N. de la A.: ¡Sean todos bienvenidos a un nuevo capítulo!
Lamento no disponer ya de tiempo como para subir un capítulo a la semana, pero no se preocupen, que esta historia continuará su desarrollo tal como estaba planeado desde un inicio. ¡Muchas gracias a todos por el apoyo! Son lo más. LadyYomi, Karensubero, OmegaSw, Albolao69, lalala199x, jhopeau, maricristiana2001, Opalohope, cintymuero77, virgin_sky, Kenji Himura... sé que me olvido de varios, ¡perdón!, soy una abuela con memoria de pez.
Quiero dejar un agradecimiento especial a Dany, que no tiene cuenta en Fanfiction y por eso respondo por aquí:
¡Eres muy tierna! Muchas gracias por tu apoyo y la buena onda. Me encantó cuando dijiste que en el grupo de Slam Dunk explicaste quién era Nanami. Te dejo un besote, y si quieres conversar un día, estoy en facebook como Stacy Adler ;)
Y, por último pero no por ello menos importante, a mi queridísima Saturnine Evenflow le dejo un abrazo gigante y muchos besos. ¡Estoy tan orgullosa de ti! Tu narración cada vez es mejor y más pulida. ¡Te adoro!
Si ven algún error, será corregido a la brevedad. Son las 02:15 y he terminado recién de corregir, pero como soy una abuela, me muero de sueño XD.
Disclaimer: Los personajes utilizados aquí son propiedad de Takehiko Inoue. ¡Gracias por dibujar y escribir una historia tan hermosa!
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Terminemos con esta distancia.
El día 31 de mayo de 1991 fue muy especial para Hanamichi Sakuragi, no solo por encontrarse cumpliendo diecisiete años, sino porque tenía el último control médico de su lesión a la espalda, en donde le informaban si podría volver a jugar de inmediato o le tocaba mantenerse en rehabilitación por otro mes más.
El muchacho no daba más de los nervios y, de paso, también estaba trastornando a Yohei con tanta ansiedad. Mitsui era otro afectado, pues el profesor Anzai se mantenía siempre sonriente y positivo, como si nada de eso le afectara realmente… porque a él no le importaba si era ahora o más adelante que Sakuragi volviese a la cancha; estaba seguro de que sería una estrella del baloncesto sin importar las pruebas que el destino le pusiera en frente.
Pero Hanamichi quería regresar ya. No era alguien que contara con la paciencia como una de sus virtudes, y poner esa característica en práctica sacaba en él escaras de frustración. Le picaba el cuerpo de ganas por enfrentarse a un equipo como Sannoh, Kainan o Ryonan otra vez, necesitaba con urgencia reafirmar que todos esos meses sin jugar no le habían quitado sus habilidades por completo. Aunque no dejaba de repetirse una y otra vez cual mantra que era un genio del baloncesto, único, de esos que nacen cada milenio, muy en el fondo temía haber perdido su toque por tanto tiempo sin tocar un balón. ¿Quién lo hubiera dicho? Que terminaría amando con desesperación un deporte al que llegó por accidente, y que en un inicio odiaba a muerte.
—Hanamichi, deja esa pierna quieta —le pidió Yohei mientras se encontraban en la sala de espera del Hospital de Rehabilitación de Kanagawa. El pelirrojo respondió con un gruñido inconexo, pero trató con todas sus ganas de no seguir balanceando su pierna derecha como si estuviera cosiendo a máquina.
A su lado se encontraba el profesor Anzai, Mitsui, y también Nanami, porque no hubo manera de hacer que se quedara con el Trío de Idiotas. Ellos se estaban encargando de preparar la casa de Ookusu para celebrar el cumpleaños de su líder apenas volviese de la consulta, listos para festejar junto a él, o animarlo, según fuera el caso.
Nanami se aferró como una garrapata a Mitsui y chilló que no habría poder humano capaz de hacerla perderse un momento tan importante para Hanamichi; por eso, y porque ya le estaba dando dolor de cabeza con esa voz tan aguda, Mitsui intervino a su favor para que los acompañara. Yohei ya se había resignado, al profesor no le incomodaba su presencia, y Hanamichi se negaba a admitir que le parecía agradable contar con su apoyo incondicional.
—Hanamichi Sakuragi y su tutor, adelante —anunció una enfermera abriendo la puerta de la consulta médica.
El aludido se levantó escopetado, rígido, mudo de nervios, y todo lo que venía formándose en su cabeza se esfumó como por arte de magia. Durante su delirio sicótico, se dijo que ni cuando se había confesado con alguna chica estuvo tan nervioso como ahora. Tragó saliva para deshacer el nudo que se le formó en la garganta… no le resultó, así que se internó en la consulta dando pasos robóticos seguido por el profesor Anzai.
Cuando la enfermera cerró suavemente la puerta, Nanami reparó en algo que nunca había pensado: ¿dónde estaban los padres de Hanamichi? Esa era una ocasión que ameritaba la presencia de alguno de ellos, a lo menos. Comprendió con horror que jamás le había preguntado por su familia. ¿Qué clase de amiga era? Él sabía todo sobre la suya: un padre dependiente en una tienda de deportes, una madre traductora de chino-japonés que trabajaba desde casa, una hermana mayor en segundo año de universidad, y un hermano menor en primer año de secundaria. Había aceptado con pasmosa naturalidad el que Hanamichi siempre estuviera en casa de Yohei, comprara comida regularmente en la escuela en vez de llevar su obento como los demás —aunque, pensándolo bien, cuando sí llevaba era idéntico al de Yohei—, y nunca hablara de sus padres ni se les viera en el horizonte por ningún motivo.
¿Debería consultar a Yohei o Mitsui por qué no lo acompañaban? ¿Sería prudente? Uf, la curiosidad estaba matándola junto con cierta preocupación a partes iguales. Luego reparó en que tampoco quería parecer chismosa…
—Haces unas caras muy graciosas cuando piensas —dijo Yohei, cortando la línea de sus reflexiones. Nanami replicó sacándole la lengua.
—¿Pensar? Si es igual de idiota que Sakuragi —intervino Mitsui con una ceja arqueada y los brazos cruzados.
—Jo, Mit-chi, qué pesado… —Cuando se quedaba en la luna, solía asomar el labio inferior hacia delante, gracias a lo cual se ganó el apodo de «cajón abierto» por obra y gracia de sus hermanos.
Bueno, lo mejor era esperar a que el tema saliera de forma natural entre Hanamichi y ella. Cuando llegara ese día, iba a preguntarle por sus padres. A lo mejor trabajaban fuera de la ciudad, como los de Fujii, y por eso no se les veía nunca.
Las reflexiones de todos se vieron interrumpidas por un estrepitoso alboroto proveniente del interior de la consulta. ¿Qué estaba pasando? Los jóvenes se preocuparon un montón, ¿sería que Hanamichi recibió malas noticias y por eso…?
—¡Puedo jugar! —gritó el pelirrojo abriendo la puerta con un golpe—. ¡El genio Sakuragi vuelve a jugar!
—¡Felicidades! —exclamó Yohei. Sus aplausos fueron muy pronto secundados por Anzai y Mitsui, que lo hacía muy a su pesar, pero no podía ocultar del todo que estaba contento por él.
Nanami chilló dando palmas y saltando de felicidad, pronunciando sílabas inconexas que no terminaron en nada coherente. Era un espectáculo entrañable, si bien extraño, pero los demás presentes en el hospital supieron que allí estaba ocurriendo algo muy bueno.
Hanamichi se encontraba tan enloquecido de alegría que alcanzó la papada del profesor Anzai y se la jaló hasta el cansancio, luego le dio un fuerte manotazo en la espalda a Mitsui, le revolvió tanto el pelo a Yohei que lo dejó imposible de ordenar, y, por último, cogió a Nanami y la alzó sujetándola de las costillas, igual que un padre a su hija pequeña, para dejarla aterrizar de golpe sobre su hombro. La acción tuvo el efecto de dejarla sin aliento, aunque no fuese a propósito, para nada. Era solo que Hanamichi apenas conseguía contener su éxtasis, por lo que actuaba únicamente por instinto.
—¡Mi espalda está recuperada por completo! —Y rio a borbotones, con una felicidad que no se le escuchaba en meses, con la niña ejerciendo de peluche sustituto acomodada en su hombro.
Tan rápido como abrazó a Nanami fue que la dejó nuevamente en el suelo, para seguir su rutina de felicidad contorsionando la cintura en los ángulos más impensados solo para demostrar lo bien que se había repuesto.
—Cálmate, Sakuragi-kun —le sugirió Anzai, colocándole una mano en el hombro con ademán protector—. No conviene que te estires así de golpe, has pasado muchos meses sin entrenar.
—¡No seas aguafiestas, gordo! —retrucó, ahora indignado.
—Mañana empezaremos a entrenar, te lo prometo.
Funcionó la táctica del profesor, porque Sakuragi se detuvo de inmediato. Sus ojos revelaron que estaba ansiando llegar al momento de coger por fin una pelota entre las manos lo más rápido posible, sentir la adrenalina atravesándole las venas desde los dedos hacia los brazos, gozar el sonido del balón atravesando limpiamente la malla… Una inyección de vida directo al corazón. Ahora no tenía límites, ni las nubes ni el sol podían retrasar su avance vertiginoso. Nadie podía hacer mella en su ímpetu. Hanamichi Sakuragi estaba de regreso en el basquetbol, ¡tiemblen Sendoh, Kiyota, Rukawa (no podía dejarlo fuera), incluso ese idiota con el que no pudo medirse llamado Morishige! Los iba a aplastar a todos. Hanamichi tenía el mundo entero en sus manos, y la sensación era indescriptible.
Mitsui y Anzai se miraron por un instante; el último sonrió cordial con un breve asentimiento de cabeza. Esa comunicación sin palabras fue captada por Yohei, quien decidió no intervenir sino únicamente concentrarse en apoyar a su mejor amigo, porque le preocupaba que tuviera expectativas ridículamente altas y se diera un buen porrazo de realidad en cualquier minuto.
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El cumpleaños número diecisiete de Hanamichi Sakuragi fue un acontecimiento importantísimo en su vida, y por eso nunca lo olvidó. La casa de Ookusu estaba decorada hasta la calle con globos de diferentes colores, había serpentinas esparcidas, y el Trío de idiotas de Wakou le esperaba afuera soplando las cornetas festivas con más fuerza que nunca, porque apenas le vieron la cara supieron de inmediato que la respuesta del médico había sido positiva. Celebraron arrojando confeti entre gritos y bocinazos, y le aseguraron apostando sus vidas que iba a volver a jugar baloncesto «igual que antes».
—¡Gracias, amigos! —exclamó Hanamichi, emocionado.
—¡No nos agradezcas! Tú solo da lo mejor de ti en la cancha. Nosotros estaremos apoyándote cuando te expulsen —acotó Takamiya, explotando de risa en el mismo instante que la frente del pelirrojo se estrellaba contra la suya.
—¡O cuando le vuelvas a clavar la pelota en la cabeza a alguien! —Esta vez fue Ookusu quien se ganó el cabezazo.
—¡O…! —Noma ni siquiera alcanzó a completar la frase.
Yohei recibió su cabezazo solo por proximidad geográfica, aunque no había dicho ni pío. Quedaron los cuatro miembros del Ejército tirados en el suelo, rodeando a su líder, que les había pegado de pura felicidad y ellos lo sabían muy bien. Era un cuadro extrañísimo que Mitsui, Nanami, y algunos de los miembros del equipo de basquetbol como Miyagi y Ayako apreciaron carcajeándose hasta casi llegar a las lágrimas.
La felicidad de Hanamichi era contagiosa. Su futuro brillaba igual que la sonrisa con reflejos de luna con que festejó hasta las once de la noche aproximadamente, momento en que partió junto a Yohei para quedarse en su casa imaginando las maravillosas jugadas que haría en su partido de regreso. Nadie iba a atravesar su defensa, encestaría desde cualquier ángulo, incluso Rukawa se vería opacado con su desempeño (especialmente eso).
La felicidad de Hanamichi, merecida por lo demás, daba gusto de presenciar y ser partícipe.
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El profesor Anzai cumplió su palabra respecto al entrenamiento, pues a las seis de la mañana ya estaba vestido con ropa de deportes cuando Hanamichi tocó ansiosamente a la puerta de su casa. Sobraba decir que el energético muchachito casi no había pegado ojo en toda la noche por la ansiedad que se entretejía con su éxtasis, tanto que Yohei también pasó despierto esas horas porque le resultaba imposible descansar con el muchacho transmitiendo cual cotorra.
La verdad era que el tipo estaba caminando sobre algodones, pero Anzai, algo preocupado de que chocara con la realidad muy de golpe, se propuso ayudarlo a poner los pies en la tierra otra vez antes de que el costalazo le costara su confianza.
—Sakuragi-kun —le llamó una vez arribaron a la cancha. La luz del sol había emergido poco rato atrás, mientras se desplazaban al único parque que estaba habilitado para practicar baloncesto—. Antes de que empecemos, vamos a charlar un rato.
—¿Qué? ¿Para qué?
¿Tal vez Anzai no comprendía lo extasiado que se encontraba allí, con el balón en sus manos al fin, sintiendo la rugosidad del material contra sus palmas? Tantos meses de espera para que le dijera que quería conversar… ¿era una broma de mal gusto?
Hanamichi estuvo a punto de reaccionar como lo hacía habitualmente: gritando estupideces, jalándole la papada al profesor, volviéndose loco… a punto. Sin embargo, cuando empezó a abrir la boca, Anzai lo sorprendió arrebatándole el balón con un rápido movimiento, impropio de alguien con su contextura física. Ni siquiera se movió de su lugar, solo necesitó estirar un brazo con la velocidad del rayo. ¿Qué había sido eso?
—¡O-oye, viejo! —exclamó, incapaz de decir otra cosa por lo sorprendido que estaba.
Luego, otro hecho llamó su atención más que haber sido despojado del balón por alguien que le triplicaba en edad. «Un momento… ¿el gordo bajó de peso? ¡Imposible!», reflexionó observando a su mentor con atención por primera vez en demasiado tiempo. Sí… podría aventurar que había perdido unos diez kilos por la forma en que la ropa le sobraba ligeramente a los lados. Incluso su mítica papada se había desinflamado un poco. De pronto, recordó que le habían encargado hacer dieta y ejercicio luego del infarto que sufrió en su presencia, la misma esposa de Anzai se lo confidenció cuando llamó a la clínica en donde se recuperaba para saber su estado de salud. ¡El viejo cumplió con el entrenamiento! ¿Cómo no se había dado cuenta antes? ¿Tan empecinado estaba en volver a jugar que dejó de prestar atención al resto del mundo…?
—Sakuragi-kun, hablemos —repitió Anzai. Su sonrisa era amable.
Hanamichi estaba muy aturdido todavía, por eso asintió sin volver a quejarse.
—Quiero decirte algunas cosas importantes antes de que comencemos tu nuevo entrenamiento. Primero: debemos encontrar tu estilo de juego propio.
—¿Ah? —Él creía tenerlo ya. ¿Se equivocaba?
—Te esforzaste el triple que una persona ordinaria porque querías superar a otros jugadores que llevaban años jugando baloncesto. Está muy bien, pero siendo tú mismo eres mucho mejor, Sakuragi-kun. —Boteó dos veces la pelota contra el suelo, luego se la devolvió al pelirrojo—. No tienes por qué ser un tirador de tres puntos prodigio como Mitsui-kun. Tampoco un base imparable como Miyagi-kun, ni alguien que intimide a los demás jugadores como Akagi-kun, que es una muralla. Ni siquiera un jugador que pueda encestar desde cualquier punto de la cancha como Rukawa-kun, aunque por supuesto que eso es muy útil durante el juego…
El joven tragó saliva. La textura del balón en sus manos se sentía extraña, resbaladiza, y supo que le estaban sudando las palmas. Se había puesto repentinamente nervioso, sin tener claro el motivo.
—Cada jugador del equipo cumple una función —prosiguió el profesor, manteniendo un tono dulce, relajante—. Todos deben comportarse como engranajes bien acomodados, girando en perfecta sincronía unos con otros. Tú, Sakuragi-kun, tienes muchísimas cualidades a favor: energía explosiva, resistencia física envidiable, saltos impresionantes, y algo que desestabiliza a tus rivales: intuición. Esa intuición te ayudó incontables veces siendo un novato. Pero ya no podemos recurrir a eso, porque espero mucho más de ti. Tus habilidades crecerán tanto que no necesitarás recurrir a ella, y tus movimientos se convertirán en reflejos.
»¿Sabes? Tengo muchas ganas de conocer a este nuevo Sakuragi-kun. Has madurado por culpa de la lesión, todos se dieron cuenta. Mitsui-kun ha hecho un buen trabajo preparándote para volver, pero hay algo más que quiero decirte: las lesiones en el baloncesto son más comunes de lo que piensas, porque es un deporte de mucho desgaste físico. Probablemente esta no sea la única lesión de tu carrera.
—¡No pienso volver a lastimarme! —exclamó de forma impetuosa.
—Ya lo sé. Si vuelve a ocurrir, volverás más fuerte cada vez. —Le puso una mano en el hombro—. Lo que quiero decir, es que mantengas tu espíritu de lucha intacto. Nunca dejes que la adversidad te desanime. Vas a ser el mejor ala-pívot de todo Japón; tienes un futuro brillante por alcanzar. Confío en ti, Sakuragi-kun.
El muchacho volvió a tragar saliva, porque se le había formado un nudo en la garganta. Contar con el apoyo de Anzai se sentía muy bien. Era una guía hacia sus sueños. Se preguntó si hubiese podido regresar al basquetbol con tanta entereza de no haber sido respaldado por él.
Su padre, Takahiro Sakuragi, era un buen hombre. Había cargado con su crianza en completa soledad desde lo ocurrido con su madre; jamás se quejó. Volcó todo su cariño en él, aun cuando era un poco rudo en el trato. También era muy orgulloso y no permitía que nadie intentara poner orden en su casa, si bien con Ryusei Mito era mucho más permisivo gracias a la amistad que unía a sus respectivos hijos.
Sí, Takahiro Sakuragi fue un buen hombre, pero de origen humilde, por lo que nunca tuvo planes ni grandes expectativas en el futuro de Hanamichi. Esperaba que consiguiera terminar la secundaria y, ojalá, continuara sus estudios en preparatoria. Luego podría encontrar un trabajo y mantenerse, quizás casarse. Esperaba que fuera honrado. Que no atravesara grandes dificultades. Que conservara a sus amigos. Que dejara de rebelarse contra la autoridad. Que no peleara tanto.
Takahiro no llegó a apreciar los ocultos talentos de su primogénito porque cuando estos se manifestaron, ya había abandonado el mundo terrenal. No obstante, Anzai llegó en el momento justo para encausarlo antes de que Hanamichi se perdiera para siempre y terminara en la mediocridad de una vida gris, sin matices.
El muchacho sopló hacia arriba para calentarse la nariz. Tenía el semblante ligeramente contrariado.
—Me estoy empezando a congelar —murmuró entre dientes luego de un bufido.
Anzai ladeó la cabeza. Su sonrisa expelía calidez.
—Vamos a practicar tiros, entonces.
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La preparatoria Shohoku era una de las más amplias en Kanagawa, pues contaba con varios edificios como un buen gimnasio, cancha de fútbol, béisbol, entre otros deportes, eso sin mencionar la enorme biblioteca y muchas otras dependencias que eran utilizadas por los alumnos para diversas actividades.
En el salón donde se desarrollaba el club de dibujo, que en ese horario no estaba funcionando, Matsui y Noma acordaron encontrarse separados de sus respectivos amigos. Luego de asegurarse que nadie los estaba vigilando, el chico de bigote apoyó la espalda en la pared suspirando.
—¿Por qué estamos aquí, Matsui-chan? —inquirió en susurros.
Ambos se encuclillaron casi al mismo tiempo, uno al lado del otro.
—No sé, yo solo te dije que necesitábamos hablar —explicó ella, mirándolo con suspicacia—. Más bien, debería preguntarte yo por qué estás hablando bajito.
Noma dejó escapar algunas risas tras esa aguda observación.
—Perdona, es la costumbre de escondernos cuando los muchachos y yo tenemos que planear algo sin que lo sepa Hanamichi.
—Aunque ahora vamos a hablar de Mito-kun.
—Él también tiene oídos biónicos. —Sonrió, pero la chica no le devolvió el gesto—. ¿Qué querías decirme?
Matsui vaciló unos instantes, escogiendo las palabras más adecuadas para Noma. Luego se sorprendió por actuar así, ¿para qué tanta delicadeza?
—Verás… —comenzó uniendo las puntas de sus dedos— creo que sería mejor si Fujii y Mito-kun no se cruzan durante las clasificatorias al Campeonato Nacional. A Fujii siempre le causa mucha emoción ver jugar a Sakuragi-kun, por eso, me gustaría que tú y yo nos comuniquemos antes de cada partido para llegar con nuestros amigos por separado. ¿Qué opinas?
Conque de eso quería hablarle…
—No puedo negar que tienes mucha razón —reflexionó frotándose la barbilla con gesto ausente—. De todas formas, lamento que las cosas estén así. Tensas —matizó, haciendo un elocuente gesto con la boca.
—Mito-kun tiene la culpa, es un idiota. —Una furia helada tiñó de hielo sus palabras.
Noma agitó una mano frente a su rostro, como restándole importancia.
—Nah, solo se comportó como un idiota. Hay una diferencia abismal entre una cosa y la otra.
Podría ser. Pero…
—Pero se va a perder a la mejor chica del mundo —insistió, enfadada.
—¿Qué piensas que le hemos advertido nosotros hasta el cansancio? —explicó Noma riendo.
Matsui contaba con una cortísima variedad de expresiones a su haber. La mayoría eran mutaciones de la misma base de incredulidad patente en sus rasgos orientales, pero ese día, pudo demostrarle a Chuichirou Noma que también era capaz de sonreír con amplitud y un leve toque de dulzura. Era algo adorable de ver, aunque el gesto fuese muy breve y pronto volviera a su habitual máscara imperturbable.
Noma pestañeó un par de veces, deslumbrado e incrédulo porque nunca pensó que Matsui pudiera exhibir ese tipo de sonrisas. Le quedaban muy, muy bien. ¿Por qué no sonreía más a menudo, con lo linda que se veía? Pensó que la respuesta a esa pregunta podría ser que nadie se hubiese fijado en ella lo suficiente como para darse cuenta y hacérselo notar.
Hacérselo notar, de acuerdo… él tampoco era el más indicado para eso, pues no conseguía hablar en serio casi nunca, incluso cuando su apariencia indicaba todo lo contrario.
A diferencia de Ookusu, que todo se lo tomaba como un chiste, Noma sí podía ser serio, solo que era pésimo eligiendo las palabras más adecuadas para cada ocasión, y muchas veces terminaba diciendo tonterías que le acarreaban situaciones muy problemáticas. Mantener la boca cerrada no era un problema, solo lo que salía de ella.
Por eso, pensando que Matsui podría malinterpretar sus buenas intenciones de hacerle un halago, no dijo ni pío sobre lo linda que se veía sonriendo.
Tal vez, cuando consiguiera ponerla feliz de nuevo, lograría dar con la frase perfecta.
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Las tardes eran particularmente aburridas para Yohei cuando no tenía que trabajar, pues el contar con tiempo libre no le favorecía para nada. Terminaba pensando en Fujii sin ser capaz de evitarlo, en lo mucho que la extrañaba y también en lo dolido que se sentía por toda la situación. Pero no tenía ninguna intención de ir a buscarla, pues por increíble que parezca, se encontraba profundamente ofendido. Era ella quien debía acercarse, no él. Eso pensaba, y no daría su brazo a torcer por nada del mundo. Los problemas de pareja debían solucionarse de a dos, no huyendo en dirección contraria como si el otro tuviera la peste. Eran un equipo, por mucho que él la hubiese dejado a un lado por un tiempo mientras resolvía lo de la pandilla, pero fue para protegerla. Fujii tendría que darse cuenta de ello en algún momento.
Suspiraba de pura frustración —cortando pimentones para la cena, desquitándose con ellos de sus muchas dolencias emocionales—, cuando en la puerta de su casa se escucharon tres golpes a velocidad media. Dejó el cuchillo y la verdura en el mesón, cogió un paño de cocina para limpiarse las manos, y caminó hacia la entrada preguntándose quién sería un domingo por la tarde. No era habitual recibir visitas ese día.
Cuando abrió la puerta se quedó petrificado. El paño escurrió de entre sus dedos.
—Hola, Yohei-kun —murmuró una voz suave, melodiosa—. ¿Puedo pasar?
Y aunque en primer momento el muchacho no supo cómo reaccionar, principalmente porque esa tímida armonía lo aturdió, rápidamente entendió que se había confundido por razones muy comprensibles.
—¿Yohei-kun…?
—Perdón —replicó haciéndose a un lado—. Adelante, por favor.
No era Fujii. Su corazón le había dado un vuelco, pero no era Fujii, porque quien estaba quitándose los zapatos en el recibidor a su lado tenía mucho de su rostro, el color de su cabello, la misma estatura, y el tono suave de miel muy similar al de la chica que amaba. Pero carecía del aroma a río y eucaliptus que emanaba de su piel, ni hablar de su forma de mirarlo, que le recordaba a un chocolate puesto en la lumbre, derritiéndose a cada segundo…
No, no era Fujii, sino Eri Koizumi.
Eri Koizumi… ¿por qué estaba allí?
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Allí estaré subiendo las ilustraciones que el maravilloso Salvamakoto (autor de la portada) haga para este fic, ya que el pairing Fuhei (XD) prácticamente no existe en internet. También incluiré imágenes HanaMi (bautizado por Saturnine Evenflow, la presidenta oficial del ship y del fanclub de Nanami XD).
Amor y felicidad para todos.
Stacy Adler.
