La campanilla colocada en el marco de la puerta tintineó avisando así de la llegada de un nuevo cliente. Con dificultad el anciano se incorporó de su butaca buscando con la mirada al forastero. No tardó en distinguir los sobrios ropajes del visitante presintiendo así de quien se trataba incluso antes de alcanzar a ver su rostro.

— Buenas tardes profesor Snape — Saludó afablemente esperando a que le correspondiese.

Severus siguió observando algunos de los cuadernos expuestos en la tienda sin pronunciarse, como si estuviese abstraído en sus propios pensamientos mientras deslizaba su mano por la cubierta de algunos de ellos.

El tendero agachó la cabeza al verse ignorado y dudó sobre si debía acercarse para ayudar al hombre con sus compras. Severus solamente le visitaba una vez al año y eso era cuando pasaba a recoger su habitual pedido al iniciar el nuevo curso escolar. No hablaban demasiado, más bien sus interacciones se limitaban a saludarse cortésmente mientras realizaban la acostumbrada transacción. Sin embargo el señor Dawn había percibido algunas cosas sobre Snape durante esas breves visitas anuales. Los productos que elegía eran básicos pero siempre de buena calidad, no le gustaban las cosas excesivamente adornadas. Era un hombre práctico, incluso podía calificarse de austero por sus humildes elecciones. Y algo que agradecía especialmente era su generosidad pues siempre dejaba un par de monedas de más al pagar su factura.

— Debe de preguntarse el motivo de mi visita — Murmuró Severus volviéndose hacia él por primera vez desde que había entrado en el local.

— Siempre es un placer atenderle profesor — Respondió el anciano por cortesía, tratando de disimular lo inusitada que le resultaba su presencia fuera de las fechas usuales.

Severus caminó hasta el mostrador y sin decir nada dejó un pequeño cuaderno en el mismo.

— ¿Desea llevarse este artículo? — Preguntó el hombre ligeramente sorprendido por su elección.

El diario presentaba apliques dorados en sus esquinas y unas finas tiras de cuero adornadas con cuentas metálicas, lo cual consideró que distaba de los gustos personales de su cliente.

— No, no deseo llevármelo — Respondió con seriedad — Solamente me ha recordado al que le regaló a la señorita Granger hace unos meses.

El anciano parpadeo un par de veces mientras miraba al hombre sin entender a que se refería.

— La profesora McGonagall y yo descubrimos el obsequio al revisar las pertenencias de la joven tras la última de las salidas que efectuaron los estudiantes al pueblo — Añadió Severus endureciendo su voz — Estoy seguro de que no tengo que refrescarle la memoria con los sucesos acontecidos durante ese día.

El anciano carraspeó incomodo al recordar la razón de que los alumnos de Hogwarts tuvieran prohibido visitar la aldea desde entonces.

— No tuve nada que ver con lo que le pasó a esa niña — Respondió mostrándose claramente a la defensiva.

A oídos de todos había llegado la noticia del ataque que sufrió meses antes Katie Bell tras visitar el pueblo de Hogsmeade. ¿Cómo había llegado un objeto maldito hasta las manos de esa muchacha? ¿Y por qué alguien deseaba hacerle daño? Esas incógnitas se murmuraban en la aldea sin que nadie encontrase una explicación lógica a lo que había sucedido. No sabían la verdad, que había sido un intento de acabar con la vida del honorable director de Hogwarts. De hecho las sospechas y elucubraciones de los habitantes seguían a la orden del día a pesar del tiempo transcurrido.

— Lo sabemos — Confirmó Snape sin alterar su semblante — Pero comprenderá que tanto la profesora McGonagall como yo tenemos la obligación de saber por qué una de nuestras alumnas ha recibido un costoso regalo de un mago adulto.

Al comprender la velada acusación implícita en sus palabras el anciano negó enérgicamente con la cabeza.

— ¡Por Merlín! No se atreva a acusarme de tal maldad — Replicó molesto por esa deleznable insinuación.

— Entonces cuénteme porque le regaló algo de tanto valor a una jovencita — Exigió.

— Yo sólo... No fue más que una pequeña triquiñuela de tendero — Confesó perturbado por su hostil mirada.

Severus entrecerró los ojos al escuchar eso tratando de entender a que se refería.

— Mire, el cuaderno realmente no es tan valioso como parece — Explicó el hombre mientras se agachaba para abrir uno de los cajones bajo el mostrador.

Con rapidez sacó un diario similar al que Snape había dejado en la mesa.

— El que le di a la señorita Granger es igual que este, observe que sus apliques no son de metales nobles ni sus piedras son de gran valor — Informó señalándolos con el dedo — Los cuadernos que guardo aquí no son como los que tengo expuestos para su venta, aunque a simple vista lo parezcan. Son artículos que utilizo para agasajar a los buenos clientes — Dijo con sinceridad — La niña suele venir por aquí desde hace años y siempre adquiere algún artículo pero... — Alzó su vista hasta la próxima vitrina — lo que más desearía comprar es una de esas.

Severus siguió su mirada hasta ver la magnífica colección de plumas mágicas que el mago poseía.

— Su favorita es la de faisán dorado, una de las más hermosas pero de elevado coste — Comentó el anciano — Quería que se sintiese tan agradecida por el regalo que finalmente se decidiese a adquirir ese artículo en breve.

— Quería que la señorita Granger se sintiese en deuda con usted — Susurró más para sí que para el hombre.

— Es una jovencita encantadora y una buena clienta — Confesó el anciano con genuino cariño.

Había visto a la joven perderse por los pasillos de su negocio desde niña, admirando sus variopintos artículos y brindándole siempre amables conversaciones en cada una de sus visitas.

— ¿Podría mostrarme esa pluma? — Preguntó Snape de manera más relajada — La que la señorita Granger tanto desea.

El profesor Snape se había dado cuenta que el señor Dawn no representaba un peligro para Granger, al menos eso fue lo que dictaminó tras escuchar su explicaciones. Pero su visita al pueblo no había sido del todo una pérdida de tiempo...

Severus alzó la vista hacia el cielo estrellado mientras aguardaba la llegada de Hermione. Exhaló con fuerza tras enfocar su mirada en la plenitud de la luna tratando de calmar los nervios que comenzaban a dominarle. Un insólito silencio se había adueñado del lugar, como si ese bosque y sus mágicos habitantes fuesen cómplices del inminente encuentro entre ellos. Sólo escuchaba los latidos de su acelerado corazón como si quisiera escapar de su encorsetado pecho. La sequedad de su boca le hizo carraspear mientras se aflojaba el cuello de la camisa. Su acostumbrada templanza comenzaba a desmoronarse tan sólo con el recuerdo de la joven Granger, ¿Cómo iba a guardar la compostura cuando se encontrara de nuevo a solas con ella? La noche anterior había pasado largas horas observándola mientras dormía, velando por su sueño y preocupado tan sólo por su bienestar. Otra noche de insomnio a sus cansadas espaldas, pero sin lugar a dudas la mejor noche de vigilia que había vivido. Cuidando que no se detuviese en ningún momento la relajada respiración de la joven, casi como si se tratase de un padre primerizo incapaz de separarse de su pequeña criatura. Había estado tan cerca de perderla durante esa noche, unos segundos más y Hermione hubiese dejado este mundo. La sola idea le aterraba. No podía perderla, ahora más que nunca se daba cuenta.

No tardó en escuchar unos decididos pasos acercándose. Al instante volvió a ponerse en guardia esperando vislumbrar de quién se trataba. Una pequeña sonrisa se dibujó en su constreñido rostro al ver a la jovencita caminar por los intrincados senderos con agilidad. La simpleza de ese hecho lograba sorprender al curtido mago pues el bosque era uno de los lugares más peligrosos de Hogwarts. Le resultaba fascinante presenciar como Hermione se había convertido en una bruja tan poderosa y no podía evitar sentirse orgulloso por haber contribuido a ello.

— Hermione — Su profunda voz rompió el silencio del lugar.

Tras escuchar como el mago la nombraba la joven sonrió abiertamente.

— ¡Severus! — Respondió con alegría tras localizarlo entre los árboles.

Snape se deslizó por el espeso follaje hasta quedar delante de ella.

— ¿Cómo te encuentras? — Preguntó con sincera preocupación mientras con delicadeza la tomaba de la mano. Necesitaba ese pequeño contacto para apaciguar su atribulado corazón.

— Estoy mejor — Susurró Hermione agachando la mirada con timidez — No quiero que te preocupes por mí.

La joven apretó su mano tratando de calmar al mago pues era consciente de su inquietud.

— No permitiré que te suceda nada malo — Aseguró aproximando su cuerpo al de ella.

Acto seguido acercó la mano de la muchacha hasta su rostro para así depositar un sutil beso en el dorso de la misma, como si de esta forma sellase su promesa ante ella.

Hermione lo miró con asombro pues no esperaba un gesto tan íntimo por parte de su profesor. Aunque no podía negarse a sí misma que el notar los tibios labios de ese hombre sobre su piel lograban agitarla más de lo que desearía reconocer.

Al ver su reacción Severus se separó de ella y soltó su mano lentamente. Sabía que debía controlar sus deseos pero cada vez le resultaba más difícil ocultar lo que la muchacha le hacía sentir.

— Hoy no practicaremos, creo que debes descansar un día más — Declaró Severus volviendo a su comedido papel de mentor — Lo que te sucedió ayer fue algo muy serio.

Hermione se limitó a asentir mientras intentaba procesar lo que acababa de pasar entre ambos.

— Pero te he traído un libro que quiero que estudies — Reveló abriendo su capa para sacar un pequeño manuscrito de uno de los bolsillos de su levita — Es meditación avanzada.

Dicho esto le tendió el volumen de tapas rojizas.

— Es una de las materias que se estudia en los últimos cursos de Mahoutokoro — Explicó Snape volviendo a su acostumbrada seriedad — La escuela mágica más antigua.

— Lo sé — Afirmó Hermione tomando el libro entre sus manos — Situada en Japón y con un excepcional nivel académico.

— En Hogwarts no se enseña un nivel tan alto de concentración pues los hechizos mágicos que practicamos no la requieren, pero tu magia... — Se detuvo sin saber muy bien cómo calificarla — ...se sale de lo común.

— ¿Crees que así podré controlar los episodios que estoy experimentando? — Preguntó la joven ojeando algunas de las páginas.

— Creo que deberíamos averiguar qué significan esas visiones y cómo puedes dominarlas para que no representen un peligro. Aparte de que las técnicas de relajación te ayudaran a contener tus estallidos mágicos pues están fuertemente ligados a tus emociones — Expuso el mago.

— Gracias, lo estudiaré esta misma noche — Comentó la muchacha guardándolo en su bandolera resuelta a abandonar el lugar con presteza para examinar el contenido del curioso libro.

— Tengo algo más para ti — Comentó Snape con un ligero temblor en la voz debido a los nervios.

Esta vez sacó de uno de los bolsillos de su pantalón una diminuta caja la cual posó en su palma, después apuntó con su varita a ella.

Engorgio — El encantamiento hizo que la minúscula cajita creciese en su mano hasta alcanzar un tamaño mucho mayor.

Hermione observó con curiosidad el presente que Severus le ofrecía. El paquete lucía perfectamente adornado con un delicado papel de seda dorado.

— ¿Qué es? — Preguntó ilusionada por el detalle.

— Es tan sólo un obsequio — Admitió el mago ligeramente incomodo por la situación, hacía demasiado tiempo que no agasajaba a una mujer y su acostumbrada seguridad en sí mismo se tambaleaba en dichas situaciones.

Acto seguido le tendió el regalo esperando que la humedad de sus manos no hubiese mojado el finísimo papel que lo cubría.

Hermione lo sostuvo mientras sonreía por la nueva faceta que estaba descubriendo de su estricto profesor. Con rapidez se deshizo del envoltorio hasta ver la magnífica caja de madera labrada que tenía entre sus manos. Gracias a las pequeñas bisagras colocadas en los laterales pudo levantar la tapa de la misma quedando ésta abierta por completo.

— Mi pluma — Musitó sin creerse aun lo que sus ojos contemplaban.

Era la pluma mágica que anhelaba desde hacía años, la cual no podía dejar de admirar cada vez que visitaba "La casa de las plumas" en el cercano pueblo de Hogsmeade.

Severus no perdía detalle de su sorprendida expresión, secretamente ilusionado por haber acertado con el obsequio.

— Pero... — Añadió la muchacha volviendo a mirarlo a los ojos — Es demasiado, no puedo aceptarlo.

Tras esto cerró la caja mientras negaba con la cabeza pues sabía que debía devolver el costoso regalo.

— No digas sandeces, por supuesto que puedes — Replicó el hombre ligeramente molesto por su modestia.

— ¿Por qué? — Preguntó la muchacha todavía impactada por el inesperado presente.

— Quiero que completes tu cuaderno, que pongas por escrito todos los conjuros mágicos que eres capaz de realizar — Confesó Severus — Sé cuánto te gusta ese diario así que pensé que necesitabas el compañero perfecto para él.

— No tenías porque hacerlo, tengo otras plumas... — Comenzó a decir la joven.

— Como has dicho esa es tu pluma, si tanto la deseabas debías tenerla — Interrumpió el hombre — Hay quien cree que para algunos magos la unión con sus plumas es similar a la que sienten con sus varitas. Si te sentías tan atraída a ella es posible que sea por una razón de peso.

Hermione nunca se había planteado esa posibilidad pero parecía plausible pues siempre se había sentido una conexión especial con dicho objeto. Como si esa pluma la llamase tan sólo a ella cada vez que entraba por la puerta del establecimiento del señor Dawn.

— Es preciosa, no tengo palabras para agradecerte este regalo — Comentó la joven asimilando poco a poco la pertenencia de la pluma.

— Solamente úsala como te he dicho — Pidió el hombre — Estoy seguro que podrás completar el cuaderno con ella, de esta manera ya no será solamente mi legado sino nuestro.

Hermione levantó la vista de la pluma al escuchar esa última palabra de la boca de su mentor.

"Nuestro"

"Nuestro legado"

Tras cerrar la caja se aproximó más a él.

— Gracias — Susurró apoyando el rostro en el pecho de Snape esperando que éste la abrazase como había hecho en algunas ocasiones.

Necesitaba sentirse reconfortada por ese hombre, sólo él era capaz de calmarla cuando el miedo comenzaba a dominarla. Y jamás había sentido tanto miedo como esa noche, miedo a lo que comenzaba a sentir por Severus Snape.

Sorprendido por ese gesto él la separó de su cuerpo a pesar de cuánto deseaba tomarla de nuevo entre sus brazos.

— Nuestro legado — Repitió Hermione clavando su mirada en los oscuros ojos de Severus.

Y en un arranque de valor del que jamás se vio capaz hasta esa noche se aproximó a escasos centímetros de su boca para susurrarle "Nosotros", tentándolo como nunca antes había tentado a otro hombre.

Severus casi hipnotizado por esos labios abrazó a la muchacha uniendo sus cuerpos de nuevo. Sin tiempo para meditar si ese gesto de la joven le daba permiso para robarle un beso acercó su boca a la de ella con una mezcla de miedo y deseo que nunca antes había experimentado. Y como un hombre sediento bebió por primera vez de los labios de la joven, los labios que tantas veces había anhelado en secreto. Tratando de controlar la ardiente pasión que sentía por ella pero dejándose llevar por el momento por primera vez en su vida sin pensar en las consecuencias que pudiesen tener sus actos.

La joven recibió el beso dejando que él marcase el ritmo. No era la primera vez que besaba a alguien pero sentía que hasta ese momento nadie la había besado con semejante fervor.

Los dedos de Severus se enredaron en los tirabuzones de Hermione, y si no hubiese sido por la imperiosa necesidad de tomar aire jamás se hubiese separado de sus labios pues le sabían al más dulce de los néctares.

—Nosotros — Susurró Snape tomando el rostro de la joven entre sus manos y perdiéndose en sus preciosos ojos — Sólo nosotros.