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DESPIDETE DE ESTE MUNDO
Candy respiraba. Se aferró a ello como quien ha naufragado en el mar y sólo tiene una tabla de madera resquebrajada a la que sujetarse. Cuando el alivio alejó el temor de haberla perdido, la rabia se apoderó de él. Tomó el puñal que sabía que Candy llevaba siempre escondido en la cintura de su vestido y se levantó. Su dura y fría mirada se posó en Neall. La sed de venganza era poderosa y lo inundó por completo. Probablemente se arrepentiría después de ello pero en ese momento nada importaba más que acabar con la vida de aquel que había disparado a Candy. Alguien tan rastrero no merecía seguir respirando.
-Detenedlo - gritó Neall cuando entendió cuales eran sus intenciones. Retrocedió unos pasos, acobardado por la intensidad de la mirada de Albert.
Los cuatro hombres se abalanzaron sobre Albert pero no le costó deshacerse de ellos, tal era la rabia que impulsaba sus movimientos. Uno a uno, cayeron bajo los certeros golpes de sus hábiles puños. Su mirada no huyó ni un sólo momento de Neall, su único objetivo. Éste intentaba cargar de nuevo el arma antes de que Albert lo alcanzase pero sus temblorosas manos no ayudaban en la tarea.
No era un hombre valiente, a pesar de que su aspecto y sus acciones hacían pensar lo contrario. Siempre se había escudado en sus hombres a la hora de enfrentarse a sus enemigos. Y lo que ellos no podían hacer, lo remataba con su pistola. Tal y como había intentado hacer con Albert instantes antes.
Pero había fallado y Candy acabó recibiendo la bala destinada al guerrero. Se había sentido consternado al verla caer, empapada en sangre. No quería matarla, sino desposarla. Deseaba doblegar aquel espíritu rebelde que poseía. La quería sumisa ante él durante el día y ardiente en su cama por la noche. Se había obsesionado con ella en cuanto sintió su rechazo. Y la primera vez que intentó besarla y fracasó, juró que sería suya a cualquier precio.
Ahora se estaba muriendo por salvar la vida a otro hombre. Uno que había obtenido de ella lo que él más ansiaba. Pero lo único que podía hacer era intentar alejarse de ese hombre que no se detendría hasta acabar con él.
-Despídete de este mundo, bastardo - dijo Albert cuando lo tuvo delante.
Neall extendió sus brazos para detenerlo pero era demasiado tarde, la daga cortó su cuello antes de que pudiese hacer algo para evitarlo. Se llevó las manos al cuello intentando detener la sangre que salía a borbotones pero sabía que sería inútil. Albert también lo sabía y no esperó a verlo desangrarse. Se giró, dándole la espalda y regresó con Candy. Nadie se interpuso en su camino en esta ocasión.
Cargó con ella de vuelta al castillo, viendo con preocupación su ropa empapada en sangre. Sentir su respiración, débil pero pausada, lo reconfortaba hasta cierto punto. Mientras respira hay esperanza, se repetía una y otra vez.
-Aguanta, Candy - le susurró apretándola contra su pecho - Tienes que darme la oportunidad de demostrarte cuanto te amo. Ni siquiera he podido decírtelo. No te vayas a donde no puedo seguirte, por favor. No me dejes.
Caminó tan rápido como sus piernas se lo permitieron. Estaba exhausto, le dolía el cuerpo y sentía que las fuerzas lo abandonarían en cualquier momento pero se obligó a no dejarse desfallecer. Tenía que llevar a Candy junto a su madre. Había oído hablar de sus artes curativas y sabía que salvaría a su hija si había la más mínima posibilidad. Tenía que hacerlo.
Tom no se sorprendió cuando, un par de semanas después de su llegada a Inveraray, Albert apareció por allí. Y aunque su hermana se empeñaba en decir lo contrario, él sabía que estaba encantada de tenerlo cerca.
A lo largo de los días siguientes, Tom pudo conocerlo mejor y supo que le encantaría tenerlo como cuñado. De hecho se alegró cuando, una mañana, lo encontró nervioso esperando que sus padres le concediesen una audiencia. Por su expresión, cualquiera diría que estaba a punto de ser sacrificado.
-Voy a pedir la mano de tu hermana - le confesó - Ella por fin ha admitido que no puede vivir sin mí.
Intentaba bromear con él, pero ambos sabían que estaba demasiado ansioso por lo que Robert pudiese decidir con respecto a su petición. Tom, congraciado con él, apoyó una mano en su hombro y sonrió.
-Mi madre estará encantada - le dijo para tranquilizarlo - No tienes nada que temer. Ella siempre consigue lo que quiere de mi padre.
-Esperemos que tengas razón. Porque estoy dispuesto a desposarla con o sin permiso. Me ha costado demasiado convencerla. No voy a perderla ahora.
Se ocupó durante el resto de la mañana en las tareas que su padre le había encomendado. Desde que habían regresado de Dunvegan, su padre había empezado a delegar en él más responsabilidades, por lo que suponía para él que su padre confiase por fin en sus capacidades.
Regresaba ya al castillo cuando vio llegar a Albert con su hermana en brazos. Sonrió y se acercó a ellos para reírse de él. Aquello prometía.
-¿Ya te ha convencido de cargarla antes de la boda? Deberías marcar unos lím...
Se detuvo abruptamente cuando vio el penoso estado de ambos y la sangre en su ropa. Corrió hacia ellos y sostuvo a su hermana cuando Albert se la ofreció. La cabeza de ella quedó colgando hacia atrás en cuanto la tomó en sus brazos, estaba inconsciente.
-¿Qué diablos ha pasado? - preguntó asustado mientras entraba en el castillo gritando - Mamá.
Albert lo seguía, arrastrando sus pies de forma pesada. Se veía mal, agotado hasta la extenuación. Cuando sus piernas fallaron, su padre lo sostuvo para evitar que cayese de bruces contra el suelo. Tom miraba a su hermana de vez en cuando, preocupado porque todavía no se hubiese despertado.
-Neall, lago - oyó decir a Albert antes de que también él se desmayase.
Su madre lo siguió hasta el cuarto de su hermana a y le pidió que la dejase con cuidado en la cama. Se apartó para dejarla hacer, pero no salió del cuarto. Ver el rostro pálido de su hermana y sus ojos cerrados, lo estaba volviendo loco. Si no la hubiese sentido respirar mientras la cargaba en brazos, habría creído que estaba muerta. Y ese pensamiento comprimió su pecho.
Cuando su madre comenzó a manipularla y a dar órdenes, Tom se pegó contra la pared para no molestar. No se alejaría de su hermana mientras no la viese despierta. Hasta que su vista nubló y llevó sus manos a los ojos, no supo que estaba llorando.
Un par de horas más tarde, después de ver cómo su incansable madre había detenido la hemorragia y cosido la herida, se atrevió a hablarle. Ahora parecía controlar su respiración y el latido de su corazón. Aún así, notaba cuán nerviosa estaba.
-Se recuperará, ¿verdad, mamá? - preguntó, temeroso de escuchar una negativa.
-La herida no es tan mala como parece. La bala atravesó su hombro limpiamente. Estará débil por la pérdida de sangre pero se pondrá bien - lo miró un momento antes de regresar su atención a Candy - Tu hermana es fuerte. Sobreviviría a algo mucho peor que esto.
-Mamá - se acercó a ella y rodeó sus hombros con un brazo - Créete tus palabras, por favor.
María asintió antes revisar una vez más el hombro de su hija. Había atendido muchas heridas a lo largo de su vida, pero ver a su preciosa Candy postrada en aquella cama, pálida como la misma muerte, estaba acabando con su temple. El brazo de Tom sobre ella le ayudó a no desmoronarse. Era afortunada de tener unos hijos tan maravillosos. Cuando terminó, acarició la mejilla de su hija antes de levantarse y abrazarse a Tom.
-No podría vivir si algo os sucediese, hijo - sollozó contra su hombro - Sois lo más importante para mí.
-Ve a descansar, mamá - le acarició la espalda para tranquilizarla - Yo velaré el sueño de Candy.
-Iré a ver cómo está Albert. No creo que tenga nada grave, pero necesito asegurarme.
En cuanto su madre los dejó solos, se sentó en el borde de la cama.
El color continuaba eludiendo el rostro de su hermana, pero al menos ahora no parecía muerta sino dormida. Su respiración pausada era un consuelo para él. Permaneció en silencio, observándola, durante al menos dos hora más.
-Candy - le habló finalmente mientras apartaba algunos rizos de su hombro herido - no voy a permitir que me abandones. Así que, ve despertando y obséquiame con una de tus malditas muestras de mal humor. Tu única opción es recuperarte, ¿me oyes? No puedo perderte. Te quiero demasiado para intentar vivir sin ti.
Una solitaria lágrima rodó por la mejilla de su hermana instantes antes de que abriese los ojos. El alivio que sintió al verla despierta fue indescriptible. La abrazó con cuidado mientras le besaba el cabello una y otra vez. Poco le importaba si alguien lo veía y lo tachaba de sentimental. Había creído que perdería a su hermana melliza, estaba feliz por tenerla entre sus brazos, viva y consciente.
-Sabía que me querías. He tenido que casi morirme para que lo confesases - dijo ella contra su pecho - Pero si no me sueltas, al final tú mismo me matarás. Duele a rayos.
-Lo siento - la recostó nuevamente - No pretendía lastimarte.
-¿Albert? - la preocupación oscureció su mirada.
-Mamá está con él.
-Bien - suspiró aliviada - Eso es bueno.
-¿Qué pasó?
-Neall nos atacó. El muy cobarde quiso disparar a Albert.
-Y la insensata de mi hermana se interpuso - no la estaba reprendiendo.
-Pretendía apartarnos a ambos del camino de la bala - se encogió de hombros y gimió cuando el dolor la sobrevino.
-Con calma, Candy. No queremos que te abras la herida.
-Necesito ver a Albert - le dijo segundos después.
-Lo harás. Ahora descansa. Lo necesitas - le acarició la mejilla - Me quedaré contigo.
-Tom - lo llamó, con los ojos ya cerrados.
-¿Sí, Candy?
-Yo también te quiero.
-Descansa, Candy - sonrió, aún cuando ella no podía verlo.
Cuando Albert abrió los ojos, todo a su alrededor parecía mantenerse en las sombras y por un momento creyó que seguía dormido. El intenso dolor de sus costillas cuando intentó incorporarse le sacó de su error. Estaba despierto y totalmente magullado.
-Habéis despertado - una dulce voz confirmó lo que él ya sabía. Sonaba aliviada.
-¿Cuánto he dormido? - miró hacia la muchacha cuando ésta encendió más velas. Ni siquiera había visto que hubiese alguna prendida.
-Todo el día - le contestó sonriente - Mamá dijo que podrías tardar mucho más incluso. Estará contenta de saber que ya estáis consciente.
-¿Candy? - su voz sonó ahogada pero no le preocupó. Necesitaba saber que estaba bien y no se avergonzaba de demostrar cuánto le afectaba saberla moribunda.
-Mamá dice que se recuperará - su sonrisa se amplió - Todavía está muy débil por la pérdida de sangre pero estará bien. Al final fue menos de lo que parecía.
-Quiero verla - intentó levantarse de la cama pero Mairi lo detuvo.
-Avisaré a mi madre de que ya habéis despertado y ella decidirá si podéis levantaros o no.
-Nadie me va a impedir verla - apartó con delicadeza las manos menudas que pretendían retenerlo y se levantó.
Mairi se giró cohibida cuando la sábana se deslizó por el cuerpo de Albert, desvelando su desnudez. Éste se cubrió rápidamente y se disculpó.
-Os traeré algo de ropa - murmuró ella antes de salir de la alcoba.
María apareció minutos después, con ropa limpia y una nutritiva sopa. Dejó la ropa encima de la cama y la comida en una pequeña mesa junto a la ventana.
-Quiero ver a Candy - dijo Albert, adivinando las intenciones de María.
-Y la verás, Albert - le sonrió - pero antes has de comer algo.
-No podré probar bocado hasta saber que está bien.
-Está bien. Débil pero bien - le aseguró.
-Quiero verla - repitió.
-Vístete ahora - se dio la vuelta, ignorando su petición - Tomarás la sopa y luego te llevaré con ella.
Albert permaneció inmóvil, con la mirada fija en la espalda de Albert. La mujer aguardaba pacientemente a que cubriese su desnudez.
-¿No hay forma de convencerte? - preguntó, sin tomar la ropa todavía.
-Imagina de quién heredó Candy su terquedaz - lo miró por encima del hombro un segundo y Albert vio que sonreía.
Resignado a hacer lo que le pedía, se vistió raudo. Cuanto antes terminase, antes podría verla.
-Ella está bien - le repitió María observándolo comer de prisa.
Sus ojos verdes le recordaban a Candy. Asintió pero siguió devorando la comida. Deseaba verla pero también estaba hambriento. No había ingerido nada en todo el día.
Cuando terminó, María procedió a revisar cada una de sus heridas, para su desesperación. Sabía que se preocupaba por él pero se sentía bien. Ansioso por ver a Candy y comprobar por sí mismo que estaba bien.
Conforme con lo que vio en sus heridas, María lo acompañó hasta la alcoba de su hija. Sin decir una sola palabra, ordenó a todos que la dejaran a solas con Albert. Éste aguardó, impaciente, a que uno a uno fuesen saliendo del cuarto. Robert pasó por su lado el último y apoyó la mano en su hombro.
-Me alegra ver que te has recuperado - le dijo antes de mirar hacia Candy - Gracias.
Albert asintió y apretó su brazo con fuerza antes de separarse.
Cuando se quedó solo, se acercó a Candy. Se sentía ansioso y preocupado. Su corazón latía con frenesí cuando se sentó en el borde de la cama y tomó la mano de Candy.
-Hola - susurró ella cuando lo vio.
-Hola - le sonrió con ternura.
Candy estaba pálida pero se veía tranquila. Su sonrisa era débil pero se mantuvo en su rostro todo el tiempo. Estaba viva y estaba bien.
El alivio lo invadió.
CONTINUARA
