Capítulo 39. El punto sin retorno.
¿Alguna vez han escuchado decir que, cuando uno está por morir, revive su vida cuadro por cuadro? Bueno, pues puedo asegurar que es cierto. Justo cuando mi padre me hizo la pregunta que yo más temía escuchar, me vinieron a la mente escenas de mi tierna infancia: escenas en donde corría con Mijael por el amplio prado de una casa, ya no recuerdo si la suya o la mía, mientras los dos nos reíamos con la inocencia de quien no sabe lo que le espera. También recordé un día cualquiera en donde estaba sentado a la mesa de la cocina de mi casa, comiendo pan con mermelada de frambuesa y un vaso con refresco de naranja; no habré tenido más de cuatro años porque los gemelos estaban siendo alimentados por mi madre en sus altas sillitas de bebé. Y me acordé también de las muchas ocasiones en las que lloré aterrado por el maldito paraguas embrujado de mi clóset. Y hablando de ese paraguas: ¡habría dado lo que fuera por enfrentarme a un tsukumogami de verdad en vez de a la ira de mi padre, al menos tendría más oportunidades de salir con vida de eso! Por cierto: ¿será que mi papá, al morir, se convertirá en un fantasma gruñón que se paseará por toda la casa diciéndome que "debo jugar para Japón"? ¿Me jalará los pies por ser un mal hijo? ¿Arrastrará cadenas por toda la mansión para recordarme mis pecados hasta que me muera? ¡Maldita sea, no es momento para empezar a divagar, concéntrate, piensa en una manera de salir de este aprieto con todos tus huesos íntegros!
— Daisuke, se hice una pregunta —repitió el gran Genzo Wakabayashi, con tono glacial. Había tanto silencio en la habitación que se podía escuchar hasta el ruido que hacían las hormigas que caminaban en el jardín—. ¿Por qué el entrenador Margus de la Selección de Alemania me ha dicho que te ha invitado a jugar para su equipo?
Y mi maldita lengua se negaba a reaccionar. Yo, que siempre tengo respuestas altaneras y cínicas a la mano para contestar rápidamente, sobre todo cuando se trataba de hacer renegar a mi padre, me quedé en blanco en ese momento. ¡Si tan sólo me lo hubiera visto venir! Además del miedo que tuve (porque sí, lo reconozco, tenía muchísimo miedo de mi padre), sentía dentro de mí una rabia sorda por el hecho de que el entrenador no me hubiese dado tiempo de hablar primero con el gran Genzo Wakabayashi. ¿Por qué no esperó a que yo lo pusiera sobre aviso? Pero mientras me hacía esta pregunta en mi interior, una vocecita odiosa me dijo que todo era culpa mía por haber sido tan cobarde y haber esperado tanto para hablar con papá, porque tuve muchas oportunidades para contarle las cosas al gran Genzo Wakabayashi y no lo hice.
"¡Cállate, maldito cerebro y mejor dime qué vamos a hacer!", pensé.
"¿Vamos? Éste es tu problema, yo ya me voy. Ahí te ves", me respondió mi estúpido cerebro, dejándome una vez más en blanco.
— ¡Daisuke, contesta! —gritó mi padre, haciendo saltar a Jazmín—. ¿Por qué Manfred Margus ha dicho que piensas nacionalizarte alemán? ¿En qué momento sucedió eso y por qué demonios no estoy enterado?
Sentí sobre mí las miradas de mis hermanos: Jaz me contemplaba con lástima y temor, lo cual aumentó mi angustia. Ni siquiera mi hermana mayor, la única que tenía el valor para enfrentarse al gran Genzo Wakabayashi, se atrevió a interceder por mí. Pero entonces mi mirada se desvió hacia Ichimei, el valeroso, y me sentí avergonzado sorprendido a la vez: en los ojos de mi hermano había una notoria recriminación por no haber hecho lo que se suponía que debí de hacer hacía mucho tiempo. Benji parecía estar pensando algo como "¿Por qué no le has dicho nada a nuestro padre, maldita sea? ¿Por qué eres tan cobarde?" (Bueno, esto tal vez me lo imaginé pero me lo merecería de ser verdad), y eso me causó tanto impacto que eso me hizo reaccionar. Una vez más era mi hermano menor el que tenía más aplomo que yo para responder a una situación de estrés y ayudarme a tener valor. Benji, hermano mío, serás grande cuando crezcas, no me queda duda de que alcanzarás todas tus metas, no como tu miedoso hermano mayor que es más gallina que Shinji Ikari, de Evangelion.
Por cierto, ¿se imaginan al gran Genzo Wakabayashi a lo Gendo Ikari diciendo: "Daisuke, juega el maldito partido o Benji tendrá que hacerlo otra vez"? Maldito cerebro, ¡para eso sí eres bueno! ¡Concéntrate, con un carajo! Al menos tuve el tino de no sonreír, eso habría sido fatal porque mi padre habría creído que me estaba burlando de él y en estos momentos estaría escribiendo mi epitafio, ay.
— ¡DAISUKE! —gritó mi padre, dando un golpe fuerte en la mesa en donde Jazmín estaba haciendo su tarea—. ¡RESPÓNDEME DE UNA BUENA VEZ!
— Quiero jugar para Alemania —musité, con voz temblorosa y ronca.
— ¿Qué? —El gran genzo Wakabayashi parpadeó, confuso. Creo que no esperaba que yo respondiera precisamente eso.
— Que quiero jugar para Alemania —repetí, tras tragar saliva para pasar el nudo que tenía en la garganta—. No quiero jugar para Japón.
No hubiera causado menos impresión de haber dicho que soy un terrorista con una bomba escondida en el trasero. ¡Debieron de ver la cara que puso el gran Genzo Wakabayashi! Creo que casi hubiera preferido saber que soy reguetonero a que quiero ser alemán. Hasta mis hermanos me miraron con los ojos muy abiertos, como si estuvieran sorprendidos. ¡Vamos, Jaz y Benji, ustedes ya sabían que yo quería jugar para Alemania, no finjan que no tenían idea!
— ¿Qué tontería es ésa de que no quieres jugar para Japón? —cuestionó mi padre, quien se recompuso rápidamente gracias a su habilidad para reponerse de cualquier situación impactante—. Eres japonés, lo lógico es que juegues para Japón.
— Soy japonés porque tú así lo decidiste, no porque lo haya elegido yo —repliqué, con más seguridad. En esos momentos sentí como si alguien más se hubiese apoderado de mi cuerpo y estuviera hablando en mi lugar—. Yo me siento más alemán que japonés y quiero jugar para Alemania.
Vi que mi padre hizo un intento para controlarse; seguramente pensó que había manera de arreglar este problema a su estilo, es decir, obligándome a renunciar a lo que yo quería para que aceptara su idea. Pero yo no iba a ceder.
— ¿Cuándo, cómo y por qué te ha contactado el entrenador Manfred? Exigió saber el gran Genzo Wakabayashi, cual si fuera policía en interrogatorio.
— En la escuela, hace como semana y media, más o menos –respondí, sin pensar que estaba cometiendo un error–. El entrenador Kaltz me lo presentó y el señor Margus me dijo que desea tenerme en su equipo para el próximo torneo internacional. No tengo idea de por qué decidió convocarme, hasta donde sé él creía que yo iba a jugar para Japón.
— ¿Y le dijiste que quieres aceptar su convocatoria? Mi padre me miró con severidad–. Creí que habías dicho que no aceptaste la invitación de Tsubasa porque no querías alejarte de Aremy. ¿Mentiste en eso también?
— No –negué, aunque sentí que Ichimei, el justiciero, me miraba acusadoramente así que corregí–: No del todo. Es decir, es cierto que no quería estar lejos de Are pero también es verdad que no quiero jugar para Japón, quiero jugar para Alemania.
Noté que Benji miraba a Jazmín como preguntándole si debían dejarnos solos e ir por ayuda y que Jaz le respondía con un gesto que indicaba que debían quedarse ahí a darme apoyo moral. Esto me dio más valor del que realmente sentía porque sé que de haberme quedado a solar con el gran Genzo Wakabayashi habría terminado cediendo a la presión.
– Bien, supongo que es normal que quieras probarte en otra Selección primero.- dijo entonces mi padre, tratando de encontrar una solución que lo beneficiara–. Mientras no juegues un partido con el equipo mayor no habrá problema, puedes jugar con Alemania en las categorías inferiores para calar tu nivel y después pasarte a la Selección de Japón cuando consideres que estás listo.
– ¿Por qué crees que mi deseo de jugar para Alemania es un capricho pasajero? –pregunté, enojándome.
– Porque es un capricho pasajero –afirmó mi papá, tan seguro de su respuesta como si le hubieran preguntado si el cielo es azul–. Eres japonés y como tal debes de tener deseos de representar a tu país. ¿Por qué habría de ser de otra manera?
– ¿Quizás porque no crecí en Japón y no me siento identificado con este país? –contesté–. Toda mi vida he estado en Alemania, ¿cómo quieres que me sienta japonés si ni tú mismo eres un japonés típico?
La doctora Del Valle lo dice constantemente: el gran Genzo Wakabayashi está más "europeizado" que "japonizado" pues tiene muchas mañas alemanas y pocas tendencias japonesas. Y es que el hombre ha estado mucho tiempo fuera de Japón, si él mismo no está tan acostumbrado ya a las ideas de su país, ¿cómo espera que sus hijos sí lo estén si casi no han puesto un pie en Japón?
– Aunque yo lleve muchos años viviendo en Alemania, siempre he estado consciente de cuál es mi origen –habló mi padre, con mucha dignidad–. Y a ti debería de pasarte lo mismo.
– ¿Cuántas veces he de decirte que yo no soy tú, padre? –grité, con tanta fuerza que se me salió la saliva–. ¡Soy una persona independiente, no soy como tú y yo no quiero ser parte de Japón, ni hoy ni mañana ni nunca! ¿Por qué no lo entiendes?
– Llevo años entrenándote para que tomes mi lugar en la portería de Japón –me contradijo el gran Genzo Wakabayashi, mirándome con tanta rabia que retrocedí. Me quedaba claro que su autocontrol había terminado ahí–. Años de enseñarte lo que debes de saber para que Japón llegue a la cima otra vez y de mostrarte cómo es el estilo de juego de tus futuros compañeros, hasta le he hablado a Tsubasa tu forma de jugar para que sepa adaptarla a su equipo, todo forma parte de un plan que comenzó desde que convencí a tu madre de que te diera a luz en Japón para que no hubiera problema con la nacionalidad, así que jugar para Alemania no es ni ha sido nunca una opción, ¿te queda claro, Daisuke?
– Y yo no sé por qué a ti no te queda claro que, aunque haya nacido en Japón, he pasado toda mi vida en Alemania –contraataqué, alzando la voz–. Que aunque me hayas mostrado el estilo de juego de los hijos de tus compañeros que me desprecian por ser mitad mexicano, es con los alemanes con quienes he jugado en la vida real y con quienes me he compenetrado porque me aceptan como soy. Y aunque le hayas hablado a tu amigo de toda la vida sobre mi forma de jugar, nunca me ha usado en un partido de verdad así que nada garantiza que yo me adapte a su equipo. Desde mi punto de vista, jugar para Japón nunca ha sido una opción, ¿eso te queda claro, padre?
Vi que Jazmín se tapaba la boca con la mano para ahogar un gritito de sorpresa, mientras Benji hacía una cara rara, como si estuviera chupando un limón. Supongo que ambos pensaron que al final del día iba a haber un muerto en la casa, ya fuera nuestro padre o yo.
— ¡Esto es inaudito! —exclamó el gran Genzo Wakabayashi, caminando a zancadas por toda la habitación–. ¡Sencillamente inaudito e increíble! ¡No es posible que no quieras jugar para Japón, te he entrenado para que sigas mis pasos y seas igual a mí! ¿En qué es en lo que he fallado?
— En que tengo mente propia y ésta no quiere seguir tus pasos –contesté, a pesar de saber que no me lo estaba preguntando precisamente. Y tras pensarlo un poco, añadí–: No quiero ser como tú.
— ¿Qué has dicho? –Mi padre se detuvo abruptamente y clavó sus ojos oscuros en mí. Yo me di cuenta de que la pregunta la hizo no porque no me hubiera escuchado sino porque me estaba retando a que repitiera lo que acababa de decir.
Y yo, como buen suicida que soy, se lo repetí.
— ¡Que no quiero ser como tú! –grité, con todas mis fuerzas. En ese momento, me sentí sobrepasado por todo y perdí el control–. ¡Estoy harto de que me veas como si fuese un objeto que puedes vender al postor de tu interés, estoy harto de que me trates como si fuera tu clon y no una persona independiente, estoy harto de que me impongas tus metas frustradas! ¡Estoy harto de ti, papá, y lo último que quiero en mi maldita vida es ser igual a ti!
Lo que sucedió después rompió algo entre nosotros, porque no pensé que el gran Genzo Wakabayashi fuese capaz de hacer lo que hizo: cruzó rápidamente la distancia que nos separaba y me golpeó en el rostro. No muy fuerte, hay que decirlo, pero aún así me abofeteó. Yo caí hacia atrás y solté un grito de dolor, pero no era tanto el dolor físico lo que me molestaba sino el emocional pues mi padre nunca antes me había pegado sin justificación.
Sí, no voy a mentir y a decir que mis papás nunca me han golpeado, porque sí lo han hecho pero no es algo que hagan muy seguido ni que acostumbren a hacer con nosotros, las pocas veces que la doctora Del Valle o su enojón marido me han puesto una mano encima ha sido porque me he portado muy mal y me lo he merecido. Recuerdo una vez que hice un berrinche monumental en pleno parque de Múnich por una estupidez, cuando era un mocoso que a duras penas podía correr sin cagarse en el proceso, y acabé con un par golpes en las posaderas por berrinchudo, pero ésta fue la primera vez que el gran Genzo Wakabayashi me atacó sin razón justificada. Sí, es verdad, le falté al respeto pero, en estricto sentido de la palabra, no le dije nada que no fuera cierto.
Cuando me caí, escuché que Jazmín se paró de su silla, tan rápido que la tumbó, al tiempo que le pedía a nuestro padre que se detuviera. Benji, el arriesgado, fue hacia mí para preguntarme si estaba bien y bueno, yo todavía tuve el descaro de decirle que sí.
— Ni siquiera me dolió –aseguré, a pesar de que se me estaban saliendo las lágrimas de los ojos a causa del dolor.
¿Se imaginan lo que es recibir un golpe de un portero como el gran Genzo Wakabayashi, acostumbrado a despejar balones? Que es cierto que no me golpeó con la misma fuerza con la que despeja un balón pero de cualquier manera fue un golpe intenso.
– ¿Qué está pasando aquí? –preguntó la Emperatriz de Alemania, a grandes voces–. ¡Sus gritos se escuchan hasta la cocina!
– Esto es entre mi hijo y yo, Elieth –contestó mi padre, indignado–. Es un problema que debemos resolver entre los dos.
Mi tía me miró atentamente, incrédula, clavando sus ojos grises en mi mejilla, la cual creo que estaba comenzando a hincharse. Y ella no necesitó ver más para sacar sus conclusiones sobre lo que había pasado ahí.
– Lo que sea que tengas que resolver con Daisuke hazlo en otro momento –repuso la mamá de Mijael, muy seria–. No sé qué ha sido lo que te ha llevado a que golpees a tu hijo pero necesitas calmarte primero.
No me enteré de qué respondió el gran Genzo Wakabayashi porque aproveché para escabullirme a mi habitación, empujando a Jazmín y a Benji en el proceso pues no quería hablar con nadie. Necesitaba saber qué había pasado, en qué momento se había distorsionado todo y si la bofetada que recibí de mi padre había sido nuestro punto de no retorno. ¿Habríamos llegado al punto en el que nuestra relación se habría fragmentado para siempre?
Vaya que soy melodramático, no he de ser el único hijo al que ha golpeado su padre y, si era estricto, yo me lo había buscado por estar jugando con fuego, tenté demasiado a mi suerte al dejar pasar tantos días desde que el entrenador Margus habló conmigo sin que se me ocurriera siquiera tocar el tema de la nacionalización con mi traumado progenitor, por no mencionar que me había sobrepasado al decirle que no quería ser como él. Digo, no estoy justificando a mi padre pero, ¿para qué buscarle tres pies al gato sabiendo que tiene cuatro? Estuve jalándole la cola al león dormido, no debería de sorprenderme que éste al fin se haya despertado y me haya arañado.
Sin embargo, todo esto lo pensé después, cuando tuve tiempo de tranquilizarme y analizar lo sucedido. En ese momento lo único que quería era llorar, me dolía demasiado la cara y la cabeza me daba vueltas, además de que estaba seguro de que había arruinado mi única oportunidad de jugar para Alemania, no tenía duda de que el gran Genzo Wakabayashi jamás consentiría en que me nacionalizara alemán.
– ¡No quiero ser hijo de Genzo Wakabayashi, no quiero serlo ya! –bufé, tapándome la cara con la almohada–. ¿Por qué cuernos no soy adoptado?
Hasta ese momento me di cuenta de que mis hermanos me habían seguido: los dos comenzaron a tocar a la puerta de mi cuarto con mucha insistencia. Por la reacción que tuvieron ambos quedaba claro que estaban de mi parte pero de todos modos no tenía ganas de verlos, me sentía demasiado humillado como para hacerles frente.
– ¡Dai, déjanos entrar, por favor! –me gritaba Jazmín desde el otro lado de la puerta–. ¡Estamos contigo, queremos ayudarte!
– ¡Váyanse! –les grité–. ¡Quiero estar solo!
– Al menos deja que te veamos el golpe –pidió Ichimei, el curandero–. Traemos la crema que usa mamá para el dolor, te ayudará.
– ¡Déjenme en paz! –espeté, sin moverme de mi lugar–. ¡Me importa un carajo si la cara se me hincha y se me cae a pedacitos!
Mis hermanos siguieron insistiendo un rato más pero decidí ya no hacerles caso así que en algún momento se cansaron y se fueron, lo que me permitió a mí llorar un poco. Sí, lloré, no me da pena decirlo, los hombres también tenemos ganas de llorar a veces y no tengo por qué aguantarme sólo porque a alguien le parece mal que lo haga. En fin, no sé cuánto tiempo habrá pasado hasta el momento en el que escuché que alguien golpeaba la ventana de mi cuarto. Me paré de un salto para ir a abrir y no me sorprendí mucho de encontrar a Mijael ahí, seguramente fue mi hermana o quizás su madre quien lo puso sobre aviso.
– Me acabo de enterar, Dai, lo lamento –manifestó Mijael, preocupado. No necesitaba verle la cara para saber que estaba angustiado por mí pues otra vez estaba diciéndome "Dai" en vez de "Chucky" y eso hablaba mucho de su estado de ánimo–. ¿Cómo estás? ¿Te duele mucho el golpe?
– Más de lo que debería –admití, en voz baja. La verdad era que sí me dolía y mucho–. Bien, creo que he llegado al límite con mi padre, después de esto no hay marcha atrás.
– Seguro que habrá una manera de recomponer esto –dijo Mijael, con tal seguridad que me lo creí, aunque fuese por cinco segundos–. Me ha contado Jaz que el problema fue que mi padrino al fin se enteró de que quieres jugar para Alemania y que no se lo tomó de buena manera. ¿Es cierto?
– Sí, lo es –suspiré, llevándome las manos a la cara aunque las retiré de inmediato por el dolor del golpe–. El problema no fue que quisiera jugar para Alemania, el lío estuvo en que el entrenador Margus se lo dijo directamente.
– ¿Cómo? –preguntó Mijael, confundido, y en ese momento recordé que no le había contado acerca de la charla que tuve con Manfred Margus días atrás.
Mientras le daba a Mijael todos los detalles de dicha plática, noté que mi mejor amigo se ponía muy serio y eso me dio mala espina. Mijael Schneider nunca se pone serio a menos que algo grave esté ocurriendo y comencé a sentir que me estaba ocultando algo, sobre todo porque él no se sorprendió de lo que le conté, como si ya supiera que el señor Margus me iba a convocar.
– Y por alguna razón que no entiendo, el entrenador decidió enviarle un correo de voz a mi papá para decirle las cosas y para mi mala suerte él lo escuchó cuando yo estaba presente –concluí, dejándome caer en la silla de mi escritorio–. Aunque tengo que reconocer que la culpa es mía por no habérselo contado a mi padre antes, si hubiera sido menos cobarde quizás habría podido minimizar el golpe.
– Si me preguntas mi opinión, creo que mi padrino habría estallado independientemente de cuándo o cómo se hubiera enterado –me contradijo Mijael, mirando distraídamente hacia el piso–. Qué jodido está este asunto…
– ¿Qué pasa contigo? –pregunté, extrañado de la actitud de mi amigo–. Andas de lo más raro y no te ha sorprendido el que el entrenador de la Selección de Alemania haya querido reclutarme. ¿Es que Jazmín te dijo algo o qué?
Pasaron algunos segundos de silencio, durante los cuales Mijael me miró a la cara con una expresión de culpa. Yo le sostuve la mirada, sintiendo que estaba por decirme algo que resolvería algunas dudas sobre lo que acababa de ocurrir entre mi padre y yo.
– No me sorprendió porque yo ya lo sabía y no porque Jaz me lo haya contado –me confesó Mijael–. Ya estaba enterado de que el entrenador Margus te iba a convocar porque he sido yo quien le ha pedido que te convenza de nacionalizarte alemán ya que rechazaste jugar para Japón, no por lo de Are sino porque no te interesa jugar para esa Selección. Y le dije todo esto porque le aseguré que, si te reclutaba a ti como portero, yo aceptaría jugar para su equipo como delantero.
– ¿QUÉ COSA? –grité, atónito, mientras me ponía en pie. Tuve muchas ganas de zarandear a mi amigo pero me contuve–. ¿POR QUÉ HICISTE ESO?
– Porque tú y yo sabemos que tu lugar está con Alemania, no con Japón —respondió mi amigo, levantándose también—. Y estaba cansado de que no te atrevieras a aceptarlo.
– ¿Y por eso has hablado con el entrenador Manfred a mis espaldas para hacerme creer que fue idea suya el convocarme a su Selección? —exclamé, apretando los puños—. ¿Eres tú el responsable de que yo haya acabado en esta emboscada?
– ¡No sabía que las cosas se iban a distorsionar de esta manera! —se defendió Mijael–. Yo pensé que tú hablarías al fin con mi padrino y le dirías cuáles son tus verdaderos deseos. ¡No creí que, como siempre, te harías el tonto y retrasarías el asunto hasta que acabara estallándote en la cara!
– ¡Si me hubieras dicho que me usaste como condición para aceptar la convocatoria del entrenador Margus, esto no habría pasado, habría sabido qué me esperaba y habría hablado con el gran Genzo Wakabayashi antes! —insistí—. ¡No tenías derecho a tomar la decisión por mí ni tampoco a ocultármelo! Si al menos ya me habías tendido la trampa, ¡lo mínimo que hubiera esperado es que me pusieras sobre aviso!
– Debiste haber hablado con él, sin importar si sabías o no lo que yo hice —replicó mi amigo y, maldición, en eso tenía razón—. Pero dejaste que tu cobardía te ganara y eso no es mi culpa.
– No tenías derecho a decidir eso por mí —repetí, tercamente—. No tenías derecho a forzar las cosas, ¡ahora estoy seguro de que mi padre jamás me dejará jugar para Alemania!
Sin pensarlo mucho estiré mi puño hacia Mijael con la finalidad de estampárselo en la cara, estaba tan enojado que en esos momentos no me importaba nada pero él no se movió ni hizo el intento de defenderse y yo me detuve a escasos centímetros de su mocosa nariz. Una cosa era que me peleara con él y otra muy diferente es que se pusiera como saco de boxeo, no me gusta abusar de las personas que no se defienden.
— Anda, golpéame —me dijo—. Eso te hará sentir mejor.
— No tiene caso —negué, bajando el brazo—. A quien quiero golpear es a mi perfecto padre y tú no te le pareces en nada.
— Golpéame, sé que me lo merezco —aseguró mi amigo—. Tienes razón: no debí hacer las cosas así, debí decírtelo todo o dejar que tú resolvieras ese problema.
— No lo haré —continué negándome aunque sí tenía ganas de atacarlo.
— ¡Golpéame! –gritó Mijael, tomando mi brazo para llevarlo hasta su cara–. Aquí, rómpeme la nariz, anda, sé que lo quieres y me lo merezco.
— ¡Que no! –jalé mi brazo para soltarme de su mano–. ¡No voy a sentirme mejor pegándote! ¿Qué no entiendes?
— ¡Pero me lo merezco! –insistió mi atolondrado mejor amigo, con mucho sentimiento de culpa.
— No te voy a pegar, no me importa cuánto me insistas –aseguré, decaído–, porque realmente no creo que te lo merezcas. Vete ya, por favor, quiero estar solo.
— No pienso irme hasta que no descargues tu enojo. –Mijael se sentó en la silla de mi escritorio y se cruzó de brazos.
Yo estaba en el límite de mi paciencia y no quería seguir peleando con Mijael ni tampoco quería golpearlo así que decidí que si no se iba él lo haría yo, por lo que me di la vuelta y me salí por la ventana abierta, saltando por los riscos de la pared que le permitían a mi amigo subirse y llegué hasta el suelo, sin importarme si me caía o me golpeaba en el proceso. El enojo lo hace a uno estúpidamente temerario, pero para mi buena fortuna salí ileso porque seguramente me habría arrepentido si me hubiese matado.
— ¡Ven acá, Wakabayashi, no hemos terminado! —me gritó Mijael, asomándose por la ventana.
— ¡Déjame en paz, Schneider! –grité cuando llegué al suelo, antes de echar a correr–. ¡Ya te dije que no tengo ganas de hablar contigo!
Mijael Schneider siempre ha sido mi mejor amigo, nadie me entiende como él. Hemos crecido juntos como los herederos de dos legados que ninguno de los dos quiere recibir y nos hemos apoyado en cada paso que hemos dado. Sólo nosotros entendemos lo que es ser hijo de alguien famoso y lo pesado que puede resultar el serlo. Él nunca ha sido un mal amigo y estoy seguro de que me aprecia como si fuera su hermano, sé que lo que hizo lo hizo porque en su momento de verdad creyó que era una buena idea, simplemente Mijael no tenía manera de saber que este asunto con el gran Genzo Wakabayashi iba a acabar así, pero de cualquier manera yo me sentía muy enojado y no quería verlo en ese instante. De hecho, la única persona a la que quería ver estaba en el hospital cuidando de mi hermana, sé que si mi madre hubiera estado presente esto no se habría deformado al punto en el que estaba pero no pudo ser y ahora, además de haber roto de manera permanente la relación frágil que tenía con el gran Genzo Wakabayashi, yo no tenía con quién desahogarme. O mejor dicho, no quería desahogarme con nadie que no fuera mi madre.
Sin saber qué otra cosa hacer, me puse a dar vueltas por ahí, rodeando la construcción que era mi casa; llegué a la sala y me asomé por los ventanales, pudiendo notar que todas las luces estaban prendidas y que mis cosas seguían tiradas por ahí. No vi ni a Jaz ni a Benji y me pregunté a dónde habrían ido, si se habrían encerrado en sus respectivos cuartos o si se los habrían llevado los extraterrestres (que aquí entre nos, sería lo mejor que les podría pasar porque, ¿quién querría seguir viviendo en este mundo de mierda?). Como no quería que alguien entrara y me viera asomado a la ventana, seguí rodeando la casa hasta que llegué a la cocina, en donde encontré al gran Genzo Wakabayashi discutiendo con la Emperatriz de Alemania. A pesar de que seguía estando tan molesto con mi padre que no quería verlo ni en pintura, me acerqué a escuchar porque pudo más mi curiosidad (si fuera gato, ya me habrían matado unas siete veces al menos) pues se notaba que ambos estaban muy enojados y yo quería saber por qué.
— ¿Cómo es posible que no te des cuenta de que estás siendo intransigente? —preguntó mi tía Elieth—. ¡Tú no tienes derecho a decidir sobre la vida de ese niño, si él quiere jugar para Alemania o para México o para el Tíbet, tu deber como padre es apoyarlo y no enojarte con él porque no quiere seguir tus planes!
— Daisuke aún está muy inmaduro, no sabe qué es lo que más le conviene —replicó mi padre, con el ceño fruncido—. Por eso es que no es prudente ceder a sus caprichos actuales, ya se le pasará.
— ¿Y si no se le pasa? —cuestionó mi hermosa y adorable tía que me defendía a capa y espada de mi ogro padre—. ¿Por qué crees que sus deseos son caprichos? Es cierto que es un niño todavía pero eso no le impide tener sus propios sueños. Lo que sucede es que lo has agarrado para que sigas obteniendo triunfos a través de él, quieres convertirlo en una segunda versión tuya gracias a ese trauma que tuviste por culpa de ese partido contra Holanda.
¿Se habrá referido la Emperatriz de Alemania a esa semifinal en cierta copa del Mundo en donde Japón perdió el pase a la final ante Holanda por culpa del gran Genzo Wakabayashi, que no fue capaz de evitar los dos goles de Bryan Cruyfford que le dieron la victoria a su equipo? Sí sé que mi padre tiene cierto trauma con ese evento pues fue uno de los pocos partidos de toda su vida en donde él tuvo la culpa directa de la derrota de su equipo pero, ¿qué tenía que ver eso conmigo?
— Y si eso fuera verdad, ¿qué problema habría? —cuestionó mi padre, con mucha dosis de cinismo—. Daisuke es mi hijo y puedo hacer con él lo que mejor considere para su futuro.
— El problema es que no lo estás haciendo por eso y lo sabes, lo estás haciendo por ti —replicó mi tía—. Debes aceptar que tú no eres Daisuke y que no puedes seguir viviendo a través de él.
— ¿Sabes? Te agradezco mucho en verdad que te preocupes por el futuro de mis hijos, pero creo que es momento de que dejes de meterte en donde no te llaman —dijo el gran Genzo Wakabayashi, con dureza—. Esto no es tu asunto.
La Emperatriz de Alemania, al escuchar esto, puso una expresión de tristeza que claramente indicaba que le había dolido el comentario. Y no es para menos, me consta que ella en verdad nos quiere como si fuésemos sus hijos y por tanto tiene a derecho a defendernos si considera que mis padres están haciendo algo mal. Sin embargo, más que dolida, mi tía lucía decepcionada, era obvio que mi papá había cruzado el límite con ella también. Bien, que al parecer no soy el único Wakabayashi que mete la pata por culpa de su gran bocota y creo que el Gran Súper Portero se dio cuenta de eso pero ya era tarde para corregir la situación.
— No solamente son tus hijos, también son mis niños, son los hijos de mi Lapinette y si ellos me necesitan por supuesto que voy a meterme tanto como quiera –dijo mi tía Elieth, con dureza–. Y si no me largo y te dejo solo como te mereces es porque ellos no tienen la culpa de tener un padre tan imbécil ni mi mejor amiga tiene por qué pagar por tus idioteces. ¡Ni siquiera porque ella y Aremy te necesitan es que te puedes comportar, maldita sea!
¡Auch! ¡Golpe bajo y bien dado de la Emperatriz de Alemania al SGGK al usar a mi madre y a mi hermana para hacerlo sentir mal! Y si yo no hubiera estado tan dolido con mi padre sin duda que me habría sentido mal por él pero en ese momento sentí cierta satisfacción malsana. El gran Genzo Wakabayashi no hizo el intento de responder y mi tía salió de la cocina muy enojada, golpeando la puerta al salir (lo cual no le sirvió de mucho porque es una puerta abatible y por tanto no azota). Yo estaba a punto de marcharme antes de que mi papá se diera cuenta de que lo estaba espiando pero en ese momento entró mi tía Bárbara echa una furia, seguida del entrenador Kaltz.
"Viene el round dos", pensé con maligna satisfacción, pues a juzgar por la cara de la mamá de Adler se notaba que le iba a armar una buena bronca al gran Genzo Wakabayashi. ¡Qué bien me hubieran venido unas palomitas de maíz en esos momentos!
– ¿Cómo te atreves a hablarle así a Elieth? –reclamó mi tía Bárbara, con un volumen de voz tan alto que estaba seguro de que toda la cuadra la iba a escuchar–. ¡Nosotros nos preocupamos por tus hijos tanto como por los nuestros y es normal que intervengamos si lo consideramos necesario!
– ¡No le he dicho nada que no sea verdad! –replicó mi padre sin dejarse intimidar–. Además, ya me quedó en claro hasta qué grado se preocupan por mi hijo, que tu marido organiza reuniones con entrenadores de otras selecciones a mis espaldas para que a Daisuke se le metan ideas en la cabeza y me lleve la contraria.
– ¿Qué quieres decir con eso? –preguntó la señora Kaltz, momentáneamente sorprendida.
– Yo sí sé de qué habla –suspiró el entrenador Hermann, con pesar. Supongo que el hecho de que conoce a mi padre desde hace tantos años fue lo que lo ayudó a saber qué era lo que a éste le molestaba–. Gen, viejo amigo, no sé qué idea se te habrá metido a ti en la cabeza pero no era mi intención que Daisuke te llevara la contraria sino que él tuviera otras opciones para elegir. El presentarle a Manfred Margus fue una acción inocente, no te estaba traicionando si es lo que estás pensando.
– ¿Te parece que es "una acción inocente" el favorecer que Daisuke piense que puede jugar con otra Selección que no sea la de Japón sin que me avises al respecto? –espetó el gran Genzo Wakabayashi, muy enojado–. ¡Por supuesto que me traicionaste, "viejo amigo", no debiste hacer eso sin consultarme primero!
– Okey, no estaba enterada de esta situación. –Mi tía Bárbara le lanzó una mirada furibunda a su marido–. Pero estoy segura de que las intenciones de Hermann eran buenas; como bien ha dicho, Daisuke tiene derecho a tener otras opciones.
– A mí me parece un acto de traición –insistió mi padre–. No debió de hacerlo a mis espaldas.
– Aunque esto sea cierto, creo que llamarme "traidor" ya es demasiado. –El entrenador Kaltz frunció el ceño–. No tienes por qué insultarme, Gen, entiendo que estés enojado pero nunca ha sido mi intención el hacer algo que pudiera perjudicar a tu hijo o a ti. ¡Creí que después de tantos años ya me conocías lo suficiente como para saberlo!
Casi sentí compasión por mi padre. No, mentira, no sentí ni pizca de compasión, creí sinceramente que se merecía lo que le estaban diciendo y agradecí que mis tíos se hubieran puesto de mi lado. Pero no tenía ganas de seguir escuchando más peleas, me dolía la cabeza y tenía frío pues me salí de mi habitación sin chaqueta, así que me moví buscando un lugar en donde pudiera resguardarme y no encontré mejor lugar para descansar que en una banca de piedra que había en el porche trasero de la casa, que a esas horas tenía sus luces apagadas. Mientras me preguntaba qué haría ahora, si me animaría a entrar en la casa o si de plano ya me tiraba a un pozo para dejarme morir (más drama, por favor), escuché ruidos detrás de mí y temí que se tratase de mi padre.
— Al fin te encuentro, Dai –me dijo Benji, semioculto por las sombras.
— ¡Ah! Me alegra que seas tú –musité, aliviado–. Eres una de las pocas personas a las que soporto ver ahora.
— ¿Cómo te sientes? –me preguntó, mientras se sentaba junto a mí–. ¿Te duele mucho?
— Ya no, no fue para tanto –aseguré, tocándome la cara–. Pero me duele el orgullo.
— Te entiendo –suspiró Benji–. Lamento que esto haya acabado así.
— No tienes qué decirlo: sé que es culpa mía –dije, agachando la cabeza–. Debí de haber hablado con papá en cuanto el entrenador Margus me pidió que me nacionalizara alemán.
— No tiene caso que te castigues por eso –replicó Ichimei, el sabio–. Lo hecho, hecho está y ahora debemos buscar la forma de corregir este desastre, ¿no?
— ¡Ojalá fuera tan fácil! –bufé, desesperado–. Pero me convendría más cambiarme el nombre a Pancho Pistolas y mudarme a México para empezar de nuevo.
— No me había dado cuenta de lo dramático que eres, hermano mayor –se burló Benji, tras lo cual se echó a reír a carcajadas–. Aunque si ya tienes humor para decir estupideces, es señal de que ya estás más tranquilo. Vamos, sabes que no es el fin del mundo.
— Supongo que no –admití, sintiéndome ridículo ante la sabiduría de mi hermano menor–. Supongo que debo ir un paso a la vez, ¿no es así? De manera que por el momento debo preocuparme de encontrar una manera cómoda de dormir en esta banca.
— O podrías quedarte en mi habitación, si lo que quieres es que nuestro papá no te encuentre hoy –sugirió Ichimei, el pacificador–. Ahí puedes terminar tus labores pendientes, comer algo y descansar sin que nadie te moleste.
— Esa idea me agrada –admití–. Creo que la aceptaré. ¿Sabes por dónde entrar a la casa sin que nadie nos vea?
— Claro: a través de la entrada del pasadizo secreto que está en el jardín –sugirió mi hermano, tras pensarlo un momento–. Recuerda que no hace mucho lo usamos Chris, Claude y yo para sacarlos de la casa sin que los vieran nuestros papás así que la puerta no debe de estar bloqueada aún por las plantas.
Se me había olvidado que ese pasillo acababa en el jardín, así que bastaba con encontrar su salida para poder aparecerse en la casa sin ser vistos. Sin embargo, a juzgar por lo que Jazmín me contó alguna vez, me daba la impresión de que la parte final de ese pequeño túnel estaba lleno de telarañas e insectos rastreros, por lo que me sorprendía un poco que Benji quisiera meterse ahí ya que no es muy adepto a las arañas y se lo hice saber.
– Chris y Claude lo limpiaron hace varios días. –Benji se encogió de hombros y esbozó una sonrisa–. Les parece un buen camino para invadir nuestra casa, según sus propias palabras.
Así pues, mi hermano y yo nos dirigimos a dicho pasaje, a través del cual ingresamos a la casa de la manera más complicada posible porque podríamos haber entrado por la puerta trasera: a esa hora nadie nos habría prestado atención dado que los adultos estaban jugando el juego llamado "El Mundo vs Genzo Wakabayashi". Da igual, el caso es que Benji y yo nos escabullimos hasta su habitación, en donde él insistió en aplicarme una pomada para el dolor sobre golpe a pesar de que a esas alturas ya casi no se notaba.
– Me pidió Jazmín que te dijera que te va a dejar tranquilo por hoy pero que mañana va a hablar contigo –me contó mi hermano–, sobre todo porque nos encontramos con Mijael y éste se veía muy triste, nos quedó muy claro que no le fue bien en su reunión contigo. ¿Qué pasó?
– Hoy no, por favor –bufé, cansado–. No estoy de humor para hablar de eso.
– De acuerdo –cedió mi hermano.
Mi hermano puso sobre su escritorio mis cosas, que seguramente recogió de la sala antes de salir a buscarme, tras lo cual se marchó para que pudiera terminar mi tarea. Antes de ponerme a ello, noté que mi cacahuate-celular tenía un mensaje de texto pendiente de leer y vi que era de Mijael.
"De verdad lamento lo ocurrido. De verdad que sólo quería ayudarte. Cuando desees hablar conmigo, búscame".
Suspiré. Sí, después lo buscaría para hablar con más calma pues no quería perder a mi mejor amigo, pero en ese momento lo mejor que podía hacer era terminar mi tarea pendiente de Física si no quería reprobar también esa materia. Como ya me sentía más tranquilo (en parte gracias a que mis tíos se pusieron de mi lado), me puse a hacer los dichosos ejercicios que, por fortuna, eran menos de los que creía, mientras Ichimei, el ladrón, buscaba algunos sándwiches y bebidas en la cocina para que cenáramos. Cuando volvió yo estaba terminando la tarea así que me dio un par de bocadillos y un cartón de leche chocolatada con expresión pensativa.
– ¿Qué pasó? –pregunté, al notar su cara–. ¿Papá te ha dicho algo?
– No, ni siquiera lo vi –negó mi hermano, mientras se sentaba frente a su póster de Aljona Savchenko, la responsable directa de que él practique patinaje sobre hielo–. Sólo me topé con la tía Eli, quien nos preparó los sándwiches y me pidió que te dijera que si necesitas hablar con alguien, la busques.
– Gracias –farfullé, tras tragarme el pedazo de comida que traía en la boca–, pero en este momento no quiero ver a ningún adulto.
– Eso pensó ella, por eso me aseguró que no te acosará –recalcó Benjamín–. Aunque me sospecho que con quien vas a querer charlar es con mamá.
– Ni más ni menos, pero no quiero molestarla con estas tonterías cuando está tan ocupada con Aremy –suspiré.
– ¿Te has dado cuenta, hermano mayor, de que usas esa excusa a cada rato? Ella sigue siendo nuestra mamá y también se preocupa por nosotros –soltó Ichimei, el sabihondo, y me acordé de que Giovanna ya me había dicho algo similar–. Además, es seguro que se acabará enterando; por lo que sé, papá ha creado él solo una guerra campal entre los adultos de la casa y será imposible ocultárselo a mamá.
– No quería que eso sucediera –me sentí repentinamente triste–. No quería que se pelearan todos por cosas que sólo me afectan a mí. ¡Debí de habérselo contado a papá cuando hubo oportunidad!
– Sí, estoy de acuerdo, debiste decírselo antes –me regañó mi hermano sin compasión y luego agregó–: Pero si quieres que te diga la verdad, creo que papá habría armado un escándalo de esta magnitud sin importar en qué momento o circunstancia se lo dijeras así que no te castigues tanto ni tampoco te culpes por cosas que nuestro padre ha creado por sí solo.
– Gracias –le dije, sintiéndome un poco mejor–. Por todo.
– Somos hermanos, ¿no? –Benji se encogió de hombros–. Nos podremos pelear en circunstancias normales pero nos apoyaremos en momentos de estrés sin importar lo que pase.
– Eso es totalmente cierto –extendí mi puño cerrado hacia mi hermano para que él lo chocara con el suyo–. Aunque sigue dándome vergüenza que seas más maduro que yo.
– No lo soy, simplemente tengo la ventaja de que puedo ver los errores que cometen Jazmín y tú con nuestros padres y eso evita que yo también los haga –replicó Ichimei, el cínico, con una sonrisita burlona–. Por eso es que aparento ser más maduro pero en realidad soy más precavido que ustedes.
Me eché a reír y eso terminó por bajar mi estrés; rato más tarde, aproveché que la casa estaba muy calmada para fugarme al baño a darme una ducha. Es curioso que nunca mencione que me ducho, siempre comento que me visto para ir a la escuela pero omito que también me baño, no sé por qué, pero no vayan a creer que soy un marrano, no señor. El caso es que una vez que me hube bañado me sentí mucho mejor y eso me ayudó a dormir tranquilo, compartiendo cama con Benjamín porque no quise regresar a mi propia habitación a pesar de que en teoría ya estaba vacía (y digo que en teoría porque podría haber habido algún adulto ahí, esperando a que yo volviera para hablar conmigo). Mientras trataba de conciliar el sueño, mirando el póster de la diosa rubia del patinaje artístico que tanto idolatraba mi hermano, me pregunté qué tan apretadas serían las mallas de patinador y si me vería bien con un traje con lentejuelas: era seguro que si me cambiaba de deporte el gran Genzo Wakabayashi pondría el grito en el cielo y eso me complacería mucho, de verdad que sí.
Al tiempo en que me sumergía en el mundo de Morfeo (quien es el dios griego de los Sueños, por si alguien no entiende de qué hablo), el gran Genzo Wakabayashi mantenía una plática muy interesante con mi madrina, Catrina Mikistli. Ambos estaban reunidos en la sala, mi padre sentado en un sillón con mi madrina parada a pocos metros de él, como juez implacable. En ese momento ya no había otras personas despiertas en la casa así que lo que hablaran sólo quedaría entre ellos (en teoría, porque yo me acabé enterando y por eso puedo ponerlo aquí, ja, ja).
– ¿Tú también vas a decirme que soy un mal padre, Catrina? –preguntó el gran Genzo Wakabayashi, con la cabeza gacha.
– No creo que seas un mal padre y estoy segura de que nadie en esta casa lo piensa en verdad –negó mi madrina–. Sólo eres un hombre muy confundido que cree estar haciendo lo correcto.
– Y si no estoy haciendo lo correcto, ¿entonces qué es lo que estoy haciendo? –cuestionó mi traumado padre.
– Estar viviendo a través de tu hijo –respondió Catrina.
Mi papá no contestó y entonces ella tuvo compasión de él, por lo que se fue a sentar a su lado en el sillón para confortarlo.
– Es normal que te sientas confundido con lo que estás viviendo ahora con tu hija, es una carga de estrés muy pesada para cualquier hombre –aseguró mi madrina, poniéndole una helada mano en el hombro–. Y es normal que tengas temores y que quieras seguir una vía que te ha funcionado en el pasado pero debes cambiar tu manera de pensar si no quieres perder a alguien a quien amas.
– No sé en qué le pueda ayudar a Aremy el que yo cambie mi manera de pensar –gruñó el gran Genzo Wakabayashi.
– No estoy hablando de ella –negó Catrina–, sino de Daisuke.
– ¿Por qué habría de perderlo a él? –cuestionó mi padre, con sorpresa.
– ¿Realmente te lo tengo que decir después de que varias personas lo han hecho ya? –Mi madrina se echó a reír pero de inmediato volvió a ponerse seria–. Sabes muy bien lo que estás haciendo mal con tu hijo, Genzo, si sigues actuando así con Daisuke sólo conseguirás que acabe odiándote. ¿En verdad es esto lo que quieres para él, imponerle una vida que no es la suya? Sólo tiene una, merece escoger qué desea hacer con ella.
Dice Catrina que fue en ese momento que algo empezó a cambiar en mi padre. Quizás era hora de hacer frente a la verdad, por más dolorosa que le resultara.
