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Capitulo 47

En el interior de la tienda, Candy y Iolanda se quitaron a toda prisa los nuevos vestidos y se pusieron los pantalones de cuero y las botas.

—¿Hasta cuándo vas a seguir martirizando al pobre Archie?

—No lo sé, pero ya me empieza a dar pena.

—Habla con él y no seas tonta. Ambos lo estáis deseando.

La joven resopló y, mirando a su amiga, replicó:

—¿Para qué? Él tiene muy claro que con una mujer como yo nunca tendrá nada y…

—Y si le das una oportunidad, comprobarás lo arrepentido que está de haber dicho esas desafortunadas palabras.

Una vez estuvieron vestidas de hombre, metieron unas faldas en una bolsa que llevaban colgada, y Candy preguntó, mientras se recogía el pelo en una larga trenza:

—¿Descosiste la tienda, como dijiste?

Con gesto pícaro, Iolanda levantó un lateral del suelo y Candy la apremió:

—Vamos, no perdamos tiempo.

Ocultas bajo su indumentaria masculina y las capuchas, salieron con cuidado por la parte trasera de la tienda. Una vez fuera, se alejaron de los Ardley y pasaron raudas pero sin correr entre cientos de guerreros. Ninguno reparó en ellas. Para ellos, eran dos guerreros más.

Una vez se alejaron del centro, donde se reunían los clanes, y se adentraron por las calles de Stirling, Candy dijo:

—Guíame tú. Yo no conozco la zona.

Iolanda caminó con seguridad por las oscuras callejuelas, hasta que llegaron a la herrería y entonces se paró en seco. Allí, a escasos pasos, Fiord estaba trabajando, junto a cuatro hombres de aspecto nada tranquilizador. El corazón de Iolanda se aceleró.

Candy, al ver a los hombres, agarró el brazo de la joven con fuerza y susurró:

—No te pares. Continúa caminando.

Sin percatarse de nada, Fiord siguió hablando con los otros, mientras ellas pasaban por su lado; el bullicio del prostíbulo se oía ensordecedor. Una vez doblaron la esquina y no la veía nadie, Iolanda se apoyó en la pared y, temblando, murmuró:

—El hombre de pelo oscuro era Fiord.

—¿Qué casa dijo Pedra que era ahora la de tu hermano?—preguntó ella, asintiendo.

Separando el cuerpo de la pared, Iolanda se dio la vuelta y musitó:

—Ésta.

Candy miró la casa que señalaba y, dándose la vuelta, observó el prostíbulo que tenía delante.

—Éste no es un buen sitio para criar a un niño —sentenció.

Iolanda asintió y, mirando hacia una ventana, ella susurró:

—Ven, vamos a ver si podemos entrar por ahí.

Tras forzar la ventana, consiguieron meterse en la casa. El lugar se veía sucio y frío. Caminaron con cuidado de no hacer ruido, hasta que Candy vio a un niño dormido y acurrucado en el suelo y, deteniendo a su amiga, lo señaló.

Al verlo, Iolanda se llevó las manos a la boca. Aquel pequeñín sucio que se chupaba el dedo mientras dormía era su hermano Sean; los ojos se le llenaron de lágrimas. Con cuidado, se acercó a él para mirarlo más de cerca. El bebé que había dejado ahora era un niño de hermosos cabellos oscuros y ojos rasgados como los de ella y su madre. Sin tocarlo, sonrió emocionada, y cuchicheó:

—Se parece muchísimo a mamá. Muchísimo.

En ese momento, el niño tembló de frío y Iolanda, dispuesta a cuidarlo, se levantó y buscó con qué taparlo. Cogió un tartán que encontró y lo arropó con mimo.

—Pobre Sean… pobrecito, mi niño —murmuró.

Candy le puso una mano en el hombro para darle fuerza y cuando Iolanda se incorporó, ésta la miró con desesperación y anunció:

—No puedo dejarlo aquí.

—¡¿Qué?!

—No puedo marcharme sabiendo que vive en estas condiciones. Fiord no lo quiere, no lo cuida y…

—Iolanda, te entiendo —la cortó Candy—. Pero ahora mismo no nos lo podemos llevar. Regresaremos la noche antes de marcharnos de Stirling, ¡te lo prometo!

Pero la chica negó con la cabeza: no estaba dispuesta a separarse de su hermano. En ésas estaban cuando de pronto oyeron que la puerta que comunicaba la herrería con la casa se abría.

Iolanda se paralizó, pero Candy miró hacia la ventana por la que habían entrado y la apremió:

—¡Vamos! Debemos salir.

—No —musitó la joven.

Desesperada, Candy la miró y, con una mano en la empuñadura de la espada, lista para atacar, insistió con furia:

—Por el amor de Dios, ¡vámonos! Si Fiord te pilla aquí las consecuencias serás nefastas.

Pero Iolanda no podía reaccionar, por lo que Candy tiró de ella con fuerza, justo cuando se oía la voz de un hombre que gritaba:

—¡Alto ahí!

—Hay que saltar —dijo Candy, poniéndose la capucha y poniéndosela también a Iolanda—. ¡Vamos!

La luz de un candelabro iluminó totalmente la estancia. Fiord, al ver a dos figuras encapuchadas, gritó y corrió hacia la herrería para cortarles el paso.

Candy y Iolanda saltaron por fin por la ventana y ya se disponían a echar a correr, cuando unas manos fuertes las agarraron y, al volverse, vieron que era Jimmy.

—Seguidme, ¡rápido! —les ordenó éste.

Sin tiempo que perder, ambas entraron con él por la puerta trasera del prostíbulo. Una mujer rechoncha sonrió al ver al joven, al que sin duda conocía, y Jimmy, con una bonita sonrisa, le dijo que necesitaba un lugar para él y sus dos amigas. Tras darle unas monedas, ella los dejó pasar y Candy, al ver una puerta abierta, corrió hacia ella y, una vez entraron los tres, la cerró.

Jimmy vio que en aquella habitación no había ventana por la que escapar en caso de que los descubrieran y maldijo en voz alta. Rápidamente abrió la puerta: debían buscar otra habitación. Pero enseguida la cerró. Acababa de ver a los hombres de la herrería en el pasillo, buscándolos con gesto fiero.

Sin tiempo de hacer nada, miró a las mujeres y susurró:

—Meteos en la cama.

—¡¿Cómo?! —exclamaron ellas desconcertadas.

—¡Hacedlo! —insistió Jimmy.

—Ah, no… eso sí que no —gruñó Candy.

—Eso es indecoroso —se quejó Iolanda.

Jimmy se quitó la camisa y las botas a toda prisa y, con cara de pocos amigos, siseó:

—Maldita sea, echaos encima de mí en actitud cariñosa o de aquí no salimos vivos.

Conscientes del lío en que estaban, hicieron lo que Jimmy les decía.

—Las manos quietecitas —exigió Candy.

Él sonrió con picardía y dijo:

—No es mi intención tocaros, pero debemos fingir que lo pasamos bien cuando entren, para que no piensen que nosotros somos los que persiguen.

Nerviosa, Candy, se soltó la trenza y se revolvió el pelo, y luego se acercó a Jimmy para pegar su pecho al de él, que murmuró:

—Si tu marido se entera de esto, nos matará.

—No lo dudo —afirmó Candy.

De pronto, la puerta se abrió de par en par y Jimmy, retirándose el pelo de Candy de la cara, protestó con gesto de enfado:

—¿Qué demonios queréis?

Fiord y los hombres que lo acompañaban se pararon al ver a aquel trío y se marcharon por donde habían llegado. Cuando la puerta se cerró, los tres se quedaron muy quietos en la cama y al oír que sus pisadas se alejaban, Jimmy dijo:

—Debemos salir de aquí inmediatamente. ¡Vamos!

Sin moverse de donde estaba, Candy miró al joven que les había salvado el pellejo y preguntó:

—¿Cómo sabías dónde estábamos?

—Os he estado vigilando desde que os oí hace días en el bosque.

—¿Oíste lo que hablamos? —preguntó Candy.

El joven, mirando a Iolanda, murmuró con cariño:

—Tengo una hermana llamada Megan que siempre ha luchado por mí, por mi hermana Shelma y por ser feliz en la vida y, aunque no padeció lo que ese día oí que te ha ocurrido a ti, te pareces a ella. Eres fuerte, Iolanda. Más fuerte de lo que crees. Eres una increíble guerrera que nunca se ha rendido y ahora tampoco lo vas a hacer, ¿verdad?

La joven negó con la cabeza y Jimmy añadió:

—Cuenta conmigo para lo que necesites, tanto tú como tu hermano, ¿de acuerdo?

—Gracias —musitó ella emocionada.

Candy sonrió. Estaba conociendo a gente maravillosa.

Los escandalosos gemidos de la mujer de la habitación colindante los devolvieron a la realidad y se levantaron raudos. Debían salir de allí.

—Llevo todo el día observándoos y sabía que ibais a actuar por la noche.

—¿Albert lo sabe? —inquirió Candy preocupada.

Jimmy se colocó la espada a la cintura y contestó:

—No. Si lo supiera, os aseguro que nos mataba a los tres.

Eso hizo sonreír a Candy, que, mirando a Iolanda, que continuaba con gesto serio, susurró:

—Tranquila, regresaremos a por tu hermano.

—No me iré de Stirling sin él —afirmó Iolanda.

Candy y Jimmy se miraron. No iba a ser fácil llevarse a un niño así como así y, mirando a Iolanda, él agregó:

—Ya pensaremos qué hacer, pero recordad, la siguiente vez que regreséis aquí, avisadme. Os acompañaré.

Cuando estuvieron preparados, Jimmy abrió la puerta, vio el camino despejado y los tres salieron de la habitación. Con cautela, fueron hacia la puerta trasera, por la que habían entrado, y una vez allí, salieron fuera y corrieron hacia una callejuela colindante, donde Jimmy había dejado su caballo. Montaron los tres en él y se alejaron lo más deprisa posible del lugar.

Al llegar a la zona donde estaban los clanes, desmontaron y echaron a andar hacia las tiendas. Jimmy, tras hablar con ellas, se adelantó para abrirles camino y avisarlas de si debían pararse.

Albert, que estaba con Archie y sus amigos charlando alrededor del fuego, al mirar hacia atrás vio a Jimmy y sonrió. Pero sus movimientos y las señas que hacía con las manos le despertaron la curiosidad y, al mirar con más atención, se quedó sin habla al ver a Candy y Iolanda detrás del joven.

Archie, al percatarse de que Albert miraba hacia atrás, se volvió para ver lo que miraba y murmuró:

—¿Qué hacen esos tres?

—No lo sé —respondió él molesto.

Sin quitarles la vista de encima, vieron cómo las jóvenes llegaban hasta un punto en el que se las perdía de vista, para luego Candy asomar la cabeza por la parte delantera de la tienda de Iolanda y sonreírle a Jimmy.

Éste asintió y siguió su camino y Archie, confuso, musitó:

—¿Ellas no se habían ido a dormir?

—Eso mismo creía yo —afirmó Albert—, pero está visto que no era así.

Poco después, Jimmy se unió al grupo y, cogiendo una jarra de cerveza, brindó con Lolach y bromeó. Albert, sin decirle lo que había visto, se le acercó y, tocándole el hombro, preguntó:

—¿Dónde estabas?

—Dando un paseo —contestó el joven.

Lolach, que conocía muy bien a su cuñado, añadió:

—Con alguna jovencita, ¿verdad?

Jimmy soltó una risotada y, con gesto pícaro, respondió:

—Con dos, para ser más exactos.

Los highlanders aplaudieron y comenzaron a decir toda clase de burradas, mientras Albert disimulaba su malestar y Archie sonreía sin ganas.

—He tenido buenos maestros y os aseguro que lo he pasado muy… muy bien —bromeó Jimmy.

De nuevo, los hombres rieron ante su comentario y Albert, conteniéndose a duras penas, rió con todos y cuando se volvió para regresar junto a Archie, se encontró de frente con Aldo Sinclair, el padre de Eliza, junto con su mujer y varios de su clan.

Durante unos segundos, ambos hombres se miraron. Sin duda las noticias volaban y Aldo no parecía contento. Albert, dispuesto a hablar con él, dio un paso adelante, pero entonces Eliza salió de detrás de sus padres y saludó a los presentes:

—Buenas noches, caballeros.

Los hombres se levantaron y sonrieron. Eliza Sinclair era una joven bonita y elegante que no dejaba indiferente a nadie. Todo en ella era perfecto —su rostro, su cutis, su sonrisa, sus manos, su cuerpo…— y Albert, al verla, sonrió. Como siempre, estaba fantástica, perfecta. Acercándose a ella, le cogió la mano y se la besó con caballerosidad.

—Como siempre, tu belleza me fascina.

Eliza sonrió y, tras un par de parpadeos, hizo un gracioso mohín y dijo:

—Ésas no son mis noticias.

En ese momento, lady Sarah, la madre de ella, intervino:

—Ahora sois un hombre casado,Albert Ardley, enhorabuena.

—Gracias, lady Sarah.

Eliza preguntó:

—¿Cuándo podré conocer a tu mujer?

Incómodo, fue a responder, pero Gavin Kincaid, el hijo de Murdor Kincaid, se acercó a Eliza y, tras decirle algo al oído que a ella la hizo sonreír, la joven se despidió:

—Hasta mañana, Albert.

Sarah sonrió y siguió a su hija. No era decoroso que paseara sola del brazo de un hombre por la noche. Aldo Sinclair, al ver cómo Albert miraba a la muchacha, dijo con voz ronca:

—Enhorabuena por tu enlace, Ardley.

—Gracias —respondió él, estrechando la mano que el hombre le tendía.

Sin soltársela, Aldo añadió:

—Imagino que la mujer que se ha ganado tu corazón debe de ser muy especial para que la hayas preferido a mi adorada hija.

Y dicho esto, se alejó dejando a Albert con la boca abierta. No le cabía la menor duda de que a los Sinclair su enlace no les había hecho mucha gracia.

A varios metros de él, Eliza miró a Albert y le sonrió y él le guiñó un ojo. Lolach, que junto con Axel había presenciado el encuentro, al ver cómo Albert seguía a la bella joven con la mirada, dijo:

—Si no te has desposado con ella es porque no era para ti, ¿no crees?

Albert asintió y cuando fue a decir algo, Axel, levantándose, comentó:

—Es tarde. Me voy a descansar.

Todos asintieron e, instantes después, se encaminaron hacia sus tiendas. Albert, acercándose a Jimmy, que estaba hablando con unas jóvenes, le hizo una seña a Archie y, agarrándolo ambos de los hombros, le anunciaron con una sonrisa nada tranquilizadora:

—Tenemos que hablar contigo.

CONTINUARA