El aniversario de la Academia Ousou se realizó a medianoche. Yashiro procuró llegar temprano, así no se veía en la obligación de saludar a todo el mundo. Al principio no había mucha gente y recorrió los alrededores, absorta por lo amplia y majestuosa que era la sala. Cuando los invitados empezaron a llegar, Yashiro estudió los trajes o vestidos que llevaban. Los padres se encontraban tomados del brazo y se reunían con otros familiares para conversar, teniendo como principal tema la vida diaria de sus hijas, cómo les iba con las calificaciones y qué pensaban hacer a futuro.
De repente, escuchó una voz llamándola en la distancia, hasta que la misma se volvió más cercana y pronto pudo discernir entre la gente el rostro de Shimotsuki Mika. Esta vez no estaban sus dos mejores amigas, aquellas quienes siempre parecían estar a su lado. De lo contrario, estaba rodeada de otras cuatro chicas que pertenecían a su clase. Cuando estuvieron frente a ella, se quedaron inmóviles y en silencio como si hubieran pasado a otra dimensión, sin dejar de observarla de pies a cabeza. Yashiro era, en realidad, una de las pocas mujeres en la sala que no habían asistido con vestido. En su caso, llevaba un conjunto de dos piezas compuesto por un pantalón y saco de color plateado que le pasaba la cintura, una camisa blanca debajo y unos mocasines a juego.
-Pensé que eras una profesora -admitió Shimotsuki con una sonrisa pícara, haciendo una larga pausa-. ¡Cómo me encantaría que haya chicos para que me puedan invitar a bailar! ¿no crees?
Yashiro clavó la vista en la chica. Como siempre, Shimotsuki Mika era una persona que le gustaba hablar en voz alta para llamar la atención, incluso de manera inconsciente. Una punzada de molestia azotó todo su cuerpo, y al volver a dirigirle la mirada a sus compañeras sintió un innato deseo de inventar una excusa para marcharse, a pesar de que la observaban con cierto entusiasmo y se hallaban tan cerca de ella cual pandilla planeando una maldad, aunque para Yashiro se asemejaban, más bien, a una bandada de buitres rodeando a su presa.
-¿Por qué no les cuentas sobre Sadao, Yashiro? -se alzó una serena voz a sus espaldas.
Yashiro parpadeó un par de veces hasta que por fin decidió darse la vuelta, encarando a la inoportuna presencia. No pudo evitar observarlo en su totalidad, pues tenía un traje de tres piezas de un color beige que hacía juego con el ámbar de sus ojos, aquel que la estudiaba guardando cada detalle, llegando incluso a intimidarla. Tuvo que volver a parpadear para dejar de analizar su estilo, y a pesar de que no comprendía la interrogante, se unió a la corriente de sus palabras con total naturalidad.
-Vivíamos en el mismo vecindario -comenzó a relatar Yashiro, perdiendo la mirada en lo alto y cerrando los ojos durante unos instantes, para tragar saliva-. Estafábamos para salir.
Makishima se cruzó de brazos lentamente, sin dejar de examinarla. Las demás estudiantes escuchaban absortas, como niñas en un campamento que son abrumadas por una historia de terror.
-Cuéntales sobre Shinjuku -agregó él.
Yashiro arqueó una ceja, desconociendo a dónde quería llegar con aquel extraño interrogatorio. No llegaba a descubrir lo que deseaba obtener con ello, pero de todos modos siguió adelante. La situación le resultaba algo divertida en sus adentros, y en aquellos instantes haría cualquier cosa con tal de sacarse a las jóvenes de encima.
-Era de noche… había un bar. Todavía no iba gente a esas horas, y me hice amiga del hijo del dueño, que era un par de años mayor que yo.
-¿Qué hiciste? -cuestionó Makishima.
-Conversamos en el callejón. Estornudé para dar la señal, y Sadao entró. Luego le dije al chico que lo vería otro día, y fui a reencontrarme con Sadao.
Una sonrisa ladina y traviesa iluminó los labios del joven, aunque pasó desapercibida para las demás estudiantes.
-¿Qué hicieron con el dinero?
Yashiro rio por lo bajo y se encogió de brazos.
-Nada ilegal, en realidad. Fuimos al cine, al teatro... pero cuando le molestó que comprara libros, ahí sí que me enojé.
Sus compañeras soltaron unas airadas carcajadas, y transcurrió casi un minuto entero hasta que lograron contenerse. Una de ellas continuó relatando sus propias vivencias, con anécdotas graciosas un tanto inocentes y otras más graves que habían sucedido en su infancia. Así siguieron durante un largo rato, confesando cosas a las que Yashiro estaba acostumbrada a oír cuando estaban a solas, y con la excusa de que iba a buscar a sus compañeras de curso, Yashiro se despidió de ellas. Al girarse hacia Makishima exhaló aire de alivio, agradeciendo mentalmente la interrupción. Ambos caminaron por la sala lentamente, y Yashiro agradeció que alrededor todos pensaran que era una adulta más.
-¿Cómo supiste lo de Shinjuku? -inquirió Yashiro dirigiéndole una mirada.
Makishima dejó escapar una sonrisa enigmática durante unos segundos, y se detuvo para girarse ligeramente en su dirección. Cuando Yashiro bajó la vista se percató de que había extendido su mano izquierda, mientras que la otra permanecía oculta detrás de su espalda. Todo su cuerpo se paralizó de repente, pero aquella afectuosa mirada la alentó a seguirle el juego, y transcurrieron unos eternos segundos hasta que por fin se atrevió a ofrecerle su propia mano, descubriendo así el tacto cálido y suave.
-No lo supe -confesó él.
Yashiro frunció el ceño y se lo quedó mirando con una ceja arqueada, exigiendo una respuesta más coherente que jamás llegó. En cambio, Makishima situó la mano derecha sobre su cintura y la izquierda se unió con la de Yashiro, mientras esta posaba la suya en su hombro con cierta vacilación. Cuando acompañó sus movimientos, los cuales eran pausados e iban al compás de la música, lo hizo al principio con dificultad, pero, de a poco, a rienda suelta. Makishima inclinó la cabeza y amplió una sonrisa burlona. Era la primera vez que Yashiro bailaba.
-Tú sacaste el tema -insistió Yashiro arqueando una ceja.
El esplendor de sus ojos la absorbió unos largos segundos, y llegó a preguntarse si lo habría planificado todo con anterioridad. Viniendo de él no la sorprendía.
-Fue una historia encantadora…
Yashiro se permitió sonreír con osadía mientras lo observaba a los ojos, y este la hizo girar con suma delicadeza, consciente de que no estaba familiarizada con sus pasos expertos.
-Yo la inventé.
Ante aquella declaración, Makishima entrecerró los ojos y enseñó de lado sus dientes, dueño de una ironía casi palpable como si hubiera esperado el comentario. Dejando escapar una apacible e hipnotizante carcajada, negó con la cabeza y analizó ensimismado cada una de sus facciones, como si necesitara memorizarlas.
-Ustedes sí que no pierden el tiempo -exclamó una socarrona voz.
Ambos se detuvieron, guiando su atención a quien los había interrumpido. Apoyado contra uno de los pilares, se encontraba Kozaburo Toma con una copa vacía en su mano, cruzado de brazos. Yashiro rodeó los ojos, aunque el primero en separarse fue el propio Makishima, quien le lanzó una mirada carente de vida a su compañero. Este último pasó a observarla con más detenimiento, como quien examina un cuadro de su pintor favorito. Llevaba un estilo diferente, con un pantalón y chaleco de botones marrón oscuro, una camisa blanca y una corbata carmesí.
Yashiro sintió que la noche refrescaba, pero era su propio cuerpo el que disminuía en temperatura, alentando los latidos de su corazón. Era la primera vez que, al intercambiar una mirada con su profesor de ciencias sociales, tenía que hacer un gran esfuerzo para responder con la misma amabilidad. Yashiro lo atravesó por completo al mirarlo, buscando al muchacho que había conocido hasta entonces, deseando encontrar a quien creía conocer del todo. Lo único que halló, en cambio, fue un cristal cuyo reflejo denotaba un abismo insondable.
-De haber sabido que estabas aquí, te habría traído otro trago -bromeó Yashiro dibujando una fugaz sonrisa cómplice.
Toma soltó una sonora pero instantánea carcajada, inclinándose hacia adelante. Yashiro sabía que estaba sediento, puesto que un simple vaso no le era suficiente. Cuando logró por fin contenerse se irguió de nuevo, y conectó el brillo de admiración de sus ojos con los plateados que tanto conocía. Yashiro contuvo la respiración sintiéndose extrañamente pequeña, como si la mirada intentara absorberla, hundirla en las profundidades, y llegó a percibir que Makishima se lo quedó observando con las cejas levemente juntas, como si hasta él mismo anticipara sus pensamientos y no le fueran de su agrado.
Sin embargo, Toma no tuvo tiempo para hacer un comentario y, de repente, alzó la cabeza en dirección al centro de la sala, de una manera tan abrupta como si una persona estuviera a punto de caerse en medio de la multitud, siendo este el fundamento de su posterior carcajada. Yashiro se dio la vuelta con disimulo para seguir con la mirada aquello que había llamado su atención, y Makishima acompañó el movimiento.
Pudieron divisar a un hombre adulto que al principio Yashiro tardó en reconocer. Se trataba de Abele Altoromagi, un abogado italiano de derechos humanos. Toma tenía una sonrisa amable en su rostro, pero podía percibir el rencor acrecentándose en toda su mente. El hombre estaba sonriendo mientras hablaba con otros sujetos de su edad. A pesar de la distancia uno podía darse cuenta de que no le interesaba llamar la atención y mucho menos exagerar sus virtudes, como pudieron observar en otros adultos.
-¿La hija es esa joven que tanto mencionas? -preguntó Makishima por fin.
Toma estaba más entusiasmado de lo usual. Apoyado contra el pilar, no dejaba de palpar sobre sus piernas como si estuviera siguiéndole el ritmo a una canción de su mente. Cuando se percató de la interrogante simplemente respondió con un asentimiento de cabeza, dando a entender que estaba demasiado inmerso en sus propios pensamientos. Makishima volvió a dirigir su atención a la muchedumbre, estudiando sus movimientos y la forma en que se comportaban, detectando patrones. Debió transcurrir un largo minuto hasta que llegó a ver de reojo que su compañero dejaba sus manos inmóviles sobre sus piernas, e inclinaba todo su cuerpo unos centímetros hacia adelante.
-Es ella.
Toma estaba boquiabierto e inmóvil, perdido completamente en la estudiante de sus sueños. Yashiro analizó la forma en que transformaba todo su aspecto. Le bastaban tan sólo unos segundos para que un estímulo como lo era Toko Kirino, encendiera en sí un espíritu adolescente. Por la sorpresa de Makishima, Yashiro se dio cuenta de que Toma no le había mencionado que estaba enamorado de una estudiante, incluso a pesar de que el padre de su amada no estaría de acuerdo con la relación. No estaba bien visto que un profesor se involucrara emocionalmente con una estudiante, especialmente en un establecimiento tan conservador como lo era la Academia Ousou. Debía estar totalmente enfurecido, y comenzaba a preguntarse qué haría a continuación.
-¿Por qué no vas y le hablas? -sugirió Yashiro, sorprendiéndose del propio eco de su voz.
Cuando lo miró se percató de que, por primera vez, Kozaburo Toma se veía nervioso. Guardaba silencio y no dejaba de estudiar a la chica siguiendo todos sus movimientos, la gente con la que hablaba. No estaba dispuesto a admitir que no sabía qué decirle exactamente. Yashiro volvió su atención hacia la joven que era menor que ella. Evidentemente, Toko evitaba estar rodeada de gente. Su cabello era largo y negro, algo ondulado en las puntas. No le gustaba que todos la elogiaran constantemente, aunque siempre agradecía y parecía ser muy respetuosa con los comentarios.
-Sólo evita hablar de las monotonías de la academia y, sobre todo, no la elogies.
Ambos profesores arquearon una ceja y le lanzaron una mirada a Yashiro. Toma, por su parte, acabó soltando una sonrisa de satisfacción como si estuviera agradeciéndole en silencio. Luego se apartó del pilar y realizó un eterno estiramiento de brazos, extendiéndolos hacia adelante cual felino que se levanta tras un profundo sueño. Intercambió una última mirada con Yashiro y entonces se encaminó hacia el centro de la sala, donde se encontraba Toko. Unos minutos más tarde, pudieron observar al insólito par. La joven Kirino parecía disfrutar estar con Toma, y su padre no se hallaba en la sala en ese momento.
-¿Acabará con un final trágico como Romeo, o sucumbirá ante el odio? -inquirió Makishima en un susurro apenas audible.
Yashiro los observó bailar en la distancia, absorbida por las palabras. No tuvo tiempo para reflexionar sobre el significado puesto que el padre de Toko volvió a entrar en escena, y esta vez pudo notar un brillo de preocupación en sus ojos al ver a su preciada hija con el profesor de ciencias sociales. El mismo que conocía desde que era tan sólo un niño. Yashiro le dirigió una rápida mirada a Makishima, advirtiendo la inexpresividad en su rostro.
-Cuando Toma tenía catorce años una organización de caridad lo rescató de Ogishima, su ciudad natal -explicó Yashiro bajando la voz-. Aunque él no lo tomó como un rescate precisamente. El director de esa organización es…
-Abele Altoromagi.
Yashiro asintió con la cabeza mientras volvía a centrar su atención en la muchedumbre. Toma se encontraba en aquellos momentos conversando con el padre de Toko, haciendo gestos amables con sus manos para dar énfasis y exhibiendo una de sus más grandes sonrisas. Toko, por el contrario, conversaba lejos con otras estudiantes de su edad, aunque Yashiro advirtió que de vez en cuando le lanzaba una mirada preocupada a Toma.
Luego los dos hombres caminaron lentamente uno al lado del otro como si estuvieran hablando de negocios, dirigiéndose a la segunda planta. Subieron por las anchas escaleras que se hallaban tapizadas de un rojo oscuro, hasta que Yashiro los perdió de vista. La imagen le transmitió un inmenso escalofrío sobre su cuerpo y alma, pero se lo sacudió largando un profundo suspiro. No supo cuánto tiempo habían permanecido en silencio, contemplando el andar de la gente, hasta que Makishima dejó escapar una suave y gutural risa mientras reparaba en una familia que felicitaba a su hija, saludándola como si hubiera pasado una eternidad.
-¿Qué es gracioso? -quiso saber Yashiro.
Makishima alzó la cabeza unos centímetros, a la vez que emitía un sonido gutural victorioso y de cierta manera altanero, dando a entender que había sido descubierto. Cuando por fin le dirigió la mirada lentamente, ablandó la expresión al advertir que fruncía el ceño buscando con ansias el motivo de su distracción. Él negó con la cabeza, disfrutando su incertidumbre.
-No te imagino dejando descendencia.
Los ojos de Yashiro resplandecieron en metal como nunca antes, abriéndose ligeramente mientras retornaban su atención en la lejanía y chasqueaba la lengua, buscando, en realidad, una excusa para evitar el extraño magnetismo que aquella mirada ejercía sobre los demás. Sus pulmones se llenaron de aire y asintió con delicadeza; siendo mujer conocía aquella responsabilidad que los padres, directa o indirectamente, transmitían a sus hijos durante la adolescencia e incluso adultez, como un susurro que les recordaba el objetivo de traer a alguien al mundo antes de morir. A pesar de que se daba más en las mujeres, lo cierto era que también ocurría con los hombres, especialmente cuando se hacían mayores y no eran bien vistos si todavía no habían sido padres.
-Una vez le pregunté a una embaraza por qué había tomado la decisión de ser madre -comenzó a decir él con un brillo lúgubre en sus ojos-. Esta me observó indignada como si estuviera preguntando algo inédito, y al darse cuenta de que hablaba en serio me respondió que era algo bello y natural. Y cuando le pregunté por qué pensaba aquello se quedó sin palabras, hasta que simplemente finalizó con un icónico "porque sí".
Cuando era pequeña le había preguntado exactamente lo mismo a su propia madre, y las respuestas acabaron siendo similares. Yashiro elevó el mentón en un fugaz instante al darse cuenta de que nunca había hablado de ello con un hombre. En la Academia Ousou tan sólo encontraba consuelo en Rikako Oryo, mientras que para el resto se trataba de temas tabú, como la propia muerte, y nunca hablaban de ello como si les avergonzara, en cierta forma, cuestionar lo acostumbrado.
-Trata de fundamentar racionalmente aquello que para muchos se basa en lo emocional -repuso Yashiro-. Con esa postura utilitarista, no es muy distinto al Sistema Sibyl.
Makishima permaneció en silencio unos instantes como si las palabras lo hubieran apuñalado de alguna forma, sensación que Yashiro había deseado provocar. Compartía su opinión, pero a diferencia de él, no despreciaba las decisiones de los demás a menos que la afectaran de alguna manera. Cada individuo era libre de tomar las decisiones que más convenía correctas guiándose por sus propios intereses y gustos, siempre y cuando no entraran en conflicto con la libertad de los demás. Makishima tenía la mirada perdida en la multitud a pesar de que estaba centrado en ella, sus ojos se entrecerraron de una manera solemne y reflexiva como si aceptara las palabras de Yashiro, pero, aun así, deseara deshacerlas por todos los medios.
-Siguen creyendo que su rol fundamental en la sociedad es procrear… pero no debería darles vergüenza aspirar a algo diferente.
Cuando acabó la fiesta, el director de la Academia Ousou les dirigió algunas palabras a los invitados hasta acabar agradeciendo que hayan ido. Tras un fuerte aplauso de todos los presentes, a excepción de Makishima y Yashiro, quienes se encontraban más apartados, comenzaron a dirigirse hacia la salida, mientras que algunos permanecían un rato más para platicar u observar los cuadros que se encontraban colgados a lo largo de la pared.
En el centro de la sala un grupo de estudiantes rodeaba a alguien, con miradas extrañamente preocupadas mientras buscaban algo alrededor, con disimulada cautela. Yashiro entornó la vista, descubriendo así que quien se había vuelto tan popular era la joven Kirino. Una breve sonrisa se agolpó en su rostro, advirtiendo la incomodidad que debía estar sintiendo en aquellos momentos. Le parecía ciertamente adorable. Sin embargo, cuando esta alzó la cabeza para mirar por encima de los otros rostros, se conectó con el de Yashiro y logró esfumarle la satisfacción que sentía.
-Yashiro, ¿viste a Toma? -preguntó Toko cuando se acercó lo suficiente.
Ella negó con la cabeza, admitiendo para sí misma que se sentía halagada por la confianza que le tenía, siendo Toko una persona que no hacía amigos tan rápido. Su voz había sonado apresurada y hasta quebrada, por lo que Yashiro inclinó la cabeza hacia ella para estudiar el reflejo temeroso de sus ojos. Algo logró captar su atención, pero no sabía exactamente qué era. Y entonces, comprendió. La ausencia del profesor había despertado una sospecha en su interior.
Makishima se encontraba a varios metros platicando con unos profesores, pero en un fugaz momento le lanzó una mirada ladina. Yashiro arqueó una ceja y la evitó, volviéndose a Toko. En ocasiones la perspicacia de Makishima lograba inquietarla. Parecía ser consciente de todo lo que ocurría como si tuviera ojos y oídos en todas partes. Cuando las demás estudiantes comenzaron a salir hacia el patio, ambas imitaron el movimiento y se marcharon de la sala.
-¿No estaba con tu padre?
Yashiro la contempló de reojo mientras paseaban por el patio, reparando en la forma en que sus manos se unían y sus hombros caían marchitados. Tuvo que adaptarse a su lento y apagado ritmo, hasta que Toko procedió a sentarse en uno de los bancos más próximos. Yashiro se mantuvo de pie con las manos detrás de su espalda, ansiosa por escuchar lo que fuera que tuviera que decir. Durante casi un minuto entero descansó con los ojos cerrados, y cuando volvió a abrirlos alzó la mirada para encontrar a Yashiro.
-Ese es el problema. Mi padre ha desaparecido.
