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EL BESO

Albert no podía dejar de observar a Candy, con una sonrisa enamorada en sus labios. Necesitaba asegurarse de que realmente estaba bien, que se recuperaría por completo.

Su ondulado cabello dorado estaba esparcido por la almohada, parecía que se lo habían lavado y peinado no hacía mucho. Ansiaba tomar un rizo y acercarlo a sus labios para besarlo, a su nariz para olerlo, pero se contuvo y siguió con su escrutinio.

Admiró sus pómulos bien definidos, su nariz pequeña respingada con algunas pecas y sus labios carnosos y tentadores. El deseo de besarla creció en él y su entrepierna despertó, dolorosamente consciente de que estaban en un cuarto a solas y con Candy recostada en la cama. Casi muere, se obligó a recordar para no dejarse llevar.

Sus ojos se centraron ahora en los de ella. Tan verdes que parecían irreales. Siempre le habían llamado la atención, lo atraían y lo atrapaban bajo su embrujo. Y ahora lo estaban mirando con curiosidad, con expectación. Vio cómo sus pupilas se dilataban cuando sus miradas se conectaron con mayor intimidad.

-¿Piensas quedarte mirando - la voz de Candy sonaba frágil pero firme - o vas a besarme de una vez por todas? Lo haría yo pero estoy demasiado débil.

-Esperaba que me lo pidieses - una sonrisa pícara brotó de sus labios.

-Seguro - bufó.

-¿Debo suponer que ya estás fuera de peligro? - alzó una ceja - Si has recuperado tu genuino encanto...

Dejó la frase sin terminar cuando Candy entrecerró los ojos. Su sonrisa se amplió, jamás se cansaría de provocarla.

-Aprovétache ahora que no puedo defenderme porque después... - le dijo ella, antes de morder su labio inferior.

Sus labios se curvaron en una sonrisa cuando los ojos de Albert se posaron en ellos, con las pupilas totalmente dilatadas. También ella sabía jugar.

-¿Después, qué? - su voz sonó ronca y carraspeó.

-Me encargaré de que te tragues tus palabras.

-Podría tragarme...

-Ni lo menciones - lo interrumpió ella, intensamente sonrojada.

-¿Así que hay algo que te incomoda, después de todo? - sonrió, tomando por fin sus cabellos en la mano y llevándoselos al rostro para inhalar su olor. Cerró los ojos ante las sensaciones que le producía aquel contacto.

-Estoy esperando - dijo ella, en cambio.

Albert elevó las cejas al tiempo que soltaba su pelo. Cuando notó que realmente esperaba algo de él, frunció el ceño. Tenerla tan cerca y no poder tocarla por temor a lastimarla, lo estaba volviendo loco y no le dejaba pensar con claridad.

-Mi beso - añadió con una sonrisa.

-¡Ah, eso! - la imitó - No recuerdo habértelo ofrecido.

-No lo has hecho. Yo te lo he pedido.

-Tampoco recuerdo eso - jugó de nuevo con ella.

Sabía que resistirse al impulso de besarla lo perjudicaba más que lo beneficiaba pero no podía evitarlo. Quería ver el fuego en sus ojos. Sólo así sabría que en verdad Candy estaría bien.

-Tal vez los golpes hayan dañado tu cabeza - chasqueó la lengua, divertida.

-Sigo esperando - repitió sus palabras, ignorando aquel comentario.

-No voy a repetirlo.

-En ese caso - se levantó deliveradamente despacio - será mejor que te deje descansar.

-Albert - lo llamó. Su voz sonó como un quejido.

Albert se giró hacia ella y vio que estaba más pálida que antes y se sujetaba el hombro, una expresión de dolor surcaba su rostro.

Había intentado incorporarse.

Corrió a su lado y la depositó sobre la cama de nuevo con sumo cuidado. Estaba enfadado porque hubiese intentado levantarse pero se sintió culpable por haberla provocado para que acabase haciéndolo.

-Candy, amor - le acarició la mejilla - No debiste hacerlo.

-Creí que podría - le sonrió débilmente.

-No pensaba irme - le aseguró.

-Lo sé.

Una maliciosa sonrisa apareció en sus labios cuando rodeó el cuello de Albert con sus brazos. Éste supo que había estado fingiendo todo el tiempo, pero no le molestó. La amaba por ello.

La necesidad de decírselo, de que supiese cuán indispensable se había convertido en su vida creció en él. La ayudó a incorporarse en la cama y le rodeó la cintura. Se sentía tan bien entre sus brazos. Encajaban. Y la certidumbre de que encajarían también en la intimidad, hizo que su virilidad protestase por haber sido ignorada tanto tiempo. Deseaba a Candy más que a nada en este mundo pero se contuvo. No hasta que sea mi esposa, se recordó.

-Te amo - le confesó - Y casi te pierdo sin haber tenido ocasión de decírtelo.

-Eres un hombre afortunado - le acarició la mejilla - porque ya lo sabía.

-Pero debería habértelo dicho antes. No quiero que tengas que suponerlo. Te amo, Candy.

Ella le sonrió pero se mantuvo en silencio. Sus verdes ojos se posaron en los labios de Albert y se mordió el suyo, inconscientemente.

-¿No vas a decir nada? - la animó él.

-Quiero mi beso - capturó su mirada con la suya.

-¿Sólo eso? - alzó una ceja. Mentiría si dijese que no estaba decepcionado.

-Dame mi beso y luego hablamos - otra vez aquella sonrisa maliciosa.

Albert supo que estaba jugando de nuevo con él y sonrió. Acercó los labios a los suyos, hasta entremezclar sus alientos pero sin llegar a tocarse. Cuando Candy se inclinó hacia él, retrocedió un poco.

-Primero dilo - le susurró.

-Primero bésame - lo desafió.

-Dilo, Candy - rozó sus labios levemente, arrancando un gemido de la garganta de Candy.

El toque había sido tan efímero que ambos se quedaron con ganas de más. Aún así, Albert no cedería. Ansiaba mucho más oír aquellas dos palabras de sus labios.

-Te amo - susurró ella contra su boca - Desde que me lanzaste a aquella bañera, después de descubrir que era una mujer. Pero no fui consciente de ello hasta que me besaste por primera vez. Así que deja de torturarme y bésame, Albert.

Sus labios chocaron contra los de ella, ansiosos por sentir su calor, su suavidad. Devoró su boca como si jamás pudiese saciarse de ella. Y así era. Candy era adictiva, cuanto más tenía de ella, más necesitaba. Gimió cuando ella abrió la boca para darle paso a su lengua.

Recorrió su espalda con las manos, apretándola contra su pecho, deseando fundirse con ella. Necesitaba sentirla desnuda bajo él, apasionada y frebil, suplicante y exigente al mismo tiempo. La deseaba combatiente, como era. Con ese fuerte carácter que lo había cautivado.

Cuando su mano rozó la venda, se obligó a detenerse. Apoyó la frente en la de Candy y cerró los ojos. Sus respiraciones se acompasaron.

-No quiero lastimarte - le dijo, dándole un pequeño beso.

-No lo hacías - sonrió.

-Pero podría. Recibiste una bala por mí, Candy.

-Eso fue sólo un error de cálculo - bromeó ella.

-No bromees con eso, por favor. Pude haberte perdido.

-Siento informarte de que necesitarás algo más que una bala para deshacerte de mí.

-No quiero deshacerme de ti.

-Bien - lo besó - porque eso no va a pasar. Y ya sabes lo tenaces que podemos llegar a ser las mujeres de mi familia.

-Lo sé - rió, recordando que María le había dicho algo parecido no hacía mucho - Y me alegro de eso.

-Te lo recordaré, Albert Ardley - lo amenazó - cuando me acuses de ser una testaruda.

-Y yo te recordaré, Candy White, que jamás te reclamaré por eso - la besó - porque es el rasgo que más me gusta de ti. El que me enamoró.

-Bromeas - lo miró sorprendida.

-Adoro tu fuego interno, Candy. Jamás me cansaré de provocarlo porque te quiero ardiente y obstinada. No cambiaría nada en ti. Te amo.

-Te amo.

Sus labios se encontraron de nuevo en un agitado beso que hablaba de un futuro común, apasionado y para nada aburrido.

CONTINUARA