Capítulo 13
Decisión de sangre
La mañana siguiente no fue menos que extraña.
Ambos despertaron y no se miraron a los rostros hasta que Enkidu decidió sentarse en el lecho y levantarse. Gilgamesh evitó verle desnudo y se volteó para jugar y abrir pequeños portales dorados. Intentó entrar a uno de ellos, pero nada ocurrió. Estuvo así un largo rato hasta que se aburrió y se levantó, caminando desnudo hasta su baño. Creyó que se encontraría con Enkidu en la habitación adyacente, pero no fue así.
Después de refrescar su rostro, regresó y vio la túnica de Enkidu rasgada en la cama y manchas pequeñas de sangre en las sábanas. Tomó las ropas entre sus manos y se las llevó al rostro, pensando en cómo un par de palabras desafortunadas lo tornaron un tirano con su propio amigo. Algo parecido a la vergüenza caló por sus mejillas y con el rostro iracundo, lanzó la túnica maltrecha al suelo. Acto seguido, se vistió y salió disparado de su habitación, en busca de Enkidu.
Lo encontró en su jardín favorito, sentado en el suelo, meditando, mirando a la nada con el cabello amarrado en una coleta que llegaba hasta sus piernas. Entre los mechones de su cabello, Gilgamesh pudo vislumbrar mordidas en el cuello que se destacaban sobre su piel blanca. Enkidu sintió cuando Gilgamesh llegó y le habló:
—Deberías ir a desayunar primero antes de continuar con nuestras lecciones. Creo que vamos bastante bien…
—Enkidu—interrumpió Gilgamesh con un tono duro en su voz—, no digas a nadie lo que anoche ocurrió.
Enkidu inclinó levemente la cabeza y se giró para escudriñar a Gilgamesh. Sus ojos entrecerrados y su expresión seria perturbaron al rey, pero no lo demostró.
—No hablo de estas cosas con nadie más que contigo, Gil—contestó Enkidu, colocándose de pie.
Las marcas en su cuello se veían insanas y destacaban muchísimo entre tanta blancura. Gilgamesh se quedó viéndolas por más tiempo del permitido y se hizo el desentendido luego.
¿Por qué le costaba tanto pedir perdón?
La lengua se crispaba en su boca, la garganta clausuraba su habla y sus músculos no reaccionaban. Respiró con irritación cuando Enkidu le enfrentó y adoptó una actitud desafiante.
—Estás enojado, ¿No es así? —preguntó Gilgamesh, apretando los dientes.
—No—aseguró Enkidu, manteniendo la paz en su voz—, estoy tranquilo. Eres tú el que debe buscar su propio centro.
Gilgamesh odiaba que Enkidu le dijese cosas como estas. Detestaba que tuviese razón muchas veces y que nadie más que él fuese capaz de decirle sus verdades con esa naturalidad que le desesperaba. Se cruzó de brazos y se retiró del lugar, buscando algo para desayunar.
Más tarde se encontraron en el jardín en donde practicaron el día anterior. El gorgoteo del agua relajaba la tensión del ambiente y el cantar de los pájaros deslizaba notas suaves de calma. Gilgamesh se sentó sobre un banco enchapado en oro y miró a Enkidu caminar sobre las rocas de las piscinas artificiales. El sol traspasaba la tela de su túnica y delineaba con delicadeza su figura delgada, lo que le causó algo en el corazón.
Colocó los codos sobre sus rodillas para llevarse las manos al rostro. Por alguna razón sus palabras de la noche anterior lo hacían sentir débil y que había entregado a Enkidu una razón suficiente como para destrozarlo si él así lo quisiera.
Como adivinando lo que pasaba por la mente de Gilgamesh, Enkidu detuvo su marcha sobre las rocas algo musgosas y alzó la voz:
—Ven aquí Gil—invitó Enkidu, quitando el cabello de su coleta del rostro—, vamos a practicar. Debes aprender pronto para ir por Humbaba.
Gilgamesh se incorporó y fue hasta el borde de la piscina para quedarse estático.
—Extiende tus manos—le indicó Enkidu, haciendo lo mismo—, recuerda visualizar los halos y ahora piensa en un objeto.
Gilgamesh obedeció y cerró los ojos. Pensó en su espada favorita de forma extraña que él mismo llamó Ea, como el primigenio dios, pero que nunca entendió bien de qué y cómo servía, por la forma inusual de su hoja que más que una espada, parecía un cilindro que contenía alguna especie de código. Respiró hondo y sintió como algo traspasaba un portal.
Era una lanza.
Cayó estrepitosamente al agua y ocasionó un ruido cacofónico al chocar con las rocas dispuestas en la piscina. Enkidu se agachó para levantarla y observar la punta filosa. Le sonrió y se la entregó en las manos.
—¿Ves? Mucho mejor que ayer.
Enkidu tocó la lanza y se desvaneció en un polvillo dorado.
Gilgamesh abrió los ojos y lo primero que vio fueron los finos labios de Enkidu. En el labio inferior, una herida insana se delineaba con el contorno de su boca, mientras él le sonreía. Carraspeó para luego hablar:
—Enkidu, sé que tienes la capacidad de curar rápidamente: ¿Por qué no has curado tus heridas? No se ven bien. Pareciera que te…
Guardó silencio. El portal cerró y Enkidu alzó la mano para colocar un mechón de cabello tras su oreja.
—Porque son un orgullo para mí llevarlas.
Gilgamesh alzó la mano y la llevó al labio de Enkidu. Con sus dedos sintió la textura de la herida y la presionó levemente.
—No quiero que las lleves encima. Se ven desagradables—musitó Gilgamesh, invitando a Enkidu que lo siguiera para entrenar en una superficie más plana—. Cúralas, es una orden.
—No, no lo haré—contrarió Enkidu, siguiéndole el paso de cerca.
Gilgamesh se volteó irritado y encaró a Enkidu:
—¿Qué pretendes? Todo el mundo se enterará de que tus heridas son producidas por mí. Sánalas.
—¿Acaso te da vergüenza que los demás sepan que yo voy a la cama contigo? —preguntó Enkidu, manteniendo la calma, mientras acariciaba su cuello— Porque si es así, puedo borrar mis heridas y nadie sabrá que pasó anoche, aunque aquello no será suficiente porque cada rincón de este palacio sabe que tú y yo somos amantes.
Gilgamesh meditó un momento y suspiró ofuscado. Se mordió el labio inferior y luego alzó una mano en señal de no querer conversar más.
A pesar de la tensión en ambos, Gilgamesh y Enkidu continuaron con el entrenamiento de los portales. En un principio, Gilgamesh no podía materializar las cosas que mantenía en mente, pero ya para un par de horas de ardua preparación, pudo sacar por fin una espada especial de hoja de cobre que recordó. Enkidu se abstrajo mirando la superficie rojiza de la espada y deslizó sus dedos por el filo, sin hacerse daño.
—¿Alguna vez piensas en darle uso a todas estas cosas? —preguntó Enkidu, entregando la espada a Gilgamesh, luego de que la lanzara a través del portal y se estrellara contra un muro—, tienes demasiadas cosas acumulándose en esa sala que alguna vez me mostraste.
—No es necesario darles un uso para tenerlas—respondió Gilgamesh con soberbia, aún molesto por el tema anterior—. Me gustan y con eso es suficiente.
Enkidu contempló la empuñadura de oro de la espalda y torció el gesto.
—No lo entiendo—dijo, después de sentarse y ofrecerle una copa con agua a Gilgamesh—, ¿Por qué acumulas tantas y tantas cosas? ¿No es suficiente con todo el oro que tienes a tu alrededor?
—Ya te dije que así está bien, basta de preguntas—masculló Gilgamesh, apartando la copa con agua y levantándose del lugar—. Cura tus heridas. Ve a cenar conmi…
El mandato de Gilgamesh fue interrumpido por un enorme rugido bestial que retumbó en toda la instancia, como si la tierra vibrara bajo sus pies. El sonido ensordecedor hizo que Enkidu se levantara de su asiento y se llevara las manos a los oídos.
—¿Qué fue eso? —susurró Gilgamesh, acelerado, mirando por los espacios libres del jardín hacia las murallas de su ciudad.
Un murmullo general se elevó en el palacio, calando por los pasillos y las salas. Gilgamesh miró atentamente a Enkidu y él parecía en shock. Se acercó a su lado y colocó una mano en su hombro.
—¿Qué te ocurre? ¿Estás bien? —preguntó, a la vez que Enkidu negaba.
—Eso fue Humbaba—susurró, apoyándose en el muro—, es su grito de rabia. Seguramente tus ejércitos han llegado demasiado lejos.
Gilgamesh tanteó la situación, armando estrategias en su mente con la velocidad de una flecha. Tomó a Enkidu de un brazo y salieron del jardín para internarse en los pasillos del palacio, donde algunos guardias se acercaban a preguntar cosas, pero Gilgamesh los despachaba y los mandaba a llamar a sus mejores generales y los representantes de consejo de sabios a la sala de estrategias.
—Enkidu, ¿Estás bien? —repitió el rey, llegando a la sala.
Enkidu lo ignoró, cerró la puerta y se sentó en una de las sillas dispuestas alrededor de una mesa con una miniatura de Uruk. Tomó una figura pequeña de un soldado con una lanza y la colocó frente a la pequeña puerta de oro. Más temprano que tarde, un montón de hombres del consejo y otros generales de guerra llegaron y se instalaron alrededor de la mesa, esperando a que Gilgamesh dijera algo.
—Hombres del consejo y del ejercito—comenzó Gilgamesh cuando todos estuvieron ubicados—, aquel ruido ensordecedor que escuchamos hace un rato fue producto de Humbaba. Como bien saben ustedes, él es el culpable de la escasez de alimentos y madera en Uruk y hemos enviado hombres a sus dominios para acabar con su mala influencia. Enkidu—dijo dirigiéndose a él, con algo de incomodidad producto de las heridas que no curó— ¿Humbaba podría venir a atacar las murallas de Uruk?
—No lo creo—contestó Enkidu con suavidad, jugando con la figurita—, su misión es proteger los bosques de Enlil y los terrenos lejanos de Ishtar. Dudo que abandone su labor, simplemente se dedicará a espantar a tus soldados de los bosques, es por eso por lo que te pediré que dejes de enviar hombres, sólo provocarás más muertes de las necesarias.
Un silencio poco grato inundó los rincones de la instancia. Un hombre algo mayor, enchapado en la armadura típica de Uruk, se aclaró la garganta y habló grave y profundo desde su esquina:
—Majestad. Quitar los ejércitos por completo sería una pésima decisión. Mantener la línea de defensa de los bosques de cedros es primordial para asegurar que la bestia Humbaba no se salga de control. No podemos confiar en el juicio de alguien que vive en un bosque sin conocimiento del exterior.
Aquellas palabras provocaron ruido en Gilgamesh. Se apoyó con sus manos en la mesa, inclinándose sobre la maqueta de Uruk y giró su cabeza hacia el general y respiró enojado.
—Te recuerdo, Arhnama, que aquí uno del consejo también vivió en bosques sin conocimiento del exterior. Cuida tus mugrosas palabras porque no seré paciente la próxima vez.
Arhnama el general, inclinó la cabeza en señal de disculpas y extendió la mano.
—De todas formas—continuó Arhnama, siendo cauteloso, manteniendo su postura—, sugiero que los ejércitos se mantengan en posición defensiva a las afueras de los bosques de Enlil, como medida de protección. Si algo ocurre, se dará aviso al resto del ejército y estaremos listos para atacar si así debiese ser.
Enkidu tomó otra de las figuras y la llevó a su rostro: era un hombre montado a caballo, con una pequeñita espada de oro que destellaba con la luz de las antorchas.
Suspiró y la dejó sobre el muro de Uruk como si esta pequeña figura planeara su suicidio. Los ojos de Enkidu y Gilgamesh hicieron contacto unos segundos y Enkidu supo qué era lo que Gilgamesh revelaría.
—Enkidu y yo iremos por Humbaba. Acabaremos con él.
Nuevamente el silencio aprisionó los labios de los presentes. Enkidu dejó que la pequeña pieza de arcilla se precipitara al vacío, pero la retuvo justo antes de que se azotara contra el suelo simulado.
—Su alteza—comenzó el representante del consejo de sabios—, por favor, le ruego que considere mi opinión—Gilgamesh hizo un movimiento con la mano, inexpresivo, sin real interés en las palabras del hombre—. Señor, es muy peligroso que ponga su vida y la de su amigo en peligro sólo por la sequia de alimentos que tenemos en Uruk. Finalmente, las cosas cederán: encontraremos otras fuentes de alimentos, podremos replantear nuestra ganade…
—¿Tú crees que esto se trata simplemente de la escasez? —bramó Gilgamesh, palmeando la mesa con fuerte, ocasionando que todas las criaturitas de arcilla sucumbieran al terremoto— No, esto va mucho más allá. Se trata de nuestra dignidad, de nuestra supremacía y de mi reino, de la gloria de mi gente y de las murallas de Uruk. Yo seré quién regrese con el honor a Uruk. No permitiré que una bestia fétida atemorice a mis súbditos y amedrente a mis soldados. Ningún ciudadano de Uruk es merecedor de tal vergüenza y yo no merezco súbditos así.
—S-señor—tartamudeó el hombre del consejo—, yo comprendo sus palabras llenas de heroísmo, pero piense en que…
—No hay nada en qué pensar—interrumpió Enkidu, con su usual suave y agradable voz—, si les preocupa la vida de Gilgamesh y nadie es capaz de decirlo, pues revoquen ese temor de sus corazones. Yo iré con él y lo traeré de vuelta, vivo, fuerte y victorioso.
—De acuerdo—aceptó Arhnama, saliendo de la oscuridad—, pero el ejercito debe estar preparado a la retaguardia de Gilgamesh, por si algo sale mal.
—Nada saldrá mal—continuó Enkidu, apartando su largo cabello hacia un lado de su cuello. El general se fijó en una de las marcas y la contempló por un tiempo consideradamente grosero—, confía en la divinidad de tu rey ya que no puedo pedirte que confíes en mí.
—No es que no confíe—dijo Arhnama, colocando la mano sobre su empuñadura—, un ejército no abandona nunca a su rey. Es nuestra lealtad hacia la ciudad de Uruk.
Gilgamesh parecía absorto en sus pensamientos, cuando vio que su general miraba demasiado a Enkidu. Frunció el ceño y se cruzó de brazos.
—Como maese administrativo—comenzó un hombre delgado y poco imponente con un temblor en su voz—, he de decir que los ingresos alimentarios no han mermado con el tiempo, solo hay deficiencia de carnes rojas. Por otro lado, la baja de madera de cedro ha sido notoria. No se ha podido completar la construcción del octavo jardín y faltan templos y casas.
El molesto silencio de la instancia era roto por la estaca y cincel de Siduri quien, en una esquina y sentada con sus tablas de arcilla, escribía a una enorme velocidad lo que en el disimulado concilio se hablaba.
—¿Cómo va la economía con los otros reinados? —preguntó Gilgamesh, aún pendiente de la acosadora mirada de su general sobre Enkidu.
—Estable—contestó el encargado de ello—. No hemos adquirido ni maderas ni carnes rojas hasta que veamos bien cómo se resolverá este problema.
—Bueno… —dijo Enkidu, colocando las figuras de pie sobre el tablero— Pronto irá bien. Acabaremos con Humbaba porque así Gilgamesh lo desea.
—No me parece buena idea—insistió el hombre del consejo de sabios.
—El ejercito irá con usted, Alteza—dijo el general.
—No—masculló Gilgamesh, mirando a este último con rabia—. Iré sólo con Enkidu en este viaje. Humbaba y yo tenemos una disputa mucho más allá y sería muy vergonzoso llevar un ejército, como si yo no fuese capaz de acabar con él.
—No era lo que quise decir, señor—insistió el general—. Sus ejércitos son también su orgullo.
—Iremos solos.
Enkidu fue esta vez quien alzó la voz. Se hallaba sentado, con una pierna sobre la otra, lo que delineaba su hermosa figura bajo la tela blanca. Se había soltado la coleta y su cabello verde se desprendía por todo su cuerpo y parte de la silla. El maese administrativo lo observaba embobado y el general desvió la mirada de sus marcas de obvia procedencia que galardonaban el cuello de Enkidu.
—Largo todos de aquí—dijo Gilgamesh, enojado—. Las palabras están dichas.
Poco a poco la sala se fue vaciando y Enkidu mantenía su posición, relajado, sin quitar la vista de los ojos de Gilgamesh. La última en irse fue Siduri, quien terminaba de tallar las ultimas curvas en las tablillas. Se despidió con una reverencia y los dejó a solas.
—¿Desde cuando te preocupa lo que digan los demás? —preguntó Enkidu, posando un codo en el brazo de la silla, deslizando un mechón de su cabello entre sus dedos.
Gilgamesh se cruzó de brazos y se apoyó en el borde de la mesa, soltando una sonrisa engreída.
—¿De qué demonios hablas?
—No creas que no me percaté como mirabas a tu general. Te molestó que viera mis marcas.
La expresión de Gilgamesh se tornó hostil.
—Cuando dije que se largaran todos de aquí, también me refería a ti.
Enkidu se incorporó y fue a lado de Gilgamesh. Alzó una mano para reclamar su rostro, pero Gilgamesh la desvió con algo de violencia.
—Vete—insistió Gilgamesh.
Enkidu tomó una de sus manos y la colocó en una de sus heridas. Gilgamesh exhalo superado y estaba dispuesto a irse cuando Enkidu le detuvo.
—Las curaré por ti, Gil. Ocultaré tu cariño por mí.
Gilgamesh sonrió con ácida ironía y se dirigió a la salida.
—No sé de qué me estas hablando.
Enkidu sonrió, pero su sonrisa se desvaneció cuando el rey dio media vuelta para cerrar la puerta de la sala de estrategias de un solo portazo.
Aquella noche, hicieron el amor con una frialdad poco usual entre los dos. Gilgamesh se comportaba distante y Enkidu se mantuvo tranquilo en toda la sesión. Gilgamesh terminó lo suyo y se dio media vuelta para dejar a Enkidu encaminado, sin la posibilidad de terminar también. Se quedó despierto, preocupado, mirando el techo de la habitación, recordando las palabras que le había dicho Aruru. Una vez más, se prometió que no dejaría que nada le pasara a Gilgamesh. Lo miró a su lado, dormir, dándole la espalda y suspiró, tentado a acariciarlo.
Decidió levantarse y mirar el cielo, rogando por el perdón de los dioses.
