Dedicado a mi gran amiga Arika, quien esperó seis años por este capítulo. Gracias y perdón.


El día en que su corazón se detuvo

La noche anterior a esa fría mañana de mediados de enero la nieve se había hecho presente en Konoha. Lentos y gráciles pero constantes, los copos de nieve habían colmado las calles y cubierto el paisaje de un color blanco inmaculado, mismo que, al salir el sol, se volvería cegador.

Sin embargo, por el momento, el alba aún era distante. Un silencio sepulcral se asentaba en el interior del hospital permitiendo que la brisa del exterior fuese audible, así como también el repiquetear de las ramas carentes de hojas contra alguna ventana.

Pese a la aparente quietud, aquellos sentados en esa banca cercana al cuarto de Shikamaru, experimentaban una voraz tormenta en sus corazones. El rastro de lo sucedido veintiocho días atrás repercutía con más fuerza ahora que nunca.

Habían pasado once horas desde que Tsunade había dado la orden de interrumpir definitivamente la anestesia. Las heridas habían sido más críticas de lo que cualquiera hubiese deseado y su tratamiento llevó tiempo.

Con el correr de las horas, fue evidente que Shikamaru no despertaría sólo porque su cuerpo ya no estaba bajo los efectos de los fármacos que lo mantenían dormido. Existen heridas que la medicina no puede curar y, probablemente, era precisamente ese tipo de herida la que postergaba el despertar del joven Nara.

En medio de la noche, Chōji logró que Yoshino se retirara para descansar y, sentándose junto a la cama donde yacía su mejor amigo, dio inicio a su tarea de vigía. Fueron pocas las ocasiones en las que dejó el cuarto del Nara para que Ino pudiese estar con él.

A pesar de la insistencia de Kiba, Ino se rehusó a abandonar el edificio. En compañía del Inuzuka, esperó pacientemente fuera de la habitación, sentada en aquella banca que, como todos los días desde hacía ya casi un mes, había recibido la visita de aquellos cercanos al estratega.

Poco después de que saliera el sol, Naruto se hizo presente en el lugar. El Uzumaki no esperaba encontrarse con un ambiente festivo. Sabía que, aunque Shikamaru despertase y estuviese completamente recuperado, aún le aguardaban malas noticias. No obstante, la expresión en el rostro de Ino le dijo al rubio todo lo que necesitaba saber.

—Con que aún sigue dormido —exclamó calmadamente el shinobi de ojos azules para luego soltar un profundo suspiro que denotaba decepción.

—Siéntate —invitó Kiba poniéndose de pie para dejarle su lugar a Naruto, quien aceptó el ofrecimiento silenciosamente.

—No sé qué haré cuando despierte —admitió la Yamanaka sin atreverse a despegar la vista de sus puños cerrados, mismos que descansaban sobre sus piernas —¿Cómo voy a mirarlo a la cara después de lo que pasó? —inquirió en voz alta mientras la impotencia se apoderaba de los presentes.

—No había nada que hacer, Ino —exclamó Kiba suavemente.

Más las palabras de consuelo nunca llegaron a mellar en la rubia, y hundida en su propia miseria continuó con voz entrecortada y rabia ahogada— ¡¿Cómo pude dejar que muriera de esa manera?!

—No fue tu culpa, Ino —dijo Naruto con la seriedad que el tema ameritaba.

—¡Sí lo fue! —contradijo la florista, apretando sus puños con fuerza mientras estos eran golpeados por las lágrimas que caían al vacío desde sus ojos celestes— Yo estaba ahí cuando su corazón aún latía y no fui capaz de hacer nada para mantenerlo con vida.

—Es igual que escuchar a Sakura —exclamó el jinchūriki sin ocultar su amargura—. Ella también se siente responsable, pero Kiba tiene razón. Ambas tienen que entender que no había nada que pudiesen hacer.

—¡Es diferente, Naruto! —siseó Ino levantando la voz inconscientemente para luego percatarse de su exabrupto y, dirigiéndose al aludido de manera más amable, expuso— Es la segunda vez que me pasa, primero Asuma-sensei y ahora esto.

Tras unos instantes de respetuoso silencio, el Inuzuka colocó amorosamente su mano sobre la cabeza de su novia y, con suavidad, profirió— Todo saldrá bien, Shikamaru es más fuerte de lo que parece.

Dentro de la habitación del Nara, Chōji se puso de pie para estirar sus entumecidas piernas. A pesar del cansancio, esta era la primera vez que apartaba la vista del estratega desde la última visita de Ino.

En ese momento, la lucidez comenzó a hacerse presente en la mente del Nara. Sumido en un estado onírico, determinar su situación se le hizo imposible. Primero sintió su cuerpo como si se tratase de una masa homogénea y pesada. Seguidamente, y para disipar el naciente cosquilleo que sus extremidades experimentaron, se estremeció instintivamente. Al mover sutilmente los dedos y sentir el roce de las sábanas supo que no se trataba de una ilusión.

Así que sigo vivo —caviló en silencio mientras suavemente levantaba sus adormecidos brazos. Sus nubosos recuerdos comenzaban a esclarecerse, desde los más lejanos hasta los más recientes. Más el cese de la confusión le traía un sentimiento de congoja que le oprimía el pecho. Había batallado y había ganado, entonces ¿por qué sentía tal malestar? —. De alguna manera, logré sobrevivir a la noche de luna roja —pensó casi al mismo tiempo que sus memorias regresaban a él por completo. Fue entonces que, sumido en el más ferviente pavor, lo recordó— ¡Temari!

Con mucho esfuerzo entreabrió los ojos. La cegadora luz blanca lo obligó a cerrarlos nuevamente, más su voluntad era más tenaz que la molestia y pronto volvió a abrirlos. Cuando la borrosa figura comenzó a tomar forma distinguió la espalda del Akimichi mientras éste contemplaba el vacío por la ventana. Shikamaru se percató de que la preocupación de su amigo debía ser extrema, puesto que ni siquiera se atrevió a abrir la bolsa de papitas que descansaba en la silla junto a la cama.

—Chōji… —mencionó débilmente el estratega, alertando al bonachón, quien inmediatamente se apartó de la ventana para acercarse a su convaleciente amigo.

—¡Shikamaru! —nombró el Akimichi con una sonrisa de alivio en el rostro mientras se inclinaba para examinarlo de cerca— ¿Cómo te sientes?

—Bien, estoy bien —mitigó el moreno sin ocultar su desesperación—. Sólo dime qué pasó con Temari —le exigió, sintiendo como la ansiedad y la angustia le cerraban la garganta.

La sonrisa en el rostro de Chōji se extinguió. Él e Ino habían acordado que sería él quien le contara a Shikamaru lo que pasó, más no había forma sencilla de explicar lo que el Akimichi debía decir.

—Ella… despertó hace poco más de dos horas —informó Chōji sin saber cómo proseguir. El sólo imaginar la reacción de su amigo ante tan desafortunado evento le hacía querer buscar la forma de cambiar el pasado. Inhibido por el dolor que aguardaba por el Nara, el Akimichi optó por detallar un poco más la situación en la que Shikamaru se encontraba antes de revelar las malas noticias—. Ambos llevan cuatro semanas hospitalizados.

—Entonces está bien —soltó el estratega junto con un suspiro que aplacó su temor y le permitió respirar aliviadamente.

Si sus imprudentes actos hubiesen causado la muerte de la Sabaku No, ciertamente él no hubiese sido capaz de sobrevivir a su ausencia, más ambos se habían salvado de milagro. Con ayuda de Chōji, Shikamaru se sentó en la cama, apoyando su espalda contra el cabezal de ésta.

—De no ser porque Ino y Sakura estaban ahí para asistirla, ella hubiese muerto en ese instante —prorrumpió Chōji queriendo recalcar la gravedad del asunto.

—Lo sé —dijo Shikamaru con un temple serio, asumiendo su responsabilidad y manteniéndolo al argumentar con posterioridad—. No era mi intensión ponerla en peligro. No se suponía que ella apareciera allí, no sé cómo se enteró de lo que estaba pasando ni cómo es que supo dónde estaba yo.

—¡Ese no es el punto! —regañó el castaño, fúrico por el miedo que sintió ante la posibilidad de perder a su mejor amigo. Los ojos del Akimichi exponían un padecimiento que era sólo comparable al que sintió cuando Asuma murió, y sin poder contener sus discordantes emociones, estableció duramente— Si Temari no hubiese ido a socorrerte quien estaría muerto ahora serías tú.

—Lo siento Chōji, tienes razón —se disculpó el domador de sombras, entendiendo la gravedad de sus decisiones. Sin embargo, eso no era suficiente para el bonachón, él quería respuestas.

—¿Qué pretendías lograr al asignarte a ti mismo esa misión suicida? —cuestionó, molesto por el poco valor que el moreno le daba a su propia vida.

—Sabía que era peligroso y sabía que las probabilidades no estaban a mi favor, pero no pretendía morir —explicó el Nara primeramente con sinceridad, para luego exponer su hilo de pensamiento—. Ni bien supe que había un portal tan cerca de Suna tuve que tomar medidas al respecto, no podía permitir que una amenaza así existiera cerca de Temari.

—¿Y si no lo lograbas? ¿Si te asesinaban y luego atacaban Suna? —hipotetizó el Akimichi sin poder creer el nivel de inconciencia que había obnubilado al sobrado intelecto de Shikamaru en aquel entonces— ¡¿Estabas dispuesto a dar tu vida en vano?!

—Nunca hubiese sido en vano. De una forma u otra, habría ganado —aseveró Shikamaru. Su compostura al momento de decir tal disparate turbó al bonachón.

—¿De qué demonios hablas? —indagó Chōji completamente abrumado. Realmente no quería creer lo que su amigo insinuaba, prefería pensar que era un mal entendido, uno que pronto sería aclarado, más la verdad era otra.

—Para alguien como yo, ya no hay muchas cosas preciadas —concretó el domador de sombras bajando la mirada hacia la venda en su mano, visualizando por un momento el recuerdo de la herida que marcó su determinación al momento de seguir peleando contra las gemelas—. Si no lograba proteger a Sunagakure, al menos destruiría aquello que impide que Temari siga adelante con su vida.

—¡¿Cómo te atreves?! —reprochó el Akimichi, apretando los puños sin poder creer la cruel y egoísta actitud del Nara—. Incluso si no pienso en Hitsuke, tu madre, Ino o yo, ¡¿cómo crees que Temari se hubiese sentido al enterarse de tu muerte?!

—Ella hubiese estado furiosa, y ese era el punto—manifestó el Nara con insensible sinceridad, dejando boquiabierto a su amigo—. Quería que me despreciara por mis decisiones, que me odiara por haberla dejado sola —explicó, y tan sólo entonces el Akimichi pudo ver con claridad el hilo de pensamiento que había conducido al Nara a tales acciones.

Si crees que quitándote del medio ella podría amar a alguien más y olvidarte como si nunca hubieras existido, claramente estás hablando de una Temari que yo no conozco —pensó Chōji mientras, sin ser capaz de formular palabra alguna, movía la cabeza de un lado a otro, como negando la situación.

Sin golpear la puerta, el Kazekage ingresó a la habitación en medio de la conversación. Caminando pausadamente y sin intensiones de interrumpir, se ubicó silenciosamente frente a los pies de la cama para escuchar la conversación de los ninjas de Konoha.

Lejos de sentirse inhibidos, los miembros presentes del equipo diez continuaron. La conversación era demasiado importante como para ser pospuesta por la presencia de un visitante, aunque este fuera alguien que estaba vinculado al tema en cuestión.

—No seas absurdo —solicitó Chōji, arrastrando la voz por la angustia, sin poder creer que la mente de un genio pudiese elaborar semejante estupidez.

—No soy absurdo. No puedo ser amado por la mujer que amo —estableció con una melancólica calma que logró entristecer el corazón de Chōji—, así que hubiese preferido que sea de esa manera.

—¡Ella nunca te…! —quiso argumentar el bonachón. Tenía que decirle en voz alta aquello que él, testarudamente, se negaba a ver. Se lo gritaría de ser necesario. Él debía escuchar que ella no iba a olvidarlo ni podría seguir sin él, así como él no puede seguir en un mundo sin ella.

—Sería mejor así —interrumpió Shikamaru secamente—, y estoy bien con que así sea —garantizó luego, silenciando a su amigo. Se sentía tan abatido que, con tal de que ella hallara la felicidad, podría extinguirse gustosamente. Pero había fallado y, en el proceso, había puesto en peligro la vida de Temari por lo que procedió a disculparse –. Lo siento, Gaara. Sabes que lo último que querría es dañarla.

La mirada en los ojos del domador de arena era implacable. Sus brazos cruzados parecían demostrar poca predisposición al diálogo. No obstante su lenguaje corporal, el pelirrojo se encontraba más que dispuesto a colaborar. No era ira lo que guardaba su corazón, sino tristeza.

—Estás equivocado si crees que desapareciendo cambiarás algo —manifestó el menor de los Sabaku No, sorprendiendo a su interlocutor, quien abrió los ojos de par en par—. Ella seguirá esperando por ti, aunque las probabilidades de que regreses sean nulas. Incluso ahora, ella aguarda por ti —informó, para luego soltar un afligido suspiro y, retomando la palabra, solicitó finalmente—. Así que, cuando termines de llorar, ve a verla por favor —, y dando media vuelta, se dispuso a volver a la habitación de su hermana.

Una vez que el Kazekage se retiró, Shikamaru miró a Chōji y, con curiosidad y temor, se atrevió a preguntar acerca de las últimas palabras de Gaara—¿"Cuando termine de llorar"? ¿A qué se refería con eso?

Chōji respiró profundamente antes de responder, como si así lograra llenarse de valor. Incluso ahora no le sería fácil hacerlo, pero esa era su obligación, lo había prometido— Hace un mes, cuando todo esto ocurrió, Ino y Sakura los mantuvieron con vida a ti y a Temari hasta que logramos llegar aquí, pero hubo alguien que no pudo ser salvado —anunció el castaño mientras veía como la expresión de curiosidad en la cara de Shikamaru rápidamente se transformaba en otra de terror puro.

—¿Qué…qué es lo que estás diciendo, Chōji? —preguntó el aterrado estratega mientras un intenso pero familiar dolor hacía eco en su pecho, acrecentando la desesperación en sus ojos.

—Cuando Temari fue a respaldarte ella… —comenzó a responder el bonachón mientras Shikamaru entreabría los labios para intentar compensar la falta de oxígeno en sus pulmones, producto del pavor— ella estaba embarazada. —confesó finalmente sin otra alternativa más que observar como Shikamaru bajaba su desorientada mirada para luego apresar su cabeza entre sus manos, intentando procesar lo que acababa de oír.

La desolación le estremeció el cuerpo y convulsionó sus sentidos hasta destrozar lo que sea que hubiese quedado de él.

No habían eludido a la muerte, simplemente habían intercambiado una vida por otra.

Incapaz de asimilar o negar la cruel verdad, y sintiendo como la ansiedad lo consumía por completo, el estratega no pudo hacer otra cosa que entreabrir los labios y manifestar su dolor.

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Unas pocas horas antes de que Chōji tuviese la posibilidad de revelarle a Shikamaru el trágico destino que había sufrido su hijo no nato, la misma incertidumbre que se viviría luego a la espera del despertar del Nara se había suscitado en torno a la Sabaku No.

Por ese entonces, Kirimaru salía de la habitación de Temari, lugar que dejaba en contadas ocasiones desde que la domadora de viento había sido hospitalizada. Cada vez que lo hacía se sentía inquieto, como si ella fuese a desvanecerse si él apartaba la mirada.

Sin embargo, el Shiruba entendía que los amigos y familiares de la Sabaku No también querían estar con ella a solas. Esta vez, sería Maki quien aprovecharía para visitarla.

Aunque el tiempo había pasado, la especialista en sellos aún no encontraba consuelo al funesto final que su tan poco mentado, pero si muy valiente accionar, había arrojado como resultado. Maki sabía que algo había salido terriblemente mal cuando nadie del equipo de Kankurō volvió a Sunagakure de inmediato.

Kirimaru, Naruto y Gaara partieron de la aldea al alba que le sobrevino a la luna de sangre y ella, aferrada al trozo de tela, aquel que le había servido de vínculo con su amiga, rezó para recibir buenas noticias pronto.

Lamentablemente, cuando el sol a duras penas era visible en el horizonte, un ave mensajera llegó a la aldea de la Arena. Al caer el portal que interfería con las comunicaciones, Suna y Konoha reestablecieron la circulación de cartas sin necesidad de utilizar shinobis mensajeros.

No obstante, la primera carta que llegaría a Sunagakure traería pésimas noticias. Tanto Shikamaru como Temari habían sufrido graves heridas. Milagrosamente, el equipo de Kankurō logró mantenerlos con vida el tiempo suficiente para llegar a Konoha, donde Tsunade y Shizune se encargaron de brindarles el tratamiento minucioso que la situación ameritaba. Sin embargo, no sólo no habían logrado estabilizar a ninguno de los dos, sino que tampoco podían garantizar la supervivencia de alguno de ellos. Es por eso que, mediante la carta enviada, Tsunade requería la presencia de Naruto en Konoha para poder hacer uso del chakra de Kurama.

A la partida del Shiruba, Uzumaki y Sabaku No, le siguió un éxodo masivo. Todos los invitados comenzaron a regresar a sus respectivas aldeas, y fue precisamente ese caos el que le permitió a Maki eludir a los Anbus de Sumire y dirigirse a la aldea de la Hoja en compañía de los shinobis del Hokage.

Cuando la jōnin de élite llegó a Konohagakure tres días después, el panorama era más alentador. A pesar de encontrarse débil por la pérdida de sangre, la mayoría de los órganos vitales de Shikamaru ya no corrían peligro. Su pierna fracturada soldaría eventualmente, y el agujero en su hombro estaba siendo tratado.

No obstante, el estado de Temari era más crítico. No sólo le habían destrozado el útero y dañado los órganos adyacentes, le habían arrebatado la vida que lentamente había comenzado a desarrollarse en su vientre como prueba de un amor que ya nunca podría renacer.

Maki cayó sobre sus rodillas cuando Chōji se lo dijo y, aún en estado catatónico, las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos para crear un sendero húmedo sobre sus mejillas. Al estoico llanto inicial le siguió un lamento profundo, sentido y desconsolador. Ni siquiera el fuerte abrazo que el Akimichi le dio bastó para ahogar su pesar. Y ahora, un mes después, Temari finalmente despertaría y Maki debía soportar en silencio la culpa que la carcomía para consolar a su amiga.

Fuera de la habitación, Kankurō comenzaba a impacientarse. Desde que la encontró en aquel inhóspito lugar, la imagen de su hermana tendida en el suelo, hecha trizas y cubierta de sangre había asechado sus pensamientos durante el día y asolado sus sueños durante la noche.

—Han pasado más de siete horas —se quejó por lo bajo el marionetista, poniéndose de pie para aproximarse a la puerta esperando oír sonido alguno provenir del otro lado, preferentemente la voz de Temari.

—Ya escuchaste lo que dijo Tsunade, podría tardar unas pocas horas o un día entero —le recordó Gaara, y posteriormente añadió a modo de consuelo—. Por lo pronto, es un milagro que esté viva.

—Es un verdadero milagro —repitió pensativamente el castaño, ya sin intentar repeler aquellas imágenes que parecían sacadas de la más violenta película de terror.

—Sé que fue duro para ti, Kankurō —exclamó el pelirrojo levantando la vista del suelo para posarla en su hermano mayor.

—Debiste haber visto la cara de Sakura e Ino —soltó el marionetista, reviviendo el escalofrío que recorrió su columna vertebral aquella vez—. Realmente pensé que estaba muerta.

—Debiste decirme que irías por ella —opinó Kirimaru, dejando su rol de espectador para pasar a tomar su lugar dentro de la conversación.

—En ese momento, ni siquiera pasaste por mi mente —confesó groseramente Kankurō, sin ánimos de emplear ni una pizca de empatía en el Shiruba.

Kirimaru se levantó del banco que había compartido con el titiritero tan sólo unos segundos antes y, con firmeza, clavó sus ojos verdes en los negros de su interlocutor.

—De ser así, deberías tomarme en cuenta de ahora en adelante, ya que pronto seremos familia —sugirió cizañeramente el domador de chakra, aunque en realidad no buscaba entablar una discusión con el marionetista.

Es verdad que el Shiruba estaba extremadamente molesto por lo ocurrido. Nunca se sintió tan cerca de perder definitivamente a Temari como en esas últimas semanas, así que el miedo aún estaba latente.

Sin embargo, lo último que deseaba era presionar a Kankurō en medio de una situación tan delicada. Él estaba más que dispuesto a ganarse su lugar por medio de vínculos en lugar de títulos, pero la ansiedad, el miedo y la impotencia le jugaban una mala pasada.

—Te tendré presente de ahora en más —prometió el jōnin de la Arena al encontrarse sin salida.

El shinobi de la Niebla asintió levemente, aceptando así la palabra de Kankurō. Con ánimos más calmos, procedió a retomar su asiento.

Lo cierto es que, debido al incidente y el resultado de éste, Kankurō había renovado su opinión sobre el ganador de la semana de los mil vientos. El marionetista esperaba que Kirimaru estuviese furioso por la interrupción de su compromiso y la subsecuente huida de Temari para rescatar a Shikamaru. La situación había sido tan crítica que los hermanos de la Arena decidieron mantener en secreto el hecho de que Temari había estado esperando un hijo del estratega.

Más sus suposiciones no pudieron haber estado más alejadas de la realidad. No sólo el Shiruba no se mostró ofendido en ningún momento, sino que, por el contrario, se sumió en una profunda tristeza al ver el estado de salud en que se encontraba la embajadora. Todo aquello sumado al hecho de que jamás, ni por un instante, se apartó de su lado durante las últimas diez semanas, demostraba que el Shiruba no era una mala persona.

Por su parte, Kirimaru no se sentía en posición de reprocharle nada a nadie. A pesar de la urgencia, la mañana siguiente a la noche del compromiso, Gaara había sido lo suficientemente considerado como para llevarlo consigo sobre su arena junto a Naruto, logrando llegar a Konoha en menos de un día en lugar de los habituales tres.

Sinceramente, el jōnin de Kirigakure no tenía nada malo que decir sobre los hermanos de Temari, ni siquiera se sentía insultado por las decisiones de ésta última. Si a alguien responsabilizaba Kirimaru por todo el desastre de la noche de luna carmesí era a Shikamaru y sus negligentes hazañas. De tener la oportunidad de volver atrás y enfrentarse nuevamente con él en aquel ventoso risco, el ninja de pelo blanco no dudaría en acabar con el domador de sombras independientemente de los deseos de Temari. Por suerte o desgracia, según se quiera ver, ya era tarde para remordimientos.

Cuando Maki abrió la puerta de la habitación de su amiga, las expectativas se multiplicaron. Los tres shinobis la miraron fijamente, más sólo Gaara se atrevió a preguntar— ¿Ha despertado?

La especialista en sellos se frotó el ojo derecho mientras negaba con la cabeza. La incertidumbre y la desazón le humedecían los ojos, por lo que le era difícil evitar frotarse los párpados cada tanto. El hábito le había hinchado los ojos a pesar de no haber llorado.

—Ven, siéntate —invitó el Shiruba de manera caballerosa, levantándose para cederle su lugar en la banca, gesto que Maki aceptó silenciosamente.

—Ten paciencia, Maki —alentó el titiritero, forzándose a sí mismo a mantenerse tranquilo—. Ya despertará.

—¿Ella me escucha si quiera? —indagó la jōnin de élite hundiendo el rostro entre las palmas de sus manos para cerrar los párpados y descansar la vista. Eran tantas las veces que le había rogado que abriera los ojos, que ya ni siquiera estaba segura de que Temari siguiera adentro de aquel cuerpo.

—No lo sé, pero, mientras exista una pequeña posibilidad de que así sea, no podemos dejarla sola —exclamó Kankurō antes de ingresar a la habitación para sustituir a Maki.

Una vez dentro, Kankurō se sentó junto a la cama donde descansaba su hermana. Se veía mucho más serena de lo que él recordaba. Apartó delicadamente algunos mechones de cabello rubios de los ojos de la dama para poder ver mejor su rostro.

—Todos te estamos esperando —le dijo tan alegremente como le fue posible, más su voz se distorsionó por la aflicción al añadir—, y no es usual en ti llegar tarde.

Apartando la vista de ella, Kankurō miró hacia el cielorraso del cuarto para recuperar la compostura. Tenía que domar sus emociones si quería evitar desmoronarse.

—Probablemente no te apetece despertar en medio de este caos —habló el castaño sin querer pensar en cómo sería su vida sin alguno de sus hermanos—, pero tienes que saber que no puedes seguir a mamá, no ahora Temari.

Unos instantes después el sonido de la puerta abriéndose y cerrándose alertó al Sabaku No.

—Shizune-san —nombró el titiritero al voltearse para ver quien había entrado a la alcoba.

—Buenos días, Kankurō-san —saludó la ninja médico, mientras apartaba la vista del informe entre sus manos para observar al hermano de su paciente y consultar— ¿Cómo está hoy?

—Igual que ayer —describió el jōnin de la Arena sin ocultar su decepción ante la falta de mejoría.

—Estas cosas toman tiempo —alentó la estudiante de Tsunade mientras se acercaba a Temari para tomarle la presión—. Acabo de visitar a Shikamaru, él también sigue dormido —informó para establecer un paralelismo y luego inquirió— ¿Te molestaría dejarme con ella a solas unos minutos?

—No, por supuesto que no —exclamó, y acatando las directivas de Shizune salió del cuarto mientras ésta continuaba con el protocolo de evaluación.

El castaño se retiró a paso lento. Una vez fuera, los siguientes diez minutos que Shizune estuvo a solas con Temari parecieron horas, más nadie se atrevió a emular palabra alguna hasta que la ninja médico abandonó el cuarto para reunirse con ellos.

—No se preocupen, está estable —describió Shizune al ver los rostros de los ninjas y, antes de retirarse para continuar con sus rondas, completó—. Solamente resta esperar.

No obstante, para los presentes, la espera era tortuosa. Fue Kankurō quien tuvo que idear un plan para cambiar de aire. Nadie estaba dispuesto a irse del hospital hasta ver una mejoría contundente, pero había otras maneras de sobrellevar la penosa situación.

—Mejor entren ustedes dos —sugirió Kankurō al dirigirse a los shinobis, y mirando específicamente a Kirimaru exclamó—. Se que estas ansioso, y Gaara lleva un buen rato sin verla.

El domador de chakra dirigió su vista hacia el Kazekage, pidiéndole así autorización para aceptar la propuesta del titiritero. Después de todo, era el turno del pelirrojo de estar unos minutos con su hermana y Kirimaru debería respetar si era su deseo el estar a solas con ella. Gaara asintió en conformidad y, abriendo la puerta, cortésmente dejó que el Shiruba entrara primero.

—Nosotros vayamos con Chōji —sugirió el marionetista a la dama, quien aún aguardaba en la banca. Luego alegó—. Seguramente, él también necesita un descanso y te hará bien verlo.

Paulatinamente, la dama de ojos grises se puso de pie y transitó junto a Kankurō uno de los dos corredores que separaban la habitación de Temari de la de Shikamaru.

—Chōji —mencionó Kankurō a mitad de camino, observando que el Akimichi caminaba hacia ellos en esos instantes. Sólo entonces, Maki levantó la cabeza.

—¿Cómo está él? —preguntó la especialista en sellos, ansiando obtener mejores noticias.

No obstante, cuando el bonachón negó con la cabeza el haber notado alguna mejoría, una quietud forzada se hizo presente en la jōnin de élite.

—Ya veo —soltó la castaña con cierta desilusión en la voz.

—¿Y Temari? —indagó él, sin muchas esperanzas de que la dama de Suna estuviese evolucionando de una manera diferente.

—Igual —respondió Kankurō emulando una sonrisa triste al momento de bromear—. Hasta pareciera que lo hacen a propósito.

—De Shikamaru sería esperable, siempre ha sido un holgazán —acotó el Akimichi dulcemente, casi como si acabara de halagar al domador de sombras. Más su tono se volvió serio al momento de inquirir—¿Ya saben quién se lo va a decir a Temari?

—Quiero ser yo quien lo haga —exclamó Maki decepcionada de sí misma al no ser capaz de hablar del tema sin angustiarse—, pero Kankurō y Gaara creen que es mejor que Gaara se lo diga.

—Ya lo hablamos, Maki —profirió Kankurō para luego argüir—. Temari necesita alguien que la contenga cuando se entere, y, francamente, ni tú ni yo estamos en condiciones de hacerlo.

—Pero es mi deber hacerlo —siseó la especialista en sellos, maldiciéndose por haber tomado tal decisión—. Fui yo quien la ayudó a salir de Suna.

—Sabes tan bien como yo que ella hubiese escapado de una forma u otra —arguyó el Sabaku No mientras su mente volvía a ser atormentada por imágenes de una Temari cuasi muerta, tirada en medio de la nada a la buena de Dios. Sin lograr sobreponerse al horror, estableció—. Yo era el capitán del equipo de rescate, así que, si quieres culpar a alguien, cúlpame a mí.

—¡¿Pueden dejar eso de una vez?! —pidió Chōji al levantar levemente la voz, sin ocultar su irritación, la cual fue rápidamente avasallada por el sufrimiento colectivo que se respiraba en el ambiente. Adoptando un tono más apropiado para el lugar en el que se encontraba, pero aún disgustado, los sermoneó—. No es momento de buscar culpables, estamos de duelo, ¡maldita sea!

Al igual que unos niños, que acaban de ser regañados con justa razón, Maki y Kankurō bajaron la cabeza y los tres se mantuvieron en silencio por unos instantes. La pena de una vida cuya luz se extinguió antes de nacer, pronto llegaría a aquellos quienes más la sufrirían y dejaría una huella imborrable.

—Tienes razón, Chōji —habló con suavidad el titiritero—. No es momento de discutir entre nosotros —añadió mirando a Maki quien le asintió fraternalmente.

La jōnin de élite abrazó lenta y entrañablemente el torso del Akimichi, calmando así sus propios sentimientos.

—Estaremos con ellos, lloraremos con ellos y, cuando la tormenta cese, seguiremos ahí con ellos para ayudarlos a levantarse una vez más —detalló solemnemente y, al sentir el calor de su novio, la dama de ojos grises exclamó serenamente—. Si no pueden estar juntos, nos necesitarán más que nunca.

Chōji correspondió al abrazo recibido, prolongándolo unos instantes más antes de que cada quien volviera a la habitación correspondiente. Necesitarían hacer uso de todas sus energías si pretendían contener el infierno que estaba a punto de desatarse en la vida de sus seres queridos.

En esos momentos, dentro de la habitación de la embajadora, Gaara se apartaba un poco de su hermana para permitir que el Shiruba tomara asiento junto a ella.

Kirimaru tomó la mano de Temari entre las de él, como lo hacía de vez en cuando, se inclinó para verla de cerca y entonces, en un susurro, suplicó con voz inestable—. Temari, tienes que despertar.

Por primera vez desde que la Sabaku No había sido ingresada en el hospital de Konoha, sus labios se movieron lentamente.

—Shi… Shikamaru… —masculló débilmente Temari, aún entredormida, rompiendo así el corazón del shinobi de cabello blanco.

Los ojos verdes del domador de chakra se nublaron al sentir una mezcla particular. Por un lado, estaba el dolor por la confusión, pero también había alegría por el despertar de la Sabaku No.

—No… —respondió el Shiruba con suavidad y de la manera más comprensiva posible, más su voz se quebró nuevamente al nombrarse a sí mismo para disipar la quimera— Kirimaru.

Con esperanzas renovadas y sintiéndose ansioso, Gaara se acercó a la cama rápidamente al notar que Temari mascullaba algo. En ese momento y con mucho esfuerzo, la embajadora separó lentamente sus párpados, convencida de que había sobrevivido. Tras pestañear un par de veces con el propósito de dotar de nitidez a la imagen borrosa que se presentaba frente a ella, reconoció al ninja de Kirigakure y a su hermano menor.

Posteriormente, entre preocupada por el estado de Shikamaru y aturdida por la escasa sensación de control que experimentaba sobre su propio cuerpo, la rubia intentó torpemente sentarse en la cama, más no tuvo éxito.

Con una expresión de alivio en el rostro, el Kazekage procedió a asistirla mientras le pedía fraternalmente— No hagas esfuerzos innecesarios.

—Esto no es Suna —se percató ella al mirar por la ventana y, asombrada al ver nieve, indagó— ¿Cuánto tiempo llevo aquí?

—Estás en Konoha, llevamos un mes aquí —informó el ninja de Kirigakure para luego especificar—. Hoy es diecinueve de enero.

Temari abrió los ojos de par en par ante la sorpresa que le provocó el saber que había estado dormida por tanto tiempo. Seguramente, sus heridas no habían sido algo que tomar a la ligera, pero le alegraba el haber podido despertar a tiempo para no perderse ese día.

—Feliz cumpleaños —le deseó la domadora de viento a su hermano menor al dedicarle una afectuosa sonrisa.

Gaara tomó la mano de su hermana con firmeza, como si así se asegurara de que nunca más algo malo fuese a pasarle. Al sentir su calor, profirió pacíficamente— Gracias. Parece ser que los deseos de cumpleaños sí se vuelven realidad —soltó alegremente.

—Me consuela ver que estás bien —acotó Kirimaru con sinceridad, regalándole una sonrisa amorosa y, antes de retirarse de la habitación, anunció—. Iré por Kankurō y Maki.

A penas abrió la puerta, no fue necesario decir nada. El Shiruba había mantenido un temple trágicamente serio durante las últimas semanas. Así que ni bien lo vieron sonreír tan calmadamente, los jōnin de Suna ingresaron al cuarto precipitadamente, con la certeza de que Temari había despertado.

Al verla allí sentada con la vista clavada en el pelirrojo, ambos sintieron que el alma les volvía al cuerpo. Maki se abalanzó sobre Temari y, aferrándose a ella con fuerza, comenzó a llorar desconsoladamente, liberando todos los sentimientos que había guardado por tanto tiempo. Kankurō bajó la mirada para ocultar la emoción que, expresada en impertinentes lágrimas, amenazaba con avergonzarlo.

—Maki —nombró la rubia con extrañeza, entendiendo que su situación había sido mucho peor de lo que ella había anticipado.

Si tan preocupados habían estado por ella, ¿qué había sido de Shikamaru? Tenía tantas preguntas sobre ese día que contenerse de hacerlas le estaba tomando trabajo.

—Eres una maldita —murmuró el castaño, limpiándose la cara con la manga de su camiseta como si fuera un niño pequeño.

—Lo siento, Kankurō. No quise preocuparlos —se disculpó la rubia, sin ser capaz de sonreír a pesar de la enternecedora imagen. Todavía no sabía que había pasado con el Nara, pero preguntar delante de Kirimaru generaría un ambiente hostil y, francamente, no estaba en su mejor forma como para afrontar una discusión.

—Lo importante es que estás bien —mitigó la dama de ojos grises, apartándose de ella para evitar sofocarla. Luego procedió a secarse las lágrimas con el reverso de su mano.

—Será mejor que te dejemos descansar por ahora —indicó el Shiruba, considerando que Temari podría sentirse abrumada por semejante despliegue emocional.

—De hecho, prefiero quedarme —siseó el domador de arena con seriedad. Posteriormente, clavó la mirada en su hermana y anunció—. Aún hay algo de lo que quiero hablar contigo.

Temari se paralizó. ¿Acaso sus sospechas eran ciertas? ¿Acaso Shikamaru había corrido con menos suerte que ella?

—Gaara, acaba de despertar —recalcó el marionetista, buscando apelar a la sensibilidad de su hermano menor al inquirir— ¿Realmente crees que éste es el momento?

—Sí, sí lo creo —aseveró el Kazekage, sabiendo que ella no lo perdonaría si se le ocultaba una cosa así.

—Vámonos Kankurō —solicitó Maki al escoger un bando—, Gaara tiene razón.

—Estaremos aquí afuera, Temari —anunció el castaño, rodeándose a sí mismo de un aura tenebrosa—. Si nos necesitas sólo debes llamarnos, y vendremos en seguida.

Kirimaru fue el primer en salir y de cerca lo siguieron los demás. Una vez que se encontraron en el pasillo, e incluso sabiendo lo que en instantes ocurriría del otro lado de la puerta, los shinobis encontraron un momento de paz.

—Iré a buscar a Shizune para decirle que Temari ha despertado —anunció la jōnin de élite, asumiendo que la Sabaku No debería someterse a un control médico después de haber estado internada durante tanto tiempo. Por otra parte, la kunoichi de Suna también pensó que sería bueno que Chōji e Ino lo supieran, por lo que se dirigió a ellos antes de hablar con la estudiante de Tsunade.

—Gracias Maki —exclamó el marionetista, volviendo su mirada sobre el Shiruba para dirigirle la palabra—. No sé cómo pedirte esto sin sonar descortés o desagradecido.

—No es necesario —manifestó el ninja de pelo blanco, ahorrándole el momento incómodo al Sabaku No.

Kirimaru sabía que Kankurō no estaba intentando deshacerse de él por motivos personales, sino que necesitaba saber que rayos sucedió en la noche de su compromiso. Él también sentía la necesidad de averiguar, pero entendía que no era el momento oportuno.

—Estoy seguro de que hay cosas de las que tú y Gaara quieren hablar con ella en privado, y yo sólo sería un estorbo —accedió el domador de chakra conciliadoramente—. Además, me vendría bien un poco de té caliente –exclamó después, respetando la intimidad de los Sabaku No mediante aquella excusa. Sin tener idea de cuánta razón tenía y otorgándoles ese espacio que tanto necesitaban, el Shiruba emprendió el camino hacia la cafetería del hospital.

Contrario a lo que habían acordado, Kankurō ingresó nuevamente al cuarto de su hermana. Sentía que era su deber estar allí para ella. Aunque Temari hubiese querido ignorar el mal presentimiento que tenía, el maldito suspenso no hacía otra cosa más que incrementar su ansiedad.

—Kankurō —nombró con asombro Gaara ante la intromisión—. Pensé que esperarías afuera.

—Yo también, pero aparentemente no puede ser así —alegó el castaño, como si una fuerza externa lo obligara a presenciar ese momento.

—¿Pueden dejar el misterio de lado y decirme de una buena vez dónde diantres está Shikamaru? —demandó saber la embajadora al exasperarse.

—Está aquí —señaló Gaara refiriéndose a la clínica.

—Todavía no despierta, pero sus heridas fueron más leves que las tuyas —informó Kankurō, manteniendo la compostura.

La domadora de viento suspiró aliviada, y una sonrisa sincera se posó en su rostro al ver que no tenía de qué preocuparse. Al recordar el estado en el que estaba el estratega, por un momento temió lo peor, pensó que nunca más volvería a verlo. Sin embargo, resultaba ser que estaba en una habitación del hospital, recuperándose de sus heridas al igual que ella.

—Ayúdenme, quiero verlo —solicitó Temari, apartando la manta sobre ella para intentar ponerse de pie. No obstante, fue detenida por su hermanito menor, quien al colocar una mano en su hombro llamó su atención.

—Espera un momento —pidió el pelirrojo dulcemente—. Aún hay algo que debes saber —manifestó después, con un funesto semblante que logró alarmar a la rubia.

—Él está bien, ¿verdad? —cuestionó ella un tanto escéptica de las condiciones en las que se encontraba el domador de sombras.

El hecho de que ella hiciera tanto énfasis en el estado de salud del Nara sin siquiera mencionar a su hijo ni una vez, les daba a los hermanos Sabaku No la pauta de que ella no tenía ni idea de que había estado embarazada.

—Sí, él está bien. Pero sucedió algo más —sentenció el castaño, haciendo una pausa para apartar la mirada de los desconcertados ojos de su hermana, respirar profundamente y, volviendo a mirarla, seguidamente exclamó—. Cuando fuiste a rescatar a Shikamaru… —mencionó, más le fue imposible continuar, por lo que tuvo que ser Gaara quien diera las malas noticias.

–En ese momento, estabas embarazada —reveló el Kazekage al completar la frase que Kankurō dejó inconclusa—. Lo lamento.

Repentinamente, los ojos de Temari perdieron su característico brillo. Los labios entreabiertos de la dama comenzaron a temblar así que volvió a unirlos.

—Lo siento mucho, no pude salvarlos a todos —se responsabilizó el castaño como jefe del escuadrón, más la rubia no fue capaz de escuchar lo que dijo, mucho menos le fue posible formular palabra alguna.

En lugar de eso, Temari apretó los dientes, bajó la mirada y estrujó entre sus dedos las sábanas que cubrían su cuerpo para luego comenzar a llorar en silencio. Casi imperceptiblemente, las lágrimas fluyeron de sus ojos hasta que la blanca tela se humedeció por completo.

Ahora entendía de dónde había salido ese cálido chakra que, paradójicamente, se había sentido extraño y familiar al mismo tiempo, ese que le permitió seguir batallando un poco más, incluso cuando no le quedaban fuerzas para hacerlo por su cuenta.

En su interior, se había estado gestando el fruto de su amor, y ni siquiera se había percatado de ello.

Ante tal epifanía, su llanto se detuvo. Lentamente, clavó la vista en la ventana, apreciando el albino paisaje de Konoha con una mirada melancólica. No dijo nada más, no hizo ninguna pregunta, no emitió ningún comentario, ni alteró esa estoica posición.

Instantes después, Chōji e Ino llamaron a la puerta de la recámara de la Sabaku No, y Kankurō les permitió entrar.

—Temari, ¿cómo te sientes? —indagó el bonachón, mientras se acercaba a ella, más al alcanzar una distancia prudencial se sobresaltó.

Cuando la Yamanaka se aproximó a la embajadora, comprendió la reacción del Akimichi. Temari no parecía ella misma, más bien, se veía como el cascarón vacío de todo lo que alguna vez fue. Peor aún, su calma era meramente aparente puesto que su mente era un caos. Sus ruidosos pensamientos se aglomeraban con tanta prisa que difícilmente podía entender las palabras que llegaban a sus oídos.

—Con que ya lo sabes —musitó Chōji, a lo que Gaara asintió de manera afirmativa.

Los ojos de Ino se nublaron al momento de hablar— No espero que puedas perdonarme. Después de todo, mi presencia allí fue inútil y no tengo excusa para ello, pero quiero que lo sepas —anunció mientras su voz se volvía inestable—. Ese chakra brillante y femenino, eso fue lo que te salvó la vida, estoy segura de ello.

—¡Ino! —nombró Kankurō mientras, con la vista fija en el suelo, apretaba los puños con fuerza—. Detente, por favor. No digas nada más.

No obstante, ni siquiera así lograron captar la atención de la embajadora. Temari estaba completamente sumida en su penuria.

En ese instante, Maki volvió a la habitación. El estado catatónico en que halló a su amiga provocó que la especialista en sellos rápidamente entendiera que ahora la Sabaku No sabía lo que realmente se había perdido durante la noche de luna roja.

La ninja de élite colocó su mano sobre el tembloroso hombro de la Yamanaka, como respaldándola. Ante el contacto, la rubia primeramente se volteó para cruzar miradas con la kunoichi de Suna y, casi instintivamente, se serenó. Posteriormente, la dama de marcas moradas en las mejillas dio un paso adelante, acercándose más a la embajadora.

—Suplicaste por su vida y tus plegarias fueron escuchadas —habló Maki, impresionando a todos los presentes por la crudeza de sus palabras.

—Maki —exclamó Chōji con asombro y en voz baja.

—Es cierto que el precio a pagar fue alto —continuó la jōnin de Suna, ignorando a su novio—, pero justamente por eso debes hacer que valga la pena, de otra forma su sacrificio habrá sido en vano.

Ni siquiera ante el acertado razonamiento de Maki, Temari efectuó movimiento o pronunció palabra alguna.

—¿Eh? ¿Por qué hay tantas personas aquí dentro? —cuestionó la estudiante más antigua de Tsunade al ingresar al cuarto, abrumada por la concurrencia— Ino, tú sabes que sólo se permiten dos visitas a la vez.

—Lo siento —se disculpó la florista, perfilándose hacia la puerta.

—Ya nos vamos, Shizune-san —exclamó Chōji, tomando la mano de Maki para incentivarla a acompañarlo y seguir a Ino fuera del cuarto.

Al voltear hacia los hermanos Sabaku No, Shizune indicó— Ustedes también esperen afuera por favor. Podrán volver a entrar cuando termine de revisarla.

Kankurō y Gaara se miraron entre sí y luego acataron la petición en silencio. Al salir de la habitación, Ino se encontraba regañando a Maki por la forma en la que le había hablado a Temari.

—¿No crees que fue demasiado? —inquirió la florista de manera retórica, marcando su frustración a cada palabra— ¿Qué esperas de ella en estas condiciones?

—Si no se pone de pie, no podrá apoyarlo —arguyó la especialista en sellos casi de manera insensible—, y sé bien que eso es lo último que ella desea ahora.

—¿Cómo va a apoyarlo cuando ni siquiera puede consigo misma? ¿Cómo es que eso sería relevante ahora que él sigue dormido? —preguntó seguidamente Ino, desesperándose al no comprender la actitud de la kunoichi de Suna.

—Tú y yo, todos nosotros, somos útiles sólo hasta cierto punto, Ino —explicó Maki con cierta impotencia en la voz—. Sólo apoyándose el uno en el otro van a lograr superar esto. Temari está despierta, ella tiene ventaja, así que puede pensar en esto.

—Le pides demasiado, Maki —opinó mansamente Chōji, sintiendo tristeza por la situación en la que la Sabaku No estaba.

—No, ella está hablando de mi hermana —contradijo Kankurō, comprendiendo a la jōnin de élite—. Temari se odiaría a sí misma si no pudiese con esto y eso es lo que quieres evitar, ¿verdad, Maki?

La aludida apartó la mirada sin dar respuesta alguna. En cambio, se dio media vuelta y anunció— Iré al hotel a darme una ducha, volveré tan pronto como pueda.

Ino no pudo decir nada más. La abrumaba la frustrante sensación de cometer error tras error. A pesar de saber que Maki no estaba enfadada con ella, le avergonzaba el haber armado semejante escándalo. El cuestionar las acciones de alguien más cercana a Temari que ella misma podría no haber sido la más inteligente de sus acciones, pero si lo hizo es porque verdaderamente le importaba el bienestar de la embajadora de Suna.

Por esos momentos, Kirimaru volvía al lugar justo cuando Maki se estaba yendo. Debido a la seriedad en el semblante de la dama, él no pudo evitar cuestionar— ¿Pasó algo?

—Acompáñame, ¿quieres? —pidió la kunoichi de ojos grises, considerando que al Shiruba también le vendría bien un descanso y un cambio de ropa.

Profundamente confundido, el domador de chakra dirigió su vista hacia el Kazekage, como solicitando una explicación.

—Maki va a la posada por un baño caliente, deberías hacer lo mismo así podemos rotar más tarde —mencionó Gaara, demostrando sus intenciones de no dejar sola a Temari ni por un instante.

Kirimaru pensó que sería una buena oportunidad para brindarles a los hermanos Sabaku No un poco más de espacio. Después de todo, él tenía toda una vida por delante con Temari a su lado, así que no era tan grave el compartirla un poco dadas las circunstancias.

—Entiendo, volveré después —acató el shinobi de Kirigakure, emprendiendo el camino junto a la dama de Suna.

Poco tiempo después de eso, Shizune salió de la habitación y los hermanos Sabaku No ingresaron. Ino volvió al cuarto de Shikamaru. Junto a Kiba, Chōji aguardó en la banca del pasillo frente a la alcoba de su amigo. Por lo bajo, el Akimichi le contó al Inuzuka lo sucedido, previniéndolo del sensible estado en el que la Yamanaka estaba por esos momentos para que tomara los recaudos que considerara necesarios.

Al llegar a ese corredor, Yoshino se percató de que Kiba y Chōji estaban teniendo una conversación importante por el semblante en la cara de ambos. Temiendo lo peor, se acercó a paso apresurado para constatar el estado de salud de su hijo.

—¿Acaso ha habido algún cambio? —indagó la Nara conteniendo el aliento, sin siquiera saludar por la urgencia.

—Yoshino-san —mencionó sorprendido el Akimichi al ver la congoja en el rostro de la mujer—. Shikamaru sigue igual, pero Temari despertó.

Sólo tras oír las novedades, la chūnin logró relajarse y respirar con normalidad.

—Ya veo —soltó de manera notoriamente relajada mientras se daba media vuelta. Por el clima trágico que reinaba en el ambiente, era evidente que la Sabaku No ya había sido informada sobre la muerte de su bebé.

—¿Eh? ¿A dónde va? —curioseó Kiba por lo bajo al ver que la mujer comenzaba a alejarse. Chōji se encogió de hombros al desconocer la respuesta.

La Nara caminó lentamente, como si al demorar su llegada pudiese reunir un poco más de valor en el camino. Quizás era descarado de su parte presentarse frente a Temari, más sentía que, de no hacerlo, nunca podría perdonárselo. Se decidió a aceptar cualquiera sea la reacción de la Sabaku No, incluso si esta elegía odiarla, Yoshino debería aprender a vivir con eso.

Al golpear la puerta de su habitación, fue atendida por Kankurō, ante quien se presentó formalmente— Buenos días. Quizás no me recuerde. Nos vimos en la oficina de Tsunade hace unas semanas, soy la madre de Shikamaru.

—Yoshino-san, por supuesto que la recuerdo —la recibió el marionetista cortésmente mientras se hacía a un lado para permitirle ingresar al cuarto—. Pase por favor, le agradecemos su visita.

—Permiso —exclamó la dama de cabello negro, saludando a Gaara con una reverencia ni bien lo vio—. Kazekage-sama.

Gaara imitó la reverencia a modo de saludo, más Temari seguía ausente. Ni siquiera notó la presencia de la mujer, su mente había comenzado a meditar las palabras de Maki mientras intentaba asimilar todo lo ocurrido.

—Sé que quizás no sea el momento, pero me gustaría hablar algunas palabras con Temari-san de ser posible —pidió Yoshino a los hermanos de la embajadora.

—Por supuesto, tómese su tiempo —concedió el menor de los Sabaku No mientras su hermano mayor se retiraba del lugar—. Sólo no lo tome personal si ella no le responde, ha estado callada.

—Claro, gracias —exclamó la Nara, silenciándose hasta que se encontró a solas con la rubia, y entonces, con pena en la voz, mencionó su nombre—. Temari.

La dama de la Arena volteó el rostro hacia la mujer, logrando volver a la realidad justo a tiempo para ver como Yoshino, una mujer caracterizada por su orgullo, se inclinaba en el suelo frente a ella para pedirle perdón.

—Lo siento tanto —profirió la Nara con sentido pesar—. Sé que no hay manera de que me vayas a disculpar. Yo mejor que nadie entiendo lo que has perdido.

Algo de toda esa imagen debió haber impresionado a Temari porque, atónita, rompió su silencio para pronunciar su nombre— Yoshino-san.

—Pero, aun así, tenía que venir y decirlo, tenías que escucharlo de mi —argumentó apresurada y desesperadamente la chūnin—. Gracias por sacrificar a tu hijo para salvar al mío —dijo finalmente y los ojos verdes de la rubia se abrieron de par en par, sólo para volver a nublarse en un instante.

—Yo no… no lo sabía —confesó Temari, llorando abiertamente frente a Yoshino, quien se levantó del suelo con premura y abrazó a la dama de coletas con intensidad, como si estuviese consolando a su propia hija.

—Eso no cambia nada —opinó la morena sin quitarle méritos a la rubia y, uniéndose al llanto de Temari, juró—. Como madre, te estaré eternamente agradecida y, como abuela, lloraré contigo.

Aferrándose a la Nara y dejando salir su miseria, Temari comprendió que tanto Maki como Yoshino tenían razón. Ahora lo podía ver con total claridad. Puede que esa revelación no disminuyera su dolor, pero era el primer paso en el camino hacia la sanación.

—Gracias Yoshino-san —pronunció cuando la mayor se apartó de ella para secarle las lágrimas, y luego procedió a deshacerse de las propias.

Yoshino se había retirado para buscar a Shizune y ponerse al tanto del avance en el estado de salud de su hijo. Por esa razón, Gaara y Kankurō habían vuelto a entrar en la habitación de Temari. Al ver sus ojos rojos, notaron que Temari había llorado nuevamente. Sin embargo, ninguno de ellos se incomodó por eso. De algún modo, su hermana había logrado reestablecer su vínculo con la realidad y eso era todo lo que importaba.

—Hace mucho que nadie viene a decirnos como sigue Shikamaru —se quejó Temari sin intensiones de ocultar su ansiedad.

—No te preocupes, iré a ver si ya despertó —se ofreció fraternalmente Gaara mientras tocaba el hombro de Kankurō para que lo acompañase hasta la puerta, dónde le solicitó en un susurro—. Ahora que te quedarás solo con ella no quiero que te quiebres.

—¿Por quién me tomas? —preguntó el titiritero, simulando sentirse ofendido.

—Es en serio, Kankurō. No te martirices por lo que sucedió —especificó, logrando que su hermano adquiriera la seriedad que la situación ameritaba—, todos somos responsables —exhortó el pelirrojo antes de retirarse.

El jōnin de la Arena tomó asiento y comenzó a dialogar con su hermana, mientras esperaba que el retorno del Kazekage trajera consigo buenas noticias.

Sin embargo, algunos cuantos minutos después, cuando el menor de los Sabaku No regresó, la atención le fue súbitamente robada. Gaara no llegó a comunicar noticia alguna debido a que un desgarrador lamento retumbó en todo el piso del hospital. El sonido de aquel grito fue tan estremecedor que hizo eco en los corazones de sus oyentes, acongojándolos. Kankurō se vio forzado a interrumpir sus propias palabras, ponerse de pie repentinamente y voltearse instintivamente en dirección desde donde provenía el atormentador sonido.

—¿Qué… qué demonios fue eso? —preguntó el castaño involuntariamente, sin poder salir de su asombro mientras el pulso comenzaba a temblarle.

—Ya lo sabe —exclamó suavemente Temari, dando a entender que ese había sido el lamento de Shikamaru al momento de enterarse lo que sucedió aquella fatídica noche de luna carmesí.

La rubia de coletas apretó los dientes con fuerza, como intentando contener el dolor, más era inútil. El padecimiento que oía no le era ajeno, sino compartido.

—No me digas que ese fue… —comenzó a hablar el titiritero, silenciándose al ver que nuevas lágrimas en las mejillas de Temari recorrían el camino marcado por sus predecesoras.

A Gaara y Kankurō también se les estrujó el corazón, así que no querían ni imaginar lo que su hermana estaba viviendo, quizás hasta el infierno podría considerarse un lugar más benigno ahora.

En la habitación de Shikamaru, Ino, Kiba y Naruto se habían adentrado abruptamente al oír tan terrible clamor sólo para encontrar al Nara, encogido sobre sí mismo, sosteniéndose la cabeza entre las manos mientras intentaba conservar la poca cordura que su mente a duras penas retenía por esos instantes. Sin poder hacer más y con la mirada baja, Chōji mantenía una mano sobre la espalda de su amigo. Aun sabiendo que tal gesto no serviría de consuelo ni salvaría al estratega de la inevitable abstracción, el Akimichi esperaba que el Nara pudiese al menos encontrar el camino de vuelta gracias al contacto.

—Kiba, Naruto, vayan por Shizune —ordenó Ino con voz seria y entrecortada, mediante la cual se percibían tanto vestigios de temor como de apremio.

Debido a su ubicación, la Yamanaka podía ver a Shikamaru desde un ángulo imposible para el Akimichi. Es por eso que el pavor la invadió cuando se percató de que la mirada de locura en los ojos de Shikamaru no era otra cosa más que una señal de advertencia. El caos desatado en su interior por la tortuosa verdad, mismo que ahora reinaba en su mente, pronto podría exteriorizarse en su cuerpo.

Sin detenerse a entrar en debates o cuestionamientos, ambos shinobis acataron el pedido de la rubia. Debido a las palabras de la florista, Chōji tomó consciencia de lo peligroso del calamitoso estado de su amigo. La mirada cómplice que recibió de su compañera de equipo le informaba que debía estar alerta y listo para actuar en cualquier momento.

—Ino —mencionó Shikamaru de manera pausada y tétrica mientras mantenía la vista clavada en las sábanas que cubrían su cuerpo—. Sácame esto —pidió, levantando la mano para mostrar la inyección intravenosa.

—Espera sólo unos segundos, en seguida vendrá Shizune y te la quitará —intentó negociar la Yamanaka para que el Nara se quedara tranquilo, más no tuvo éxito.

—¡Ino! —le gritó el domador de sombras, dirigiéndole una mirada vacía mientras tomaba el tubo con su otra mano—¡Si no lo haces, lo haré yo!

—¡Espera! ¡Espera! —suplicó la rubia, mientras apresuradamente se acercaba hasta él para complacerlo—. Dime qué harás —preguntó afligida mientras retiraba la aguja de la vena y colocaba un algodón para detener el sangrado.

—Sólo quiero verla —respondió él, bajando la cabeza para intentar controlarse mientras las lágrimas se escapaban de sus ojos.

—Entendido —dijo el Akimichi, poniéndose de pie para ayudarlo a caminar.

—¡Chōji! —reprendió la chūnin, considerando que no era correcto moverlo sin una revisión médica.

—¡¿Qué más podemos hacer?! —la cuestionó el bonachón desconsoladamente, demostrando que ella no era la única afectada por el estado anímico del Nara.

Ino se silenció de repente. Ella sabía que su compañero de equipo tenía razón, si no habían sido de utilidad al momento de salvarle la vida al bebé de Shikamaru, al menos deberían ser de utilidad ahora.

—De acuerdo —accedió ella, pasando el brazo izquierdo de Shikamaru por sobre su hombro mientras Chōji hacia lo mismo con el derecho.

Así, entre los dos, lo ayudaron a caminar por los pasillos hasta que llegaron a la habitación de Temari, dónde la Yamanaka llamó a la puerta. Tan sólo cuando Gaara abrió la puerta, Shikamaru alzó la mirada.

—Salgamos un momento, Kankurō —fue todo lo que el Kazekage dijo mientras miraba fijamente al Nara, sin poder reconocerlo en realidad.

Después de que los dos hermanos Sabaku No se encontraran fuera del cuarto, Shikamaru afirmó su mano izquierda sobre el marco de la puerta, tambaleándose levemente al sentir la falta del apoyo que Ino le había otorgado hasta ese entonces.

—¿Estarás bien por tu cuenta? —indagó Chōji al percatarse de ello, ya que no quería soltarlo y verlo caer.

—Sí, gracias chicos —respondió con determinación mientras el Akimichi retiraba el brazo derecho del Nara de su hombro y se reincorporaba en toda su altura.

Tras unos instantes en los que Shikamaru logró encontrar su balance nuevamente, el estratega dio un paso dentro de la alcoba de Temari. Lentamente, y al cabo de un momento, dio otro, luego otro, y finalmente cerró la puerta detrás de sí.

La imagen era decadente. El ver a Shikamaru con la mirada cristalina, desplazándose hacia ella lentamente y con dificultad era devastador, pero lo que realmente logró mellar en Temari fue la expresión trágica en su rostro.

Para Shikamaru no era más sencillo que para ella. El verla sentada en una cama de hospital, con sus manos descansando sobre su vientre vacío y sus ojos hinchados por el llanto derramado, logró quebrarlo por completo.

Tal fue así que, en lugar de tomar asiento a su lado, caminó hasta su cama, se agachó lentamente hasta quedar de rodillas y entonces procedió a abrazarse a su vientre mientras repetía entre desconsoladas lágrimas— Lo lamento, perdóname. No sabes cómo lo siento, estoy muy apenado.

La angustia de Shikamaru era contagiosa. Inmóvil y temerosa de que un movimiento brusco pudiese alejarlo, Temari se permitió a sí misma llorar una vez más. Con delicadeza, se atrevió a posar una mano en los negros cabellos del Nara y procedió a acariciar su cabeza con ternura.

—Soy yo quien debería decir eso —opinó la Sabaku No.

—Tú no lo sabías —negó Shikamaru, aferrándose a ella para que se deshaga de cualquier culpa que pudiese sentir por la tragedia ocurrida.

—Es cierto. Estaba tan ocupada sintiendo pena por mí misma que ni siquiera me percaté de que no había tenido mi período —concordó ella, deteniendo un instante las caricias propiciadas para tomar el coraje necesario para confesarle—. Pero, de haberlo sabido, aun así hubiese ido por ti.

Estupefacto, Shikamaru levantó la cabeza para mirarla a los ojos. No obstante, su asombro sólo se incrementó al ver que, contra toda predicción, ella no solamente estaba llorando con amargura, sino que, además, estaba sonriendo apaciblemente.

—Temari, ¿qué es lo que estás diciendo? —indagó él sin poder comprender porqué ella haría algo tan tonto como eso.

—Habría intentado salvarlos a ambos porque sé que, si fueras tú quién hubiese muerto en su lugar, me sentiría tan abatida como lo estoy ahora —explicó mientras se secaba los ojos con el dorso de la mano y, al dirigirle una mirada amorosa, autocriticó su terquedad—. Supongo que soy del tipo de persona que va a persistir aun sabiendo el resultado, aferrándose a la minúscula posibilidad de poder cambiar algo a pesar de haber visto el futuro con claridad.

—¿Cómo puedes pedir perdón por algo como eso? —preguntó el estratega deteniendo su llanto, tomando la mano izquierda de Temari entre las suyas mientras se sentaba a su lado. Seguidamente, frunció el entrecejo al continuar con su interrogatorio— ¿Cómo puedes perdonarme después de lo que causé? La situación en la que te puse, y lo que perdimos es enteramente mi culpa y aun así… tú… tú no me odias —mencionó martirizado, sintiendo el peso de sus pecados en su piel.

—Shikamaru —nombró ella, apenada de que él pusiese semejante peso en sus hombros—. No puedo reprocharte lo que hiciste, pero debes entender que esa no es la forma de sobrellevar el hecho de que ya no podamos estar juntos.

—Lo sé, sé que tienes razón —aceptó con pesar el Nara para luego explicarse—. Es sólo que, lo que teníamos era extraordinario. Estaba tan inmerso en esa felicidad que, realmente, nunca creí que fuese a ser despojado de ella —confesó con tristeza mientras su mirada volvía a adquirir brillo a medida que se sinceraba—. Sé que eso no justifica nada, yo también extraño la persona que era cuando estaba a tu lado, pero, más que nada, te extraño a ti.

—¿Acaso no lo ves? —preguntó Temari compasivamente y con genuina extrañeza, más pronto entendió la razón de que eso sea así— ¿Qué estoy diciendo? Si yo también lo olvidé.

—¿De qué hablas? —averiguó Shikamaru, sin sospechar que era lo que ella pensaba por esos momentos.

Temari colocó la palma de su mano derecha en el pecho de Shikamaru, a la altura del corazón. El sonido proveniente de su torso, sobre el costado izquierdo, la serenó y la indujo a esbozar una sonrisa de alivio.

—No importa que nos hayan arrebatado todo lo que éramos, todo lo que pudimos ser, todo lo que amamos, aunque nos dejen sin nada, podré seguir adelante porque aquí dentro—declaró, tomando con fuerza la camiseta del Nara, como si así lograra abrazarse a su alma—, aquí está todo lo que necesito para continuar —puntualizó, refiriéndose a los sentimientos del estratega hacia ella. Y, sintiendo como su cuerpo se relajaba ante el incesante latir del corazón del shinobi, mismo que parecía acelerarse, añadió—. Me prometieron que, mientras este sonido exista, la arena no dejará de fluir.

Shikamaru abrió los ojos de par en par y una sola lágrima a destiempo se escapó de ellos. Era cierto, él lo había prometido, y había estado a punto de romper otra promesa. No podía morir, no mientras ella viviera. Quitarle lo único que la mantenía de pie era más que cruel, era impensable. Sin embargo, tan perdido había estado en su miseria, que ni siquiera había sido capaz de percatarse de aquello. El Nara nunca antes dudó tan intensamente de su propio intelecto como en ese momento.

Por esos instantes, Kirimaru y Maki volvían al hospital. Al ver a los hermanos Sabaku No y a Ino y Chōji fuera del cuarto de Temari, ambos asumieron que la rubia estaba pasando por otra revisación médica. No obstante, al Shiruba le pareció extraño que así fuese puesto que la Sabaku No había sido atendida poco antes de que él retornara al hotel.

—¿Acaso Shizune-san volvió a visitar a Temari? —preguntó abiertamente el shinobi de pelo blanco, más nadie se atrevió a responderle.

Lo sospechoso de la situación lo llevó a intuir lo que sucedía e, instintivamente, se le frunció el entrecejo. Sin ser capaz de detenerse a pensarlo, la rabia guió sus acciones, adentrándose con premura en el cuarto de la Sabaku No sin siquiera llamar a la puerta. Para cuando alguien atinó a detenerlo, ya era tarde.

Kirimaru había clavado su vista en el shinobi de la Hoja, sentado junto a Temari. El descaro del Nara le pareció tan ofensivo que su mente se nubló por completo. Lo siguiente que el jōnin de Kirigakure supo, era que estaba sosteniendo violentamente al ninja táctico desde el cuello mientras Gaara y Kankurō se aproximaban a ellos, ambicionando con socorrer al estratega.

—Dame una buena razón para no acabar contigo ahora mismo —solicitó amenazadoramente el Shiruba, furioso no por la cercanía entre ellos, sino por el peligro al que Temari se había visto expuesta a causa de Shikamaru.

—¡Espera! —suplicó Temari, cayendo de la cama al intentar ponerse de pie para defender al Nara.

—¡Temari! —exclamó Maki, adentrándose en la habitación. Sólo al oír la voz de la especialista en sellos, Ino logró salir de su estado de estupefacción y, adentrándose junto a ella en la habitación, se dispusieron a auxiliar a la embajadora.

Fue gracias a la ayuda de Chōji que los tres lograron apartar al maltrecho moreno del ninja de cabello blanco. Casi en el mismo momento, la antigua Hokage se hizo presente en el lugar.

—¡¿Qué demonios sucede aquí?! —vociferó Tsunade, golpeando el puño contra el muro al ver la situación— ¡Esto es un hospital, maldita sea!

Ante los gritos de la mujer, el jōnin de la Niebla logró volver en sí y tranquilizarse. Sin embargo, ninguno de los caballeros que habían logrado contenerlo tenía la confianza suficiente como para soltarlo. Maki e Ino lograron sentar a Temari en la cama, más la notaron agitada por la conmoción.

—Chōji, Ino, quiero a Shikamaru en su cuarto de inmediato —ordenó la Senju autoritariamente, mientras Shizune, Naruto y Kiba llegaban al lugar.

—¿Qué rayos pasó aquí? —preguntó directamente el Uzumaki al ver el ambiente tenso y la marca en la pared de la habitación.

—Mejor no preguntes —sugirió el Inuzuka al contemplar la escena con mayor detalle, adoptando una postura notablemente más cauta y discreta.

—Se acabaron las visitas por hoy —anunció Tsunade, induciendo a todo el mundo a abandonar la habitación de Temari para quedarse a solas con ella.

Shizune se unió a los demás ninjas de Konoha mientras escoltaban a Shikamaru hasta su habitación. Allí le haría las pruebas pertinentes, mismas que se vio forzada a postergar cuando, al llegar al lugar indicado, se encontró con que no había nadie en el cuarto del Nara. Ante la falta de novedades, poco tiempo antes, ella había enviado a Yoshino de vuelta a su hogar, así que ahora se veía forzada a volver atrás en su decisión.

—Naruto, ¿podrías ir a la residencia Nara? —solicitó la morena, explicando con posterioridad— Yoshino-san necesita saber que Shikamaru despertó.

—Seguro, iré de inmediato —acató el jinchūriki, retirándose del lugar tan rápido como pudo.

Maki se sentó en la banca fuera de la habitación de Temari junto a Kirimaru, mientras este intentaba dilucidar qué diantres había sucedido. Por un lado, sentía que los hermanos de Temari la habían traicionado al permitir que el causante de sus desgracias la visitara como si eso fuese lo más normal del mundo. Por otro lado, sentía vergüenza por haber perdido los estribos de esa manera. Si bien él no tenía intención alguna de ocultar su desprecio hacia el Nara, entendía que no era el momento ni el lugar de hacer reproches, mucho menos de violentarse.

—Deberé disculparme con Tsunade-sama cuando salga —opinó en un susurro, mismo que sólo fue audible por Maki debido a la cercanía.

La especialista en sellos colocó su mano sobre el hombro del Shiruba, captando así su atención.

—No conozco a Tsunade-sama, pero estoy segura de que lo entenderá —alentó la castaña, percatándose de que el Shiruba también pasaba por una situación difícil, aunque nadie le prestara atención ni lo pusiera al corriente.

—Deberíamos volver al hotel ahora —le sugirió el menor de los Sabaku No al mayor, sin mediar explicaciones.

—Nosotros nos quedaremos aquí en caso de que ocurra algo —se ofreció Maki, puesto que tanto ella como Kirimaru habían logrado reponer fuerzas.

Aunque ni Kankurō ni Gaara le dirigieron la mirada a Kirimaru, ninguno de ellos se atrevería a increparlo por sus acciones. Estaba claro para ambos que lo ocurrido había sido un incidente aislado, incapaz de tachar la admirable conducta del Shiruba durante las últimas semanas.

Poco tiempo después de que la kunoichi de Suna y el shinobi de Kiri quedaran a solas, Tsunade salió del cuarto. Casi instintivamente el domador de chakra se puso de pie e, inclinando la cabeza, exclamó— Tsunade-sama, me disculpo por mi comportamiento anterior.

—¿Acaso sabes qué clase de lugar es este? —indagó la rubia, llevándose ambas manos a la cadera para adquirir una pose más dictatorial.

—Sí, y sé que no tengo justificación por haber perdido la cordura —profirió él, responsabilizándose por sus actos—, pero le pido que no castigue a Maki, Temari y a sus hermanos por mi error.

—¿De qué hablas? —preguntó la Senju cruzándose de brazos, un tanto desconcertada.

—Las visitas —mencionó él, escueta y tímidamente.

—Ah, eso —comprendió al instante Tsunade despreocupadamente, llevándose el dedo índice al mentón para considerar la situación antes de responderle—. No es necesario que te preocupes por eso, mañana le daré el alta.

—¡Esas son muy buenas noticias! —festejó Maki, sintiéndose tan emocionada como aliviada.

—No podrá viajar por unos días, pero sospecho que esa no es su prioridad ahora —comentó pensativamente la ninja médico.

—Esperaremos lo necesario —mitigó la jōnin de élite, sin sentir apuro por volver a la aldea.

—También le prestaremos atención durante el viaje de regreso a Suna —aseguró él, girando la cabeza para pedirle autorización a Maki para hablar por los dos. Cuando ella asintió afirmativamente, él continuó—. Lo último que queremos es que su salud se debilite.

Tsunade sabía muy bien que el exclusivo círculo de personas que sabía toda la verdad sobre el día en que su corazón se detuvo, no incluía al Shiruba. No era su asunto, pero, de algún modo, la Senju sentía un poco de lástima hacia él. Es por ello que, empáticamente, dejó pasar el altercado que él protagonizó momentos atrás.

—Kirimaru, puedes acompañarla durante unos instantes —permitió Tsunade caritativamente—, en seguida vendrá Shizune por ella para llevarla a mi oficina.

—¿Eh? ¿Yo? —preguntó seguidamente el domador de chakra, sorprendido por el favor otorgado.

—No has tenido oportunidad de hablar con ella a solas, ¿verdad? —corroboró la Senju para luego justificar su decisión— Creo que ahora es el momento adecuado.

Sin comprender muy bien los motivos de la rubia de la Hoja, el ninja de la Niebla obedeció. Cuando se encontró finalmente a solas con Temari, Kirimaru no supo bien que decirle. Ella se veía mucho más triste que cuando despertó y, en la mente del ganador de la semana de los mil vientos, sólo había una razón lógica detrás de eso. Tras tomar asiento a su lado, no supo inmediatamente que decirle por lo que tardó unos cuantos minutos en formular una frase.

—No fue mi intensión afligirte así —se disculpó Kirimaru, bajándose la máscara para permitirle ver la sinceridad de sus palabras mediante su expresión facial—. Y creo que, si Tsunade-sama me permitió verte después de todo el problema que causé, es para darme la oportunidad de pedirte perdón.

Temari entreabrió los labios instintivamente, sucumbiendo al deseo de aclarar el malentendido, más los cerró de nuevo al entender que, para hacerlo, debería lastimarlo. Era obvio para ella que Kirimaru se había visto envuelto en una situación sumamente complicada y desafortunada sin haber hecho nada para merecerlo en realidad.

—No es así —soltó la Sabaku No con seguridad para luego agregar—. Si alguien aquí está eximido de culpa, ese eres tú.

—¿No estás triste por la manera en la que me comporté? —inquirió él, sintiéndose levemente confundido al haber malinterpretado los sentimientos de la embajadora de Suna.

—No —aseguró ella suavemente.

Obnubilado ante el misterio que envolvía el estado anímico de Temari, el hombre de cabello blanco no pudo hacer otra cosa más que preguntar— Entonces, ¿qué sucede?

Temari apartó la mirada y bajó la cabeza. Necesitaba encontrar la manera de decírselo, él iba a ser su esposo algún día y, más allá de que él merecía saber la verdad, estaba el hecho de que era un secreto muy pesado como para guardarlo durante toda una vida.

—Entiendo, no tienes que responderme —aminoró el Shiruba amablemente y, poniéndose de pie al ver que la estaba incomodando, agregó—. Sólo dime si hay algo que pueda hacer para hacerte sentir mejor.

Seguidamente, se giró y dio un paso hacia la puerta, más la voz de Temari lo inhibió de continuar.

—Espera —pidió ella, volviendo a levantar la mirada para ver la espalda de Kirimaru—. Yo…

En ese momento, la puerta del cuarto retumbó y Shizune se abrió paso dentro de la habitación.

—Permiso —exclamó la ninja médico y luego se acercó a Temari para suspenderle la medicación—. ¿Estás lista para ver a Tsunade-sama? —preguntó cortésmente la mujer de cabello corto.

Temari dirigió la mirada hacia Kirimaru, reacia a irse sin haber zanjado ese asunto. No obstante, la expresión calma en el rostro del hombre de ojos verdes la tranquilizó.

—Está bien, hablaremos más tarde —mitigó el ninja de Kirigakure, sin darle mayor carga emocional al tema.

La Sabaku No asintió y él procedió a dejar la habitación. Luego la vio pasar junto a Shizune cuando ambas salieron del cuarto y se dirigieron a la pequeña oficina.

Allí, sentada detrás de un escritorio y frente a dos sillas, Tsunade aguardaba por ella. Shikamaru ya se encontraba sentado en una de ellas, y cuando Temari tomó asiento en la otra, Shizune se retiró para dejarlos tratar el delicado tema que los reunía allí.

La tensión en el ambiente era evidente. Después de haber perdido a su hermano y a su novio en circunstancias violentas, la Sannin no entendía cómo es que ellos habían sido capaces de meterse en una situación así. La luz incandescente que alumbraba el lugar titiló por un momento antes de que la Senju comenzara a hablar.

—Bienvenida Temari —mencionó Tsunade a modo de saludo.

—¿Cómo te sientes? —preguntó Shikamaru, refiriéndose más a lo emocional que a lo físico.

—Estoy bien —respondió afablemente la Sabaku No.

—Tienes suerte de que así sea —apuntó la ninja médico, impregnando de severidad el ambiente—, ambos la tuvieron.

—Supongo que debió ser difícil vernos así —mencionó el Nara ante las palabras cortantes de la antigua Hokage. Él realmente no esperaba que lo felicitaran por lo que hizo, pero Tsunade se veía como si tuviese un sermón listo en la punta de la lengua y no pudiese esperar a que llegase el momento de soltarlo.

—No tienes idea de lo crítica que era la situación. Kankurō estaba pálido cuando llegó con ustedes dos —profirió la Sannin para luego recalcar la labor de sus estudiantes—. Puedes agradecerles a Sakura e Ino el no haber muerto de sangrado. Ellas también intentaron salvar al bebé en tu vientre, Temari, pero entenderás que les fue imposible.

—No me sorprende que el enemigo la haya elegido como objetivo final —razonó la kunoichi de Suna, mientras su voz se quebraba al completar—. Fue gracias al chakra que me dio que pude atacar una vez más y vencerla. Ino tenía razón, ella me salvó la vida.

—¿Ella? —indagó el Nara sin poder controlar su tembloroso pulso ante la revelación—. Acaso… acaso era ¿una niña? —indagó mientras sus ojos vibraban al ser colmados por nuevas lágrimas.

Al voltear la vista para responderle, Temari supo que no sólo sería difícil para ella decirlo, sino que sería doloroso para él el escucharlo.

—Ino cree que sí —confesó la embajadora, angustiándose nuevamente ante el recuerdo—, y yo concuerdo.

—El material genético que pudimos rescatar era insuficiente, así que los estudios arrojaron resultados imprecisos —reveló la Senju para evitar brindar información que podría ser falsa.

Sin embargo, tanto Shikamaru como Temari bajaron la cabeza, convencidos de que Ino tenía razón. Ante el prolongado silencio de sus pacientes, la ninja médico suspiró pesadamente y prosiguió.

—Esto no me concierne, pero debo preguntar —mencionó Tsunade antes de dirigirse a la domadora de viento—. Temari, ¿sabías que estabas embarazada?

La aludida negó con la cabeza antes de ampliar su respuesta.

—Debería haberlo sabido, así sea por la ausencia de mi periodo menstrual —se reprochó, colocando una mano sobre su vientre.

—Entiendo —soltó la Senju compasivamente para luego explicar—. Es normal en las madres primerizas que tarde más en notarse el embarazo, en especial en este caso ya que sólo tenías unas seis semanas aproximadamente.

Al sacar cuentas, no fue muy difícil dilucidar el momento en el que aquella vida había comenzado. Ambos se habían equivocado. Un simple error de percepción los llevó a pensar que todo se había perdido cuando Kirimaru derrotó a Temari durante la semana de los mil vientos, cuando, en realidad, la última noche que pasaron juntos les dejó mucho más que el recuerdo del calor del otro.

—Ya veo, con que era tan pequeña —meditó Shikamaru, escondiendo el rostro entre las palmas de sus manos.

—Nada de esto debería haber pasado —opinó la Sannin, amargada por el parte médico que debía comunicar a continuación—. Temari, tuvimos que hacer uso del chakra de Kurama para regenerarte el útero e, incluso así, ha quedado bastante sensible —le informó apenada para luego pronosticar—. No creo que seas capaz de tener hijos en el futuro.

—Eso no tiene importancia. No planeaba tenerlos de todas maneras —mitigó la Sabaku No. Si no era con Shikamaru, realmente no le interesaba el tema en cuestión. Además, su corazón estaba demasiado ocupado intentando procesar el dolor de perder a su pequeña como para pensar en hijos futuros.

—Creo que no estás entendiendo la gravedad del estado en el que estuvieron, están vivos de milagro —aseveró la Senju para luego aconsejar—. Francamente, creo que ambos deberían reconsiderar las decisiones que toman. Pero, por lo pronto, intenten olvidar todo lo que pasó, será mejor así.

En ese momento, fue evidente tanto para la kunoichi de Suna como para el shinobi de Konoha que la razón por la cual Tsunade les estaba comentando su estado de salud en conjunto no era falta de tiempo, como inicialmente pudieron llegar a presuponer, sino que estaba deseosa de evitar que ellos volvieran a estar en esa situación. Sin embargo, ninguno de los dos podía hacerle caso. Olvidar lo que pasó sería lo mismo que cavar sus propias tumbas. Sin el recuerdo de su esplendoroso amor, todo habría sido en vano.

Ninguno de los dos tenía la energía suficiente como para discutir con Tsunade, más aun, nada ganarían al enfrentar a la Senju. La situación en la que estaban era demasiado compleja como para que alguien llegara a entenderla sin estar en la misma posición.

—¿Cuánto tiempo de recuperación nos queda? —preguntó Shikamaru, dirigiéndole una mirada estoica a la Senju.

—Mañana les daré el alta —anunció primeramente la Sannin y luego puntualizó—. En tu caso, deberás hacer rehabilitación por un tiempo para recuperarte de la lesión en tu hombro.

—Entiendo —profirió el Nara, más ansioso por escuchar la condición en la que Temari se encontraba que la propia.

—En cuanto a Temari, preferiría que esperaras al menos tres días antes de viajar a Suna, sólo por si acaso —explicó Tsunade, desando constatar el progreso en la recuperación de la Sabaku No antes de que ésta emprendiera un viaje de tres días.

—De acuerdo —acató la embajadora.

Seguidamente, la Senju abrió su cajón y retiró una pequeña bolsita de tela negra.

—Eran pocos los restos, así que no nos quedó más remedio que cremarlos —comentó la ninja médico extendiéndoles la bolsita—. Lo lamento mucho —dijo antes de ponerse de pie y retirarse del cuarto para que decidieran qué hacer con los restos de su hija.

—¿Quieres… quieres que yo…? —balbuceó Shikamaru sin ser capaz de dilucidar la mejor manera de preguntárselo, más ella lo comprendió a la perfección.

—No —dijo suavemente, y estirando su mano por sobre el escritorio, tomó las cenizas de su hija—. Yo las conservaré hasta que les demos un entierro apropiado.

Al haber sido incapaces de proteger su amor, no era de sorprender que todo lo que quedara de su batalla fueran esas cenizas. Sin embargo, aunque insignificantes a primera vista, esos restos todavía eran parte de ellos y por eso eran preciados. Así que, de tener que encontrarle un sitio adecuado, no había duda sobre cuál sería el más indicado.

—Sólo se me ocurre un lugar para eso —mencionó Shikamaru sin ser capaz de apartar su apenada mirada de la pequeña bolsa.

—Lo sé, y me parece bien —concordó Temari, aferrándose a dicha bolsita con cariño.

—¿Mañana por la tarde? —sugirió el Nara, apartando la mirada de las cenizas para posarla en el rostro de la rubia, esperando que no le pareciera demasiado pronto.

—De acuerdo —accedió la Sabaku No, fijando la vista en sus ojos pardos al momento de solicitar—. Pero, me gustaría que sólo fuésemos tú y yo.

El domador de sombras asintió con la cabeza. Él tampoco tenía intención de hacer pública su miseria, y lo último que quería era ver a Temari sufrir sin ser capaz de consolarla debido a la falta de privacidad.

000

Mientras Kirimaru y Maki esperaban por los hermanos Sabaku No, Chōji abandonó su puesto en la habitación de Shikamaru para permitirle a Yoshino pasar algo de tiempo con su hijo cuando regresara a su cuarto. Es por ello que el Akimichi se acercó hasta dónde su novia se encontraba.

—Chōji —nombro Maki, poniéndose de pie al ver que el shinobi se aproximaba.

—Kiba e Ino se quedarán con Yoshino-san un tiempo más, ¿quieres ir a comer? —invitó el bonachón a la especialista en sellos, quien se giró instintivamente hacia el Shiruba, como pidiéndole permiso.

—Sino podemos visitarla, no tiene sentido que te quedes —opinó de manera desinteresada Kirimaru para luego prometer—. Yo le diré a Gaara y Kankurō que saliste.

—Gracias —mencionó Maki antes de retirarse con Chōji.

Durante el tiempo que permaneció a solas, el domador de chakra no pudo evitar pensar sobre la situación sentimental de Temari. Era de esperarse que estuviese conmocionada por todo lo que pasó, pero no tenía ningún sentido que estuviese triste. Hasta dónde él sabía, la embajadora se había recuperado exitosamente de sus heridas y podría tener una vida normal cuando regresara a su aldea. A pesar de todo esto, lo que más intriga le generaba, era el hecho de que su tristeza no había sido evidente para él sino hasta después de que Shikamaru habló con ella.

¿Le habrá dicho algo que la angustió? —se preguntó mentalmente, apretando un poco los puños para contener el rencor que sentía ante tal suposición.

Sin embargo, su mente no llegó a profundizar en aquel belicoso sentimiento ya que los hermanos de Temari estaban volviendo por esos momentos.

—¿Y Maki? —fue lo primero que preguntó Kankurō al ver que el shinobi de la Niebla se encontraba a solas.

—Salió con su novio —respondió Kirimaru para luego agregar—, y Temari está en la oficina de Tsunade.

—Iré a esperar por ella —mencionó Gaara mientras Kankurō tomaba asiento en la banca.

Al observarlo desde el rabillo de su ojo, el titiritero examinó el pensativo rostro del ninja de cabello blanco. Era más que evidente que algo lo inquietaba.

—No voy a mentir, no quisiera estar en tu lugar —acotó el Sabaku No, solidarizándose con el Shiruba—. Lo normal sería que quisieras dar marcha atrás con el asunto del compromiso. Aunque, si ese fuera el caso, lo habrías hecho ni bien llegaste a Konoha y, sin embargo, henos aquí. Así que ¿por qué no me dices que es lo que te molesta?

—Ella está muy triste, Kankurō —dijo Kirimaru, mostrándose profundamente angustiado por ello.

El castaño suspiró pesadamente al entender que la preocupación que el domador de chakra sentía por Temari, sumada a su desconocimiento sobre el embarazo, comenzaban a mellar en el Shiruba.

—No sé si ella vaya a decírtelo, pero deberías estar preparado llegado el caso —opinó el marionetista, agitando la cabeza a modo de negación ante su argumento anterior, y sincerándose exclamó—. No, no es para que estés preparado, es porque creo que mereces saberlo.

—¿De qué hablas? —indagó el shinobi de Kiri, sin comprender una palabra de lo que Kankurō decía.

—Aunque ella no supo nada de esto hasta ahora, cuando Temari fue a rescatar a Shikamaru, ella estaba embarazada —anunció el castaño mientras los ojos verdes de su oyente se abrían de par en par, más él prosiguió—. Perdió al bebé esa noche.

El asombro se apoderó por completo del rostro de Kirimaru, y fue menester tomarse un momento para comprender la situación.

—Sin saberlo, ella llevaba consigo al hijo de Shikamaru —razonó él sin vestigio alguno de celos. En su mente sólo había cabida para imaginar la tortuosa situación en la que ella se encontraba ahora. Todo empezaba a cobrar sentido. Desde la razón por la cual Shikamaru no se defendió cuando él lo tomó desde el cuello, hasta el motivo por el cual le era tan difícil a Temari explicar la causa de su pesar.

—Sí —corroboró el Sabaku No para luego detallar—. Probablemente, ahora mismo Tsunade le esté explicando que le será difícil tener hijos en un futuro.

—Esto es horrible —profirió Kirimaru mientras se tapaba el rostro con la mano derecha para retener sus lágrimas— ¿Por qué tiene que sucederle algo así?

La desolación en la que se sumió el Shiruba al escuchar la verdad impresionó al Sabaku No. De todas las emociones que Kankurō imaginó que Kirimaru iba a sentir cuando se enterara, ésta era la menos probable. Odio, celos, rechazo, deslealtad, esas eran las que encabezaban la lista del titiritero, jamás compasión.

—Por favor, perdónala si decide no comentarte nada al respecto —solicitó el castaño a pesar de saber que no tenía derecho de pedir una cosa así.

El domador de chakra asintió sin descubrirse la cara y, con voz temblorosa, prometió— No dejaré que pase por esto sola.

—Te lo agradezco —exclamó Kankurō, colocando su mano sobre el hombro del shinobi de cabello blanco, conmovido por la reacción de éste—. Eres un buen hombre, Kirimaru.

Si sólo Temari pudiese enamorarse de ti —caviló con amargura el castaño, deseando un nuevo inicio para su hermana.

La mañana que le sobrevino a ese turbulento día, encontró al Nara y a la Sabaku No en buen estado. Tsunade los había dejado en observación por veinticuatro horas para cerciorarse de que no se suscitaran cambios en la salud de ambos.

Por la mañana, mientras Shikamaru regresaba a su hogar en compañía de su madre y Chōji, comentó que por la tarde le daría el primer y último adiós a su hija. A la sorpresa inicial le sobrevino una catarata de preguntas y sugerencias por parte de Yoshino, más todas fueron desestimadas. Con sólo mencionar que Temari y él lo habían decidido así, fue suficiente para que su decisión fuese respetada.

Algo similar sucedió en la posada donde los ninjas de la Arena y Niebla se hospedaban. La única diferencia, es que Temari se lo explicó a Maki y dejó que fuese ella quien se encargara de sus hermanos y de su futuro prometido.

Poco después de que la Sabaku No partiera, la especialista en sellos dejó la posada para reunirse con Chōji e Ino, buscando acompañar a sus amigos en el sepelio, aunque fuese a la distancia. Fue entonces cuando Kirimaru golpeó la puerta de la habitación de Kankurō. Al percatarse de que éste no se encontraba en dicho lugar, se dirigió a la alcoba de Gaara, dónde halló a ambos hermanos. La excusa de Maki sobre que Temari había ido al hospital sola, no fue convincente. Es por eso que, una vez que se encontró dentro del cuarto del Kazekage, el domador de chakra increpó a Kankurō sobre el paradero de Temari.

—¿A dónde fue en realidad? —preguntó el Shiruba abiertamente, captando la atención del pelirrojo, quien aún desconocía la charla que el ganador de la semana de los mil vientos había entablado con su hermano.

—Se fue con Shikamaru para enterrar a… —comenzó a explicar el marionetista, más el llamado de atención de Gaara lo obligó a silenciarse repentinamente.

—¡Kankurō! —se sobresaltó el menor de los Sabaku No.

—Comprendo —mencionó el Shiruba. Aunque el titiritero no había terminado de explicar la situación, no quedaba mucho más que decir al respecto. En todo caso, Kirimaru podía imaginarse lo demás—. Va a estar destrozada cuando regrese.

—¿Acaso tú…? —iba a cuestionar Gaara al ver la calma reacción del shinobi de cabello blanco.

—Ayer le dije todo —confesó Kankurō con serenidad, sin sentirse realmente culpable por sus acciones.

—No es nada personal, Kirimaru —anunció el Kazekage para que sus siguientes palabras no se malinterpretaran—. Pero no era Kankurō quien debía explicarte esto, sino Temari.

—Temari no está en condiciones de hacerlo —protestó el jōnin de Suna ante tal lógica—. Además, no es justo para Kirimaru que mantengamos todo esto en secreto.

—No sé qué es justo y qué no lo es —confesó Gaara para luego especificar—. Esta situación me abruma, sé que no estoy preparado para decidir sobre algo así, pero también sé bien que no eras tú quién debía decidir.

—Sí, bueno —aminoró Kankurō, dando por terminado el asunto—. Es un poco tarde para eso.

—De todas maneras, no diré nada al respecto —exclamó Kirimaru conciliadoramente, esperando que sus palabras distendieran el tenso ambiente—. Así que no es necesario que se preocupen.

Ciertamente, la conversación entre los tres fluyó amenamente después de que dejaron de hablar sobre el asunto. El Shiruba entendía mejor que nadie que no era momento para discusiones innecesarias. Lo imprescindible era mantenerse unidos para que Temari tuviese en quienes apoyarse.

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Un mes antes, con la luna tiñendo la aldea de rojo y Yukata aún débil por haber sido desposeída de su chakra, Yakumo pasó el brazo de la chūnin por sobre su hombro y tomándola desde la cintura la ayudó a caminar fuera del palacio del Kazekage. Cuidadosamente y con ritmo lento, interrumpiendo de vez en cuando su andar para que la kunoichi de cabello negro descansara, la especialista en Genjutsu se adentró en las calles de la aldea de la Arena rumbo a la residencia de su amiga.

—¿Crees que… hayamos ganado… suficiente tiempo? —preguntó Yukata pausadamente para poder recobrar el aliento.

—Hicimos todo lo que pudimos, lo demás está en manos de Temari-san —respondió la Kurama deseando que la Sabaku No pudiese volver a la aldea sana y salva.

Al caminar en cercanías del hospital de Suna, Yakumo distinguió una silueta familiar que tambaleantemente se aproximaba a la entrada del hospital.

—¡Es Reiko-san! —reconoció la castaña, horrorizada al notar que la ropa de la rubia estaba cubierta de sangre a la altura del abdomen.

Tan sólo un paso en su dirección pudo dar la genin antes de que cuatro Anbus rodearan a la líder de la policía civil, impidiéndole ingresar a la clínica.

—Algo anda mal —opinó Yukata al ver como los Anbus aprisionaban las muñecas de Reiko con esposas.

No obstante, antes de que alguna de ellas pudiese manifestarse en defensa de la oficial de policía, dos escuadrones de Anbus cayeron del tejado, imposibilitando cualquier intento de escape.

—¡¿Qué está sucediendo?! —exigió saber la genin, aferrándose con fuerza a la cintura de Yukata para que no las separaran— ¡¿Qué van a hacer con Reiko-san?! —inquirió con desesperación.

—Eso no es asunto tuyo —respondió uno de los uniformados y, seguidamente, tomó por la fuerza la muñeca izquierda de la especialista en Genjutsu para colocar en ella una argolla de metal.

Al sentir parte de su chakra restringido, Yakumo instintivamente desplegó el ala derecha de Ido, con la que pretendía defenderse y proteger a su amiga. Ante la resistencia de la dama de Konoha, un forcejeo se suscitó entre ella y su captor.

—¡¿Qué están haciendo?! —gritó la chūnin, frenética al ver que Yakumo correría la misma suerte que Reiko.

Buscando acallar el escándalo, uno de los Anbus noqueó fácilmente a la chūnin y, tras cargarla en brazos, desapareció en la noche.

—¡Yukata! —clamó la genin, desesperada al ser incapaz de ejecutar jutsu alguno mientras intentaba librarse del Anbu.

—¡Cállate ya! —se quejó el enmascarado— Sólo haces que mi trabajo sea más difícil de lo que es.

Finalmente, y con ayuda de otro, el Anbu logró someter a Yakumo y colocarle el grillete alrededor de su mano derecha, nulificando así su acceso a su chakra mediante esposas. Posteriormente, la dama fue atada, amordazada y trasladada hasta su hogar.

Una vez en su departamento, la sentaron en una silla y pronto Sumire ingresó a la habitación. La mirada de asombro de la genin pronto se desvaneció para darle paso a la ira.

La mujer de avanzada edad caminó lentamente hasta la Kurama para tomarla bruscamente desde el mentón y proceder a examinar su rostro minuciosamente. La anciana rechistó al notar que el ojo de la castaña se estaba hinchando, producto de un golpe que recibió al forcejear con los Anbus.

—Les dije que tuvieran cuidado con la mascota del Kazekage —sermoneó autoritariamente la concejal.

—Es que no fue tan fácil capturarla, Sumire-dono —se defendió el Anbu que se vió en dificultades a la hora de cumplir con su deber. La mirada amenazadora que la anciana le dirigió a su subordinado les dejó en claro a todos los Anbus que no daría lugar a errores o excusas.

—Te preguntarás porqué estas aquí —exclamó Sumire al volver su mirada de desprecio sobre su rehén—. Debido a tu colaboración con la policía civil para que la princesa de Suna huyera de su compromiso, cumplirás arresto domiciliario hasta que toda esta situación se esclarezca.

Yakumo balbuceó algo incomprensible debido a la tela que bloqueaba sus labios, más se la percibía notoriamente molesta.

—Cálmate niña, deberías estar agradecida —ordenó suavemente la consejera para luego especificar condescendientemente—. No es como si fuera a echarte a un calabozo para que mueras —inmediatamente después, una mirada sombría se apoderó de su rostro al momento de confesar con seriedad—. No, eso lo reservo para Reiko.

Sin siquiera atinar a emitir sonido alguno, los labios de la Kurama comenzaron a temblar. Sus ojos se abrieron de par en par ante los planes que la mujer revelaba.

—Quiero que ustedes tres la vigilen las veinticuatro horas del día —dictaminó Sumire, seleccionando a tres de los siete Anbus en el lugar y, luego especificó—. Esta mocosa no saldrá de aquí hasta que yo lo diga, ¿está claro?

—¡Sí! —acataron los presentes mientras la anciana se encaminaba hacia la puerta de salida.

—Y desátenla por Dios santo, ¿qué daño puede hacerles una chiquilla de cuarenta kilos sin chakra? —exclamó la concejal tomando a la ligera a su prisionera.

Cuando la magnate abandonó el lugar en compañía de los cuatro Anbus restantes, los tres Anbus se miraron entre ellos. Nadie quería acercarse a la cría que, con la mitad de su chakra bloqueado, les había presentado batalla. Sin más remedio, uno de ellos mostró valentía al acercarse a Yakumo para quitarle la mordaza de la boca.

—Cuando recupere mi chakra no habrá sitio en el mundo donde puedan ocultarse —amenazó la castaña mientras un brillo demoniaco resplandecía en sus ojos. A pesar de la notoria desventaja, su actitud logró mellar en los ninjas por unos instantes.

—Vo… voy a vigilar desde la azotea —dijo el segundo de ellos. Al ver como la valentía de su compañero se esfumaba al dar un paso atrás para alejarse de la Kurama, pensó que lo mejor sería salir del lugar.

—Pues qué lástima que ahora no lo tengas, ¿verdad? —soltó socarronamente el tercero, dando un paso adelante para hacerse cargo de la situación y proceder a desatarla.

Yakumo apretó los dientes con fuerza. Sin ser capaz de utilizar taijutsu, y sin acceso a su chakra para ejecutar su genjutsu, la genin no estaba en condiciones de hacer amenazas.

—¿Qué le hicieron a Yukata? —preguntó ella, temerosa de que su amiga se encontrara en una situación similar a la de Reiko.

—Al igual que tú, está cumpliendo arresto domiciliario —informó el único Anbu que seguía dialogando con ella.

Esas palabras le proporcionaron a Yakumo un consuelo momentáneo. Al menos sólo era Reiko por quien debía preocuparse. Imaginó que Gaara, Kankurō y Temari no permitirían que algo malo le pasara a la líder de la policía civil y que pronto todas serían liberadas. Esa idea le dio esperanza durante los primeros tres días.

Al cuarto día de cautiverio, era evidente que algo malo había pasado y que nadie vendría por ella. Peor aún, si Reiko realmente estaba tan herida como a ella le pareció, era probable que Sumire le negara atención médica.

Esa misma tarde, fingió estar tomando una siesta en el sillón frente a los Anbus, lo cual le permitió escuchar la conversación que estaban teniendo.

—Oí que el estado de salud de Temari-sama es crítico —exclamó uno de ellos por lo bajo para no despertar a la Kurama.

Yakumo se estremeció ante la noticia, y sin poder contenerse, las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos, más se forzó a sí misma a mantenerse inmóvil para no despertar sospechas.

—No puede ser, ¿incluso después de que Tsunade-sama la tratara? —cuestionó el otro sorprendido, a lo que su compañero asintió afirmativamente.

—Un amigo me comentó que hoy llegó un ave mensajera de Konoha con noticias sobre su salud —reveló el shinobi—, aunque aún no se ha hecho público.

—¿Ave mensajera dices? —corroboró asombrado de que las comunicaciones se hayan reanudado.

—¿No lo sabías? Desde hace ya tres días las aves mensajeras van y vienen a Konoha —explicó el Anbu, para luego exponer su conjetura—. Estoy seguro que Temari-sama tuvo algo que ver con eso, quizás por eso se fue de la aldea el día de su compromiso.

—Se ve que a Sumire-dono no le interesa nada de eso. Ella está más que ensañada con Reiko por ayudar a Temari-sama a escapar —exclamó casi compadeciéndose de la suerte de la oficial de policía—. Si Gaara-sama y Kankurō-sama no vuelven pronto, las cosas se pondrán muy feas para ella.

—No sé por qué va contra Reiko en particular —declaró él, manifestando su desconcierto por la saña con la que la anciana trataba a la rubia—. Yo estuve presente durante la primera ronda de interrogatorios y nadie dijo nada que la incriminara.

—Ah, entiendo —exclamó su amigo, razonando después—. No estabas ahí cuando fue el turno de Usagi.

—¿Usagi Bunraku? ¿La novia de Kankurō-sama? —curioseó intentando ponerle un rostro al nombre antes mencionado.

—Exnovia —corrigió el ninja primeramente, detallando después—. Ella declaró que Reiko incitó a la policía civil para que se enfrentaran a los Anbus y así Temari-sama pudiese escapar.

—¿Crees que sea verdad? —curioseó su interlocutor con escepticismo.

—No conozco tanto a Reiko, pero se la ve muy estructurada como para hacer algo así —opinó el enmascarado—. De todas maneras, lo importante es que Sumire-dono le creyó.

—No me sorprende —profirió su camarada para luego explicitar—. En plena cacería de brujas, no importa si la información es verídica o no, todo lo que Sumire-dono quiere es un culpable sobre quien descargar su ira.

Todo esto es terrible —caviló la genin al comprender que las cosas estaban mucho peor de lo que ella pudiese haber imaginado—. Tiene que haber una manera de detener a Sumire.

No estamos en posición de hacer mucho —le recordó Ido, mimetizándose con esa emoción violenta que le provocaba el tener sus habilidades nulificadas.

Entonces debemos enviar un mensaje a Gaara sobre Reiko —resolvió con impotencia, más al mover levemente sus muñecas, sus grilletes resonaron recordándole su estado. Es por ello que con frustración añadió—. Si sólo pudiese utilizar mi chakra podría mandarle un mensaje.

—¿Está despierta? —inquirió uno de los Anbus a su compañero al escuchar el sonido metálico, más la subsiguiente tranquilidad respondió su pregunta y les permitió continuar conversando amenamente.

Quizás exista una manera, pero es peligroso —ideó Ido, advirtiendo con posterioridad—. No estoy convencido de que tu cuerpo lo resista.

¿En qué estás pensando? —preguntó la Kurama, sintiendo que no estaba en posición de descartar ninguna idea.

Podría burlar las esposas al robar un poco de tu chakra y almacenarlo en mí, sólo lo suficiente para que la alteración fuese imperceptible —sugirió la criatura astutamente.

Entiendo —meditó ella compenetrándose con la idea para completar—. Eventualmente, tendrás suficiente chakra para que materialicemos una ilusión y la enviemos a Konoha.

Precisamente —concordó Ido, más debió advertirle—. Claro que me tomaría un buen tiempo sustraer la cantidad de chakra necesaria para lograrlo, y si robo más chakra del debido podrías morir.

Si existe la posibilidad de tener éxito, es nuestro deber intentarlo —decidió ella, sin inmutarse ante el peligro, confiando en que Ido no la dejaría morir tan fácilmente.

Sabía que dirías eso. Después de todo, Reiko es nuestra amiga —concordó Ido, contagiándose de esa determinación.

Seguidamente, Yakumo se incorporó al tomar asiento y estiró sus brazos al aire fingiendo haber gozado de una reparadora siesta. Los Anbus se silenciaron de inmediato y comenzaron a seguir los movimientos de la dama con la vista. Sin dirigirle una palabra a sus captores, la dama se perfiló hacia un pequeño armario del cual retiró un lienzo en blanco y pintura.

Con dificultad por la cercanía que sus manos mantenían debido a las esposas de chakra, Yakumo armó su caballete cerca del ventanal del balcón. Luego procedió a dar inconsistentes pinceladas, y pasó las siguientes semanas intentando pintar cuervos blancos mientras Ido lenta, pero constantemente, retiraba chakra de sus reservas.

Algunos días se sintió más cansada que otros, y en varias ocasiones Ido le consultó si prefería que él se detuviera, y juntos pensaran en otra estrategia. No obstante, Yakumo obtuvo fuerzas al compararse con Reiko y Temari. Ciertamente ellas estaban en una situación infinitamente peor que la suya, por lo que a la Kurama le pareció atroz la idea de posponer su pequeño sacrificio sólo porque se sentía mareada o agotada.

Veinticuatro días después, Ido había recolectado chakra suficiente como para que la genin materializara un ave mensajera. Una noche oscura, Yakumo abandonó la comodidad de su cama para escribir una nota. Sin encender ninguna luz, caminó hasta donde había establecido su caballete semanas atrás. En su sillón, un Anbu descansaba, mientras otro dormitaba en una silla.

No es buena idea —le advirtió Ido, al ver lo riesgoso de la situación—. Te estás precipitando.

La paciencia es un lujo que no puedo darme ahora —siseó la castaña.

Tan silenciosamente como le fue posible, entreabrió la ventana del balcón y una brisa helada entró por ella. Sigilosamente, procedió a terminar de pintar una vez más un cuervo blanco, mientras Ido trasladaba al dibujo el chakra recolectado. Cuando el dibujo estuvo finalizado, un diminuto cuervo blanco que habrá tenido el tamaño de una manzana emergió del papel. Sintiendo náuseas y con la vista nublada, Yakumo se apresuró a atar el mensaje que previamente había escrito en la pata del cuervo y lo envió a buscar a Kankurō.

Pensé que se lo enviarías a Gaara —confesó Ido, anonadado por el destinatario de su breve carta.

Puede que esté equivocada, pero, si Gaara sigue enojado conmigo, puede que tire la carta sin leerla —explicó la Kurama mientras su respiración se agitaba y sus extremidades comenzaban a dormirse.

La especialista en Genjutsu se desmoronó en el suelo, sin ser capaz de ver el momento en que el ave abandonó su hogar, pero si lo escuchó, con lo cual se sintió tranquila.

No había suficiente chakra —le reprochó Ido.

No podíamos esperar más tiempo —argumentó ella, convencida de que había tomado la mejor decisión mientras gradualmente perdía la conciencia.

Al escuchar el cuerpo de la Kurama golpear contra el piso de madera, los Anbus se despertaron. Se aproximaron cautelosamente hacia la sala, de dónde había provenido el sonido y, al verla en el suelo, corrieron a socorrerla.

Después de dos días de luchar contra intensas correntadas de viento gélido, el pequeño cuervo de chakra logró llegar a Konoha y emprendió la búsqueda del marionetista. Guiado por el chakra de Kankurō, pasó por alto el hospital y se dirigió directamente hacia la posada, donde los hermanos Sabaku No mantenían una conversación con el ganador de la semana de los mil vientos mientras esperaban a que su hermana regresara. Al posarse en la ventana del cuarto de Gaara, el cuervo finalmente divisó al titiritero.

—Todo se fue al demonio demasiado rápido —profirió Kankurō amargamente—. Temari va a necesitar de nuestro apoyo.

—No estoy seguro de que vayamos a ser suficiente —opinó Gaara de manera pesimista, y luego idealizó—. Si sólo pudiese olvidarse de todo no tendría que sentirse así.

—No es que sea imposible —acotó Kirimaru pensativamente.

—¿Eh? ¿A qué te refieres? —indagó el marionetista, intrigado por la posibilidad que el Shiruba enunciaba.

—El clan Shuko de Kirigakure posee técnicas que trabajan sobre la memoria de las personas —explicó el domador de chakra, opinando con posterioridad—, pero no creo que Temari acepte algo así.

—Es verdad. Ella odiaría la idea de que jugaran con su mente —supuso el jōnin de Suna.

—Pero, si eso sirve para cambiar su pasado, quizás deberíamos preguntarle al menos —sugirió el Kazekage, sin atreverse a desechar el concepto del todo.

El momentáneo silencio que le sobrevino a esa conversación permitió que el sonido del ave golpeando el vidrio con su pico fuera más perceptible. Al captar la atención de Gaara, el Kazekage instintivamente abrió la ventana para permitirle entrar. El diminuto cuervo blanco procedió entonces a posarse en el hombro del titiritero.

—Esa no es un ave común y corriente —notó Kirimaru, sintiendo curiosidad por la criatura.

Al verlo de cerca, Kankurō se percató de que había un papel atado a su pata, por lo que procedió a tomarlo. Inmediatamente después, el ave comenzó a desvanecerse, evidenciando que no se trataba de un animal sino de un jutsu.

—Trae un mensaje —exclamó Kankurō mientras desdoblaba el papel.

—Es de Yakumo —intuyó Gaara ante la desaparición del ave. A la curiosidad inicial que sintió al ver que la Kurama le había enviado un mensaje a su hermano, le sobrevino una sensación de congoja al ver como la cara de Kankurō se transformaba.

En efecto, los músculos faciales del jōnin se tensaron y su piel perdió su color. Tras apretar los dientes con fuerza para reprimir su ira, frunció su ceño y determinó secamente— Volveré a Suna.

—¿De qué estás hablando? Temari aún no puede viajar —le recordó el pelirrojo con asombro ante tal decisión.

Kankurō se limitó a entregarle el mensaje de la especialista en Genjutsu antes de salir vehementemente de la habitación.

Completamente anonadado, el Kazekage procedió a leer la nota. El mensaje era tan conciso como espeluznante, y decía— "Reiko-san lleva semanas encarcelada y está herida."

—¿Qué sucede? —llegó a preguntar el Shiruba al ver que la expresión tétrica en el rostro del marionetista se había apoderado también del Kazekage, más no obtuvo respuesta.

Con premura, el Sabaku No salió de la habitación de su hermano sin que éste pudiese reaccionar de inmediato.

—Gaara, ¿qué ha pasado? —cuestionó nuevamente Kirimaru, acercándose a él al entender que el Kazekage también había sido perturbado por la información en ese papel.

—Debo enviar un mensaje a Suna cuanto antes, ¿podrías quedarte para que Temari no esté sola cuando regrese, por favor? —pidió él, sabiendo que no tenía sentido intentar alcanzar a Kankurō cuando éste estaba cegado por el miedo y la rabia.

—Por supuesto, cuenta conmigo —accedió el domador de chakra, dando un paso adelante para ingresar a la habitación, mientras el Kage de Sunagakure emprendía a toda prisa el camino en la dirección opuesta.

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Los copos de nieve revoloteaban al caer, acumulándose aquí y allá. La sutil nevada que acompañaba a Shikamaru y Temari en su incursión al bosque Nara poco a poco fue robándose los colores del lugar, dejando un persistente y uniforme blanco a su paso.

Aunque habían decidido hacer esa incursión sin compañía de nadie más, el crujir de sus pasos sobre la nieve alertó a un grupo de ciervos, quienes los siguieron guardando una distancia de no menos de cinco metros. La comitiva se detuvo al llegar a aquel punto donde el blanco tallo de la flor del desierto, desprovisto de flores y hojas, se alzaba tímidamente.

Si bien la planta estaba viva, lejos estaba de ser aquella radiante flor que Temari recordaba, más no podía culparla. La decadencia los había alcanzado a todos desde la última vez que estuvieron reunidos en ese lugar.

Sin decir una palabra, Shikamaru se hincó en cuclillas y comenzó parsimoniosamente a apartar la nieve acumulada en la base del tallo para, posteriormente, hacer lo mismo con la tierra húmeda. Temari, por su parte, abrió la bolsita de tela que cargaba consigo y juntos vertieron en el pequeño hoyo las cenizas de su bebé. Seguidamente, ambos se aseguraron de cubrir bien la urna natural que habían elegido para convertirse en el lugar de descanso final de su niña.

—Gracias por salvarnos la vida —mencionó con tristeza la Sabaku No, agradecida a esa alma que no sólo los había elegido a ellos como padres, sino que también había entregado su vida voluntariamente para protegerlos.

—Aún no nacías y ya eras tan valiente como tu madre —exclamó el estratega, acariciando el pequeño montículo donde ahora se erguía no sólo el tallo de una flor, sino una improvisada tumba.

—Siempre estarás en nuestro corazón —le prometió ella con cariño, mientras se reincorporaba junto al Nara.

—Esto no se parece en nada al futuro que quería para nosotros —se lamentó el domador de sombras, mientras le alcanzaba a la Sabaku No un pañuelo de bolsillo para que se limpiara las manos, y seguidamente procedió a hacer lo mismo.

—No, claro que no lo es. Pero, no creo que el tiempo les vaya a dar la razón a los que piensan que hubiese sido mejor si nunca nos hubiésemos enamorado —opinó la embajadora, tomando la mano del domador de sombras con fuerza, sabiendo que esa sería la última vez que tendría la oportunidad de hacerlo.

Shikamaru respondió al apretón con cariño y respiró profundamente, intentando aplacar la angustia en la que se veía inmersa su alma al enterrar lo que, en mejores circunstancias, hubiese sido su primogénita.

—Por más que lo deseemos, esos días no volverán —soltó el ninja táctico con amargura, para luego llevarse su mano libre al corazón al momento de mencionar—. Pero hay muchos recuerdos que vale la pena guardar.

—Todo eso nos pertenecerá por siempre —concordó Temari para luego comenzar a enunciar algunos de ellos—. Recuerdo el viento de Suna golpeando nuestra piel en un brillante amanecer, el color de los fuegos artificiales, tus viejos pendientes y las vistosas muñecas de papel que aún decoran aquel pasillo escolar.

—El olor a tierra mojada, propio de una lluvia repentina que nos encontró compartiendo paraguas, una historia de amor de antaño —continuó Shikamaru, aportando las memorias que su mente atesoraba—. Un girasol fuera de estación que guiado por la brisa aún se balancea obstinadamente, el anillo de la misión al país de las Aves, los momentos de tranquilidad, el sabor del sake, y las mañanas tiempo atrás, en las que, al despertar, ya no estábamos solos.

—No importa si mañana estamos en lugares diferentes, mientras estemos vivos, seguiremos siendo dos en uno —profirió Temari, convencida de la veracidad de esas palabras.

—Cuidaré de tu flor como prueba de ello —prometió Shikamaru, para luego enfatizar—. Ahora más que nunca, no puedo dejarla morir.

En ese preciso momento, el simple hecho de que Temari se encontrase con vida y a su lado era más que suficiente para Shikamaru, ya no podría pedir más. Él guardaría su corazón y ella el de él, y así lograrían seguir adelante. Esa era la única manera de mantenerse en pie y revelarse contra el maldito destino que los separó. Aunque el mundo que se abría frente ellos estaba lleno de sueños rotos y desesperanza, aunque el peor escenario posible se había hecho realidad, los recuerdos del ayer les permitirían transitarlo con la frente en alto.

La miseria y el dolor que trajo consigo la surrealista noche de luna carmesí habían sido momentáneamente aplacados. Ninguno de los dos podía dejar de sonreír a pesar de la reciente tragedia y, aunque sólo fuese así por un efímero instante, ambos volvieron a sentirse libres.

Shikamaru soltó su mano para estrecharla entre sus brazos, consumando ese tan necesario abrazo que unió sus corazones una vez más. Aunque Temari se vió primeramente abrumada por los latidos del corazón del Nara, pronto le correspondió al aferrarse a su espalda y, lentamente, ambos comenzaron a llorar.

No quedaba un mañana que anhelar, con aquella vida que se apagó antes de comenzar a brillar, se esfumaron los sueños. El día en que su corazón se detuvo sólo trajo consigo desolación y, aunque las almas de Shikamaru y Temari ahora penaban por su partida, no podían hacer más que llorarla. De no haber estado uno al lado del otro al momento de enterrarla, probablemente, no hubiesen podido soportar esa despedida con tanta entereza.

Si sólo tuviesen la oportunidad de continuar así, de pasar por ese calvario en compañía del otro, ese abrazo no se sentiría tan terminante, tampoco estaría cargado de tanta tristeza, ni simbolizaría el más amargo adiós.


Reviews

aynaziz: Hi there! Thank you so much for your kind words, I don't know if this chapter will also make you cry or not, but I hope you enjoy the stories! Cheers!

Yi Jie-san: Hola. ¡No llores que no la mate! Saludos.

LIRIO: Hola. Porque ya había llegado a las 50 páginas. Hasta las mejores psicólogas necesitan asistir a terapia de vez en cuando. Nunca sé cuando volveré, pero volveré, eso te lo garantizo. Espero hayas disfrutado este capítulo. Gracias por leer, saludos.

Jill Sabaku no Nara: Hola. Algo de todo lo que pensaste era, ¿viste que te tenes que tener más confianza? No te preocupes que Temari no se te va a ir a ningún lado, más que a Suna a comprometerse con Kirimaru. Yo sigo esperando el baile con ansias, ¡gracias por seguirme en Facebook! "harás que lloré nuevamente, eso lo sé" Es cierto que esa fue la intensión, pero si lo logré o no ya tu me lo dirás. Espero hayas disfrutado este capítulo. Gracias por leer, saludos.

rellaJuliette: Hola. Espero tengas pañuelitos a mano de ahora en más, nunca se sabe cuando una historia nos hace lagrimear. Si te sirve de consuelo, esto es casi casi todo el dolor que habrá en esta historia, porque ya comienza el proceso de atacar cabos para cerrar el fic. Espero hayas disfrutado este capítulo. Gracias por leer, saludos.

Cuarm SW: Hola. Dios ni me recuerdes los años que lleva el fic que me hace sentir culpable por no haberlo podido terminar antes, pero estoy en eso, lo juro. Lo de Yakumo y Gaara se arreglará eventualmente, pero ahora hay problemas más graves y en esos me centre en este capítulo. ¡Muy bien, diez! ¡Eres una lectora atenta! Muy bien por notar a Shikadai. Mis mejores deseos para ti también y gracias por seguir acompañándome durante tanto tiempo, la verdad es que se agradece el cariño y la paciencia. Espero hayas disfrutado este capítulo. Gracias por leer, saludos.

Ara OrtegaS92: Hola. ¡Qué alegría que me vuelvas a leer! Es cierto, al principio todo le salió a pedir de boca a Shikamaru, pero su suerte se fue agotando con el correr del capítulo. Shikamaru y Temari lograron ganar la batalla por la intromisión su hija, sobrevivieron a sus heridas gracias a Ino y Sakura, y se curaron gracias a Tsunade y Naruto/Kurama. Espero hayas disfrutado este capítulo. Gracias por leer, saludos.

fufurrufis: Hola. ¡Bienvenida a la historia! No sé si aún la sigues, pero muchas gracias por darle una oportunidad. Espero hayas disfrutado este capítulo. Gracias por leer, saludos.

Shadows Onto The Sand/ Francis/ Kohai: Hola. Probablemente releerlo no era la mejor manera de salir de la crisis emocional. Para eso está Arika, you know? He experimentado, con otro fic, que una lectora haga fanart y la verdad es que si se siente muy lindo desde ésta postura, aunque creo que en el caso que planteas necesitaría que le pongas el nombre debajo de las rayitas para poder distinguir algo jaja Yo doy por sentado que sobreviviste a los traumas de la niñez, ahora que eres un adulto, y es hora de tener los traumas de la adultez (?) Te has vuelto bueno en identificar las pistas, y sé que identificaste más de las que escribiste. También sé que sospechabas quien había muerto esa noche, y ahora tu sospecha se confirma. Para ser justos, hace tiempo que hay pistas sobre el embarazo, pero estaban más distribuidas en el fic. Sobre la comedia antes del drama… bueno hay que pasar lo amargo con lo dulce ¿no? Aunque no fue tan terrible como el anterior, ya me dirás si este capítulo te provocó algo siquiera. Espero hayas disfrutado del capítulo. Mis mejores deseos. Gracias por leer, saludos.

Margaret: Hola. Dios mío, no sé cómo agradecerte tus palabras, eres muy amable. Para mí, la escritura es más una necesidad que un hobbie, como una especie de terapia, pero no me considero apta para escribir una novela de manera profesional. Aun así, es lindo saber que lo que uno escribe es del agrado de otros, más si logro, aunque sea por un momento, hacer a alguien se imagine una situación mediante palabras. Espero hayas disfrutado este capítulo. Gracias por leer, saludos.

Gene: Hola. Eres una veterana en esta historia, así que sé que te recuperarás. No hay nada de qué disculparse, tu lealtad hacia esta historia es admirable. No creo que sea el mejor fic de esta ship pero si me mejor fic, con eso me conformo. Espero hayas disfrutado este capítulo. Gracias por leer, saludos.

alsole: Hola. La ventaja de leerlo todo de una vez es que puedes encontrar las pistas que sembré más fácilmente. Como bien dices, era una hija lo que murió. Espero hayas disfrutado este capítulo. Gracias por leer, saludos.

AnitaNara040922: Hola. Al menos Temari le puso los puntos sobre las íes a Sumire sobre los pendientes. Lo bueno es que Shikamaru ya entendió lo idiota que fue y ahora ya no lo volverá a hacer, pero, ¿a qué costo? Si te hace sentir mejor, ya sabes que no la dejé morir, pero te agradezco que hayas tenido un poco de fe. Espero hayas disfrutado este capítulo. Gracias por leer, saludos.

Miros: Hola. Me faltan unos cuantos capítulos para el final, pero ya no está tan lejos. No suelo darle finales tristes a los fics y este no será la excepción, pero te agradezco tus palabras amables. Realemente me alegra que te guste mi forma de escribir y si tengo en el tintero otro shikatema, pero sólo lo publicaré luego de haber terminado de escribirlo y después de terminar los que tengo empezados. Espero hayas disfrutado este capítulo. Gracias por leer, saludos.