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Capitulo 49

Durante toda la mañana, Candy no volvió a ver a Albert y unos extraños nervios le retorcieron el estómago.

¿Habría hecho bien animándolo a hablar con Eliza?

Pasó gran parte del tiempo hablando con Megan y Gillian, hasta que los maridos de ellas fueron al campamento a buscarlas.

Rápidamente, ellas se la presentaron a sus maridos y la dulce sonrisa de Candy, unida a su desparpajo y su simpatía, los cautivó. Aunque se quedaron atónitos al saber que aquella joven, con pantalones como sus mujeres, era quien había hecho sentar la cabeza al mujeriego Albert Ardley, al que siempre habían atraído las damas elegantes y refinadas.

Cuando ellas dos se marcharon con sus maridos, Candy se cambió de ropa y se puso uno de sus viejos vestidos. Luego pensó en la cariñosa madre de Eliza y eso la apenó. Sin duda, la mujer sufría al ver a su hija triste. Pensó en su padre y en lo mal que lo pasaba al ver a Karen infeliz.

Sumida en sus pensamientos, de pronto, oyó:

—Oh, Dios mío… Oh, Dios mío…

Candy vio ante ella a Pauna, la madre de Albert, de pie en la entrada de la tienda, y rápidamente se levantó del suelo.

—No me lo puedo creer. Dime que no es cierto que el descerebrado de mi hijo se ha casado contigo.

—Escuche, señora, yo…

—¡Archie! —llamó ella—, dime que no es cierto lo que Sarah Sinclair me acaba de contar.

Archie se acercó y, tras resoplar, murmuró:

—Milady, creo que deberíais esperar y hablar con vuestro hijo.

Con la mano tapándose la boca, Pauna volvió a mirar a Candy y, sin poder evitarlo, espetó:

—Tú no me gustas para mi hijo.

—Milady… —intervino Archie al ver su dureza.

Pero a la mujer, sin importarle nada, lo miró y exclamó:

—Por el amor de Dios, ¿cómo se ha podido casar con ella? Esta… esta muchacha es una llorona y una quejicosa insufrible, que le teme hasta a un caballo y no sabe ni sujetar una espada. ¿Qué ha visto en ella? Oh, Dios mío, ¡qué desgracia!

Candy, al ver que la gente se paraba a escuchar, y comprender la imagen que la mujer tenía de ella, sin importarle lo que pensara, la agarró del brazo y la obligó a entrar en la tienda. Una vez dentro, la soltó y dijo:

—Pauna…

—¿Pauna? ¡¿Cómo que Pauna?! —gritó ésta.

Archie entró también, acompañado de Iolanda: Candy se lo agradeció con la mirada. Lady Pauna prosiguió enfadada:

—Yo no te he dado permiso para que me llames por mi nombre, muchacha.

—Lo sé… pero...

Pero la madre de Albert, llevándose con dramatismo la mano a la boca, sin dejarla proseguir, contó:

—A Edimburgo me llegaron noticias de lo ocurrido a tu padre y tu gente y lo siento mucho, muchacha. Creía que te habrías marchado a Glasgow con tu hermana Karen y su marido.

Pauna había oído algo, pero no exactamente la verdad, y Archie intervino:

—Si me lo permitís, milady, os explicaré lo ocurrido…

—Oh, no, ¡ahora no! —Y, con semblante demudado, murmuró—: ¡Oh, Dios mío! ¿No estarás embarazada?

Cansada de sus suposiciones, pero con unas terribles ganas de llorar, Candy negó con la cabeza y gimió:

—No, señora. No estoy embarazada.

Archie, que conocía los sentimientos de su amigo y señor, sin importarle lo que opinara la madre de éste, habló:

—Milady, insisto en que deberíais hablar con Albert.

—¿Y cuándo se supone que yo me iba a enterar? —preguntó Pauna—. Llego a Stirling y, nada más ver a Sarah, me da un disgusto. —Las lágrimas de Candy le corrían por las mejillas; la mujer dijo—: Por el amor de Dios, muchacha, ¿ya estás llorando?

Iolanda fue rápidamente a consolarla, cuando la puerta de la tienda se levantó y aparecieron Duncan y Thomas. Intentaron hablar con Pauna, pero ella no les escuchaba y Candy, cansada, reveló:

—Albert podrá casarse con Eliza. Sólo ha de esperar a que pase el…

Pauna, llevándose una mano a la cabeza, miró a los dos buenos amigos de su hijo y susurró:

—Qué disgusto… qué disgusto tengo. ¿Cómo el tonto de mi hijo se ha podido casar con esta muchacha?

Duncan sonrió y Thomas respondió:

—Sin duda alguna, porque no es tonto.

La mujer, desconcertada por aquella respuesta, fue a hablar, pero Thomas continuó:

—Pauna, si Albert se ha casado con ella es por algo importante.

La mujer no dijo nada, y Duncan, acercándose a Candy, explicó:

—Conozco a Albert desde hace años, y estoy seguro de que las cosas importantes no las hace sin pensar. Dale un voto de confianza y espera a hablar con él. Ten por seguro que Candy es una buena muchacha.

Tras mirarla, Pauna contestó:

—Yo no digo que sea mala, sólo digo que no es la mujer ideal para Albert. —Y, sin querer escuchar nada más, preguntó—: Archie ¿dónde está mi hijo?

—No tardará en regresar, milady.

Sin importarle lo que aquella llorona tuviera que decir, ella añadió:

—Dile que estoy alojada con los Sinclair. —Y tras mirar a Candy de arriba abajo, murmuró—: Sin duda, me equivoqué respecto a Eliza. Ella era su opción.

Oír eso a Candy la desbloqueó, y, secándose las lágrimas con rabia, bramó fuera de sus casillas:

—Sí, señora. Eliza seguro que es su mejor opción para que los hombres le envidien y usted se vanaglorie de la increíble belleza de la esposa de su hijo. Da igual que sea fría, caprichosa e inhumana.

—Candy, no —susurró Iolanda.

Pero cansada de aguantar las continuas comparaciones con la Sinclair, Candy prosiguió:

—Sin lugar a dudas, si compara a Eliza conmigo, yo tengo todas las de perder. No soy bonita, no soy perfecta, no tengo un pelo color fuego, no tengo clan ni bienes y, por no tener, casi ni tengo familia, pero ¿sabe qué? Me da igual. Y me da igual porque tengo muy claro quién soy y lo que quiero en esta vida. Y lo sé porque mi padre no tendría riquezas, ni ejército, pero me enseñó unas cosas que pocos aprenden y que se llaman «valores» y «corazón», algo que la maravillosa Sinclair no aprenderá en su vida y que, sin duda, algún día usted y su hijo echarán de menos.

Pauna, sorprendida porque la joven ya no llorara y fuera capaz de plantarle cara, fue a decir algo, pero sin permitírselo, Candy añadió:

—¿Que Eliza es mejor esposa que yo para su hijo? Eso sólo el tiempo lo dirá. Pero que les quede muy clarito a usted y a él que el cariño, el respeto y el amor que yo le tengo no tienen nada que ver con los que ella le tendrá y más tras conocerla y ver por mí misma qué clase de mujer es. Y ahora, haga el favor de salir de esta tienda e irse con las Sinclair. Sin duda, ellas le tratarán como yo nunca seré capaz de hacer.

Pauna la miró pensativa. Aquella joven no tenía nada que ver con la llorona que en Caerlaverock la sacaba de sus casillas, pero cuando fue a abrir la boca, Candy siseó:

—No, señora. No quiero escucharla. ¡Váyase!

Pauna, tras mirar a Duncan y Thomas y éstos no moverse ni decir ni mu, miró a Archie, que le levantó la puerta de la tienda. La mujer salió sin decir nada y cuando caminaba junto a Archie, se paró y, con incredulidad, preguntó:

—¿Esa jovencita es la misma que lloriqueaba en Caerlaverock?

Archie sonrió y dijo:

—Milady, creo que debéis saber algo más.

CONTINUARA