"[…] Te amé sin que yo lo supiera, y busqué tu memoria.

En las casas vacías entré con linterna a robar tu retrato.

Pero yo ya sabía como eras. De pronto

Mientras ibas conmigo te toqué y se detuvo mi vida;

frente a mis ojos estabas, reinándome y reinas.

Como hoguera en los bosques el fuego es tu reino."

―Soneto XXII. Pablo Neruda.

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Lo que sucedió una vez que sus labios se separaron fue tan confuso y no lo recordaba en lo absoluto. Durante las vacaciones de invierno reflexionó sobre ello, sin obtener claridad sobre lo que había ocurrido: alguien había llegado por ella con la silla de ruedas, antes de que el aire regresara a sus pulmones. Levi desapareció en medio de la oscuridad del escenario, haciéndola dudar incluso de si aquello era un sueño o realidad.

Al salir del edificio al menos diez fotógrafos y reporteros la acosaron con sus cámaras y micrófonos.

—¿De dónde conoce a Levi Ackerman?

—¿Cuál es su relación con él?

—¿Desde hace cuánto están saliendo? ¿Es oficial?

Completamente aturdida, parpadeaba con dificultad y todas esas luces despertaron en ella un terrible dolor de cabeza.

—Señores, calma por favor. La señorita Jaegër es alumna de Rose como todos los músicos que se presentaron esta noche. Mikasa es la única estudiante de piano actual en la academia. Si lo desean, pueden agendar una entrevista, les pido amablemente que no molesten a nuestros estudiantes y mucho menos a las puertas de nuestra institución. —Erwin, en elegante traje negro y completamente neutral salió para defender a la anonadada chica. Le abrió paso hasta el auto en que Grisha y Eren le esperaban.

A decir verdad, le sorprendió verlos en la presentación. Escondidos en una zona concurrida del público. Aunque bueno, un hombre con cabestrillo y un chico con collarín cervical no pasaban desapercibidos.

—Feliz Navidad, Mikasa. Lo hiciste bien.

Antes de que pudiera responder, con una sonrisa el director cerró la puerta del auto y ordenó al chófer ponerse en marcha.

Llegó a casa, los hombres bajaron y el chófer la ayudó a llegar hasta la puerta sin tener que usar la silla de ruedas. Por suerte su pierna mejoraba rápido.

Una vez solos, Grisha se detuvo en la sala y sin darle la cara exclamó en voz alta:

—Honestamente no creí que fuese a ser bueno y me sorprendiste.

Sin agregar nada más se marchó a su habitación con ayuda de Eren que no le había dirigido la palabra desde el accidente. Mi siquiera cuando despertó del coma.

Los siguientes días no fueron relevantes, pasaba el tiempo viendo series o películas deprimentes. Sasha la llamaba de vez en cuando: la chica amaba a su familia y en vacaciones volvía a Montana para verlos pues en NY rentaba un pequeño departamento en casa de un familiar.

Un día recibió un mensaje de Marco, le había pedido su número a Sasha, y con alegres y ocurrentes memes pasaban algunas tardes intercambiando mensajes.

De ahí en fuera, lo único que hacía era mirar el techo y tocar sus labios para después hundir la cabeza en la almohada.

¿Por qué alguien besaría a otra persona? Porque le gusta, ¿no? ¿Le gustaba a su profesor? ¿Y a ella le gustaba?

Hasta ese momento no tenía consciencia de todas esas preguntas. Pero por qué otro motivo alguien besaría labios ajenos: ¿Para molestar? ¿Para vengarse? ¿Qué cosa tan mala habría hecho a su profesor para que éste la torturase de esa manera?

Algunas veces pensó que debía llamarlo, tenía su número de teléfono. Estaba a un clic de escuchar su voz y pedirle que explicara lo que había ocurrido al final de su presentación. No obstante, todas las veces que había estado cerca de hacerlo, algo dentro de sí la reprimía: no era propio ni adecuado hablar de esas cosas por teléfono. Tenía que verlo y decírselo en la cara. Así no podría mentirle, bueno, le costaría más trabajo.

Una vez pasó año nuevo, le quedó un fin de semana más para reponer fuerzas y alistar todo para el regreso a clases.

El lunes en la mañana se sintió sumamente nerviosa, ya no requería de la silla pues las muletas eran suficientes para trasladarse de un lugar a otro, en dos semanas estaría recuperada casi por completo.

"¿Lista? Pasaré por ti en cinco minutos."

Mucho tiempo Mikasa había estado completamente sola, dependiendo de la compañía de Eren o de Armin, el amigo de ambos que habían dejado en Alemania. Pero ahora era distintito, pese a lo que creía y lo pesimista que había llegado a los Estados Unidos cosas muy buenas le había sucedió, exceptuando el accidente al que incluso le veía el provecho de haber escuchado tocar a su profesor.

Su profesor. Las mejillas se le enrojecieron, no hacía falta verse en un espejo, podía sentir el calor en su rostro.

Con el claxon del Cadillac, tomó su bolso y se dispuso a salir cuando una mano se posó sobre su hombro.

―Te ayudaré, dame tu bolso.

Sopesó el ser dura y negarse rotundamente, pero estaba sorprendida y dejó que Eren tomase su bolsa y le abriera la puerta. Bajó con cuidado en sus muletas, Sasha la ayudó a entrar al auto. También se sorprendió de ver a Eren, ni siquiera lo conocía del todo bien pues fue muy poco el tiempo que acudió a la academia.

―Me alegra verte mejor. ―Mikasa sonrío, le alegraba ver a su amiga, pero su mente estaba enfocada en otra cosa.

Rose seguía como siempre, las mismas paredes, los mismos cristales, pero no tan imponente como la noche de la presentación. Intentó justificar en ello la presión en su pecho, el ligero temblor de sus manos y la sudoración.

―Después de clases puedo llevarte a casa también, sólo tienes que llamarme.

―Gracias, pero creo que saldré tarde.

Sasha no preguntó nada más, al hacerse amiga de alguien como Mikasa comprendió que a veces uno no quiero decir nada y que entonces solo puedes apoyar con una sonrisa o una ligera palmada en la espalda.

―De acuerdo, ahora vayamos a clases o Shadis nos golpeará.

Después de los saludos y uno que otro abrazo por año nuevo las clases no tardaron en recuperar su ritmo. Retomar los temas en donde los dejaron, un examen sorpresa de Nanaba que estaba segura reprobarían, el llanto de Sasha cuando Connie tiró de su coleta y le arrebató una patata durante el almuerzo. Oh sí, la mesa que al principio solo ocupan ellas dos, se completó con Jean y Marco.

El timbre sonó, finalmente vería al protagonista de todos sus insomnios. El camino a la sala de práctica nunca había sido tan largo, no era solo que se apoyase en una muleta, era como si cada pasillo fuese un largo laberinto. Atisbar la puerta de roble no la ayudó a aclarar sus sentimientos.

Se preguntó si debía tocar. Haría sido una actitud temerosa, no propia de ella, así que solo empujó e hizo ruido con la muleta segura de que así irritaría a Levi o al menos haría que le prestase atención y dejaría de beber café.

Predecir las situaciones suele ser difícil, pero predecir a las personas es imposible.

Levi se encontraba a un lado de la puerta, recargado con los brazos cruzados:

―Pensé que aun estarías en silla de ruedas.

―Sano rápido.

―No tenías la necesidad de regresar ahora, Hange debió decirte que aplacé tu permi…

―Necesitábamos hablar.

―Creí que lo hacíamos, pero me interrumpiste. Deberías descansar, subir las escaleras así es cansado.

―No me refiero a eso, hay algo que tenemos pendiente.

―Retomaremos las clases cuando estés mejor, por ahora…

Cada palabra irritaba más a Mikasa. Desde que había entrado, Levi no le dirigía la mirada.

― ¿Podrías dejar de fingir que no pasó nada en el concierto? ¿Y mirarme?

El silenció imperó en la habitación.

―De acuerdo, lo diré. ―Al fin Levi miró a Mikasa y fue como si hubiesen pasado años y no semanas. Lucía desmejorado y aunque su ropa estaba tan pulcra como siempre, algo en la mirada cansada que esos ojos azules emanaban, le aumentaban los años que no había tragado los últimos cumpleaños. ― Eres mi alumna, te doblo la edad y al besarte, te di motivos para enviarme a prisión.

―En tres meses cumpliré la mayoría de edad. Aunque eso no es realmente lo que me importa.

―Entonces, qué. ¿Por qué lo hice?

―Sí.

Levi caminó hasta el taburete y se sentó, pasó su mano por su frente y levantó el flequillo que comenzaba a ser demasiado largo. Mikasa continuaba de pie, apoyándose sobre la muleta, ignorando todo lo demás.

―No lo sé.

Algo monstruoso se desató en el pecho de la chica: la sensación de frustración y rabia más grande que había experimentado. El rostro inexpresivo que aquel hombre le dirigía hizo que sus venas saltasen evidenciándose en sus sienes, tiró su bolsa y apresuró el paso aun con la muleta para llegar hasta su profesor completamente pasmado. Lo siguiente fue el sonido de una bofetada.

―No tienes idea del tiempo que he pensado sobre eso y te atreves a mirarme con esa cara de que te importa un bledo prefiriendo creer que no fue nada. Estoy harta, Levi Ackerman.

El mencionado evitó el contacto visual; parecía un muñeco indefenso totalmente distinto al hombre que conocía. Eso solo enfurecía mas y más a Mikasa, quien no concebía que tras una espera tan larga estuviese desarrollándose el suceso de aquella manera. Quiso golpearlo nuevamente pero el equilibrio sobre su pierna buena se perdió, precipitándola hacia el frente. Los brazos masculinos la capturaron.

― ¡Suéltame!

―Esta bien, puedes gritarme o golpearme todo lo que quieras, pero no olvides que estas recuperándote de un accidente. Si vas a ponerte en riesgo prefiero que me reclames en otro momento.

―No es el beso lo que me disgusta, es el hecho de que no digas nada al respecto. Que te límites a mirarme con esa expresión patética y yo haya perdido mi tiempo pensando en lo que implicó una y otra vez.

Algo en aquellos ojos azules centelló por un mínimo momento.

― ¿De verdad pensaste en ello?

―Claro que sí, solo un idiota dejaría pasar algo como aquello. Ahora, exijo que me sueltes.

―Te subestimé.

― ¿eh?

Con sumo cuidado, Levi dio vuelta y dejó a Mikasa sobre el taburete.

―Pensé que solo vendrías aquí a desquitar tu colera o que preferirías ignorar lo que había pasado, pero veo que eres más una mujer madura que una chiquilla impetuosa.

―Las apariencias engañan, también creí que eras una persona distinta. Pensé que dirías que fue una broma cruel o me pedirías que lo olvidara, no que actuarias como un cobarde.

― ¿Por qué habría de ser una broma?

―No lo sé, de un momento actuaste extraño. Preocupándote por mí, yendo a tocar cuando estaba en coma, retomando tu instrumento tras 10 años de abandono, besándome tras el telón. ¿quién eres tú y qué le hiciste a mi hosco profesor de música?

―Ni yo sé en qué me has convertido, Mikasa. ¿Recuerdas lo que pasó antes del accidente?

Ella lo miró algo confundida. Hasta ese momento no había intentado traer de regreso nada sobre ese día, con algo de esfuerzo las imágenes volvieron de a poco y una marca sobre la ceja izquierda del hombre frente a ella aceleró el proceso.

―Sí, ese día te dije que tenía miedo de mi cuando estaba contigo porque no quería aceptar lo que estaba sintiendo. ―continuando su narración se sentó en el suelo de madera, a los pies de ella. ― Después de todo soy un hombre mayor que fue impuesto en tu vida como el amargado profesor de piano que se inmiscuía en tus asuntos de vez en cuando. No sabía si te detuve de ir a Alemania por tu talento o porque simplemente no quería que te fueras de mi lado. Con el accidente comprendí que eras más que una virtuosa pianista para mí, me había enamorado. Me disculpo, no debí besarte de esa manera y huir después, pero, aunque soy un hombre sigo siendo tu profesor.

Aquella era una cualidad que amaba y detestaba de él: su franqueza, dura y llana. Cuando la usaba la dejaba sin armas, totalmente abrumada.

―Debiste decirme esto cuando crucé la puerta.

―Creí que ignorar el problema era más cómodo.

―No eres el único que se siente desconcertado. Tuve un sueño, cuando estaba en coma: la vida que siempre quise, el amor que anhelé…y todo se sentía vacío. Contigo no me siento de esa forma. Ni siquiera te conozco: no sé nada sobre tu familia ni tu sobre la mía, sobre nuestras infancias o nuestros gustos. Solo sé que te gusta el café, que sueles tener cara de estreñimiento, frunces el ceño y aun con eso te ves hermoso. ―extendió la mano, sin tremor y Levi la sostuvo entre sus manos para llevarla su boca y besarla sin dejar de mirarla a los ojos. ― Estar cerca de ti me hace sentir extraña. No acepto tus disculpas.

Él que hasta ese momento había pasado mirándola con devoción, como se mira algo sagrado, mostró preocupación ante la frase final no obstante, antes de que sus labios se abrieran…Mikasa continúo, bajándose del banquillo para estar a su altura en el suelo.

―No te perdono el beso, te condeno a enseñarme si es amor lo que siento por ti, no tienes derecho a huir. No puedes hacerlo otra vez.

Lo siguiente que Levi supo fue que aun podía cohibirse como un niño pequeño: aquellos ojos grises miraron directamente a los suyos, exaltándolo, mientras una nariz pequeña y fría se acercaba a la suya, unos labios tocaron los suyos. No dijo nada, menos cuando percibió el ligero toque de unos dedos sobre su cabello.

El resto de la tarde pasaron hablando de sus vidas, alternando ligeros besos.

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