N. de la A.: ¡Sean todos bienvenidos a un nuevo capítulo!
Lamento no disponer ya de tiempo como para subir un capítulo a la semana, pero no se preocupen, que esta historia continuará su desarrollo tal como estaba planeado desde un inicio. ¡Muchas gracias a todos por el apoyo! Les dejo un abrazote y muchos besos, ánimo y fuerzas con el virus que está atacando el planeta en este momento.
Recuerda: si tienes la posibilidad de hacer cuarentena, hazlo por ti, por tus padres, por tu familia, por ti mismo. Si lamentablemente no puedes, toma todos los resguardos para evitar un contagio, dentro de lo posible.
No olviden pasar por el fic de mi queridísima Saturnine Evenflow, «Ride», que es hermoso y lo que se viene... uf, dolor, sufrimiento, amor, odio, tiene de todo para los amantes del drama como nosotros xD jajajaja. ¡Te adoro, amiga!
Disclaimer: Los personajes utilizados aquí son propiedad de Takehiko Inoue. ¡Gracias por dibujar y escribir una historia tan hermosa!
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Encontrémonos a medio camino.
En la ciudad de Atsugi el verano había regresado en todo su esplendor. Época de camisetas delgadas, faldas, pantalones cortos y adornos ad-hoc para sobrellevar mejor el intenso calor que caía sobre las calles, tal cual se anunciaba con bombos y platillos en el informe del tiempo proporcionado por los canales de televisión.
La predominancia del amarillo y el celeste claro, típicos de aquella estación, mantenían una interesante gama de colores extraídos directo del cielo y del mar, reflejando con creces la alegría característica del verano que se traducía en festivales con juegos pirotécnicos y ferias de comida tradicional.
A pesar de toda esa calurosa belleza y los maravillosos aromas que invadían el ambiente, los días para Fujii transcurrían en un deprimente tono gris plano, sin matices ni calor, incluso cuando el sol aparecía cada mañana brillando como si intentara subirle el ánimo.
Lo cierto era que Fujii creía que el invierno, en vez de dar paso a la primavera como era lógico, escogió simplemente esconderse dentro de su cuerpo sin pedirle permiso, habitándola con sus bordes de hielo extendiéndose a lo largo y ancho de sus extremidades.
Intentar hacer una vida normal sin recordar cómo era todo antes de Yohei le costaba un trabajo impresionante; ¿estudiar siempre fue monótono? ¿Ir al colegio? ¿Cocinar? ¿Limpiar la casa? ¿Leer? ¿Ver la televisión? ¿Ir al cine? ¿Escuchar música? Todas las actividades que le suscitaban interés ya no tenían el mismo efecto en ella. ¿Qué podía hacer para sentir nuevamente… pasión por algo?
Esa calurosa tarde de verano, tras llegar a casa al término de su jornada laboral de medio tiempo en el restaurante de Okonomiyaki, la muchacha se quitó los zapatos en el recibidor como cada día y luego caminó en dirección a la cocina contando con la sonrisa luminosa de su madre, que desde hace un tiempo siempre estaba esperándola para darle un abrazo con un beso en la mejilla y preguntarle si tenía hambre. Sin embargo, lo que encontró en vez de ella fue una nota sujeta con un imán al refrigerador, en la que mamá le explicaba que debía resolver un asunto y volvería en una hora aproximadamente.
Fujii se mordió los labios con inquietud. La presencia de Eri la ayudaba como nadie a sobreponerse de sus penas, y no verla allí, en casa, la afectó de una forma que no se esperaba.
Por penoso que sonara, Fujii no estaba segura de cómo enfrentar la cotidianeidad, la rutina diaria de su vida, con relativo éxito. Buscaba consuelo en la música, claro que si Bon Jovi afirmaba en una canción que «no hay nada sin el amor», en otra aseguraba que ese mismo amor era «una enfermedad social», ni él se ponía de acuerdo en si el amor era bueno o malo. Pero en una cosa podía concordar sin dudarlo ni un segundo con ese guapo americano de sonrisa perfecta: el amor era una enfermedad muy peligrosa, capaz de poner a cualquiera de rodillas, incluso a los más fuertes y escépticos.
Ella se encontraba así, de rodillas, aunque en un sentido bastante figurado pues era su alma la que se arrastraba por el hielo buscando cómo volver a estar de pie. Esa herida supuraba angustia, se alimentaba de su ansiedad, se volvía tangible en forma de lágrimas saladas que le irritaban la piel y la dejaban sin ánimos de levantarse por la mañana.
Cuando se atrevió a aceptar ser novia de Yohei dio por sentado que todo saldría bien gracias a su juventud y a estar viviendo su primer amor, pero no se pueden tomar los sentimientos como algo seguro, ya que podían ser fácilmente contrarrestados con acciones muy dolorosas, incluso si tenían un origen noble.
La chica miró a su alrededor, sintiéndose horriblemente sola. Decidió que lo mejor era irse a su habitación para pasar el rato esperando a su mamá con un libro, o viendo la televisión… estudiando, quizás. Tal vez picotear una que otra galleta, si bien ya ni siquiera notaba el sabor en los alimentos. Otra cosa más que la había abandonado.
Con pasos de plomo, hizo su camino hasta llegar a la puerta e ingresó sin mirar al cuarto contiguo que había sido de su hermano, y que terminó cerrado con llave el día en que falleció, tres años atrás.
Fujii jamás miraba a ese lugar.
Tras dejar el bolso de colegio a un lado y la ropa de trabajo a los pies de la cama, caminó hacia la ventana para observar el cielo encapotado. Iba a llover en cualquier minuto. También llovió la primera noche que pasó lamentándose por el término de su relación.
Se decía que el tiempo podía curarlo todo. Una frase bastante cliché, no por ello menos cierta; así lo descubrió Fujii al cabo de varias semanas de llanto intermitente, cuando comprendió que podría seguir viviendo sin Yohei, que todas esas canciones de amor mentían; era factible sobrevivir luego de romper con la persona que amas, incluso si el camino a recorrer estaba plagado de dolorosas espinas. No era una utopía sobrevivir. La niña se aferró a ese pensamiento con todas sus fuerzas.
Lo malo era que el plano tono gris que había adoptado su vida iba a mantenerse indefinidamente. El interés por las tareas que antes le parecían divertidas no iba a retornar pronto, como tampoco su risa franca, esa que antes le brotaba de manera natural y la obligaba a lucir todos sus dientes, que no estaban del todo parejos, pero sí lucían bien y no quebraban la suave armonía de su rostro.
A casi dos meses de haber terminado la relación, Fujii continuaba herida como el primer día, solo que su alma se había hecho, de cierta manera, resistente a ese dolor. Para su desgracia, que ella y Yohei estudiaran en la misma preparatoria no ayudaba mucho en su intención de superarlo. Por algún tiempo logró evitarle con éxito, pero todo se fue al traste el día en que se cruzaron luego de un partido de baloncesto. La cara de Matsui revelaba su profunda disconformidad con la situación, y parecía mantener un diálogo visual con Noma que no llegó a descifrar. En ese momento, no le importaba cuál era el asunto que ellos se traían entre manos.
Fujii tenía muy arraigada la sumisión en su carácter por años de crianza paterna rígida y anticuada. Su primera reacción al estrés era bajar la cabeza; la segunda, retorcer las manos. Aquel día no alcanzó a concretar ninguna porque se topó con Yohei casi de frente. Atisbar su rostro luego de semanas sin verlo fue un ramalazo de angustia tan grande, que debió hacer acopio a todas sus fuerzas para no echarse a correr. Lo logró a duras penas, con el alma hecha pedazos, atormentada, como si alguien hubiese tomado sus entrañas para acuchillarlas con fuerza. Lo amaba, no le cabía duda, pero no podía estar con él…
Claro que Fujii no esperaba que la actitud de Yohei pudiese dañarla incluso más que su propia reacción, pues el muchacho simplemente apartó la mirada y actuó como si no existiera. Fue terrible. Una cosa era evitarse, pero ¿pasar de ella así? ¿Por qué? ¿Tanto le dolía verla?
Todas esas preguntas corrieron por su mente en tan solo medio segundo, pues él continuó haciendo ostentación de no mirarla. La ignoraba tanto que realmente llegó a sentir que se desvanecía, aunque lógicamente permaneció ahí, con la cabeza gacha y los dedos enroscados. Finalmente, Matsui la rescató tomándola de un brazo para marcharse rápidamente del lugar.
Fujii sacudió la cabeza, porque no quería perderse en ese desagradable recuerdo. Tenía cálidas lágrimas a punto de desbordarse, pero eliminó la evidencia con el dorso de la mano. Sin proponérselo, retrocedió desde la seguridad de su ventana hacia la cama, donde se acercó a la mesita de noche que sostenía un ancho marco de fotografías con dos instantáneas: Yohei de niño (foto que él le había prestado para hacerle una copia tiempo atrás), y otra en la que ambos posaban juntos. Esa imagen, tomada por Takamiya muerto de risa en pleno invierno, era su favorita de ambos. Él la abrazaba con una mano asiéndola firme de la cintura, la otra escondida en el bolsillo. Su mirada fija en la lente de la cámara mientras desplegaba su habitual sonrisa burlona, esa que mezclaba buenas dosis de altanería, petulancia, desafío y algo de ternura escondida en la boca torcida hacia arriba. Ella se encontraba ligeramente avergonzada, con una mano descansando en su pecho y otra engarfiada a su cintura, pero logró sonreír a tiempo para que su tímida expresión de felicidad quedase para siempre plasmada en la bella instantánea.
Esa fotografía, tomada por Takamiya muerto de risa en invierno, inmortalizaba un dulce y sencillo romance adolescente que no volvería, por mucho que le doliera admitirlo… Y por dios que dolía.
¿A dónde iban todos esos sentimientos? Pues ahora que existían, no era posible esconderlos debajo de la alfombra o encerrarlos bajo siete llaves. ¿Cómo convivir con ellos? ¿Qué podía hacer para mantenerlos en silencio?
Fujii volvió a secarse las mejillas al tiempo que inclinaba el marco hacia abajo para dejar las instantáneas escondidas de su campo de visión. Por el momento no era capaz de observarlas sin llorar, tal como había vuelto a comprobar en ese instante.
Los primeros días tras el quiebre fueron muy duros. Su madre se instaló en casa para cuidarla desde el momento en que la llamó rogando un poco de consuelo, y prácticamente no la dejó sola, excepto en las contadas ocasiones en que debió ausentarse por motivos de fuerza mayor. Los hoteles de la familia Koizumi eran muchos como para ser administrados solo por dos personas. La tradición, no obstante, dictaba que debía ser el matrimonio líder quien tomaran el mando: Eri y Toshio en este caso, y ninguno se oponía ni intentaba hacer a un lado sus deberes como cabezas del clan.
Cuando apenas había transcurrido una semana desde la ruptura, Toshio Koizumi exigió saber por qué su esposa no estaba asistiéndolo en la dirección del hotel ubicado en Nagoya, por lo que Eri se vio obligada a explicarle que Fujii no se encontraba físicamente enferma, como le dijo en un inicio, sino atravesando una triste ruptura que la tenía rozando el borde de una depresión.
La chica nunca olvidó el tono mortecino de su padre cuando tomó la palabra luego de que Eri invirtiera varios minutos contándole lo que sabía de ese quiebre. Pudo escucharle sin problemas, pues su voz tronaba en los oídos de su madre a través del teléfono.
«Es mejor que se haya acabado ahora», afirmó despectivo, «Fujii conocerá a su marido en un omiai igual que nosotros, y continuará la tradición de nuestra familia».
El mohín agotado de Eri fue toda la respuesta que necesitaba la niña para saber que no estaba de acuerdo en que su futuro fuera decidido de esa forma. Necesitaba hacerle comprender a su padre que deseaba encontrar su camino por sí misma, pero ¿cómo lograrlo? Pues él jamás la escuchaba. En cada ocasión que intentó explicarle sus sentimientos, Toshio cambió de tema o simplemente la ignoró. En secreto, Fujii resentía esas frías reacciones. Era su padre, ¿no debería preocuparle más su felicidad que una tradición, ya absurda en plena década de los noventas? A menos de diez años para ingresar de lleno al siglo veintiuno, ¿no era momento de evolucionar un poco?
¿Cuántas niñas de dieciséis años podían afirmar que dudaban del amor que su padre les profesaba? Probablemente no muchas, pero Fujii era una. No se sentía querida por él, eso era seguro. De su madre, sin embargo, no dudaba. Y de Yohei tampoco, por curioso que parezca. La separación entre ellos no se produjo por falta de amor, solo de confianza y comunicación. Pero la situación seguía siendo la misma: no podían volver a estar juntos, no así.
De su garganta brotó un gemido suave, ahogado. A pesar del tiempo transcurrido, todavía era capaz de llorar por él, incluso creyendo que a esas alturas ya había agotado sus lágrimas. Lo amaba, lo amaba tanto que no podía quitárselo de la cabeza. Se sintió tonta por haber tratado de engañarse a sí misma diciéndose que ya pasaría, que el tiempo… ¡no, no se le pasaría! Podía vivir sin él, podía hacer una vida normal sin él, pero su corazón seguiría teniendo su nombre tatuado en cada uno de sus latidos. ¡El amor era una enfermedad, por supuesto que sí! ¿Quién podría dudarlo?
Agotada, Fujii dejó caer la cabeza sobre su almohada y volvió a desahogarse como lo había hecho tantas noches, tantos días, perdiendo el sentido del tiempo y su paso vacilante.
«Mamá, vuelve pronto por favor», gimió en completo silencio, con el tic tac del reloj como única e irónica compañía.
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Eri Koizumi se encontraba ocupando la mesa del té en el hogar de los Mito, mientras Yohei oficiaba la atención de su repentina invitada sirviendo bebestible caliente con sumo cuidado. Ryusei estaba trabajando en ese minuto, y Hanamichi pasaba casi todas sus tardes entrenando con Mitsui, por lo que se encontraba solo en casa cuando la mamá de Fujii apareció ocupando el umbral con su sonrisa melancólica que tanto le recordaba a la hija de la que se había enamorado.
—Muchas gracias —murmuró con su voz endulzada de miel, recibiendo la taza llena de aromático té verde—. Es una casa bonita, ¿vives solo con tu papá? —preguntó dando un sorbo. Sus ojos recorrían el entorno con disimulo.
—Sí, señora. —Seguro que Fujii se lo comentó alguna vez.
Yohei no se había servido té porque la visita de Eri tuvo el efecto de apretarle todo el interior. Se sentía ligeramente ahogado allí sentado frente a ella en la pequeña mesa de madera, incluso mientras Eri sorbía con aire ausente, sin mirarlo y en completo silencio.
Si hubiese dependido de él, habría buscado la forma de que se marchara por el medio más elegante posible, pero tenía unos modales inculcados por sus progenitores demasiado arraigados en su carácter. Solo por eso, mantuvo la boca cerrada.
¿Qué ganaba deshaciéndose de ella? La incomodidad iba a continuar adherida a su interior, no importaba lo que hiciera. Se sentía triste, herido, desde el día en que su relación —su primera relación— se acabó. No se eximía de la culpa por completo, pero tampoco creía haberse equivocado tanto…
Los minutos continuaban corriendo sin cambios en el ambiente. Eri bebía té, Yohei no le quitaba los ojos de encima. «Es como ver a Fujii», pensó algo idiotizado mientras descubría que las maneras suaves y delicadas de su… exnovia, las había heredado de su madre. También la forma en que ladeaba la cabeza sobre un hombro cuando reflexionaba para sí, o el hábito de mordisquearse los dedos si quería decir algo y no sabía cómo plantearlo.
Un momento, ¿era ese el motivo de la visita? ¿Decirle algo?
—Señora Koizumi… créame que no pretendo ser grosero, pero me gustaría saber por qué ha venido a verme hoy. —Usó el tono más persuasivo de su repertorio, con lo que su voz emergió profunda, agradable.
Eri alzó la mirada por fin y la mantuvo quieta en él por un rato, luego dejó la taza de la que bebía a sorbos pequeños a un lado. Volvió a mordisquearse los dedos. Tras más segundos de incertidumbre, Yohei la vio poner ambas palmas planas sobre la madera.
—Mi hija me contó que te peleaste con unos tipos que querían hacerle daño. No tengo idea de los pormenores, pero vine a agradecértelo. Quisiera haberlo hecho antes. —Sus ojos, un poco más claros que los de Fujii, refulgieron de emoción cuando los fijó en su sorprendido interlocutor—. Muchas gracias, Yohei-kun. Nunca olvidaré lo que hiciste por ella.
—D-de nada… —¿Cómo respondía a algo así?
La mujer asintió una vez con la cabeza, luego la inclinó mientras sus orbes rodaban hacia un costado. La taza, todavía humeante, fue rodeada por sus manos pequeñas como si se afirmara de ella para continuar hablando.
—Esperaba que… pudieras contarme algo sobre eso. Fujii no me quiere dar detalles.
«¿Eh?, ¿qué es esto?», se preguntó el muchacho. Pues claro que no le había dado detalles, de eso no tenía la más mínima duda. El que Eri estuviera intentando averiguar lo ocurrido a través de él le desconcertó lo suficiente como para no permitirle elaborar una respuesta ingeniosa.
Optó por ser sincero, no es que tuviera muchas opciones.
—No sé qué podría agregar, señora Koizumi.
La aludida volvió a asentir.
—Ella está realmente triste. No me explico por qué se ha terminado lo de ustedes, pero deberías saber que ha sufrido mucho. Me apena tanto verla así… —Tabaleó los dedos contra la cerámica de la taza—. Y parece que tú también estás afectado, lo que me obliga a preguntarme qué te habrá llevado a tomar esa decisión…
Yohei estuvo a punto de atragantarse al término de esa frase. ¿Qué? ¿Eri pensaba que él había sido quien…? ¡Por dios!
Le molestaban profundamente los chismes, pero también sabía que Fujii nunca mentía, así que, o bien Eri realmente estaba convencida de que así eran las cosas entre ellos, o realmente intentaba extraer la verdad por medio de una mentira, ya que su hija no le daba detalles.
—Señora… —empezó en tono contenido, llevándose ambas manos al rostro con los codos apoyados en la mesa—, señora, usted se equivoca: fue su hija la que terminó conmigo —farfulló a duras penas, porque no deseaba recordar con detalle lo que había ocurrido entre ellos. Era una herida abierta que no dejaba de sangrar—. Y mi pelea tiene relación con Ginta. Lo siento.
Eri dio un fuerte respingo. Se llevó ambas manos al pecho y las apretó, temblando ligeramente ante la mención de ese nombre, perteneciente a su hijo fallecido tres años atrás. Pero, ¿por qué? ¿Qué podría tener que ver en todo esto? Era imposible.
Yohei se dio cuenta de cuánto le había afectado escuchar tal noticia, así que se apresuró a completar la idea porque no deseaba hacerle daño.
—Lo que voy a contarle, Fujii no lo sabe con certeza… pero yo sí. Necesito que lo mantenga en secreto, por favor. —Eri asintió despacio—. Uno de los tipos con los que peleé conoció a su hijo en vida. Verá usted… Hace varios años, Ginta estuvo metido en una pandilla muy peligrosa. No quiero entrar en detalles de lo que hacían, pero todo estaba relacionado con tráfico, drogas y alcohol. Él contrajo una deuda muy grande con los jefes de esa pandilla, y no halló nada mejor que ofrecer a Fujii un día como pago. —Yohei no pudo evitar que su voz emergiera endurecida por la rabia. Se fijó en que Eri se veía descompuesta, por lo que dedujo que ella no estaba al tanto de esa historia—. Al parecer, nadie sabe si lo dijo en serio o en broma… pero da igual. Era un bastardo. Perdone mi lenguaje, señora, pero no tengo palabras más amables para su hijo. Y su marido lo venera tanto como para obligarla a usted y a Fujii a dejarle flores anualmente en su tumba —hablaba atropelladamente, tan ahogado se encontraba que dejó fluir las palabras sin mediar consecuencias—. ¡Qué hipócrita! Lo venera después de muerto, porque en vida no fue capaz de hacerse cargo de él y ayudarlo con palabras en vez de golpes. Ese tipo no es un padre. Fujii le tiene miedo, ¿lo sabe…? —Pero Eri no respondió. Tenía los ojos abiertos, la boca trémula, húmeda, y las manos rodeando nuevamente la taza, que ya se había enfriado. Yohei compuso un mohín triste—. Creo que también usted le teme, señora. Lo lamento mucho.
—No te corresponde opinar sobre eso, Yohei-kun.
Vaya, con que la señora Koizumi tenía su carácter escondido. Ella y Fujii se parecían mucho más de lo que creyó en un inicio…
—Nunca pretendí ser grosero con usted —apuntilló contrito.
—Ya me lo has dicho. —Su boca adoptó un rictus ligeramente amargo—. Hay cosas que no… no comprenderías por tu edad, cosas que están fuera de tu imaginación y debes vivirlas para ponerte en…
—No necesita justificarse conmigo —balbuceó interrumpiéndola, porque sus palabras le hicieron sentir un poco culpable.
En verdad, ¿qué podía saber él sobre la vida de los adultos con diecisiete años? Había visto a su padre inclinar la cabeza por gente que lo despreciaba a sus espaldas para proteger su trabajo, actitud que no se explicaba conociendo lo orgulloso que podía llegar a ser, más aún cuando él mismo había heredado ese defecto. ¿Por qué humillarse?, ¿no era mejor renunciar y ya? Trabajo no le faltaría; por lo que escuchaba, era un excelente contador, mas Ryusei le respondió en una oportunidad que se atrevió a preguntarle la razón: «tendrías que haber visto lo que yo para entenderlo, Yohei. Todavía eres muy joven».
Como fuera… necesitaba asegurarse de algo más importante en ese momento.
—Señora: no le diga ni una palabra a Fujii. No quiero que sufra más por culpa de ese hermano. Ya es momento de que sea libre de su recuerdo… Prométalo —exigió educadamente, y también firme.
Eri ladeó la cabeza hacia el otro lado mientras apartaba la taza, que estaba tan fría como se sentía su corazón en ese momento.
—No le diré nada, Yohei-kun. —Él respiró más tranquilo—. ¿Sabes? Fujii te extraña —anunció levantándose de la silla, como si fuera algo que acabara de ocurrírsele—, está muy enamorada de ti.
Yohei pegó un bote. Creyó oportuno desviar la pregunta implícita, pero ¿qué caso tenía mentirle? No era idiota, sabía que sus sentimientos se le veían en la cara.
—Yo también la amo —admitió en un susurro. Los ojos de la mujer se suavizaron.
—Si no pasó algo que no pueda resolverse con una conversación, ¿por qué no intentas acercarte a ella? No creo que te rechace.
—Ojalá fuera tan simple… pero ella me cortó a mí… no comprendió que quise protegerla a cualquier costo… —explicó entrecortado, porque seguía muy dolido.
Eri Koizumi sonrió para sus adentros. Caminó hacia el recibidor, en donde se calzó los zapatos mientras Yohei se mantenía a sus espaldas. Tras alisarse la falda con ambas manos, le dio una última mirada de frente sin perder su expresión dulce.
—Fujii dijo que eras un chico muy maduro. Creo que tiene razón, pero… también eres un niño. —Ahora se portaba condescendiente con él—. Me encantaría pensar que te darás cuenta de lo equivocado que estás antes de que sea demasiado tarde. Adiós, Yohei-kun.
Y con esas palabras se marchó, dejando a su interlocutor mudo de asombro.
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Los primeros días de agosto del año 1991 dieron inicio a un nuevo Campeonato Nacional de baloncesto para preparatorias. Hiroshima, permanente sede de las más diversas disciplinas, vestía sus calles de deporte para recibir a los atletas que llegaban en masa a abarrotar las avenidas con entusiasmo y espíritu de lucha, el que se mantenía incólume sin importar el paso del tiempo, heredado en cada generación por hijos y nietos.
Ryonan fue la primera preparatoria en lograr su clasificación al campeonato, con su capitán Akira Sendoh a la cabeza liderando eficazmente gracias a su carácter tranquilo, lleno de fuego helado que despertaba a medida que su interés iba creciendo por sus rivales. En segundo lugar quedó Shohoku, que tras una reñida contienda frente a la preparatoria Yaei, equipo sorpresa del año, consiguieron su puesto a punta de sudor y lágrimas.
Como Yaei era, casualmente, la preparatoria a la que asistía el odioso Yudzuru Narita, Yohei celebró como nunca la victoria de su equipo favorito. Fue como una especie de venganza personal que le dio algo de paz a su interior. Un poco. Una minucia. Al menos, le serviría como anécdota para contar en algunos almuerzos con sus amigos.
En cuanto al más llamativo de los integrantes de Shohoku, Hanamichi Sakuragi… no jugó ningún partido de las clasificatorias. Se mantuvo en la banca con su cabello rojo intenso brillando en múltiples variantes, impaciente y neurótico por salir a trapear el piso con sus rivales, pero ni Anzai ni su aprendiz de entrenador —Mitsui— consintieron sus deseos.
«¿Cuál es tu objetivo, Sakuragi-kun?», le decía Anzai bamboleando su torso desbordado por medio de su rítmica risa.
«¿Ya se te olvidó lo que buscamos para ti, cabeza hueca?», añadía Mitsui, que no era muy pedagógico que digamos.
Hanamichi apretaba los dientes cuando los dos se confabulaban en su contra para desarmarle las rabietas.
«Ser el mejor ala-pívot de todo Japón», respondía de mala gana, casi sin despegar las mandíbulas. Pero sabía que estaban en lo cierto: ser el mejor era su objetivo también.
Y ahí estaba Hanamichi Sakuragi, llenando sus pulmones con la ciudad de Hiroshima, practicando en solitario utilizando una bonita cancha de baloncesto que encontró relativamente cerca de la posada en que se estaban alojando él y sus compañeros. Imaginaba que tenía a Tooru Hanagata al frente, Jun Uozumi, Shinichi Maki, incluso Masashi Kawata. Su imaginación desbordaba energía, tanto como su cuerpo, así que terminaba embutiendo el balón en la canasta con ahínco. Cuando sus pies tocaban tierra, el aro de metal continuaba vibrando.
Al día siguiente sería su debut, luego de un año sin jugar un partido de basquetbol. Un año sin medir fuerzas con rivales que sacaran lo mejor de sí. Un año de sentir cómo su piel ardía de deseo por escuchar a la gente cantar su nombre en señal de respeto y admiración. Un año echando en falta con las entrañas el deporte que se le había metido en cuerpo y alma.
Un año de haber encontrado eso en lo que podía brillar como nadie.
Un año… que se acababa en un día.
La espera estaba a punto de terminarse.
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Allí estaré subiendo las ilustraciones que el maravilloso Salvamakoto (autor de la portada) haga para este fic, ya que el pairing Fuhei (XD) prácticamente no existe en internet. También incluiré imágenes HanaMi (bautizado por Saturnine Evenflow, la presidenta oficial del ship y del fanclub de Nanami XD).
Amor y felicidad para todos.
Stacy Adler.
