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Capitulo 43
Archie, molesto al ver a Iolanda hablando con Patrick, no les quitaba la vista de encima. Le encantaría ser él quien la hiciera sonreír de aquella forma, pero ella no le perdonaba su tonto error.
Entrada la noche, Archie se percató de que ni Albert ni Candy andaban por el campamento y, acercándose a Patrick y Iolanda les preguntó:
—¿Sabéis dónde están Albert y Candy?
—No —respondió Patrick.
Iolanda fue a decir algo, cuando de pronto oyeron que Jimmy los llamaba. Al acercarse, vieron horrorizados que varios highlanders traían a Albert malherido.
—Dios santo —murmuró Archie, al ver la sangre.
Todos se miraron incrédulos y Patrick, que fue corriendo hacia él, les ordenó ponerlo sobre una manta y, mirando a Archie, dijo:
—Ayudadme a quitarle la camisa.
Con cuidado, lo hicieron entre todos y, al quitársela, el brazalete de Candy cayó al suelo. Iolanda, al verlo, lo cogió y, mientras los hombres hablaban e intentaba entender lo ocurrido, miró a Archie y preguntó:
—¿Y Candy?
George Shepard y sus hijos se acercaron alertados por la algarabía, y al ver a Albert de aquella manera, Aston inquirió:
—¿Dónde está Candy?
—No lo sabemos —respondió Jimmy preocupado.
La tensión subía por momentos. Todo el mundo especulaba y Iolanda, al escuchar ciertas cosas, gritó con dureza:
—¡No ha sido Candy quien lo ha herido!
—Claro que no —la apoyó Archie.
—Por supuesto que no —afirmó George, aún con la espada en la mano.
Archie, una vez tranquilizó a los guerreros Ardley, les ordenó buscar a Candy por los alrededores, luego se acercó a Iolanda y con voz dulce murmuró:
—Tranquila, la encontraremos.
Patrick, tras poner una cataplasma de hierbas bajo la nariz de Albert, consiguió que éste reaccionase y, después de beber un vaso de agua, musitó:
—Archie, Candy…
—¿Qué ha ocurrido?
Incorporándose a pesar del terrible dolor de la herida, explicó:
—Unos hombres nos han atacado cuando estábamos en el bosque… A Candy se la han llevado.
George suspiró aliviado y, mirando a algunos highlanders, dijo:
—Sabía que mi muchacha no te había hecho eso.
—Por supuesto que no lo hizo —replicó Albert—. Me ha salvado la vida inventándose una locura de que les diría dónde están las joyas de su madre en Edimburgo.
Al oír eso, George lo miró y contó:
—Años atrás, para sobrevivir, el padre de Candy me hizo llevar a un prestamista de Edimburgo las joyas de su mujer. Siempre dijo que regresaría a buscarlas algún día. Pero… bueno… nunca fue posible.
Desesperado, Albert intentó moverse. El dolor era agudo e insoportable, pero más terrible era el dolor que sentía en el corazón.
—¿Sabes quiénes eran esos hombres? —le preguntó Archie.
—Enviados de Rory Leagan —contestó él furioso.
Iolanda, al recordar aquel nombre, se tapó la boca y Albert, que consiguió levantarse, resolvió:
—Debemos partir inmediatamente para buscarla.
Archie, preocupado, susurró con voz suave:
—Albert, no estás en condiciones.
Él miró a su amigo y afirmó:
—Iré a buscarla al mismísimo infierno.
Jimmy, acercándose a él dijo:
—Descansa. Te prometo que la traeremos.
Estirándose con el semblante arrugado por el dolor, Albert Ardley bramó:
—He dicho que iré a por mi mujer y mataré a esos hombres.
Iolanda, que hasta el momento había permanecido callada, al ver su determinación, se acercó a él y, entregándole el brazalete de la piedra verde de Candy, susurró:
—Traedla de vuelta, mi señor.
Albert asintió, se llevó el brazalete a los labios, lo besó y, mirando a Archie, ordenó:
—Trae mi caballo.
Instantes después, tras montar pasando un auténtico calvario, todos espolearon sus caballos y salieron al galope, mientras Albert sólo pensaba en su mujer y en encontrarla sana y salva.
CONTINUARA
