Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer pero la historia es completamente mía. Está PROHIBIDA su copia, ya sea parcial o total. Di NO al plagio. CONTIENE ESCENAS ALTAMENTE SEXUALES +18
Recomiendo: New For You – Reeve Carvey
Capítulo beteado por Melina Aragón: Beta del grupo Élite Fanfiction.
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Capítulo 55:
Elizabeth y nosotros
"(…) Si yo me rindiera
Me abrazarías y no me dejarías ir
(…) Podría morir mil veces
Pero voy a defender tu felicidad, mi amor
(…) Nuestro amor es una lágrima caída desde el cielo
La vida era una sombra hasta que te conocí
(…) Estoy indefenso delante de tus ojos
(…) Cariño, soy nuevo para ti"
—¡¿Qué ocurre con mi esposa?! —gritó Edward.
—Sr. Cullen, por favor —le pidió la enfermera.
—No, cariño…
Sentía que estaba sudando intensamente, con el dolor profundo de mi hija queriendo nacer. Quería decirle a Edward que estaba con él, pero no me salía la voz.
—Agréguenle volumen —dijo el médico.
—Bella, mi amor —gimió Edward, tomándome la mano.
—Descuide, Sr. Cullen, está agotada. La frecuencia cardíaca está disminuyendo pero no a límites anormales. Isabella es una mujer pequeña, debemos darle respiro. Es normal que se sienta agotada.
Abrí mis ojos y lo miré. Edward estaba angustiado, lo veía en su manera de contemplarme. Sus ojos se llenaron de lágrimas a tal punto que vi su temor rotundo a perderme, porque tal parecía que ese era el mayor miedo que llevaba consigo.
—No voy a irme —susurré, buscando nuevamente su mano.
Su barbilla tembló e inmediatamente le acaricié la mejilla.
—Nunca lo haría —añadí.
Él me besó la frente y luego los labios, para entonces mirarme a los ojos y sonreír para seguir con el trabajo de parto. Íbamos a conocer a Elizabeth, íbamos a conocer a nuestra hija.
—Bien, Bella, necesito que nos pongamos a pujar nuevamente, ¿bien? —afirmó el médico, instándome con una sonrisa.
Yo asentí mientras sentía que el agua ya no servía para calmar el dolor ni hacerlo más fácil. Edward me besó los cabellos mojados y me siguió susurrando cosas hermosas al oído, las suficientes para sentir que podía seguir haciendo lo natural en mí.
—Eres una mujer fuerte, mi amor, solo un intento más, ¿bien? Solo uno.
Tomé aire y pujé, gritando en medio de la necesidad apremiante por sacarla, porque mi cuerpo me lo pedía y porque Lizzie necesitaba hacerlo. Seguí empujando desde dentro de mí, temblando de pies a cabeza, sintiendo los movimientos en mi interior, poco a poco, lleno de dolor.
—Estoy viéndola, papá y mamá, la estoy viendo —afirmó el médico detrás de su mascarilla.
Boté el aire.
¿La veía? ¿Veía a mi pequeñita?
—Ahí está, vamos, mi amor, solo un poco más —siguió susurrándome Edward.
Inspiré y pujé, aferrándome a él.
—¡Bien, Bella! ¡Solo un poco más!
Grité y Edward me besó la frente, lo que me hizo cerrar los ojos con fuerza y echar mi último aliento en traer a mi hija al mundo. Ahí, en medio de aquello, sentí un desgarro en todo mi interior, como si sacaran una parte de mí hacia la realidad material en la que nos encontrábamos. Un fuerte y vigoroso llanto hizo que me echara sollozar al instante, porque estaba viva, nuestra pequeña porción estaba aquí, con nosotros.
—Felicidades, papá y mamá, es una niña muy bonita —nos dijo la enfermera mientras la acomodaba con ella.
Una niña… Mi niña…
—¿Has escuchado eso? —me preguntó Edward, que tenía las mejillas con lágrimas derramadas—. Una niña muy bonita.
Asentí, aún entre sollozos.
—Nuestra nena —susurré.
De pronto la busqué, desesperada por mirarla y casi al instante la profesional estaba a mi lado. Quería a mi bebé, la añoraba tanto.
—Mira, aquí tienes a tu mamá y a tu papá —le dijo ella mientras me la depositaba suavemente en el pecho.
Su calor fue imposible de borrar, como si me llenara las venas y me brindase algo que jamás creí conocer. Con las manos un poco temblorosas la acuné mientras Edward me ayudaba, embobado. Era una nenita rosada, pequeñita y con una mata escasa de cabello castaño oscuro. Emitía pequeños soniditos, muy molesta por haber salido de un lugar tan calentito como mi vientre. Llevé mi dedo índice a su rostro, algo temerosa pero entonces me miró y comprobé que sus ojos pertenecían indudablemente al hombre de mi vida. Esa conexión que tuvimos fue imborrable, fue una raíz echada a los sueños y a las ilusiones, porque aquí estaban, comenzábamos otro camino, uno de los tantos. Era mía y suya, nuestra hija. Nunca creí que podría amar a alguien apenas conociéndola, nunca creí que mi corazón pudiera embargar tantos sentimientos nunca experimentados, porque verla era… No tenía palabras.
—Es hermosa, como tú —me susurró Edward.
Yo cerré los ojos y suspiré, para luego ladear mi rostro para mirarlo.
—No puedo creer que la hicimos —añadió, haciéndome sonreír.
—Y vaya que disfrutamos en el intento —afirmé.
Aquello le hizo soltar una carcajada, la que llamó la atención de Lizzie, que lo miró mientras pestañeaba, acostumbrándose a la luz. Arqueé las cejas al notar cómo contemplaba a su papá, viéndolo por primera vez.
—Está mirándome —dijo mi Bombón, tomando su manito, la que Lizzie apretó con fuerza—. Dios mío, está mirándome —gimió.
—Te ama tanto como la amas tú. —Le acaricié la quijada.
—Son lo mejor de mi vida —aseguró, acercándose para besarme—. Lo que más amo, por quienes daría todo, hasta mi respiro.
Boté el aire, fatigada, pero muy feliz. Me acurruqué junto a él y Lizzie volvió a mirarme, para luego olerme, como si instintivamente supiera quién era mamá. Cada vez que me contemplaba, veía a Edward, era tan… fuerte, tan… divino.
—Te amo, mi Flor de Colores, gracias por hacerme el hombre más feliz de este mundo.
Busqué esos mismos ojos que me enamoraron y lo besé, suspirando de felicidad.
—Te amo, mi Bombón, gracias a ti por llegar a mi vida. Ahora somos tres.
—Y es magnífico.
Sentí que Elizabeth buscaba mi pecho, lo que me hizo centrar mi completa atención en ella.
—Puede amamantarla, creará una conexión especial —me dijo la enfermera.
Pestañeé.
—Sí, tiene hambre —susurré, viendo cómo buscaba, mediante mi olor, eso que nos uniría por varios meses… y toda la vida.
La acerqué a uno de mis senos y la insté a que lo hiciera de forma natural. Fue divertido verla buscar, tan pequeñita y hábil. Cuando la puse en mi pecho, ella abrió su boquita y se sujetó, dispuesta a succionar. En el momento en el que comenzó a alimentarse, mi cuerpo entró en armonía, por lo que mis ojos pesaron de manera abrupta.
—La dejaremos un momento a solas. El agua servirá como relajante muscular. Volveremos en una hora para acomodar a la pequeña y registrar sus parámetros —afirmó la enfermera, sonriendo y saliendo con el médico y la partera.
—¿Te quedarás conmigo? —inquirí, buscando sus labios.
—Siempre. Recuérdalo.
Sonreí.
.
Al despertar, me vi en medio de mi cama, con todo el cuerpo profundamente tenso y una especial sensación de extrañeza en mi vientre. Al mirarme, solo vi una pequeña pancita muy diminuta, no como la que tenía solo anoche. De pronto, recordé todo lo que había sucedido e instintivamente la busqué, creyendo que podía tratarse de un sueño. Pero no. Delante de mí y frente a la inmensa ventana de pared que había en nuestra habitación, vi a Edward meciendo suavemente a nuestra pequeñita, que estaba completamente tapadita en una manta de ositos que le había regalado mi padre hacía unas semanas. Él no se había dado cuenta de que yo estaba despierta, por lo que vi con total viveza el amor que brotaba de sus ojos. La miraba de una forma tan adorable, como si quisiera protegerla y hacerla feliz bajo todo pronóstico, con una sensación de seguridad que me hizo suspirar hasta llamar su atención. Mi Bombón subió la mirada a mí y caminó en mi dirección, mientras yo seguía suspirando ante lo guapo que me parecía ahora con Elizabeth en sus brazos.
—Mira, está despierta —me dijo.
—Dámela. La extrañé mucho.
—Y ella a ti.
Cuando la tuve en mis brazos, sentí otra vez ese amor natural que me mantenía en una armonía de completa paz. Lizzie era una pequeña tan, pero tan hermosa, ¿o era que precisamente era una mamá viendo a su chiquita? Si bien, verla me hacía sentir temerosa de todas las responsabilidades que significaba hacerla feliz, porque ese sería mi propósito, también me hacía imaginar todo lo que vendría y eso me entusiasmaba tanto.
—Hola, mi vida —susurré, besándole la frente—. ¿Así que extrañabas a mamá?
Me solté la blusa y la acomodé nuevamente en mi pecho, al cual se sujetó de manera vigorosa.
—¿Cuánto dormí?
—Dos horas.
—Oh, siento que fueron apenas minutos.
—Así nos sentiremos desde ahora en adelante.
Reí.
—¿Crees que es muy malo?
Negó y se acomodó a mi lado.
—Creo que son sacrificios, los que haré sin duda al ver a tan hermosa pequeña.
Me abracé a él mientras mi nena seguía alimentándose, francamente feliz con todo a pesar del dolor.
—Permiso. Hola —saludó Alice, que entró junto a mi hermano, sosteniendo un inmenso oso de peluche.
Levanté mis cejas, muy sorprendida.
—Oh… Mírala. ¿No es hermosa? —preguntó ella, sentándose cerca de mí.
—Es como su mamá —señaló mi Bombón, tocándole la mejilla que se movía sin parar a medida que deglutía con fuerza.
—Bueno, sacó la belleza de mi hermana, gracias al cielo —molestó Jasper, palpándole el hombro a mi esposo.
Los dos se rieron y yo miré su gesto, aliviada de cómo todo llevaba su curso adecuado.
—¿Puedo hablar a solas con la nueva mamá? —preguntó Alice.
Los dos hombres se miraron y asintieron, aunque mi Bombón aún parecía receloso. Al quedarnos a solas, estuvimos varios segundos en silencio, viendo a Elizabeth.
—Bella… Sé que te he pedido muchas veces perdón, pero esta vez quería… decirte que estoy orgullosa de ti —soltó.
Levanté mis cejas.
—Y no es porque hayas sido mamá, sino porque a pesar de todo lo malo que ha pasado, te has mantenido fuerte y has estado al lado de mi tío de una manera que solo significa amor. Veo a Elizabeth y veo… todo lo que hemos perdido a causa de lo que nos dejó mi madre al marcharse tan joven, y siento que esta pequeñita no puede llegar a una familia en la que existan divisiones, traumas y… Bueno, tú ya sabes. —Suspiró—. Extraño a mi amiga, a la de verdad, a esa que se alegraba con sinceridad de todo lo que yo he cimentado. —Suspiró—. Por eso… quiero contarte algo antes que a todos y es que Jasper y yo estamos esperando un bebé.
Arqueé las cejas y la abracé sin pensarlo.
—Alice, qué alegría —le dije, cerrando mis ojos.
—Lo sé, es maravilloso —señaló al separarnos—. Mi tío se pondrá muy feliz.
—Oh, Dios, seré tía de nuevo. —Reí—. Ay, mi Jasper está muy adulto.
Carcajeó.
—Él también te ha extrañado.
—Lo sé.
Suspiramos.
Luego de la noticia que me dio Alice, ellos se alejaron para permitirme descansar, porque ya estaban mis suegros como locos, disfrutando de su nieta, y también papá y Sue, que no daban más de la alegría. Estaban todos felices, todos se alegraban por la existencia de Elizabeth y yo estaba en paz porque, bueno, Alice tenía razón, Lizzie debía llegar con la paz en la familia y este era el comienzo.
.
—Quiero presentar esta noche al Sr. Edward Cullen, uno de los mejores exponentes de la ingeniería náutica, experto en arquitectura naval —destacaron adelante.
Yo me puse a aplaudir de manera incesante y algunos hombres me quedaron mirando, porque sabían quién era yo para él. La verdad, no me importaba ser efusiva cuando se trataba de Edward, pues era la más orgullosa de verlo. Él se movía de manera profesional ante tantos ojos puestos en su existencia, parecía que había nacido para enseñar sus conocimientos a los demás. Además, la manera en la que hablaba nos mantenía a todos conectados a lo que decía, y yo no tenía idea de nada técnico, la verdad. Y se ve tan guapo allá adelante, pensé fascinada.
Cuando terminó, todos se levantaron a aplaudir, fascinados con las ideas de Edward. Yo fui la primera en ir hacia él, saltándome el turno de todos los que querían compartir con mi marido.
—Eres fantástico —le dije con total sinceridad—, y te ves tan sexy con esta camisa.
Sonrió y me corrió el cabello de la cara para tener mejor acceso a ella. Me dio un beso delicioso ante todos los demás, cada vez sacando un poco a ese Edward enamorado ante los ojos de quienes seguramente jamás lo habían visto así.
—Sr. Cullen —exclamó un hombre más joven, que venía con unos cuantos más.
Parecían "aprendices".
—¡Edward, amigo! —gritó alguien, viniendo hacia nosotros.
Mi cobrizo no me soltó y me tomó de la cintura mientras yo lo miraba para que no se preocupara. Nosotros más tarde podíamos disfrutar juntos.
—Joseph, veo que vienes con más aspirantes —dijo, sonriendo a los demás.
Noté la ironía en su voz y yo sonreí para mis adentros.
—Ah, ya veo por qué estás tan de buen humor —destacó el hombre, tendiéndome su mano—. Joseph Vladovik, mucho gusto, usted debe ser la esposa de mi buen amigo. Por cierto, felicidades por el nacimiento de su hija.
Sonreí.
—Así es. —Le tendí mi mano—. Muchas gracias, Joseph.
—Isabella Swan, la mujer de mis sueños —ronroneó mi cobrizo, haciendo que Joseph sonriera aún más.
—Bien que te quería ver así, la última vez estabas… un poco…
—Sí, porque estaba sin ella, pero ahora todo cambió.
Se dieron un abrazo apretado y entonces se dirigieron a los más novatos, que esperaban ansiosos por una charla con Edward. Era inmensamente admirado, todos los ojos lo recorrían, buscando aunque sea un minuto de conversación, lo que sea con tal de poder compartir su vasta experiencia y notable talento con ellos, incluida yo, que no podía dejar de mirarlo hablar, estaba hechizada.
Luego de la conferencia, Edward y yo fuimos invitados por Joseph y unos cuantos colegas más a tomar una copa a un elegante bar. Parecía que todos ellos eran fantásticos, así que ¿cómo negarme?
—Supe que desde la última vez no ves a James —le dijo uno de ellos, alzando su bourbon con malicia.
Edward enarcó una ceja, bastante molesto de escuchar siquiera su nombre. Lo entendía, él ya me había contado lo que había pasado en Sevilla hacía meses atrás.
—Lo diré de manera fugaz, solo para que recuerdes que el karma existe. —Carraspeó—. Su esposa le pidió el divorcio, cansada de todo lo que ha pasado entre los dos. ¿Sabes que es lo peor? James se dio cuenta de que la quiere. Una lástima, ya la perdió.
—Cuando no eres capaz de amar sólo la soledad te hace valorar a quienes estuvieron contigo —susurró.
Hasta hacía un tiempo él habría respondido con rencor, pero ahora parecía que nada de eso quedaba en su cuerpo.
—¿Y sabes qué es lo peor de todo? Lo encontraron culpable de estafa. El Colegio de Ingenieros lo ha quitado de golpe, ya había cometido fechorías, eso lo sabes, pero con esto… —Apretó los labios y negó—. Creo que fue suficiente.
Edward sólo se encogió de hombros, como si dijera "así es la vida, ¿no?".
Luego de esa escapada, Edward y yo nos fuimos juntos hacia nuestro destino principal. Ya era bastante tarde… o bueno, temprano, el sol iba a salir en unas horas más, pero ya podía verse el cambio de color en el cielo. Caminamos juntos por la orilla de la playa, con la casa detrás de nosotros, que tenía múltiples colores, por cierto.
—Edward —lo llamé.
—¿Sí?
—Hoy has estado fabuloso.
Sonrió.
—¿Eso crees?
—No pude dejar de mirarte, eres increíble.
Pestañeó y miró al suelo unos segundos mientras tomaba mi mano y luego miraba el anillo con cariño.
Cuando llegamos a nuestra casa, sentí el llanto proveniente desde la sala. Era de Lizzie. Casi sin darme cuenta, sentí que mi blusa se mojaba ante la salida abrupta de leche. Cuando llegamos, ella instintivamente me buscó y yo corrí para tenerla en mis brazos.
—¿No fue suficiente la leche que me quité esta mañana? —le pregunté a Tanya, que por esas cosas divinas de la vida, era la única persona que podía quedarse con ella para que nosotros pudiéramos asistir al último congreso de Edward.
—¡En absoluto! Esta pequeña traga peor que Edward cuando iba a la universidad —afirmó Tanya. Se veía muy despeinada.
—Eres una bocazas, Tanya Denali —respondió mi Bombón.
—Así que has hecho sufrir a tía Tanya, ¿eh? —le pregunté.
Lizzie me miró mientras bebía y yo seguí adorándola con mis brazos.
Era todo lo que amaba en esta vida.
Edward ignoró las llamadas de sus colegas para felicitarlo por su inmenso discurso solo para quedarse conmigo. Una vez que Tanya se fue, nosotros nos dedicamos a comer en completa armonía con nuestra bebé.
—Creo que le gusta mucho lo que chupa —susurró Edward, llevándose un pedazo de manzana a los labios.
Él me rozó con una que tenía entre los dientes, jugando con mis labios mientras sostenía a Lizzie a duras penas, porque cada vez que él se ponía a juguetearme, acababa cachonda y con los músculos debilitados.
—Se parece a mí —murmuró, besándome los hombros.
Me reí.
—Baboso. ¿Qué va a pensar Lizzie de su papá? ¿Eh? —dije, siguiendo con sus juegos.
Lizzie había soltado el pecho, muy satisfecha. Sus mejillas estaban rojitas y apenas respiraba. Era tan hermosa, no dejaba de suspirar gracias a ella.
—Dirá que su papá ama y desea enormemente a mamá —afirmó mi Bombón, tomándola entre sus brazos para sacarle los gases.
Él era tan grande, que Lizzie parecía un diminuto cosito en sus brazos.
—¿No es así, amor mío? —le preguntó, tomando su cabecita con su mano amplia y mirándola a los ojos—. ¿No es hermoso ver cómo papá ama a mamá?
Nuestra pequeña sonrió de manera natural, mirándolo de esa manera grandiosa que siempre tenía para decirnos que era nuestra, que era la pequeña de mamá y papá.
—¿Lo ves? —inquirió, moviéndome las cejas—. Ahora Lizzie va a dormir mientras mami se recuesta en el sofá para descansar, porque papá va a querer darle muchos besitos antes de dormir.
Edward le comenzó a cantar, sosteniéndola entre sus grandes brazos. La miraba con un amor y una felicidad que me estremecía, Edward la adoraba, de verdad, no tenía palabras para expresar lo que decían sus ojos ante mi pequeñita. Yo suspiré y me recosté tal como me dijo mi esposo, mi hermoso Bombón, y me relajé para comenzar a realizar las encuestas que estaban pidiéndome para mi futuro desafío: la maestría.
Estaba nerviosa. ¿Quién quería hacerlo cuando tenías a una pequeña de apenas dos meses? Pues yo. Lizzie no me limitaba, no con mi Bombón y mi familia conmigo, pero a veces temía ser demasiado ambiciosa dado todo lo que me costó lograr lo que tenía. Pero ¿qué importaban los fracasos? ¡Debía hacer esa maestría de la misma forma que saqué mi carrera universitaria en la mejor universidad del estado!
Cerca de las nueve de la noche, dejé la laptop a un lado y, asumiendo que Edward se había quedado dormido con Lizzie en los brazos, me dispuse a dormir para estar más repuesta a eso de las dos de la mañana, que era cuando la muy loca despertaba para comer. Sin embargo, antes de siquiera poder avanzar un poco más, sentí que Edward me tomaba de la mano y me pegaba a él.
—¡Me asustaste! —le dije, frunciendo el ceño.
Reía.
—Te dije que te daría muchos besos esta noche.
Me mordí el labio.
—¿Solo besos?
—Oh no. Eso jamás.
—¿Y Lizzie? —pregunté.
—Está durmiendo junto a su pescadito y a Sr. Calabaza. Sabes que la ama.
No soporté mucho y aproveché el tiempo sin mi nena rompiendo en llanto, así que me abracé a él y lo besé sin temor a demostrar cuánto lo deseaba. Edward me tomó desde las caderas y me llevó hasta nuestra terraza, donde sentíamos el viento contra nuestra piel. Yo aproveché de acercar el monitor de mi bebita y estar tranquila, mientras Edward me volvía loca con esa manera que tenía de llenarme de caricias por doquier.
—Nunca pensé que iba a disfrutar tanto de una cogida rápida contigo —susurró en mi oído.
Hice que se sentara en el sofá y yo lo hice sobre él, masajeándome sobre su pelvis. Entre besos seguimos acariciándonos y yo fui desabotonándome la blusa, despejando mis senos hinchados. Edward los apretó con suavidad, sabiendo que estaban sensibles, y yo instintivamente sentí el placer en mí.
—Edward… ¿No te molesta que…?
Negó.
—Me pone como no te imaginas —susurró, mirándome con las pupilas dilatadas y la respiración entrecortada.
Mis senos rebosaban de leche, por lo que acabaría derramándolo sin lugar a dudas. Pero a Edward le fascinaba.
Se encargó de darme placer con sus labios, hundiendo su rostro en el canal. Yo busqué el cinturón de su pantalón y lo abrí para meter mi mano y buscar su dureza. Nos besamos en medio de jadeos y yo permití que me hiciera suya a su ritmo. Edward subió mi falda, apretó mis nalgas y me quitó lentamente la ropa interior mientras me miraba a los ojos.
—Nunca será suficiente de ti, nunca —gruñó, rozándome con su miembro.
Sonreí y junté mi frente con la suya.
—Te quiero dentro, Bombón. Hazlo duro, sabes que me gusta.
Me sonrió y entró, sacándome un fuerte gemido.
—Shh… —Se reía—. Lizzie duerme. Recuerda que ahora somos tres.
Me abracé a él y lo cabalgué, deseando más de su calor y esa completa sensación de llenado que me generaba. Edward echó la cabeza hacia atrás y yo tomé sus manos para sujetarme mejor. Volvimos a besarnos mientras nuestros cuerpos seguían reaccionando sin parar, sumiéndonos en esa complicidad que nunca iba a acabar. A medida que sentía el roce del orgasmo, noté cómo mis pechos se mojaban producto del placer, lo que me sonrojó. Pero mi Bombón estaba enloquecido y aumentó el ritmo de las estocadas, sacándome más gemidos que no podía callar.
—Quiero correrme —le dije al oído.
Edward me penetró hasta el fondo y yo apreté mis paredes, disfrutando de cómo explotaba en un orgasmo delicioso del que no quería separarme. Mis pechos dejaron caer la leche, explotando con viveza de tal forma que me ruboricé aún más.
—Oh, Dios —susurré, mordiéndome el labio.
Yo respiraba de manera desacompasada al igual que Edward, que intentaba recomponerse de su explosión en mi interior. Enseguida me besó el cuello y me limpió los pechos con la blusa, para entonces quitármela y besarme nuevamente.
—Es fascinante, ¿no crees? —dijo, tomándome desde la cintura.
—¿No te sigue pareciendo raro? —le pregunté.
—Jamás. Todo lo que venga de ti me encantará. Esto es parte de ti, y lo amaré y desearé.
Me reí y junté mi frente con la suya.
—Creo que debemos descansar antes de que Lizzie despierte.
—Descuida. Esta noche me levanto yo. Tenemos suficiente en la nevera.
—Te amo tanto, Bombón.
—Y yo a ti, mi florecilla.
.
Las semanas comenzaron a pasar entre todos nosotros, pero cuando se trataba de acomodar tu antigua vida junto a un nuevo integrante en la familia, no era fácil. Sin embargo, a pesar de que nos levantábamos en medio de la noche, que a veces lloraba mucho y nos desesperaba no poder ayudarla, para luego comprender que le dolía su barriguita o que simplemente quería un abrazo… éramos tan felices que no podíamos dimensionarlo. Era cada momento de aprendizaje, y aunque era muy chiquita, tanto que aún faltaba mucho camino por recorrer, sabíamos que había llegado en el momento correcto para hacer de nosotros dos completos enamorados, más de lo que alguna vez fuimos antes.
Edward se había quedado dormido luego de bañar a Lizzie. Ella estaba usando un traje completo de oso (regalo de abuela Esme, por cierto), en donde sus orejitas le daban un aspecto tan tierno que solo quería correr hacia ella y comérmela a besos. Al acercarme más, ya con crema en la piel y la bata puesta, sentí que Lizzie despertó y sumado a sus quejidos, un aroma nada agradable salía de su pañal.
Carcajeé.
—Oh no —susurré.
Edward abrió sus ojos, algo cansado porque llevaba varios días queriendo que durmiera y levantándose él para alimentarla con mi leche, y cuando me vio, inmediatamente dio un brinco, tocando a Lizzie para asegurarse de que siguiera en su pecho.
—Creo que nuestra nena se hizo —dije, apuntándole al pañal.
Frunció el ceño y comenzó a oler.
—Mierda. —Bufó—. La acabo de bañar.
Arqueé las cejas.
—Yo la cambio.
—No. Es mi turno.
—Ha sido tu turno hace más de una semana.
—Pero me gusta.
—¿Te gusta la caca? —Lo miré extrañado.
—La de Lizzie sí.
Me reí.
—Voy contigo.
Cuando la acomodó en el mudador y le sacó todo, notamos que estaba manchada hasta la espalda. Edward quería morirse, pero como buen padre, no se chistó y fue a buscar agua tibia para limpiarla nuevamente. Yo me quedé mirándola, viendo cómo analizaba todo su alrededor como algo nuevo en esos ojos inocentes y expectantes, frágiles, necesitados de protección.
—Te amo tanto, Elizabeth —susurré, acariciando sus mejillas—. Esperé toda la vida para tenerte sin saberlo.
Ella hacía movimientos con su boquita, bostezando y luego saboreándose en esas encías tan rosaditas. Sus ojos, cada día más verdes, eran tan de Edward que mi corazón brincaba de alegría. Era tan suya como mía, y eso me estremecía hasta las entrañas.
—Te amo, mi nenita, lo haré siempre.
De pronto, sentí la mano de Edward, que me había escuchado mientras le hablaba a Lizzie.
—Mamá te ama, ¿la escuchaste? —le preguntó, acercándose para besarle las mejillas mientras hacía ruiditos suaves con esa voz dulce y encantadora—. Se parece tanto a ti. —Me miró—. La veo y veo a la mujer que más amo en este mundo.
Suspiré.
—Ella algún día sabrá todo lo que nos ha costado estar aquí y que su existencia marca un antes y un después en cuán importante es lo que somos y seguiremos siendo —afirmó.
—Claro que lo sabrá.
—Ahora… Creo que debes volver a lavarte, ¿eh? —le dijo, acunando su rostro con sus grandes manos.
Lizzie sonrió, mirándolo con mucho amor. Luego lo hizo conmigo y vi el brillo en sus ojos, uno marcado con esa conexión que nunca se destruiría. Era la pequeña de mamá, y sería la única en mi vida, siempre.
Cuando ella estuvo limpia otra vez, Edward y yo nos acostamos juntos mientras le daba pecho a mi hija. Él puso algo de música y yo me acomodé sobre su pecho mientras Lizzie disfrutaba sin miramientos en un proceso que siempre teníamos juntas.
—¿Qué tal si hoy dormimos con ella? —me preguntó al oído.
Suspiré, ya adormecida.
—Me encantaría.
Él siguió abrazando a sus flores, dándome besos suaves, besos que rápidamente me hicieron caer en un completo espiral de vitalidad y que, sin duda, me mantenían en una burbuja de eterno amor que jamás iba a disolverse.
—Te amo —le susurré, mirándolo a los ojos.
—Y yo te amo a ti —respondió, besándome entonces.
.
Edward estacionó frente al departamento de Renata, un espacio residencial de lujo a gran escala. Quedaba muy cerca del suyo… o bueno, el que tenía antes. En el momento en que se enfrentó otra vez a la idea, tragó y apretó el volante.
La noche anterior, Edward me había comentado que no podía seguir ignorando la idea de que ella nos hubiera mentido a ambos, y en especial, que se haya acercado a mí en un momento tan vulnerable, por tanto me pidió que comprendiera su necesidad por buscarla y terminar todos sus intentos de veneno y, por supuesto, por acercarse. Le dije que podía esperarlo en casa, pero me suplicó que le acompañara, situación que me ponía un tanto nerviosa.
—No quiero actuar con impulsividad, sé que está enferma —susurró mirando al frente.
Además, habíamos descubierto que estaba en fase terminal y que solo tenía terapia paliativa, a la espera de su muerte. Estaba sola, sin Aro ni nadie que pudiera acercarse a darle consuelo.
—Lo sé, por eso debes pensar bien lo que vas a decirle, eso sólo tú lo sabes.
Suspiró y asintió. Se giró para encontrarse conmigo, sentada a su lado y estiró la mano para acariciarme la mejilla, su constante gesto de cariño.
—Ven conmigo —pidió.
Arqueé las cejas, muy contraria a la idea.
—No es correcto, este asunto es de ustedes y yo sólo puedo apoyarte desde aquí. No quiero interferir, tampoco imponer mi presencia, sólo quiero que estés tranquilo y que seas sincero, tú sabes qué hacer —dije con voz calma.
Edward no quería estar solo porque la rabia le comía el interior, podía ver sus ojos llameantes de recordar y de tan solo imaginar las cosas que ella me dijo esa vez en el parque, y bueno, yo tampoco lo había olvidado, Renata me había hecho mucho daño con sus palabras, había logrado confundirme e incluso hacerme pensar cosas de Edward que no debí tragarme, pero había sido mi culpa porque ¿no era él a la única persona a la que yo debía creerle? Pequé de tonta, ingenua e inmadura.
—No solo es sobre Renata y sobre mí, sino también de ti —insistió.
—Lo sé, pero esta vez eres sólo tú el que puede hablar con ella. Además… Lizzie no debe estar cerca de ella —afirmé, mirándola desde su sillita.
A sus cortos dos meses, mi hija solo necesitaba armonía en este mundo, nada más.
Asintió y me besó durante unos segundos. Al abrir los ojos lo encontré mirándome y entonces tomó aire para calmar ese fuego interior de furia.
—Te amo —susurró antes de irse.
Sonreí.
—Estaré aquí. Te amo —le respondí.
Miró a Elizabeth y también la besó, sacándole una sonrisita.
Edward se marchó por cerca de treinta minutos. El paso de los minutos fue lento, casi interminable. No podía negar que me habría gustado escucharla solo para sentir sus mentiras corriendo por el aire, pero solo significaría que mi rabia también empeorase y esta vez la situación era de ellos dos. De todas formas, yo sabía que en algún momento íbamos a encontrarnos y con ello las palabras entre las dos serían inevitables.
Mi cobrizo llegó cuando mi inquietud comenzaba a ascender. Se sentó de golpe en su lugar y de inmediato suspiró.
—Es agotador. Me palpita la cabeza —jadeó, cerrando los ojos con fuerza.
Me partía el corazón ver lo desgastado que se encontraba cuando esa mujer volvía a generarle problemas.
—Te haré algo llegando a casa, te ayudará a dormir y a quitarte todo esto de la mente de una buena vez.
Sonrió en medio de su gesto de incomodidad y me miró.
—A casa —susurró.
Le sonreí también.
—Todo lo que tenga amor se convierte en un hogar.
—Ven aquí. —Me tomó la mano y me acercó para abrazarme con apremio mientras escondía su boca en la curva de mi cuello. El calor de su respiración me generó deliciosos escalofríos y yo le acaricié el cabello—. Fue una dura discusión, intenté contenerme cuanto pude, pero aún así me costó, sé lo enferma que está.
—¿Qué te dijo?
—Que volverá a molestar, porque me ama.
Las tripas se me retorcieron de rabia, pero preferí callarme.
—Pero a ella solo le interesa no estar sola —añadió—, tener a alguien que pueda hacerle subsistir mientras aún tiene tiempo de vida.
—Está quebrada, ¿no?
—Sí, imagino que Jane te lo dijo en su momento, sé que no le cae bien, en realidad… los Vulturi ya no aceptan a esa mujer devuelta. Les robó en una ocasión, lo supe por ahí —susurró.
—Sí, fue Jane. Aunque no me sorprende que lo haya hecho, si fue capaz de traicionar a quien fue su esposo, ya nada me asombra de ella —musité. Edward no respondió, él seguía con sus labios en mi cuello, respirando al unísono el aroma de mi piel—. ¿Qué te dijo finalmente?
—Ella… Ella no se quedará tranquila, su ímpetu es más fuerte que la enfermedad. Probablemente volverá a generar caos o quizá no, yo sólo espero que no se acerque a ti porque, de ser así, no responderé como lo hice ahora —dijo con la respiración pesada. La rabia acumulada seguía hiriéndolo, representada en ese dolor de cabeza.
La idea de que ella volviera a molestar me ponía inquieta, pero ahora estábamos juntos, abiertos y sinceros, ya no iba a quedarme callada e iba a actuar, porque si bien Edward quería protegerme, yo también iba a hacerlo. No iba a permitir que esa mujer regresara a hacerle daño porque así como podía dar la vida por Todd, lo haría por Edward. Era suficiente de que personas de esa calaña insistieran en pasar a llevar a los hombres más importantes de mi vida, incluido mi padre y mis hermanos, yo podía ser fuerte para ellos, más de lo que podían pensarlo.
—Bella —me llamó—, no dejaré que se acerque, te lo juro.
Asentí.
—Quitémonos de la cabeza a esa mujer, que quede en el olvido, puede que vuelva y puede que no, solo estoy segura que me quieres y que esto no nos detendrá. Ya aclaraste lo que tenías que aclarar y es el momento de que pensemos en los dos. Mírate, estás adolorido y me parte el corazón verte así.
—La primera vez que me viste así creías que seguía enamorado de ella.
Pestañeé y me separé para poder mirarlo a los ojos.
—No me culpes —susurré—, tenía miedo de lo que sentía, aún ni siquiera me había dado cuenta de todo lo que sentía por ti y… esa mujer era como una llaga en nosotros.
Suspiró y arqueó las cejas de pesar.
—Yo ya lo sabía —desvió la mirada hacia el lado, volviendo a sus recuerdos—, hasta ese entonces, cuando eso pasó, yo lo sabía pero no quería asumirlo. No podía amar a esa mujer, la idea es… tan utópica cuando estabas tú. Ese dolor era desesperación, rabia y rencor. Y llegaste, preocupada y sin darte cuenta de cómo te miraba, embelesado y enamorado hasta la célula más recóndita de mi cuerpo.
—Dios —gemí—, no quiero volver a callarme por miedo, tú no lo vuelvas a hacer.
—No, jamás volveré a cometer semejante error.
Nos besamos y luego nos volvimos a dar un abrazo. Me grabé su aroma por enésima vez y lo cobijé en mi calor, esperando a que se sintiera mejor.
—Bien, vamos a casa —dije—. Y manejaré yo, ¿sí? No puedo permitírtelo con ese dolor.
Edward me miró un tanto reticente, pero otra puntada le hizo cerrar los ojos así que no tuvo escapatoria. Mientras yo manejaba devuelta a su departamento él se quedó dormido, apoyado ligeramente con su cabeza en mi hombro. Cuando me topé con un semáforo en rojo, me quedé un buen rato mirándolo, asombrada de lo joven que se veía cuando la paz lo envolvía. Pero entonces pensaba en todos los años que vivió con dolor, con el rechazo de su madre y con la idea de que él no era suficiente para querer, en especial luego de lo que le hizo esa mujer. Me partía tanto el corazón el imaginar cómo desde pequeño su vida giró en torno al desenfreno y a las malas compañías, el perder a su hermana…
—Pero ahora yo soy tu hogar y voy a quererte siempre —le susurré, acariciando los mechones que le habían caído por su frente.
Suspiré y le besé la frente para entonces ponerme a manejar otra vez.
.
Trace estaba entusiasta mientras revisaba, una y otra vez, lo que había comprado para su primer aniversario de mes con quien fue mi gran amigo en el pasado.
—¿Te das cuenta? —me mostró su tenida y yo sonreí.
—¿De verdad planeas que no te moleste? Por Dios, qué enamorado estás.
Se rio.
—Digamos que entre nosotros nos entendemos. —Me guiñó un ojo.
Me acomodé en mi silla de la oficina para seguir trabajando e instintivamente me puse a revisar el caso de los Cullen, caso del que no podía desprenderme a pesar de los meses, era como si, instintivamente, supiera que algo malo iba a encontrarme en algún punto de mi cause hasta saber la verdad.
Trace se marchó y yo me quedé mirando la fotografía que Edward me envió desde casa, donde estaba cuidando a Lizzie. Me parecía tan tierno y yo solo quería salir pronto de la oficina para irme con ellos, solo me quedaba terminar por arreglar algunos asuntos en los que Trace me imploró ayuda y luego me iría felizmente con mi familia.
Iba a levantarme de la silla para sacarme un poco de leche, ya que me sentía algo congestionada, pero me frené cuando vi que venía entrando Ethan Cullen, a quien no veía desde antes de que Lizzie naciera. Nuestro único nexo había sido aquel pequeño dije de plata que le había regalado a su sobrina, único gesto que lo unió a ella. Desde entonces, Ethan nos evitaba, tanto así que pidió unas vacaciones y se marchó a Europa. Creí que no volvería aún… hasta ahora.
—Hola, Ethan —saludé, sintiéndome contrariada.
Ethan me contempló de la misma manera de siempre, situándome en un espacio de incomodidad rotunda. Siempre había deseo y ganas de más en ese mirar tan intenso, lo que a ojos de cualquiera significaba que quería, a toda costa, entrometerse con la esposa de su propio hermano.
—Estás muy hermosa, Isabella. No pensé que al verte iba a sentir lo mucho que te extrañé.
—Ethan…
—Ya sé —afirmó—. Quería asegurarme que tú estabas bien después de…
—De que mi hija nació, ¿no?
Asintió.
—Pudiste preocuparte de estar presente cuando era prudente, Ethan, al fin y al cabo es tu sobrina…
—La hija de la mujer de la cual me enamoré.
Me pasé una mano por la cara, hastiada de esas palabras.
—Lo sé, pero no voy a callarme nunca.
—Ethan, solo te pido respeto… ¿Cómo no notas que esto ya no solo me compromete a mí y a Edward, sino también a nuestra hija?
Apretó la mandíbula, contemplando mi anillo y la fotografía que tenía sobre mi escritorio. Su mirada se tornó furiosa y algo desesperada ante, quizá, el impedimento que tenía de poseer una mísera posibilidad de estar conmigo.
—¿Tú crees que para mí sigue siendo fácil? ¡Tuve que irme de este maldito país por semanas para quitarme la imagen de ti siendo la familia perfecta con Edward! —espetó con tanta vehemencia que Trace no tardó en llegar, dispuesto a ver qué ocurría.
—¿Qué pasa, Bella? —preguntó, acercándose a mí.
Ethan apretó aún más fuerte su mandíbula.
—El amor que siento por ti cada vez crece más, y lo peor es que estás ciega de amor por Edward, y nunca vas a darte cuenta que él está muerto por dentro y que todo lo que consigue es hacerle daño a los demás —afirmó él.
—No te permitiré que digas eso de mi esposo, nunca —dije.
—Cuando ocurra, sabrás que estaré para ti. Recuerda que aunque no lo quieras, mi hermano sigue teniendo los fantasmas de esas dos mujeres con las que se revolcó, siendo lo que es, un hombre de bajos instintos.
Tragué con la rabia acumulada en la garganta. No pude decirle algo al respecto, hacerlo significaría gritarle y él no iba a entender que Edward jamás sería como lo creía, que nos amábamos y que estábamos enamorados también de nuestra familia. En sus ojos vi un dejo de tanta oscuridad que, además, no pude corresponder a más que acceder a que se marchase.
—¿Estás bien? —me preguntó Trace.
Asentí y me senté de golpe en mi silla.
—Está obsesionado contigo —afirmó, frunciendo el ceño—. No me gusta. Edward…
—Tengo que buscar la manera de hacerle entender que nunca conseguirá nada conmigo.
—¿Crees que lo entienda?
Bajé la mirada, sin saber cómo responder a eso, porque a pesar de que quería que así fuera… mi instinto me decía que eso jamás iba a suceder.
.
Mis pantalones amarillos, apretados y elegantes, eran la bomba. Todos se giraban a mirarme mientras el viento me daba en la cara, la mayoría reconociéndome y los otros asumiendo quién era. Edward y yo estábamos tomados de la mano, caminando hacia su oficina, mientras… bueno, Lizzie miraba a su alrededor dentro del saquito que tenía junto a mí, como un cangurito junto a mamá.
—Buenos días, señora —me decían y yo intentaba aguantarme la risotada de alegría.
Edward, mucho más correcto y serio (con ellos, por supuesto), no se chistaba en absoluto por cómo me llamaban, el gusto en sus ojos era delicioso. Me tenía tomada de la mano, con nuestros dedos entrelazados y su cuerpo cercano al mío, caminando en sincronía. A ratos le lanzaba besos a nuestra nenita, que me resultaba tan hermosa. Estaba enamorada.
Una vez que subimos los escalones hasta el hall de la dirección, Zafrina, la segunda asistente llamada Amanda y los demás que trabajaban codo a codo con Edward, se acercaron a saludar. Nunca pensé que iban a recibirme con tanta calidez, parecía que supieran todo lo que significaba para su jefe o algo así. Aunque, pues, yo era la esposa y la mamá de su hija, solo faltaba que barrieran el suelo antes de que fuera a pisar.
—Qué gusto verla nuevamente, señora…
—Bella —dije con una sonrisa mientras le tomaba la mano tendida a Zafrina.
Ella pestañeó.
—Ese es su nombre, Zafrina —respondió Edward con calma.
—Es un gusto verla nuevamente, Bella —volvió a empezar, ahora mucho más relajada.
—Oh, y ella… —Se llevó una mano al pecho.
Era la primera vez que mostrábamos a nuestra hija al mundo, en especial al de Edward. Éramos muy celosos y queríamos guardárnosla con nosotros hasta que fuera estrictamente necesario sacarla al exterior y hoy era ese día.
Los que pasaban se giraban a mirarla, impresionados de ver a la hija del imponente jefe máximo del lugar. Y bueno, ¿cómo negarlo? Si era hermosa.
Yo suspiré mientras la miraba, llena de amor, de vida y de tantos sueños para ella. Lizzie me miró y sonrió, pestañeando con lentitud debido al relajo de estar junto a mí y de haber bebido otra tanda de leche de mamá. La amaba tanto, tanto, tanto, que no tenía palabras. Aunque sí, a veces no me dejaba dormir y solía tener mucho miedo siempre, despertando asustada ante la idea de que haya dejado de respirar o que simplemente algo le haya sucedido, pero… ahí estaba, enseñándome un nuevo mundo y una nueva forma de ver la vida que jamás pensé llevar de esta forma. Con Edward era magnífico y él lo disfrutaba tanto que, a veces, me hacía pensar seriamente que él había nacido para ser papá. Era tan cariñoso, atento y delicado con ella, incluso más de lo que era conmigo.
Los demás se acercaron también a saludar de manera calurosa, tomándome la mano con respeto.
—¿Quiere algo para beber? —me preguntó la segunda asistente, Amanda.
—Un té estaría bien. Gracias.
—Yo esta vez pasaré del café, una preciosura que conozco me pidió que lo dejara por un tiempo, empeoran los dolores de cabeza —dijo él, sonriendo para entonces besarme la sien—. Quiero un té también. Gracias.
De reojo noté que nos estaban mirando todos, algo curiosos por este dulce y adorable Edward, tan alejado del serio y maduro ingeniero que seguramente estaban acostumbrados a ver.
Zafrina se le acercó a Edward con su tableta entre las manos y comenzó a decirle todo lo que se le venía para el día. Antes de volver hacia mi esposo, que aún estaba distraído con Zafrina, Amanda me llamó.
—Es un agrado verla nuevamente por aquí —añadió—, nos alegra a todos.
Iba a responderle, pero Amanda notó que Edward ahora nos estaba mirando, muy curioso e intrigado. Yo finalmente le guiñé un ojo y me volví hacia mi cobrizo que tenía los ojos entrecerrados, mirándome inquisitivo.
—¿Qué estabas tramando? —inquirió, pasándome una mano por la cintura.
—Al parecer me extrañaban aquí —quise bromear, algo conmovida por las palabras de Amanda.
—No está equivocada, Bella —dijo Zafrina, sonriendo para luego marcharse.
Le sonreí a Edward y tiré de su mano para que fuéramos a su oficina.
—Sí que te extrañaban —murmuró, muy pensativo.
—¿A mí o al hecho de que al fin te vean sonreír? —inquirí.
Él se rio por lo bajo y me tomó las mejillas con sus manos.
—Debo confesarte que no fui buena compañía cuando no estabas aquí, estaba todo el día de mal humor y me convertí en un perfecto tirano. Seguro pensaron que soy un jefe de mierda. Ahora que te encuentras a mi lado no dejo de sonreír, Zafrina podría traicionarme ahora y no me importaría.
Negué y me eché a reír.
—Sabes que eso no es cierto.
—Bien, me importaría, pero si estás a mi lado lo demás parece más tranquilo y controlable.
Cerré los ojos ante sus besos en mi frente, nariz y labios, culminando en un suspiro de mi parte.
Me acerqué a su escritorio, tan amplio y ordenado, y me sorprendí de ver una fotografía mía con Lizzie entre mis brazos. Era cuando apenas ella había nacido.
—Tengo esa fotografía hace mucho. Es mi favorita.
Yo la tomé por unos segundos y acaricié el pulcro marco mientras pensaba en estos gestos, esos que escondía y no me permitía ver antes.
Él me tomó por sorpresa desde la cintura y entonces me aprisionó a sus brazos.
Lizzie dormía de manera profunda en mi pecho.
—¿Qué ocurre? —le pregunté.
—Nada, solo estoy feliz —susurró.
Sonreí.
—¿Por volver al trabajo luego de estos días de descanso? —Me hice la tonta.
—Claro, aunque no sería lo mismo si tú no me hubieras acompañado.
—Quizá me quede un tiempo aquí para molestarte, me gusta cuando Amanda me trae té.
Sus ojos se volvieron aún más luminosos, así como su sonrisa entre dientes.
—Además, el silencio aquí es magnífico, podría avanzar en mi auditoría.
—Mientras te sientas cómoda, puedes quedarte todo el tiempo que quieras. Yo soy feliz viéndote aquí, tu sola presencia es suficiente.
—Entonces… no sólo ellos me extrañaban aquí, sino que tú también.
—¿Te cabe alguna duda? —inquirió, juntando su frente con la mía.
Me puse a reír y él aprovechó de darme un beso intenso que por poco me roba por completo la respiración. Sentía escalofríos por todo mi cuerpo, sintiéndose elevar mientras me sostenía fuertemente de sus brazos, que aún se mantenían aferrados a mi cuerpo.
—Señor Cullen, Sra. Bella, con permiso, les traje el… té —dijo Amanda, interrumpiéndonos abruptamente.
Edward y yo teníamos la respiración algo agitada al separarnos, aún apegados e incapaces de dar un paso al costado como hasta un tiempo atrás, donde temíamos de nuestro alrededor.
—¡Lo siento mucho! —exclamó ella, haciendo una mueca de nerviosismo.
Mi cobrizo estaba serio, pero en sus ojos se vislumbraba la chispa de la diversión. Yo estaba a punto de reírme, pero preferí actuar con madurez.
—No te preocupes. Gracias por el té —le dije para quitarle importancia.
—La próxima vez toca la puerta, gracias —murmuró él, tirándose el cuello de la camisa para acomodar su semblante.
—Descuide, no volverá a ocurrir. Lo siento.
Yo rodé los ojos. ¿Por qué tenía que ponerse tan serio cuando se trataba de los demás?
Edward se sentó en su silla para asegurarse de comportarse como el ingeniero intachable e imperturbable que le gustaba ser para los demás, olvidándose de sus labios llenos de lápiz labial rojo. Me aguanté otra risotada y él lo notó de inmediato, entrecerrando los ojos y luego rompiendo a reír casi al instante, lo que hizo que Amanda también se nos uniera.
.
La calma en este lugar era fantástica. Como Edward odiaba los ruidos, todos procuraban mantener el silencio perfecto para él, por lo que aproveché de trabajar. Edward me ofreció una de las oficinas desocupadas que eran parte de la dirección para que pudiera estar más cómoda, pero preferí quedarme a su lado, sentada cómodamente en el sofá.
Él ahora estaba tranquilo haciendo lo suyo, mirando hacia su laptop, los planos y la tableta, todo a la vez. No sabía cómo no se agobiaba, simplemente seguía calmo, muy concentrado, aunque en instantes se quebraba y me contemplaba por ratitos, terminando en una sonrisa entre los dos, para entonces mirar a nuestra pequeña, que seguía durmiendo junto a mí.
En el momento en que me dispuse a recapitular todo mi trabajo nuevamente, devuelta a la realidad a la que debía enfrentarme, me encontré con el nombre de Edward. Casi por inercia me perdí en su perfil, en ese hombre guapo al que amaba con una intensidad tan innata que me impedía creerlo culpable de algo tan horrendo como la traición hacia sus padres, así como Ethan había insistido tanto.
Caminé hacia él y me senté sobre sus piernas. Edward no dudó en recibirme, algo curioso por mi silencio. Me recorrió el muslo con sus dedos y yo puse una de mis manos en su nuca y cuello. Finalmente, miramos a Elizabeth y nos acomodamos juntos, viéndola como un par de enamorados.
—Estás tensa —destacó.
Tragué.
—Es sobre la auditoría de tus padres.
—Sabes que me incomoda que sigas trabajando en ello.
—Lo sé. Pensaba en la última información que Ethan me entregó, eso es todo… Me obsesioné con el caso y, aunque sé que es peligroso, necesito saber qué pasa. Esa información era de alguien que no quería que saliera a la luz, porque surgieron detalles nuevos. —Él me contemplaba muy atento, sin sospechar en absoluto—. Entre esos detalles estabas tú. Lo sabes.
Miró al suelo.
—Esos nexos de esa gente, las mismas personas que Carlisle tuvo que despedir.
Su rostro se descompuso y con ello las venas de su cuello comenzaron a hincharse, su agarre en mi muslo comenzó a doler y yo le tomé la mano para que se tranquilizara.
—Bella, no sé qué demonios hago ahí. Esos… idiotas… —gruñó, recordando a todos los directivos—. ¿Para qué hacerme esto? La última vez que tuve contacto con ellos fue hace mucho tiempo. Papá confiaba en ellos por mí, porque yo los recomendé y con todo lo que hicieron pude haber perdido la confianza de mi padre. —Me miró otra vez—. Alguien quería que dudaran aún más de mí… o que tú desconfiaras de mis intenciones.
—Subestiman lo mucho que te amo si esa es la idea de quién sea que esté detrás —dije firme—. Sé que Ethan duda de ti, la primera vez me lo dejó en claro y ahora, si llega a saberlo, irá corriendo hacia tus padres a destapar esta mentira. Yo no lo creí hasta entonces, menos lo haré ahora.
Me tomó una mano y se la llevó a los labios mientras miraba al horizonte con la preocupación en sus cuencas.
—¿Quién lo sabe?
—Sólo Trace y yo, y él está totalmente de nuestro lado.
Suspiró.
—Tengo que hacer algo pero no sé qué. No sería capaz de cometer un crimen contra mis padres, aunque las cosas no estuvieron del todo bien entre nosotros, no es algo que yo haría. —Su respiración estaba entrecortada de la rabia.
Volví a tragar, porque Ethan volvió a mi mente, casi instantáneamente. Sólo él sabía que Edward y yo teníamos historia para ese entonces. ¿Quién más podía saberlo? ¿Cuál era el fin? ¿Que la contadora se confundiera y con ello las balas apuntaran exclusivamente a Edward? ¿Por qué alguien querría hacerle esto? Si las cosas iban mal, él podría perder todo su progreso intachable en este rubro, sus proyectos se irían al suelo.
—Tengo que hablar con Ethan —murmuró entre dientes—. Tengo que hacerlo desde que, además, te buscó en tu oficina.
—Cariño, mantén la calma, por favor, Trace está ayudándome y…
—No puedo, Bells, si ese imbécil intenta confundirte como la última vez no voy a quedarme más de brazos cruzados, menos si se vuelve a acercar.
Él vio mi expresión, sabiendo muy bien que yo pensaba lo mismo.
—También estás desconfiando de él, crees que quiere confundirte.
—Tengo dudas respecto a todo con Ethan, ha estado ayudándome, pero también…
—También quiere algo más contigo.
Suspiré.
—Sé que sigue enamorado de ti —murmuró, poniéndose muy rígido—, cuando lo veo mirarte es tan notorio que me revuelve el estómago, quiere lo que yo tengo: mi esposa y mi hija.
Bajé la mirada, incómoda de que lo asumiera con tanta facilidad.
—Es tanto lo que siente, tanta su locura por acercarse a ti, por hacer que dejes de centrar tu atención en mí, que busca hacerte dudar de mi persona cuando debería preocuparse de encontrar al verdadero culpable. Es un idiota. Yo creí que iba a solucionar las cosas y ahora solo se está dejando llevar por lo que siente por ti —espetó, muerto de celos—. No debí decirle a mi padre que era la carta idónea para comandar la empresa mientras él se daba un descanso de todo, ahora se está dejando llevar por ti, Bella.
Respiré hondo para relajarme.
—Tengo que hablar con él, necesito aclarar las cosas antes de que asumamos la situación. Aún me cuesta creer que Ethan busque perjudicarte, es tu hermano…
—Haría lo mismo si él estuviera contigo mientras me como el amor que siento por ti. Mi hermano y yo no tenemos lo que tú compartes con los tuyos, Bells, tienes que entenderlo.
Me quedé callada, un poco entristecida de escucharlo decir eso.
—Quiero dejar de hablar de esto ahora, por favor, me pone de mal humor y no quiero arruinar este día por nuestras suposiciones. Además… Lizzie va a despertarse.
Suspiró.
—Está bien, tienes razón. Ahora, creo que lo que importa es que tendré que resguardarme legalmente y, por supuesto, averiguar qué ha ocurrido con Ethan —susurró, más calmo.
Me tocó la mejilla con la palma de su mano y me dio un suave beso.
—Gracias por confiar en mí y no dudar de quién soy.
Lo abracé y él me cobijó con sus brazos, sosteniéndome muy fuerte.
—Te amo —le dije con sinceridad.
Lo sentí oler mi cuello y luego esconderse en mi hombro.
—Te amo —murmuró con suavidad.
Tocaron a la puerta de la oficina. Edward dio la orden para abrir y entonces se asomó Zafrina, sosteniendo un legajo entre sus manos.
—Sr. Cullen, el jefe del sector cuarenta y seis necesita que vaya a inspeccionar algunos detalles en la zona, aprovechando que ha venido a la oficina. Todo está despejado, los obreros están en pausa de alimentación —comunicó ella.
Edward dejó a un lado la pluma que recién había tomado y se levantó tirando de su traje con seriedad.
—Bien, iré enseguida, necesito supervisar algunas cosas más antes de que los obreros vuelvan a su trabajo —murmuró, cerrando su laptop.
—Por supuesto, Sr. Cullen, daré el aviso de que bajará hasta allá.
Una vez que Zafrina se marchó, él se acercó volviendo a mirarme como el Edward que sólo a mí me permitía conocer.
—Volveré pronto, no tardaré más de una hora —me dijo.
—Claro, ve tranquilo, yo estaré en lo mío. Buena suerte allá, mi guapo ingeniero.
Depositó un beso en mi frente y luego me guiñó. Enseguida miró a Elizabeth, a quien le susurró un te amo y luego le besó la cabecita.
En medio de mi soledad Lizzie comenzó a despertar de hambre, así que me acomodé afuera para poder hacer un paseo mientras le daba de comer. En medio de aquello, Zafrina venía caminando y tropezó conmigo, derramándome un poco de gaseosa en mi blusa y pantalón.
—¡Sra. Cullen lo siento mucho! —exclamó, poniendo su taza sobre el mueble más cercano para comprobar cómo estaba.
—¡Oh no, mi blusa! —lloriqueé.
—Señora, perdóneme. ¡Dios mío! ¡Espero no haber incomodado también a la pequeña!
—Bella, sólo Bella —insistí—. Y no, descuida, cuando disfruta de la leche de mamá, ella no siente nada, ¿no es así, mi cielo? —le pregunté, acariciando su mejilla.
Suspiré.
—Y tranquila, fue mi culpa, no estaba pendiente yo tampoco.
Los demás trabajadores vinieron a ver qué me había ocurrido, ¡como si fuese de cristal! Demonios, Edward, ¿qué les hiciste para que piensen que soy un ser inmaculado?, pensaba mientras intentaba despegarme la blusa de la piel.
—Estoy bien —intenté decirles, pero no dejaban de preguntarme una y otra vez lo mismo.
—Venga conmigo, le ayudaré a limpiarse —dijo Zafrina.
Nos acercamos al baño, desde donde pude ver la mancha que probablemente jamás iba a salir.
Adiós, blusa.
Zafrina mojó un paño y comenzó a ayudarme mientras sonreía afligida.
—Suelo ser muy torpe cuando me lo propongo, no la vi, de lo contrario me habría detenido. No sabe cuánto lo siento.
—Hey, tranquila —la calmé, algo extrañada por el nerviosismo en su mirada. Entonces recordé la vez que tropecé con la esposa de Aro, aquel tiempo en el que era mi jefe, y el mundo se me cayó a los pies. Vaya, en verdad la entendía—. No hay problema con esto, Edward se reirá, te lo aseguro, es decir ¡mírame! Demonios, la torpe fui yo, en realidad suelo serlo bastante pero me limito a conocer mis áreas. —Sonreí.
Zafrina relajó los hombros, porque yo evidentemente no eran Dídima, la esposa de Aro, que dio un grito al cielo cuando tropecé con su caro traje de sastre.
—Lamento actuar como si el Sr. Cullen me aterrara, no quiero que se imagine que nos tiene a todos pávidos de su presencia, es un muy buen jefe.
—No, no me lo creería jamás, es un dulce, bueno, al menos conmigo. Él cree que es todo un serio, pero la verdad es que no. —Apreté los labios, muy segura de eso.
Ella me miró unos segundos y entonces sonrió, quitándose esa fachada de asistente responsable.
—Sí, es un poco serio con nosotros, algo… perfeccionista y exigente. —Se rio, más en confianza—. Es inevitable que todos nosotros seamos como él.
—Ya lo veo.
Alguien tocó a la puerta, alertándonos ante la vigorosidad de los golpes. Nos giramos y vimos a Amanda, que finalmente asomó la cabeza con los ojos muy abiertos, casi horrorizados.
—Señora, me han llamado desde la construcción —exclamó, sosteniendo un lápiz con mucha fuerza en una de sus manos. Estaba tiritando.
Al ver su expresión me alejé de Zafrina, como si algo en mi interior se comenzara a deshacer de a poco. Ella no necesitaba hablar para explicarme que algo iba mal, sus ojos eran suficientes para eso.
—El Sr. Cullen ha tenido un accidente —fue lo único que dijo y yo, sintiendo una sensación de desvanecimiento en cada una de mis células, no tardé en tomar mis últimas fuerzas, sostener a mi hija y correr hacia afuera.
Buenas tardes, les traigo un nuevo capítulo de esta historia. Como ya saben, nos vamos acercando al final, actualmente ya quedan cuatro capítulos para decir adiós al Bombón y a su Flor de Colores. La llegada de su pequeña ha sido una aventura llena de felicidad para ambos, y la demostración del amor que le tienen con tanta viveza es total sinceridad de unos padres que, sin saberlo, la esperaron toda una vida. Ella aún es pequeña y quedan aventuras que conocer de esta familia a la que se le integró esta nenita que, sin duda, les robará el corazón. Sin embargo, ellos también son la misma fogosidad de antes, aprendiendo que tener a su bebé no los privará jamás de ser lo que fueron en un comienzo. ¿Qué piensan de lo que está sucediendo con Renata? ¿Vuelve? ¿Qué pasa con Ethan y esas miradas que a Bella la tienen tan incómoda? ¿Qué ocurre con lo que sucede alrededor de Edward y las acusaciones? ¿Qué pasa ahora con ese final? ¿Qué ocurrió con el Bombón? ¡Cuéntenme qué les ha parecido! Ya saben cómo me gusta leerlas
Primero, agradecer a mi beta Meli por ayudarme a corregir el capítulo, pero sobre todo, a instarme a continuar cuando todo es complejo. Gracias infinitas por creer en mí y acompañarme en el proceso, al igual que a ti Vania, Jeli, Vale, Nicole, Luisa y todas quienes son parte de mi equipo administrador y moderador, ¡gracias!
Agradezco los comentarios de SeguidoradeChile (jajajaja, gracias, cariño), CazaDragones (awwwwwww, muchas gracias), AnabellaCS, lauritacullenswan, viridianacruzconti, Coni, Nelly McCarthy, DanitLuna, Marxtin, ariyasy, Olga Javier Hdez, Ivette marmolejo, Diana2GT, kathlenayala, Pam Malfoy Black, sheep0294 (aww, pobre de nuestro Bombón, ¿no?, cavendano13 (nuestro Bombón ya no solo tendrá que quitar a los buitres de su Flor de Colores, sino también a su nueva pequeña florecilla jaja), Liz Vidal (Renée ya pronto aparecerá, tranquila jaja), Abigail, saraipineda44, Jenni98isa (qué palabras tan ciertas, gracias), Ana, maribel hernandez cullen, Noriitha (me sonrojas), twilightter (muchas gracias por tus palabras, es un agrado saber que eso piensas de mí, de verdad), Isabelfromnowon, freedom2604 (el Bombón es eso, un bombón), Gladys Nilda, alejandraabogada22, Jeli, dana masen cullen, Lore562, Kamile PattzCullen, Mayraargo25, jupy, caritofornasier, Rero96, Valevalverde57, Andre22twi, patymdn, LuAnka, sueosliterarios, Robaddict18, Bell Cullen Hall, Luisa huiniguir, Tina Lightwood, Belli swan dwyer, Dominic Muoz Leiva, Kora, Elmi, NarMaVeg, LizMaratzza, micalu (exacto, como tú dices, un review no cuesta nada, muchas gracias), Yesenia Tovar, Milacaceres11039, Ana Karina, PanchiiM, rjnavajas, BreezeCullenSwan, ELIZABETH, FlorVillu, debynoe12, Twilightsecretlove, alejandra1987, Ilucena928, VeroPB97, Ceci Machin, calia19, Tereyasha Mooz, Retia, Pancardo, Jocelyn, Alexandra Nash, joabruno, Joa Castillo, mahindarink05, morales13roxy, cary, nydiac10, JMMA, barbya95, DannyVasquezP, Chiqui Covet, Ana, MariaL8, Markeniris (muchas gracias, cariño), Adriu, Diana, Yoliki, krisr0405, damaris14, miop (¡feliz día también para ti!), MaleCullen, Celina fic, LicetSalvatore, PatyMC, Claudia, Mar91, Pameva, Miranda24, Brenda Cullenn, beakis, Valentina Paez, Maca Ugarte Diaz, Fernanda21, Flor Santana, VeroG, carlita16, Fallen Dark Angel 07, Elizabeth Marie Cullen, Nat Cullen, Teresa Aguirre, MasenSwan, isbella cullen's swan, Liliana Macias, maricarmen92, Fernanda javiera, morenita88, Mela Masen, Smedina, Gibel, Tecupi, Car Cullen Stewart Pattinson, Srita Cullen brandon, Valeeecu, torrespera172, sool21, angryc, seelie lune, claribelcabrera585, camilitha cullen, Santa, Vanina Iliana, AndreaSL, Esal, florcitacullen1, Alimrobsten, GabySS501, Angelus285, Hanna D. L, bealnum (hola, cariño, la verdad me confundí un poco con tu review. Bella no es paciente de cesárea, al menos no bajo lo que me dices, porque Bella nunca ha tenido hijos antes, ¿de qué parto anterior me hablas? De todos modos, gracias por tu review), Coni, selenne88, Cullenland y Guest, espero volver a leerlas a todas nuevamente, cada gracias que ustedes me dejan es invaluable y me hacen enormemente feliz, en especial ahora que esta historia que significa tanto para mí, está por terminar
Voy a estar pendiente de sus reviews desde ahora en adelante (mucho más que antes), porque quienes estén conmigo en esta recta final, recibirán un regalo que les encantará, no digan que no avisé
Recuerden que quienes dejen su review recibirán un adelanto exclusivo del próximo capítulo vía mensaje privado, y si no tienen cuenta, pueden dejar su correo, palabra por palabra separada, de lo contrario no se verá
Pueden unirse a mi grupo que se llama "Fanfiction: Baisers Ardents", en donde encontrarán a los personajes, sus atuendos, lugares, encuestas, entre otros, solo deben responder las preguntas y podrás ingresar
Cariños para todas
Baisers!
