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Capitulo 42

A la mañana siguiente, tras una noche en la que Candy no pudo dormir, bajó al comedor, donde Iolanda estaba desayunando cerca de Archie. Cuando el highlander la vio llegar, le sonrió y, rápidamente, le cedió su asiento.

—Buenos días, Candy —la saludó Iolanda.

—Buenos días —respondió ella, mirando alrededor. Allí no estaba Albert.

—Gracias a Dios que has venido —exclamó la chica—. Hoy he intentado ser más amable con Archie y ya no se ha separado de mí. Quiere llevarme al mercado y, aunque le he dicho mil veces que no, él no para de insistir.

Cansada del tira y afloja de aquellos dos, tan parecido al que en cierto modo ella había mantenido con su marido, contestó:

—Iolanda, este hombre está intentando disculparse de todas las formas posibles, ¿cuándo lo vas a perdonar?

—Buenos días, Candy.

Al volverse, se encontró con Aiden McAllister. En esta ocasión no se le acercó y ella se lo agradeció.

Albert entró instantes después y preguntó:

—¿Has terminado de desayunar? —Candy negó con la cabeza y él dijo con gesto serio—: Termina, aún nos queda un día duro por delante.

Cuando Iolanda y ella salieron fuera, los guerreros Ardley las esperaban. Tras recibir algunas sonrisas por parte de ellos, prosiguieron su camino.

El día fue en efecto duro y devastador. Albert no paró a descansar ni un segundo, y cuando llevaban gran parte del día sobre el caballo, Canfy le murmuró a Iolanda:

—Tengo las posaderas acartonadas.

La joven sonrió y comentó de pronto:

—Mira, parece que tu marido te ha oído y por fin ordena parar.

Encantada al oír eso, Candy bajó de su yegua y, tras dejársela a uno de los guerreros de Albert, dijo mirando a Iolanda:

—Enseguida vuelvo. He de ir tras los árboles un instante.

La muchacha asintió y Patrick, el médico, se acercó a ella y comenzaron a hablar.

Deseosa de un poco de soledad, Candy se alejó a grandes pasos hasta un pequeño río, donde se lavó las manos y la cara y, cuando se levantó, oyó decir a Albert:

—¿Se puede saber qué haces tan lejos?

—Tranquilo, no me escapaba. Sólo buscaba un poco de intimidad.

Él respondió molesto:

—No puedo estar todo el día pendiente de ti. ¿Acaso no lo sabes?

—¿Te he pedido yo que estés pendiente de mí? —replicó, sosteniéndole la mirada. Y al ver que él no respondía, con una fría sonrisa murmuró—: Que te dijera que sentía algo por ti no significa nada. No me hace tonta, ni torpe. Por lo tanto, tranquilo, que puedo continuar viviendo y respirando sin ti.

—Está claro que tu padre no te enseñó educación.

—Educación no me falta —siseó ella con rabia.

Albert, con gesto hosco, se retiró el pelo de la cara y replicó:

—Candy, soy un hombre paciente, y lo sabes, pero no juegues con ello o la paciencia se me acabará y tendré que tomar medidas que quizá no te gusten.

Sin amedrentarse, ella gritó:

—¡Quizá yo desee que tomes esas medidas, para que dejes de contar los días que faltan para que finalice nuestro enlace!

—¿De qué hablas?

Cansada de disimular, lo miró de frente.

—Repúdiame. Si lo hicieras, me podría marchar ahora mismo. Me alejaría de ti y tus problemas conmigo se habrían acabado. Tú serías libre de nuevo y podrías unir tu vida a la de la encantadora Eliza Sinclair.

—No me tientes, Candy… no me tientes.

Desesperada por su frialdad, gritó:

—¡No me quieres, no me necesitas! Soy una carga y un problema para ti. ¿Por qué estar juntos cuando ambos podemos rehacer nuestras vidas por separado?

De pronto, de manera inesperada, cuatro hombres salieron de la oscuridad y uno de ellos dijo:

—Candy White, te estábamos buscando.

Sin entender nada, ella los miró. Aquellos cuatro hombres, de aspecto sucio y desagradable, llevaban una espada en la mano y Albert, al ser consciente del peligro que corrían, agarró a Candy, la puso detrás de él para protegerla y preguntó:

—¿Qué queréis?

El que parecía el cabecilla, poniendo la espada en el pecho del laird, respondió:

—A ella. Alguien la busca en Edimburgo.

—¿Quién osa llevarse a mi mujer? —siseó Albert, furioso.

Los villanos se miraron y otro de los hombres contestó:

—Rory Leagan, ¿lo conocéis?

El rostro de Candy se descompuso y Albert, al recordar al esbirro de Neall Leagan que escapó, llevándose la mano a la espada, los amenazó:

—Si le ponéis una mano encima a mi mujer, os mato.

El cabecilla soltó una risotada, al tiempo que Albert desenvainaba la espada y empujaba a Candy hacia atrás para luchar con ellos. Ella sólo llevaba la daga de su bota, pero cuando fue a sacarla, uno de los hombres la agarró por detrás y la inmovilizó, mientras le tapaba la boca para que no chillara.

Despavorida, observaba cómo Albert luchaba con gallardía por ella sin descanso. Se defendió del ataque implacable hasta que uno de ellos le hizo un corte en el costado que lo dobló. Pero su pundonor y la furia que sentía no lo dejaron ceder y siguió combatiendo con todas sus fuerzas.

Candy los miraba aterrorizada y sin poder hacer nada. Albert estaba malherido. Sólo había que ver cómo la camisa blanca que llevaba debajo de la chaqueta negra se le iba empapando de sangre. Intentó zafarse del que la sujetaba, pero sólo consiguió que éste la golpeara con dureza.

Albert, al ver aquello, blasfemó y su angustia redobló sus ansias de lucha. Así estuvieron un buen rato, hasta que él perdió fuerza y cayó al suelo. Al verlo, el cabecilla levantó la espada para clavársela directamente en el corazón, pero Candy, mordiendo la mano del hombre que la sujetaba, gritó:

—¡No lo hagas!

El que tenía la espada en alto, la miró y preguntó:

—¿Por qué? ¿Por qué no he de matarlo?

Inmovilizada por otro de los hombres, miró a Albert y contestó:

—Iré con vosotros. No ofreceré resistencia. Te lo prometo.

—No, Candy —murmuró Albert con gesto de dolor.

El otro, no muy convencido de lo que ella decía, levantó de nuevo la espada y Candy volvió a gritar:

—Rory no sabe que en Edimburgo están las joyas de mi madre. Os llevaré hasta ellas antes de que me llevéis ante él y no le diré nada. Pero sólo lo haré a cambio de que nos marchemos ahora mismo y no lo matéis.

Aquello a los hombres les gustó y, tras hacerle una señal al que la sujetaba, éste la soltó y ella corrió hacia Albert, arrodillándose junto a él.

—¿Qué estás haciendo, Candy?

Consciente de que debía alejar a aquellos hombres de su marido para que no lo matasen, con toda la firmeza que pudo, contestó:

—Íbamos a separarnos de todas formas, ¡qué más da!

Él musitó desde el suelo:

—Eso es mentira y nunca lo permitiría. Eres mi mujer y no quiero separarme de ti, maldita sea.

Emocionada por lo más parecido a una declaración de amor que él había hecho nunca, lo besó. Demasiado tarde, pero al fin había escuchado aquellas bonitas palabras de Albert Ardley. Con disimulo, se quitó el brazalete de su madre y se lo metió a él en el bolsillo de la camisa. Prefería que lo tuviera Albert a que cayera en manos de aquellos maleantes y, acercándole la boca al oído, dijo:

—Te quiero, Albert Ardley, y no voy a permitir que mueras por mi culpa.

—Candy—susurró él, desesperado por no poder moverse—. No lo hagas. No te muevas de aquí.

Uno de los villanos le dio a Candy un manotazo en la espalda que la tiró sobre Albert y masculló:

—Debemos marcharnos. Vamos, levanta y guíanos hasta esas joyas.

Preocupada por dejarlo así, pero ansiosa por separarlos de él, Candy se levantó. Uno de ellos le pasó una cuerda por el cuello y dio un tirón. Ella tropezó y cayó de bruces. Albert maldijo al ver la sangre en su boca, pero con un gesto, ella lo tranquilizó.

Sin dejar de mirarlo, Candy se levantó del suelo, se llevó una mano a los labios, después se la llevó al corazón y finalmente le tiró un beso, mientras con los ojos anegados de lágrimas, decía:

—Adiós.

Albert intentó moverse, intentó levantarse, pero cayó de nuevo al suelo. Furioso, la llamó. No podía permitir que se la llevaran. Era su mujer. Su responsabilidad. Desesperado, gritó su nombre, mientras ella, sin dejar de llorar, caminaba y lo oía bramar con furia:

—Te encontraré… siempre te encontraré.

CONTINUARA