N. de la A.: ¡Sean todos bienvenidos a un nuevo capítulo!
Las cosas van mejorando poquito a poco. ¡Muchas gracias a todos por sus mensajes, palabras de aliento, y preocupación! Y un abrazote apretado para mi queridísima Saturnine, a quien adoro y le mando mi mejor vibra para resurgir de entre las cenizas como el Fénix.
Disclaimer: Los personajes utilizados aquí son propiedad de Takehiko Inoue. ¡Gracias por dibujar y escribir una historia tan hermosa!
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No te dejaré ir esta noche.
Fujii salió de la casa de Yohei casi a ciegas, pues sus ojos continuaban anegados de lágrimas que intentaba mantener a raya con todas sus fuerzas… lo que resultaba imposible. Su tristeza era incluso más honda que en aquel día gris donde enterraron a Ginta sin muchas palabras ni testigos. Le dolía más, porque Fujii sabía que su hermano era un caso perdido, no se le olvidaban los rechazos que había sufrido de él, aunque se contrapusieran con las veces en que actuó de buena forma y le entregó algunos dulces momentos que recordaría toda su vida… momentos que eran pocos, por lo que su corazón fue cerrándose con el paso de los años. En cambio, Yohei se convirtió en su refugio al poco tiempo de conocerse y empezar a salir, por eso el dolor de sentirse traicionada por él, que actuó a sus espaldas como un vulgar ladrón, le reconcomía el alma de una manera brutal.
¿Por qué tuvo que actuar de esa manera? ¿De qué sirvió haberse arriesgado a tener una relación si iba a terminar herida de muerte? De haberlo sabido antes hubiese pensado dos veces si le convenía enamorarse, porque el resultado, lejos de ser provechoso, solo le reportó un desconsuelo intraducible.
A duras penas consiguió llegar a su hogar, en el que se derrumbó por completo tan pronto cerró la puerta principal. Temprano, antes de que se desatara la hecatombe, ya había decidido faltar excepcionalmente al colegio para cuidar de Yohei; ahora solo tenía deseos de desaparecer, y mientras lloraba dramáticamente desfallecida sobre el sofá, hundiendo la cara en uno de los cojines, se convenció de que le sería imposible superar una pena como aquella sin el apoyo de alguien más. Pensó que Matsui era la indicada, puesto que la relación con Haruko estaba muy resentida luego de su cuestionable proceder con Sakuragi, mas casi al instante otro rostro se formó con claridad en su mente, y supo lo que debía hacer.
Luego de dominar relativamente la frecuencia de sus sollozos, buscó en la libreta de direcciones un número que nunca había utilizado hasta entonces. Pertenecía a un teléfono móvil Motorola de última generación, que en plena modernidad del año 1991 solo requería una pequeña base de carga y traslado, y una antena kilométrica para alcanzar algo de señal. No siempre era posible escuchar bien a quien estuviera al otro lado de la línea, a veces los mensajes llegaban distorsionados, entrecortados, o interrumpidos por un enervante sonido de estática, pero en ese momento a Fujii le importaban un comino todos esos detalles. Identificó el número en la libreta, lo marcó, y esperó lo que se le antojó como una eternidad.
—M-mamá —balbuceó apenas contestaron la llamada, llorando de nuevo—… te necesito. Ven a casa, por favor.
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Yohei estuvo acompañado por Hanamichi gran parte del día. El pelirrojo arribó a eso de las cuatro y se quedó a su lado como si estuviera vigilándolo, aunque no era necesario puesto que la policía había tomado contacto con Ryusei directamente ya que era el tutor legal del muchacho. Ellos sabían que iba a llegar de trabajar por la noche, probablemente furioso según dedujeron de su rostro impávido mientras recibía el diagnóstico médico la noche anterior, pero no estaban al tanto de que mientras el pelirrojo observaba a Yohei con tristeza, viéndolo sufrir sin palabras el quiebre con Fujii, Ryusei se encontraba en ese mismo momento en la estación de policía con las manos convertidas en dos rígidos puños.
Lo citaron para explicarle la situación, le mostraron las fotos de los detenidos con las consecuentes preguntas de rigor («¿conoce a estos sujetos?», «¿dónde se encontraba usted cuando esto ocurrió?»), y como Ryusei se había asesorado con el abogado de la compañía en que trabajaba, se rehusó a llevar a Yohei a declarar hasta que se hubiese recuperado de la paliza. El policía encargado del caso le comentó que los cinco tipos tenían antecedentes criminales de diversa índole, y a eso debían sumarle que atacaron a un menor de edad, por lo que sus condenas eran inminentes y no debía preocuparse.
Ryusei apretó la mandíbula cuando esa frase emergió de la boca de su interlocutor. Qué falta de criterio. Si sus pensamientos fuesen de dominio público lo habrían encarcelado de inmediato, pues lo único que deseaba en ese momento allí sentado, con el sudor de los policías a su alcance, el aroma del café rancio que bebían, y una sensación de encierro mortal dentro de su pecho, era agarrar a los delincuentes que se atrevieron a ponerle una mano encima a su hijo y masacrarlos bajo sus puños. Quería matarlos y bañarse en su sangre. Hacía muchos años que no sentía una furia tan grande, un ansia asesina que prácticamente barría con todo su sentido común y la pasividad que tanto le costó entrenar para usarla en la vida diaria como una especie de máscara infalible y que solo Koemi, su exmujer, fue capaz de descifrar.
El policía y Ryusei acordaron juntarse dentro de una semana y media, momento en el cual Yohei ya se encontraría recuperado y posibilitado de desplazarse sin complicaciones, para cumplir con la formalidad de prestar declaración acompañado de su tutor legal.
Ryusei Mito arribó a su hogar bajo el escrutinio de su primogénito sanguíneo, y también del adoptivo. No hizo ningún comentario mientras dejaba a un lado su bolso de trabajo, pero al quitarse la corbata, la arrojó hacia un costado con un gesto tajante que provocó escalofríos en ambos adolescentes.
Hanamichi tragó saliva mirando a Ryusei de hito en hito, calculando el momento más apropiado para intervenir en favor de su amigo, y creyó que este había llegado cuando le pareció percibir un ligero suspiro.
—Viejo… —murmuró, pero fue silenciado al punto.
—¿Sabías en lo que te estabas metiendo cuando te pusiste a pelear con esos jodidos hijos de puta? —espetó el mayor de golpe y porrazo dirigiéndose a Yohei. La acidez de sus palabras pareció quemar el aire alrededor de ellos.
—Sí —admitió el interpelado con la cabeza gacha. Ya estaba harto de mentir; no iba a seguir echando fuera más embustes, aunque la reprimenda resultara mucho peor.
Ryusei caminó hasta el muchacho, que no se había movido del sofá en todo el día, y le plantó un bofetón que le dio vuelta el rostro.
Hanamichi se quedó de piedra, impactado. La única vez que lo vio castigar duro a Yohei fue una en que, todavía cursando secundaria, él y los demás miembros del Ejército de Sakuragi bajaron sus calificaciones por meterse a un club clandestino de billar y relacionarse con gente de dudosa procedencia. Ryusei no tenía un pelo de tonto, así que apenas se dio cuenta de lo que pasaba hizo una aparición sorpresa en el antro, cogió a Yohei de su perfecto copete y lo zurró hasta que al muchacho se le quitaron las ganas de hacer el idiota. Mismo destino corrieron los demás chicos gracias a sus respectivos padres, a quienes Ryusei había advertido.
El escarmiento les duró casi para siempre pues no volvieron a internarse en esos locales de mala muerte, sino que cambiaron su gusto por las apuestas decantándolo en el Pachinko, y el alcohol no volvieron ni a olerlo hasta que fueron mayores de edad.
Yohei alzó el rostro con lentitud. Su mejilla enrojecida le escocía, más por la humillación que otra cosa, pues comprendió que su progenitor se había contenido bastante en la bofetada. Aunque era contador y pasaba la mayor parte de su tiempo sentado frente a un escritorio, no se descuidaba en sus ejercicios, por lo que mantenía un estado físico envidiable a sus cuarenta años.
—E-escucha, viejo… —lo intentó de nuevo Hanamichi, que parecía un dibujo animado por lo rápido que pululaba alrededor del furioso hombre al cual respetaba como si fuera su propio padre.
—Cállate, Hanamichi —masculló apretando la mandíbula, y el pelirrojo se asustó, porque nunca lo llamaba por su nombre de pila a menos que estuviera por escupir fuego—. Y tú… —rugió dirigiéndose a su hijo, lanzando chispas por la mirada, hablando cada vez más rápido— maldita sea, cuando Fujii-chan me llamó por teléfono para decirme que estabas en el hospital… pensé que sería algo sencillo, como en otras ocasiones, pero ¡parecías haber muerto a golpes! Agradece que no le dije nada a tu madre. ¡Le hubiese dado un ataque! ¿Eso es lo que quieres? ¿Matarnos del disgusto? ¿Tan poco te importamos?
—No seas dramático, viejo. —La frase emergió débil, pues en el fondo sabía que estaba en lo cierto al enfurecerse de esa forma.
—¡Y una mierda! ¿Eres estúpido? —Como estaba a punto de abofetearlo por segunda vez, se frotó repetidamente la cara en un patético intento por recuperar cierto dominio de sí mismo—. Explícame inmediatamente qué diablos ha pasado, porque la versión de la policía no me convence. Te gusta pelear, pero no te habrías enfrentado solo a cinco pandilleros por voluntad propia, ¡así que dime ahora mismo qué no sé antes de que sea Koemi quien pregunte, Yohei! —exigió a gritos.
El joven tragó saliva dolorosamente, pues la garganta se le había cerrado. Al dolor de su ruptura se agregó uno nuevo: imaginarse a su madre sufriendo por él. No soportaba la idea de verla angustiada, ni a ella ni a su hermana mayor, y escrutando la expresión agónica en el rostro de su padre, descubrió que tampoco toleraba que él estuviera con los nervios deshechos por su causa.
De esa forma, vacilando cada cierto rato, Yohei explicó todo desde el principio: Ginta Koizumi, su influencia sobre la vida de Fujii, el rumor de la venta, la sospecha de que ella estuviera en peligro, renunciar a su trabajo para seguir sus pasos y protegerla…
Fueron más de diez minutos en los que no dejó nada fuera, yendo a lo más hondo de sus pensamientos y sus temores, mientras Ryusei le escuchaba con expresión indescifrable, manos en los bolsillos, y la mirada fija en el suelo de tatami.
—Eso es todo, papá —susurró al finalizar su relato. Vio a su progenitor alzar la mirada, y le pareció que tenía los ojos humedecidos. O tal vez fuera la luz, no estaba seguro.
—¿Y no se te ocurrió nunca pedirme ayuda? ¿Siquiera pensaste que debías delegar esa tensión en un adulto? —Su tono era el de una persona desesperada por hacerse entender—. ¡Eres un estudiante de preparatoria… dios bendito! ¡No tenías nada de qué encargarte, la seguridad de tu novia no es tu responsabilidad, sino de nosotros, carajo! —Le resultaba muy difícil moderar su lengua y no maldecir como en sus mejores años de escolar—. ¿Qué hacías metiéndote en camisa de once varas con esos infelices? ¡Jamás creí que podías ser tan imbécil! Provocarlos hasta que llegaran a la preparatoria como emboscada fue una idea espantosa. Pero ¿qué tenías en la cabeza? ¿Excremento? ¡Y la policía, tenías que haber hablado con ellos al menos, ya que nunca estuvo en tus planes decirme nada!
—¡Eso le dije yo un montón de veces, pero…! —intervino Hanamichi, que ya no pudo seguir con la boca cerrada.
—¡Cállate tú! —repitió Ryusei, volviéndose hacia el pelirrojo para darle un fuerte manotazo en plena nuca—. ¿Y si les hubiera pasado algo? Si a Yohei lo mataban, ¡también habrías sido culpable! ¡Por eso están castigados de por vida! ¿Me escucharon? —chilló señalando a los dos adolescentes, que se miraban entre ellos y lo miraban a él como si no pudieran creérselo—. Te jodiste con el Pachinko, Yohei. De la casa al instituto, al trabajo, y a la casa de vuelta. ¡Tú también, Hanamichi! —exclamó colérico—. Sabías perfectamente lo que ese estúpido tenía planeado, ¡y no me lo advertiste! ¡Eres tan responsable como él!
—Renuncié a mi trabajo —le recordó Yohei en tono ligero, porque necesitaba distender con urgencia el ambiente de su casa.
—No trates de hacerte el gracioso conmigo. Ruégales que te acepten de nuevo, o encuentra otro maldito empleo —ordenó con el rostro amoratado de pura indignación—, y si no me obedeces te mando a Tokio con tu madre. Se acabaron las mierdas, Yohei. ¡Agh, estoy criando a dos estúpidos! ¡Que me jodan! —Y se marchó para encerrarse en su estudio blasfemando como si no pudiera detenerse.
Ryusei cerró la puerta de golpe. Al segundo después pudo escucharse un fuerte estrépito que Hanamichi y Yohei intuyeron correspondía a todo el contenido del escritorio siendo barrido hacia el suelo; pues sí que estaba furioso el pobre hombre, aunque la definición más precisa era impotente.
Impotente, porque no fue capaz de preveer que su primogénito estaba metido en problemas, y mucho menos consiguió protegerlo. Yohei era capaz de intuir lo que sentía papá, ya que ambos eran muy parecidos, por eso guardó silencio para mostrarle sumisión. No le quedaba de otra, el bofetón tuvo un efecto medianamente positivo en su cerebro pues le hizo ver que no solo actuó como un lunático al decidir tomar cartas en el asunto de Fujii personalmente y sin ayuda, sino que, además, puso en peligro su vida y la de sus seres queridos.
Lamentó haber preocupado a su padre y a Hanamichi, pero incluso asumiendo aquello, seguía profundamente resentido con Fujii por haberlo dejado. Si lo amaba, habría hecho cualquier cosa para quedarse con él, sin rendirse a la primera dificultad.
Eso se repetía una y otra vez para sobrellevar la tristeza… lo que no quería decir que estuviera en lo cierto.
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Casi dos semanas después de la pelea, Yohei finalmente hizo acto de aparición en la preparatoria Shohoku. Caminaba con normalidad, si bien mantenía un firme vendaje alrededor de sus costillas, que estaban lastimadas, aunque no llegaron a fracturarse, por suerte para él. También llevaba vendajes en la mano derecha; ya le habían quitado los puntos del hombro en el hospital y la cicatriz ya estaba tomando buen color. A simple vista no parecía más magullado que en otras ocasiones, pero Hanamichi y el trío de idiotas tenían certeza de que, como bien dice el dicho, «la procesión va por dentro», y el padecimiento de Yohei estaba exclusivamente situado en su corazón.
Hanamichi observaba a su mejor amigo sin decir una palabra. Era raro en él comportarse de esa forma, pero había una razón, y era que Yohei continuaba actuando con una máscara confeccionada por medio del orgullo más puro. Admitía que se equivocó al no buscar ayuda, pero hasta ahí llegaba, negándose a hablar sobre Fujii o la discusión que tanto lo había herido. Hanamichi no conseguía atravesar ese escudo. Por primera vez se invertían los papeles entre ellos, por lo que estaba un poco confundido, pero instintivamente supo que lo mejor era darle un poco de espacio. Ya sin el temor de encontrarlo muerto por culpa de alguna pandilla, pues Yohei y su padre finalmente prestaron declaración a la policía y así se enteraron de que los malhechores iban a pasar el resto de sus vidas en la cárcel por todos los delitos que habían cometido, el pelirrojo pudo prestar atención a su propia vida y lamentarse por no tener aún el alta médica para empezar a competir. Tenía una conversación pendiente con Anzai, la cual esperaba concretar esa misma tarde.
Bueno, más o menos tenía eso pensado, porque cuando llegó la hora de almuerzo se le olvidó todo en cuanto Nanami asomó su pequeña complexión en la azotea del colegio, lugar que solían elegir para compartir sus alimentos.
—¡Yokkun! —chilló la niña, que se lanzó a la carrera para detenerse frente a él y tironearle la tela del saco con insistencia—. ¡Yokkun, qué bueno que no te moriste! ¡Hanamichi-kun estaría hecho pedazos! —Acto seguido, se largó a llorar agachando la cabeza.
Yohei miró a Hanamichi como pidiendo auxilio, pero este se limitó a encoger los hombros. No quería admitir a viva voz que continuaba muy disgustado por el riesgo que tomó al enfrentarse solo con esos pandilleros, aun cuando en parte —pequeña, hay que decirlo— comprendía por qué había actuado de esa manera.
Nanami seguía llorando como si el mundo se fuese a acabar, añadiendo una fuerte cuota de dramatismo que Yohei consideraba innecesaria.
—Nana-chan, tengo jaqueca —dijo al tiempo que revolvía el flequillo de su frente—. Y deja de llorar, pareces una niña.
—Soy una niña —le recordó sorbiendo ruidosamente por la nariz. La frase tuvo el efecto de terminarle los sollozos tan brusco como empezaron, por lo que Hanamichi suspiró un poco aliviado. No le gustaba verla triste—. Pero ¿qué pasó? ¿Por qué te peleaste con esos tipos? ¡Se han corrido un montón de rumores y Hanamichi-kun no quiere decirme nada!
—Es que está enfadado conmigo —explicó Yohei, señalando a su mejor amigo con el pulgar—, igual que mi padre. Los muchachos también. Todos están enfadados conmigo —dijo en broma, aunque se notó que la extraña sonrisa en su semblante era muy forzada.
—¿Fujii-chan también, o ella te defiende? —inquirió arqueando una ceja.
—¡N-Nanami…! —exclamó el pelirrojo, con los brazos convertidos en hélices.
¡Alerta! Había dicho su nombre sin honorífico. Eso era un poderoso indicador para la muchacha, porque solo la llamaba así cuando estaba nervioso o enfadado.
Sin proponérselo, Nanami había puesto un dedo con sal en la llaga supurante de Yohei al mencionar a su… exnovia. Para él, llamarla así incluso en la seguridad de su mente se le dificultaba muchísimo y le hacía revivir el dolor que intentaba hacer a un lado. Bajó la cabeza mordisqueándose el labio inferior, y dejó que sus ojos vagaran sin rumbo por los alrededores.
Nanami no perdía de vista las expresiones faciales de Yohei. Normalmente era un chico bastante abierto, a quien ella podía leer con relativa facilidad. No obstante, ahora parecía lejano, como si una armadura invisible lo separara del mundo exterior por alguna razón que todavía no estaba en su conocimiento. Trasladó el foco de atención hacia Hanamichi, que era mucho más fácil de leer porque todo lo que pensaba lo llevaba escrito en la cara. Tal y como dijo Yohei se encontraba enfadado, aunque con cierto brillo comprensivo en sus ojos terrosos. Cuando sus miradas se encontraron, parecía pedirle sin palabras que no siguiera preguntando cosas… pero ella realmente quería saber lo que pasaba, y no se le hacía justo quedar fuera de todo.
—Está bien, Hanamichi —intervino Yohei en la conversación muda que sostenían sus amigos—, se va a enterar de todos modos. Fujii me cortó —explicó dirigiéndose a Nanami, sin vida en la voz.
Ella se quedó muda. Tenía buenas cualidades de observación con la gente que le importaba, y puesto que Hanamichi la disuadió repetidamente en sus deseos de visitar a Yohei durante su recuperación arguyendo que no tenía ganas de ver a nadie, quiso acercarse a Fujii en cambio para saber cómo estaba su amigo… y no pudo hallarla, pues ya no asistía a los entrenamientos del equipo de baloncesto, ni se acercaba a almorzar con ellos en la azotea como antes. Intuyó que estaba eludiéndolos por alguna razón, quizás demasiado ocupada pensando en Yohei (la mente de Nanami simplificaba situaciones), pero cuando consiguió divisarla un día a lo lejos por pura casualidad, sintió que el pecho se le apretaba de angustia: Fujii se veía pálida, ojerosa, y su expresión torturada esfumó de inmediato sus intenciones de acercarse. Ahí había gato encerrado. Llegó a pensar que la pareja había discutido, aunque nunca imaginó que hubiesen terminado, como era la realidad contada por Yohei.
Nanami no conseguía imaginar una ruptura entre ellos. ¿Cómo, siendo ella tan dulce y él tan entregado, pudo ocurrir algo así? ¿Cómo, con esos evidentes deseos que tenía de pedirle matrimonio lo más pronto posible, pudieron terminar su relación? Pues, aunque Yohei no lo anunciara a viva voz, todos sus amigos podían ver al eterno romántico enamorado que llevaba escondido bajo sus siete capas de chulería guasona e impertinente, ansioso por desposar a la mujer que le removiera el alma hasta los cimientos.
Con el rompecabezas finalmente armado en su mente, Nanami comprendió por qué Fujii se apartó de ellos sin explicaciones. Lo lamentó muy a fondo, pues deseaba ardientemente que se reconciliaran lo más pronto posible; se merecían el uno al otro por completo. Su pelea no podía ser tan grave como para no arreglarse nunca, ¿verdad?
La garganta le quemaba, apretada de pura empatía. Se acercó a Yohei primero con lentitud, luego rodeándole la cintura con ambos brazos en un movimiento veloz que le tomó a él y a Hanamichi por sorpresa.
—Bienvenido al «Club de los corazones rotos» —murmuró escondiendo la cara en el costado de su torso.
Ya que tenía una hermana mayor, Yohei no era ajeno al contacto femenino cercano como otros chicos, y por eso aceptó sin problemas el abrazo de Nanami. Era firme, como el de una hermanita, carente de malicia y segundas intenciones. Se sorprendió a sí mismo rodeándole los hombros con un brazo pues no había notado que necesitaba un poco de consuelo.
Yohei pensaba que su duelo debía vivirlo completamente solo, pero la compañía constante de Hanamichi era su mejor apoyo, las bromas del Ejército una buena distracción, y la contención de Nanami el último ingrediente necesario para atravesar el difícil periodo con un poco de entereza.
Su corazón seguía sangrando por Fujii, era cierto, pero estaba convencido de que su error no justificaba el que ella lo hubiese dejado de esa forma tan abrupta. ¿Arriesgó su integridad física, su relación (que terminó perdiendo), y la seguridad de vivir en un mundo donde la gente no era tan corrupta, solo para que ella terminara abandonándolo? ¿De qué habían valido entonces los meses que pasó carcomiéndose el cerebro pensando en cómo protegerla?
Nanami se movió en ese momento, separando el rostro de su pecho sin soltarle la cintura.
—¡Hanamichi-kun, abrázalo tú también! —exigió muy seria.
—¿Por qué? ¡No quiero! —replicó el aludido, dando un salto hacia atrás. Ella compuso una mueca graciosa.
—Los hombres son un asco cuando se trata de consolarse mutuamente…
Yohei le sacudió el cabello a Nanami con ambas manos y la dejó como si un huracán hubiese pasado por la azotea. A Hanamichi le dio un puñetazo amistoso en el hombro, tras lo cual se retiró lentamente argumentando que tenía hambre, aunque comió su almuerzo con normalidad. En ese momento, Nanami aprovechó de acribillar a preguntas al pelirrojo en tanto trataba de ordenarse nuevamente el pelo.
—¡Basta, niña! —gritó Hanamichi, mareado—. No puedo seguirte el ritmo así, ¡ni siquiera entiendo lo que dices!
—¡Es que tú no me cuentas nada! Estoy preocupada por Yokkun —gimoteó poniendo cara de cachorrito ansioso de mimos.
—Créeme, ya no hay nada de qué preocuparse.
—¿Por qué Fujii-chan le cortó? —Otro cambio de ritmo. Hanamichi frunció el ceño.
—No puedo hablar sobre eso porque es cosa de Yohei.
Sin embargo, su lenguaje corporal fue suficiente información para la pequeña, puesto que si Fujii se hubiese portado mal con él habría despotricado en su contra hasta por los codos. El que no se pronunciara sobre la joven la hacía pensar que Yohei debía tener mucha culpa en la ruptura. O quizás no, pero el saber que Fujii no era como Haruko la aliviaba mucho.
—Tenemos que ayudarlos a volver —afirmó ideando formas de precipitar encuentros entre los dos y que el amor resurgiera, solo que la mayoría más parecían situaciones sacadas de un manga shoujo que posibilidades reales de arreglar su enredo.
—Me encantaría, pero… no podemos involucrarnos. Hay que dejar a Yohei solo, Nanami-san. —Se encogió de hombros—. Yohei es muy orgulloso, muchísimo. Y mientras actúe de esta forma, no nos escuchará ni en un millón de años. Pero tengo la esperanza de que pronto reaccionará, en ese momento, Fujii-chan y él podrían solucionar sus diferencias. Al menos eso espero, es el mejor tipo del mundo… con defectos, como todos.
Nanami observó a Hanamichi mientras hablaba, sorprendiéndose de lo maduro que parecía en algunas ocasiones. Estaba creciendo a pasos agigantados, lo que tuvo el efecto de hacerla sentir pequeña, como si la dejara atrás mientras él continuaba avanzando por su camino dando zancadas. Era un Shinkansen en toda la regla, y antes de darse cuenta, su pecho se llenó de una cálida admiración. Poco menos de un año atrás conoció a un pelirrojo impetuoso, malhablado y algo neurótico, que había dado paso a un chico decidido, enfocado, incluso cuando continuaba conservando la esencia rebelde que lo caracterizaba. ¿En qué momento creció tanto?
Los amigos continuaron intercambiando opiniones en la azotea de la preparatoria hasta que el timbre dio aviso de un nuevo ciclo de clases. Entonces, se separaron enganchando los meñiques con una nueva promesa: la de no intervenir con Yohei y Fujii, a menos que fuera realmente necesario.
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Allí estaré subiendo las ilustraciones que el maravilloso Salvamakoto (autor de la portada) haga para este fic, ya que el pairing Fuhei (XD) prácticamente no existe en internet. También incluiré imágenes HanaMi (bautizado por Saturnine Evenflow, la presidenta oficial del ship y del fanclub de Nanami XD).
Amor y felicidad para todos.
Stacy Adler.
