.

Capitulo 46

Quedaban dos noches para la gran fiesta de los clanes y todo el mundo se divertía en el campamento, mientras la música sonaba. Los clanes que iban llegando, reunidos alrededor de un gran fuego, hablaban, danzaban, reían y bebían.

Albert, deseoso de que Candy y Iolanda los acompañaran, las animó a acudir a la fiesta, pero Iolanda se negó y Candy aceptó.

Estaba feliz de poder estar con él.

Ataviada con uno de los vestidos nuevos que le había comprado, pudo ver que Albert la presentaba con cierto orgullo a varios amigos y vio que éstos la observaban con gesto de satisfacción.

Candy estaba preciosa y verla sonreír a él se le antojó, como poco, cautivador.

Pero bajo toda aquella seguridad, la joven estaba expectante, mientras miraba a su alrededor. Sabía que en cualquier momento aparecería el clan de Eliza Sinclair o la madre de Albert y pensar en eso la ponía nerviosa.

Tras bailar, Jimmy se acercó a Candy, mientras Albert hablaba con unos hombres. Le entregó una jarra de cerveza y exclamó:

—¡Todavía no me puedo creer que seas Hada!

—De eso se trataba —rió ella.

Jimmy la miró y prosiguió:

—Igual que nunca imaginé que Anny fuera una de las encapuchadas.

—De eso se trataba también.

Sonrió al ver el interés que el joven mostraba por su amiga y, dispuesta a colaborar, le dijo:

—De acuerdo, Jimmy, ¿qué quieres saber de ella?

Él sonrió y, sentándose junto a Candy, mantuvo con ella una seria conversación.

Después de cenar, ella intentó escabullirse. Tenía planes con Iolanda, pero Albert no la soltó. Quería tenerla a su lado todo el rato. Por más que intentaba excusarse, le fue imposible, y al final decidió conformarse. Estaba junto a Jimmy y su marido, cuando una voz de mujer preguntó:

—¿En serio te has desposado, Albert Ardley?

Jimmy, rápidamente reconoció la voz y sonrió al ver a su hermana Shelma junto a Alana McDougall.

—Hola, hermanita —saludó Jimmy a Shelma, besándola.

Albert agarró a Candy de la cintura y con actitud posesiva, dijo:

—Os presento a Candy Ardley, mi mujer. Mi cielo, ellas son Shelma y Alana. Dos buenas amigas y esposas de dos excepcionales amigos.

Ellas dos se miraron incrédulas, ¿aquella delicada mujer de pelo rubio era la mujer de Albert? ¿Y él la había llamado «mi cielo»?

Tras mirarse divertidas, Shelma la cumplimentó:

—Encantada de conocerte, Candy.

—Es un placer —añadió Alana.

—Lo mismo digo —contestó ella, con un coqueto movimiento de cabeza.

Lolach y Axel, los maridos de ellas, se acercaron y miraron a su amigo con curiosidad, hasta que el primero, con su sonrisa de siempre, preguntó:

—¿He de tomarme en serio lo que he oído, Albert?

Él asintió y, tras darle un beso en la cabeza a su mujer, los presentó:

—Mi cielo, él es el laird Lolach McKenna, marido de Shelma y cuñado de Jimmy. Y él el laird Axel McDougall, marido de Alana.

Este último, acercándose rápidamente a Candy, le besó la mano y, con galantería, dijo:

—Encantado de conocer a la mujer que ha sido capaz de hacer pasar por la vicaría a Albert —Y en tono divertido, añadió—: Ya nos contarás cómo conseguiste tal proeza.

Ella respondió, también divertida:

—Más que vicaría fue una unión de manos. Y respecto a lo que preguntas, sólo diré que le pedí matrimonio y él muy gentilmente aceptó. ¡Fue fácil!

Todos rieron y Albert, sin soltarla, aseveró:

—Las rubias han sido siempre mi debilidad.

Axel soltó una risotada, a la que se le unió Jimmy y posteriormente Lolach. ¿Qué mujer no le gustaba a Albert Ardley?

Shelma, incapaz de callar, al ver esa actitud en los hombres, gruñó:

—¿A qué vienen esas risas?

—Shelma… —la advirtió la siempre cauta Alana.

Candy, consciente de por qué ellos se reían, sonrió y calló. Debía comportarse como Albert deseaba.

—¿Sabéis cuándo llegan Megan y Duncan? —preguntó Jimmy.

—Llegarán con Gillian y Thomas, seguramente mañana—respondió Lolach.

—¡Qué bien! —rió Candy, agarrándose del brazo de su marido—. Por fin voy a poder conocer a todos tus amigos. Esos de los que tanto me has hablado.

Durante un buen rato, todos hablaron y Candy vio el buen humor constante que tenían. Sin duda eran muy amigos y eso le gustó.

Deseaba conocer al resto.

Ya de madrugada, Shelma y Alana se retiraron a descansar y sus maridos decidieron acompañarlas. Después regresarían junto al fuego. Candy vio llegado el momento de volver al campamento y Albert, como buen marido, la acompañó también.

—No hace falta que vengas conmigo, puedo regresar sola.

Él, tras saludar a unos guerreros con los que se cruzaron, dijo:

—Estaría loco si te dejara sola entre tanto hombre. Dame la mano.

Divertida por su instinto de protección, se la dio y, cuando éste la cogió, comentó al ver cómo los hombres miraban a su esposa:

—Tenías razón. Debimos irnos directos a Kildrummy.

Candy sonrió y, con un gesto muy femenino, estiró el cuello y cuchicheó:

—Te lo dije. Pero no me quisiste escuchar.

Albert asintió y de pronto murmuró para hacerla rabiar:

—Trescientos diecisiete.

Sorprendida por que él continuara contando los días, fue a protestar, pero al ver su gesto pícaro, soltó una carcajada.

Entre risas y bromas llegaron al campamento y una vez allí, Candy vio a Iolanda sentada sola junto a su tienda y a Archie no muy lejos, apoyado en un árbol.

Su expresión y cómo la miraba le dolieron. Sin duda, el highlander quería acercarse a ella, pero la joven no lo dejaba. Les tenía demasiado miedo a los hombres. Cuando los vio llegar, tras un saludo con la cabeza de Candy, Iolanda se tapó los ojos con las manos y se echó a llorar.

—¿Te importa si esta noche duermo con Iolanda en su tienda?—preguntó Candy, mirando a Albert.

—Sí. Claro que me importa —replicó éste.

Ella sonrió y, mimosa, susurró:

—Iolanda está mal y necesita que la consuele.

—Estar con ella me privará de ti.

Encantada por su respuesta, lo besó.

—Sólo será una noche, cariño.

—Una noche es mucho.

—¿Y si prometo que te resarciré por esta noche perdida?

Albert sonrió y, acercándose a ella, murmuró:

—Tu descaro me convence. Ve con Iolanda.

Candy, tras besarlo con pasión, esbozando una sonrisa, dio un paso hacia Iolanda, pero al ver que varios highlanders la observaban, le guiñó un ojo a Albert y dijo:

—Pórtate bien… cariño.

Cuando llegó junto a Iolanda, la abrazó y musitó:

—Vamos, entremos en la tienda. Cuanto antes nos pierdan esos dos de vista, antes se marcharán.

Una vez entraron, Albert se acercó a grandes zancadas hasta Archie, que estaba muy serio, y, contrariado por no estar con Candy, propuso:

—Vamos. Creo que ambos necesitamos tomar un trago junto al fuego.

CONTINUARA