Landline

Una adaptación a Crepúsculo por Redana Crisp

Disclaimer: Los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia a Rainbow Rowell. Yo sólo los mezclo y juego con ellos.

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Miércoles. Navidad de 2013.

Capítulo 35

El sol ya salía cuando dejaron Denver, y ahora Forks se presentaba con un blanco cegador bajo ellos. Bella agarró sus brazos mientras atravesaban la pista de aterrizaje y se puso de pie en su asiento antes de que la luz del cinturón de seguridad se apagara.

Lo había hecho. Estaba aquí ahora. Estaba cerca.

Alice. Bree. Edward

El aeropuerto de Forks parecía abandonado. La cafetería se encontraba cerrada. Antes, siempre cuando Bella pasaba el control de seguridad, los padres de Edward, o sólo su madre, se encontraban esperando allí, en la pequeña fila de sillas.

Sólo había una persona allí sentada hoy. Una mujer joven con un pesado abrigo púrpura. Saltó de su silla y comenzó a correr hacia Bella. Entonces alguien pasó corriendo junto a ella, en sentido contrario, el chico del aeropuerto de Denver que le había prestado su teléfono.

La chica saltó a sus brazos, y él la hizo girar en un círculo ladeado. La alegría chocó contra Bella como una onda expansiva. La bolsa de lona del muchacho se cayó al suelo. Su rostro desapareció en cabello largo ondulado y oscuro de la chica.

Bella pasó por delante de ellos, conteniendo la respiración.

Mantente en movimiento. Tan cerca. Casi termina.

La terminal principal se encontraba vacía salvo por la docena de personas del avión de Bella y un guardia de seguridad. Si las chicas estuvieran aquí, Bella las dejaría correr por delante. Alice incluso podría haberse subido al carrito de ruedas, si quería. No había nadie en el edificio a quién molestar.

Bella empezó a correr por la escalera mecánica. Estaba cerca. Tan cerca. Corrió hacia la salida y llego hasta la puerta giratoria, entonces se detuvo.

Todo se hallaba cubierto de nieve.

Como, bueno, como en la televisión. El aparcamiento al otro lado de la calle parecía una casa de pan de jengibre cubierto con glaseado blanco.

La nieve se veía tan suave como el glaseado. Suave, pero con textura. Empujó las puertas y salió, sintiéndose relajada después de su primera inhalación. (Su camiseta no era ningún tipo de protección contra el frío. Su piel no era ningún tipo de protección.)

Dios. Oh, Dios mío. ¿Han visto esto las chicas?

Bella se inclinó sobre una jardinera vacía, apretando su mano en la nieve, mirando sus dedos hacer cuatro hoyos. La nieve era ligera, pero mantenía su forma. Movió la palma hacia arriba, dando forma a una curva suave.

Ella esperaba que la nieve le diera frío, pero no fue así. No al principio. No hasta que empezó a derretirse entre sus dedos. Un poco de nieve cayó sobre sus pies, y ahora estaban fríos, también. Trató de sacudirse la nieve de sus zapatillas, y miró hacia arriba y abajo por la parada de taxis. Ni siquiera había autos.

Bella se cruzó de brazos y caminó por la acera, en busca de una señal.

— ¿Te podemos ayudar en algo? —dijo alguien.

Bella giró. Era la joven pareja en éxtasis. Todavía colgados el uno al otro, como si ninguno de los dos pudiera creer que estaban finalmente juntos.

— ¿Parada de taxis? —dijo Bella.

— ¿Estás buscando un taxi? —preguntó el muchacho. El hombre. Ella probablemente lo debería llamar hombre. Debe tener veintidós, veintitrés; su pelo ya estaba aligerándose.

—Sí —dijo Bella

— ¿Has llamado a uno?

—Uh. — Bella temblaba, pero trataba de no demostrarlo—. No. ¿Debo llamar a uno?

El muchacho miró a la chica.

—Realmente no hay taxis aquí —dijo la joven en tono de disculpa, pero también como que Bella podría ser una idiota—. Quiero decir, hay unos pocos, si llamas con antelación... pero es Navidad.

—Oh —dijo Bella —. Cierto. —Miró por toda la unidad de nuevo—. Gracias.

— ¿Necesitas usar el teléfono? —ofreció el chico.

—Así está bien —dijo Bella, volviéndose hacia la puerta—. Gracias de nuevo.

Los oyó hablar en voz baja. Escuchó al chico decir algo acerca de José y María, y que no hay lugar en la posada.

—Oye, ¿necesitas que te llevemos a alguna parte? —llamó a Bella.

Los miró de nuevo. El chico sonreía. La muchacha lucía preocupada. Probablemente eran parte de algún culto de Washington que andaba en los aeropuertos en días festivos, recogiendo perros callejeros.

—Sí —dijo ella—. Gracias.

— ¿No tienes una maleta? —preguntó la chica.

—No —dijo Bella, entonces no podía pensar en nada que decir a continuación que podría hacer que su falta de maleta/abrigo/calcetines tuviera sentido.

—Muy bien —dijo el muchacho. (Bella todavía no podía llamarlo hombre)—. ¿A dónde?

—Ponca Hills —dijo.

El muchacho se giró hacia la muchacha. Se encontraban sentados en la parte delantera de una vieja camioneta roja, la chica aplastada en el medio. La calefacción no funcionaba, y el parabrisas delantero ya estaba empañado. Él lo limpió con la manga de su abrigo de lona verde.

—Eso está fuera, hacia el norte —dijo la chica, sacando su teléfono—. ¿Cuál es la dirección?

La dirección, la dirección…

—Rainwood Road —dijo Bella, aliviada de recordar siquiera parte de la dirección de los padres Edward, entonces esperaba que la carretera de Rainwood no se extendiera a lo largo de toda la ciudad.

La chica escribió en su teléfono.

—Está bien —le dijo al muchacho—. Gira a la derecha aquí.

Bella se preguntó cuánto tiempo habían estado separados.

El muchacho siguió besando la cabeza de la chica y apretando su pierna. Bella se asomó a la ventana para darles privacidad, y porque toda la ciudad se veía como una especie de país de las maravillas de hadas. Nunca había visto nada igual.

Esto acababa de caer del cielo.

Y lucía así. Como si Tinker Bell lo hubiese pintado. ¿Cómo la gente se acostumbraba a ello?

Bella no se dio cuenta al principio de que debía ser difícil conducir. Ellos se movían lentamente, pero la camioneta todavía se deslizaba.

—No puedo creer que condujeras en esto —dijo el muchacho.

—No iba a dejarte en el aeropuerto —dijo su novia—. Tuve cuidado.

Él sonrió y la besó de nuevo. Bella se preguntó si se estaban acercando a la zona de Edward. Casi no había nadie más en el camino. Algunas personas se encontraban paleando.

Deben estar cerca. Bella reconocía ese parque. Ese puente. Esa bolera. La chica le daba las instrucciones al chico. Bella reconoció una pizzería a la que ella y Edward habían ido.

—Estamos muy cerca —dijo ella, inclinándose hacia adelante y apoyando una mano en el tablero.

—Rainwood debe estar en la próxima a la derecha —dijo la chica.

—Si… —convino el muchacho. Pero el camión dejó de moverse.

Su novia levantó la vista de su teléfono.

—Oh.

Bella vio la colina, pero no vio cuál era el problema.

El muchacho suspiró y se frotó el pelo rubio oscuro, luego se volteó hacia Bella.

—Podríamos llegar a mitad de la colina. Pero no estoy totalmente seguro de poder llegar. O pasarla.

—Oh… —dijo Bella—. Bueno. Está cerca. Puedo caminar desde aquí, conozco el camino.

Ambos la miraron como si estuviera loca.

—No llevas un abrigo —dijo.

—Ni siquiera estás usando zapatos de verdad —dijo la chica.

—Estaré bien —les aseguró Bella —. Son cinco cuadras, como mucho. No voy a morir de frío. —Lo dijo como si supiera algo acerca de congelarse hasta la muerte, lo que no hacía con claridad.

—Espera un minuto. —El chico salió de la camioneta, y luego saltó al interior treinta segundos después con su bolsa de lona. La abrió, y la ropa se derramó. Empezó a amontonar en el regazo de la chica—. Aquí —dijo, sacando un suéter gris de lana gruesa—. Toma esto.

—No puedo tomar tu suéter —dijo Bella.

—Tómalo. Puedes enviármelo de nuevo, mi madre cose mi dirección dentro de todo. Tómalo, no es gran cosa.

—Solo tómalo —dijo la chica.

—Estoy tratando de pensar si tengo botas extra... —Metió la ropa en la bolsa—. Podría tener algunas en la parte de atrás.

La chica rodó los ojos, y por un minuto se pareció a Rosalie.

—O, ¿por qué no me dices a dónde vas? —le dijo él a Bella—. Correré hasta la casa y volveré con tus zapatos y tu abrigo o lo que sea.

—No —dijo Bella. Ella se puso el jersey por la cabeza—. Ya has hecho bastante, gracias.

—No se puede caminar por esa nieve descalzo —insistió.

—Voy a estar bien. — Bella abrió la puerta del pasajero.

Él abrió la puerta, también.

—Oh por el amor de Cristo —dijo la chica—. Puedes usar mis botas. —Se inclinó hacia el suelo. Bella se dio cuenta de que llevaba un pequeño anillo de compromiso—. Puedes tenerlas. Ni siquiera me gustan.

—Absolutamente no —dijo Bella —. ¿Qué pasa si se quedan atascados en la nieve?

—Voy a estar bien —dijo ella—. Él me cargaría por toda la ciudad antes de permitir que me moje los pies.

El muchacho le sonrió a la chica. La chica rodó los ojos otra vez y terminó de quitarse las botas.

—Simplemente tómalas —dijo—. Tiene en su cabeza que eres nuestra misión de Navidad. Si no te ayudamos, él nunca conseguirá sus alas.

Bella tomó las botas. Eran del tipo Uggs Knockoff. Se veían de su talla.

Se quitó sus zapatillas de charol —un regalo de cumpleaños de Jasper—, sin duda caras. (Jasper siempre le compraba ropa a Bella para Navidad, por lo general para sustituir el elemento más patético en su armario. Menos mal que no sabía nada de sus sostenes).

—Puedes tener estos —dijo Bella —. Si los quieres.

La chica parecía dudosa.

—Vamos a esperar aquí por un tiempo —dijo el muchacho—. Vuelve si necesitas ayuda.

Correcto, pensó Bella, colocándose las botas. Si mi marido no me reconoce. Si mis suegros no viven allí. O si todos los que conozco están muertos o no nacido porque arruiné el tiempo…

—Gracias.

—Feliz Navidad —dijo el muchacho.

—Ten cuidado —advirtió su prometida—. Podría haber hielo.

—Gracias. — Bella sacó las piernas del camión y saltó, agarrando la puerta mientras sus pies se deslizaban por debajo de ella.

Nadie había paleado aún la carretera de Rainwood. Bella recordaba vagamente que no había aceras; ella y Edward había caminado en la calle la vez que se fueron a comer pizza, sus manos balanceándose entre ellos.

La nieve llegaba hasta las pantorrillas de Bella, tenía que levantar los pies para hacer algún progreso. Sus orejas y párpados se encontraban helados, pero después de la escalada de una cuadra, con las mejillas sonrosadas, jadeaba.

Dios, ella ni siquiera fue capaz de imaginar este frío antes.

¿Cómo puede la gente vivir en un lugar que obviamente no los quería a ellos? Todo el romance de la nieve y las estaciones… no deberías tener que hacer un esfuerzo especial para no morir cada vez que dejaras tu casa.

Todo era tan tranquilo, el aliento de Bella sonaba atronador. Miró hacia atrás, pero ya no podía ver el camión rojo. No podía ver ningún signo de vida. Era fácil imaginar que cada casa que pasaba se hallaba vacía.

Bella sintió las lágrimas en sus ojos y trató de fingir que era por el frío o la fatiga, y no por lo que la esperaba —o no la esperaba— en la cima de la colina.

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¿Qué habrá en la cima de esa colina?

Muchas gracias por sus comentarios. Ya casi terminamos con esta historia :(