ebrel no querrá que un hombre la vea así.
—Tal como está ahora, no puede decidir nada —lo apremió Candy—. Va a morir, ¿acaso quieres eso?
—No… no —sollozó desesperado.
Tras cruzar una mirada con Albert, Angela insistió:
—Pero ¿no ve que lo que ella quiera o no en este instante de poco vale? Iolanda y yo hacemos todo lo que podemos, pero necesitamos a alguien que sepa cómo proceder en todo momento.
Albert, al verla tan nerviosa y al hombre tan confuso, decidió sacarla de la cabaña. Necesitaba tomar el aire. Una vez fuera, ella dijo:
—Estoy asustada. No sé qué hacer.
—Tranquila…
—El bebé no sale y…
—Haces todo lo que puedes.
—Pero no es suficiente —se quejó.
La luna iluminaba su rostro y Albert, retirándole con mimo un mechón que le caía sobre un ojo, murmuró:
—Escucha, Candy, estás haciendo todo lo que puedes por esa mujer. La estás ayudando. No la has abandonado y eso debe reconfortarte.
—Pues no me reconforta. Ver que no puedo hacer nada por aliviarla me está matando. Esa pobre mujer sufre, su bebé va a morir y yo ya no sé qué hacer.
Con un cariñoso gesto, Albert la acercó a él.
—Mírame. —Ella lo hizo—. Eres la mujer más valiente y luchadora que he conocido en toda mi vida y estoy seguro de que harás todo lo que puedas por ella.
Candy se tapó los ojos con la mano. Albert se la apartó y, sin decir nada, le dio un suave beso en los labios y murmuró con tono embriagador:
—Sonríe, mi vida…
En ese momento, Patrick se acercó a ellos y preguntó:
—¿Cómo va todo?
Candy todavía podía oír en su cabeza aquel íntimo «Sonríe, mi vida», pero no dejándose llevar por palabras almibaradas, como su marido decía, respondió:
—Hemos hecho todo lo que tú nos has dicho, pero no conseguimos nada.
Patrick blasfemó y, tras mirar a Albert, que los observaba, preguntó:
—¿Sigue sin querer levantarse?
Candy asintió.
El médico comenzó a darle indicaciones, hasta que ella, cansada de escucharlo, soltó:
—¡Se acabó! Patrick, vas a entrar.
Albert fue a protestar, pero Candy, abriendo la puerta de la casa, entró seguida por el médico y su marido y dijo, mirando al esposo de Ebrel:
—Me da igual lo que digáis tú y tu mujer, no voy a permitir que ella muera innecesariamente y el médico va a entrar conmigo. Hablaré con Ebrel. Y si aun así dice que no, me da lo mismo, él va a entrar porque así lo he decidido yo.
Albert, sorprendido por la fuerza que demostraba en esos momentos, no dijo nada. Simplemente, vio cómo el hombre asentía.
Candy entró en la habitación y, mirando a Ebrel, que seguía retorciéndose de dolor, se acercó a ella y le expuso:
—Ebrel, el parto está siendo complicado y nosotras ya no sabemos qué hacer. Y si sigues así, temo que muráis tú y el bebé. Sé por tu marido que no quieres que otro hombre entre y te vea así, pero con nosotros viene un médico y…
—No… no… un hombre no —jadeó ella.
Iolanda miró a Candy y ésta prosiguió con voz dura:
—¿Prefieres morir y dejar abandonados y solos a tu hija y tu marido? —La mujer no contestó y ella insistió—: ¿De verdad que no te importa que muera otro hijo tuyo, cuando si nos dejaras podríamos intentar salvarlo?
Derrotada, Ebrel finalmente asintió y Candy, sin perder tiempo, abrió la puerta y le dijo a Patrick:
—Vamos. Ella ha accedido. Entra.
Al ver el estado en que se encontraba, él se acercó y se presentó con seguridad:
—Hola, Ebrel, soy Patrick, el médico del laird Albert Ardley. —Ella lo miró agotada—. Tranquila, entre todos vamos a hacer que tu bebé nazca lo antes posible, ¿de acuerdo?
Iolanda y Candy, más seguras al tenerlo allí con ellas, hicieron todo lo que les pidió. Entre los tres levantaron a la mujer, a pesar de sus quejas. Patrick la apoyó contra la pared de cuclillas y, mirándola, le indicó:
—Cuando yo te diga, aprieta todo lo fuerte que puedas.
El parto duró aún toda la noche. Fue laborioso y hubo que cambiar a Ebrel de postura continuamente, pero al amanecer se oyó el vigoroso llanto de un bebé.
Entre risas y lágrimas, Iolanda le dio a la dolorida madre el varón que había tenido y dijo:
—Has tenido un niño precioso, Ebrel.
Emocionada ella lo miró y, mirando después al médico, que la estaba cosiendo, susurró:
—Si a mi marido le parece bien, se llamará Patrick.
El guerrero sonrió y comentó:
—Bonito nombre.
Tras besar a su gordito hijo, Ebrel se lo entregó a Candy, que, encantada, lo sacó de la habitación para mostrárselo al padre.
Albert la miró y ambos sonrieron. Rápidamente, el padre de la criatura se levantó y poniéndole a su hijo en brazos, Candy anunció feliz:
—Enhorabuena, es un hermoso varón.
Él lo miró con ternura, pero rápidamente preguntó:
—¿Y mi mujer?
—Agotada pero bien —dijo ella—. Ha dicho que, si te parece bien, le llamarán Patrick, como el médico.
El hombre, encantado de que todo hubiera pasado, asintió y le enseñó el bebé a la niña, que ahora sonreía en brazos de Albert. Cuando Iolanda y Patrick salieron de la habitación, el hombre les agradeció la atención y, con sus dos hijos, entró para abrazar a su mujer.
Candy se quedó a solas con Albert y, mirándolo, afirmó con voz suave y agotada:
—El bebé es precioso, ¿verdad?
Él, mirándola fascinado, respondió:
—Sí, mucho.
Encantada tras haber ayudado a aquella mujer a tener a su hijo, continuó:
—Le he contado los deditos y tiene cinco en cada mano y en cada pie. —Y cerrando los ojos de puro deleite, repitió—: Es un niño precioso, tan guapo como el hijo de Karen cuando nació.
La inocencia, la ternura y la pasión que ella demostraba en ciertos momentos le llegaba al corazón, y entonces la oyó decir:
—Pero yo no voy a tener nunca hijos. ¡En la vida!
Albert soltó una carcajada y Candy le preguntó:
—¿Qué te resulta tan gracioso?
Cautivado por ella, murmuró:
—Estabas hablando de cuánto te gusta ese bebé y de pronto tu actitud ha cambiado.
—Gracias a Dios, nuestra unión se acabará —comentó ella—, porque, de no ser así, tendríamos un grave problema con el tema de los hijos.
—¿No quieres tenerlos?
—Me parecen preciosos, tiernos, divertidos y me hubiera gustado tener una docena, pero tras lo que he vivido en las últimas horas—suspiró con comicidad—, definitivamente no.
Divertido por sus gestos, se mofó.
—Pasas de querer una docena a ninguno. Eres muy drástica en tus decisiones.
Candy lo miró y, señalándolo con el dedo, replicó:
—Y como sé lo que tengo que hacer para no quedarme embarazada, lo primero es lo primero. No te vuelvas a acercar a mí nunca más. —La sonrisa desapareció de sus labios y añadió—: Por suerte para ti, no soy tu mujer definitiva; si no, contigo se acababa tu linaje.
Y sin más, salió de la cabaña dejando a Albert sin palabras.
¿Ya no podría acercarse a ella?
Al mediodía, tras despedirse de Ebrel y de su marido, continuaron su camino.
CONTINUARA
