La linda parejita que transcurre
por el viejo teclado de baldosas
sabe y no sabe de su amor a término
o de las marcas que impondrán los días.
La linda parejita en su burbuja
no quiere saber nada de cenizas
ni de cuevas ajenas ni de fobias
solo pide quererse a encontronazos.
Asume su pasión como una ergástula
nada de libertad condicionada
con sus dos soledades basta y sobra
con sus dos cuerpos y sus cuatro manos.
Tiene razón la linda parejita
no es fácil instalarse en la excepción
el plazo del amor es un instante
y hay que hacerlo durar como un milagro.
―Mario Benedetti. Como un milagro.
•
.
.
.
.
.
.
.
―Dejaré la academia.
―No digas tonterías.
―Así tendrás que buscar otro pretexto par deshacerte de mí.
―Sabes perfectamente que es porque te quiero y me importas que no quiero arruinar tu carrera. Soy tu profesor, Mikasa.
―Nadie tiene que saberlo, si eso es lo que te preocupa. Seremos cuidadosos.
―Salir con alguien a escondidas no es algo que merezcas, Mikasa. No quiero llegar a la mediocridad de ofrecerte eso.
―Tampoco estoy contenta con tu propuesta: esperar cinco años o la grabación de mi primer disco me parece una tontería.
―Si la prensa sabe que tienes una relación con tu actual maestro será malo para tu carrera.
― ¡A la mierda la carrera!
―Esto no va a funcionar si seguimos de esta forma.
―Quiero vivir el momento y no posponer nada. ¿es que no aprendiste nada del accidente? No seas necio, Levi.
Rendido ante las nuevas energías que Mikasa desprendía cada día, su radiante sonrisa, su cabello ondeando al compás de su cuerpo y la fortaleza en cada uno de sus movimientos, a él no le quedó mas remedio de aceptar.
―No sé en qué momento ganaste esa determinación, pero me gusta.
Así, Levi aceptó mantener una relación con Mikasa en la clandestinidad. Las clases de piano continuaron y no porque hubiese develado sus sentimientos dejó de ser estricto y exigente.
Un día a la semana cancelaban la práctica e iban a pasear por la ciudad a algún local de comida o un museo. Aprendieron de los gustos del otro, en lo que coincidían y en lo que de plano odiaban uno del otro.
Llegado el momento, tuvieron sexo y fue la mejor experiencia de la vida. Muchos dicen que las primeras veces suelen ser decepcionantes porque nada sale como se espera y menos a la primera: ellos eran una excepción.
Todo marchaba bien, hasta ese lunes en la mañana cuando dirigiéndose al comedor se encontró con Sasha.
― ¡Hola, Mikasa! ― no era difícil descifrar que se había levantado tarde de nuevo y que la profesora Rico se había negado a darle clase, aun así, lucía bastante animada como de costumbre.
―Hola.
― ¿Tienes hambre?
―Ya desayuné.
― ¡Qué mal! Quería que probáramos esa nueva pasta del restaurante de enfrente
―Tengo clase hasta tarde con Levi.
—Me alegra que estén llevándose mejor.
— ¿Cómo dices?
Ante la mirada sorprendida de su amiga, Sasha quiso retractarse, pero era tarde, Mikasa sabía que había estado espiándola.
— ¿Qué fue lo que viste? —Preguntó con cautela y la voz sumamente baja, casi como un susurro.
—Ah…yo…nada.
"No te creo." Decía la mirada que recibía Sasha así que optó por hablar con la verdad.
—Te lo diré, pero no aquí. ―Salieron al pequeño patio que separaba las clases teóricas en el edificio nuevo y las salas de practica en el edificio viejo. Tomaron asiento en una de las bancas recién instaladas.
Instintivamente Mikasa se tensó, pero la mirada dulce y compresiva de Sasha le decía que no había por qué preocuparse. Las palabras siguientes se lo confirmaron:
—Descuida, no te meteré en problemas. Me debes una visita a ese restaurante y que sea pronto.
El timbre sonó indicando que las clases se reanudaban.
—Está bien, mañana en la tarde.
—Me parece bien, hasta mañana.
La vio desaparecer con su mochila al hombro.
¿Qué tanto sabía ella? ¿Los habría visto besarse? Si era así no era la única con problemas: la peor parte se la llevaba Levi porque era profesor.
Sacudió la cabeza para despejar esas ideas, no podía llegar a su clase predilecta con la mente nublada o el profesor se enfadaría.
Al llegar la besó. Como si hubieran pasado años desde que no se veían cuando sólo habían sido dos días.
―Quiero grabar tus labios en los míos.
― ¿por qué no al revés?
―Eres joven.
―Siempre es lo mismo contigo. ― optó por callar su preocupación, aquello solo contribuiría a reprimirlo más y no estaba dispuesto a permitirlo.
Él la amaba más de lo que hubiera imaginado que era posible. Un amor criminal. Ella era hermosa como el capullo que apenas va a florecer y él era el árbol que ha visto incontables rondas de estaciones. Golpeado por el invierno, azotado por la lluvia, curtido por el sol del verano; un árbol que floreció en una primavera pasada, floreció una sola vez y luego se secó. No quería el mismo destino para ella.
Quién era él para mancillar su frescura. Quién era el para marcar sobre su blanca piel sus besos, para dejar sellos de fuego en su alma. Nadie y en todo caso un criminal, un hombre merecedor de castigo por tanto atrevimiento.
―Pienso que cada vez que toco tus labios firmo una sentencia para el infierno.
―Entonces haría cosas malas para estar contigo.
―Siempre tan ocurrente, mocosa.
En sus brazos, todo perdía sentido. Apostaba a que su cara cuando la besaba daba muchísima risa, una vez había descubierto a Levi con los ojos abiertos. Le costó mucho no sonrojarse.
―Te llevaré en auto a casa. Es bastante tarde.
―Creí que no querías que te vieran conmigo.
―Solo voy a llevarte.
Grisha estaba de viaje otra vez. Regresaba el miércoles, por eso estaba tan tranquila. Eren trabajaba hasta tarde, había cambiado sus dos trabajos por un puesto en la compañía de su padre con sede en la ciudad.
El trayecto fue mas corto, porque no había tráfico, frente a la casa Mikasa no evitó acercarse a Levi y besarlo.
―Te veo mañana.
Salió del auto y éste arrancó una vez que ella estuvo dentro. Iba a encender la luz cuando alguien se adelantó: no tuvo tiempo de explicarse, una áspera mano impactó en su mejilla.
―No puedo creer que me pagues de esa manera. ¿Cuándo no estoy en casa te dedicas a meter hombres? Te acogí en mi casa como una hija y te comportas como una mujerzuela.
―No es nada de eso, pero si lo fuese no estarías realmente molesto solo buscas una excusa para echarme de tu casa, ¿no es así? Nunca te importé, la única que estuvo de acuerdo en recibirme fue Carla y si permanecí todos estos años fue por ella, por el juramento que hice de proteger a Eren. Él no tenia a nadie mas que a su madre, usted nunca lo quiso ni lo trató como un verdadero padre.
Mikasa echó a correr hacia su habitación, intentó cerrar la puerta de su habitación, pero no hubo tiempo, se encerró en el baño. Sacó de su pantalón el móvil y tecleó con desesperación:
―Acabo de dejarte en casa, estoy conduciendo aun y…
―Ayúdame.
Detuvo el auto para reanudar velozmente y dar vuelta en el retorno mas cercano.
Grisha la echó de casa esa noche. No le permitió llevarse nada, ni siquiera las fotos de sus padres.
Levi apareció en su auto negro, tan rápido como el viento previo a una tormenta.
―Entra al auto. ― Mikasa lo esperaba en la acera, acompañada por una anciana que era su vecina y había salido ante el alboroto. Cuando el señor Jaegër miró a Levi y lo reconoció comenzó a gritar como un animal.
― ¡Haré que pierdas tu empleo! ¡Esto no va a quedarse así!
―Haga lo que quiera. ―Levi tomó la mano de Mikasa, agradeció a la anciana y se disponía a marcharse cuando ella tiró en dirección a la casa.
― Mis cosas aún están ahí, quiero la fotografía de mis padres, solo eso.
― ¡No te llevarás nada de esta casa!
―Algunas cosas las compré con mi dinero.
―No voy a darte nada, maldita malagradecida.
― ¡Mikasa, al auto! ― Escuchó a Levi mencionar con voz potente, pero estaba decidida a recuperar al menos el cuadro sus padres. Grisha seguía furioso, lanzando insultos y amenazando a Levi. ―Es suficiente, no permitiré que siga agrediéndote de esta manera.
Ella solo podía pensar en las fotos y algunos recuerdos que se quedaban en su alcoba, tenía que aceptar que los había perdido pues jamás volvería a la casa Jaegër.
Abrió la puerta del auto, en el asiento del copiloto y la sentó.
―Abrocha tu cinturón. ―Estaba conteniendo su furia, podía sentirlo en su voz más grave de lo usual, brotando de entre sus dientes apretados. Dio la vuelta al auto y una vez se acomodó encendió el motor para salir a una velocidad considerable del lugar.
Pequeñas gotas cubrieron el cristal, pronto la lluvia cayó sobre ellos sin ninguna contemplación. Se había mantenido callada todo el trayecto, no sabía que decir. De pronto se fijó en el reflejo que mostraba el cristal: tenía los ojos hinchados, el cabello enmarañado y la mejilla hinchada.
El calor de su cuerpo comenzó a empañar el vidrio, borrando su reflejo.
Sintió que Levi había girado el auto. Se desvió del camino para estacionarse a un lado de la carretera.
Dejó las manos sobre el volante y sin dejar de mirar al frente, habló:
― ¿Te duele mucho?
Instintivamente llevó su mano al rostro. Aunque era una mujer fuerte, Grisha no dejaba de ser un hombre más grande y por ende con gran fuerza.
―No mucho.
― ¿Dónde más te golpeó?
―En ningún lado, sólo me dio la bofetada.
Sus nudillos perdieron color al apretar sobre el volante.
―Debí romperle la cara.
―No tiene caso, no eres igual a él. Sólo…
―No soy tan joven, habría podido golpearlo sin tantos problemas.
―Sigues siendo mucho más fuerte, habrías ido a prisión por golpear a un anciano.
―Mikasa.
Cuando giró para verlo sus manos atraparon su cabeza y la besó con tanta intensidad que sintió el aire escapar vertiginosamente de sus pulmones.
Se aferró con fuerza a su camisa. El calor de sus cuerpos había cubierto de blanco los cristales del auto, privando de la vista a cualquiera en el exterior.
―Lo siento.
―No tienes de que disculparte.
―Esto es una locura. Eres mi alumna.
―Pues es una desgracia porque eres el amor de mi vida. Tengo 18, ya nadie puede impedir que esté donde quiero estar. ―Sus preciosos ojos azules se clavaron en su figura, a la espera de una respuesta. ―y cualquier lugar está bien, siempre que sea contigo.
•
.
.
.
.
.
.
.
.
