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UN AÑO Y UN DIA

-Deja de tratarme como a una inválida, mamá. Me encuentro perfectamente. Ni me duele ya.

-No te hagas la valiente, Candy. Puede que te sientas mejor pero es imposible que no te duela. No quiero que fuerces el hombro.

-No pienso hacer tal cosa. Sólo necesito respirar aire fresco.

-Puedes respirarlo aquí. No es necesario que vayas al lago para eso.

Ambas mujeres mantenían sus manos en las caderas y se desafiaban con la mirada. Nunca antes se habían parecido tanto y Robert disfrutaba viéndolas medirse. Si tuviese que apostar por una de ellas, no sabría a cual elegir.

-Yo digo que Candy - susurró Murdo a su lado.

Habían regresado de Dunvegan una semana atrás. Alistair hubiese preferido quedarse con Patricia pero entendía que debía esperar a después de la boda.

-María puede ser muy persuasiva cuando quiere - sonrió él.

-Candy ganará - gruñó Murdo - Esa muchacha tiene la tenacidad de su madre y el genio de su padre.

-Mi genio es estupendo.

-La mayoría de las veces.

-Tú sí que tienes mal carácter, amigo.

-No estamos hablando de mí - gruñó de nuevo.

Regresaron su atención a las mujeres cuando Candy gritó de frustración. Parecía haber llegado al límite.

-Iré al lago, mamá - la enfrentó una vez más - Quieras o no.

-Al menos no vayas sola - se rindió María.

Murdo sonrió hacia Robert y éste elevó los ojos al cielo tratando de no reírse. No debería llevarle la contraria a su amigo, su instinto jamás fallaba.

-Yo la acompañaré - se ofreció Albert, que había entrado minutos antes - Si no supone un problema.

-Va a ser tu esposa - dijo María - ¿qué problema supondría?

-Mantén las manos lejos de mi hija y no pasará nada - lo amenazó Robert.

-Habló el que esperó a su noche de bodas - resopló María.

-María - Robert la miró con una advertencia en sus ojos.

-No deshonraré a Candy de ese modo - intervino Albert.

-¡Oh, sí! ¡Qué bien! - fue el turno de Candy para resoplar - Ya me quedo más tranquila.

Albert la miró. Había hablado tan bajo que sólo él la había escuchado, o al menos eso quería creer. Nadie dijo nada, no obstante.

-¿Vamos? - le tendió la mano y ella la aceptó.

El calor quemó allí donde se tocaban, como cada vez que entraban en contacto. Contenerse le costaba cada vez más. La llevó fuera tratando de ignorar todo cuanto su mano le hacía sentir. Una mano, pensó frustrado. Qué no sentiría si tocaba el resto de su cuerpo.

Montaron en el mismo caballo para llegar al lago. Le había parecido una buena idea para que Candy no tuviese que forzar el hombro al dirigir a su montura pero se maldijo en más de una ocasión por ello. Cada vez que sentía su trasero chocar contra su entrepierna.

-Será mejor que me bajes ya - le dijo Candy al llegar al lago.

-¿Por qué? - la miró por encima de su hombro, sorprendido.

-Porque corres el riesgo de que te viole aquí mismo - se ruborizó al hablar pero no apartó la mirada.

-Candy - su voz sonó demasiado ronca.

-Entiendo que no quieras llegar hasta el final sin estar casados - bajó la mirada - pero me resulta difícil estar cerca de ti y no querer lanzarme a tus brazos.

Albert la ayudó a bajar del caballo, procurando tocarla lo menos posible. Después de la confesión de Candy, no estaba seguro de poder contenerse.

Candy caminó a lo largo de la orilla del lago. Se descalzó para mojar los pies en el agua. Había levantado el vestido más allá de sus pantorrillas para no mojarlo y Albert no podía dejar de mirar sus piernas. Se removió, incómodo, cuando sintió cómo cierta parte de su cuerpo despertaba violentamente.

-Deja de mirarme así, Albert.

-¿Así como?

-Como si fueses a devorarme - miró hacia él y se mordió el labio - Podría tomarte la palabra.

-Hoy estás muy atrevida - su voz sonaba ronca de nuevo.

-Te deseo - se encogió de hombros y apartó la mirada, avergonzada por sus palabras.

Albert caminó hacia ella y la enredó en sus brazos antes de pensar siquiera en lo que estaba haciendo. Su confesión lo había encendido por dentro. Ella contuvo el aliento cuando sintió sus fuertes brazos rodeándola.

-No empieces algo que no vayas a terminar, Albert - le dijo, pasándose la lengua por los labios después. Su boca estaba seca de repente - Ya he tenido suficientes besos interrumpidos para toda una vida.

-No voy a tocarte sin estar casados, Candy.

-Pues suéltame.

-No - buscó su mirada - ¿Sabes lo que es un matrimonio a prueba?

-¿Me estás proponiendo casarnos ahora?

-¿Aceparías?

-Mi padre te matará si lo descubre - se mordió el labio.

-No tiene por qué saberlo.

-¿Me pides que desafíe a mis padres?

-¿Lo harías?

Candy guardó silencio. Albert temía que dijese que no. Tampoco él estaba seguro de aquello pero la quería en su vida, por completo. Y no podía esperar más. La idea le había rondado la cabeza durante las dos últimas semanas, mientras veía a Candy recuperarse. Pensar que casi la había perdido, también lo hacía ansiar tenerla siempre cerca, para protegerla. Que ella le hubiese confesado que tampoco podía estar lejos de él, lo había animado a proponérselo.

Ahora, viendo que no respondía, se arrepentía de haber sido tan impulsivo. Candy era una mujer de fuerte carácter, a la que era imposible decirle lo que debía hacer, pero eso no significaba que fuese a desafiar a sus padres en algo tan serio como el matrimonio.

-No sería la primera vez - le sonrió finalmente.

-¿Lo harías?

-Por ti, lo que sea, Albert. Ya deberías saberlo. Además, estamos prometidos. ¿Qué hay de malo en casarnos ya?

Albert la besó, apretándola contra él. Necesitaba sentirla, saber que aquello era real, que sería suya por fin.

-Dame tus manos - le dijo después.

Candy hizo lo que le pedía y Albert las enredó con las suyas, anudándolas con el lazo que había mantenido atado el cabello de Candy. Le sonrió, nervioso, en cuanto hubo acabado.

-Ya no hay marcha atrás, Candy - le dijo, mirándola intensamente.

-Estoy segura de esto, Albert.

-Bien - apretó sus manos - Yo, William Albert Ardley, me uno a ti, Candice White, y juro traer la luz del amor y de la dicha a nuestra unión. Juro honrarte como honro lo que es más sagrado para mí, y protegerte con mi vida si fuese necesario. Durante un año y un día seré tuyo en cuerpo y alma.

-Yo, Candice White, me uno a ti, , William Albert Ardley y juro traer la luz del amor y de la dicha a nuestra unión. Juro honrarte como honro lo que es más sagrado para mí y protegerte con mi vida si fuese necesario. Durante un año y un día seré tuya en cuerpo y alma.

-Eres mía, Candy, ahora y siempre - la besó apasionadamente.

CONTINUARA