46. Descubrimientos emocionantes
Bella bajó las escaleras y se encontró a Lillian en el sofá del sala, sosteniendo una taza de café entre sus manos, con la mirada una mirada seria y zambullida de un modo enigmático en la nada.
—¿Lillian?
Giró la cabeza y sus rasgos se dulcificaron.
—¡Bella! —la saludó con una notoria ilusión, dejando el café en la mesita—. Buenos días, tesoro. ¿Dónde vas tan guapa hoy?
Ella hizo un falso gesto de complacencia. Había esperado que no se notase tanto…
—A ninguna parte, solo he estado probándome lo que tengo en mi cuarto y no suelo usar. —Sonrió con cortesía—. ¿Qué tal estás?
—Pues aquí donde me ves, esperando a tu padre —contestó en un suspiro—. Había quedado con él, pero al parecer no hay manera de que lo saquen de esa oficina.
—¿Cuánto llevas aquí?
La mujer hizo un gesto con la mano, restándole importancia.
—Nada, alrededor de un cuarto de hora.
Los ojos de Bella se abrieron ampliamente.
—¿Tanto? —exclamó con sorpresa—. Qué raro, si él suele ser puntualísmo. ¿A qué hora exacta te dijo que vinieras?
Ella movió la cabeza, con un aire culpable.
—Dentro de cinco minutos…
Entonces ya todo cuadraba.
—En cualquier momento sale, pero tendrías que comenzar a contar a partir de ahora —le explicó con paciencia—. Debes comprender que él es así de estricto con el tiempo. Ni muy antes, ni tan después…
Lillian le dio la razón.
—Sí, empiezo a verlo claro. —Esbozó una mueca—. Pero también he descubierto durante estos días que detrás de esa mente cerrada, se esconde alguien con un gran valor, ¿sabes? Jamás… me hubiera imaginado la iniciativa que esconde detrás de la empresa y sus construcciones.
A Bella le sorprendió que su padre se lo contara, aunque a la vez le alegró conocer la opinión de Lillian al respecto.
—A mí me lo explicó desde pequeña, solo que en un formato de juego —comentó risueña, para proceder acompañando su discurso de diversos gestos con las manos—. Me daba un mapa grande del país y me señalaba, por una parte, las zonas y el tipo de casas que había y, por otra, una pancarta con lo que la gente necesitaba. Me explicaba en qué ciudades había más casas que gente viviendo, y en cuáles a la inversa —indicó—. Lo malo era que no había ningún lugar en el que se construyera pensando en la situación de la demanda, que en este caso, son las personas.
—Sí, veo que te interesó por ello.
Bella asintió con convicción.
—Tanto, que de un campamento de jóvenes emprendedores al que asistí en verano cuando tuve entre 12 y 13 años, saqué muchas ideas nuevas y proyectos para el negocio de mi padre —añadió con orgullo—. Sobre todo centrándome en la labor humanitaria.
Lillian esbozó una expresión de aprobación.
—Recién estoy entendiendo por qué viajaba tanto, si no es la función habitual al final —comentó como curiosidad—. El panorama cambia mucho cuando te enteras de lo que pasa.
—Pues el problema de las viviendas y el mercado lleva siendo un conflicto existente durante muchos años —argumentó Bella con dureza—. No solo en este país, sino en muchos. Mi padre trata de ser uno de los que buscan solución en los tipos de construcción que la empresa llega a llevar a cabo, pero no es fácil.
Lillian esbozó una sonrisa.
—Es por eso que quiero que vayamos a ver una amiga que tengo en el ayuntamiento, ella se encarga justo de financiar proyectos como los que tu padre pretende hacer —le explicó con decisión.
—¿Nos vamos, Lillian?
En eso apareció por detrás la figura de Charlie Swan, que a pesar de estar enfocado en Lillian, una vez vio a su hija inclinó la cabeza con sorpresa. El móvil de Lillian se escuchó a lo lejos.
—Sí, eh, debo contestar —señaló ella, levantándose deprisa—. Te espero fuera, Charlie. ¡Adiós, princesa!
Las dos mujeres se despidieron con la cordialidad de siempre, pero una vez se fue una, Bella se quedó con un Charlie que no le quitaba la mirada de encima.
—¿Por qué hoy vas tan arreglada?
Bella maldijo por dentro.
—Solo me estaba probando lo que tengo y no suelo usar —comentó como quien no quiere la cosa—. ¿Has estado explicando la idea central de la empresa a Lillian?
Por suerte, el nuevo tema le pareció suficientemente interesante para desviarlo del anterior…
—Era necesario —se justificó él, preparándose para relatar los hechos con el entusiasmo que le nacía de por sí—. Acabamos hablando de costes, empezando por el del material, y yo acabé cuestionando: ¿Tienes idea del coste que implica salir del estándar de vivienda tradicional para empezar a construir una adaptada a lo que la gente necesita ahora? ¿Más ajustada a un precio asequible, al gusto y necesidad de la demanda? Y encima luego el ayuntamiento tiene el descaro de pedir que no vivan ocho personas en un piso, cuando ponen tantas restricciones remediarlo.
Bella asintió ante las palabras de su padre.
—Ya, lo entiendo —concordó con pesar—. En fin, ¿vas a dejar a tu acompañante esperando todo el día?
—Sí, es mejor que vaya. —Se detuvo y frunció el ceño—. ¿Tú no ibas hoy a estudiar a la casa de Edward?
Bella desvió la mirada y negó.
—No, hoy no.
Él se quedó visiblemente extrañado. Ella rezaba para que eso fuera todo.
—Bueno, está bien —aceptó Charlie, aunque con la duda de si era mejor indagar más o no—. Para cualquier cosa…
—Te llamo o Rachel se queda por aquí —finalizó Bella con una sonrisa comprensiva. Su padre le devolvió el gesto.
—Que tengas un buen día.
—¡Tú igual! —exclamó despidiéndolo con la mano hasta que su rostro desapareció por detrás de la puerta.
Bella cogió el móvil sujetado por la cintura de su falda y entró a WhatsApp mientras iba caminando a largos pasos hacia la cocina.
"¿Dónde estás?"
"En la esquina de tu casa, esperando a que tu padre y Lillian se marchen. Ah, un momento, ya lo han hecho."
Ella miró hacia el techo.
—¿Buscas algo, Bella?
La susodicha negó con la cabeza mientras sonreía a Rachel, quien se encontraba cambiando a dos ollas de fogones.
—Solo uno de los bombones que compraste ayer —le comunicó mientras los buscaba en la encimera de mármol y hacía lo pertinente—. Voy a estar en mi cuarto, ¿puedes no interrumpirme en un rato?
—Está bien.
Bella asintió y salió de allí, desenvolviendo uno de los dulces solo lo suficiente para devorarlo sin mancharse los dedos.
"Ven, aprovecha que Rachel está en la cocina."
"Eso hago. Hasta ahora."
Bella volvió a sujetar el móvil en la banda elástica de su prenda inferior y se arregló el peinado, como si fuera el último detalle a retocar. Edward se iba a llevar una gran sorpresa al verla.
Al segundo de que lo pensara, oyó un toque en la puerta.
—¡Abre!
Ella se apresuró a hacerlo, vigilando bien que Rachel no lo hubiera escuchado. Cuando abrió, Edward dejó caer sus brazos, bufando, hasta que de pronto, reparó en ella.
—¿Y bien?
Edward se quedó boquiabierto. Bella llevaba el pelo suelto, como pocas veces lo había hecho, y los pequeños rayos de luz que se colaban por la puerta se reflejaban en pequeños destellos marrones que lo tenían hipnotizado. Mientras ella hacía muecas raras, a la expectativa de su reacción, descubrió que algunos detalles de su cara habían sido resaltados con sutiles colores cálidos, y por último… se fijó en esa dichosa falda marrón, a juego con la camisa crema que ocultaba sus llenos pechos, y que acababa hasta la mitad de sus gruesos muslos y resaltaba su forma como ninguna otra…
—¿Edward?
Él tragó.
—Estás… preciosa.
Y después de verla, hasta oírla reír lo encendía.
—¿Tú también te has arreglado, no?
En realidad, una camiseta y unos pantalones no se comparaban a eso —pensó él.
Ella rozó su hombro para cerrar la puerta, y él respiró hondo para calmarse mientras Bella echaba un ojo al pasillo de la derecha.
—¿Vamos arriba?
—Sí…
Él fue subiendo mientras ella vigilaba por detrás, en silencio, hasta que por fin ambos alcanzaron la planta de arriba y giraron a la izquierda para ir a la habitación que querían.
—Recuérdame por qué estamos haciendo esto…
—Porque es la única manera de que Rachel me permita encerrarme en mi cuarto por un rato… —le contestó picarona, justo después de cerrar la puerta.
Edward hizo un falso sonido de reproche.
—Mentirosa…
—Técnicamente hoy no he mentido a nadie —replicó con suficiencia—. ¿Te has lavado las manos?
Edward no se esperaba esa pregunta.
—Eh, ¿sí…?
—¿Hace cuánto?
Él lo pensó.
—No sé, la última vez que lo necesité en casa, tal vez.
Bella asintió.
—Siendo así, al baño —dijo cogiéndolo de la muñeca.
—¿Eh?
Lo miró por encima del hombro.
—¿No pensarás que me vas a tocar de una forma tan íntima sin una higiene adecuada, verdad?
Él se quedó mudo.
—No…
—Pues vamos. —Y recobró su labor de arrastrarlo hasta allí.
nnn
Lo bueno de la casa de Bella era que tenía baño propio dentro de la habitación y, en caso de necesitarlo, no tenían que estar saliendo al pasillo como en la de Edward. Sin embargo, al mismo tiempo también le daba margen al último para sentirse más confiado y empezar a hacer bromas infantiles.
—¡Edward! —se quejó ella con gracia—. ¡No me tires agua!
—¡Dame algo para secarme entonces! —le respondió a la castaña que seguía agachada en el mueble bajo la pica, desde donde al final le tendió con una mano una toalla pequeña.
—¡Ten! —exclamó con un bufido—. Estaba recién lavada.
—Gracias.
Y con la otra mano escondida y mojada, aprovechó para lanzarle el resto de gotas que pudo a la cara.
—¡Eh!
Ella rio como una niña pequeña mientras Edward acababa de secarse, y, en venganza, la retenía abrazada a él sin dejarla escapar. Estando así, Bella percibió algo curioso.
—¿Es mi idea o hueles a frutas?
Él bajó la mirada, avergonzado.
—Leí que a las mujeres os atraía ese olor, por las feromonas…
Bella se tomó unos segundos para procesarlo.
—Al menos es mil veces mejor que el AXE —comentó con gracia. No obstante, Edward se lo tomó como toda una sorpresa.
—¿No te gusta ese desodorante?
—¿Bromeas? —exclamó ella—. Es la cosa más repelente con la que me he chocado en mi vida. Y más cuando los chicos salís del gimnasio oliendo como si os hubierais echado una botella entera. Iugh.
Edward rio por su expresión y la besó castamente, gesto que ella aprovechó para profundizar aún más, con intención.
—Sabes a chocolate… —murmuró un Edward deleitado.
Bingo.
—Yo también he investigado lo mío —sonrió coqueta—. Es afrodisíaco para quien lo prueba. Y por el pastel del cumpleaños de Tyler… recuerdo que nos funcionó bien.
Edward la observó con picardía.
—Sí, bastante bien —concordó, dándole un rápido besito—. Aunque por ti misma ya eres todo lo dulce que pudiese necesitar.
Esa frase llegó a enternecer el corazón de Bella, de una manera que la impulsó a besarlo sin poder resistirse, sintiéndose dichosa de que encima Edward la correspondiese con la misma magnitud. Ella sopló el aliento sobre sus suaves labios húmedos, y los besó de forma casta para luego alentarlo a proseguir con un ritmo frenético. La lengua de él repasó su labio inferior, antes de que la de Bella lánguidamente acariciara de forma astuta y maestra la suya. Ella cogió su rostro entre las manos, sintiendo como sus brazos y piernas se llenaban de adrenalina por aquella exploración mutua capaz de encenderles las mejillas.
—¿Vamos a la cama?
—Sí…
Edward los acomodó a ambos sobre el colchón y, acto seguido, siguieron con su sesión de besuqueos interminables. Empezaron a jugar con los ritmos de manera que de besos feroces, demoledores, que les hacía vibrar hasta la punta de la lengua, pasaban a cándidos y tímidos picos sin previo aviso; frustrantes para colmarles la paciencia, pero que al mismo tiempo los excitaba sobremanera. Ambos iban de repasar la lengua por el labio inferior del otro y abrir sus bocas como invitación a un beso voraz, a aquellos inexpertos movimientos accidentales que les sacaba una que otra mirada de afecto y comprensión.
Trataban de aplicar sus conocimientos, pero se dieron cuenta que en la tan placentera práctica su memoria volaba. A pesar de eso, siguieron siendo ellos. Con unos besos profundizaban, con otros trataban de llevar la contraria al otro… De manera que no faltaron sonrisas, muecas o carcajadas durante de ese indefinido periodo de tiempo.
—¿Hasta dónde quieres avanzar? —preguntó Bella en un momento dado.
Edward tuvo que hacer un esfuerzo magnífico para escucharla.
Verla a los ojos mientras sentía su aliento chocando contra la humedad de sus labios lo estaba llevando al límite.
—¿Hasta dónde quieres avanzar tú? —le devolvió la pregunta.
Bella se encogió de hombros.
—Si te parece bien, pensé en empezar a tocarnos bajo la ropa —dijo rozando los hinchados labios de Edward para no romper el ambiente—. Y solo quitárnosla cuando sea esencial. Para que no sea tan apresurado, ¿no?
Ella se estiró bajo su cuerpo, acentuando un pequeño escote de sus pechos.
—Me parece bien.
Edward, motivado por la imagen, se atrevió a colar sus manos detrás de su cabellera que tanto le gustaba, sin embargo, el capricho de su mente chocó con la realidad.
—No me toques la raíz, por favor —le pidió ella mientras retiraba sus manos de ahí rápidamente—. Sé que a ti te gusta, pero mi pelo se pone grasiento.
—Ah, vale.
Como esos, Edward supuso que también tendrían que hablar sobre detalles con los que el otro no estuviese a gusto.
No obstante, al percibirle un aire culpable, ella trató de animarle.
—Sobre el resto no digo nada. —Y se enfocó en hacerle olvidar rápidamente la mala pasada. Decidió que ya habían calentado lo suficiente para comenzar a emigrar hacia otras zonas, así que de manera traviesa, Bella empezó a repartirle tímidos besos por el mentón, uno la nuez de su cuello —aunque, por si acaso, sin presionar en lo absoluto—; hasta llegar a bajar la parte superior de la camiseta y darle una lamida en el hueco de su clavícula.
—¡Hey!
Ella se aplaudió por su gesto. Aunque no lo había excitado, al menos lo había divertido. Decidió unir sus manos a la acción, las cuales fue deslizando por los brazos entrenados de Edward, por su tersa espalda e inclusive por su zona baja, mientras él seguía manteniendo las suyas aferradas a su cintura y no parecía tener intenciones de cambiar.
A Bella le incomodaba la idea de ser la única intentando ir más allá, lo que sin duda también le impedía mantenerse "dentro del ambiente".
Sin querer rendirse, cogió una de las manos masculinas y la situó por debajo de su falda mientras se acercaba a una distancia prudente de su oído.
—Tócame más, si quieres.
Al segundo siguiente, el borde de la oreja de Edward se comenzó a enrojecer mientras él asentía, nervioso.
—Me gusta tanto que lleves la iniciativa en estos casos…
Y eso acabó por romper la magia.
—En realidad —intervino Bella pasando saliva—, preferiría que lo hicieras tú.
Edward no tenía cara de esperárselo.
—Creía que a ti te gustaba, por tu insistencia en avanzar y…
Ella movió la cabeza.
—Pues no —le aclaró con sinceridad—. Lo hice porque tú no te lanzabas y sentía que estábamos a la par en ese punto. Pero en el fondo, me siento más segura cuando tú participas y no me haces quedar como si fuese la única que quiere… dar otros pasos. No es lo mío.
Edward asintió, procesando sus palabras.
—Ya. ¿Y qué tal si los dos llevamos la delantera?
Bella pestañeó varias veces.
—¿Eso se puede?
Edward se encogió de hombros.
—Lo intentaremos.
Él se inclinó a darle un pico y la levantó de la cama para sentarla encima de tus piernas.
—¿A la misma altura está bien para ti?
Ella asintió, muy a gusto con su idea, y él acabó por convencerla al darle otro besito rápido en la punta de la nariz. Siguió con otro diminuto en sus labios, y volvió a repetir el movimiento tratando recuperar la placentera sintonía de antes. En poco tiempo ella volvió a sentir las manos de Edward de nuevo en sus glúteos, los cuales amasó, acarició con cuidado y a los que, seguidamente, propinó una palmada.
—¡Edward! —escupió entre risas.
—¡Quería probar!
Ella negó con la cabeza mientras él acariciaba el exterior de sus muslos. Ambos volvieron a buscar el placer a través de sus bocas, mientras los dedos de Bella se aventuraban a dibujar en su camiseta parámetros indefinidos. Los pasó por la zona del pecho y en ese mismo punto, rascó con suavidad.
—Bella…
—¿Te gusta? —preguntó. Él asintió de inmediato, a lo que ella hizo lo mismo otra vez. Se paró a besar de nuevo el hueco en su clavícula y bajó las manos lentamente hasta sus muslos, muy cerca de su ingle—. Pues también me gustaría que hicieses eso mismo conmigo.
Él tragó, y asintió.
Las manos de Edward no tardaron nada en deslizarse dentro de su espalda para acariciarla en la misma medida. Bella no sintió más que cosquillas, y creía que eso se prolongaría hasta que él rascó levemente sus pechos por encima de la camisa y sujetador.
Entonces ella se derritió…
—Más fuerte.
Y Bella se apresuró en guiar sus manos para que se mantuvieran en el punto exacto donde las quería y con la presión que deseaba. No se imaginaba que notara tanta sensibilidad en los pezones a pesar de las capas, pero así era, y a Edward no podía ilusionarle más el hecho de saber que podía complacerla.
—¿Se siente bien?
—Sí…
Y mientras él procedía en su labor, motivado por su reacción y su ayuda, Bella bajó una de las manos hasta posarla en su muslo, el cual apretó antes de irse en dirección a su ingle. Lo miró a los ojos cuando lo tocó ahí, y captó el preciso momento en el que Edward saltó sobre su sitio.
A ella se le escapó la risa.
—¿Tan sensible estás?
Edward bufó
—¿Acaso tú no?
Bella amasó la protuberancia en el pantalón, y él casi se venía ahí mismo.
—¿Te gusta? —preguntó con un deje de inocencia, pero alerta al mismo tiempo por todavía no tener confirmación de su parte.
—P-Por ahora sí.
Él también puso una mano sobre la suya para guiarla igual que ella lo hacía con él mientras seguía rascando el punto más sensible de su pecho. Si ya así se sentía tan voluminoso y lleno en la mano…
Edward no tardó en notar que Bella estaba comenzando a restregarse en su pierna en búsqueda de alguna forma de alivio. Y al ver la acción, llevó la mano sobre la de Bella en su pantalón y la ubicó justo debajo de su falda. Sentir la delicada piel de su carne entre sus dedos mientras ella se deslizaba en pequeñas sacudidas era lo más erótico que podía existir sobre el planeta tierra.
Pero para Bella, la sustitución de su pierna hizo que el placer que sentía en ese punto se difuminara. De todas maneras, la conexión entre sus ojos nunca fue tan fuerte como cuando vieron la imagen erótica de uno sucumbiendo al placer por la mano del otro. El ritmo de sus respiraciones se aceleró, y los movimientos del otro los llevaron a rozar el límite.
—Bella…
—¿Qué?
Edward detuvo la mano que ella mantenía posada sobre su ingle.
—No creo que aguante más…
Bella captó lo que significaba enseguida.
—Oh, pues, si quieres quitarte… ya…
—¿Segura?
Ella asintió. Edward la movió de su regazo para arrodillarse en la cama, deslizó hacia abajo del cierre de los pantalones y, junto al elástico de los bóxers… se los bajó.
💎Vaya, la cosa está interesante. 👀 No es que este sea el +18 más candente de la historia todavía, 🔥 pero los niños están aprendiendo. No pienso poner aquí a dos pares de expertos que acaben haciéndose explotar de placer en segundos cuando recién están conociendo sus cuerpos. De momento, la cosa irá evolucionando como la parejita de tortolitos quiera. ❤️
💎¡Hola! 😊 Vengo con un capítulo larguísimo y el anuncio de que el siguiente cap, jeje, será básicamente la segunda parte de este. Veremos qué pasa, porque la hora de quitarse la ropa llegó. 😎😎😎 ¿Qué os ha parecido? ¿Qué esperáis que pase? ¿Esto hasta dónde va a llegar ahora? 😏🔥
💎 😛 Gracias por vuestros comentarios y todo el apoyo que me mostráis en las redes sociales y aquí. 😭😭😭❤️ Es lo más bonito del mundo mundial.
Un saludo para todas las que estáis en casa, que todo vaya bien, y hasta la próxima semana.
Kisses! 😘😘😘
