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EPILOGO

Candy estaba ayudando a su prima Karen y a su hermana a preparar a Patricia. La joven estaba tan nerviosa que apenas lograba mantenerse sentada mientras la peinaban.

-Si no dejas de moverte, tu recogido será un desastre - protestó Mairi.

-Lo siento - se disculpó por enésima vez aquella mañana.

-No lo sientas - le sonrió su hermana - Es normal que estés nerviosa. Te vas a casar.

-¿Tú estabas igual?

-Yo estaba peor porque desafié a papá para desposarme con el hombre al que amo.

-¿Y tú Candy?

Al final, se había descubierto su matrimonio de prueba y su padre los obligó a casarse por la iglesia en cuanto las amonestaciones fueron pronunciadas. Había esperado que se enfureciese con ellos pero se lo había tomado bastante bien, dadas las circunstancias.

Cinco meses atras.

Patty observaba cómo Mairi terminaba de peinar a Candy. La habilidad de su prima para hacer sencillo algo que a ella se le antojaba tan complicado era asombrosa. Y Candy estaba más hermosa que nunca, aunque ella protestase por tener que llevar su cabello en un moño tan apretado.

-Candy, deja de moverte - la reprendió su hermana.

-No me gusta - refunfuñó, cruzando los brazos en su pecho - Preferiría llevarlo suelto.

-Es el día de tu boda - Mairi la miró por encima del hombro, a través del espejo - No vas a ir como una cualquiera.

-A Albert le gusta así - entrecerró los ojos - Y no sería una cualquiera. Ya soy su esposa. ¡Qué importa mi peinado! Ni siquiera necesitaba esta ceremonia.

-Dile eso a papá.

-Lo haré - se levantó, dispuesta a ello.

-Siéntate.

-Vamos, vamos - Patty decidió que era hora de intervenir - Candy, deja que Mairi termine de arreglarte el pelo. Después de la ceremonia puedes deshacer el moño y todas contentas.

-Ahora sé por qué mi querido Stear te eligió. Serás la mejor esposa que el pueda tener.

-Es hora de irse. Albert te espera - sonrió, cambiando de tema - Estará ansioso por casarse contigo... otra vez.

-Está bien - Candy rió su broma - Me lo merezco.

-No es justo - suspiró Mairi - Tú vas a casarte por segunda vez y yo tengo que esperar dos años para hacerlo una sola.

-No empieces, Mai - Candy la tomó del brazo - Piensa en todo el tiempo que tienes para planear la boda perfecta.

-Para lo que me sirve eso - bufó.

Por más que lo había intentado, sus padres no habían claudicado en esa ocasión. Tampoco Jimmy estaba dispuesto a desposarla hasta que hubiese cumplido los dieciocho años. Así que Mairi había tenido que resignarse. Todo lo que una muchacha ansiosa por estar con el hombre al que amaba, podía hacerlo.

En compañia de sus queridos padres, su hermano mellizo Tom, su pequeña hermana Mairi, su cuñado Jimmy, sus primos Stear, Archie, Patty, Charlie y Karen con su esposo, sus tíos, Katty, Murdo, Paulina , Aidan, Anthony, Jane y todo su clan.

-Yo, William Albert Ardley, te tomo a ti, Candice White, otra vez - le guiñó un ojo - como legítima esposa, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, para serte fiel y honrarte y respetarte todos los días de mi vida.

-Yo, Candy White, te tomo a ti, William Albert Ardley, como legítimo esposo, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, para serte fiel y honrarte y respetarte todos los días de mi vida. Y lo haré las veces que haga falta - añadió, tratando de sofocar la risa que amenazaba con escapársele.

El párroco los miró con seriedad, pero se abstuvo de decir nada. Simplemente continuó la ceremonia, hasta haberlos unido ante los ojos del Señor, sellando así sus vidas no sólo en esta tierra, sino también en los cielos. Apenas pronunció las palabras que los convertían en marido y mujer, Albert ya estaba besando a su esposa.

-Yo ya me había casado con él - le guiñó un ojo - Así que supongo que no cuenta.

Mairi suspiró y las otras tres supieron lo que pasaba por su mente incluso antes de que hablase.

-Al menos no tuvisteis que esperar dos años como tendré que hacer yo.

-No te quejes, Mai. Nosotras a tu edad ni siquiera aspirábamos a tener un prometido - rió Candy.

-Tú ni siquiera lo querías hasta que apareció Albert - bufó ella.

-Estaba esperando por él - guiñó el ojo de nuevo.

-Pues yo tendré que esperar demasiado por Jimmy.

-Sobrevivirás, hermanita.

Durante la ceremonia, Candy se mantuvo junto a Albert, sus manos enlazadas. Cada vez que lo veía, se enamoraba un poco más de él. Nunca dejaba de sorprenderla con detalles románticos. Y lo adoraba más por soportar su terquedaz. Discutían, no podía negarlo, pero la reconciliación siempre era magnífica. Debía admitir que a veces buscaba la confrontación a propósito, pero eso era algo que no le confesaría jamás.

-Yo, Alistair White, te tomo a ti, Patricia MacCleod, como legítima esposa, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, para honrarte y respetarte todos los días de mi vida.

Candy sonrió al ver la expresión seria de su primo. Estuvo tentada de gritarle que sonriese más pero se contuvo. Era una ceremonia muy bonita y no quería estropearla.

-Yo, Patricia MacCleod, te tomo a ti, Alistair White, como legítimo esposo, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, para honrarte y respetarte todos los días de mi vida.

Albert la atrajo hacia él cuando una lágrima escapó de sus ojos.

Estaba feliz por sus primos, por supuesto, pero últimamente sus sentimientos estaban a flor de piel y lloraba con demasiada frecuencia. Miró con amor a su esposo y éste se inclinó para besarla.

-Por el poder que me ha sido conferido, yo os declaro marido y mujer. Puedes besar a la novia.

-Ya era hora - oyeron decir a Alistair antes de que tomase a Patricia por la cintura y la besase.

No fue para nada un beso dulce y tierno. La estaba reclamando como suya y al parecer, a ella no parecía importarle aquella muestra de exagerada masculinidad. Se había enganchado a su cuello y respondía con igual pasión.

-Eso es un beso - rió Albert.

Candy simplemente sonrió. A ella le habría sucedido lo mismo si no hubiesen celebrado el matrimonio temporal aquella mañana en el lago.

Candy se acercó a su primo y él la elevó en el aire haciéndola gritar de la impresión. Alistair la besó ruidosamente en la mejilla.

-Ya veo que eres feliz - rió ella.

-Soy el hombre más afortunado de la tierra, pequeña guerrera - le dijo depositándola en el suelo con cuidado - Me he casado con la mujer que amo. No podría pedir más.

-Desde luego que no - le sonrió.

-Te tendré cerca - le guiñó el ojo - No creas que podrás escapar de mí tan fácilmente.

-Me casé con Albert sólo porque sabía que así estaríamos cerca, Stear - rió. Sabía que su esposo estaba tras ella y quiso fastidiarlo un poco.

-Muy bonito, querida - la rodeó por la cintura - Eso merece un castigo. Lo sabes, ¿no?

-Puedes intentarlo - se encogió de hombros - No te lo pondré fácil. Lo sabes, ¿no?

-Dios, vosotros sí que sois tal para cual - rió Alistair.

-No podría estar más de acuerdo contigo, Alistair - sonrió Albert - pero, si nos disculpas, tengo un castigo que infligir a mi flamante esposa.

Candy gritó cuando se sintió elevar en el aire. Albert la cargó en brazos y la llevó a un lugar apartado donde poder besarla como quería, sin escandalizar a nadie. Había estado deseando hacerlo durante toda la ceremonia.

-Antes de que decidas castigarme - Candy siguió con la broma - hay algo que tengo que decirte.

-Adelante - se cruzó de brazos, divertido - pero no hay nada que puedas decirme que me haga cambiar de opinión.

-Tal vez esto sí - se mordió el labio para detener una sonrisa que amenazaba con aparecer en su boca.

-Sorpréndeme, querida - la animó.

-¿Te gustan los niños? - le preguntó.

-¿A qué viene eso ahora? - frunció el ceño.

-Lo pregunto para saber si podré contar contigo cuando nazca nuestro hijo - fingió desinterés, esperando que Albert comprendiese lo que le estaba diciendo.

-Por supuesto que podrás - la rodeó con sus brazos - Cuando tengamos nuestros propios hijos, me habrás hecho un hombre feliz. Más de lo que ya soy, si es posible.

-Veo que tendré que ser más explícita - suspiró, tomándole la mano para colocarla sobre su vientre - Albert, te presento a tu hijo.

Albert abrió los ojos desmesuradamente y miró su mano apoyada en el vientre de Candy. Su mirada de incredulidad dio paso a otra de aceptación, cuando asimiló lo que Candy le estaba diciendo.

-¿Estás segura? - preguntó ansioso.

-Tanto como que eres mi esposo y que te amo.

-Un hijo - acarició su todavía vientre plano con adoración - Un hijo tuyo y mío.

-Ese es el concepto, sí - sonrió.

Tal y como había hecho Alistair instantes antes, Albert la elevó por el aire y giró con ella. Cuando la depositó en el suelo, la besó con pasión.

-Debo entender que te alegras - sonrió Candy.

-Tanto, que te perdonaré el castigo - le guiñó un ojo.

-¡Oh, vaya! - rió - Eso sí que es alegrarse.

-Te amo, Candy. Más que a mi vida.

-Yo también te amo - lo besó - Jamás me arrepentiré de haber escapado de casa, disfrazada de hombre.

-Y yo jamás me arrepentiré de haberte tirado en aquella bañera cuando descubrí que eras la mujer perfecta para mí.

-Olvidaré eso de la bañera porque estoy muy feliz - rió.

-Y yo olvidaré que me casé con una highlander rebelde, sólo porque me has hecho el hombre más feliz del mundo.

F I N

Ya, el fin de esta linda y amena historia, no les miento que me gusto mucho, pero tiene muchos vacios en que me preguntaba y que paso? En dos capitulos incluyendo este agregue cositas, aqui como el matrimonio de Candy y Albert en compañia de su familia y clan y en el capitulo donde Albert lleva herida a Candy donde el se desmaya y despues despertaba en la habitacion, agregue la parte de Tom, y su mamá curandola.

Gracias a todas mis seguidoras de FanFiction y Wattpad, por leer conmigo este fic y por todos sus comentarios.

Un enorme abrazo y hasta la proxima.

El Infierno de Albert.

Abrazos.

Aby.