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SI LE TOCAS, TE ARREPENTIRAS

La espada de Albert era demasiado pesada para Candy pero supo mantener el tipo, dadas las circunstancias.

Desvió los lances de dos de ellos en un sólo movimiento, antes de tratar de golpear a un tercero. Giraba, se inclinaba a un lado o al otro, incluso asestaba alguna patada, según lo que le conviniese mejor. Nunca antes se había enfrentado a cuatro adversarios. Sí a Tom y Alistair juntos, que podían equivaler a dos cada uno, pero aún así se sentía desbordada. Respiraba con dificultad, jadeaba y hasta se quedaba sin resuello en más de una ocasión pero no disminuía el ritmo de sus defensas y ataques.

Albert yacía todavía inmóvil en el suelo y necesitaba averiguar que estaba bien y cuán graves eran las heridas que le habían infringido. Pero por el momento, lo único que podía hacer por él era intentar alejar la pelea de él para que no fuese golpeado o pisoteado por error.

Neall parecía divertirse, pues los miraba impasible desde su posición privilegiada, con aquella estúpida sonrisa de autosuficiencia en su rostro. Una vez lo había considerado atractivo pero ahora sólo veía a un ser repulsivo y egoísta, sin escrúpulos, que parecía regodearse en las desgracias de los demás. Candy le enviaba miradas envenenadas cada vez que le era posible, deseando que con una de ellas callese fulminado al suelo. No tendría esa suerte.

Un nuevo ataque conjunto la hizo retroceder. La falda del vestido le dificultaba los movimientos pero aún así lograba presentar batalla con bastante contundencia. Cuán orgulloso estaría su padre ahora si pudiese verla. Claro que si estuviese allí, ya habría resuelto él mismo el conflicto.

Detuvo la espada de uno de ellos mientras lanzaba un puntapié a otro. Supo que había dado de pleno cuando lo oyó maldecir. Giró sobre sí misma para escapar de otra espada y lanzó un mandoble hacia el cuarto. Aquello se parecía a un baile, con la diferencia de que un mal paso no te dejaría con el pie dolorido sino que podría costarte la vida.

-¿Tan difícil es dominar a una mujer? - oyó decir con fastidio a Neall - Sois cuatro contra una, por el amor de Dios.

-Menos mandar y más actuar, Neall - lo desafió Candy - Intenta detenerme, si puedes.

Candy creyó que si lo molestaba lo suficiente, se enfrentaría a ella él solo. Y eso sería un descanso para sus doloridos músculos. Un uno contra uno se le antojaba un juego de niños en comparación con lo que estaba haciendo en ese momento. Porque sabía que no podría aguantar mucho más tiempo. Estaba llegando a su límite. Si al menos tuviese su espada, habría sido muy diferente.

-Tengo una forma más efectiva y menos cansada de someterte, Candy - rió Neall.

Tomó en su mano el puñal con que la había amenazado y caminó con decisión hacia Albert. Candy, viendo sus intenciones, trató de llegar primero pero los esbirros de Neall se lo impidieron.

-Si le tocas, te arrepentirás - lo amenazó, sabiendo que era en vano.

Cuando Neall colocó el puñal sobre el pecho de Albert, directamente sobre su corazón, ahogó un gemido de temor.

-Suelta la espada, Candy.

No tuvo que repetírselo, la espada cayó pesadamente al suelo y sus esperanzas de salir ilesos de aquello también.

-Mucho mejor - sonrió con petulancia - Ahora, vas a ser una buena chica y vas a venir conmigo sin protestar y sin intentar escapar. Y vamos a...

No pudo terminar la frase porque Albert reaccionó en ese momento y lo tomó de la muñeca para apartar la daga de su corazón. Candy jadeó de alivio y tomó la espada del suelo con presteza para detener a los hombres de Neall, que pretendían intervenir en la pelea de su jefe.

Albert todavía se sentía débil, había recibido numerosos golpes, muchos de ellos en la cabeza. Sentía el pulso latirle en la sien y un dolor punzante en algunas costillas. Aún así, logró ponerse en pie, luchando con Neall para arrebatarle el puñal. Le asestó un duro cabezazo, a riesgo de dañarse más, y vio con satisfacción cómo la sangre comenzó a brotar de su nariz.

-Maldito cabrón - lo oyó maldecir mientras daba pasos vacilantes alejándose de él.

Se había apoderado de la daga pero no pudo celebrar su triunfo porque Neall desenvainó la espada. Se colocó en posición de combate para enfrentarlo.

-¿Estás bien? - oyó a Candy tras él. Se había acercado para salvaguardarse las espaldas mutuamente.

-Sobreviviré - dijo él - ¿Y tú?

-Sobreviviré - lo imitó.

-Soltad las armas - dijo Neall limpiando todavía la sangre de su nariz, que parecía no querer parar de salir - Y nadie saldrá herido.

-Eso es lo que dijiste antes y mira como hemos acabado - le reprochó Candy.

-Será peor si os resistís.

-Nos arriesgaremos - contestó esta vez, Albert.

Mantuvieron sus espaldas pegadas, atentos a cualquier movimiento. Los tenían rodeados pero parecía como si ninguno tuviese la intención de dar el primer paso. La tensión que reinaba se podía cortar con un cuchillo.

-¿No pensáis rendiros? - les preguntó Neall - Por las malas, entonces.

Con un pequeño movimiento de cabeza, indicó a sus hombres que atacasen, no sin antes recordarles lo más importante.

-La quiero ilesa.

La lucha comenzó de nuevo pero con la incorporación de Albert, las tornas cambiaron en seguida y se hicieron con la situación en poco tiempo.

Minutos después, dos hombres yacían en el suelo y un tercero gemía de dolor, sujetándose la nariz con las manos. El cuarto retrocedió un paso antes de toparse con la fría mirada de Neall. Se paró en seco, intimidado por él. Candy supo que no estaban con él por respeto sino por miedo.

-Acabemos con esto de una buena vez - Neall chasqueó la lengua una vez más antes de sacar una pistola de su cinturón. Apuntó a Albert al pecho y disparó.

Todo duró segundos pero pasaron con extrema lentitud para todos ellos. Ninguno olvidaría jamás lo que sucedió en ese tiempo.

Candy había vislumbrado desde el principio el movimiento amenazante de Neall y cuando lo vio sacar la pistola y apuntar a Albert, ni sinquiera lo pensó. Lo empujó con todas sus fuerzas para apartarlo de la trayectoria de la bala pero la inercia hizo que ella se adelantara unos pocos pasos, quedando a merced del traicionero proyectil.

Gritó en cuanto sintió la bala perforando la piel de su espalda y el dolor le nubló la vista. Del fuerte impacto, cayó hacia delante y Albert la sostuvo entre sus brazos antes de que cayese desplomada. Se deslizó con ella hasta el suelo con delicadeza, retirando de su rostro algunos mechones de pelo.

-Candy - la llamó desesperado, mientras peinaba con las manos su cabello hacia atrás para verla bien - Vamos, Candy. Háblame.

Albert vio la palidez de su rostro y sus ojos cerrados. Un rastro rojo empezaba a formarse sobre la tela de su vestido y sintió pánico. No podía perderla ahora que la había encontrado.

CONTINUARA.