El alquimista y la francotiradora

FULLMETAL ALCHEMIST © HIROMU ARAKAWA

Sinopsis: [Colección de one-shots] Nada es perfecto. El mundo no es perfecto, pero está allí para nosotros haciendo lo mejor que puede por eso es tan maravilloso.

Nota de la autora: Finalmente actualice esto. Espero no demorarme tanto la próxima.


Oscuridad IV

El cielo negro siempre dio muy mala espina. El hombre con este clima se sentía despojado ante la oscuridad, destapando sus miedos y volviéndolo débil. Una tarde lluviosa y tenebrosa era aún peor. Todo era oscuro y húmedo, como los peores temores.

En un clima así fue cuando Mustang volvió a ver a Hawkeye. Estaba solo en su casa cuando ella se presentó en su puerta sin avisar, empapada y blanca como un fantasma.

Mustang se apresuró en darle una toalla y ropa suya para que se cambiara. Cuando salió cambiada y seca al muchacho el corazón le empezó a latir frenéticamente por volver a verla.

La había echado realmente de menos.

—No me esperes esta noche para estudiar —escribió un texto a Hughes. Sabía que su amigo le entendería—. Tengo asuntos personales que resolver —pensó para sí, serio.

Se sentó al lado de Hawkeye. Ella estaba callada mirando la sala, como si ese ambiente en la residencia fuera el mayor refugio del mundo.

—Madame cambio esas horribles cortinas oscuras por unas de un color más cálido —señaló para romper el hielo. Aunque sonara absurdo su comentario, no era mentira—. No fue fácil convencerla. Ama el ambiente oscuro y lúgubre de su bar, pero no creo necesario traer eso aquí.

—Sí... —dijo ella. Una sonrisa triste adornando su rostro—. Las cosas se ven tan claras —agregó. El muchacho no supo si era respecto al cambio de las cortinas o sobre sí misma.

—Hawkeye...

—No puedo más —la muchacha fue muy directa—. No me siento bien, pero no sé qué hacer.

—¿Qué está pasando ahora? —la incitó a hablar. Ella puso un rostro de completo dolor—. ¿Qué hizo ese idiota contigo?

El poco diálogo y sus expresiones preocupo a Mustang. ¿Qué le había sucedido a su amiga?

—¿Seguro que quieres saber? —cuestiono Hawkeye.

Roy asintió con pesar. Rostro y movimiento seguros.

Entonces ella comenzó a contarle la historia que él instintivamente conocía, pero nunca había querido ver. Hawkeye relató que las primeras semanas de convivencia fueron ideales hasta que Frank tomó confianza y empezó a holgazanear. Riza se había ocupado de todo y él le había exigido que lo hiciese porque estaba cansado y «tenía que cuidarlo» como buena novia. Llegando al punto de suplicar que no estudiará, que se enfermará si no estaba con él. Mustang sabía que había más, pero la dejó seguir y cuando le indicó que Frank había empezado a ponerse agresivo tuvo que cerrar los puños para no ir por él.

—No podía creer lo que sucedía—sollozó Hawkeye—. Cuando se enfadaba me sujetaba por los hombros y me zarandeaba. Me hacía daño.

—Riza... —ella lo cortó.

—Entonces de repente paró y regresó a ser el chico radiante del principio —murmuró—. No pasaba por casa y me ignoraba, pero no se ponía agresivo y a mí eso me servía.

—Alguien como Riza Hawkeye no debería conformarse con esa miseria —exclamó severo. Había sido inútil por tanto tiempo—. Te he visto enfrentar mayores desafíos a lo largo de los años. ¡¿Por qué decidiste perderte así?!

Mustang sintió que iba a llorar en ese instante. Frustrado consigo mismo.

Ella suspiró y sonrió amargamente. Luego lo miró a los ojos, endebles, y meneó la cabeza.

—Tiene una amante, Roy. Se acuesta con otra chica desde hace más de dos semanas —soltó una carcajada seca—. ¿Y sabes que es lo peor de todo? Que solamente puedo pensar en que al menos así no se pondrá mal conmigo, pero al mismo tiempo sé que no he sido suficiente para él.

—¡Ah, maldito sea! —Mustang aulló molesto—. ¡No digas eso! —fue tan brusco que la asustó, pero le dio igual. Sin pensarlo, levantó las manos y sostuvo la cara de la chica, acariciándola con dulzura. Encontrando calma en el proceso—. Frank Acher no te merece, nunca lo ha hecho. Solo Hughes sabe cuánto pedí por este instante.

—Roy...

—Solo déjame demostrarte cuán importante eres —y la besó. Beso sus mejillas, su cuello, sus hombros. Poco a poco, despacio.

Le demostró cuánto lo amaba y la tormenta se desató afuera.