Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer pero la historia es completamente mía. Está PROHIBIDA su copia, ya sea parcial o total. Di NO al plagio. CONTIENE ESCENAS ALTAMENTE SEXUALES +18
Recomiendo: My Love – Sia
Capítulo dedicado a mis lectoras del mes: cavendano13, Liz Vidal y Noriitha
.
Capítulo beteado por Melina Aragón: Beta del grupo Élite Fanfiction.
Link del grupo:
www. facebook groups / elite . fanfiction /
.
Capítulo 54:
Sanar por completo
"Mi amor, déjate llevar
Late dentro de mí
(…) Mi amor, has encontrado la paz que buscabas para ser libre
Diste todo de ti
(…) Me amaste fielmente
Me enseñaste el honor, lo hiciste por mí
(…) Ahora soy fuerte, me diste todo
(…) Mi amor, mira lo que puedes hacer
Estoy reponiéndome
Estaré contigo
(…) Me diste tu corazón y yo pregunté '¿quieres bailar conmigo?'
(…) No voy a renunciar a este amor…"
Tuve que tragar para calmar la sorpresa de saber lo que estaba viendo en televisión.
Habían asesinado a Aro.
—"(…) Las autoridades no descartan la teoría del suicidio…"
No, no creía que él pudiera hacer algo así si su intención, según el abogado, era declarar.
Por Dios, qué turbio todo. No podía creerlo, de verdad me parecía surrealista.
—Hey, mi amor, ¿qué pasa? —preguntó Edward, corriendo hacia mí mientras yo me sostenía de la pared.
No pude responder y seguí mirando hacia el frente, donde la noticia seguía dando que hablar. Cuando Edward vio aquello, lo primero que hizo fue llevarse una mano a los labios y luego girarse hacia mí.
—Maldita sea, esto es terrible —susurró, abrazándome.
—Se está poniendo tan horrible.
—Lo sé.
Tragué y él aprovechó la instancia de tomarme las mejillas con sus manos.
—¿Es muy tarde para decirte que no quiero verte más en esto? —preguntó.
Miré hacia el suelo.
—Edward…
—Eres blanco, mi amor, si ponen el ojo en ti, ¿qué voy a hacer? Lo eres todo para mí, pronto tendremos a Lizzie, no quiero…
—Shh… Nada va a suceder, ¿bien? —Respiré hondo—. Si te parece mejor, mi trabajo quedará en pausa por unos meses, hasta que Lizzie esté crecidita.
Arqueó las cejas.
—Mi amor…
—Descuida. No arruinemos nuestra luna de miel, ¿sí?
Tomó aire y asintió, dándome una sonrisa más tranquila.
—Es hora de subir a ese vuelo.
—Vamos.
Estaríamos dos breves semanas en Mykonos. No tenía idea cómo era ese lugar, así que nublé todas mis preocupaciones y me volqué en vivir mi vida de casada con mi hombre, mi hermoso Bombón.
El viaje a Grecia era algo largo para mi vientre, pero Lizzie soportó muy bien y durmió todo el viaje. Estuve durante todo el trayecto escribiendo mientras Edward dormía en mi hombro. Me volqué de forma concentrada en lo que quería seguirle comunicando a Elizabeth, como si nuevamente lleváramos una conversación las dos. Era algo que me tranquilizaba de una manera abismante. Su sobrina iba a saber de ella siempre.
Llegando a Grecia la que se quedó dormida fui yo. Desperté con el calor del lugar y la brisa extrañamente diferente a cualquiera que haya conocido. La primera imagen que vi fue a Edward, que me contemplaba con una sonrisa pacífica y brillante de felicidad.
—Ya estamos aquí —susurró, acariciándome la barriga.
Giré mi cabeza y vi la ventanilla, sorprendida con el agua que rodeaba a la ciudad. Por Dios, ¡era demencial!
—Santo cielo, Edward.
—Lo sé —murmuró, pasando su mano por mi muslo—. Sabía que te gustaría.
—Tú y tus sorpresas que me vuelven loca.
Entre besos tuvimos que levantarnos y pisar suelo greco, lo que era fantástico. El aeropuerto no era tan especial, al menos no hasta que salimos de ahí y el coche nos llevó hasta el hotel. Mientras, miraba hacia el paisaje, impresionada con la belleza de la ciudad, completamente colorida y con el contraste del mar frente a las fachadas frescas, Edward me repartía más besos hambrientos, haciéndome cosquillas y sentir el estremecer de mis entrañas.
—Cada vez que te miro con Lizzie me gustas más —murmuró, ronroneando.
—¿Será que te gusto más gordita? —le pregunté.
Se rio.
—No, es tu brillo, lo que emanas. Estás llena de vida y eso me fascinó de ti la primera vez que te vi. Con nuestra hija lo estás aún más y me vuelvo loco por ti.
Jugueteé con él y le di otro beso más.
Cuando el chofer nos dejó en el hotel, sentía que volaba por los aires. Era un lugar tan lindo, tan… maravilloso. Quería llorar.
—Maldición, Edward, es tan lindo —exclamé, parada frente al inmenso lugar, rodeado por completo de agua.
—Lo siento si crees que siempre busco el agua como pasatiempo, pero me conecta a ti de mil maneras.
—No lo sientas, ¡me fascina!
Corrí con mi barriga, dispuesta a acercarme a la entrada, que tenía la vista más espectacular de Mykonos.
Me puse un vestido amarillo con florecillas, que se movía de manera viva al son del viento. Miré mi habitación de hotel, maravillosamente amplia y clara, con las paredes de completo cristal y el agua en todos los rincones. Mi hombre me esperaba afuera, parado contra las vallas del muelle, uno completamente hecho para nosotros. Vestía una camisa de lino blanca y unos pantalones del mismo color, acentuando el tono de su cabello y sí, el de sus ojos, que me seguían mientras acortaba el espacio entre los dos. Me puse de puntillas, descalza y muy chiquita, y él me abrazó.
—¿Quiere comenzar una linda luna de miel con su esposo, Sra. Cullen? —me preguntó al oído.
Sonreí.
—Por supuesto que sí —respondí, cerrando mis ojos mientras lo olía.
Al instante, Lizzie comenzó a moverse, pateando y alzando sus manitas.
—Auch. ¡Lizzie! —exclamé, acariciándome.
Edward se largó a reír.
—Bueno, digamos que a la luna de miel se nos agrega una intrusa.
—Y vaya que la amamos.
.
Cualquiera diría que estar de siete meses recién cumplidos era un impedimento para perderme una luna de miel fascinante con mi guapo y terriblemente increíble esposo pero no, porque aquí estaba, parada en medio de la fiesta en la playa con un zumo y un popote en mis labios. Me había puesto una flor en los cabellos, recordando nuestros momentos y luciendo mi anillo. Me quedé mirando el hermoso mar de Mykonos. Desde allí podía ver los peces gracias a la luz de la luna.
—Si tan solo te imaginaras cómo nos conocimos papá y yo —susurré, tocándome el vientre.
Yo usaba otro de mis vestidos, uno francamente hermoso. Me lo había regalado Edward hace un par de meses, pidiéndome que lo usara cuando quisiera volverlo loco. Y aquí estaba, queriendo precisamente eso.
—A veces pienso que fue un flechazo a primera vista, un… sinfín de emociones que al principio no pude calificar. Pero ahí estaba, en medio de todas esas personas, siendo único para mí. —Mientras hablaba, yo hacía recorridos por Lizzie, que se acomodaba dentro de mí. Era una sensación que siempre quería atesorar, porque sería irrepetible y único—. ¿Cómo iba a negarme al Bombón Maduro? Me tuvo en sus manos antes de que siquiera pudiera pestañear. Es un tramposo y me robó todo mi dinero…
—¿Por qué le cuentas todas esas cosas a nuestra hija? —me preguntó, sacándome un respingo.
Estaba detrás de mí y casi podía apostar a que sonreía.
Al girarme y ver su hermosa sonrisa, lo primero que hice fue suspirar, mientras que Edward se quedó contemplándome como si fuera la única en el lugar, eso que siempre hacía con sus ojos brillantes me ponía nerviosa y me ruborizaba como la primera vez.
—Solo estoy siendo sincera. Eres un tramposo y lo sabes.
—¿Yo? —Rio, tomándome de las caderas y juntándome con él tanto como Lizzie nos permitió—. Pequeña malhablada. —Tiró de mi barbilla, muy juguetón.
—¡Hey! —Carcajeé.
—¿Te animas a bailar? Somos recién casados, ¿recuerdas?
Me mordí el labio.
—¿Luzco bien para mi segunda noche de bodas? ¿Parezco suficientemente virginal? —inquirí, jugueteando.
Edward volvió a reírse y me dio un beso.
—Sorpréndeme en la pista.
La música en vivo era fabulosa. No entendía qué decían pero todo era fiesta y alegría. El calor era delicioso junto a la brisa del mar, las personas reían y hacían una danza a su estilo, mientras sentía cómo el agua nos rodeaba de forma solemne. Edward me dio un giro mientras juntaba su pecho con mi espalda, pasando su mano por nuestra hija, pero luego subiendo a medida que sus labios iban pasando por mi cuello.
—Te amo —susurró en mi oído.
—Y yo te amo a ti —le respondí.
—Tengo la mejor esposa que podría imaginar nunca —siguió diciendo mientras yo me daba la vuelta.
—¿Ah sí? —le jugueteé, moviéndome mientras ponía mis brazos alrededor de su cuello.
—Sí. ¿No me crees?
—Claro que te creo. Llegué a mejorar tu mundo, a que sí. Desde ese crucero, confiésamelo.
Sus ojos pasaron por muchas emociones a la vez, lo que por un segundo hizo que me preguntara si había algo más que no me había dicho, pero preferí seguir bailando junto a él.
—¿Sabes algo? —siguió diciendo—. Aunque quieras negarlo, eres un blanco para muchos ojos nuevamente. ¿Recuerdas la primera vez? No dejaban de mirarte y aunque apenas te conocía, lo único que quería era que supieran que yo estaba ahí, dispuesto a hacerte disfrutar y disfrutar de ti. Tu encanto, tu hermosura y todo lo que emanas nunca se irá, porque esos mismos ojos siguen lo que haces, como si fueras un imán para todos.
Le acaricié las mejillas y luego los labios, haciéndole cerrar los ojos unos minutos. Mirarle la barba a punto de crecer, sus expresiones serenas y algunas leves marcas de la edad, hacían que suspirara como una adolescente.
—Hay algo que tampoco ha cambiado de eso —murmuré.
—¿Qué?
—Que solo quiero estar contigo.
Pestañeó y luego sonrió.
—¿Eso pensabas en esa primera cita que tuvimos, antes que cantaras karaoke?
Me sonrojé.
—No me lo recuerdes.
—Vamos, estabas increíble. Creo que ahí me enamoré de ti.
—¿Qué?
—Estoy hablando en serio. A veces siento que fue ahí, cuando te vi cantar, que me enamoré de ti.
Arqueé las cejas.
—La única certeza que tengo es que los días pasan y esto se acrecienta. Y que, además, agradezco a Dios porque tú llegaste a mi vida en ese momento o todo habría sido diferente.
Tragué.
—¿Por qué lo dices de esa manera, Edward? —inquirí.
—¿Quieres ir a recorrer la playa junto a mí?
Asentí.
Tomó mi mano y miró nuestros anillos, instándome a caminar.
Él se quedó en silencio mientras pasábamos por las inmensas inmediaciones del sitio, algo de ensueño. Cuando encontramos un lugar solitario y perfecto frente al agua, Edward y yo nos acomodamos sobre la blanca arena de Mykonos y yo dejé que me abrazara mientras me masajeaba la barriga para que Lizzie se durmiera. Era muy efectivo.
—No quiero que te enojes conmigo, pero de todas las cosas que te he contado, esta me genera sentimientos tan contradictorios que lo obvié en todo lo que ya nos hemos confesado —afirmó, buscando mis ojos.
Pestañeé, paciente.
—Sabes que puedes confiar en mí. Soy tu esposa, la mamá de tu hija…
—Lo sé, mi amor, lo sé más que nadie, por eso… quiero contarte mi último secreto, o más bien, mi última cicatriz.
Respiré hondo, dispuesta a escucharlo.
—Bella, yo antes de subirme al crucero pensaba realizarme la vasectomía.
Levanté mis cejas.
—Ya tenía cuarenta, supuse que nunca iba a volver a rehacer mi vida —susurró, sombrío—. Tenía todo listo, todo perfecto para realizarla, pero… pensé en algo.
—¿En qué? —inquirí, imaginando lo que habría sucedido si Edward lo hubiera hecho.
Me toqué el vientre, impactada con el destino. Si eso hubiera sucedido, Lizzie jamás habría existido.
—En que ni siquiera eso iba a mejorar mi vida.
Arqueé el ceño.
—¿Por qué dices eso? Hablas como si…
—Como si hubiera sido infeliz, a punto de… querer acabarla, ¿no?
Me tapé los labios, temblorosa.
—Edward, cariño —gemí.
Él tragó de forma hosca y me miró con los ojos llenos de lágrimas.
—Eran maneras de liberarme, supongo, pero sí, al subir al crucero tenía algo en mente. —Suspiró hondo y luego apretó los párpados—. Antes de subir al crucero, me senté en mi cama y escribí una pequeña carta para la única persona a la que sentía que le debía algo.
—Alice —supuse con el llanto en la garganta.
Asintió y metió la mano al bolsillo. Al sacarla me la entregó y yo la desdoblé, comenzando a leer rápidamente.
"Querida Alice
Es de noche y he tenido la valentía de escribirte esta carta como una despedida. Sé que al principio te costará perdonarme, pero es el único escape que encuentro a estar años pensando en mis errores, sintiendo que nunca podré ser feliz. Bien sabes que lo he intentado pero que no soy el mismo de antaño, cuando tú eras una pequeña de tres. Hoy quiero decir adiós, porque no regresaré a tu vida, no lo haré jamás. Espero que cuando ocurra, no entiendas esto como una manera de huir, sino como una manera de liberarme de tanto tiempo sintiendo que nada tiene sentido. Sabes cuánto he luchado por hacerlo, pero es imposible, me cuesta más de lo que puedo tolerar. Ojalá pudieras entenderlo, pero sé que no, porque eres feliz y la gente feliz no puede comprender a alguien que no lo es. Perdóname, Alice, perdóname por no acompañarte en el camino, sé que costará, pero puedes hacerlo, eres una adulta y nosotros hemos buscado que nada te falte y efectivamente así es.
Hoy decidí que quiero morir en el mar, quiero hacerlo como el hombre que soy, en solitario, con el agua a mi alrededor. Esta carta la envié antes de zarpar con tal de que tú la leas cuando ya no tengas nada qué hacer. No intentarás convencerme, ya que lo habré hecho. Perdóname.
Te ama incondicionalmente,
Tu tío Edward Cullen".
Cuando terminé de leer sollocé de forma inmediata y me llevé una mano al pecho, sintiendo la desazón de cada espacio y palabra. Dios mío… No podía dejar de hacerlo. Era como si este hombre se hubiera ido, como si realmente lo hubiera hecho. Pero volví la cabeza a Edward y lo encontré ante mis ojos, sano, libre, decidido a ser feliz. Fue tanta la angustia que me arrodillé frente a él y le tomé las mejillas.
—Dios mío —susurré, temblando y mirándolo frente a frente—. ¿Qué te hizo arrepentirte, Edward? ¡Cielo santo!
Sonrió poco a poco y me tocó el rostro con suavidad.
—Tú.
Boté el aire.
—Iba a hacerlo al día siguiente de ir al casino. Quería dejarme en el mar, justo de noche, cuando nadie pudiera verme. Saltar desde la proa era mi propósito, pero… Esa noche decidí jugar un poco, y te vi ahí, con esos tacones amarillos. Sentí que vivía de nuevo, no lo sé, verte a los ojos… —Dejó de hablar mientras me acariciaba, bajando por mi cuello y luego ante Lizzie, que ya se había dormido—. Te busqué, te ofrecí ese Martini y supe que debía verte los próximos días. Y pospuse cada deseo hasta que te vi en la mesa, me senté y charlamos. El mismo día que te dejé las flores en tu habitación, llamé al servicio postal para cancelar el envío de la carta. No quería hacerlo, estaba entusiasmado por ti, por lo que representabas, por lo que me provocabas. Creerás que soy un mentiroso, pero nunca había sentido lo que sentía contigo. Eras felicidad, eras… luz. En el momento en que nos besamos me sentí tan vivo, tan deseoso de seguir descubriéndote y no fue hasta que entendí que podía no volver a verte, que bajé a tierra y me dispuse encontrarte a como diera lugar, sin imaginar que iba a verte unida a la vida de Alice.
Fueron segundos de intenso pesar y sensaciones contradictorias hasta que lo abracé, apretándome fuertemente a él. Edward pasó su mano por mi espalda y luego me sujetó con fuerza, poniendo sus labios en mi cuello.
—Era una ridiculez lo que quería, no dimensioné jamás que la vida iba a darme tanta felicidad al conocerte. Estaba vacío, muy vacío. Llegaste a mí y las cosas cambiaron, me hiciste aprender de mil maneras. E incluso, en el instante en que nos separamos, por más que sentí dolor y una sensación de muerte, yo… —Su voz se quebró—. Yo sabía que no volvería a pensar en esas cosas porque tú existías y eso era felicidad, hiciste que viera el mundo de otra manera, porque aunque tú también tuviste que sufrir a temprana edad, jamás bajaste los brazos y amabas con cada célula de tu cuerpo. Si supieras y vieras de la forma en que te amo, estoy seguro que me entenderías mucho más, pero solo existen mis palabras y la seguridad de que tú y Elizabeth son lo que más adoro en este mundo, y que Dios me dio la dicha de poder vivirlo como el fin de tanto tiempo sintiendo que nada valía la pena.
Me reí mientras mi barbilla temblaba.
—Claro que vale la pena vivir, Lizzie nos dará muchas más razones.
Él también rio mientras lloraba junto a mí.
—Supe que había mil razones desde el instante en que me miraste en el casino, y desde entonces no dejas de darme más, ¿no recuerdas cuando me dijiste que estabas embarazada?
—Oh, Edward. —Lo besé y le limpié las lágrimas—. Te amo.
Nos acomodamos en la arena, más tranquilos. Y aunque aún sentía dolor de imaginar en la posibilidad de no haber podido conocerlo, sabía que eso ya era pasado y que cada momento juntos ahora tenía más importancia que antes. Edward era inmensamente feliz y yo también.
—Gracias por contarme algo tan íntimo.
Él me daba caricias furtivas por el rostro, mirándome a los ojos.
—Hoy puedo asegurarte que no queda nada oculto en mí. Estoy desnudo para ti. Las cicatrices han mermado. Eres la única persona que sabe cada secreto de mí.
Sonreí.
—Te puedo asegurar lo mismo. Nada de mí es un secreto, no para mi esposo.
Me besó los cabellos y me recostó sobre él, tendiéndome fuerte entre sus brazos.
—Mi Flor de Colores… El color de mi vida —susurró.
Cerré mis ojos y lo olí, muy en paz.
.
.
.
Era nuestro último periodo en Sevilla. Hoy volvíamos a Nueva York, ya que yo entraría a las treinta y cinco semanas y no podría subir a un avión. Y bueno, yo no quería dar a luz en otro lugar que no fuera donde ya estaba todo preparado.
Aún estaba pensativa tras nuestra luna de miel. Había sido tan linda que no dejaba de soñar despierta. Era como volver a enamorarnos.
Miré mi anillo con el reflejo del sol tras el techo de cristal y entonces sonreí.
—Qué hermosa sonrisa —me susurró al oído y luego tomó mi mano, apretándomela con suavidad—. ¿Estás ansiosa por volver?
—Más que nunca.
—Yo también, sobre todo porque eso significa que Elizabeth estará con nosotros.
Oh Dios, claro que así era. Por más que intentaba figurarme el momento, no podía. Estaba nerviosa, pero ansiosa a la vez. Solo quería ver su carita y poder tenerla en mis brazos.
El viaje en avión fue muy incómodo. Estar tantas horas sobre él con la barriga y el efecto de la gravedad alterado no era algo que quisiera repetir, la verdad. Lizzie seguía siendo pequeña, pero por Dios cuánto pesaba. Y yo apenas había subido diez kilos en casi nueve meses.
Cuando llegamos al aeropuerto, me sentí muy contenta de ver a Carlisle y Esme esperándonos, acompañados de nadie más ni nadie menos que mi pequeño Todd. De solo verlo quise besarlo por todo el rostro.
—¿Cómo está mi sobrina? —preguntó, tocándome la barriga.
—Muy loca y juguetona. Le gusta escuchar una voz, en especial de noche —le respondí, mirando de reojo a Edward, quien sonreía.
—Soy culpable de provocar que Lizzie le dé patadas a punto de dormirnos —añadió él.
Y era cierto. A Elizabeth le encantaba escuchar la voz de su papá. Parecía que cada vez que lo sentía despertaba de su siesta y se estiraba, como si quisiera tocarlo. A veces y para nuestra gran sorpresa, podíamos ver cómo se acomodaba mejor.
Carlisle me impidió tajantemente tomar una maleta, mientras que Esme tiraba de la silla, instando a Todd a que siguiera nuestro propio camino.
—Díganme que nos acompañarán a comer algo antes de irse a casa, ¿sí? —dijo la Sra. Cullen, manteniendo las cejas arqueadas.
Los dos nos reímos.
—Claro que sí.
En el viaje yo me quedé dormida en el hombro de mi esposo mientras me acariciaba los cabellos con suavidad. Llegando me sentí sorprendida de lo rápido que mi energía decaía.
—¡Llegaron! —exclamó Rebecca, estirando los brazos para abrazarnos—. Les preparé algo maravilloso para comer.
Mientras esperábamos para la cena, yo me dejé caer en el sofá, cansada por el viaje y el embarazo. Edward estaba acomodándose conmigo cuando sintió el sonido de su móvil.
—No conozco este número —susurró, contrariado.
—Debe ser importante —le comenté.
Él sacó el aparato y contestó, extrañado.
—¿Sí?
Edward se quedó escuchando, lo que no supe interpretar, no hasta que escuché un nombre salir de sus labios.
—Charlotte —musitó, muy agrio—. ¿Qué? ¿Qué pretendes llorándome?
Se giró hacia mí, que en cuanto escuché su nombre me reincorporé, y luego miró a sus padres, que parecían muy congelados desde su lugar.
—No me busques, sabes que… No, no me comprarás con tus lágrimas. Déjame en paz —sentenció, cortando.
Hubo un silencio gélido de parte de todos, al menos hasta que Edward se decidió por hablar.
—Era ella. Lloraba. Me pedía que la escuchara, que estaba en otro país…
—Sí, se fue con Peter —dijo Esme—. Ella…
—No entiendo por qué sigue buscándome —gruñó mi Bombón—. ¿Qué acaso no lo entiende? Tengo a mi esposa y a mi hija, no necesito más en mi vida, ¡que se largue ya, luego de todo el daño que nos hizo!
—Es increíble lo demente que está —susurró Carlisle—. Hija, querida, no te preocupes por ella. Buscaré la manera de seguir alejando a esa mujer y… a Renata.
Me toqué el vientre, asustada con que alguna de ellas siguiera acechando. Mi corazón no confiaba ni mi bienestar ni el de mi hija con esas personas cerca.
—¿Pudiste contener la orden de alejamiento? —preguntó Edward, preocupado.
—Cariño, relájate, estoy contigo —susurré, tocando su muslo.
—No puedo quedarme tranquilo con lo último que dijo Renata en nuestra casa —respondió, arqueando las cejas mientras me miraba.
—Ya pasará, ¿sí? Además, recién hemos llegado, dejemos esa preocupación para otra ocasión, por favor.
Edward asintió y miró una última vez a sus padres, que parecían estar del lado de su hijo en esta ocasión. Yo no quería ahondar en ello, no quería que Elizabeth lo sintiera.
.
Pestañeé, porque no podía creerlo.
—¿De verdad hicieron una habitación solo para ella? —pregunté, mirando la decoración adorable del lugar.
Era todo de colores pasteles, adornado para su nieta, de quien estaban tan dichosos que solo parecían querer brincar en un pie.
Me acerqué a la cunita, sorprendida con ella.
—Era de mi hija cuando nació. La mandamos a restaurar cuando supimos que tú estabas esperando a tu bebé —me dijo Esme, acercándome a mí.
—Oh, Esme —respondí, muy emocionada—. ¿De verdad hiciste esto?
Sonrió.
—Siento que con Lizzie estamos aprendiendo a sanar luego de todos estos años. Dejarla ir ha sido difícil. Seguramente ahora entiendes mejor el mayor pesar de una madre… —Sus ojos brillaron—. Gracias a mi nieta comprendí que estaba enfocando todo el dolor que sentí por su pérdida en mis hijos, en especial en Edward, quien no sanó hasta que te conoció. Tú no fuiste ningún remedio, sino una razón, y eso es lo que debemos ser las mujeres. Nosotras no debemos sanar a nadie, menos a un hombre, pero sí podemos dar las herramientas con nuestra existencia, comprendiendo, escuchando, y permitiendo que ellos solos puedan sanar en su propio dolor. —Me tocó las mejillas—. Crié a un hombre maravilloso, uno capaz de estar a la altura de una mujer como tú. Sé que te lo he dicho muchas veces, pero quiero que sigas perdonándome por todo lo que dije en su momento. Sé que a mi hijo le ha costado hacerlo y que merezco la lentitud, pero me aferro a que pronto entenderá que ser padre no es perfecto y que a veces cometemos errores.
Suspiró y caminó hacia un pequeño guardarropa lleno de mariposas en la decoración.
—Tengo esto para ti. —Me tendió un pequeño vestido, uno hermoso y que me hizo sentir que la existencia de mi hija en este mundo pronto iba a llegar, respirando mi aire y pisando nuestro suelo—. Te parecerá una locura, pero lo compré para Alice cuando supe que iba a nacer. Nunca llegó a usarlo y lo atesoré, pensando en el día en que mi próxima nieta fuera a ocuparlo. No pensé que luego de tantos años llegaría el momento.
Me lo entregó y yo me lo llevé al cuerpo, juntándolo conmigo con mucha ternura.
—Gracias, Esme, por todo. Nunca olvides la importancia de perdonar, yo lo entiendo, siempre lo haré, y Edward lo hará, tenlo por seguro.
Sonrió y me abrazó.
—Eres la hija que me habría gustado poder tener junto a Elizabeth. Gracias por llegar a la vida de mi hijo mayor.
—Gracias a usted por dejarme entrar a su familia.
.
.
.
Respiré el aire de mi hogar y me acomodé en el sofá de la habitación de mi hija mientras reordenaba toda la ropa que su loco papá había comprado durante nuestros viajes. Yo me había dedicado a decorar su cuna, su cambiador, los objetos de su recámara, sus peluches, sus móviles… Ay, era todo tan encantador, ¡estaba enamorada de la existencia de mi nena!
Cuando sentí que Edward había llegado a casa, sonreí como boba.
—Lamento haber llegado tan tarde, pero me retuvieron en los artilleros —exclamó, entrando rápido a la habitación.
—Edward, solo llegaste veinte minutos después de lo que me aseguraste que lo harías —dije, viéndolo acercarse.
Me dio un beso y luego me acarició el rostro.
—Sabes que no puedo estar un minuto sin ustedes, no me gusta.
—¿Siempre serás así de aprensivo con tus florecitas?
—Siempre.
Me reí.
—Bueno, ellos te retuvieron porque saben que dejarás de ir con frecuencia cuando nazca nuestra bebé.
Suspiró.
—Estoy contando los días. Y… te tengo una sorpresa.
—¿Una sorpresa? ¡Edward, no paras!
—Jamás. Ven conmigo.
Me llevó al jardín, lugar que era mi favorito de toda la casa. Cerca del lindo y calmo lago, vi que instaló algo que siempre me había gustado.
—Siempre había querido tener pajareras. —Hice un puchero.
—Jasper me contó que solían hacerlas, pero nunca llegaban a término, supongo que ahora es momento de que cumplas un pequeño sueño. —Sonrió.
Me atreví a caminar en el césped y retomé mi camino hacia las piedrecitas que daban a la puerta de cristales. Dentro todo era muy lindo, vivo y amplio, como el sueño de Blanca Nieves.
—Edward —lloriqueé.
—¿Qué? —Sonrió con los ojos brillantes.
—¿Por qué me enamoras así? ¿No ves que se me reventará el corazón? Ya está muy grande.
Se puso a reír de nuevo y me tomó desde los brazos.
—Porque precisamente te amo.
Me mordí el labio inferior y me giré para besarlo, mientras Edward me sujetaba con fuerza contra él.
Señor Calabaza, que venía con su rechoncho cuerpo a saludarlo, hizo que nos separáramos.
—¿Me extrañaste? —le preguntó con cariño.
—¡Sr. Cullen! ¡Qué bueno que llegó! —exclamó Rachel, la hermana gemela de Rebecca.
Ella había trabajado por varios años en casa de Matthew Cullen, el hermano de Carlisle y padre de Peter. La habían corrido luego de años de trabajo sin derecho a apelación, lo que la había dejado con nada. Cuando Edward supo, hasta unos semanas atrás, no dudó en preguntarme si me parecía buena idea dejarle trabajar aquí, al menos a medio tiempo. Yo acepté encantada, ¿cómo podía dejarla sin trabajo? Además, Rachel era tan o más adorable que Rebecca, siempre nos recibía con cariño. Y hasta estaba entusiasta por cuidar de Lizzie cuando nosotros no pudiéramos.
—Hola, Rachel, ¿ocurrió algo?
Negó, moviendo sus mejillas regordetas y regalándonos una sonrisa.
—Quería decirles que ya está la cena.
Luego de cenar, le pedí a Rachel que se fuera a descansar mientras yo metía todo al lavavajillas. Mientras canturreaba al ritmo del pop a todo volumen, sentí sus manos tomándome las caderas y sus labios cercanos a mi cuello. Casi se me escapó un grito.
—Ups —fue lo único que dijo mientras se reía.
—Por poco me sacas el alma del susto —lo regañé, golpeando suavemente la cuchara de madera con su pecho.
—Podría sacarte otra cosa ahora, me gusta cómo te ves con esta jardinera y el cabello tomado, muy natural…
—Edward, estoy a poco de dar a luz y aún me quieres comer, eres un demente —le dije carcajeando.
—Sí, te has salvado, porque sé que es algo complejo con Lizzie ahí, moviéndose como ninguna.
—Te estoy haciendo un té, ve a cambiarte y te llevaré esto a la cama. Sé que ha sido una tarde dura y que quieres mantener todo en orden antes de que te ausentes por estos meses.
—¿Qué sería de mí sin ti? —me preguntó.
—Eso me pregunto todos los días, ¿qué sería yo sin ti? —susurré, besando sus labios.
Aproveché de ponerle unas hierbas para que se sintiera mejor, así tendría energías para mañana y luego le llevé una charola a la cama. Él estaba leyendo una de sus revistas de ingeniería, usando ya su pijama y medio acostado. Cuando me vio dejó lo que estaba haciendo a un lado y yo aproveché de acomodarme a su lado. Edward se acomodó entre mi pecho y mi vientre, acostando su cabeza con suavidad y abrazándome desde la cintura.
—Llevo cerca de treinta minutos aquí contigo y ya me siento en paz —me dijo.
Yo le acaricié el cabello con dedicación, lo que le hizo cerrar los ojos poco a poco. Era la única manera que cualquier inconveniente en su vida desapareciera, al menos hasta que pudiera sentirse más tranquilo. Sabía que todo lo del trabajo lo estresaba.
—C'est fini —susurró, refiriéndose a eso.
Me reí.
—Creo que tomaré un curso de francés.
—Puedo ser tu profesor.
—Me parece buena idea —jugueteé, tocándole el pecho desnudo—. Ahora bebe, te hará bien.
Subió su rostro a mi cuello y lo oí emitir un sonido de hambre.
—¿Es normal que al olerte sienta antojos de fresas y crema?
—Estás demente.
—¿Por ti? ¡Claro!
.
Estaba escribiendo cómodamente en mi agenda, sintiendo el viento en cada folículo de mi piel. En un momento tuve que parar, aunado a una patada que hasta me sacó un brinco.
—Oye tú, ten cuidado, mamá se ha asustado —le dije entre risas mientras miraba a mi pequeñita.
Ya tenía treinta y ocho semanas y, la verdad, parecía que cada vez el tiempo se pasaba más rápido. De todas formas, mi pancita no era tan grande, parecía solo una pelotita en mi interior, un tanto alocada, pero bueno, dicen que los más pequeñitos suelen ser más inquietos.
—Queda cada vez menos, pequeña, ¿puedes creerlo? —le pregunté mientras daba caminitos con mis dedos.
Recibí una patada.
—¡Hey!
Terminé riéndome y luego miré a mi alrededor, disfrutando del paisaje que tenía frente a mí.
Estaba en medio de la arena de la casa en la Isla, disfrutando de unas vacaciones previas al parto. Había un sol espectacular y el mar se veía muy azul. Cerca de la orilla Edward corría tirando de la silla de Todd mientras perseguían a Señor Calabaza, que sostenía una varilla en su hocico. Fue inevitable que me pusiera a sonreír al oír sus risas, completos de alegría. Gracias, Dios, por permitirme estar aquí, pensé cerrando los ojos, una vez más agradecida por darme esta oportunidad.
—¡Síguelo! —insistió mi hermano, que ya tenía ocho años.
Era increíble cómo se daba paso al tiempo.
—¡Ya estamos por alcanzarlo! —exclamó Edward.
—¡Ya están casi! —les grité.
Mi cobrizo me lanzó un beso a la distancia.
—Creo que papá no se ha dado cuenta de que llevo toda la tarde mirándolo a escondidas, ¿crees que estoy muy enamorada de él? —le pregunté a mi barriga. Recibí otra patada—. Sí, definitivamente.
Me abracé a ella y comencé a mecerme, disfrutando del viento y de las risas. Si este es el paraíso, entonces Dios me está dando otro de los mensajes correctos, porque la felicidad estaba en cada espacio de mí.
.
Estaba haciendo yoga frente a la ventana que daba al agua cuando Edward entró. Me eché a reír de sólo ver su rostro asomado, muy divertido.
—Tú nunca paras —me dijo, caminando hacia mí.
—Estoy embarazada, no enferma —le recordé con diversión.
Él sonrió.
—Ya dejé a Todd con Charlie, Sue estaba cocinando con Esme —me contó.
—Si me hubieras dicho eso hace un tiempo atrás, probablemente no te lo habría creído.
—Estoy de acuerdo —afirmó—. Mañana podríamos ir a verlos, lo están pasando muy bien y mi madre tiene pensado preparar su especialidad para mañana.
Me quedé mirándolo hablar de Esme y me brotó una sonrisa suficiente.
—¿Qué? —preguntó.
—Nada, sólo… pensaba en Esme y lo mucho que ha estado presente con nosotros. Ama tanto a su nieta.
Asintió, más abierto a expresar lo feliz que le hacía darse cuenta de eso.
—Y ni hablar de Carlisle, ¿puedes creer que ya terminó la habitación en ambas casas? Está completamente asegurado de que su nieta pase todo el tiempo posible junto a ellos.
Suspiré.
—Ya quiero conocerla —le dije y Edward posó sus ojos en mi barriga. El brillo en ellos fue inmediato.
Se puso a acariciarla con suavidad, lo que incitó a que nuestra hija se moviera
como una loca.
—Te ama demasiado —susurré.
—Como yo a ustedes.
Sonreí y me perdí en sus ojos verdes y luego en su expresión madura, contenta… y en el comienzo de sus canas.
—No sé qué demonios, pero hoy me resultas más guapo que nunca —señalé.
Hizo un gesto muy divertido.
—¿Tengo algo en la cara?
—Creo que son las hormonas.
Enarcó una ceja.
—¿Qué estás queriendo decirme?
—No enarques esa ceja, te ves mucho más guapo, ¡no lo hagas!
Su sonrisa se enanchó, tomó mi mano y me atrajo hacia él.
—¿Será muy loco si te hago el amor ahora? —me preguntó al oído.
Cerré los ojos de tan solo sentir el calor de su aliento contra mi piel.
—El doctor dijo que ayuda al parto en esta etapa —susurré mordiéndome el labio.
—Y que nos une mucho más —añadió, besando mi hombro.
Me reí.
—Entonces sí que estamos vinculados, ¿no crees?
—De eso no hay duda, mi amor.
.
Él me tocaba la barriga desnuda y me besaba el cuello de manera lenta y pausada. Yo miraba nuestros anillos, un poco concentrada en las sensaciones que tenía en todo mi cuerpo, especialmente en sus caricias y en cómo mi hija se había quedado dormida dentro de mí.
—Creo que se ha relajado —le dije, haciéndolo reír.
—Como siempre —murmuró.
Edward estaba muy en paz, casi adormecido producto de nuestro calor.
Me sentía en paz, mirando el entorno de mi casa.
Ah, nunca me había sentido mejor en mi vida.
Elizabeth estaba mucho más inquieta y me removía todas las entrañas. Papá Bombón creía que eso se debía a que iba a ser idéntica a mí, y claro, ¿cómo no iba a quererlo si lo que más ansiaba es que fuera igual a su Flor de Colores?
Cuando mi esposo se levantó de la cama para preparar el desayuno, yo estuve a solas con ella, como dándole la bienvenida al mundo que iba a conocer. Ya no quedaba nada.
Caminé hacia el balcón y me mantuve cantando durante un rato, algo extrañada de que hubiera dejado de moverse como siempre lo hacía.
—Solo quiero conocerte, cariño. Serás la luz de nuestros ojos, lo prometo —le susurré—. Te daré todo el amor que yo no tuve.
Cuando sentí unos labios suaves en mi hombro, sonreí sin espacio a la duda, porque ahí estaba él, haciéndome feliz.
—¿Qué haces en el balcón de Lizzie? —me preguntó. Casi podía apostar a que sonreía.
—Estaba añorándola.
Me dio la vuelta y me enseñó un inmenso peluche que, al parecer, tenía la habilidad de cobijar a los bebés mientras los padres estaban haciendo algo que les impedía sostenerlos.
—Edward —gemí—, es un pececito.
—Como el nuestro —susurró, agachándose delante de mí—. Busqué por todos lados un camarón, pero no existe. —Parecía frustrado—. Olvidé dártelo ayer.
—A mí me parece maravilloso. A Lizzie le encantará, ¿a que sí?
Él se quedó un momento mirándome a los ojos, lo que me hizo sonreír durante todos esos segundos que estuvo contemplándome con esa expresión de amor que me volvía loca.
—Te amo tanto, mi Flor de Colores.
Junté mi nariz con la suya.
—El desayuno está listo.
Suspiré y asentí.
Antes de que lo acompañara, miré la habitación de Elizabeth, ya preparada para su llegada. Incluso, ya habíamos preparado la bañera para cuando quisiera nacer. Todo estaba listo y yo moría de nervios, pero también de ansiedad por conocerla. Pasaba horas imaginándomela, añorando a mi bebé de todas las maneras posibles. Era un tesoro, nuestro tesoro.
El día pasaba rápido con él. Era aventura tras aventura.
Edward hizo la cena mientras yo me quedaba quietecita en la silla, sintiéndome un poco rara. Parecía que Lizzie estaba acomodándose. Estaba bien loca, pero se movía menos que antes.
—¿Ocurre algo, mi amor? —inquirió Edward, frunciendo el ceño mientras me contemplaba.
Negué.
—Lizzie está más tranquila que de costumbre.
Él sonrió y terminó de cocinar. Me tomó de la mano para ayudar a que me levantara y me llevó hasta la mesa, en donde sirvió un poco de vino.
—Extraño el vino. —Hice un puchero.
Edward rio y yo me dispuse a comer, aunque a decir verdad, no tenía mucha hambre, desde hacía un par de días que venía sintiendo una sensación pesada en el cuerpo.
—Cariño, ¿me das un poco de agua? —le pedí luego de un rato.
Él sonrió y fue a buscarme, no sin antes mirar curioso lo poco que había comido.
—¿Te pasa algo? —me preguntó.
Tragué, porque de pronto una sensación de aprieto me llegó al bajo vientre.
—Oh no.
—¿Qué?
—Creo que… —Apunté a mi barriga.
Edward abrió los ojos de golpe y se acercó a mí.
—Son contracciones.
—¿Las falsas o las de verdad? —me preguntó, levantándose de inmediato.
En otro momento me habría reído pero ahora estaba poniéndome algo nerviosa.
—De las de verdad.
—¿Llevas mucho tiempo sintiendo algo raro? —inquirió.
Asentí.
—No imaginé que se viniera tan pronto —señalé.
Edward estaba paralizado, sin saber hacia dónde moverse.
—¿Por qué me está doliendo tanto? —pregunté.
De pronto, sentí una sensación mojada entre mis piernas.
—Mierda —espeté—. ¡Se ha roto! ¡Se suponía que esto no iba a…! ¡Me duele! —Señalé, comenzando a respirar de manera profunda.
Edward se llevó una mano a la frente y de pronto se acercó para tranquilizarme.
—Llamaré al médico y le diré que tuviste ruptura de membrana, solo espero que llegue pronto. Respira, estoy aquí. —Me besó la frente con cariño—. Voy a preparar el agua como prometimos, ¿de acuerdo?
Todo fue de locos mientras yo me quedaba quietecita mirándolo moverse de un lado a otro. A ratos sentía un dolor en el bajo vientre que me hacía cerrar los ojos, pero luego desaparecían, dejándome con un sudor tras la nuca.
—Yo sabía que no tenía que hacer tanto pilates ni yoga —le comenté—. Quizá el que hayamos hecho el amor con el parto a cuestas hizo que…
Cuando me di cuenta de lo que estaba diciendo, me callé, rompiendo a reír al instante.
—Eres increíble, Bella —exclamó Edward, poniéndose a reír también.
—¡Ay, carajo! —grité, volviendo a sentir otra oleada de dolor.
Había comenzado a aumentar cuando Edward me llevó en brazos a la bañera.
—Tenemos que avisarle a los demás —le recordé.
Edward tenía los ojos muy abiertos.
—Ya habrá tiempo para eso, amor, ahora sólo respira, prometo que el médico llegará en menos de veinte minutos.
Cerré los ojos y me agarré de él, porque de verdad me estaba doliendo mucho. El dolor fue haciéndose progresivo, duro y complejo de abordar. Sentía que el sudor se me pegaba a la cara y que debía verme increíblemente horrible con todas las venas hinchadas. Pero ahí estaba Edward, quitándome la ropa mientras ajustaba el agua tibia como habíamos propuesto. Verlo preocupado y ansioso a la vez, mirándome a cada segundo, como si buscara tranquilizar su propia preocupación, hacía que lo amara más, mucho más.
—Debo verme horrible —gimoteé, muy sensible.
Él sonrió y me comenzó a dar besos.
—Siempre serás hermosa ante mis ojos. Respira hondo, prometo que estaré contigo, mi preciosa Flor de Colores.
Finalmente me metió a la bañera y yo sentí que sirvió mucho para poder relajarme.
Señor Calabaza vino corriendo, mirando lo que estaba pasando y luego acercándose para lamerme las manos.
—Hola, Bella, vemos que tu retoño ha decidido venir antes de lo que teníamos previsto —me dijo el médico, entrando a la habitación mientras se ponía los guantes. Venía con dos mujeres, la comadrona experta en parto en el agua y una ayudante.
—¿Eso está mal? —le pregunté, mirando a un muy nervioso Edward.
—Tranquila, todo va bien, creo que simplemente tienes una nena algo impredecible.
—Como su mamá —bromeó mi cobrizo mientras tenía unida una de mis manos con la suya.
Yo me reí a pesar de todo.
El médico revisó el estado de la dilatación y levantó las cejas.
—Ha avanzado rápido, tendremos un parto fácil si todos cooperamos, ¿bien? —me informó.
Sentía que el corazón me latía muy deprisa. Eso significaba que sentiría más dolor.
El profesional se dedicó a sacar una máquina como un ecógrafo para transporte.
—Veremos cómo está tu pequeña Elizabeth y nos pondremos a trabajar en el parto, ¿bien?
Yo tiritaba, viéndome ante tantos ojos. Pero solo me dediqué a contemplar a mi Bombón, que no se separó de mí, tomándome la mano con mucha fuerza. La máquina pasaba por mi vientre y vi a mi Lizzie ahí, en la pantallita, con sus latidos muy fuertes.
—Sí, está de cabeza y lista para salir. Comenzaremos trabajo de parto ya. Papá, por favor, cambie su ropa para que esté más cómodo —dijo el médico.
Edward asintió.
—No quiero estar sola —les dije al ver que Edward se alejaba un poco—. ¿¡Cariño!? —exclamé, sintiendo que poco a poco me volvía más chiquita.
—No me alejaré —me recordó—. Iré a ponerme algo más cómodo y vendré en menos de un minuto, te lo prometo.
Sentí que la barbilla me tiritaba pero tuve que asentir.
—Tiene que cambiarse, así podrá estar con ustedes dos —me dijo la enfermera con una sonrisa.
—Me siento…
—Lo sé —expresó con suavidad—, es normal pero él estará con usted.
Respiré hondo como la mujer fuerte que era e hice de tripas corazón para lo que venía.
Las cosas siguieron tan rápido como antes, con un dolor despiadado hasta el interior de mis huesos. Fue inevitable que me pusiera a gritar, completamente desesperada y ansiosa, sintiendo cómo mi hija ya se acomodaba y me incitaba a pujar.
—Bien, Bella, yo te diré cuando pujes, respires y sueltes el aire, ¿bien? —dijo el médico, ya vestido.
—Pero… ¿Y Edward? —inquirí, mirando hacia todos lados.
Sentía que iba a ponerme a llorar como una pequeña de tres. Lo quería, ansiaba a mi Bombón, sin él no quería tener a mi bebé porque me daba mucho miedo y…
—¡Aquí! —señaló, caminando rápido hacia mí—. ¿Creías que iba a quedarme lejos de ti?
Lo miré mientras respiraba acompasadamente y sus ojos lograron calmarme.
—Vamos a conocerla —le susurré.
Asintió con los ojos bañados en lágrimas y me apretó la mano mientras se la llevaba a los labios.
—Ahora —afirmó.
Recibí las instrucciones de todo el equipo y usé todas mis fuerzas. Todo se volvió un único momento, algo que no pensé experimentar nunca. Las palabras del médico iban explicando que debía seguir porque ya lo veía y Edward me susurraba en todo momento que siguiera, que era la mujer más fuerte que había conocido nunca y que me amaba.
—No puedo, me duele mucho —sollocé, apretando su mano hasta enterrarle las uñas.
Él sonreía y me besaba la frente, las mejillas, los labios, todo de mí.
—¿Cómo no vas a poder si eres la mujer más fuerte que conozco? —insistía—. Vamos a conocer a Lizzie. Puja, tú puedes hacerlo, mi amor. Te amo, recuérdalo.
Tomé aire y empujé, ansiosa por ver a mi pequeñita, a mi Elizabeth, mi bebita. Sí, tenía que verla, tenía que conocerla, ella estaría en mis brazos y en los de su papá, mi Bombón, que no dejaba de mirarme y estar conmigo como el gran amor de mi vida.
—Vamos, Bella, sigue el ritmo que te dice tu esposo, míralo si te acomoda, nadie acá va a apresurarte.
Me vi envuelta en el agua de la bañera y lo miré a los ojos mientras seguía pujando con todas mis fuerzas.
—Respira hondo —me dijo, susurrándome con cariño—. Y puja. Lizzie quiere conocernos.
Lo hice, sintiendo el dolor que me sumía en una lucha interna entre cohibir todo y luego sacarlo desde mi interior. A medida que lo intentaba, sentía que iba disminuyendo mis fuerzas y el sudor se volvía más helado. Estaba viendo todo borroso y mis músculos no respondían.
—Doctor, la frecuencia cardíaca está disminuyendo —dijo la partera, mirando el monitor.
—Bella —me llamó el médico.
Yo dejé de escuchar, estaba perdiendo mis fuerzas.
—¡Bella, mi amor! —exclamó Edward, tomándome para que no decayera—. ¡Mi amor!
Cerré mis ojos.
Buenas tardes, les traigo un nuevo capítulo de esta historia. Como ya saben, está quedando poco para el fin, la situación entre ambos es amor, uno intenso, lleno, natural y honesto. A Edward no le quedan cicatrices que contar, a Bella tampoco, ahora tienen a su pequeña, pero ¿qué pasó en el parto? ¿Algo le sucede a Bella? ¿Qué ocurre con Charlotte? Su presencia en las vidas de ellos no es en vano, así como tampoco la situación que ocurre con Aro. ¿Qué creen que ocurra en estos capítulos que van quedando? ¡Cuéntenme qué les ha parecido! Ya saben cómo me gusta leerlas
Agradezco los comentarios de Andrea, Valevalverde57 (gracias por tus palabras), Car Cullen Stewart Pattinson, amedina6887 (awwwwww, qué lindo cumplido, gracias), Nat Cullen, CazaDragones, Isabelfromnowon, Belli swan dwyer, Noriitha, DanitLuna, lindys ortiz, twilightter, Coni (jajajajajajajaja, gracias), Faby Pru (a mí también me da mucha tristeza, pero de verdad estoy mucho mejor con este tipo de comentarios tan lindos, gracias mil), Andre22twi, AdriaGT13, Chiqui Covet, SeguidoradeChile, Cata, Yesenia Tovar, freedom2604, viridianaconticruz, lauritacullenswan, Gabs Frape, Gladys Nilda (gracias por lo de ser única, cariño), Pam Malfoy Black, cavendano13, valentinadelafuente, Jenni98isa (sí, sé que es algo que esperaban con gran ilusión, ¡qué lindo que les haya gustado tanto!), Gra, catableu, Liz Vidal, Kamile PattzCullen, Brenda Cullenn, Retia, Ilucena928, Luisa huiniguir, ariyasy, DannyVasquezP (gracias por considerarme la mejor), Coni, patymdn, caritofornasier, Alexandra Nash (awwwwwww, gracias), Twilightsecretlove, Joa Castillo, morenita88, miop, calia19, Kriss, Abigail, angryc, AnabellaCS, krisr0405 (awwwwww, gracias, hermosa, ¡una fan adorable eres!), Mayraargo25 (linda, gracias), Tina Lightwood, Liliana Macias (¡muchas gracias!), Tereyasha Mooz, Pancardo, Ana, GabySS501, Maye, Elizabeth Marie Cullen, Srita Cullen brandon, Yoliki, Fallen Dark Angel 07, Esal, NarMaVeg, Beastyle, Kora, Maca Ugarte Diaz, Nelly McCarthy, kathlenayala, Rero96, carlita16, Markeniris (gracias, querida, me sonrojas), Lore562, Mela Masen, Sabrina, morales13roxy, claribelcabrera585, seelie lune (amo tus comentarios), Olga Javier Hdez, BreezeCullenSwan, gmguevaraz, Diana, MariaL8, jupy, debynoe12, VeroG, FlorVillu, Teresa Aguirre, Ivette marmolejo, rjnavajas, Robaddict18, Gibel, damaris14, Jeli, Ana karina, Mar91, camilitha cullen, Adriu, Milacaceres11039, beakis, Flor Santana, alejandra1987, LuAnka, Nadsanwi, ELIZABETH, cary, Ceci Machin, bbwinnie13, MaleCullen (por eso me gusta escribir hombres como este lindo Bombón), Duniis, Dominic Muoz Leiva, florcitacullen1, JMMA, selenne88, Reva4, saraipineda44, bealnum, Jocelyn, Vanina Iliana, sool21, isbella cullen's swan, Diana2GT, LucyGomez, sheep0294, maribel hernandez cullen, Bitah, Smedina, sueosliterarios, Elmi, MasenSwan (¡gracias, linda!), BellaNympha, TashaRosario, Coni, Fernanda21, LicetSalvatore, PauStraccie, lunadragneel15, PaoSasuUchiha, EniCullenMasen, torrespera172, Tecupi, LizMaratzza, Angelus285, santa, Alimrobsten, Salveelatun, Cullenland, joabruno, nydiac10, GLORIACULLEN, AndreaSL (¡sí, fuiste el review número 7000!), Maydi94, kaja0507 y Guest, espero volver a leerlas nuevamente, cada gracias que ustedes me han dado ha sido indudablemente lo mejor, me hace muy feliz que comenten con tanto entusiasmo y entrega, son valiosas para mí, no tienen idea
Gracias de antemano a Meli por betearme, ¡rápida, eficaz y genial! Gracias mil por tu fidelidad, amiga querida
Perdón por la lentitud de las últimas actualizaciones, pero quienes están en mi grupo saben por qué y que es algo que me habría gustado que no pasara. Las pérdidas familiares han sido muy difíciles para todos y en esta semana he sufrido mucho, pero ya estoy aquí y desde ahora las actualizaciones de la historia serán cada semana, y ante posibles desfases, voy a anunciarlo en mi grupo
Recuerden que quienes dejen su review recibirán un adelanto exclusivo del próximo capítulo vía mensaje privado, y si no tienen cuenta, solo deben dejar su correo, palabra por palabra separada, de lo contrario no se verá
Pueden unirse a mi grupo de facebook que se llama "Fanfiction: Baisers Ardents", en donde encontrarán a los personajes, sus atuendos, lugares, encuestas, entre otros, solo deben responder las preguntas y podrán ingresar
Cariños para todas
Baisers!
